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lunes, 27 de septiembre de 2021

Uxue Alberdi: Reverso

Idioma original: euskera
Título original: Kontrako eztarritik
Año de publicación: 2021
Traducción: Miren Iriarte
Valoración: Recomendable e interesante




De los creadores de a las mujeres no se les dan bien las ciencias y las mujeres no reúnen las condiciones para jugar a fútbolla alta cocina es cosa de hombres (como Soberano), llega a nuestras pantallas: las mujeres no pueden ser bertsolaris.

Bertsolaris (*1) son improvisadores populares de versos en vasco que se dedican a componer, cantar y/o improvisar según unas reglas de rima y métrica concretas. El bertsolarismo es una tradición fuertemente arraigada en euskadi que se ejerce como un oficio más; cuenta con escuelas de formación, organismos culturales y profesionales, y una serie de certámenes que se siguen con interés a través de diversos medios de comunicación autonómicos. Existe hasta un documental Bertsolari (2011). 

Pero aunque era necesario enmarcar el fenómeno, Reverso (Premio Euskadi de Ensayo 2020) no trata sobre el bertsolarismo, si no que explora desde el bertsolarismo aquellos mecanismos que limitan la voz pública de las mujeres en general y de las de ese colectivo en particular. ¿Otro ensayo feminista?  ¡Oh, no!

Oh, sí. (*2)

Resumen resumido: a través del testimonio de las vivencias personales y profesionales de 15 mujeres bertsolaris, la autora identifica, define, enmarca y analiza una serie de mecanismos estructurales  invisibles que coartan la actividad y el desarrollo de este colectivo de creadoras en comparación con sus compañeros hombres.

Sin embargo, al leer los diferentes testimonios, resulta innegable que el germen de tales mecanismos es básicamente el mismo, ya hablemos de bertsos, de pintura al oleo o de motocross. Es decir, que se trata de mecanismos transversales que siempre inciden sobre los mismos conceptos, muchos de ellos ya perfectamente acotados en el fantástico ensayo Cómo acabar con la escritura de las mujeres de Joanna Russ. Uxue Alberdi también reconoce la influencia de La guerra no tiene rostro de mujer de Svetlana Alexiévich, y yo, durante la lectura de Reverso, en muchos momentos he percibido ecos de Rebecca Solnit en La madre de todas las preguntas. Pero las referencias no acaban ahí y tanto el arranque de cada capítulo como el prólogo de June Fernández y el epílogo de la autora, aportan gran cantidad de citas, de obras y de autoras que contribuyen a contextualizar (y, aunque no debería ser necesario, a legitimar) todo lo que se desarrolla a continuación.

Algunos de los temas más interesantes tienen que ver con la voz (qué digo, cómo lo digo, desde dónde y ¿tengo un desde dónde?...) y su  estrecha y necesaria asociación con el cuerpo, el cuerpo de mujer y todas las cargas culturales y sociales que se le atribuyen gratuitamente. 
Parece que nos pasa lo de la mujer del tiempo, es decir, el hombre bertsolari puede ser mayor, pero las mujeres, a día de hoy, parece ser que no envejecemos (...)
También se trata del silencio, como ausencia de voz, y otras cuestiones como la falsa categorización, el paternalismo, la violencia, el humor... los testimonios destacan sobre todo por su honestidad y por su sencillez expositiva que desenmascara con habilidad todas las trampas invisibilizadas tras muchos gestos y acciones cotidianas que con tanta naturalidad aceptamos en nuestro día a día. Por ello es muy de agradecer la generosidad y predisposición de las 15 bertsolaris, así como la claridad expositiva con la que la autora reúne y clasifica los diferentes testimonios. Se lee en un suspiro.

La traducción del título original: Kontrako eztarritik significa literalmente "por la garganta contraria", el típico atragantamiento puntual que suele explicarse diciendo "se me ha ido por el otro lado". Un título que sugiere incomodidad y disociación; incomodidad como cuando las mujeres quieren formar parte de cualquier colectivo en el que históricamente han predominado los hombres, disociación en el sentido de diferenciar un "lado bueno" de otro "no tan bueno". Por otra parte, la referencia a la garganta está íntimamente ligada a la voz, una cuestión central en el bertsolarismo tal y como ya hemos hablado. Sin embargo Reverso, además del juego de palabras con el elemento básico del verso, pone en crisis la universalidad de la experiencia masculina haciendo referencia a todo un cúmulo de posibilidades que se encuentran (desafortunadamente) justo al otro lado y que todavía no han sido plenamente exploradas gracias a las limitaciones que sufren las mujeres en el desarrollo de su actividad como bertsolaris. Como dice June Fernández en su prólogo:
De pronto, el reverso toma la forma de un sujeto colectivo que agarra el micrófono y habla. Entonces, lo que antes nos parecía normal, pierde la "l" y desnuda una serie de asfixiantes normas.
Así que recomendable e interesante a partes iguales, como fórmula para explorar esos mecanismos transversales y universales de dominación. Y si su lectura también sirve para que algunas/os se interesen por el mundo del bertsolarismo, pues qué maravilla.


(*1) Definición plagiada de la wikipedia donde también se incluye un largo listado de bertsolaris en el que no se menciona a ninguna mujer. Malamente (tratrá) esos wikipédicos.
(*2) Que exista una sola persona en el mundo que piense que HAY DEMASIADOS ensayos feministas, solo significa una cosa: que NO HAY SUFICIENTES ensayos feministas.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Max Aub: Juego de cartas

Idioma original: español
Año de publicación: 1964
Valoración: Imprescindible para coleccionistas; muy recomendable para lectores.

Ya hemos hablado en ULAD de narrativas no lineales: de aquellas en las que no hay un principio, un medio o un final, sino varios caminos posibles que el lector elige con mayor o menor libertad. Hablamos de Afternoon, a story, un clásico de la narrativa hipertextual para ordenador, pero también de sus antecedentes en papel, como el Diccionario jázaro de Pavic o Rayuela de Julio Cortázar, que es quizás la más conocida aunque no necesariamente la mejor. Bueno, pues Juego de cartas de Max Aub es un experimento formal todavía más audaz que estas otras, y mucho más divertido para el lector (aunque no llegue a alcanzar tampoco el nivel de lirismo o creatividad de determinados capítulos sueltos de Rayuela).

Juego de cartas está formado, como su nombre indica, por cartas, en dos sentidos: es un conjunto de naipes (dos barajas enteras, con cuatro palos de trece cartas cada una, más cuatro comodines; 108 naipes en total), que a su vez contienen en el dorso el texto de 108 cartas que diferentes personajes, generalmente identificados solo con un nombre propio, intercambian en relación con la muerte del misterioso Máximo Ballesteros. Como bonus, los dibujos de los naipes están atribuidos a Jusep Torres Campalans, el heterónimo pintor de Max Aub (sobre el cual escribió una biografía, y con cuyas obras organizó exposiciones).

Creo que en esta reseña, un par de imágenes resultan imprescindibles:


Frente de los naipes, con dibujos de Torres Campalans


Reverso de los naipes, con las cartas de los personajes sobre Máximo Ballesteros

Juego de cartas es efectivamente un juego, o por lo menos eso indica la caja en la que vienen las cartas, con unas instrucciones que no creo que haya que tomarse muy en serio; pero Juego de cartas es sobre todo una novela, una narración en la que efectivamente, a diferencia de Rayuela, el autor cede al azar la disposición de los textos y el orden en el que el lector se enfrenta a ellos. Cada carta es un texto independiente, muy pocas cartas se relacionan unas con otras y -hasta donde he podido indagar- no hay un sistema de correlación entre los números o los palos del naipe y lo que se cuenta en su reverso, salvo por los comodines, que son los textos más breves y más misteriosos ("Valía por todos", "No había nadie", "Fue por casualidad", "No teníamos otra cosa que hacer"...).

Desde cierto punto de vista, hasta se podría decir que esta es una novela policiaca. El protagonista, Máximo Ballesteros ha muerto, y al menos tres teorías intentan explicar su muerte: ataque al corazón, suicidio, o asesinato a manos de su esposa Carmen. Las cartas que componen la baraja (muchas de ellas escritas por sus amantes, ex-amantes, mujeres seducidas y/o abandonadas; algunas por su mujer; otras por su dentista, su maestro de escuela, su hermana...) nos presentan las tres posibilidades, y quizás la respuesta se encuentre en algún lugar del texto (como sucedía en Afternoon, a story) o quizás no.

Pero Juegos de cartas, en una lectura algo más profunda, es, creo yo, una novela sobre la identidad, sobre la imposibilidad de llegar a conocer a nadie, o sobre las múltiples facetas que presentamos en la vida pública y privada. Máximo Ballesteros es para algunos personajes un diablo, un egoísta, un imbécil; para otros, un hombre astuto, trabajador, honesto. En definitiva, se está poniendo en práctica ese tema tan posmoderno que es la disolución del yo (aunque esta obra, conviene recordarlo, fue publicada originalmente en 1964). Son muchas las barajas que plantean esta cuestión; aquí van solo algunos ejemplos:
  • "Los hombres son un 'puzzle', un juego difícil de componer -y más de recomponer-, porque siempre nos los entregan hechos polvo -para los ídem- a ver qué y quién sale".
  • "Uno es como es y nadie sabe cómo".
  • "¿Cómo era? ¿Quién lo sabe? ¿Tú? Pues atente a ello, cada quien con su verdad".
  • "Uno es como es para sí, no como parece para los demás".
  • "¿Cómo era Máximo? De una sola manera: como creías que era. ¿Que los lunes lo veías azul y los martes verde? Confórmate, por mucho que te digan los demás, por mucho que añadas y amontones, por mil dudas que hagan surgir para ti: era azul los lunes y verde los martes"
Hacía tiempo que tenía ganas de echarle el guante a esta novela-juego; desde que supe de su existencia hace ya (da miedo hacer cuentas) veinte años. Ahora he conseguido por fin tenerla, gracias a una edición cuidada, bonita, elegante, de Cuadernos del Vigía. No es una obra barata (unos 50€ cuesta), lo que la convierte más en un objeto de coleccionista de rarezas, que en un simple libro para el disfrute lector; pero eso sí, quien se decida a entrar en el juego pasará unas cuantas horas entretenidas intentando adivinar, como dicen las intrucciones, "quién fue Máximo Ballesteros".

Otros libros de Max Aub en ULAD: Las buenas intencionesCrímenes ejemplares

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Xavier Mas Craviotto: La gran nàusea

Idioma original: catalán
Traducción: sin traducción hasta la fecha
Año de publicación: 2021
Valoración: muy recomendable
Título original: La gran nàusea

En la gran variedad de géneros literarios, hay pocos más adecuados para trasladar emociones y sentimientos que la poesía. Y esta puede adoptar diferentes estilos, aunque manteniendo en todos ellos la idea inicial, aquello que el autor alberga en su interior y que, ya sea estructurada en versos o en narrativa, trasladen unos sentimientos a partir de la elección muy cuidada de cada palabra y que, en su conjunto, adapten una musicalidad que hace que nos llegue y nos alcance como ningún otro registro literario. Xavier Mas Craviotto se mueve perfectamente en estas esferas, pues lo demostró como poeta ganando, pese a su corta edad, una veintena de premios literarios de poesía y luego también el Premio Documenta en narrativa con «La mort lenta». Y aquí vuelve a su terreno originario, el de la poesía, y vuelve con una gran potencia emotiva.

El autor, con el sugerente título de «La gran náusea», impregna su relato de un malestar, interno, sensorial, en torno a la pareja formada por dos individualidades, a menudo solitarias, a menudo yuxtapuestas aunque unidas en un desencaje, piezas diferentes que unidas dejan espacios, vacíos, no siempre rellenos de la existencia de los dos, sino por huecos que se expanden o se contraen, encontrando malestar en ellos o a veces una comodidad que no deja de ser el preludio de la muerte del futuro que el autor expresa al decir «palpitándote y palpitándome / y hacer un sepulcro / cincelado por cada duda», porque «el cielo se nos hizo atardecer, y la calma se nos hizo noche».

A lo largo de todo el libro hay una idea que permanece y se traslada de relato en relato, el triángulo amoroso que conforman el Yo, el Tú y el Nosotros, que a veces deja un espacio que rellena un no-elemento: el Vacío. Un vacío que aparece cuando el triángulo se decanta hacia un desequilibrio, hacia uno de los lados que deja al otro en suspensión y que se encuentra entre los dos, o entre la nada, que el autor describe y proclama, como un grito de auxilio desesperado, en una angustia vital que le muestra abatido y exasperado al decir «Yo diciéndote Yo y Tú diciendo que no. Y Yo gritándote Yo y Tú diciendo Nosotros. Y Yo berreándote y Tú tapiándome dentro de ti y tapiando Vacíos para que la voz no tenga espacio para existir ni existirme. Calla y duerme. No digas nada, que me harás daño. Y Yo vaciándome de ser Yo. Y Tú tapiándome hacia dentro de una jaula con un nosotros». Porque en el espacio conformado entre dos, «había el Vacío indócil, descosiéndonos todos los límites y rompiendo la bizna pacífica que nos separa» porque entre ambos se erige una fisura, una grieta, esa «tenia solitaria que se nutre de este Nosotros».

Así, el autor centra el relato en el Tú y el Yo, conformados a menudo de manera hostil, en una lucha de dominios emocionales sin vencedores, buscando coincidencias en los espacios vitales que orbitan de manera concéntrica sin hallar esos puntos en común que romperían la distancia, que les permitiría hallar una coincidencia suave y cálida, evitando con ella el choque entre expectativas y realidades abismalmente separadas por el poder ejercido por uno sobre el otro, que lo impacta y lo absorbe, que lo neutraliza y lo diluye mientras la víctima yace, desarmada y abatida, recluida en su propio ser y en sus esperanzas ya diluidas en las voluntades del otro.

El Vacío que el autor describe, no es únicamente un Vacío emocional, sino también un Vacío comunicativo, quien sabe si el preludio de todas las grandes derrotas, expresado con la absencia de unas palabras que por descuido o por hastío ya no se expresan, porque «en el reverso de cada sonido, se nos erigía, muy lento, el eco moribundo de las renuncias», porque «salivamos / y se nos acortaron todos los vocablos de la lengua / y se quedaron desnudos / (…) y salivamos / tan solo para notar / en el reverso de la lengua / la certeza del Vacío» porque «seremos el eco de las curvas de dentro de la amnesia / los labios de la herida que hace ya tiempo que nos cuelga de cada vocablo». Así, el autor describe la importancia de «las palabras expuestas al peligro / de poder decirlas, / el vértigo de las bocas a ras de palabra».
En este libro de narrativa poética, el autor recurre a menudo a una serie de imágenes comunes que copan gran parte de los textos encontrando así la imagen altiva, serenamente implacable y orgullosa del cuervo, presagio de mal agüero, indicador de una muerte próxima. También nos habla de órganos vitales como metáfora de un malestar general o de ciudades abandonadas, en el sentido de lugares habitables como lo es el propio cuerpo. Y las palabras y su ausencia, los silencios que se forman por abandono, por dejadez, o por incapacidad de romperlos y llenarlos de vida. Porque el autor nos traslada, con este libro, un agotamiento, una extenuación debida al exceso de Vacío, a un exceso de absencias de estímulos, poblado de sentimientos ya antiguos, viejos, caducos, habitando cuerpos cerrados y ciudades decadentes. 

El autor envuelve de una gran náusea el relato, la náusea conformada a partir de ese Vacío que lo inunda todo antes que la explosión en forma de vómito se produzca. Un vómito que, aunque agrio y desagradable, nauseabundo y atroz, saque del propio cuerpo y de la propia mente aquello que nos ha incomodado, enormemente, orgánicamente, hasta generar en ellos un gran hastío que solo su expulsión y la creación de un nuevo Vacío, ya limpio, puro, virginal y nuevo, permita reconstruir, no a través del pasado sino de nuevos sentimientos, el paisaje emocional creado y destruido por un Tú y un Yo de difícil mezcla y combinación y que acaba en «la gran náusea de no estar cuando estamos uno cerca del otro».

Por todo ello, en este precioso pero duro texto que ha escrito Mas Craviotto podremos hallar, también en nuestras curvas de la memoria aquellos rincones donde dejamos abandonados, pequeños pero nunca plenamente olvidados, nuestros recuerdos de antiguos Yo, nuestros sueños que nunca crecieron por el poco espacio que tenían para imaginar y expandirse, para inundar una vida que ahora está repleta de absencias y renuncias mal digeridas que alimentan una náusea que todo lo impregna, que se expande a través del espacio viciado, cargado y repleto de costumbres y hábitos irrenunciables, llevando así, con él, el regusto amargo que viene de muy dentro de nosotros, y sube, a través de una garganta que ya no puede pronunciar los nombres, ni tan solo un grito de auxilio, y que ahoga y apaga las palabras que tanto necesitamos decir y ya no encontramos.

También de Xavier Mas Craviotto en ULAD: La mort lenta, La pell del mónAnimals inexpressiusLa llum subterrània

lunes, 14 de octubre de 2019

Kaouther Adimi: El reverso de los demás

Idioma original: francés
Título original: L'envers des autres
Año de publicación: 2011
Valoración: Está bien



Soledad, incomunicación, amor no correspondido, tradición, vidas marchitas, sumisión de unas mujeres, rebeldía de otras, parejas fracasadas, dolor, esperanza en el futuro, futuros inciertos. Es mucho lo que sugiere esta primera novela de la escritora argelina Kaouther Adimi (1986), que a pesar de tener una obra corta ya ha recibido algún premio. Aparecen nuevos valores que aportan perspectivas diferentes, nos llegan obras de países que solían editarse poco en España… Alentador. O eso parece. Pero vamos a mirarlo despacio.
En primer lugar, detecto información esencial, detalles sin los que la novela pierde su sentido más profundo, rasgos, insisto, en ningún modo insignificantes que solo conocemos al leer la contraportada. Esto es un defecto serio, de bulto, para el que no sirve la excusa de que se trata de una primera novela. Porque un producto puede haberse realizado con mayor o menor pericia, pero tiene que estar perfectamente acabado antes de ofrecérselo al público.
El reverso de los demás consta de once breves capítulos, cada uno a cargo de un personaje –excepto dos, que repiten–, cada uno de ellos, más que aportar datos a un relato común, expresa su visión del mundo desde su cascarón particular. A veces, como de pasada, se refieren a los demás personajes, pero lo que vemos carece de movimiento, más bien se compone de una serie de cuadros estáticos, sin demasiada conexión entre sí, que componen otro más amplio y repleto de lagunas. Individuos que, a pesar de autorretratarse, no llegamos a conocer demasiado: los rasgos que intentan definirlos son tan irrelevantes que se desvanecen; si no fuese por la edad y el sexo algunos serían perfectamente intercambiables entre sí. No busquemos, pues, personalidades bien construidas porque no existen, y el fresco social que parece esbozarse a partir de mentalidades y conductas también se  queda a medio camino.
El último monólogo aclara un poco el borroso panorama. Y el epílogo pretende añadir un elemento sorpresa, pero resulta bastante artificial.
Con este material, la autora tenía dos posibilidades. Mantener estas páginas como presentación de la novela y desarrollar a continuación el argumento, o bien completar cada fragmento a modo de relato más o menos independiente hasta componer un mosaico que reflejara la realidad en su conjunto.
A pesar de todo, tengo la impresión de que Adimi tenía realmente algo que contar, incluso verdadera necesidad de contarlo, y voluntad de hacerlo muy bien. Tampoco me parece que peque de falta de talento: las escenas están bien desarrolladas, la descripción del ambiente es atinada, encontramos una forma de enfocar muy personal, la primera aproximación a los personajes promete, los diálogos son creíbles, resulta agradable de leer.  Entonces, ¿qué ha impulsado a la autora a publicar un texto de solo noventa páginas en tamaño pequeño y letra grande con aspecto de inacabado? En mi opinión, el argumento hubiera dado para mucho. Además, hacía falta espacio para explicar bien la relación entre los personajes, tanto el parentesco que los une como los conflictos que les separan. Pienso que bajo el formato de novela corta se nos ofrece un producto que es solo un esbozo de algo más voluminoso y complejo; que hubiese merecido la pena esperar el tiempo necesario para que la autora lograse situarse en su espacio novelístico y desarrollar todo lo que queda latente: carácter de los personajes, ambiente familiar, de barrio y más allá quizás. Insinuar no está mal, pero antes debe haber historia. Si lo que leemos no llega más allá de la mera insinuación, la ficción que esperábamos se queda en balbuceo.   
Y es que, no lo olvidemos, el talento natural necesita un caldo de cultivo en el que desarrollarse. Los genios que todos admiramos nunca estuvieron solos, editores y amigos han aconsejado, pulido, rechazado, exigido y ejercido de amables tiranos hasta llevarlos a la extenuación. Es gente a la que no se le ha pasado ni una porque sus mentores confiaron ciegamente en ellos. Unos rectificaron su trayectoria gracias al consejo de su editor (el nobel Naipaul), se dedicaron exclusivamente a escribir siguiendo el consejo de su agente (Vargas Llosa) o tuvieron en sus amigos a los mejores y más duros lectores previos (Flaubert). Esta es una de las claves del asunto: las mujeres que despuntan tampoco lo pueden dar todo a la primera, también necesitan ser orientadas mientras encuentran su camino y pulen sus técnicas, que se confíe en que pasarán de simples promesas a profesionales de mérito. Mejor aún, en la mayoría de los casos, esos genios contaban con una pareja abnegada que resolvía las incidencias del día a día (Nabokov, Vargas Llosa). Las mujeres no solo carecen de esa ventaja, la mayoría de las veces son ellas quienes, además de a la escritura, se tienen que dedicar a la intendencia del hogar. O quedarse solas, y no sé que es peor. Me pregunto si se les exige lo mismo o, por el contrario, se les trata con condescendencia, sobre todo ahora, que los libros escritos por mujeres parecen haberse puesto de moda. Me pregunto si no entra en juego en muchos casos cierta inseguridad, cierto complejo de usurpadoras (el término no es mío) en un mundillo que hasta ahora había sido patrimonio del varón, al menos –y salvo excepciones– en sus cotas más altas. Es más, me pregunto si no se rechazarán algunas obras por considerarse demasiado serias, demasiado ubicadas en un territorio que no parece corresponder a las mujeres.
Y me hago todas esas preguntas porque hoy es el Día de las Escritoras. Valgan estas palabras de homenaje a todas ellas, a esas escritoras consagradas porque consiguieron elevarse por encima de las circunstancias y a las que, a pesar de su talento, tuvieron que conformarse con una obra más o menos mediocre porque el doble rasero no tuvo piedad con ellas.

También de Kaouther Adimi en ULAD: Nuestras riquezas

martes, 7 de julio de 2026

Hugo Wilcken: LOW

Idioma original: inglés

Año de publicación: 2020

Traducción: Patricia Valero

Valoración: muy recomendable

¿Puede ya no un músico, sino un mero disco, ser objeto de un libro entero? Y aún así, dejar al lector esperando más, deseando que esas ciento cincuenta páginas fueran, no sé, el doble, que abarcaran más aspectos de la concepción del disco, de la grabación, de las tomas, de este u otro detalle que se decidió conservar aunque pareciera un error, del otro que se renunció a mejorar tras eternas tomas, porque hasta el perfeccionismo - y las horas invertidas en caros estudios de grabación, y las largas sesiones - tiene un límite.

 Y aún declarándome lo más alejado a la mitomanía que los tiempos habituales pueden tolerar, he de reconocer que, tras leer unas cuantas biografías de Bowie (alguna de ellas no reseñada aquí, los jefazos me advirtieron muy seriamente), todavía acudía compulsivamente a las menciones de lo que llamamos la Trilogía de Berlín, de la cual Low, objeto de este libro, es primera pieza y elemento absolutamente necesario en la comprensión estética y sonora de la evolución de la concepción sonora, desde que se publicó. Cualquiera interesado debería oir este disco y esforzarse en comprender el entorno de su producción, no solo sus resultados, y Hugo Wilcken se zambulle en unas cuantas biografías de Bowie (muchas de ellas publicadas en vida y centradas en su poderoso periodo de creatividad que acaba allá por los primeros ochenta) y extrae información. Aporta al libro un cierto pulso narrativo, casi novelesco. 

Bowie en la cresta de la ola tras haber asaltado el mercado americano con otro de sus disfraces creativos. En plena crisis personal a muchos niveles: su matrimonio con Angie (ésa Angie) hace aguas, está completamente enganchado a la cocaína, que condiciona su exhaustivo y caprichoso ritmo de trabajo. Siente curiosidad que se expande en todas direcciones: pintura, literatura, ocultismo. Está al día de todas las corrientes musicales, aunque sea para tomar de cada una lo que mejor apuntale su carrera. Se planta en Berlín acompañado de Iggy Pop, que es prácticamente su reverso estético, aunque este con lo que tiene problemas es con la heroína, reúne a algunos de sus secuaces habituales, como Brian Eno y a algunos que no lo son, graba un disco con una primera cara alterada de canciones cortas de ásperos y extraños ritmos funk y una segunda en la que congela el tiempo, como esos vídeos en las redes donde la gente lanza agua hirviendo a un aire a decenas de grados bajo cero, y esas cuatro canciones, apenas veinte minutos de música instrumental, abstracta, una mezcla de angustia y experimentación, conciben el sonido que, en segundo plano o en primero, debidamente insuflado de ritmos o asi, desnudo, marcará más de una generación. Todo ese proceso, desde que el sonido del disco es anticipado en grabaciones anteriores y hasta que el disco empieza a ser digerido por público y crítica. Claro que se puede despachar un disco en una docena de líneas y un par de etiquetas. Pero este disco no es Low. Todo lo que se pueda escribir sobre él sabrá a poco.

lunes, 9 de marzo de 2026

Reseña + entrevista: El patio maldito de Ivo Andric

Idioma original: Serbio
Título original: *
Año de publicación: 2025 (*)
Traducción: Marc Casals
Valoración: Bastante recomendable

El patio maldito es el título de la novela breve que sirve de colofón (¡y de qué manera, oigan) a este volumen en el que se reúnen, además, quince relatos escritos en diferentes momentos de su vida por Ivo Andric, ganador del Nobel de Literatura del año 1961. Pese a su diferente origen temporal, los textos compilados para la ocasión por Xórdica forman un conjunto homogéneo, tanto por ambientación como por temática. Por si esto fuera poco, se observa la existencia de personajes que aparecen en varios relatos (Fray Petar, Fray Marko...) y de personajes que, con diferentes "máscaras", podríamos considerar un único personaje (Alija Dzerzelez, Mustafa Magiar, Celibi Hafiz, Karagoz...).

La citada homogeneidad del volumen procede, como digo, de la ambientación y la temática de los textos. La practica totalidad de los mismos trascurre en los años de la dominación otomana o del control austríaco sobre Bosnia. Es por tanto un pasado casi mítico el tiempo en el que trascurren unos textos que hablan de violencia y locura, de "replanteamientos vitales", de poder y arbitrariedad, de dudas, culpas y debilidades. Tiempos más o menos remotos, pero inquietudes y/o cuestiones absolutamente atemporales y universales.

Por otra parte, los protagonistas de los textos de Andric pueden dividirse en dos grandes grupos: los "turcos" y los franciscanos. Curiosa contraposición la de unos y otros y curiosa la diferente visión que tiene Andric de uno y otro grupo. Así como los "turcos" tienden a aparecer como seres mezquinos, rencorosos o violentos, la mirada sobre los franciscanos es mucho más piadosa, con momentos hasta humorísticos.

Lo que sí suele hermanar a los protagonistas de los textos de Andric es una desubicación o desarraigo casi permanente, en parte debido a esa configuración multicultural y multiétnica de un territorio agreste que es también personaje fundamental en los relatos incluidos en El patio maldito. 

No voy a entrar en detalle en cada uno de ellos, pero sí comentaré brevemente los textos que, a mi juicio, son los más destacados:

  • Muerte en la tekija de Sinan, relato sobre miedos y culpas difusas, autoflagelaciones y replanteamientos vitales tan tardíos como inútiles.
  • La sed (especie de reverso de El patio maldito, quizá?), que muestra un nuevo replanteamiento vital en una situación dramática.
  • Milagro en Olovo, quizá el relato más metafórico y ambiguo, el más sujeto a posibles interpretaciones.
  • El torso, que podría ser considerado como el texto más abiertamente político del conjunto. Una historia extraña de debilidades y venganzas protagonizada por un caudillo sanguinario y febril ("turco, cómo no!)
  • El patio maldito, desasosegante nouvelle que puede recordar a El palacio de los sueños de Kadaré. Historia dentro de la historia dentro de la historia (...) que trascurre dentro de una institución extraña y terrible gobernada por Karagoz, un personaje fascinante y contradictorio.
Resumiendo, El patio maldito ha sido, para mi, un acercamiento diferente a la obra de Andric. Hasta ahora, solo había leído su novela Un puente sobre el Drina y Goya, un breve texto sobre el aragonés. Y, si bien Un puente sobre el Drina me sigue pareciendo una maravilla absoluta, algunos de los textos incluidos en este volumen demuestran que Andric se manejaba a la perfección en formatos más breves. Así que.. ¡todos a leer a Andric!

Por si esto fuera poco, aquí os dejamos un vídeo con la charla que mantuvimos con Marc Casals, traductor de Andric, sobre este libro y otras obras balcánicas.



(*) El libro contiene textos publicados en vida de Andric a lo largo de varios años, pero la compilación como tal solo existe en esta edición

sábado, 22 de enero de 2022

Teresa Carpenter: La chica de la mafia

Idioma original: inglés

Título original:  Mob Girl

Año de publicación: 1991

Traducción: Ángela Esteller García

Valoración: recomendable, sobre todo para interesados

Cualquier aficionado a las historias de gángsters y mafiosos (ya sea en libros o, sobre todo, películas y series) sabrá que alrededor de estos personajes del hampa se mueven toda una serie de secundarios característicos, que van desde los pequeños traficantes y corredores de apuestas o los asesinos a sueldo, a los jueces y policías corruptos o los políticos amigos... Por supuesto, también las coloristas familias de los mafiosos y, como reverso, las "amiguitas" de los gángsters, ya sean prostitutas ocasionales o amantes fijas que tienen de facto el estatus de segunda esposa e incluso participan en los negocios de sus "protectores"...

La chica de la mafia (*) es la biografía novelada de una de ellas, Arlyne Brickman, una de esas mujeres que comenzó siendo la hija mimada y cabra loca de una próspera familia judía del Lower East Side de Nueva York con conexiones con el crimen organizado por no decir que su padre formaba parte, directamente, de ese mundo-, para ser luego la "amiguita" de multitud de gángsters o "chicos listos", por lo general de poca monta -aunque también pasó por la cama de algún mafioso más importante- y luego acabar como buscavidas, metida en asuntos de loterías ilegales y tráfico de drogas, mientras al tiempo era confidente de la policía, el FBI y la DEA. Es más, su colaboración y testimonio resultaron determinantes para entrullar a los capos de la famiglia Colombo,  a finales de los años 80.

En cierto modo, su historia sería la versión femenina de la de Henry Hill, contada por Nicholas Pileggi en Wiseguy y llevada al cine por Scorsese en Uno de los nuestros (el paralelismo es mayor aún porque en breve se estrenará una adaptación al cine del libro de Teresa Carpenter). Ahora bien, Henry Hill era un "chico listo" que en verdad parecía listo, y su perdición vino por pasarse de..., mientras que Arlyne Brickman da más la impresión de haber sido una destarifada que no hacía sino meterse en un lío tras otro, pasando de Guatemala a Guatepeor, y sólo la buena suerte , el dinero de sus padre o , finalmente, la colaboración con las autoridades, la iban sacando de los atolladeros en que se metía. Por explicarlo de otra forma, supongo que todo el mundo ha visto alguna vez una imagen en cámara lenta de un accidente de tráfico, del derrumbe de un edificio o, simplemente, de una flecha atravesando una manzana, o algo así... Pues bien, esa misma es la sensación que me ha dejado este libro, la de estar asistiendo a algún suceso catastrófico cuyo desenlace resulta inevitable pero que ni el coche, ni el edificio ni la manzana parecen prever ni mucho menos evitar (en su caso, lógicamente, claro). 

 Algo así parece haber pasado con la vida de Arlyne Brickman o, al menos, esa es la impresión que deja el libro -de hecho, por lo visto la protagonista no acabó de forma demasiado amistosa con la autora-, cierto es que, en la última parte del mismo, su figura adquiere una dimensión dramática aún mayor y casi podríamos decir que se convierte en una suerte de personaje de tragedia griega... vestida de una forma ostentosa y con una laxitud ética bastante cuestionable, pero, en fin, no dejó de ser una hija de su tiempo y circunstancias. Estará bien saber cómo va a recrear su historia el cine y si la película, interpretada por Jennifer Lawrence y dirigida, nada menos, por el gran  Paolo Sorrentino será capaz de convertir a Arlyne Brickman  en un nuevo icono del universo mafiosos...Próximamente, en sus pantallas.

(*) En la traducción española se ha utilizado el término "mafia", con minúscula, pero en el original se emplea Mob, que se refiere también al crimen organizado, pero sin tanta connotación, creo, a la Cosa Nostra o mafia italoamericana. En el libro aparece sobre todo ésta, pero también la mafia judía o delincuentes de otros grupos étnicos..


lunes, 14 de abril de 2014

Biografías lectoras: ganadores (1)

Las postales de mis libros por Rubén Darío Rodríguez 


Pronto le pedirá que le compre un archivador, dirá que él también quiere tener uno, no como el suyo, sino uno más pequeño para empezar, con otro dibujo en el cartón. Entonces le dará dinero para que escoja el que más le guste, el primero de muchos tesoros que irá guardando a lo largo de su vida.

Anoche le pidió a su madre que le enseñase aquel cuaderno grande, el del estante más alto. Es un archivador, o un álbum, le dijo, lo que tú prefieras, pero no un cuaderno. Y ella lo bajó, se lo abrió ante sus ojos, sentados juntos en el sofá. Tiene anillas y láminas con cuatro agujeros para encajar y espacio plastificado para ajustar cuatro imágenes por cada cara, ¿ves? Como los álbumes, como los archivadores.

Está lleno de fotos, se asombró el niño. Cuántas… Son postales, le corrigió la madre. Dejó que las tocara, que las deslizara con cuidado bajo el fino plástico transparente para acercarlas a la vista y recrearse en las imágenes y las ilustraciones. Les dio la vuelta y pudo leer en qué libro habían descansado de un día para otro mientras duró su lectura. “El adversario, Emmanuel Carrère, Saint Malo, junio 2013”, escrito en negro con el trazo firme sobre el blanco impoluto del reverso de una postal de un cuadro de Edward Hopper. Cogió otra de una de las primeras láminas. “Bajo las ruedas, Herman Hesse, Madrid, febrero 1995”, la tinta azul gastada, los rasgos curvados de una escritura más descuidada, por detrás de un tranvía en color sepia que se adentra en una avenida ajardinada.

Su padre empezó a guardar hace mucho tiempo, tendría 15 o 16 años, las postales con las que marcaba hasta donde avanzaba cada día en el grueso o delgado canto de un libro. No usaba marcapáginas ni separadores rectangulares que tuvieran más o menos el mismo largo que el volumen, y le parecía feo, ordinario e irrespetuoso, recurrir a la factura de una compra o a la servilleta de papel de un bar para indicar el lugar en que se interrumpía la lectura hasta el día siguiente. Se prohibía doblar unos milímetros las esquinas de la página, eso nunca, tampoco se permitía escribir en ella con bolígrafo o lápiz ideas o palabras, ni un miserable punto. La imagen de una postal que después conservaría con el rigor y la delicadeza con que se protege una reliquia quedaría unida para siempre al recuerdo de un libro.

Cada libro con su postal.

Al abrir el archivador la primera que se ve revive su ciudad en aquellos días, las olas enfurecidas golpeando un espigón que ya no existe. “Octubre de 1988”, indica detrás el rojo de un bolígrafo. “El árbol de la ciencia, Pío Baroja”. La primera lectura obligada por don Gregorio en clase de Literatura española. Qué malvado aquel profesor, con qué poca pasión impartía sus enseñanzas. Pensó que aquel era un libro serio, algo muy diferente a lo que había leído antes, los misterios que resolver de Los Tres Investigadores y las páginas animosas de los ejemplares de bolsillo de la colección Elige tu propia aventura, los diez o doce que descansan olvidados en el desván de casa de sus padres. El médico de aquella novela le hizo pensar en las penurias de la gente, en la ignorancia, la mezquindad, la vida como era hacía un siglo y cómo era en aquel momento, pensamientos inquietantes que se llevó a la almohada. Al terminar la última página escribió el título del libro, el nombre del autor y la fecha en la espalda de la postal que lo acompañó y la guardó en un cajón.

La colmena también estaba bien, el enjambre miserable que pasaba las horas en aquel café marrón y frío de un Madrid que no conocía pero le asustaba; Cela, qué bien escribía y qué mal le caía. Garcilaso no le gustó, Quevedo sí. Lope por supuesto, Calderón pues no. ¿Quién se acuerda de ellos? Los libros no eran suyos, los tenía su padre o su tío, que habían estudiado en el mismo colegio y guardaban ediciones muy viejas, o los tomaba prestados de la biblioteca. Cada postal fue a un cajón, siempre al mismo, hasta que todas las de aquel curso y las que le siguieron en la playa, el dique y el campamento durante el verano (La importancia de llamarse Ernesto y Servidumbre humana fueron sus preferidas) formaron un buen montón que prefirió sacar de la guarida. Compró un archivador en la papelería del barrio, láminas de álbumes fotográficos y las encajó según el orden en que las había leído.

Doña Rita era mejor maestra, escritora frustrada, devota de sus autores de cabecera. Transmitió a sus alumnos el entusiasmo por Tiempo de silencio, que a él le costó atrapar. Dos gatos haciéndose carantoñas en la postal de enero de 1990. Se perdió en Lorca y detestó Poeta en Nueva York, inspiración rencorosa para un poema de tres folios premiado en un certamen escolar con un accésit que leyó en el teatro del colegio frente a una audiencia despistada. Se emocionó con Gil de Biedma, del desencanto que irradiaba una antología que leyó poco después de su muerte, dos macetas en un balcón de Lisboa delante de la fecha.

Aquel curso y el verano que le sucedió empezó a leer libros de cine, revistas y estudios sobre música pop y rock. Porque le gustaban tanto las películas y el rock and roll como las novelas. No volvió a ellas hasta un par de años después, cuando ya solo regresaba a su entrañable ciudad de provincias en las vacaciones que interrumpían sus clases en la Universidad.

En Madrid descubrió el polvo cálido de las librerías de viejo y el orden distante con que las grandes superficies distribuían sus novedades editoriales. Y la biblioteca de la residencia de estudiantes en la que vivía tenía una nutrida oferta de ejemplares. Podía llevarse hasta un par por dos semanas a su habitación. Destacaban entre libros de todos los colores, tamaños y grosores los cantos amarillos pálido de la colección de una editorial nacional para narrativa contemporánea. Una buena parte de esas obras tenían su edición de bolsillo en variados colores que cada semana inspeccionaba en aquella librería en la que entrase. Compraba un libro por semana, después dos. Y otras tantas postales, cualquier ilustración o retrato que le llamase la atención entre postales de lugares comunes y motivos convencionales. Un día le dijo un compañero con el que se cruzó en una acera que tuviera cuidado, que le iba a atropellar un coche si no levantaba la vista del libro mientras caminaba por la calle. Estoy acostumbrado, sé cuando debo pararme y cuando cruzar con el semáforo en verde, respondió. Llevaba Casa de muñecas en las manos. ¿O era un García Márquez? ¿O un Hemingway? Ninguno de los dos le gustó.

Hesse, Kundera, Carver, Chesterton, Joyce, Fitzgerald, Luis Landero, Stephen King… lecturas de domingos grises de resaca. Como algún compañero de clase, tuvo su fiebre juvenil por los relatos y novelas de Bukowski, un adictivo impulso por conocer a sus mujeres, apostar en el hipódromo y perderse en colillas mojadas en alcohol, personajes y escenarios que años más tarde perdieron todo su sórdido encanto al releerlos. Probó con Thomas Mann y no pasó de la página 80 de La montaña mágica, que superaba las mil, y se decantó por Muerte en Venecia, que le pareció conmovedora, postal de la playa de Lido entre las palabras (regresó al balneario con Hans Castorp años después, 1.048 páginas de una edición que le esperó paciente cada día en el cuarto de baño y tardó un año en leer mientras alternó con otros libros).

Leía lo que fuera: obras que escogían los profesores, que le sugería una chica, que le prestaba un amigo, que recomendaba un periódico. Descubrió las comedias desmadradas de Tom Sharpe, que le rompían de risa en la cama de madrugada, mientras aún estudiaba algún residente al que convenía no molestar con las carcajadas. Luego le asombró el relato criminal que Capote reportajeó en A sangre fría, ese hijo de puta que entonces le hizo glorificar el periodismo, antes de darse cuenta de que el periodismo es un trabajo más sin días de gloria. Y un día empezó con Lolita, qué orgásmico aquel desfile de devotas palabras, y unos meses después había comprado toda la obra de Nabokov que tenían las librerías. También releyó algunas de sus obras pasados los años, unas le desquiciaban con sus retorcidos juegos de palabras, tan lejos del alcance del entendimiento de los simples mortales, otros le intimidaban con la perfección de su lenguaje, culmen de un arte inalcanzable. Libros, muchos libros, y sus postales escritas hasta el verano de 1997. Y ensayos de cine y biografías musicales. Y películas en VHS y discos en vinilo y CD. Todo lo que fue guardando en cajas de cartón precintadas para llevarse a casa al terminar la carrera.

Su primer viaje largo lo hizo sobre la letra pequeña de una edición de bolsillo de En el camino, los Estados Unidos de su imaginación. No tenía mucho en común con aquellos ‘beatniks’ antipáticos, pero a aquella vida sin rumbo fijo sobre el asfalto le agradece hoy que lo arrojase a la carretera. Los viajes siguientes fueron en carne viva y en todas direcciones, cada uno con un par de libros en la mochila, experiencias dispares que guarda en la tinta escrita de postales que compraba en museos o tiendas de regalos: las Crónicas de motel de Sam Shepard, las anécdotas de Bolaño, las fantasías extraordinarias de Roald Dahl, la ruina cotidiana de Cheever, los relatos agradables de Nick Hornby, las intrigas perturbadoras de Patricia Highsmith, la desesperación de Zweig… aquella madrugada de verano aparcado ante el portal y Carta de una desconocida en la voz afectada de un amigo fascinado con aquella confesión de amor…

…Y Paul Auster. Primero Mr. Vértigo, una tierna ilusión; luego Leviatán, o quedarse sin palabras; después El palacio de la luna camino de Amsterdam y en Brujas, que le hizo llorar. Y cada año tocaban dos libros de Auster, en Dublin (El país de las últimas cosas), en Praga (El libro de las ilusiones), en casa. Se fue sintiendo entonces un personaje de sus novelas al que el azar maneja a su antojo y gracia. Un hombre cuyo destino lo convierte en escritor de lo que ocurre a su alrededor, de cuanto pasa primero en el deporte de su ciudad, en las empresas, negocios, instituciones, asociaciones y gobiernos locales después, historias reales de las que se evade luego al abrir un libro en Chesil Beach, episodios que le enseñan a protestar y a denunciar, también a querer y a amar, a conocer a la mujer con quien va a crear un hogar. Se sintió Auster mismo: yo veo las cosas como las ve él, se dijo, así me fijo en las personas y retengo lo que les ocurre, si fuera novelista mis obras contarían historias como las cuenta Paul Auster.

El niño pasa las láminas, las postales de ocho en ocho. Alguna que le llama la atención se la lleva a las manos para detenerse en las líneas y detalles del dibujo o la fotografía y lee la cara posterior, aunque no sepa nada de los libros que recuerdan. Entre 2010 y 2014 son más numerosas. Fue cuando su padre volvió a dejarse la vista en los libros, a caminar por la calle con los ojos en el papel: 59 un año, 72 al siguiente, 88 un año después, 95 al otro, más de uno por semana. Cortos, largos, medios, colecciones de relatos, ensayos, estudios, tomos. Leería mucho más si no durmiese, si no trabajase, si no le dedicase tiempo a las películas o a la música, si no tuviese que encargarse de las cosas que todo el mundo hace como conducir o comprarle un archivador a su hijo. Pero la vida es también un libro y todavía lo está escribiendo mientras no deja de leer.

domingo, 28 de febrero de 2010

Libros sobre libros: Por qué no he escrito ninguno de mis libros de Marcel Bénabou

Idioma original: francés
Título original: Pourquoi je n'ai écrit aucun de mes livres
Fecha de publicación: 1986
Valoración: recomendable

Hace algún tiempo reseñé aquí un ensayo de Bayard que prometía facultar al lector para hablar de los libros que no se han leído. Confesé entonces los oscuros móviles que me llevaron a comprarlo. Éste de hoy viene a ser el reverso de aquél, y mi intención al empezar a leerlo, me temo, no ha sido más honrada que entonces. Bénabou parece ofrecer en el título un muestrario de excusas para la indolencia o la incapacidad de escribir; la absolución a esa culpa secreta de todo lector que alberga pretensiones literarias, por mínimas que sean. Este ensayo, como aquél, incumple sus expectativas, pero el interés de ambos está precisamente en el modo sinuoso y brillante en que las incumplen.

Siendo estrictos, esta reseña no cabría en la serie con que estamos preparando el 1 de marzo: Bénabou aclara desde el principio que el lector tiene entre sus manos un “no libro”. Se trata por tanto de un “no libro sobre libros”. El lector pronto entiende por qué, desde el momento en que tropieza una y otra vez con obstáculos, giros y abandonos que impiden cualquier progresión esperable: ya fuera de argumentación o de trama. En cada página se muestra a un escritor en plena deserción, que espera y anticipa –que casi desea– la sentencia condenatoria de quien le está leyendo.

Las dificultades en el plan general de la obra y el terror de la primera frase; el alto concepto de las propias facultades y el miedo paralizante a desmentirlo; la vacilación en los procedimientos como prórroga constante de la verdadera tarea: Bénabou pasa revista a la “no escritura” en todos sus modos y destrezas. Y lo hace en primera persona, no tanto elaborando una disertación sobre el tema, sino haciendo una demostración práctica ante los ojos consternados del lector.

Según avanza la lectura, el enfado deja paso a la curiosidad. Empieza a entreverse la trampa, el juego callado que no podía faltar en la obra de un miembro de OuLiPo: negando su propia condición, casi a escondidas, el libro se va formando. La minuciosa descripción de la ausencia de un libro también es un libro, y uno, por cierto, que desafía a todos los demás desde una posición nueva e inatacable. Bénabou se quita la máscara, y el fantasma de Descartes, sonriente, esboza una gentil reverencia antes de hacer mutis por el foro.

miércoles, 28 de junio de 2017

Olivier Bourdeaut: Esperando a mister Bojangles

Idioma original: francés
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Título original: En attendant Bojangles
Año de publicación: 2016
Valoración: Está bien


Estamos más que acostumbrados a las constantes estratagemas publicitarias que convierten cada nueva publicación en el acontecimiento del año y a cada autor novel en el gran descubrimiento mundial. Desconfiamos, claro está, pero si queremos saber lo que se cuece en el panorama editorial no hay más remedio que dejarse seducir de vez en cuando por alguno de estos cantos de sirena.
La aparición de Olivier Bourdeaut se ha acogido calurosamente en Francia, o eso parece, si tenemos en cuenta que por esta, su primera novela, ya ha recibido cuatro premios. Tal como yo lo veo, la suerte todavía no está echada: el futuro literario que le espera puede ser tan brillante como opaco, depende de cómo evolucione a partir de un debut como este.
Esperando a mister Bojangles es una novela corta –que adopta las pautas del género, tanto en extensión como en un menor desarrollo de argumento y personajes– narrada con naturalidad, sin complejidades estilísticas tal como corresponde al niño que tiene a su cargo la mayor parte de la acción (tan solo unas pocas notas dispersas se atribuyen a un narrador adulto) que progresa ágilmente sin que decaiga el interés, provocando una sonrisa constante que se va apagando a medida que nos vamos haciendo cargo de la verdadera situación familiar. Dicho esto, casi puedo asegurarles que no van a aburrirse pero tampoco esperen encontrar grandes sorpresas.
Aunque se puede disfrutar a cualquier edad, la considero apropiada para un público muy joven, no solo por el mensaje que contiene, también porque a la economía narrativa que mencionaba se añade una ingenuidad y un optimismo que para nada son connaturales a esta clase de novela. Recordemos La metamorfosis o El baile entre una montaña de títulos. Lo que Bourdeaut nos presenta es un mundo sin doblez, del que se elimina cualquier elemento escabroso, poco fotogénico, crítico, excesivamente complejo etc. En él la evasión de impuestos, la locura, la vida en una institución hospitalaria, el secuestro simulado o la persecución policial, por citar alguna de las cuestiones que plantea, se tratan casi como una broma. La vida es aquí un juego de rol, una sucesión de diabluras sin apenas consecuencias o casi inapreciables.
No obstante, si el texto completo hubiese mantenido ese tono me parece una opción perfectamente legítima, quizá, eso sí, con más vuelo, más fantasía, una imaginación todavía más desbordada. Si vamos a hacer locuras hagámoslas con todas las consecuencias. Pero el autor intenta contrapesar esta faceta añadiéndole un reverso en forma de aportaciones paternas. Asistimos, pues, -con muy poco convencimiento en mi caso– a la visión sensata de las cosas. Es verdad que esas notas escritas en cursiva añaden algo de verosimilitud –nada más que la justa, pues tampoco se apartan tanto de la óptica del niño– a todo ese maremágnum, pero creo que no hacía ninguna falta. Tal como ha quedado, la historia es demasiado fantástica, además de carecer de referentes temporales y ambientales, para aceptarla como realista; y demasiado razonable, a la vez que poco simbólica, para que entre en los cánones de la fábula moderna. Esa visión de la vida tan idealista y utópica como desquiciada no hubiese necesitado contención. O bien se podría haber optado por inclinar la balanza hacia el lado convencional esbozado en esos párrafos intrusos. Intrusos y bastante inverosímiles, pues de un personaje que interpela a su esposa cada vez con un nombre distinto, aparte de un sinfín de comportamientos que ya descubrirán ustedes, se espera todo menos cordura.
Ese intento por abarcarlo todo -causado probablemente por la inexperiencia– lastra el resultado de forma que, desde un punto de vista estrictamente literario, la valoración no puede ser alta. Pero, como en el mundo de la ficción hay lugar para casi todo, la recomendaría a todo aquel que busque un relato cuyo asunto le suscite interés, bien narrado, emotivo, entretenido –y hasta simpático durante un buen trecho– que se pueda finiquitar en un par de días y deje un buen recuerdo aunque un poco agridulce.

sábado, 2 de junio de 2018

Cesare Pavese: El bello verano

Título original: La bella estate
Idioma original: Italiano
Año de publicación: 1949
Traducción: Fernando Sánchez Alonso
Valoración: Muy recomendable


Año 1994-1995 más o menos. Hay un disco que escucho de forma casi obsesiva. Se trata "Un soplo en el corazón", como la película de Louis Malle, primer y único disco de un misterioso (apenas hay una foto borrosa tomada en la playa) dúo donostiarra Family. El disco contiene, además de ese himno generacional que es “Viaje a los sueños polares”, una canción titulada “El bello verano”. Una cosa lleva a la otra y descubro que “El bello verano” es un conocido libro de un famoso suicida que escribía (o viceversa). 

Veintitantos años después vuelvo a leer el libro y lo primero que me viene a la cabeza es la letra de la canción, esa que comenzaba con un lánguido “Tengo ganas de fiesta, de que acabe el invierno, de volver a nadar en el mar, de soñar el verano en el que fuimos novios y poderle cambiar el final”. Y es que esta da perfectamente con el tono del libro, crepuscular y melancólico, que ya anuncia su primera frase: “En aquellos tiempos siempre era fiesta”.

Porque “El bello verano” es una novela de formación, una novela sobre el final de la inocencia, con un poso importante de tristeza y melancolía. Una continua sensación de tiempo perdido, de fin de “época”, de que algo malo va a ocurrir, recorre el libro. Su protagonista, Ginia, tiene apenas dieciséis años y está en ese momento clave que es el paso de la adolescencia a la madurez. Es una época de descubrimientos, la mayoría de ellos con un reverso negativo. 

Pero más que el qué, en “El bello verano” es más importante el cómo. Porque el libro, pese a que en un primer momento podría parecer simplemente un relato emparentado con el pujante neorrealismo italiano de la época, posee una enorme carga simbólica o “mitológica”. Sí que es verdad que Pavese comparte ciertos elementos con el neorrealismo, pero no me parece que el autor pretenda describir a unos personajes tipo ni denunciar una situación social concreta, sino que estos son los personajes son apenas representaciones simbólicas. Pero no solo Ginia, Amelia o Guido son claros símbolos, sino que los diferentes escenarios espaciotemporales también tienen gran peso simbólico y sirven para construir la novela en base a una serie de contraposiciones, entre las que podríamos destacar:

- Verano / invierno: Es el verano el símbolo del hedonismo, de la diversión y la inocencia. Acaba el verano y algo malo tiene que ocurrir.

- Campo / ciudad: El campo es un lugar mítico, iniciático, hasta cierto punto idílico. Por contra, la ciudad representa la oscuridad. En ella todo es más gris, más sórdido, menos puro.

- Trabajo / Arte: Ginia trabaja en un atelier, su hermano en un taller, etc y los personajes con los que se relaciona están vinculados al mundo de la pintura. El choque entre ambos mundos y su efecto sobre Ginia son claves en la novela.

Decía antes que había leído el libro hace un montón de años, apenas adolescente. Pues bien, el libro soporta una nueva lectura de forma magnífica. Sí, la forma de la narración influye decisivamente en el fondo y en la percepción que de aquella puede tener el lector, hasta el punto de que puede traslucir cierta impresión de frialdad, pero simplemente el uso de la simbología por parte de Pavese,  la sensación de melancolía y el retrato de la nostalgia por un tiempo perdido que no volverá hacen de la lectura de "El bello verano" una delicia. Por no hablar de la pobre Ginia porque... ¿quién en su sano juicio que haya leído "El bello verano" no se ha enamorado de ella? ¿Quién?

viernes, 25 de septiembre de 2015

Tom McCarthy: Residuos

Idioma original: inglés
Título original: Remainder
Año de publicación: 2006
Traducción: Andrea Vidal
Valoración: bastante recomendable

Que Javier Calvo proclamara a Tom McCarthy como casi su única referencia respetable del mundo literario contemporáneo me incitó poderosamente la curiosidad. Sé que Calvo suele exagerar, a veces deslumbrado, a veces para provocar ciertas reacciones. Pero su mensaje tiene calado y aquí me tienes, motivación manda, intriga se impone. Y esta Residuos es su ópera prima, y pasa de acumular rechazos de editoriales londinenses, a, años después, ser considerada por ciertas opiniones de peso como una importante novela. Lo que tiene la suerte, o la casualidad, o la oportunidad de contar con esos influyentes lectores.
Leo que es una novela de ciencia ficción, lo leo en la contraportada del libro, lo cual debería ser una referencia fiable. Pero no acaba de parecérmelo, conforme la leo. Pienso, sí, en un mundo distópico y diferente, pero no al uso. Naturalmente no me planteo desdecir a la editorial. Pero quizás esta definición limita el alcance de esta novela que, voy a soltarme ya, sí que coincido en encontrar original e importante. 
Nuestro protagonista no tiene nombre: un detalle relevante pues, de repente, parecerá que no tiene vida anterior. O que el único centro de su vida sea, aspecto inquietante, un viejo Ford Fiesta abollado aparcado en una calle cercana. Elige pasar a su lado o no, piensa en volver a conducirlo algún día pero antes ciertas cosas tienen que pasar. Nuestro protagonista ha sufrido un accidente. Algo ha caído de algún sitio y lo ha herido. Esa propia indefinición ya es otro elemento adicional. Podemos pensar si es algo físico o ha sido una circunstancia de la vida, si el dolor es físico o es emocional. Ha estado en coma. Es indemnizado por el accidente: recibe una importante, mareante suma de dinero. Pero existen condiciones: la principal es que no puede desvelar detalle alguno de lo que pasó. Otra cuestión: cómo en un mundo atravesado por el exceso de información y de comunicaciones alguien puede no compartir un hecho tan capital: una colosal suma que cambia la vida a un individuo de 30 años. Pero nuestro protagonista elevará la apuesta: en una especie de reverso del Show de Truman, elige emplear su dinero (administrado y aumentado por un bufete de brokers de tres generaciones llamados Younger & Younger, todo el paquete es un magistral juego de guiños) en intentar recrear un mundo previo al que quiere seguir vinculado. Busca un edificio, busca actores que ejecuten actos que le acercan a su pasado: señoras que frían hígado, hombres que toquen el piano y cometan errores que les obliguen a volver a empezar, motoristas que manipulan sus vehículos. Gatos negros y tejados rojos. Lo quiere todo al detalle. Pasa a tener el comportamiento errático y caprichoso de los adinerados; de los adictos al lujo y a lo superfluo. Vuelve loco al pintor intentando recrear color, textura, forma de una grieta tal como la recuerda. Conforme esa trama que combina tonos sartrianos, orwellianos y austerianos (incluso pynchonianos o lethemianos) avanza, siempre en la frontera de lo fantástico y lo excéntrico, uno se da cuenta de la otra píldora envenenada que McCarthy nos ha preparado: a qué grado de alienación estamos dispuestos a llegar con la única contrapartida del bienestar económico. La espiral es obsesiva, busca situaciones que invierte fortunas en re-crear y acaba consumándose en un final paranoico, enfermizo, quizás algo lento y prolongado en su desarrollo. Un pequeño y justificable inconveniente para todo el torrente de sugerente prosa que le precede.
No sé si Javier Calvo tiene razón en su tajante afirmación. Yo no voy a ser tan decidido, porque no soy mucho de la cuestión esa de generar exclusiones. McCarthy (este McCarthy) tiene, por lo menos por lo leído en Residuos una visión aguda y feroz de la civilización occidental y los valores implantados, sobre todo los vigentes antes de eso de la crisis. Lo tenía en 2001, cuando, dicen, escribió esta novela, o en 2006, cuando se publicó. Un mundo tan veloz en sus cambios no sé si alteraría radicalmente esta novela, no sé si su obra posterior cambia de rumbo o fortalece lo planteado aquí. No lo sé, pero la a menudo excitante (léase la palabra excitante en todo su abanico de significados) lectura de esta novela, ha hecho que el comprobarlo pase a ser, desde ahora, uno de mis objetivos principales.

También de Tom McCarthy en ULAD: Satin Island