lunes, 7 de agosto de 2017

Jordi Puntí: Los castellanos



Idioma original: Catalán
Título original: Els castellans
Año de publicación: 2011
Traducción:  El propio autor
Valoración: Recomendable

La infancia es una ficción. Este libro quiere ser una prueba concluyente de ello. Con este reconocimiento, que forma parte de la propia narración en su epílogo, Jordi Puntí (Manlleu, Barcelona, 1967) fija el punto de partida de este grupo de relatos, iniciados por encargo de la revista L’Avenç en 2007 y cuya primera elaboración corrió paralela en el tiempo, como ejercicio complementario, a la escritura de la novela Maletes perdudes.

Reescritos con posterioridad, y con toda la intención de elaborar literatura desde la intimidad, la evocación y el recuerdo, pero también desde la ficción, la alteración y el sometimiento al objetivo de lograr un tono, una atmósfera y un estilo, nos deparan un viaje al tiempo de la infancia en un pueblo industrial (y rural) de la Cataluña “profunda” en la década de los 70 y 80 del siglo XX.

Para ello, Jordi Puntí se sirve de la relación que él y sus compañeros mantenían con los niños de su edad, miembros de la numerosa comunidad de inmigrantes procedentes en su gran mayoría del sur de la Península Ibérica y a los que denominaron castellanos. Relación, hay que resaltarlo, basada casi que exclusivamente en la pedrada, aderezada de algún insulto y un poco de desafío. Unos en casas unifamiliares, los otros en abigarrados bloques de viviendas, unos en colegios religiosos de pago, los otros en escuelas públicas gratuitas, la convivencia pasaba por la pugna y el control –más simbólico que efectivo- de los espacios comunes; un descampado, una pista de deporte, la piscina municipal, el cine (donde reinaba sin discrepancia posible Bruce Lee), la máquina del millón de un bar, un escondite donde reunirse y ojear revistas con fotos de chicas desnudas…

Apenas hay diálogo, ni contacto físico. Y, sin embrago, los otros se vuelven imprescindibles para modelar el yo, el nosotros. “Es como si ellos hubieran sujetado el espejo en el que nos reflejábamos – y me gusta pensar que a su vez nosotros sujetábamos el suyo.”, Por que en esa dinámica de conflicto y de pugna, subyace también una fascinación por las maneras, el desparpajo, la belicosidad que la propia imaginación infantil otorga al desconocido; al que no se le impone la restricción de la digestión para darse un chapuzón, para el que el horario de regreso es más laxo y al que cuando castiga un cura lo hace con más saña. Y ahí, me parece, radica el mayor atractivo de estos relatos, en esa capacidad de desbordar lo previsible, de exhibir y estrujar los propios prejuicios y de ofrecer una perspectiva inesperada y prodigiosa.

También hay algún personaje que sabe nadar entre dos aguas, que va por libre y no precisa despreciar al otro para definir su persona y opta por sacar partido a la situación. Y al final, con la llegada del bachillerato, la adolescencia y otros anhelos, más prosaicos y carnales, acaba por imponerse el trato personal y, ya se sabe, del roce surgen muchas cosas. A los castellanos, un apelativo pretendidamente despectivo, empezando por su arbitraria falta de exactitud, sucederán familias y niños llegados desde otras lejanías que serán seguramente observados por otros niños desde lo alto de sus bicicletas con reserva, desconfianza y hostilidad. Y, muy probablemente, íntima y secreta fascinación.

domingo, 6 de agosto de 2017

Aldous Huxley: Un mundo feliz

Idioma original: inglés
Título original: Brave New World
Traducción: Ramón Hernández
Año de publicación: 1.932
Valoración: Muy recomendable


Tengo que admitir que acudía a la cita con este clásico de Aldous Huxley cargado con algunos prejuicios. De un lado, un poco condicionado por cierta versión cinematográfica muy vieja (no sé si habrá más de una) que transmitía una imagen bastante infantil sobre esta historia, o al menos esa sensación me queda. Por otra parte, también temía que lo que durante décadas fue el paradigma de la distopía, el anuncio de un mundo deshumanizado por la tecnología, leído ahora, bien entrado el siglo XXI, hubiese quedado obsoleto, como la reliquia de algo que en su momento fue rompedor y visionario pero hace mucho que quedó superado por la realidad. O sea, que hubiera envejecido mal. Pero no son necesarias muchas páginas para despejar estos temores.

En las primeras décadas del siglo XX el mundo alucinó con algunos importantes cambios en el mundo empresarial, en especial con la introducción de la famosa cadena de montaje ideada por Henry Ford. Ya se sabe: costes reducidos al máximo, tareas repetitivas para optimizar la producción, tecnología que sustituye a la mano de obra… todo en busca de acercar el producto a un público numeroso y favorecer por tanto el consumo. Más o menos por esa época (años 30), Aldous Huxley debió darle unas vueltas a la cuestión y, en un ejercicio de imaginación, se propuso indagar a dónde conduciría esa idea mecanicista llevada al extremo, la producción, el consumo y el beneficio como estructuras fundamentales de la sociedad, la cadena de montaje aplicada al propio ser humano. El resultado de la elucubración no fue otro que un mundo feliz, un mundo ideal en el que las personas son gestadas de forma artificial, organizadas en castas y programadas para un rol determinado desde el primer segundo, la gente carece de preocupaciones, la sociedad queda óptimamente segmentada y los individuos, a salvo de enfermedades y siempre jóvenes, desempeñan la función asignada y tienen a cambio sexo a discreción, una droga que garantiza la felicidad y diversiones sofisticadas. Todo bien definido y organizado sin fisuras. Seguridad y felicidad sólo a cambio de no pensar.

“Adultos intelectualmente y en el trabajo, y niños en lo que se refiere a los sentimientos y los deseos”, dice Bernard Marx, uno de los personajes. Ufff, no me dirán que esta música no les suena. Jóvenes tan intensamente preparados para elevados desempeños laborales, como caprichosos e inmaduros, superficiales y deslumbrados por la tecnología. Sí, hacemos muchas risas con ‘Big Bang Theory’, pero cabe plantearse si ese es el tipo de individuo que definirá la sociedad del futuro. Otra píldora: “Supongo que todos ustedes recuerdan –dijo el interventor con su voz fuerte y grave- aquella hermosa e inspirada frase de nuestro Ford: ‘La historia es una patraña’”. La cita parece ser verídica, atribuida a Henry Ford, que en la novela se convierte en la única deidad admitida. El citado interventor gesticula con la mano, y Huxley ve los movimientos de un plumero que retira el polvo: allá van Caldea y Babilonia, Buda y Jesús, Atenas, Roma o Jerusalén. La Historia no existe, no interesa, como tampoco el arte o cualquier forma elaborada de pensamiento, sólo el presente y el futuro, el bienestar, la producción y el consumo.

Quizá lo que más impresiona de la novela es la naturaleza atrozmente actual de los mecanismos para adormecer la voluntad del individuo y programar las voluntades. Tirando en este caso de una exposición más metafórica, no sólo se ‘fabrican’ distintos tipos de individuos a demanda del mercado, sino que una vez ‘decantados’ (o sea, cuando salen del frasco) se ven sometidos durante su infancia a un bombardeo de imágenes y mensajes que recibe el nombre de hipnopedia, una especie de credo subliminal gracias al cual interiorizan los principios básicos de ese nuevo mundo. También esto nos resulta familiar. Realmente es estremecedora la nitidez profética con que lo expone Huxley hace casi un siglo.

Otra cosa es la vertiente estrictamente literaria. Huxley propone un elenco de personajes entre en el que, como era de esperar, empieza a despuntar cierta divergencia con las ideas dominantes en el mundo feliz. El Bernard Marx antes citado parece tomar la bandera de la disidencia, es un personaje contradictorio e interesante, pero va perdiendo protagonismo a favor de un contraste mucho más radical, a partir del descubrimiento de una reserva de ‘salvajes’, es decir, gente sin 'civilizar', ajena a la nueva sociedad, que puede conocerse como en un zoo. El foco pasa entonces a un joven de origen 'salvaje' inicialmente fascinado por ese mundo que aún no conoce, que pronto asumirá la figura de la rebeldía contra el sistema. Huxley incorpora en esa última parte algunos largos diálogos en los que expone la dialéctica entre los dos modelos, y a partir de ahí el hilo se desliza, en mi opinión, hacia una solución tal vez demasiado aparatosa y lineal, teñida de misticismo, con la que el nivel narrativo decae de forma patente.

Como lectores, nos encontramos por tanto ante una disyuntiva muy visible. Desde mi punto de vista, como novela, el libro es más bien endeble. Parte de buenos materiales pero no fraguan en un argumento sólido ni profundiza en las posibilidades que ofrece la historia. Si por el contrario nos centramos en la visión de ese escenario futuro y deshumanizado, la capacidad del autor resulta abrumadora: el dibujo es brutal pero aplastantemente lógico, incorpora con minuciosidad elementos filosóficos, económicos, religiosos o éticos, y demuestra una capacidad prospectiva deslumbrante teniendo en cuenta la época en que se escribe el libro.

A mi modo de entender, este segundo aspecto se presenta de forma tan brillante, es tan coherente y poderoso, que deja como irrelevantes las carencias que pueda presentar el libro como construcción literaria.

Otras obras de Aldous Huxley reseñadas en ULAD: aquí

sábado, 5 de agosto de 2017

Dennis Lehane: Ese mundo desaparecido

Idioma original: inglés
Título original: World Gone By
Año de publicación: 2016
Traducción: Enrique de Hériz
Valoración: recomendable

No descarto que sea yo quien tenga un problema cuando una novela es tan decididamente ajustada a los parámetros de género. Y esta lo es. Ese mundo desaparecido es una novela de gángsters o de mafiosos, con todas y cada una de las piezas que son imprescindibles en su construcción, y espero no dejarme demasiadas pues seguro que los voraces degustadores del género las disfrutarán y puede ser que hasta vociferen enfadados tildando mi valoración de fría o escasa o incluso de injusta.
Esto es lo encontraréis en Ese mundo desaparecido. Políticos corruptos, mujeres ricas pero fatales, mujeres pobres y desgraciadas, chivatazos, emboscadas, asesinos implacables, traiciones, asesinos crueles y refinados, reuniones de capos donde se toman decisiones, mares con tiburones, tipos que tienen armas escondidas en todas las estancias de su casa, mafiosos con lado humano, mafiosos que creen que no hay nada más humano que el crimen, arrepentidos, infiltrados, niños que desconocen a qué se dedican sus padres.
Y el cóctel es perfecto. El libro se lee volando y cada escena aporta y nos vemos trasladados a ese estado de Florida en los años 40, cuando las autoridades estadounidenses no están tan pendientes de cuatro pendencieros matándose entre ellos como de la eventual presencia de espías de los alemanes y de los japoneses, habida cuenta de la que está liada a muchos kilómetros de esas playas. Y la historia se degusta, claro, esa confesión desesperada de Theresa Del Fresco, asesina profesional que cumple prisión por un asesinato amateur. Ha destrozado a golpes de mazo la cabeza de su marido, un maltratador. Desde la cárcel, apremiada por dos intentos de acabar con ella, intenta contactar con Joe Coughlin, un mafioso en excedencia que está en el punto de mira, y Theresa lo sabe: planean asesinarlo el Miércoles de Ceniza. A cambio de esta confesión, Theresa quiere ser protegida a lo largo de los cinco años en que va estar encerrada, saliendo a tiempo de cuidar a su hijo, que entonces tendrá 8 años, y disfrutando de los pingües beneficios de su último golpe. Joe Coughlin tardará en dar crédito a ese soplo pero empezará a desconfiar de su entorno y a pensar que puede que sea así. Contactará con Lucius, personaje tópico donde los haya (la encarnación del Mal más errático y caprichoso) en la mejor escena del libro.
Anda: si he dicho escena.
Quería decir capítulo.
Y ese es el hándicap, pero muchos le llamarán virtud. Lehane (bregado, como la contratapa nos recuerda, en relaciones con el mundo visual - Mystic River, The Wire, Boardwalk Empire) parece escribir con esa condición en primer plano. Ese mundo desaparecido es un estupendo libro de género, pero todo el texto queda lastrado por una condición de guionizable que lo deja, como novela, en una condición incompleta que resulta difícil de describir. Como si no fuera capaz de proyectarse por sí mismo y necesitara de imágenes y de caras favoritas (algún actor conocido en horas bajas, algún secundario de una serie célebre) para transmitir su mensaje, como si fuera un borrador de algo que alcanzará su plenitud desarrollado por temporadas y con una caracterización de época que explique algunos de sus detalles extemporáneos (los encuentros furtivos de Coughlin con la altiva mujer del alcalde, por ejemplo) y los sitúe en un contexto con todas las de la ley.

viernes, 4 de agosto de 2017

Vera Giaconi: Seres queridos

Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable

Hace escasos días reseñábamos “Carne viva”, primer libro de la uruguaya Vera Giaconi. En él, Giaconi nos situaba ante personajes ubicados en el borde de la vida; personajes que, por un motivo u otro, no consiguen adaptarse a una “vida normal”. Este “Seres queridos” vendría a ser una continuación temática y estilística de “Carne viva”. 

A nivel estilístico, Giaconi apuesta por el realismo, por contar la cotidianeidad de sus personajes sin entrar a juzgarlos. No hay giros sorprendentes, no hay trucos de prestidigitación, solo vida, pura y dura. Se trata de un estilo sobrio, aséptico podríamos decir, en el que los pequeños detalles cobran gran importancia.

A nivel temático, estos relatos son variaciones acerca del “dolor de vivir”. El título del libro, “Seres queridos”, hace referencia a los lazos familiares, sentimentales o de amistad que unen a los protagonistas de los relatos. Pero esos lazos, generalmente asociados a sentimientos “positivos”, en muchas ocasiones están infestados de rencores, envidias, negatividad, etc. Los personajes, atados por los citados lazos, que protagonizan los relatos de “Seres queridos” son seres arrasados por mayores o menores tragedias personales, seres solitarios en su mayoría, seres que arrastran conflictos consigo mismos o con sus familiares, seres devastados. Son las diferentes reacciones ante estas situaciones las que constituyen las variaciones sobre el dolor de vivir.

Por ejemplo, “Pirañas”, que narra la conflictiva relación de dos hermanos, la cual oculta un conflicto aún mayor pero apenas visible. O “Los restos”, relato sobre dos hermanas que acuden a la casa de su otra hermana, recién fallecida, para ponerlo TODO en orden. O “Tasador”, relato en el que un hijo mira de frente el futuro, probablemente desolador, que deberá afrontar con su madre. O “Carne”, con un padre viudo y su hija adolescente que viven prácticamente incomunicados. Y así sucesivamente hasta llegar a “Reunión” (anda, igual que el relato de Cortázar incluido en “Todos los fuegos, el fuego”), el más extenso y el más oscuro de todos los relatos del libro, en el que la aparente vida normal de una pareja lleva consigo una doble y siniestra cara.

En fin, diez relatos acerca de la puta vida, incómodos y duros, de una autora a la que habrá de seguir de cerca.

También de Vera Giaconi en ULAD: Carne viva

jueves, 3 de agosto de 2017

Jakob Arjouni: Cinco idiotas

Idioma original: alemán
Título original: Idioten. Fünf Märchen
Año de publicación: 2003
Traducción: María Falcón Quintana
Valoración: está bien

El malogrado escritor alemán Jakob Arjouni, célebre por su serie del detective germano-turco Kayankaya, publicó en 2003 estos cinco cuentos que parten de una situación en común bastante original: a sus cinco protagonistas se les aparece un hada dispuesta a concederles un deseo -con ciertas restricciones, eso sí: no se puede pedir nada relacionado con la inmortalidad, la salud, el dinero o el amor. Ni la paz mundial o deseos así de genéricos-; ahora bien, una vez elegido, los cinco deberán asumir las consecuencias de lo deseado.

Que nadie piense, no obstante que se trata de cuentos destinados, supuestamente, al público infantil, con princesas, caballeros, cazadores y enanitos del bosque; los protagonistas de los relatos de Arjouni son, además de contemporáneos, inequívocamente urbanos  y, para ser más concretos, berlineses: un ejecutivo de una agencia de publicidad, un estudiante de cine, la dominante madre de una estrella del punk-rock, un viejo escritor de novelas populares y un periodista free-lance, casado con una exitosa pianista. Casi todos tienen en común, además, que su percepción sobre sí mismos y sobre sus circunstancias y problemas difieren con lo que piensan quienes les rodean: de ahí que se les pueda calificar, en su más amplio significado, como "idiotas", como hizo el autor de los relatos, aunque también les cuadra lo de "tontainas" o incluso el tan ibérico "gilipollas", habida cuenta de sus problemas para asumir la realidad en la que viven y, sobre todo, para acertar con el deseo capaz de cambiarla (aunque esto último, me temo, es algo que seguramente nos ocurriría a todos y esa me parece la gran enseñanza del libro).

El punto fuerte de los diferentes cuentos o relatos es, sin duda, la construcción de los personajes protagonistas y sus vicisitudes; magnífica en todos los relatos, es en especial divertida la de la Sra. Radek, protagonista de Legítima defensa -quizás el mejor relato de los cinco, en mi opinión- y del periodista free-lance y bastante beodo Manuel Reuter, en Happy end. Las apariciones del hada de los deseos también están contadas con grandes dosis de humor y sorprendente naturalidad. La realización de cada deseo, en cambio, parece peor resuelta: en unos casos, porque el autor no encontró una idea que proporcionara un final con la suficiente potencia y sorpresa como para equilibrar la estupenda primera parte del relato; o bien que trató de hilar tan fino -es el caso del cuento de la madre dominante  y también el del escritor, En el valle de la muerte- que el lector (al menos éste que escribe, quizá algo obtuso) se ve obligado a relaizar un ejercicio deductivo para encontrar sentido al relato. Lo que, en principio, no es algo malo, pero sí resulta contradictorio con el espíritu jocoso y satírico que anima a todos ellos. Aün así, resultan unas historias entretenidas, divertidas y muy bien escritas, lo que ya es bastante. El humor alemán, una vez más (y no dejo de sorprenderme por ello), en su mejor expresión.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Reseña a cuatro manos: Los últimos días de Nueva París de China Miéville

Idioma original: inglés
Título original: The Last Days of New Paris
Año de publicación: 2016
Traducción: Silvia Schettin
Valoración: está bien


"Entren en el estado más pasivo o receptivo de que sean capaces. prescindan de su genio, de su talento, y del genio y el talento de los demás. Digan hasta empaparse que la literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a todas partes. escriban deprisa, sin tema preconcebido, escriban lo sufic...."

China quién es China un escritor con nombre de país o de porcelana China Miéville Los últimos días de nueva París primero fue Unlundun luego Nueva París y La ciudad y la ciudad y un corazón que late debajo de la Torre Eiffel y es todo muy oscuro y muy wow y muy ufff y muy uy

una ciudad acosada por demonios devastada derruida destrozada la esvástica ondeando sobre la cúpula dorada de los Inválidos ante cuyos muros aúllan las mesas lobo (manifs) salidas de bosques tentaculares que los francotiradores mantienen en su punto de mira una ciudad surcada por vertiginosos tranvías desde un Sagrado Corazón envuelto en una piel grumosa de pintura negra mientras los cadáveres gigantes con cabeza de anciano y orugas por sombrero luchan a muerte con los colosos de mármol nazi ante las torres repletas de sangre y semen una ciudad que sólo puede salvar de los sacerdotes satánicos un héroe en pijama con las cartas del tarot de Marsella y una fotógrafa de manifs y de demonios que no se sabe bien si trabaja para unos o para otros o para los dos y una guerra que se va a decidir

novela original muy original alocada muy alocada con dos o tres o cuatro ideas absolutamente geniales heredera directa del surrealismo heredera directa y expresa del surrealismo de primera hornada están todos los que fueron y fueron todos los que están y novela de terror y fantasía y épica sobre todo épica disparos explosiones monstruos

novela con ilustraciones pocas pero ah necesarias

pero también novela algo repetitiva y de estructura anodina personajes planos y arquetípicos videojuego con palabras enemigos cada vez más grandes hasta llegar al último enemigo que cómo no quién iba a imaginarlo el último monstruo es el monstruo más monstruo que produjo el siglo XX y hasta aquí puedo leer

no lo mejor de su autor no lo mejor no pero siempre original siempre imaginativo desbordante China escritor con nombre de país y de porcelana aunque ha tenido días mejores nunca deja de merecer la pena leerlo no incluso cuando escribe un videojuego con palabras

Firmado: Juan G. B. y Santi

martes, 1 de agosto de 2017

Adam Haslett: Union Atlantic

Idioma original: inglés
Título original: Union Atlantic
Año de publicación: 2009
Valoración: recomendable

Después de haber devorado «Imagina que no estoy», su más reciente novela hasta la fecha, tenía curiosidad por leer otro libro del autor, y en este caso con una temática totalmente diferente.

Publicado en plena crisis económica, el libro se centra especialmente en los hechos que provocaron la caída de Lehman Brothers y sacudieron la economía mundial. Aún hoy seguimos sufriendo sus consecuencias, pagando todos por la temeridad de algunos, en aquellos tiempos de aparente bonanza. Aunque se trate de un libro de ficción donde la crisis económica es el telón de fondo de la novela, sí sirve para recordar el porqué de lo sucedido, no únicamente en clave económica, sino también sociológica.

El libro empieza con un prólogo bélico donde se nos explica el pasado en el ejército de Doug Fanning, magnate de las finanzas. Ya en el primer capítulo vemos rápidamente la evolución del personaje hasta situarnos en el presente y somos testigos de la disputa que tiene con su vecina, Charlotte Graves, acerca del impacto que la construcción de la nueva mansión de Doug ha causado en los terrenos donde ella vivió su niñez, rodeada antiguamente de campos que la mansión de Doug ha destruido. Así, tenemos el escenario del conflicto entre los dos personajes principales de la novela. En paralelo, el autor nos descubre cómo, en el banco donde trabaja Doug, se ha producido un problema de liquidez a raíz de una mala especulación bancaria que, a su vez, afecta al hermano de Charlotte, presidente de la reserva federal de Nueva York. Además, en medio de tal embrollo, aparece Nate, un estudiante a quien Charlotte da clases particulares y que a la vez está relacionado con Doug. Estos personajes conforman el núcleo alrededor del cual se desarrolla la trama de esta novela.

A partir de ahí, la historia se desarrolla en torno a este conflicto entre personajes. La lucha entre dos personalidades tan distantes y extremas como las de Doug y Charlotte sirven como ejemplo del choque de culturas y mentalidades que el autor quiere exponer. Hablamos de Doug y de su casa ostentosa, inmensa, insultantemente majestuosa, pero vacía por dentro, sin muebles ni indicios de servir de hogar para una vida; en el otro extremo, la de Charlote, en claro contraste por la calidez de un hogar antiguo, lleno de vida, de libros. Así, de forma análoga a la vida de sus habitantes, vemos los extremos de la sociedad retratada: mundo exterior vs mundo interior, ostentación vs humildad, apariencia vs intimidad. 

En una primera parte donde vemos el origen de lo que está a punto de suceder, Haslett nos hace un perfecto retrato de los personajes, aunque hay cierto exceso en el pasado de Charlotte, proporcionando demasiado detalle sobre su pasado que, aunque permite ver cómo llega a la situación actual, no es de excesivo interés; tampoco lo son sus habituales conversaciones con sus perros, ya que le restan credibilidad al personaje al caricaturizarlo.

A excepción de este aspecto, el libro es interesante por estar nutrido de elementos de denuncia: se aborda (aunque levemente) el conflicto en Afganistán, se exponen los motivos por los cuales una ambición desmesurada, sin escrúpulos, de los agentes de bolsa e inversores cortoplacistas provocó la caída del sistema financiero mundial; se denuncia la pérdida de valores al importar más aquello que se aparenta que lo que se es, así como el enaltecimiento de la ostentación como aspiración máxima en la vida. Se critica la pérdida de los valores transmitidos por las generaciones anteriores, así como también a la adolescencia sin ideales y sus flirteos con las drogas, el alcohol y el sexo. De todos modos, a pesar de las buenas intenciones del autor, echo de menos una mayor profundidad en el desarrollo de los temas expuestos y también percibo un exceso de tendencia hacia el thriller empresarial (a la manera de John Grisham en «La tapadera» o Joseph Finder en «Paranoia»). Si el autor hubiera dejado de lado ciertas inclinaciones hacia lo superficial y acercamientos a la novela de nihilismo juvenil (a lo Bret Easton Ellis de «Los confidentes» o «Menos que cero») y se hubiera centrado en la trama principal, probablemente hubiera abarcado menos temas, pero le hubiera quedado una novela más redonda. 

En cualquier caso, el marco donde se engloba la historia es bueno, la intención es clara y los personajes están bien definidos. El ritmo es algo y engancha. Lo que lastra la novela y su valoración es la conjunción de todos los elementos, bien definidos pero no bien entrelazados; como si su mera presencia fuera suficiente para sostener la historia. Aun así, a pesar de estos inconvenientes, la novela se lee a una velocidad abismal, y parece ser seña de identidad del autor, a juzgar por lo que también me ocurrió con «Imagina que no estoy» aunque en ese caso el libro es mucho mejor, más redondo, profundo e interesante. 

Con esta novela, Haslett nos habla acerca del boom financiero previo a la caída de Lehman Brothers, a esa época donde la gente vivía montada en el dólar, donde los campos y bosques fueron devastados para construir urbanizaciones. Donde la especulación estaba a la orden del día y parecía que todo el mundo podía ser rico, y es más, debía serlo. La falta de escrúpulos propia de quién tiene un exceso de ambición. Eran tiempos de ganar a toda costa, de arribismo desmesurado, de ambición sin límites; todo lo perdido en escrúpulos, se ganaba en dinero. Todo esto nos suena, nos retumba en la cabeza, nos sorprende y nos indigna. Pero existió. Y existe. Y es real. Y puede suceder de nuevo porque la ambición no entiende de épocas, solo de posibilidades.

También de Adam Haslett en ULAD: Imagina que no estoy, Aquí no eres un extraño, Madres e hijos