sábado, 12 de octubre de 2024

Joseph Roth: Job. Historia de un hombre sencillo

Idioma original: Alemán
Título original: Hiob 
Traducción (al catalán): Judith Vilar
Año de publicación: 1930
Valoración: Entre recomendable y está bien

Job, de Joseph Roth, es una novela formidable. Una que cuenta una historia sencilla pero emotiva con una prosa también sencilla pero expresiva y vigorosa, cuyos temas, tono y argumento me han recordado poderosamente a los de varias obras de mi admirado Isaac Bashevis Singer.

Su primera mitad transcurre sobre todo en Zuchnov, una villa miserable de Rusia; la segunda parte, en cambio, sucede Nueva York, Estados Unidos. La protagonizan Mendel Singer, un judío devoto, su mujer y sus tres hijos.

Cada uno de los personajes del elenco principal está adecuadamente caracterizado. Incluso algún secundario desfila con la cabeza bien alta, pese al escaso foco que se le da; es el caso, por ejemplo, de Sameschkin, que tiene unas dinámicas muy interesantes con Deborah, la mujer de Mendel, y comparte una escena conmovedora con éste último.

Muchísimos temas se barajan en Job: el sufrimiento del desgraciado, el distanciamiento conyugal, el envejecimiento, la ambivalencia hacia los hijos, la melancolía del apátrida, el choque con la idiosincrasia americana, el desencanto con Dios... Dichos temas se tratan con humildad, pero sin subestimarlos, y se abordan desde la siempre cambiante perspectiva de los personajes, así como en función del tono que impregna la novela en cada momento (sobre todo agridulce o trágico).

El estilo narrativo de Roth es, como adelantaba más arriba, muy potente. Engañosamente sencillo, emplea varios recursos a su favor (como el de la repetición) y regala pasajes, descripciones o reflexiones de gran calado.

Quizá, eso sí, Job sea una obra ligeramente inferior a otras similares. Como estudio de personaje centrado especialmente en Mendel es menos completo y matizado de lo que podría haber sido. Como ficción que gira en torno a lo judío tampoco acaba de alcanzar toda la profundidad posible. Sea como fuere, esto no impide que estemos ante una novela formidable que hace gala de una prosa magnífica, un elenco sólido y unas reflexiones maduras.


También de Joseph Roth en ULAD: Aquí

viernes, 11 de octubre de 2024

Manuel Jabois. Mirafiori

Idioma original: español.
Año de publicación: 2023
Valoración: recomendable

Entiendo los artefactos promocionales de las editoriales. Pero otra vez: buenos comentarios sobre un escritor, en la tapa de una novela, pero referidos a otras obras. 

Jabois puede caeros simpático si seguís sus colaboraciones en diversos medios de corte más bien progresista (sin pasarse) o puede pareceros otro escritor de mediana edad, de aspecto algo hipster, crítico (repito, sin pasarse) con aspectos sociales y con opiniones que, sin ser complacientes con el poder, contienen la justa dosis de polémica para que sean a la vez respetadas y poco proclives a ser alineadas con la mayoría. 

Un perfil peligroso, opino, ya que tras esa imagen bohemian bourgeois uno puede encontrarse a compañeros de andanzas como Ray Loriga, Guillermo Prado o Eduardo Soto Ivars. Comprendo que en ese packaging es casi ineludible escribir novelas. Y que estas tengan regusto a ser protagonizadas por personajes muy parecidos a sus autores, o nos suenen hasta autobiográficas. Y que sus autores siempre parezcan venir de pasar una noche terrible pasada en compañía de tipos como Leyva o Sabina y aspiren (vaya, el subconsciente me traiciona) a ser el eslabón perdido entre Javier Marías y Andrés Calamaro.

Por tanto, Mirafiori solo puede ser una novela agridulce con ciertos detalles de humor negro, siempre humor negro de perdedor al que al final las cosas no le van tan mal, pero es que, si hay algo que todos aceptaremos, es que la felicidad raramente ayuda a producir buena literatura. Una verdad como un templo que escritores como Jabois no van a poner en duda. 

Por lo que la historia irremisiblemente cae en cierto tópico, aunque resulte interesante en sus desarrollos paralelos, el hecho de que estos no acaben de concretarse en exceso y no haya una convergencia, algo parecido a un clímax (si uno se decanta por cierto post-modernismo) no puede considerarse un defecto en sí. Pero volvemos a la cuestión principal. El protagonista es un escritor que, a la espera (¡a la cola !) de la novela que lo consagre, anda dedicado a escribir semblanzas que se usarán cuando sus protagonistas fallezcan. Su antigua novia, Valentina, una joven a la que se le aparecen fantasmas. curiosa condición. ha conocido el éxito como actriz, y ahora, unos años más tarde de que hayan acabado su relación, va a encontrarse con él en Málaga, a donde sus compromisos profesionales les llecvan a coincidir. Bueno: quizás el encuentro pueda parecer el clímax de la novela, si bien la perspectiva de él abre la novela y la de ella la cierra en un epílogo hábil, con cambio de narrador incluído. 

La relación se rememora en el cuerpo del libro, y no le negaré ciertos hallazgos y momentos brillantes aunque esas piezas queden desencajadas: el inicio de los amoríos en la adolescencia, el curso de la relación en la juventud, salpimentado con muchos excesos de época (finales de los noventa, inicio del milenio) que castigan y condicionan, polos de atracción y de repulsión. Alcohol, cocaína, vida sexual con fugaces invitados. Muy propio de la época. Las escenas en que se desenvuelve la novela son atractivas y originales. Nada más conocerse, la madre de Valentina fallece y el narrador conoce a la madre de su novia ya de cuerpo presente. Saldrán ambos de su Pontevedra natal (una ciudad, dice en la que cuesta no encontrarse) y se irán al brillante Madrid de la época, acogedor de talentos y rebosante de oportunidades. Con suerte dispar y con una relación que desemboca en una rutina que Valentina intenta romper con encuentros furtivos. 

Jabois, obviamente, no ha inventado nada y ciertos perfiles son reconocibles. Agradezco el esfuerzo en sacar la novela del puro contexto físico de las relaciones y aportar leves toques casi fantásticos, aunque queden en eso, en apuntes que no toman protagonismo. Aún así, la fugaz relectura que he hecho para redactar esta reseña ha resultado agradable y placentera, cosa que no siempre sucede.

jueves, 10 de octubre de 2024

VV.AA. : Paseando con fantasmas

Idioma original: inglés y francés

Año de publicación: entre 1773 y 1836. Como antología de relatos, 2012

Traducción: Marian Womack

Valoración: recomendable para interesados 

Ya que se acerca Halloween, vamos pues con otros de los personajes  (debería llamarlo "entes", más bien) emblemáticos del mundo sobrenatural y, según los casos, terroríficos. Especialmente populares para disfrazarse, además, por lo sencillo que resulta: basta con hacerle un par de agujeros a una sábana vieja, y p'alante... (quien no me crea, que vea la película A ghost story... interesante, por otra parte). Estoy hablando, cómo no, de los fantasmas. Pero de de unos fantasmas cualquiera, de novela pulp o película de Disney, sino de los que imaginaron toda una serie de escritores de la época seminal del género de terror, Los amantes de lo macabro y los arbotantes, lo tenebroso y el arco apuntado... los góticos. No los que van de negro con piercings, sino los que escribían cosas de (más o menos) miedito hace cosa de doscientos y pico de años.

Porque antes que nada, aviso: lo importante de esta recopilación de relatos escritos en el siglo XVIII y primera mitad del XIX no es el título, Paseando con fantasmas -aunque fantasmas, haylos-, sino el epígrafe posterior: Antología del cuento gótico. Lo comento porque éste es el nexo de unión de todos ellos, su pertenencia a una tendencia literaria que se dio entre los dos siglos mencionados (aunque con ramificaciones e influencia posterior que perdura hasta hoy), más que el hecho de que se trate de historias de espectros, porque el caso es que no en todos los cuentos aquí reunidos aparecen estas apariciones sobrenaturales -sí en muchos-, sino que en otros el ingrediente terrorífico, por así decirlo, se confía, sin más a lo macabro, pero no necesariamente a algo venido del más allá. Permitidme que,  a este respecto, reproduzca aquí las palabras del prologuista del libro, David Roas, que así no tengo que trabajar resultan mucho más pertinentes que las mías:

"Un rápido listado de los principales rasgos que caracterizan a la novela gótica revela la importante dimensión de lo terrorífico y lo macabro en este tipo de historias: apariciones fantasmales y otros fenómenos fantásticos, crímenes y acciones sanguinarias de todo tipo (desde el sadismo desaforado hasta la necrofilia, pasando por la violación), misterios terroríficos (que no siempre tienen que desembocar en lo sobrenatural); maldiciones, gemidos, murmullos, gritos, chirridos y demás sonidos inquietantes; lo que podríamos llamar lo 'terrorífico arquitectónico' (espacios cerrados y amenazantes, habitualmente en ruinas, como castillos)..."

A lo que yo añado, si se me permite (algo habrá que decir), una sobredosis folletinesca de pasiones desbordadas -amorosas y de todo tipo- , secretos de familia, encuentros y desencuentros, contadas con un estilo enfático, alambicado y, en ocasiones, excesivo. Lo habitual en la época, vaya... 

 A la mayor parte de los autores/as que aparecen en esta recopilación de relatos, no obstante, no los conocen ya ni en su casa a la hora de la ouija. Algunos sí, empero, aquí encontramos, por ejemplo, un cuento obra de Lord Byron, nada menos -El enterramiento (1816), sobre un viaje que hace el protagonista con un tal August Darvell por tierras otomanas... cómo no-; otro de su amiga y hoy en día aún más célebre Mary Shelley, El sueño, de 1832 (no, no va de un científico que sueña que crea a un monstruo con cachos de cadáveres, sino de una dificultosa historia de amor durante el reinado de Enrique IV, entre una condesa católica y el hijo de un enemigo protestante); también del autor de lqa que se considera obra cumbre del gótico, Melmoth el errabundo, Charles Maturin, aquí con El castillo de Leixlip (1825), ambientada en la Irlanda del siglo XVIII y que posee un punto metaficcional, al contarnos una historia dentro de otra historia dentro de otra historia más... o William M. Thackeray, quien dicho sea de paso, escribió el cuento que a mí me ha gustado más de este compilación, el muy divertido La apuesta del diablo (1836), lleno de un humor muy británico sobre las vicisitudes del alma de Sir Roger Rollo.

No están tampoco nada mal otro viaje infernal, La expedición al Infierno (1936), de James Hogg, que nos relata el sueño del cochero de Edimburgo George Dobson, en el que lleva a unos clientes al Inframundo o el anónimo de 1819 Danza macabra, un cuento al estilo de los hermanos Grimm en el que un gaitero mágico interpreta una "danza de la Muerte". Aunque el numero de relatos recogidos en el libro asciende a dieciocho, mencionaré aquí ya sólo otra que me ha parecido harto curiosa: Andreas Vesalius, el anatomista, de Petrus Borel (1833) en el que el célebre científico del siglo XVI ha de afrontar las iras del siempre castizo pueblo de Madrid, receloso de sus pecaminosas prácticas científicas.

En fin, que si lo que buscáis es una buena ración de fantasmas, ruinas de la grandeza de otro tiempo, romanticismo exacerbado, momentos macabros, personajes sobrepasados, pasiones y sentimientos llevados al límite... podéis meteros un rato en Twitter... perdón, X o leer este libro. Yo os aconsejo esto último; saldréis ganando en cultura, entretenimiento y no le haréis ganar dinero al cenutrio de su dueño.

miércoles, 9 de octubre de 2024

Carlos Droguett: Eloy

Idioma original: Español

Año de publicación: 1960 (la versión definitiva es de 1982)

Valoración: Muy recomendable

Lo primero que me vino a la cabeza al leer la contracubierta de Eloy fueron Ramón Saizarbitoria y su breve y magnífico Ehun metro. Las últimas horas de un fugitivo, sumergiéndose en los recuerdos de lo vivido, resultaban una premisa demasiado familiar, ¿verdad?. 

Dándole una vuelta más, pensé en Proust, en Faulkner, en Joyce, en Woolf y compañía. Porque, en realidad, todo está inventado desde hace tiempo y lo que queda es ir haciendo pequeñas modificaciones o variaciones que, todo hay que decirlo, a veces pueden superar al original.

El caso es que Eloy es uno de esos casos en los que la "copia" tiene un nivel tan alto que no estaría de más situarlo a la altura de sus predecesores.

Como apuntaba en el primer párrafo, Eloy cuenta las últimas horas de un fugitivo que se halla cercado en una finca situada en el campo chileno. Lo que eleva esta novela a la categoría de "Arte" es cómo narra Droguett esas horas: su utilización del flujo de conciencia, su prosa poética y torrencial (cadencia, vocabulario, ritmos, reiteraciones...), la construcción de una atmósfera oscura y opresiva, la combinación de planos temporales y espaciales, la alternancia de la primera y la tercera persona, merced a un narrador que penetra en la vida y pensamientos de un Eloy que se mueve en esas horas en la soledad y en la vaciedad infinita de una noche que condiciona el carácter obsesivo y casi alucinatorio de la narración, etc.

¿Hablamos entonces de la forma sobre el fondo? Podría ser, pero más me inclino, en este caso, por la forma al servicio del fondo. Porque Droguett podría haber optado por una narración más o menos lineal y convencional que nos llevara a esas horas finales de Eloy, pero esa linealidad quizá no hubiera sido suficiente. Eloy no es un personaje "plano" y, por tanto, el autor ha de trazar un retrato que, más que una fotografía clara y perfecta, sea un puzzle descolocado que el lector deba ir ordenando. Para ello, opta por diferentes "ángulos", por cuatro momentos de su vida que le definen como ser humano en el que conviven violencia y sensibilidad, oscuridad y esperanza: el primer encuentro con su pareja, la revelación que le impulsa al crimen,  una matanza que lleva a acabo con su compinche Sangüesa y su primera huida de la policía. 

Pero el retrato estaría incompleto si solo nos fijáramos es esos momentos: hay una serie de acciones y elementos muy presentes en la novela y que, en ocasiones, hablan por sí solos del personaje. Así, un perfume de violetas, la visita a una peluquería, los caballos, etc son perfectas metáforas de lo que Eloy es o intenta ser.

Decía con anterioridad que todo está inventado desde hace tiempo y lo que queda es ir haciendo pequeñas modificaciones o variaciones. En el caso de Droguett, creo que lo que le diferencia de autores citados con anterioridad es la introducción de elementos sociales y de corte más o menos existencialista. Las referencias al origen social de Eloy, a la situación del campo chileno o la alienación del hombre son numerosas. Sirva como ejemplo:

Dios no hizo las casas, las criminales ciudades llenas de humo, los hombres llenos de humaredas, solo las tierras solas, los bosques limpios, las montañas y los ríos desnudos, para subir por ellas, para irse por ellos, el hombre tiene miedo, fatal e inmejorable miedo y se encierra en estas cajas horribles y finales, sin aire, sin sol y sin salida, aunque tengan puertas, en las ciudades enfermas que te enferman.

Creo que con este párrafo podéis haceros una idea del estilo de Droguett y de Eloy. No es un libro "fácil", decir lo contrario sería mentir, pero sí que es un libro altamente recomendable, tanto por su estricto valor literario como por lo que supuso de introducción de la "modernidad" en la literatura hispanoamericana. No olvidemos que Eloy fue escrita en 1960 y, por poner algún ejemplo, La ciudad y los perros data de 1962, El obsceno pájaro de la noche de 1970, etc. Por apuntar, vaya.

P.S.: Voy a tener que releer Todas esas muertes. Un "entre está bien y recomendable" se me antoja algo escueto, visto lo que me han gustado los otros dos libros de Droguett que he leído. 

También de Carlos Droguett en ULAD: Todas esas muertes y Patas de perro

martes, 8 de octubre de 2024

Juan Eduardo Cirlot: Nebiros

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2016 (escrito en 1950)

Valoración: recomendable 


Juan Eduardo Cirlot, poeta y autor de unos cuantos ensayos, escribió una única obra narrativa, que casualmente es este Nebiros que comentamos hoy aquí. Cirlot vivió una etapa temprana en la que se relacionó con círculos surrealistas (llegó a escribir artículos en una revista dirigida por el propio André Breton) y con los artistas de Dau al Set, en particular con Tàpies, con quien colaboraría en varias ocasiones. Era por tanto un personaje relativamente destacado del mundo del arte y la literatura en los oscuros años 40 y 50 del siglo pasado, es decir, en lo más tenebroso del franquismo. Por alguna razón destruyó toda la producción literaria no publicada de sus años más jóvenes, con una sola excepción: de nuevo justamente nuestro Nebiros, que sería rechazado en su día por la censura y del que se conservó algún ejemplar mecanografiado.

Por qué la mojigatería franquista prohibió el texto lo explica el interesante epílogo a cargo de Victoria Cirlot, filóloga e hija de autor, pero se entiende bien con solo leer el libro: no son solo las contadas referencias a la religión y algún comentario muy tangencialmente político, ni tan siquiera el recorrido nocturno del protagonista por diversos prostíbulos incluyendo alguna pequeña escena un poquito, pero solo un poquito, más explícita. Lo que seguramente no pudo soportar el censor es la atmósfera nihilista, la desorientación de un individuo perdido en sus contradicciones, el vacío espiritual que se filtra en cada página. En un país conducido por los caminos infalibles que marcaban el Gobierno en lo material y la Iglesia católica en lo moral debía resultar insoportable semejante grado de descreimiento y angustia.

Porque de todo eso hay varias toneladas. Un protagonista sin nombre, como tampoco lo tienen las calles o la ciudad misma, sale de su oficina y al atardecer se dedica a pasear sin rumbo por las callejuelas próximas al puerto. Entre tanto, deja fluir sus pensamientos sin freno y sin medida. Al principio percibimos un personaje abatido, solitario, gris, ‘con aspecto de desenterrado’, una figura que hubiera fascinado a Cioran, por ejemplo, decepcionado del mundo y de sí mismo. Pero es aún peor. El sujeto es de una inconsistencia tal que a cada página de abatimiento y rendición le sigue otra en la que cambia a un discurso lleno de intenciones luminosas y confianza en el hombre. No soporta la soledad y tampoco la compañía, ni la conversación ni el silencio y, al fracasar siempre en la búsqueda de un término óptimo, el péndulo sigue desplazándose sin fin de un extremo al otro. 

De ahí quizá los tumbos por las calles nocturnas, el deseo de volver a casa enseguida abandonado para continuar la ruta, la estancia en la taberna intentando rehuir la mirada del camarero, la elección de la prostituta deforme. Siempre moviéndose en el fango, a veces de forma literal, en la frontera del sueño, la locura y el recuerdo, se reivindica el derecho al placer (el del mendigo a gastarse la limosna en alcohol, el del obrero a ser feliz por unos minutos en el prostíbulo, cosas un tanto Houellebecq), y cobran protagonismo escenas de la casa familiar y sobre todo la figura inquietante y poderosa del padre, reflexiones e imágenes por donde parecen asomar heridas antiguas y profundas. O quizá es todo obra de Nebiros, el demonio cuyo mérito residía en ‘un pecado que alude la Biblia, que no se puede nombrar o, mejor dicho, del cual se ignora la esencia’. Un mal desconocido y por tanto invencible, una amenaza de la que solo se sabe que existe y que puede estar en el alma del individuo, en su cabeza, en su pasado. Demasiado para el censor, a quien imaginamos asustado ante tanta desolación.

La verdad es que el libro funciona en su mayor parte como novela filosófica en la que el hilo narrativo tiene más bien poco peso, y es más bien un instrumento para ir incorporando las sucesivas oleadas de reflexiones e ilustrándolas con imágenes. Siendo la única obra de Cirlot en prosa, da la impresión de que tampoco se preocupó mucho por establecer un ritmo adecuado al formato y así, la lectura, aunque intensa por la turbación que transmite, puede hacerse algo pesada si se toma como una novela normal. De manera que deberemos verla como una mezcla de ensayo y memorias dispuesta sobre un soporte narrativo cuya utilidad fundamental será transportarnos por las callejuelas infectas, por los recovecos peligrosos del pensamiento y los recuerdos.


lunes, 7 de octubre de 2024

David Lorenzo: Quiroga y la muerte

Idioma original: Español
Año de publicación del volumen: 2024
Valoración: Está bien

Quiroga y la muerte es un sentido homenaje a la vida y obra del escritor uruguayo Horacio Quiroga. Un homenaje en formato cómic concebido por el español David Lorenzo, quien se halla a cargo tanto del guión como del dibujo.

A mi juicio, lo mejor del volumen son las seis historias de Quiroga adaptadas por Lorenzo: "El almohadón de plumas", "El hijo", "El perro rabioso", "Los guantes de goma", "El solitario" y "La gallina degollada". Y es que estas versiones gráficas, argumentalmente fieles a los relatos originales, gozan además del encanto naíf otorgado por el estilo visual de Lorenzo, caracterizado por perspectivas forzadas, cuerpos desproporcionados y paletas cromáticas extravagantes.

La sección biográfica de Quiroga y la muerte, en cambio, no me ha gustado tanto. Dada su brevedad, desaprovecha o infraexplica la novelesca vida de Quiroga. Aun así, de ella debo alabar lo acertado de su fijación temática con la muerte y el brillante segmento que va de la página 86 a la 89.


domingo, 6 de octubre de 2024

Juan Rulfo: El gallo de oro

 Idioma original: español

Año de publicación: primera edición en 1980, corregida en 2010

Valoración: recomendable


Juan Rulfo se consagró, con solo dos libros, como uno de los escritores en español más importantes del siglo XX. Sin embargo, escribió otros textos que no alcanzaron la fama de Pedro Páramo o El Llano en llamas, o que simplemente no vieron la luz durante la vida del autor. Uno de ellos es El gallo de oro, una novela corta que, si bien no llega a la grandeza de los mencionados anteriormente, contiene muchos elementos característicos de Rulfo: paisajes desiertos, personajes guiados por la fatalidad, la violencia transformadora, el habla vernácula, entre otros. Además, El gallo de oro presenta diferencias notables debido a que originalmente estaba concebida como un guion de cine, lo que se refleja en su estructura lineal, descripciones más detalladas de la escenografía y transiciones claras entre escenas.

Dionisio, pregonero y gritón, casi un paria de un pueblo remoto de la geografía mexicana, ve cambiada su suerte al rescatar de la muerte a un gallo de pelea. Este gallo dorado se convierte en su vía de escape de la vida miserable que llevaba junto a su madre. Al morir ella, Dionisio recorre, con su gallo de pelea bajo el brazo, ferias y palenques, donde conoce a 'La Caponera', una indomable cantadora de feria. La Caponera se convierte en su talismán de la suerte, creando junto a él una fortuna salida del juego de naipes y de la sangre de los gallos de pelea. Sin embargo, la fatalidad que caracteriza al mundo de Rulfo se manifiesta eventualmente, forzándolos a confrontar sus propios destinos.

El gallo de oro es una obra que, aunque no alcanza la notoriedad de otros escritos de Juan Rulfo, presenta una riqueza literaria significativa a través de su estilo narrativo y la profundidad de sus personajes. Sus fortalezas residen en la capacidad de Rulfo para crear ambientes evocadores y explorar temáticas universales con una economía de lenguaje admirable. Sin embargo, ciertas limitaciones en el desarrollo de la trama y de personajes secundarios pueden hacer que la experiencia de lectura sea menos impactante para algunos. En conjunto, es una novela que refleja fielmente el universo característico de Rulfo (si se quiere, véase como un spin-off, o como un cuento más al Llano en llamas), ofreciendo una mirada íntima a la lucha humana contra la adversidad y el destino. Una joyita para los amantes del Rulfoverso.

A menera de postdata tengo que decir que, aunque bárbaro, el mundo de las peleas de gallos tiene muchos detalles interesantes. Aquí se puede conocer mucho al respecto.

Otros libros de Juan Rulfo reseñados en ULAD: Pedro PáramoEl llano en llamasAires de la colina.