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martes, 5 de agosto de 2025

Sergio Lozano Mateos: Vicio

Idioma original: Español
Año de publicación: 2025
Valoración: Está bien (sobre todo para incondicionales de la literatura del exceso)

Vicio compila tres novelas cortas de Sergio Lozano Mateos. Todas están narradas en primera persona con un estilo directo y coloquial (en ocasiones incluso soez), las empapa el mismo humor negro y giran en torno a adictos y drogas. Analicémoslas una a una:

En "Pandemia de vino y rosas", Tuco, un fotógrafo, pierde el proyecto en el que estaba trabajando porque se le rompe el disco duro. Para colmo, se queda sin hierba en el inicio del confinamiento por el coronavirus. 

Esta novela corta exprime con acierto su limitada premisa e incluye bastantes escenas esperpénticas, delirantes o adrenalínicas (y algunas que son las tres cosas a la vez, como aquellas en las que el protagonista está con el trasnochado Piti).

En "Feedback", Ángel, de cuarenta y cinco años, cargo intermedio de una empresa farmacéutica adicto al sexo, el alcohol y la coca, lucha por mantener su empleo ante una nueva gestión y conciliar su desnortado tren de vida con su familia, amantes y amigos.

Esta novela corta abunda en críticas a esos ejecutivos que no dan un palo al agua, abusan de su poder y son tan egoístas que no sienten empatía alguna por el prójimo. Alberga un par de momentos brillantes, que logran que olvidemos por un instante que el protagonista es escoria y nos conmovamos ante su patética existencia. 

En "Luna nueva de agosto", los acontecimientos se precipitan una noche en que un urbanita, que ha ido a pasar unos días al campo, se cuela junto a sus amigos borrachos y drogados a la huerta del vecino. 

Al contrario que sus predecesoras, esta novela corta no tiene un protagonista indiscutible. De hecho, aunque también se narra en primera persona, los capítulos alternan las voces de los tres personajes principales. Asimismo, presenta una escena lisérgica (por desgracia, la única de todo el volumen), la del conejo.

De las novelas cortas que compila Vicio me han gustado su ritmo (ágil e intenso) y los amagos de desarrollo de sus contradictorios protagonistas (quienes suelen acabar igual que empezaron, aunque se convencen de que no es así).

En cambio, creo que no aprovechan del todo las posibilidades de la ficción y el lenguaje a la hora de plasmar los excesos (especialmente los que tienen que ver con la adicción al sexo, la ingesta de alcohol o el abuso de drogas recreativas). 

A esto hay que añadir otra cosa que, a mi juicio, lastra Vicio: dadas las similitudes en forma y fondo de los textos que compila, el volumen se hace algo pesado de leer (sobre todo de corrido). 

Sea como fuere, Vicio es un libro perfectamente disfrutable. Incluso yo, que nunca me he sentido atraído por esa literatura que se enfoca en el alcohol y las drogas (recuerdo quedar poco impresionado con Historias del Kronen, Menos que cero, Azul casi transparente y otras obras similares), sé apreciarla cuando aprovecha dicha temática para explorar la psicología de sus personajes autodestructivos, hacer retratos generacionales o lanzar un poco de crítica social (que es, precisamente, lo que logran las tres novelas cortas de Lozano).

Ah, la imagen de la cubierta de Vicio no me parece nada atractiva. Es evidente que está generada con Inteligencia Artificial, y por tanto adolece del desaliño estético que caracteriza las ilustraciones salidas de esta tecnología.

jueves, 6 de marzo de 2025

Raquel Peláez: Quiero y no puedo

Idioma: español

Año de publicación: 2024

Valoración: recomendable (incluso más que eso, para interesados/as en el tema)

Aclaración para quien lea este blog desde los países americanos de habla hispana: como reza el subtítulo de este libro, se trata de Una Historia de los pijos de España (y las pijas, cabe añadir). Ahora bien, como quizá sepan nuestros lectores de allende la mar océana, en el castellano de España los términos "pijo" y, sobre todo, "pija", no significan lo mismo que en el castellano de América -aunque puede que tengan un origen similar-; para nosotros una persona pija es alguien que trata de aparentar un estatus económico superior por medio de la exhibición de signos exteriores de riqueza. Es decir, lo que, por ejemplo, en México llaman un o una fresa y en Argentina cheto, amén de otras denominaciones en otros países... Cierto también que en los últimos años, en España, está cobrando cada vez más auge el término "cayetanos" para referirnos a los pijos, o al menos a un subtipo determinado de los mismos (siendo otros, por ejemplo, los pijilocos o los pijipis). Además de que el calificativo "pijo/a" no se impuso hasta los años 80 del siglo pasado; antes, en los últimos doscientos años de la Historia de España -que son de los que se hablan en este libro- encontramos señoritos, modernas, polloperas, chicas Topolino, yeyés...

Pero no pensemos que este ensayo es tan sólo un divertimento taxonómico más o menos frivolón, un prontuario costumbrista de nuevo cuño; muy al contrario, su autora, que conoce el percal de primera mano, pues se trata de una periodista que ha trabajado durante años en publicaciones eufemísticamente conocidas como "de estilo de vida", efectúa aquí una verdadera disección socio-económica, semiótica, histórica y aun literaria y cinematográfica -encontramos, sin ir más lejos, referencias a novelas fundamentales de la literatura española contemporánea: Nada o Últimas tardes con Teresa, aunque también Menos que cero, modelo de aquellas exitosas Historias del Kronen noventeras- del Pijus Hispanicus. Pijos ideológicamente de derechas, sobre todo, pero también de izquierdas: el libro nos habla también de la importancia (en algún caso incluso positiva, culturalmente) de exclusivos grupos de, en principio, progres, como fueron la gauche divine barcelonesa del tardofranquismo o la beautiful people de los años del gobierno de Felipe González. O los hipsters de hace cuatro días (no sé si queda alguno), que no se puede decir que pertenecieran a un movimiento de izquierdas, pero sí denotaba un barniz contracultural. Todos éstas y demás variantes del pijerío (también los pijos proletarios, de los que el libro no habla pero doy fe que existen) tienen en común lo que, siguiendo al sociólogo Thorstein Veblen, Raquel Peláez denomina "emulación pecuniaria"; concepto que atraviesa todo el ensayo junto con el de "disforia de clase" (aunque este se aplica sobre todo a la clase media aspiracional; los ricachos de verdad, de "dinero viejo", no tienen ese problema, supongo).

Estructurado en tres partes diferenciadas, pero cronológicamente continuas, el ensayo, sin perder un tono ameno al que ayudan numerosas referencias a circunstancias y personajes, en ocasiones de lo más populares, pese a que pertenezcan a cierta élite (verbi gratia, la ignífuga Isabel Preysler), nos va desgranando una rigurosa crónica de la transmisión del poder político, pero sobre todo económico, a lo largo de los dos últimos siglos de la Historia de España, desde la regencia de María Cristina. Y, sobre todo, los mecanismos utilizados por quienes buscan arrimarse a este poder político y económico -o simbólico- para medrar o simplemente imitar a la clase social a la que aspiran pertenecer. de esta forma, en la primera parte, titulada Puedo, nos explica el comportamiento de las élites del siglo XIX y la Restauración, reyes y reinas incluidos  -y, de hecho, como los modelos a seguir-, continuando por la nobleza de toda la vida y también la de nuevo cuño, formada por industriales ennoblecidos y, sobre todo, forrados de pasta... En la segunda parte, Quiero, el protagonismo es de los "pacoaristócratas", que ostentaron el poder durante la dictadura franquista y sus retoños, para acabar con la internacionalización del pijerío español merced a la llamada Jet-Set marbellí. Por último, Quiero y no puedo nos habla de las diversas mutaciones del pijo/a desde el tácito pacto de no ostentación de la Transición hasta el momento actual, en que se han convertido en una subespecie mucho más consciente y orgullosa de sus supuestos privilegios de clase -también más agresiva, como demuestra la aparición de la "cayeborroka" contra el Gobierno-, reacción, en gran medida, a la cacareada guerra cultural que busca atizar el populismo de extrema derecha, emergente ahora mismo en los países occidentales. Pero, sobre todo, esta última parte trata de la eclosión, crisis y quizás declive definitivo de la clase media que apareció durante la época desarrollista y se consolidó durante los años de crecimiento económico pre-burbuja inmobiliaria.    

Por ponerle un pero a este libro, se puede argüir que se presenta como "una Historia de los pijos de España", cuando, en verdad, se centra básicamente en el pijerío madrileño  (si bien es lógico, por otra parte, en un Estado que ha tendido al centralismo siempre que ha podido), un poco en el de Barcelona y de Ponferrada, la ciudad natal de la autora, de donde nos proporciona anécdotas juveniles que le sirven para introducir los capítulos. Sin embargo, apenas menciona a los pijos de otras zonas del territorio español -salvo, debo decir, en el diorama de testimonios estremecedores (es broma) que cierra el libro-, como, por ejemplo, los siempre coloridos "capillitas", los pijos falleros valencianos o el no menos pintoresco, con su bicefalia nacionalista vasca/española, pijerío vasco. 

En cualquier caso, la lectura de este ensayo no sólo resulta divertida sino reveladora y, a partir de aspectos que pueden parecer superficiales, como la avidez por ciertos elementos del estilo de vida de los más ricos o, simplemente, las modas pasajeras por algunos tipos de ropa o marcas (que, sin embargo, tienen una carga semiótica enraizada en significados pretéritos, como ocurre con los pelucos caros o los conocidos fachalecos), nos hace reflexionar sobre nuestra sociedad, adónde queremos que se dirija y qué pone en peligro la estabilidad de ese rumbo. Conclusión: os aconsejo vivamente leerlo, ya que, en el peor de los casos, os aseguro que pasaréis un rato estupendo.

viernes, 10 de febrero de 2017

Ryū Murakami: Azul casi transparente

Idioma original: japonés
Título original: Kagirinaku tomeini chikai buru
Año de publicación: 1976
Traducción: (del inglés) Jorge G. Berlanga
Valoración: recomendable para lectores audaces


Nos encontramos ante la primera novela de Murakami, publicada a unos tempranos 24 años y que, no obstante, le valió a su autor varios premios y un considerable éxito comercial, al menos en su país de origen. Es además, una obra, si no autobiográfica, sí que en cierto modo "testimonial", pues los protagonistas son un grupo de jóvenes de unos pocos años menos que su autor, con la adolescencia apenas cumplida. ¿Y de qué trata esta novela con un título tan cuqui? Pues de lo que debe tratar una protagonizada por jovenzuelos, claro: de sexo, droga y rock & roll.

Bueno, rock & roll tampoco hay tanto: algunas menciones a la banda sonora de fondo, con grupos de los 60 y 70 -Rolling Stones, The Doors, Led Zeppelin...- y música negra en general. Sexo, en cambio, sí que hay a mansalva y de qué manera; polifuncional y salvaje (nada recomendable para espíritus sensibles, en todo caso). Y drogas, para qué contar; los personajes de la novela le dan a casi todo: heroína, hachís, mescalina, ácido, nibroles (o metacualona, un sedante-hipnótico), pegamento... vaya, un auténtico despliegue de politoxicomanía. De regalo, también encontramos aquí su dosis de una violencia dura y desabrida. Y todo convenientemente aliñado con una sordidez que recorre sin compasión toda la novela, que está bien regada con vómito, sangre, semen, mugre, podredumbre e insectos espachurrados.

Sé que hasta ahora no he comentado nada sobre el argumento de la historia, pero es que tampoco hay mucho que contar; el protagonista /narrador es un joven llamado Ryu (ay, el viejo truquillo de los escritores para dotarse a sí mismos de  un aura más cool...) que vive junto a una base de las fuerzas estadounidenses y que aprovecha la visita de un grupo de amigos, tan drogotas como él, para organizar fiestas -llámalo orgías- para unos soldados afroamericanos, ir a un concierto de rock y, sobre todo, colocarse sin descanso como ávidas comadrejas (baste mencionar que el personaje del libro que parece más centrado  es la vecina-medio novia del protagonista, que es una chica de alterne heroinómana). No es de extrañar que en su momento el libro fuese todo un éxito en Japón; imagino que los padre querían escandalizarse con lo que supuestamente hacían sus hijos y los hijos, divertirse con lo que escandalizaba a sus padres (algo parecido a lo que sucedió en España con Historias del Kronen). Muchos lectores recordarán, además, ejemplos de esta "literatura del exceso"; como antecedentes, se puede citar a Burroughs, a Bukowsky, a Jean Genet... y entre los continuadores, es inevitable acordarse de Trainspotting (hay quien incluso ha llamado la novela de Murakami "la Trainspotting japonesa", obviando que se publicó 17 años antes); entiéndase, no estoy afirmando que Welsh o Mañas plagiaran en algo Azul casi transparente, pero sí que pertenecen todas a la misma familia narrativa o son hitos en un mismo hilo que recorre la literatura y la cultura contemporánea.

Otra referencia de la que se suele hablar al respecto de esta novela es la de El extrajero, de Camus. Y no es algo descabellado: en la novela de Murakami -narrada igualmente en primera persona- también prevalece un tono despegado o ausente, si se prefiere; da igual lo que haga el protagonista: inyectarse caballo, travestirse para fornicar en una orgía, asistir a una brutal paliza, llevar a un amigo suicida al hospital... todo lo vive como si le estuviese pasando a otra persona o, más exactamente, (no) le afecta como si le estuviese ocurriendo a otra persona... Resultan brillantes, en mi opinión, los pasajes en los que Ryu describe la imágenes y sensaciones que le acometen en pleno "colocón", así como los que cuentan lo que ocurre cuando llega el bajón o resaca de los efectos de las drogas. La contención estilística, así como el buen uso del tempo narrativo y la misma extensión acotada de la novela -que se circunscribe a poco más que la visita del grupo de amigos a casa de Ryu- resultan un claro acierto que consigue acrecentar y transmitir ese efecto de extrañamiento que siente el propio narrados de la historia, de forma más perturbadora de lo que hubiese sido un exceso de verborrea psicotrópica. Bien, pues, por el entonces aún joven escritor Murakami. Sabemos que las comparaciones son odiosas, pero ya podrían aprender otros... ; )



Otros títulos de Ryū Murakami reseñados en Un Libro Al Día: Los chicos de las taquillas

viernes, 13 de mayo de 2016

Colaboración: Historias del Kronen de José Ángel Mañas

Idioma de publicación: español
Año de publicación: 1994
Valoración: está bien

De Historias del Kronen se han impreso miles de ejemplares desde que apareció en 1994. El que tengo en casa, made in un rastro, es de la Biblioteca El Mundo de 2001, y es una pena que en España sea tan habitual que no se consigne el tiraje en el improbable colofón. Pero imagínense, es una novela acompañaperiódicos, una enesimidad de libros uno sobre otro y hasta la Luna que llegan.

No me consta que fuera de España se le haya prestado mucha atención. Y es que no parece que nos interese a los latinoamericanos nada de lo que se escribe en España posterior a la muerte de Lorca o Miguel Hernández. Dejando de lado a Pérez-Reverte y Corín Tellado, quiero decir. Pero en fin, ya hicieron la película y seguramente fue bastante vista.

Dicen que la posmodernidad ha desplazado la lucha de clases por las identitarias, fin de la Historia mediante. Ahora se lucha por un “yo soy”; a veces, incluso, por un “nosotros somos” que no debería pasarse un pelo, es claro. Vivimos el desconcierto. Si nos ponemos identitarios, somos el desconcierto. Estamos en la anomia, los poderosos desregulan todo y nosotros también intentamos tener nuestras desregulaciones de entrecasa. Y es por eso que los personajes de Historias del Kronen viven en una ciudad en la que la impunidad parece la norma, a pesar de que la desregulación de andar por casa sí que es punible por la ley. Pero no parece importar. Da igual las veces que aparquen mal, las agresiones que cometan, los allanamientos de morada, los trapicheos y consumos de drogas, las salvajadas al volante, el incivismo sistemático. La ciudad en la que se mueven los personajes parece tan selvática como el Londres de La naranja mecánica. Y Carlos, el prota, una mezcla del Alex de la novela de Burguess y el de American Psycho, Patrick Bateman.

Carlos es un cabrón encantador ad libitum pero cabrón cabrón. Nos cuenta casi exclusivamente mediante diálogos su verano de comienzosiglero niño bien universitario: beber, drogarse, ir a conciertos, joder a y con cuantos puede.

El bueno de Carlos, con su cadaunada como una montaña a cuestas, es un iberiansaico en toda regla. Y a pesar de que en un momento nos dice que nadie cambia, lo cierto es que sí, que cambian los personajes y el mundo en el que vive, más no sea por todo lo que se derrumba y reconstruye a su alrededor.

Los personajes femeninos, varios de ellos, se ven obligados a cambiar todo el tiempo, porque sin llegar a la plena conciencia o coherencia, sin tenerlas todas consigo, siendo derrotadas muchas veces, están haciéndole frente a la sociedad patriarcal. Los chicos no, están cómodos. Tan cómodos como podían estar los blancos que tenían su asiento asegurado en los autobuses yanquis hasta que llegó Rosa Parks, quiero decir. En la novela queda muy claro, pues, que los derechos se conquistan, no se otorgan. Los personajes masculinos no regalan nada. Antes al contrario, y son los femeninos, con todas las de perder, los que ganan terreno: mucho (pocas veces) o poco (muchas veces).

De todos modos la novela no va de eso ni es “literatura comprometida”. Es una novela realista y es, en tanto tal, que no se acobarda a la hora de mostrar las relaciones de poder entre los personajes. Tampoco escatima en representar contextos.

Frente a este tipo de novelas hay dos o tres posturas posibles. Y es que cada uno lee a su modo y las lecturas se cadaúnan. Los hay que las condenan sin más y apelando a lecturas únicas cuando no audazmente equivocadas, como David Becerra y sus “transparentes enunciaciones de inconscientes ideológicos”. Hay quienes entienden que la novela posmoderna también habla de política, sólo que a su modo, como Elsa Drucaroff. Una tercera postura es la posmo al uso, que escucha a unos y otros, sonríe de costado y musita “imbéciles”. En fin (andá a saber quién tiene razón…).

 Firmado: Fernando Daniel Bruno