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sábado, 14 de marzo de 2026

Eva Baltasar: Peces

Idioma original: catalán
Título original: Peixos
Traducción: Unai Velasco en castellano para Random House
Año de publicación: 2026
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


En poco tiempo, Eva Baltasar se ha erigido una de las figuras clave de la nueva generación de autores catalanes que, tras su paso por la poesía, han dado un salto a la novela. Ahí, en ese privilegiado grupo, encontramos también a Irene Solà, Pol Guasch y Xavier Mas Craviotto, un grupo selecto de quienes no acostumbro a perderme ni uno de sus libros. Y, en el caso de Baltasar, tenía interés para ver su evolución, tras unos dos primeros libros magníficos («Permafrost» y «Boulder») y otros dos algo más irregulares, aunque con notables destellos de calidad especialmente en «Ocaso y fascinación» (donde además hacia un paso adelante en cuanto a atrevimiento y riesgos tomados).

En el libro que nos ocupa, la autora empieza en una suerte de juego al despiste con su propia biografía, pues la protagonista, también escritora, narra en primera persona sus sensaciones a la hora de visitar pueblos y ciudades para presentar sus libros. Así, y sin saber hasta qué punto la novela revela visos autobiográficos, la historia arranca cuando la protagonista nos cuenta cómo, deambulando entre las pequeñas calles de un pueblo, se encuentra frente a una roulotte (en lo que parece un claro guiño a su anterior novela «Boulder») donde una mujer vende pescado frito y, sin más (como si realmente hiciera falta algo más), se enamora al instante de la dependienta. Un flechazo, un enamoramiento a primera vista, un amor de aquellos que «tanto da si es el más largo o el más breve, y tanto da si trae paz o trae guerra (…) puede ser el mejor. Puede ser el peor. Puede ser un amor correspondido o un amor solitario (…) eso da igual. Este amor empieza así, con una absoluta convicción», con la tremenda, rotunda y absoluta seguridad de que «es ella»; un impulso inexorable, implacable, irrebatible, irrenunciable, de aquellos que dejan huella porque «una vez has sentido algo así es igual si acabas solo, si el enamoramiento se va o eres tú quien te apartas de él. El amor que teníais pervive, son las raíces tozudas que se han quedado sin árbol». Pero ya se sabe que el enamoramiento no es siempre certero y no siempre es correspondido, porque en ocasiones uno yerra al confiar en la intuición y nuestra protagonista es víctima de ello pues rápidamente se percata de que Victoria es una persona seca, áspera, dura. Alguien que no da concesiones, es hermética y no da pistas ni lanza señuelos. Es directa. Y contundente. Es «una mujer a la que nunca le ha hecho falta seducir a nadie» y la protagonista es plenamente consciente de ello al reconocer que «había llegado a mi vida como una horda, para tomar y poseer».

Una vez analizado el arranque del libro, vemos que, estilísticamente, es innegable que Eva Baltasar es plenamente conocedora de sus grandes habilidades al tocar aquellos puntos de nuestra sensibilidad donde nos sentimos atraídos y cautivados, pero a su vez también inquietos, volátiles, frágiles y vulnerables. Su lenguaje y ritmo narrativo le permiten colocar al lector en el mismo plano que su protagonista, en esa relación desigual de clara desventaja emocional. Para ello, utiliza también un recurso útil al dirigirse en ocasiones directamente al lector en una narración en primera persona con aires de una misiva, que lo busca y lo tienta para explicarse, pero con un tono que pide comprensión, casi expresando una disculpa o un arrepentimiento, casi clamando una absolución por el error en la decisión. Así, el lector empatiza al instante con las sensaciones que emanan de su protagonista y percibe ciertas notas de continuidad respecto al final de su anterior libro («Ocaso y fascinación») por el tono, por lo que desprende y lo que apuntaba en esas pocas páginas finales sintiendo de manera orgánica, casi epidérmica, un aire de hostilidad, de rechazo, de dominio, de una brusquedad rozando el desprecio que, en esta ocasión, proviene no solo de la pareja protagonista sino también de su propio entorno ambiental: un lugar inhóspito que, análogamente, emana esas mismas sensaciones a través de los diferentes elementos que las rodean: los animales, la vegetación, la casa, la amante. De esta manera, la autora teje un claro paralelismo entre la casa y las sensaciones que desprende y las de su propietaria Victoria: ambas transmiten inquietud, frialdad, tosquedad y una extraña sensación de inquietud, tensión y un ambiente oprimido, cerrado y opresivo (que se evidencia cuando indica que el jardín está repleto de hierba alta, hiedras… que «suben enérgicas y gigantes»); también con la aparición de un perro, grande, misterioso, siempre inquietante, con una agresividad contenida, a la espera, latente, avizor, acechante. O, también, la presencia constante de la muerte, en los peces, en los animales. En todo ello, hay cierto aspecto en el tono utilizado por Baltasar que recuerda en parte a Carlota Gurt y su libro «Sola», por la visceralidad con la que narra la pasión desatada en la que aparecen los instintos más primarios en un desborde de sentimientos y emociones que irradia de manera orgánica, visceral, física y carnal. O también de Núria Bendicho y sus «Tierra muertas», por cómo se palpa la tierra, la naturaleza en su lado más seco, cruel y atemorizante. 

Con este texto, Eva Baltasar ha escrito una historia de amor. También una historia de abandono. O una historia de soledad. O quizás una historia de necesidades. Una historia de pasión. De lujuria. Pero también de invisibilidad. De silencios. De abusos. De toxicidad. De debilidades, pero también de atrevimientos. Esta es una novela que trata de pasiones, de límites entre el amor y el desamor, entre la voluntad de poseer y la dificultad de escapar, de arrebatos y de calma (que no tranquilidad), de deseos y temores. De la vida, en sus extremos más pasionales, más impulsivos.

Dice Eva Baltasar que «el cuerpo de un escritor solo conoce una emoción, la exaltación. Y ni tan siquiera es suya, pertenece a la escritura. Llega con ella, se va con ella y deja al escritor exhausto y con el trabajo por deshacer». Y, en este punto justo, es donde el lector le ofrece una continuidad, pues esta historia es de las que se queda dentro y nos hace reflexionar sobre si, en ocasiones, las pasiones se erigen como compañeras del alma o se convierten en sus implacables verdugos.

También de Eva Baltasar en ULAD: Permagel, BoulderMamutOcaso y fascinación

martes, 6 de febrero de 2024

Pol Guasch: Ofert a les mans, el paradís crema

Idioma original: catalán
Título original: Ofert a les mans, el paradís crema
Traducción: fecha de la traducción al castellano: junio 2024
Año de publicación: 2024
Valoración: muy recomendable

Le tenía muchas ganas a este libro de Pol Guasch. Tenía curiosidad por saber dónde nos llevaría esta vez, a que paisaje mental nos dirigiría, qué territorios físicos y especialmente emocionales abriría delante de nosotros donde adentrarnos y encontrarnos, pues su estilo y profundidad me sorprendió y entusiasmó, no únicamente en su poesía sino también en su anterior novela «Napalm en el corazón».

Fiel a su estilo reflexivo, el libro empieza con una aseveración, que sobrevuela a modo de suspiro: «Todas las vidas empiezan antes de nacer», y con ello nos relata como ahora, veinticuatro años después de nacer, puede afirmar sin rubor que «estoy convencido que mi minúsculo cuerpo, recogido en un lado oscuro del vientre de mi madre, era incapaz de despertar ningún sentimiento» confesándonos a la vez que «de eso trata, también, mi historia: del tiempo». Un tiempo que se traduce en recuerdos del pasado, en el transcurso de la vida en uno mismo, pero también en una amistad, en una relación amorosa, en una familia. Un tiempo corto pero intenso, marcado por un dolor y una gran pena con la que el autor va impregnando la lectura, poco a poco, dejando que nos cale por dentro.

Como un gran canto a la amistad y al amor en todas sus dimensiones, el relato parte de la relación entre dos amigos, Líton y Rita, él residiendo en un pueblo después de haber vivido en la ciudad, ella en la Colonia, «un puñado de casas en la cima de la montaña» donde «vivían los mineros con sus familias. Había gente mayor, había gente cansada». Rita, la hija del nuevo minero; Líton, el recién llegado. Una amistad entre dos jóvenes «cansados de ellos mismos, de los pensamientos que cada uno carga», una relación entre dos personas que comparten soledad y pesares, que encajan en un mundo que parece expulsarles, y que se entienden, que hablarían horas juntos, que «hablarían de cómo hace falta imaginar un poco para poder vivir y de cómo las historias, de tanto repetirlas, se vuelven verdad». Una amistad que se nutre de conversaciones sobre la vida, sobre las clases sociales, sobre el amor del que afirma que «del amor se pueden decir pocas cosas, cuando estás dentro, porque todo se nubla con la binza de la emoción, y pocas cosas, cuando sales, porque todo se nubla con la binza de la tristeza». Y, en esos encuentros, ambos constatan el porqué de su amistad, porque se sienten cómodos en la compañía del otro, porque, aunque diferentes, se asemejan en su manera de entenderse a uno mismo, en las conversaciones, pero también en los silencios, porque «es como si los dos hubieran aprendido la misma lección: que el silencio no trata de la ausencia de ruido, sino de encontrar un rincón exacto donde descansar el alma y el cuerpo».

A nivel estilístico, Pol Guasch alterna la narración en primera y en tercera persona, y teje un relato coherente pero desordenado porque «la gente no sabe que las historias, si se ordenan, no son historias, son mentiras». Así, el estilo y tono del narrador va cambiando a cada capítulo, ofreciéndole al lector un mosaico de voces diferentes que el autor saber aprovechar explorando y jugando con el lenguaje, que se refina o se torna más tosco según el capítulo, ofreciendo así una mirada de amplio espectro completando un relato que, si bien es narrado por pocas voces, sí resulta coral. Es en este aspecto en el que parece acercarse momentáneamente al estilo de Irene Solà, en la variedad y pluralidad cromática de la narración (especialmente marcado en el capítulo «velas y vientos»).

Argumentalmente, el libro desborda nostalgia y tristeza, una nostalgia por la Colonia y su paisaje, antes bonito y preciso, antes de que los incendios e inundaciones borraran su belleza porque «el fuego, como una pala inmensa, iguala el paisaje». Nostalgia por parte de la gente mayor hacia la juventud, por su alegría, su desparpajo y su despreocupación. Nostalgia también de la amistad en sus inicios, en aquellos momentos en que «todavía no sabían qué sentían uno por el otro, sino de lo que lo sentían por nadie que no fuera ellos». Pero especialmente nostalgia en Líton pensando en René, con quien tuvo una relación en el Servicio que terminó cuando este se acabó. René, el chico del servicio que conoció de manera imprevista y que le sacudió y le enamoró al instante. Alguien por quien los sentimientos vendrían después de su fugaz descubrimiento, de él y de su cuerpo, en un amor que crece en el silencio de un entorno hostil para ellos, en la clandestinidad de una caserna militar. Pero sueñan, y se sienten libres, pudiendo «fingir que podían construir un nuevo relato», manteniendo su relación oculta a los demás, por su condición, por su entorno, y porque «las palabras de amor solo son grandes y poderosas cuando los enamorados se las dicen entre ellos: el amor de desmigaja cuando los otros empiezan a escucharlo». Y también trata, de manera tangencial, sobre la enfermedad y la muerte, una muerte que crece silenciosa por dentro, porque «no puedes evitar preguntarte quien de vosotros lo llevará dentro sin saberlo, quien de vosotros se quedará pronto sin un amigo, sin un hermano, sin un amante. No puedes evitar preguntarte si la muerte también baila aquí, esta noche».  Y habla de cómo sobrevivir a una pérdida, física, emocional. Vencer el recuerdo mientras luchas contra el olvido. 

En resumidas cuentas, esta novela de Pol Guasch es de inicio incierto, tal vez como la vida y también la muerte. Porque, con la amistad, esos son los pilares sobre los cuales emerge y se alza esta gran novela, no de manera planificada, sino de manera orgánica, natural, a fragmentos que encajan en la mente del lector que compone en su cabeza, pero especialmente en su corazón, el mundo que rodea a Líton y Rita, tan unidos en su soledad, tan frágiles ante el mundo, pero tan fuertes en sus vidas. Es la historia de una amistad llena de silencios y compañías, de buscar en el otro y encontrar en uno mismo la cercanía de sentirse escuchado y entendido en un mundo que se aleja, quizás siendo arrastrado por un temporal o un incendio, dejando a su paso dos almas desencajadas, pero completamente síncronas. Y, tras las páginas que avanzan lentas al principio, pero vuelan una vez entra René en la historia, el autor nos deja una novela llena de tristeza, pero también de una profunda sensación de que la vida es efímera y solo es vida si conseguimos compartirla con quienes tiendan esa red sobre la cual caer cuando el agujero de la tristeza y la soledad se abran de tal manera que solo extendiendo la mano hacia nuestras personas cercanas evitemos así la caída hacia el abismo. Porque «una amiga, o un amigo, da igual, debe ser la red que hay sobre la cuerda floja que es estar vivo».

En el tramo final del libro, Rita afirma que «había sabido ver en la sonrisa de Líton el lugar donde ella quería llegar». Es indudable que Pol Guasch también consigue, gracias a sus obras, que el autor consiga llegar donde quiere, a emocionarse y comprenderse, a cuestionarse y a alcanzar esos recuerdos de lo que fue y de lo que no será, porque «en ocasiones el amor será un accidente y, en ocasiones, una voluntad» que aparece a menudo de manera imprevista y hay que abrazarlo cuando lo hace, ya sea en forma de amistad o de una relación amorosa, sin dejar de recordar que «amarse se parece más a mirar juntos una tercera cosa que no a mirarse entre dos».

También de Pol Guasch en ULAD: Napalm al corLa part del focReliquia

domingo, 28 de mayo de 2023

Irene Solà: Et vaig donar ulls i vas mirar les tenebres

Idioma original: catalán
Título original: Et vaig donar ulls i vas mirar les tenebres
Traducción: sin traducción al castellano de momento (próximamente en Anagrama)
Año de publicación: 2023
Valoración: recomendable

Después de la inmensa novela que es «Canto yo y la montaña baila» tenía muchas ganas y curiosidad por averiguar qué camino emprendía la autora así como ver si podía mantener el altísimo nivel alcanzado con su anterior obra. Y el resultado de tanta espera es dual, bajo mi punto de vista, lo cual me causa una altísima dificultad a la hora de reseñarla y valorarla. Vayamos a ello.

Irene Solà empieza de manera directa ubicando el inicio del relato en una escena dura, cruda, en una habitación que uno intuye muy oscura, umbría, sumida en una gran cerrazón, con un olor enrarecido, viciado, mohoso. Allí, en medio, está Bernadeta, muriéndose, luchando en cada respiración. En una silla, junto a su cama, está Margarida, quien más que hacerle compañía «sobre todo la vigilaba. Porque cuando Bernadeta se muriera, Margarida quería estar ahí. Y lo quería ver. Quería ver cómo la gracia y la salvación divinas le eran negadas por haberse mezclado tantas veces con el diablo». Y la casa, lúgubre, espera el momento. Porque «las sombras se paseaban sin pies por la casa. Cada rincón tenía una negritud propia, pesada, cavernosa y profunda. La habitación donde dormía Bernadeta era tétrica. La sala era lóbrega. Las escaleras parecían un pozo. La entrada era siniestra. La cocina era la garganta de un lobo. Sin fondo». En ese escenario de imagen prácticamente aterradora, la autora centra la historia en la casa, una historia que sucede durante un día entero en el cual trascurren siglos de penas y tragedias en una masía que asume el papel de personaje principal, desde donde evoca el resto de personajes que, de manera coral, visitan Bernadeta en sus últimos instantes de vida; es en ese lecho de muerte donde recibe la visita de las mujeres, unas mujeres que forman parte del presente pero también del pasado del pueblo, del territorio y que, de una manera u otra, a lo largo de varios siglos han tenido relación con esa misma casa. Esas diferentes mujeres tejen un mosaico coral en el que cada una de ellas cuenta su historia, un conjunto de vivencias que giran en consonancia con el territorio, el entorno y la casa. 

Irene Solà abandona parcialmente su estilo poético y su mirada caleidoscópica para centrarse en la brutalidad, hablándonos de tragedias, de familias destrozadas por la muerte de algunos de sus miembros a manos de famélicos lobos, de feroces criaturas existentes en los bosques que, más que rodear sus casas, las acechan y las cercan, ahogándolas, ciñéndose sobre ellas, en tierras pobladas por animales y por hombres brutos, salvajes, adustos, que someten a mujeres desesperanzadas y deseosas de marido, que buscan tener un hombre a su lado, cualquiera vale, «un hombre entero, que sea heredero y tenga un trozo de tierra y un trozo de techo. El demonio aceptó el trato. El alma de Joana a cambio de casarla». Un pacto con el demonio que originó, siglos atrás, toda una serie de infortunios y desgracias que aún siguen y persiguen y encierran las vidas de una estirpe de mujeres que de manera trágica establecen una relación con el destino que rodea el relato con un aurea de realismo mágico.

Así, en este libro la autora parece acercarse más al estilo de Bendicho y sus «Tierras muertas» (o en ocasiones a la Lana Bastašić y sus «Dientes de leche») que al suyo propio, más luminoso, pues el relato, aunque bien construido parece girar plenamente en torno a la tierra, los animales, la dureza y la crudeza de unas mujeres que viven en un entorno hostil es sus diferentes aspectos y facetas. Hay crueldad, hay criaturas deformes, hay niños sin pestañas, hombres a los que le falta un dedo, hay mucha brutalidad y abominación en un relato que roza lo grotesco y lo zafio y en el que abundan escenas de animales despellejados listos para ser cocinados en una cocina donde uno intuye suciedad, polvo e insalubridad en una casa cerrada y sumida en la oscuridad, una oscuridad en la que «no había hombres sin orejas, ni mujeres sin cara, ni niños hinchados llenos de excrementos, ni bebés amarillos, ni víboras, ni lobos, ni ahorcados, ni desmembrados, ni mujeres forzadas, ni apuñalados. Solo llamaradas. Solo un cielo siempre de noche. Y, de golpe, carcajadas, fulgores. Y estrellas. Y después un temporal sin fin. Llovía y llovía, y llovió tanto, que de la lluvia incansable se hicieron los mares y los ríos y los lagos. El agua era negra y avanzaba. Después se retiraba. Y el mar de abría y de la herida salía fuego. Como sangre». 

De esta manera, Irene Solà sigue dirigiendo su atenta mirada al folklore, a las narraciones orales, a las leyendas y rondallas, pero en este caso desde una mirada más lúgubre, menos jovial y alegre, agudizando su penetrantes mirada hacia un realismo mágico restringiendo a la vez el público al cual dirigirse en una narración puramente terrenal en la que el lector se encuentra buscando una trama y una continuidad argumental teniendo que sortear por el camino animales despellejados algunos, feroces otros y tierra árida que seca la boca de un lector sediento de encontrar algo de la luz, simbólica y estilística, que aportaba su anterior novela.

Y por ello mis sensaciones encontradas. Quizá sea una novela para disfrutar más del estilo, enfoque y estructura multicapa que de un argumento difícilmente perceptible. Porque uno puede reconocer la gran capacidad de la autora, su atrevimiento y su entrega, que se evidencia en la gran cantidad de bibliografía que ha utilizado (y que añade al final del libro) en aspectos referentes al territorio, a los cuentos populares, a las recetas de cocina y a logros sobre prácticas medievales de comadronas en las que se basa al hablar de partos. El trabajo es ingente y se nota, y permite constatar que Irene Solà tiene un talento inmenso y una gran capacidad para crear atmósferas y tejer a la vez un relato multicapa donde las frases fluyen y envuelven el texto. Pero puede suceder que, a la vez, uno no se sienta atraído por lo que cuenta porque a pesar que sea evidente que el estilo de la autora permanece intacto, y escribe bien, muy bien, otra cosa es que el argumento o la temática encaje en el gusto lector. Y en este aspecto el libro no lo pone fácil. Así que me cuesta hacer una valoración única del libro, pues a pesar de estar perfectamente escrito no me ha suscitado más interés que el de disfrutar de la imaginación y el talento de la autora. Que tampoco es poca cosa.

También de Irene Solà en ULAD: Canto yo y la montaña baila, Los diques

martes, 30 de marzo de 2021

Pol Guasch: Napalm al cor

Idioma original: catalán
Título original: Napalm al cor
Traducción: traducción al castellano prevista para otoño 2021.
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable

Absolutamente deslumbrado. Sin reparos ni objeciones. Con únicamente veintipocos años, Pol Guasch ha escrito un auténtico librazo; auténtico por atrevido, auténtico por visceral, auténtico por real. Y librazo por muchísimos aspectos. Veamos. 

Si tuviéramos que resumir de qué trata el libro, podríamos decir que trata sobre un joven (narrador en primera persona) y su relación con otro joven en unas condiciones repletas de dificultades. Pero también podríamos resumirlo diciendo que trata sobre la problemática falta de comunicación entre un hijo incomprendido (aunque absolutamente amado) por su madre. También, ya puestos, podríamos decir que trata sobre una zona afectada por una catástrofe nuclear y la vida desdichada de quienes se quedan. O podríamos afirmar que este libro trata sobre la invasión y posterior ocupación militar de un territorio empobrecido. O, quizás, y también, podríamos aseverar diciendo que esta obra trata sobre la huida y los exiliados. Porque todos estos temas se tratan en este magnífico libro, de manera tangencial algunas de ellas, de manera más explícita en otros casos.

Estructuralmente, hay muchos saltos narrativos, que emergen como pensamientos fugaces y breves, pues el libro está repleto de pasajes cortos (en algunos casos de únicamente una página) que le permiten al autor introducir fragmentos que corroboran aquello que vamos aventurando al leerlo. Esta fragmentación no rompe en absoluto un texto que está perfectamente enraizado a una historia que se nutre de recuerdos y de nostalgia, de trazos de memoria que va y viene a través de pequeños y deseados recuerdos y de hirientes pasados ansiosa e intencionadamente omitidos.

Estilísticamente, y especialmente en su tramo inicial, el sublime trazo del autor recuerda mucho a Irene Solà, por una narración repleta de precisión sin dejar de lado autenticidad y sentimientos. El autor narra desde el corazón y desde la tierra, desde las entrañas de uno mismo y del realismo propio de quienes ven la vida y la muerte desde cerca, en los animales, en las personas. Sabemos desde el principio de la relación del protagonista con otro chico, «Boris, con aquel eclipse que lleva siempre en los ojos», una relación interrumpida abruptamente, pero que se intuye añorada. Sabemos también de un padre ya fallecido y de la madre del narrador y su relación con alguien de intenciones oscuras, poco nobles, una de esas personas que tienen «lenguas mentirosas, piernas que corren hacia el mal», uno de esos hombres que «hacen que se peleen los hermanos», alguien que habla «la otra lengua».  

Con este punto de partida, el relato se estructura en dos líneas argumentales fragmentadas, y también mezcladas temporalmente: por un lado, la vida del protagonista, con la muerte presente de su padre y su abuelo y las dificultades en comunicarse y entenderse con su madre, alguien con quien «lo que nos une no es la sangre ni el lugar, sino la desconfianza en el futuro, una historia común». La otra línea argumental se forma a través de las cartas que el protagonista envía a Boris, a través de las cuales entendemos no únicamente su relación, sino también los miedos que alberga hacia su propia vida y la de su madre por causa de su novio de cabeza rapada que habla otra lengua y al que aborrece, por ocupar el lugar de su padre, por sus gestos y miradas, por una dureza que confirma a Boris reconociendo que «tienes razón: no saben nada, solo de ruido y de furia», alguien de quien afirma que «sus ojos me escudriñan, nos escudriñan» pues «cada mirada es su manera de iniciar un diálogo, de someternos un poco más». El narrador parte y sufre desde el desconocimiento del mundo que le rodea, desde la incomprensión de una situación de la que sólo ve destellos punzantes de incomodidades escondidas, porque «en el mundo real, ocurrían cosas y no sabía qué era (…) aquí, en el mundo, ocurrirá algo y no sé qué será. Y querría saberlo siempre y no lo sé», pues la muerte y el desconcierto están siempre presentes «con la mudez de los muertos, la presencia de los muertos, la acusación de los muertos, que hace temblar», cercando su pequeña y estrecha familia con la única salida de Boris en su recuerdo y su presencia aún constante a través de las cartas que se envían y que confirman la delicada salud de un mundo que parece definitivo y hostil. Boris, su gran amor, su gran pasión. Boris, alguien que «tenía una nostalgia muy honda porque añoraba algo que nunca había tenido, y esa es la peor añoranza que puede tenerse».

Entre misivas y confesiones, el protagonista nos cuenta cómo empezó todo, con unos hombres que llegaron a sus casas y les decían que tenían que irse. Con su madre trabajando en la antigua Fábrica, una instalación ahora ya en ruinas y enferma; un edificio con imagen de central nuclear, bajo tierra, donde trabajan mujeres a las que «la piel se les fundía allí dentro». Y con la catástrofe, un pueblo que quedó amenazado y abandonado, prácticamente desierto e inhabitado como sus corazones ya vacíos de esperanzas, porque «nada puede ser hermoso aquí. No ahora». Con este inicio impactante, de una oscuridad deslumbrante, Pol Guasch nos gana ya desde un inicio, enterneciéndonos, conmoviéndonos, atrayéndonos a un mundo desangelado, lúgubre, triste... y nos arrastra hacia él con un estilo terriblemente poético, emotivo, visceral, narrando desde dentro, desde su alma, desde su lengua, desde su hogar. 

Y, cuando ya estamos inmersos totalmente en ese mundo oscuro, cruel, extremo, el autor hace un salto temporal hacia adelante, ya lejos de esa tierra que se va deshaciendo en pedazos mientras se diluye en la memoria. Ahora vive en una ciudad, donde los edificios son nuevos y sólidos, pero sin alma, vacía de sentimientos, una ciudad que al cabo de un tiempo «se me presentará desnuda y muerta». Sin la singularidad y la personalidad que conlleva con ella las miserias, poco queda de un pasado que en parte añora, a pesar de todo, porque «avanzar también es siempre un abandono». Y esa añoranza le lleva a volver y, en ese regreso, nos retorna a un pueblo de pasado vacío, a excepción del ocupado por su madre, aunque incluso ella aborrece ese lugar, por no tener nada que ofrecerle y ella tampoco a él; una vuelta a su tierra con la que el autor abre otros frentes y explora nuevos abismos, pues nos habla de campos de trabajo, de reclusión, de prisioneros. Y de la huida, el recurso siempre presente de futuro incierto. Y el exilio, al que se refiere cuando dice que «nací lejos de aquí / no sabía que nacer lejos de aquí significaría “esperar” siempre».

Con este conmovedor libro, el autor mezcla diversos registros y temas, conformado un mosaico en ocasiones abstracto en el que las piezas encajan por su conjunto, aunque de manera individual poseen igualmente una gran potencia por sí solas, pues cada fragmento es un regalo. Así nos habla de romances, de mentiras, de guerra, de muerte, de amor, de territorios, de miedo, de futuros sin un presente que los apuntale, y de un pasado que permanece inamovible en la memoria porque «las historias (…) siempre se pueden reescribir. Pero la memoria, no». Nos habla de países y lenguas, de hogares a los que se refiere afirmando «nuestra piel: sin costuras, solo una memoria terrible de años de aislamiento, de una lengua hendida, de un exilio a casa (…) nuestra casa: un alambre de púas» y la amenaza constante a causa de la cultura de un país que reconoce como «un legado de mi lengua: el dolor». Así, nos habla del exilio y de refugiados, de lenguas en peligro amenazadas por un invasor que las oprime, las minimiza, las lastima, las reduce prácticamente a la nada, aunque sin saber que la nada es justamente aquello que poseen quienes las defienden, es lo poco que les queda, es su mundo ahora. Y los campos de trabajos, rodeados por alambres, como metáfora también de la prisión en la que el protagonista encuentra su deseo más pasional, más carnal, con la mirada siempre atenta de una madre que intuye la relación pero no la comprende, llena de incomunicación oculta tras unas palabras que no salen, «lo que nos podríamos haber confesado cuando estábamos solos, pero no nos llegamos a explicar nunca». Y la huida y el fuego, elementos necesarios para saldar cuentas y renacer de unas cenizas aún calientes pero etéreas, ligeras, volatilizables, que se evaporan bajo el aliento contenido en sus bocas hambrientas y desobedientes en una relación apasionada y difícil pues «entre el deseo y la realidad se esconde enroscada la histeria, y es necesario saberla controlar para no convertir el cuerpo en una fiesta inhabitable».

Con una narración bella y contundente, sobre las dificultades entre madre e hijo que me lleva a Țîbuleac, con el peso del pasado y la guerra que me transporta a «Los orígenes» de Stanišić, y con la importancia y el peso en la vida del paisaje, los animales y la vitalidad que me recuerdan a Irene Solà, Pol Guasch ha escrito una magnífica e impactante obra que sorprende por su altísima calidad demostrando un inmenso talento que desborda la trama argumental para situarse por encima de la propia historia y que me lleva a ser consciente, sin riesgo de equivocarme, de que estamos delante de un grandísimo autor que pese a su corta edad ha conseguido encontrar la manera de tocar nuestros sentimientos y despertarlos, sacudirlos y agitarlos para mostrarles la pasión, la crueldad y la belleza. 

El libro que ha escrito Pol Guasch rebosa tanta calidad y emotividad que se nos mete dentro como un torrente que irrumpe vigoroso, de manera profunda, como si el desespero del protagonista estallara y buscara en nosotros un hogar donde pudieran descansar sus incertezas, sus miedos y temores. El autor llega a nosotros a través de un personaje que parece buscar respuestas, un consuelo, un refugio, un albergue donde lo podamos acoger; con su relato nos ha enternecido y nos ha emocionado, nos ha sorprendido y entusiasmado, porque mientras leemos este tremendo libro nos ocurre lo que al narrador dirigiéndose a Boris al afirmar que «mientras te escribo se me ha abierto el corazón como si tuviera una puerta, reventara y se hiciera muy grande, enorme, para que puedas entrar de cualquier manera». El autor hace lo mismo con nosotros, entra y nos inunda, pero en nuestro caso no lo hace de cualquier manera, sino de la mejor manera posible.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Carlota Gurt: Cabalgar toda la noche

Idioma original: catalán
Título original: Cavalcarem tota la nit
Traducción: Carlos Mayor
Año de publicación: 2020
Valoración: recomendable

Los caminos que uno puede emprender para llegar a publicar un primer libro de narrativa son múltiples. Hay casos en que ese acercamiento se produce desde la poesía (ya hemos visto recientemente los casos de Irene Solà o Xavier Mas Craviotto, para escoger autores de similar procedencia), pero hay otros que llegan desde el no menos imprescindible (y a veces infravalorado) mundo de la traducción. Este es el caso de Carlota Gurt, que tras años de experiencia en ese campo e incluso acercándose a artes relacionadas como el teatro haciendo de productora de La Fura dels Baus, se ha lanzado definitivamente a escribir su primer libro como autora. Y se trata de una recopilación de relatos cortos, independientes, aunque relacionados temáticamente.

El título del libro hace referencia al poema «La canción del amor y la muerte del corneta Christoph Rilke» donde empieza diciendo «cabalgar, cabalgar, cabalgar, todo el día, toda la noche, todo el día» y es toda una declaración de intenciones, pues como indica en la contracubierta, «cabalgar toda la noche es avanzar en la oscuridad hacia unas fronteras que parecen inalcanzables, pero que no siempre lo son». Así la autora habla de cabalgar toda la noche como una necesidad, casi un apremio, de aventurarse sin fallecer a las sombras que habitan dentro de nosotros y el mundo que nos rodea, sin que el miedo nos paralice, sin que nos detenga, y seguir cabalgando entre la oscuridad buscando una salida, o al menos una luz, que nos siga empujando, como un señuelo, hasta conseguir salir de esa noche siempre presente y atenazadora.

Estructurado en doce cuentos más un epílogo, este recopilatorio narra diferentes situaciones cotidianas, donde los personajes a menudo se sienten inseguros, en ocasiones sobrepasados por la realidad que los envuelve, por sus vidas anodinas y sin un horizonte claro, en ocasiones como personas individuales, pero a menudo con historias que giran en torno a la pareja. El estilo de Carlota Gurt es mordaz, con un humor agrio y ciertas dosis de mala leche, con un tono oscuro como la noche por la cual cabalga sobre las palabras, guiándonos hacia un lugar oscuro del que no estamos muy seguros de querer entrar, pero que su atrayente voz nos empuja a ello de manera irresistible.

Como en todo libro de relatos, y más en este caso al no ser pocos, las historias narradas son diversas, y no tiene sentido en esta reseña entrar en cada una de ellas, pero sí destacaré las que más me han gustado. Ya para empezar, el primer relato, «Las compuertas», donde la autora narra una historia de deseos e inseguridades, de la fina línea que separa la convicción de la suposición, y el paso siempre difícil de dar para pasar de un estado seguro a un territorio por conocer. Las compuertas del título, la separación entre estados, entre personas, pero también entre sentimientos propios, aquello que las separa o que las une con tan solo la voluntad o la posibilidad de hacerlo y que enlaza perfectamente con el segundo relato («La bóveda que los cubría») en el que narra la indecisión de una pareja que encuentra la entrada de un túnel y hay diferencia de opiniones sobre si entrar o no, por miedo a los desconocido, por no estar suficientemente preparados... clara metáfora del mundo de la pareja.

También el mundo de la pareja, o de las relaciones sentimentales, es tratado en otro gran relato como «El verano eterno» en el que narra la relación entre una chica y su vecino, que flirtean constantemente en un vaivén de quiero/no quiero, porque el deseo existe pero difícilmente es tan intenso en la realidad como en el pensamiento, o también en «La tierra no me acuna», en el que explica la obsesión de una chica con el mar, con cruzar lagos, en hacer todas las travesías, excepto las que conlleven un compromiso o todo aquello que suponga un reto que no implique echar raíces ni suponer ataduras. Y el agua, a menudo presente en gran parte de los cuentos, como metáfora también de un lugar en el que uno puede sentir cierta tranquilidad pero que a la vez puede suponer un riesgo, una amenaza.

Dejo para el final, dos de sus mejores cuentos, «Segundos hechos a nuestra medida», en el que un hombre debe llevar un pastel a su mujer, pero es incapaz, cada vez le pesa más. El cuento es una clara alegoría del desgaste de una relación, al principio ideal e ilusión ante pero que el paso del tiempo diluye y desvanece sin tan siquiera la posibilidad que reconozca en ella aquello que hubo años atrás. Y, finalmente, el más diferente de todos, el más impactante, el más visceral, el gran cuento que es «Bestias carnívoras», ambientado en los casos de violaciones grupales, en clara referencia a La Manada, y donde expone cómo se siente la víctima, como lo vive, como nadie es consciente de aquello que han provocado incluso en ella misma. Destaco este cuento por su calidad, pero también como demostración de que, a través de un humor ácido, punzante y negro, y sin entrar en detalles, se puede denunciar con bastante (pero justificada) mala leche, la mentalidad de algunas bestias que también viven entre nosotros. El cuento que ha escrito es una manera muy gráfica de decir que ya basta.

Cabe decir que el estilo de Gurt es directo, a pesar de las habituales metáforas que contienen sus cuentos, pero que no dejan lugar a dudas sobre qué pretende contar la autora. Porque lo que pretende contar, es los diferentes relatos, está envuelto de cierto fatalismo, de finales que solo son una continuación de otros finales ya pasados; la autora carga los relatos de una sensación de decadencia y desaliento, no falta de futuro, aunque tampoco los viste de nostalgia. Sus relatos nos invitan a pensar hacia dónde vamos, sin asegurar que otros posibles pasados nos hubieran llevado a mejores presentes. Y habla en ellos de la soledad, la que se encuentra dentro de uno mismo, independientemente de si se encuentra en compañía o sin ella.

Lo mejor del libro es el estilo de la autora, atrevido, valiente, con cuentos en gran mayoría sin principio ni final, como si la autora echara una breve, pero acertada mirada a vidas ajenas que no dejan de ser similares a las nuestras o de gente a quien podríamos conocer. Hay mucho mensaje contenido en los cuentos y, a pesar de su tono agridulce (más agrio que dulce) la sensación que uno tiene terminada la lectura es que la autora sabe exponer perfectamente las deficiencias y carencias de las personas que, faltas de afecto o de ambición, transitan por la vida sin pretender demasiado, quizá tan solo soñar pensando que podría ser mejor, pero sin dar ese paso necesario por no acabar estando convencido del todo.

Los cuentos narrados dejan entrever un sentimiento de desencaje respecto al mundo, de inconformidad respecto al mundo en el que vivimos, a la propia vida. Como si los personajes intentaran encontrar su lugar en el mundo, encajar en una vida que, como los cuentos, parece como si hubieran sido encajadas en ella por accidente. Así los cuentos empiezan y acaban como si captáramos un instante de sus vidas, y la sensación que tiene uno al leer el libro es que a sus personajes les ocurre bastante lo mismo: se encuentran y narran su situación personal como si no tuvieran un pasado que les hubiera llevado a ahí. Y aquí está uno de los puntos fuertes del libro, Carlota Gurt no necesita construir un pasado en torno a ellos para narrar lo que pretende. Y es un gran mérito porque lo que pretende, no es precisamente poco.

También de Carlota Gurt en ULAD: Sola, Biografía del fuego, Els erms

jueves, 27 de agosto de 2020

Irene Solà: Els dics

Idioma original: catalán
Título original: Els dics
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

Hay autores que tienen un estilo inconfundible, que con pocas frases imprimen su sello y dan una muestra evidente de ello. Es el caso de Irene Solà, que con tan solo un par de libros de narrativa publicados uno puede ver clarísimamente en ellos su autoría.

La manera de escribir de Irene Solà es inconfundible. Solo cuatro frases bastan para encontrar nuevamente ese tacto literario que tanto entusiasmó en su última novela publicada «Canto yo y la montaña baila». Porque la historia que cuenta es también coral, con una voz narradora que nos va introduciendo los personajes, uno a uno, presentándolos de una manera constante y específica, indicando «este es...», «este es ...», señalándolos como si sobrevolase la acción. Y esta actitud contemplativa, esta mirada hacia la historia, es acorde al inicio del libro, en el que la autora sitúa la escena inicial en un tejado, contemplando la acción desde una ubicación elevada, pero no superior, no juzgando a sus personajes, sino por encima de todos ellos, viendo las escenas como personajes dispuestos de manera perfectamente delimitada en un escenario que la autora teje a la perfección y donde todos tienen su sitio, su lugar y un encaje en la historia que se mueve en sincronía bajo la batuta que imprime la mano firme, precisa y delicada de Solà.

Tal y como repetiría posteriormente en «Canto yo y la montaña baila», Solà parte de pequeñas historias, algunas entrelazadas y otras no, para hablarnos de la vida cotidiana, de las vidas en los pueblos pequeños, de sus gentes, sus animales, sus costumbres y sus vidas. Del tiempo, de su paso y de su impacto, de la meteorología. Porque aquí también habla la lluvia, aunque no en primera persona, sino que la autora nos la presenta, como un personaje más, como algo que incide también en nuestra vida, o también la presencia de una vaca de nombre Samantha; todos ellos componen la amalgama de pequeños detalles que conforman nuestra existencia e Irene Solà los reúne a todos para mostrarnos lo pequeñas que son nuestras vidas, pero también la importancia de cada uno de los elementos que la constituyen. Porque también hay animales, y plantas y árboles, y naturaleza. Porque en todo el libro hay algo que los engloba a todos: hay vida.

Más allá del estilo, la historia que nos narra en este libro Irene Solà es la historia de Ada, de su vida y sus relaciones,  con la familia,  con el entorno, con las vidas que suceden también más allá de su realidad tangible, en una ficción en forma de cuentos que escribe e idea, que piensa e imagina, intercalada en la narración conformando, otra vez y a otro nivel, un engranaje narrativo que bordea e imbrica diferentes historias entremezcladas y vinculadas en su realidad, en un paisaje que se mueve entre la ruralidad tan característica de la autora como en grandes ciudades como Florencia o Londres, ubicadas mentalmente como contrapunto al entorno rural al que pertenece. Libro de contrastes, de idas y venidas entre ciudades y entre relaciones, de ficción dentro de la ficción, de realidades e ilusiones. Y los diques, como elemento de contención real o imaginario que controlan y evitan desbordamientos, de los ríos, o de los sentimientos.

Debo decir que es sumamente difícil no comparar este libro con la magnífica obra que es «Canto yo y la montaña baila», y no lo digo únicamente por tratarse de la misma autora, sino porque también estilísticamente son muy parecidos, beben de la misma fuente y se estructuran de manera igualmente fragmentada, aunque enlazadas de manera parecida: Solà juega con las pequeñas historias para construir una novela coral en la que habla de las pequeñas cosas pero que con su lenguaje y enfoque se hacen grandes. En eso se asemeja mucho a su otro libro, pero con diferencias evidentes, no en cuanto a estilo, sino en profundidad argumental e incluso literaria y es que uno podría pensar que este libro fue como un ejercicio de preparación (sin desmerecer su calidad) de su más reciente libro, como si preparara el tapiz, mental, prosístico y estilístico sobre el cual desplegar todo el talento que saldría finalmente en su siguiente novela.

Es probable que este libre guste más al lector si es el primero de la autora que lee que si el orden es el contrario, aunque también leerlos en orden inverso al que fueron publicados sirve, con precisa exactitud, para ver cómo se evoluciona y se autoconstruye la carrera literaria de una inmensa autora. Así, si uno lee primero este libro, puede que le parezca inferior, menos redondo y completo, pero no hay que olvidar que este es el inicio de una carrera literaria de una autora que promete ser brillante. Y como inicio, es más que destacable.

Como peculiaridad, hay algo en este libro que me parece curioso y es observar un cierto paralelismo con el autor Xavier Mas Craviotto en su «La mort lenta»: no únicamente comparten que ambos ganaron recientemente el Premi Documenta (Solà un año antes que Mas Craviotto), sino también la manera en situar la novela en el imaginario del lector, en la presentación de las situaciones, en describir las acciones presentando a los personajes. Craviotto las empezaba con un «imagina a…», y Solà con un «este es...» estableciendo un paralelismo curioso entre dos voces de autores jóvenes y con un estilo prosístico cuidado y preciso nacido de su paso por la poesía. Parece que este estilo gustó al jurado del premio. Claro está, que también a este reseñista.

lunes, 13 de abril de 2020

Xavier Mas Craviotto: La mort lenta

Idioma original: catalán
Título original: La mort lenta
Traducción: sin traducción a otras lenguas
Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable

Hay veces en que la juventud de un autor se intuye por un atrevimiento narrativo inusual, incluso algo temerario o arriesgado. En otras ocasiones, se denota la edad por los temas tratados, por un estilo desenfadado o incluso por cierta inexperiencia. Pero hay otras donde sí, a pesar de que se vislumbra la temprana edad por ciertos aspectos narrativos o incluso el contenido (pues acostumbran a transmitir historias protagonizadas por personajes también jóvenes), el relato va mucho más allá, pues trata temas de mayor calado, profundos, y que dejan cierto poso reflexivo que uno no esperaba de antemano en un autor joven de tan solo veintipocos años.

El libro que nos ocupa empieza con el epílogo, que ya de muestras del sentimiento y emoción que envuelve el relato, con una prosa limpia y emotiva, cálida, aunque no cándida, pues en su comienzo narra una escena triste y melancólica, aunque se atisba un rayo de esperanza. Porque hay calma después de la tempestad, y una luz que, aunque brille tenue y difusa, puede ser suficiente para ver el futuro o quizás un nuevo comienzo.

Con este inusual inicio partiendo del epílogo, se evidencia uno de los aspectos más destacables de la novela, uno de sus grandes aciertos, y es la narración fragmentada en capítulos que no siguen un estricto orden cronológico en su totalidad. Normalmente esto demandaría un esquema o ser un autor muy detallista fijando escenas temporales clave que faciliten al lector la ubicación de cada uno de los capítulos, pero Mas Craviotto, sabiamente, los enumera de manera correspondiente a su orden cronológico. Así, el lector incluso podría ir buscando los capítulos acorde a su numeración, cortarlos, reubicarlos y leer el libro de manera continua cronológicamente, aunque perdería parte de su encanto pues los recuerdos (narrados y vivamente sentidos por los protagonistas) no tienen por qué guardar un orden cronológico. Los recuerdos vienen cuando vienen, sin orden ni elección, y apenas los recordamos con precisión. Porque la narración no tiene por qué avanzar hacia adelante para enriquecerse, porque la novela parte de la mitad de la historia, de la mitad de la vida, porque es importante saber hacia dónde va, pero eso no tendría sentido sin saber de dónde se viene.

De esta manera, la narración fragmentada (y parcialmente desordenada, aunque solo en lo tocante a episodios del pasado), permite al lector hacer saltos que permiten conocer a los personajes y saber cómo han llegado hasta aquí en cuanto a su manera de ser. Vemos episodios del pasado que van conformando su carácter en la mente del lector que establece conexiones temporales entre los episodios vitales y va entendiendo, poco a poco, su personalidad y los hechos que marcaron su vida. Porque la vida de los dos hermanos protagonistas, Aram y Lena, no ha sido fácil: la muerte de sus padres en un accidente siendo ellos aún jóvenes les marcó profundamente a nivel individual, pero también como hermanos; una muerte que fortaleció su relación fraternal a pesar de las grandes diferencias de carácter: introspectivo él hasta el punto de aparentar un pasotismo envuelto de cierta actitud nihilista hacia la vida, extrovertida y fuerte ella, o al menos en apariencia. Y una vida por delante, aunque con la mirada vuelta hacia atrás. Y una antigua relación de uno de ellos, que vuelve para renacer, o para volver a morir.

El estilo del autor es dinámico, desenfadado y atrevido (algo propio a la edad del autor que escribió la obra con veintipocos años), pero, a pesar de ello, el lenguaje es cuidado, es delicado, es acertado, con metáforas precisas que impulsan y añaden dotas de madurez a un estilo en apariencia juvenil. El paso del autor por la poesía se nota, y eso es algo que se evidencia en las metáforas elegidas meticulosamente, dejando abiertas reflexiones que interpelan al lector y llegan de manera altamente emotiva. (Nota: de hecho, no es la primera vez que destaco el pasado ligado a la poesía en novelas reseñadas de un autor, pues parece ser un rasgo común de un conjunto de prometedores escritores catalanes como Irene Solà o Eva Baltasar. Y se nota en el estilo).

El libro es interesante pues nos habla de los deseos vitales y de la pérdida, de la solitud y la dependencia, de los instintos y los miedos, de la vida y de la muerte, la muerte que llega de golpe, pero también la muerte lenta, aquella que va ocupando los huecos de la vida que por dejadez o desatino olvidamos, abandonando una vida que se va perdiendo por el camino, un camino que sólo comprendemos asi echamos una mirada atrás al pasado, un pasado que aparece y desaparece sin orden, como reflejos momentáneos de una imagen que nunca vemos del todo completa, como fragmentos episódicos de una vida que en su sucesión de hechos queda siempre a expensas de que queden rotos por un acto fortuito o una mala decisión. Porque a pesar de que nuestra vida es un continuo, hay momentos puntuales que suponen que la vida se rompa, o que tome una deriva hacia nuestra felicidad o nuestro abismo.

El estilo del autor es simple, entendiéndose como espontáneo, empático,  que acerca al lector a la narración, pues parece que hablan de la misma forma; un estilo que permite al lector conectar con los personajes, en sus diferentes edades y este se ubica mentalmente de manera totalmente natural en Aram y Lena, y los entiende, y los comprende, pues esas escenas y la manera en la que son más que contadas, vividas, rememoran a uno los recuerdos de una infancia que siempre deja capítulos abiertos,  y que somos incapaces de cerrar por más que pensemos en ellos. Igualmente, la narración en tercera persona es un acierto, pues analiza y describe sin juzgar el punto de vista de ambos hermanos, tan diferentes, tan distantes, pero tan íntimamente ligados por una estrecha relación de la que es difícil entender uno sin comprender al otro, a pesar que el peso principal de la narración está en Aram, por ser el eje central y núcleo común de los tres personajes.

Cabe decir, de igual manera, que la narración tiene algún punto flaco, y son algunos fragmentos algo naifs y especialmente los breves anexos que se intercalan en la historia a modo de apuntes vitales para conocer mejor los personajes a través de sus gustos, sus lamentos o sus proezas. Estos apuntes rompen la narración y se acercan demasiado a un público juvenil que no se corresponde con el trasfondo de la historia. El autor sobresale mucho más cuando entendemos a los personajes a través de sus reflexiones y comportamientos, sin detallarlos tan explícitamente, tan desde una supuesta objetividad que aparta al lector del acercamiento que el resto de la narración propicia.

El libro avanza en la vida de los hermanos, principalmente Aram, y a medida que avanza, retrocede en el tiempo, hacia el momento crítico de la muerte de sus padres. Y el libro se vuelve oscuro, se vuelve triste, se vuelve incluso hostil hacia una vida echada por la borda, hablando sobre una muerte que nació tiempo atrás, una muerte lenta que va llegando, poco a poco y sin hacer ruido. Una muerte anímica, de quien ve más pasado que futuro a pesar de la corta edad. Y nos habla de ella, y de las relaciones, con las personas, pero también con la vida. Y es en esa relación y en las reflexiones que el autor hace donde explota su potencial y donde demuestra que sus veintipocos años puede que no sean tan pocos, y que hay mucha vida vivida y más aún comprendida, y que la profundidad de una narración va emparejada con la capacidad del autor en llegar más allá de lo esperado. Se nota que Mas Craviotto tiene mucho que contar y espero con ganas que el futuro le depare lo que su prometedor presente augura.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La gran náusea, La pell del món, Animals inexpressius, La llum subterrània

viernes, 27 de marzo de 2020

Olga Tokarczuk: Un lugar llamado Antaño

Idioma original: polaco
Título original: Prawiek i inne czasy
Traducción: Bogumiła Wyrzykowska y Ester Rabasco Macías (ed. en castellano), Anna Rubió y Jerzy Sławomirski (ed. en catalán)
Año de publicación: 1996
Valoración: recomenable

Después de la lectura de «Los errantes», tocaba realizar una exploración más a fondo de la obra de Olga Tokarczuk, tras su proclamación como ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2018. Su estilo reflexivo, fragmentado, en determinadas ocasiones incluso poético, invitaban a profundizar en la obra de la autora polaca. Y decidí emprender mi propio viaje a Antaño, un viaje a una tierra inconcreta, pero especialmente un viaje a lo largo del tiempo.

A diferencia de «Los errantes», donde la historia englobaba todo el mundo y sus protagonistas eran personas errantes que viajan por todo el planeta, aquí nos encontramos con lo opuesto. Los protagonistas están todos ubicados en Antaño, región imaginaria que podríamos situar en medio de Polonia, y quien viaja no son sus personajes, sino el tiempo, que llega, deja su marca, su huella, y sigue su camino, barriendo vidas en ocasiones, sueños en otras, y dejando a su paso dos guerras mundiales, una ocupación rusa y múltiples atrocidades e infinitas desilusiones. De hecho, su título original («Prawiek i inne czasy») podría traducirse como «Antaño y otros tiempos», título más acorde al contenido del libro y a la idea que sobrevuela la narración.

Cabe indicar, de entrada, que uno no debe sentirse abrumado por la descripción geográfica del territorio que abre el libro ni los arcángeles que lo custodian. Su incidencia en la novela es mínima. Aun así, la autora, nos marca los límites geográficos de Antaño, para ubicarnos en el escenario donde se desarrollará toda la historia, para dejarnos claro que no nos moveremos de ahí y deja un ligero poso mental de límites geográficos, de encierro, de reclusión, de sitio. Y nos sitúa también temporalmente en el inicio de la historia de manera clara: año 1914, justo en el inicio de la primera guerra mundial.

Con esta premisa, la autora parte de uno de los personajes principales, Genowefa, que ve como su marido va a la guerra antes de que pudiera decirle que esperaban un hijo. Partiendo de este acontecimiento, y con capítulos cortos y altamente fragmentados (algo que parece ser un sello estilístico en la autora), Tokarczuk ya da una primera pincelada de qué nos quiere presentar: la vida de diferentes personas del pueblo, que de manera entrelazada tejen un mosaico desde el que nos hablan de la guerra, de la espera, del infortunio, de la vida y de la muerte. Así, los diferentes personajes aparecen y desaparecen, mientras la vida sigue para unos y se detiene para otros, sumergidos en una idea global de penurias y dificultades.

El estilo de Tokarczuk nos transmite escenas cotidianas, pequeñas historias que se entrelazan en un entorno muy delimitado, donde los personajes son retratados con personalidad muy propia sin que ninguno de ellos cope el protagonismo de manera absoluta, sino que es el entorno y las relaciones entre ellos los que ocupan el núcleo central de la novela, aunque sin dejar de lado las propias historias de cada uno; leer este libro es como echar una ojeada a las vidas y a lo que ocurre en las distintas casas, con la añadidura que, a las historias de sus habitantes, se les unen las de algunos animales (como una serpiente) que también participan de manera activa en la historia y nos la cuentan desde su punto de vista; salvando las distancias, me ha recordado en este aspecto a «Canto yo y la montaña baila» de Irene Solà por la fragmentación y el relato distribuido que caracterizan ambas novelas, aunque el tono y el estilo es muy diferente.

Los episodios (muy breves en algunos casos) o fragmentos empiezan por un «Tiempo de...» porque en el fondo, ese es el propósito de la autora, narrar sobre el tiempo, sobre cómo trascurre incidiendo en la vida de unas personas con vidas sencillas, en un lugar cualquiera. En una narración que roza en ocasiones lo místico, lo religioso y lo onírico como elementos orgánicamente integrados en los propios personajes, en el propio territorio y cultura popular, y que han hecho de Tokarczuk una autora clave en el realismo mágico; el estilo de la autora es muy terrenal, muy arraigado a un paisaje y es, a partir de él, donde la narración coge forma y se expande a través de unos personajes que nacen y mueren, viven y sueñan, anhelan y sufren. Porque esta novela trata de ilusiones y desesperos, dificultades y logros, pérdidas y éxitos.

Antaño se convierte en esta novela en una tierra de paso, de tropas alemanas primero, rusas después, pero también una tierra de paso de sus habitantes, de vidas cortas y alteradas, de fugaces deseos que la realidad explosiona y difumina; Antaño es realmente una tierra de paso, pero de paso del tiempo, que deja su marca en los elementos que, de manera transitoria, coinciden en un tiempo y una tierra, transitando en el devenir de una era de guerras y penurias. Un paso casi efímero, que tal y como indica Tokarczuk en uno de los pasajes del libro «el rasgo más característico de todo aquello que vio Izydor era la temporalidad».

Por todo ello, a pesar de ser un libro algo irregular, al que cuesta entrar al principio por la narración fragmentada y por algunas historias que en principio no tienen suficiente interés más allá del potente estilo narrativo de Tokarczuk, el libro mejora a partir de su mitad, volviéndose más duro y contundente. Es en su segunda mitad donde la narración avanza de manera firme e implacable con sus personajes, pero sin perder ni un ápice de su proximidad emocional. Porque, a pesar de esa contundencia y de las desgracias narradas, Tokarczuk consigue que conectemos con los personajes, que suframos con ellos, con Misia, con Izydor, y nos encariñamos de ellos mientras somos testigos que el tiempo avanza de manera inexorable haciendo mella en sus vidas y en sus deseos, y también en la de todos nosotros.

También de Olga Tokarczuk en ULAD: Los errantes

lunes, 16 de diciembre de 2019

ULAD adoctrina sobre el 2019: nuestros libros del año

Mirad: si este blog pretendiera ser solo leído por familiares de colaboradores ávidos de localizar ideas para regalar a la prima que lee, no nos veríamos obligados a esto. Pero hace tiempo que esto no es así. Es una verdad como un puño que la comunidad lectora global espera ver hacia dónde señalan nuestros dedos, cada año, por estas fechas. Aunque pueda darse el caso que los que aquí escribimos no acabemos de ponernos de acuerdo.

Palabra de Juan G. B. :
- Novela acojonante del año (en todos los sentidos): Mandíbula, de Mónica Ojeda.
- Novela pasmante del año: Vivir abajo de Gustavo Faverón Patriau.
- Novela chanante del año: El aliado, de Iván Repila.
- Novela gráfica más turbadora del año: Bezimena, de Nina Bunjevac
- Libro de no ficción (o sí ficción, según se mire): Thomas Quick. Cómo se hace un asesino en serie de Hannes Råstam.
- Autovivisecciones en canal: Mientras escribo, de Stephen King y Mis rincones oscuros, de James Ellroy.
- Ligeras decepciones: Traición, de Walter Mosley y La Señora Caliban, de Rachel Ingalls.
- Sorpresa agradable del año: La novela del buscador de libros, de Juan Bonilla.
- Libro que no me atreví a reseñar: Tsunami. Miradas feministas (V.V.A.A. con edición y prólogo de Marta Sanz)
- Descubrimientos del año: Mónica OjedaImogen Hermes Gowar, Gustavo Faverón.

Palabra de Koldo CF:
- No ficción (hispanoamericana): Distraídos venceremos, de Andrea Valdés
- No ficción (resto de mundo): Contra toda esperanza, de Nadiezhda Mandelstam
- Novela (hispanoamericana): El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza
- Novela (resto del mundo): La suerte de Omensetter, de William H. Gass
- Relatos (hispanoamericana): La furia y otros cuentos, de Silvina Ocampo
- Relatos (resto del año): Historias tardías, de Stephen Dixon
- Tocho del año: Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo
- Relectura del año: Los siete locos, de Roberto Arlt (habrá reseña en breve)
- Peor libro con diferencia: Vox, de Nicholson Baker

Palabra de Oriol Vigil:
- Mejor novela: El lugar, de Mario Levrero
- Otras novelas destacables: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, La mujer de la arena, de Kôbô Abe, El gusano máximo de la vida misma, de Alberto Laiseca, El proceso, de Franz Kafka, Tango Satánico, de László Krasznahorkai
- Mejor antología: Bestiario, de Julio Cortázar
- Lo mejor en género negro: La promesa, de Friedrich Dürrenmatt
- Lo mejor en terror: Los sauces, de Algernon Blackwood, Uzumaki, de Junji Ito
- Mejor cómic: Vinland Saga, de Makoto Yukimura (aunque se desinfla un poco)
- Vicio literario del año: Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin (aunque también se desinfla un poco)
- Lo mejor en no ficción: La conspiración contra la especie humana, de Thomas Ligotti, El discurso vacío, de Mario Levrero, ¡Escríbelo, Kisch!, de Egon Erwin Kisch
- Libros decepcionantes: Cartero, de Charles Bukowski, Buick 8, un coche perverso, de Stephen King
- Libros aburridos: El vestido azul, de Michèle Desbordes, En el jardín del ogro, de Leila Slimani
- Autores descubiertos: Mario Levrero, Alberto Laiseca, Kôbô Abe, László Krasznahorkai
- Empacho de: Literatura nipona, fatalismo, "bildungsroman" y "pulp"

Palabra de Marc Peig:
- Libro del año: «Cárdeno adorno», de Katharina Winkler.
- Lo mejor del año (autores): Elizabeth Hardwick, Siri HustvedtIrene Solà, Tatiana Ţîbuleac
- Mejor libro de relatos del año: «No importa», de Agota Kristof
- Tochonovela del año: «Fin», de Karl Ove Knausgard
- Ensayo políticosocial del año: «Ante el dolor de los demás», de Susan Sontag, y «El ojo y la navaja», de Ingrid Guardiola
- Librodenuncia del año:  «Tú, ¡cállate!», de Laura Huerga y Blanca Busquets.
 -Autobiografía del año: «Noches insomnes», de Elizabeth Hardwick y «Los años», de Annie Ernaux
- Experimento metaliterario del año: «Novel·la», de Pol Beckmann
- Decepción del año: «Devastación», de Tom Kristensen
- Autores clásicos que ya debería haber leído y que no tardaré en ponerme a ello: Henrik Ibsen
- Autores que debo recuperar porque llevan tiempo olvidados (injustamente): Ngũgĩ wa Thiong'o, Paul Auster
- Caerán más libros de: Siri Hustvedt, Annie Ernaux, Mircea Cărtărescu, Olga Tokarczuk, Agota Kristof
- Propósitos para el 2020: más teatro, más ensayo e intentar evadirme de novedades y volver a los clásicos (veremos si lo consigo)

Palabra de Montuenga:
- Mejor clásico leído este año: Bel Ami, de Guy de Maupassant
- Mejor novela española: El novio del mundo, de Felipe Benitez Reyes
- Mejor novela extranjera: Los colores del incendio, de Pierre Lemaître
- Obra maestra polémica donde las haya: El desembarco, de Jean Raspail
- Mejor novela negra: El último barco, de Domingo Villar
- Relectura que nunca defrauda: La saga fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester
- Mejor western: Warlock, de Oakley Hall
- Mejor ensayo: La edad de la ira, de Pankaj Mishra.
- Distopía más esperada aunque algo fallida: Los testamentos, de Margaret Atwood.
- Peor novela con diferencia: Juego de mentiras, de Ruth Ware.

Palabra de Francesc Bon
- Propósitos para 2020: Conseguir que el tsundoku rebaje sus proporciones amenazadoras, o se fusione con el cajón de los cables. Salir de la zona de confort. Y plantear, quizás, si la próxima ya debería ser la última oportunidad para Pynchon.
- Mejor novela leída en el año: Por el regusto tras los meses, cualquiera de las tres de Zuckerman desencadenado, de Philip Roth
- Novedad tolerada: El colgajo, de Philippe Lançon, por cruda y por ver cómo nos transforma experimentar la violencia
- Me lo imaginaba más grande: Todos los hermosos caballos, de Cormac Mc Carthy
- Satisfyer literario: Walt Whitman ya no vive aquí de Eduardo Lago
- Toque de atención: a Michel Houellebecq, por los momentos autoparódicos en Serotonina

Palabra de Carlos Andia:
- Mejor novela en castellano: El silenciero, de Antonio Di Benedetto, y Prins, de César Aira (próxima reseña)
- Mejor novela en otros idiomas: Mapa de una ausencia, de Andrea Bajani, , y Vértigo, de W.G. Sebald
- Tocho anual (para no perder músculo, pero nada más): La muerte de Arturo, de Thomas Malory
- Una incursión en el microrrelato: Ojos de aguja (recopilación)
- Relectura del año: El unicornio, de Manuel Mujica Laínez
- Mejor ensayo: El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki
- Ensayo científico: El jinete pálido, de Laura Spinney
- Mejor libro de relatos: El ídolo caído, de Graham Greene
- Mejor obra de teatro (aunque tampoco había mucho donde elegir): El cementerio de automóviles, de Fernando Arrabal
- Peligro de agotamiento inminente: Enrique Vila-Matas (Esta bruma insensata, y quizá no más)
- Decepciones: varias, puede que más de lo normal, pero para qué les vamos a dar más cancha.

martes, 18 de junio de 2019

Irene Solà: Canto yo y la montaña baila

Idioma original: catalán
Título original: Canto jo i la muntanya balla
Traducción: Concha Cardeñoso
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

De un tiempo a esta parte, ha ido aumentando el recelo sobre los premios literarios, pues en ocasiones la calidad de la obra premiada no parece merecedora de tal reconocimiento. No sería el caso del libro que nos ocupa, pues «Canto yo y la montaña baila» atesora la calidad suficiente para haber ganado el “Premi Llibres Anagrama 2019” y es un reconocimiento justo a una autora que, pese a su juventud, tiene un talento narrativo innegable. Y sí, sorprende la juventud de esta autora si nos fijamos en la calidad literaria y la manera en enfocar la obra, pues su alta complejidad narrativa y variedad de estilos son propias de alguien que sabe perfectamente en qué consiste el arte de narrar e Irene Solà, a sus veintiocho años, lo demuestra en cada párrafo.

En esta novela coral, que trata sobre la vida, la naturaleza y el pasado, testigo de historias y fábulas, cuentos y leyendas, la voz que trasciende no es la voz únicamente de una persona, de una sola narradora, es la voz de la tierra, de los elementos, de los animales y de las personas, también; una voz terrenal y por ello, auténtica, genuina, pues repartiendo la narración entre los distintos elementos que conforman un mundo rural, térreo, la autora describe las sensaciones de una manera pura, natural y con una espontaneidad que no la aleja ni un instante de una calidad estilística excepcional. Se nota su experiencia literaria tras su paso por la poesía, se percibe en cada palabra elegida de manera precisa, pero sin forzar el lenguaje, sin tensar demasiado el vocabulario, encontrando el punto justo para dotar la narración de una alta calidad sin mostrar impostura o exceso.

Para cubrir toda esta amalgama de temas, y hacerlo sorteando un riesgo evidente de caer por el precipicio de la desmesura, la autora vuela por la narración con un ritmo narrativo alegre y atrevido, evidenciando que se divierte con las palabras y con los personajes, disfrutando con un juego literario que transmite de manera coherente y perfectamente hilvanada, desplegando un diorama de elementos que conforman una escritura muy completa. Así, la narración salta de un personaje a otro, y asistimos a un baile de voces que relatan una historia plural con la montaña como elemento nuclear. Arriesgando en cada párrafo, Irene Solà no da un paso en falso, en cada salto de personaje para cambiar la voz, siempre acierta y pisa tierra firme, una tierra que rezuma la historia de un pasado aún latente y abarca toda la narración, dotándola de una coherencia perfectamente armonizada. Bien es cierto que existe algún capítulo algo irregular en interés por la propia la historia narrada, pero no afecta al conjunto de una obra que tiene una primera mitad del libro realmente excepcional, de una calidad y exquisitez remarcables, y también un tramo final bellísimo, con esa mirada sensible y delicada, que acerca nuestros pensamientos a la tierra, al paisaje, donde pertenecen, donde serán recordados.

De esta manera, la autora utiliza cada una de esas voces, ya tenga forma de persona, de animal, de elemento meteorológico o de la propia naturaleza, para narrar una historia que nos habla de las personas en un entorno rural, en esos limitados espacios de los pequeños pueblos que, con sus historias, reales o ficticias, sus cuentos y fábulas, sus mitos y leyendas, conviven con la propia montaña y sus elementos. Y con todo ello, teje una historia redonda, perfectamente estructurada, entrelazando un conjunto de relatos relacionados entre sí, sobre historias de personas vinculadas al entorno, relatos con alta dosis de realidad, pero también envueltos de fantasía, mitológicos, de un pasado que la tierra recuerda y arrastra a través del tiempo a través de sus animales y sus paisajes, que todo lo ven y todo lo recuerdan. Recuerdos como el de la Guerra Civil, y el paso de los republicanos hacia Francia buscando el exilio, con sus muertos desaparecidos en las tierras que los acogen, como acogen también las armas y metralla que quedan repartidas por esas montañas, como esperando a ser descubiertas para recordar las personas que ya no están; y los animales que lo observan, y el cielo omnipresente con los truenos que apuntan y marcan el destino de algunas familias que siguen ahí, y ahí seguirán. Porque hay dolor en la historia, el dolor por la muerte que irrumpe de golpe, de imprevisto, y cambia la vida de sus allegados, unas vidas pequeñas en apariencia, sin grandes aspiraciones; una muerte que llega y fuerza a mantener la vida, o a sobrevivir y luchar por los que siguen, por los vivos. Y está también el dolor de la añoranza, al recordar los sueños de juventud, que el amor ciega y oculta al paso del tiempo, cambiando la cara por una más tierna, más dulce, pero menos radiante, en tiempos difíciles y matrimonios jóvenes que no han visto el mundo con los ojos de la experiencia, y maduran de manera inexorable mirando a lo lejos qué fueron de esos deseos que quedaron atrás en la mente de los jóvenes.

A pesar de ese dolor que existe y se recuerda, la novela no es triste, sino al contrario. El tono que la autora transmite en la narración es alegre, jovial en algún caso y totalmente desenfadado, libre de ataduras, ambicioso y de trasfondo dulce y vivo. De estilo delicado, preciso y bello, la prosa de la autora fluye perfectamente entre escenas rurales que tratan de la vida y del entorno, un entorno que observa las peculiaridades de sus habitantes e influye imponiéndose a veces en sus humildes vidas. Un relato donde la fantasía también está presente, en los recuerdos, en la naturaleza, en los paisajes. De esta manera, mezclando historias y leyendas, nos habla de la tierra, de la tierra que recuerda, de las historias que han ido sucediendo en ella, porque la tierra nunca olvida, nunca muere, siempre estará, porque no tiene principio ni final.

La novela que ha escrito Irene Solà es el retrato de un paisaje donde los elementos naturales abrazan y acogen las vidas de sus habitantes, vidas dispares y en ocasiones desafortunadas, pero que la narración de la autora las protege y envuelve de una belleza que hace que no podamos evitar contemplarlas con detalle y aplaudirla por este homenaje que ha hecho a los cuentos, a las rondallas, a la magia que envuelve a las historias que se transmiten de generación en generación, a la mitología y a la fantasía. En definitiva, a la literatura en sus diferentes vertientes que, de una forma u otra, se transmite con el paso del tiempo. Un auténtico regalo a quienes creemos en la pervivencia de las historias, un regalo a todos nosotros.

También de Irene Solà en ULAD: Els dics, Et vaig donar ulls i vas mirar les tenebres