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sábado, 24 de noviembre de 2018

Saïd El Kadaoui Moussaoui: No


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable

No ser de aquí, pero tampoco de allá. Es la ineludible condición del emigrado, del expatriado, de aquéllos a quienes la vida alejó del lugar de nacimiento, del allá de dónde uno cree ser. A un nuevo lugar que –aunque acabe siendo mi lugar en el mundo- pareciera no poder disponer del mismo sentido o significado que para un nativo. Desde luego, el ser humano ha emigrado desde el momento en que se irguió sobre sus piernas pero el asunto de las identidades –y por extensión, el de las identidades colectivas, culturales, nacionales, si es que realmente existen- sigue en el centro de la actualidad; de la religión, de la política, de la literatura.

Y novelas como No, de Saïd El Kadaoui Moussaoui (Beni-Sidel, Marruecos, 1975), quien llegó a Barcelona a los siete años y donde se dedica a la psicología, en especial a la salud mental en contextos de migraciones, identidad y adolescencia, y a la literatura, exploran esos territorios ambiguos y confusos por los que transitan los personajes que son, en palabras de Salman Rushdie, “personas múltiplemente arraigadas”.  O como canta Jorge Drexler en su último disco, “yo no soy de aquí, pero tú tampoco”.

El argumento de No transcurre entre este magma de opciones, entre la tesitura de qué valores escoger para regir el comportamiento, a qué sistema cultural y/o político prestar lealtad y establecer como marco de referencia, a cuál cúmulo de experiencias y emociones considerar propio, irrenunciable. La novela está narrada por un protagonista que se dirige a un amigo que ya hace unos años ha regresado a su Marruecos natal, lo que le permite dar salida de manera fluida y natural a todo un flujo de pensamiento que se desliza por una buena variedad de lugares y recovecos: el deseo sexual, el apetito y el hastío del seductor incansable, los tabúes familiares y religiosos, el desdén por las prácticas y ritos tradicionales, el desasosiego por la propia incapacidad de comprometerse con los demás... Un amigo al que, pese a los años transcurridos desde su partida, se le sigue considerando una herida abierta, agravada por ese inconveniente biológico adicional conocido como crisis de los 40; “no tengo un país al que regresar como tú. Y, a la vez, tampoco pertenezco –y te diré más, no quiero pertenecer del todo- a este.”. Donde, quizás, lo más interesante e inquietante sea ese “del todo".

El narrador de No se retrata como un tipo “orgulloso, engreído y un tanto altivo” y explica que lo que más le gusta, los motores de su existencia, son el sexo y el Arte. Utiliza la escritura –y aquí emergen las figuras de Phlip Roth, de Hanif Kureishi o de Malika Mokeddem- para ajustar cuentas con la tradición familiar y para aniquilar las lealtades de grupo, puesto que traicionar es “al contrario de lo que se suele explicar, un acto liberador, la libertad de la gallardía intelectual”. Y es precisamente ese arrojo, esa irrefrenable necesidad de usar la libertad para pensar y hacer con la vida lo que se considere razonablemente preciso lo que hace de No una novela tan recomendable.



jueves, 26 de octubre de 2017

Saphia Azzeddine: El viento en la cara

Idioma original: francés
Título original: Bilqiss
Año de publicación: 2015
Valoración: Recomendable

Siguiendo la línea trazada en sus anteriores novelas, Saphia Azzeddine sigue exponiendo de forma atrevida su visión sobre el islamismo, sin tapujos, mostrando sus dudas y manifestando sus críticas sin filtros, claramente, dejando de lado medias tintas, sin esconderse bajo velos de prudencia.

Narrado en primera persona, el libro nos cuenta los días finales de Bilqiss, una joven musulmana condenada a ser ejecutada por lapidación. ¿Sus delitos? muchos, a ojos de la religión musulmana: infringir código de buena conducta poseyendo en su casa objetos para la belleza (maquillaje, pinzas para la depilación, lencería, zapatos de tacón, etc...), casetes de música que (supuestamente) apartan de Dios el corazón del creyente y otros objetos relacionados con el culto a la imagen y causante de posibles tentaciones. El resultado del juicio no parece muy esperanzador; la sociedad y el pueblo la han condenado de antemano, su lapidación está en el horizonte de los días finales que pasa encerrada en una celda mientras es juzgada por el tribunal y por la sociedad de tales acusaciones. Su vida hasta el momento tampoco ha sido nada fácil; condenada ya desde el nacimiento por su padre, al nacer mujer. El resultado de ello es la formación de un carácter fuerte, que la motiva a luchar contra las injusticias y a declararse en rebeldía contra su mundo, llevándola a criticar la interpretación de la religión que hacen sus verdugos y su propia sociedad.

De esta manera, narrada desde tres diferentes puntos de vista, el libro nos hace un retrato crítico de la sociedad musulmana, una sociedad donde la desigualdad entre hombres y mujeres se encuentra a todos los niveles, donde la opresión y el dominio es habitual. La rebeldía de Bilqiss causa un enfrentamiento con las ideas establecidas, poniendo un espejo delante de una sociedad claramente desigual y vemos, desde su personaje, el principal punto de vista de la historia; el segundo nos viene del juez, quien debe dictar sentencia envuelto en un mar de dudas causadas por sus remordimientos de consciencia. La dualidad entre lo que uno cree y lo que la religión marca, los límites de la responsabilidad y la toma de decisiones son otro foco de conflicto. Finalmente, el tercer punto de vista nos lo proporciona Leandra, una periodista occidental que se interesa por el caso de Bilqiss y se desplaza al territorio para conocer el caso en persona.

Estos tres personajes permiten a la autora mostrar las contradicciones existentes y la doble moral que practican aquellos que se encuentran en posiciones dominadoras, poseedoras de poder. Aquello que persiguen, les persigue también a ellos en sus mentes, en un conflicto constante de dilemas éticos, actuando sin mostrar unas dudas que sí albergan en su interior. Los claroscuros que pudieran existir en la mentalidad de los hombres son eliminados, permitiendo únicamente dos posibilidades: lo correcto o lo incorrecto. Pero debajo del velo que cubre sus actos, se esconde en algunas personas una forma de pensar que mantienen oculta por el miedo a que algún día sea visible y, en consecuencia, cuestionada.

Así, la autora no sólo retrata las contradicciones internas de los propios personajes sino también la diferencia de culturas; critica por igual el islamismo que la cultura occidental, y aprovecha el abanico abierto para dejar surgir un punto de reflexión sobre aquello en lo que se basan nuestras vidas, y cómo nosotros mismos somos víctimas de nuestra propia cultura, alimentando aquello que somos y auto engañándonos para hacer nuestra vida más soportable, procurando lograr que encaje en nuestro propio mundo. Las críticas, aunque son dirigidas especialmente hacia la comunidad musulmana, se reparten entre ambos mundos; el islamismo, del que habla diciendo que «el mundo avanza sin ustedes, así que ustedes le escupen», el mundo estadounidense de quien afirma que «en su país no hacen otra cosa que hablar de sí mismos. O hablar de los demás para hablar mejor de sí mismos», y el choque de culturas, ese recelo de la cultura occidental hacia el islamismo radical, y al revés, cierta envidia de las libertades del mundo occidental que se expone claramente cuando la protagonista afirma «el aura que emanaba de ella (Leandra) cuando se ponía a describir su universo era sin duda equivalente a la mía cuando, bajo una lluvia de insultos, salía arrogantemente de la sala de audiencias. ¿Tenía mi desgracia más legitimidad que su dicha?».

El libro que nos ofrece Saphia Azzeddine es un libro de denuncia, de crítica, de reflexión. Un libro de una persona musulmana que cree que su religión (o al menos la interpretación que de ella hacen algunas personas) no está adecuada a los tiempos actuales, que es sesgada, inmóvil e injusta. Es la voz de alguien que quiere cambiarla sin renunciar a ella, pues critica por igual el mundo occidental. Es la voz de alguien que no puede quedarse con los brazos cruzados delante de quienes están obstaculizando un progreso, una apertura, un cambio, una actualización, una posibilidad de conseguir que el resto del mundo vea en ella lo que sus fieles defienden. Así, la autora nos ofrece, con este libro, una ventana abierta a la reflexión, una rendija abierta por donde dejar entrar la posibilidad de cambio. Y lo hace con toda la valentía de quien se siente convencido de que logrará su propósito.


lunes, 21 de noviembre de 2016

Tahar Ben Jelloun: El niño de arena

Idioma original: francés
Título original: L´enfant de sable
Traducción: Alberto Villalba
Año de publicación: 1.985
Valoración: Está bien


Hace unos días pude leer en la prensa un artículo sobre las ‘bacha posh’, niñas a las que en algunos lugares de Afganistán sus padres hacen pasar por varones durante su infancia para permitirles temporalmente el acceso a ciertos privilegios de los que carecen las mujeres. Por llamativo que sea, la práctica no parece ser tan excepcional cuando el marroquí Tahar Ben Jelloun fundó en ella, allá por los años 80 del siglo pasado y en un entorno geográficamente muy diferente, la que quizá es su novela más conocida.

Porque –lo han adivinado ustedes- el niño de arena es en realidad una niña. La notoria desigualdad entre hombre y mujer en el mundo musulmán da lugar a que la idea de no tener hijos varones constituya una especie de estigma, más allá incluso del efecto económico que pueden suponer los vástagos según sea su sexo. Ahmed es el nombre masculino que recibe esta niña, y será su único nombre. Su madre había dado a luz siete hijas, y el padre, sintiéndose humillado por ello, toma la decisión de que su octavo descendiente sea un hombre, por lo civil o por lo criminal. Habiendo nacido niña, Ahmed es vestida y educada como un muchacho, y el secreto se mantiene a ultranza en un círculo mínimo.

Pero, al contrario de lo que parece ser la práctica actual de este travestismo, en nuestra historia sus consecuencias no serán pasajeras –es decir, hasta la pubertad- sino duraderas e imprevistas. Con la edad, Ahmed empieza a ser consciente y asumir su paradójica situación, y decide continuar avanzando en ella, por curiosidad, tal vez por venganza. Como único varón a la muerte del padre, adquiere una posición relevante dentro de la familia, suscita la envidia y el resquemor de sus parientes, a la vez que comienza a plantearse preguntas fundamentales. Es el previsible conflicto interno entre su realidad física y su figura social, el cáncer de la mentira llevada hasta sus últimas consecuencias. Sobre este argumento, Jelloun tampoco deja pasar la ocasión para poner en tela de juicio normas y costumbres ligadas al credo musulmán, obviamente con mayor énfasis en aquellos aspectos relacionados con la marginación de la mujer.

Sin embargo, la auténtica seña de identidad del relato se encuentra más bien en su forma. La historia adopta desde el primer momento un tono poético y simbólico, conducida por un narrador callejero que la expone en la plaza pública. Esta perspectiva entronca desde luego con ciertas tradiciones orales árabes, y resulta sugestivo, envolviendo la narración en un halo de leyenda. Disponemos enseguida de una segunda fuente, que es un supuesto diario de Ahmed, que aporta sensaciones subjetivas que ilustran la evolución de la protagonista. Pero pronto surgen nuevos intervinientes que interrumpen al narrador con versiones a veces cuestionables; y el repertorio se amplía a antiguos oyentes del relato, que improvisan diferentes desenlaces a la historia inconclusa, hasta que un viejo trovador asume la tarea en el tramo final.

De forma que tenemos voces diversas, y fuentes auténticas y apócrifas mezcladas, lo que constituye un planteamiento coral, con diferentes puntos de vista, en principio sumamente atractivo. Pero desgraciadamente creo que el autor no consigue manejar bien todos estos materiales. La dispersión consigue en parte generar ese eco de cuento legendario, pero a cambio la potente historia de Ahmed va quedando disuelta, desactivada, tragada por el protagonismo de sus propios narradores.

La fragmentación y la multiplicidad de perspectivas genera así confusión, de manera que lo que podían ser los dos grandes objetivos del relato quedan, al menos parcialmente, frustrados: la dura historia de la niña pierde contundencia (como denuncia, como prospección psicológica, como se quiera ver), y el interesante juego de voces complementarias/contradictorias no termina de sonar integrado al servicio de una idea clara.

Así que tenemos un libro construido sobre un buen argumento y con una atractiva propuesta formal que no carece de elementos interesantes, pero que, si subimos un tanto el listón de la exigencia, se queda quizá en tierra de nadie. Denuncia, prospección psicológica, aire de relato ancestral, tal vez demasiados ingredientes para una mano que no demuestra suficiente solvencia para hacerlos funcionar. Pudo ser un libro deslumbrante y se quedó en una amalgama en la que se atisban cosas, pero que no fragua en algo realmente importante.

También de Tahar Ben Jelloun en ULAD: El retorno

martes, 3 de diciembre de 2013

Tahar Ben Jelloun: El retorno

 Título original: Au pays
 Idioma original: francés
 Fecha de publicación: 2009
 Valoración: Recomendable

Cuando escribí por aquí la reseña de El pan a secas de Mohamed Chukri expliqué que había llegado a este escritor gracias a que se le menciona en un momento de Ciudad abierta de Teju Cole, cuando uno de sus personajes, un intelectual marroquí, dice que entre los escritores de su tierra se queda con el desgarrador Chukri frente al celebérrimo Tahar Ben Jelloun, instalado en Francia, que escribe en francés y que según el personaje de Cole, en su literatura da una imagen del mundo árabe y musulmán que se corresponde con la visión que del mismo se tiene en Occidente.

 Pues bien, tras haber leído a Chukri (ya dejé claro en la reseña de El pan a secas lo que me había conmovido/espantado en este libro, el primero y más famoso del autor), ha llegado a mis manos El retorno, de Tahar Ben Jelloun, y tengo que decir que en este libro en particular, Ben Jelloun no es en absoluto ni tibio ni complaciente.

 Eso sí, su estilo no tiene nada que ver con el de Chukri, pero no veo por ninguna parte esa imagen del Oriente soñado por Occidente que la criatura literaria de Cole le achacaba.

 El retorno cuenta la historia de Mohamed Limmigri, un emigrante marroquí instalado en Francia desde hace décadas y empleado en una fábrica de coches que está a punto de jubilarse. El hecho de jubilarse es algo que no le gusta lo más mínimo, pero lo asume con resignación y aprovecha para analizar lo que ha sido su vida de forma un tanto poética que no artificiosa. En todo momento Ben Jelloun hace hablar a Mohamed con un lenguaje llano y directo. El hombre hace un balance de su vida y así reflexiona sobre sus hijos (más franceses que árabes, hasta el punto de rebelarse para emparejarse con cristianos), la intolerancia y los brotes xenófobos que agitan a su país de acogida, los guetos a los que parecen condenados los emigrantes, el Islam, su religión, y el cariz violento que está tomando en los últimos tiempos, etc... La conclusión a la que llegará Mohamed es que debe volver a su aldea natal y construir una enorme casa donde pasar sus últimos años.

Y la última parte del libro contará cómo Mohamed verá este agridulce retorno. En fin: un libro sencillo, sincero, emotivo, lúcido y agradable de leer que, sin embargo, deja al terminarlo una sensación rayana en la amargura.

También de Tahar Ben Jelloun reseñado en ULAD: El niño de arena

domingo, 13 de octubre de 2013

Mohamed Chukri: El pan a secas

Idioma original: árabe
Título original: Al-jubz al-hafi
Fecha de publicación: 1972
Valoración: Muy recomendable

Llegué a este libro gracias a la celebrada Ciudad abierta de Teju Cole, reseñada en este blog hace unos meses. En un momento del libro el protagonista charla con un personaje marroquí sobre literatura y este último le dice que en cuanto a escritores de su país de origen, prefiere a Mohamed Chukri por encima del famoso Tahar Ben Jelloun. ¿El motivo? Que mientras que Jelloun  presenta en sus libros tramas y personajes que se corresponden con la idea del Oriente legendario que se tiene en Occidente (un Oriente mágico y romántico, con elementos como recién sacados de las historias de Sherezade), Chukri tiñe sus páginas de miseria, violencia, desesperación, bajeza, supervivencia, asco y dolor. En fin, que escribe sobre la dura realidad que sufrió y aún sigue sufriendo buena parte de la población del mundo árabe/musulmán.

Esta comparación me despertó la curiosidad. Yo ya conocía a Ben Jelloun, pero no a Chukri, por lo que busqué enseguida su Pan a secas, el libro autobiográfico del autor que se cita en Ciudad abierta, y descubrí encantada que el ejemplar que tienen en mi biblioteca está casi nuevo y se trata de una bonita edición de Cabaret Voltaire, en una traducción de Rajae Boumediane El Mentí revisada por el propio escritor poco antes de morir. Pero su contenido...Uugh, su contenido. Y aclaro ya que mi lamento no se refiere ni a su calidad ni a su valor, sino a las cosas que ahí dentro suceden. No me extraña que el libro estuviera prohibido durante muchos años en el mundo árabe…

Para quien no lo sepa, Chukri, nacido en Marruecos en los años 30, fue un muchacho extremadamente pobre y maltratado por la vida, como se suele decir. Hijo de un violento y alcohólico desertor del ejército y de una mujer ignorante pero cariñosa que mantenía a su familia con su humilde puesto de verduras, y con hermanos pequeños que raramente pasaban de la primera infancia, Chukri pronto vio en las duras calles de Tetuán y Tánger la única vía de escape a las palizas casi mortales de su padre y sus deseos de convertirle prácticamente en su esclavo. En su terrible vagabundeo se entregó a una destructiva pero tozuda vida de trabajos esporádicos, amigos cambiantes, amores con prostitutas, noches a la intemperie, homosexualidad puntual, peleas a muerte, piedad ocasional y hambre, mucha hambre.

Un sinfín de anécdotas y sucesos nada fáciles de leer es lo que contiene este breve libro de prosa seca y directa como púas de una planta traicionera. Y lo que relata revuelve aún más las tripas cuando se es consciente de que se trata de un testimonio real.

El libro termina cuando Chukri ronda los veinte años. Luego vendría la milagrosa oportunidad de alfabetizarse, y más tarde, la decisión de plasmar sobre papel la vida grotesca a la que había sido condenado. Así, el prácticamente autodidacta Chukri pasaría a convertirse en un reconocido escritor que se codeó con monstruos de la época como Paul Bowles (que tradujo El pan a secas al inglés y sobre el que Chukri escribió un libro), Jean Genet o, incluso, Tennesse Williams.

La historia de Chukri impresiona por la increíble capacidad que tuvo este hombre de mandar a paseo el futuro tan negro al que parecía condenado por las circunstancias en las que la vida le había colocado. Pero insisto: El pan a secas se queda en lo que vivió el escritor antes de aprender a leer y escribir, los primeros episodios de una de esas vidas legendarias que dejan con la boca abierta. Luego vendrían otras obras autobiográficas que aún no he leído.

lunes, 29 de marzo de 2010

Eva Illouz: Intimidades congeladas

Idioma original: inglés
Título original: Cold intimacies. The making of emotional capitalism
Fecha de publicación:
2006
Valoración: muy recomendable

Estoy convencido de que la teoría con mayúsculas es aquella que nos muestra la relevancia de lo que habitualmente consideramos trivial e insignificante. Eva Illouz sabe hacerlo de un modo magistral en este pequeño libro. Habla de esos programas-confesionario que proliferan en televisión (tipo El diario de Patricia, en España; Oprah Winfrey en EE.UU., etc.) y habla también de las páginas de Internet dedicadas a la búsqueda de pareja. Y cuando uno cierra el libro no acaba de creerse cómo pudo pasar por alto, hasta entonces, lo que estos programas y estas páginas dicen sobre nuestro modo de comprendernos y experimentarnos a nosotros mismos.

Este volumen reúne tres conferencias sobre la relación entre las emociones y las estructuras económicas del capitalismo. A mí este tipo de recopilaciones me suelen echar para atrás: no es raro encontrarse con textos de ocasión, sin hondura argumentativa y con expresiones destinadas a la galería. Pero no es el caso, en absoluto. Claro está que las circunstancias son toda una garantía de rigor: Eva Illouz fue invitada por Axel Honeth, el actual director del Instituto de Investigación Social de Frankfurt (sí, el de la Escuela) a dictar lo que ellos denominan "conferencias Adorno". No se trata de glosar el pensamiento del filósofo crítico, sino de plantear la posible vigencia de sus principales ideas. De hecho, Adorno no tiene sino una presencia muy indirecta en el texto, pero ésta sorprende por su honradez y rigor. Illouz, en el sanctasanctórum de la Teoría crítica, se lanza a cuestionar alguno de sus principales presupuestos, englobándolos en lo que denomina su "anhelo de pureza". Son algunas de las páginas más lúcidas del libro, por cierto.

El propósito de Illouz consiste en rescatar el tema de las emociones, habitualmente relegado a un segundo plano en el tratamiento sociológico del capitalismo y la modernidad. Su tesis principal es que a lo largo del siglo XX se ha dado una progresiva imbricación de nuestras destrezas emocionales y del funcionamiento capitalista de la economía. En las empresas se ha ido valorando cada vez más la competencia emocional, mientras que los individuos hemos pasado a comprender nuestras emociones como bienes intercambiables en el mercado. Si esta interpretación es plausible, y Eva Illouz hace que lo parezca, se impone la necesidad de repensar mucho de cuanto creíamos seguro sobre lo privado y lo público.

domingo, 28 de febrero de 2010

Libros sobre libros: Por qué no he escrito ninguno de mis libros de Marcel Bénabou

Idioma original: francés
Título original: Pourquoi je n'ai écrit aucun de mes livres
Fecha de publicación: 1986
Valoración: recomendable

Hace algún tiempo reseñé aquí un ensayo de Bayard que prometía facultar al lector para hablar de los libros que no se han leído. Confesé entonces los oscuros móviles que me llevaron a comprarlo. Éste de hoy viene a ser el reverso de aquél, y mi intención al empezar a leerlo, me temo, no ha sido más honrada que entonces. Bénabou parece ofrecer en el título un muestrario de excusas para la indolencia o la incapacidad de escribir; la absolución a esa culpa secreta de todo lector que alberga pretensiones literarias, por mínimas que sean. Este ensayo, como aquél, incumple sus expectativas, pero el interés de ambos está precisamente en el modo sinuoso y brillante en que las incumplen.

Siendo estrictos, esta reseña no cabría en la serie con que estamos preparando el 1 de marzo: Bénabou aclara desde el principio que el lector tiene entre sus manos un “no libro”. Se trata por tanto de un “no libro sobre libros”. El lector pronto entiende por qué, desde el momento en que tropieza una y otra vez con obstáculos, giros y abandonos que impiden cualquier progresión esperable: ya fuera de argumentación o de trama. En cada página se muestra a un escritor en plena deserción, que espera y anticipa –que casi desea– la sentencia condenatoria de quien le está leyendo.

Las dificultades en el plan general de la obra y el terror de la primera frase; el alto concepto de las propias facultades y el miedo paralizante a desmentirlo; la vacilación en los procedimientos como prórroga constante de la verdadera tarea: Bénabou pasa revista a la “no escritura” en todos sus modos y destrezas. Y lo hace en primera persona, no tanto elaborando una disertación sobre el tema, sino haciendo una demostración práctica ante los ojos consternados del lector.

Según avanza la lectura, el enfado deja paso a la curiosidad. Empieza a entreverse la trampa, el juego callado que no podía faltar en la obra de un miembro de OuLiPo: negando su propia condición, casi a escondidas, el libro se va formando. La minuciosa descripción de la ausencia de un libro también es un libro, y uno, por cierto, que desafía a todos los demás desde una posición nueva e inatacable. Bénabou se quita la máscara, y el fantasma de Descartes, sonriente, esboza una gentil reverencia antes de hacer mutis por el foro.