miércoles, 14 de septiembre de 2016

Marcel Proust: El tiempo recobrado (En busca del tiempo perdido VII)

Idioma orginal: Francés
Título original: Le temps retrouvé
Traducción: Consuelo Berges
Año de publicación: 1927
Valoración: Muy recomendable

Llegamos, por fin, al último tomo de la monumental "En busca del tiempo perdido": "El tiempo recobrado", publicado en 1927, cinco años después del fallecimiento de Marcel Proust.

Pese a su título, que a algún lector desprevenido podría llevar a pensar en algo alegre por aquello de la recuperación del tiempo perdido, se trata del tomo más otoñal, más melancólico de toda la obra. La guerra, la Primera Guerra Mundial, la muerte y la enfermedad sobrevuelan todo el libro. Viejos conocidos de tomos anteriores reaparecen en "El tiempo recobrado" (hay que tener en cuenta que la obra transcurre varios años despúes de "La fugitiva") y lo hacen envejecidos y cambiados. El narrador también ha cambiado y es que el Tiempo, con mayúsculas, ha hecho su oscuro trabajo.

La obra, a pesar de que se presenta sin separaciones ni capítulos, podemos dividirla en dos partes.

La primera se centra, fundamentalmente, en los encuentros de nuestro protagonista con dos viejos conocidos: su amigo Roberto de Saint-Loup y el barón de Charlus. También nos reencontraremos con personajes fundamentales de otras partes de la obra, como Odette, Gilberta o la duquesa de Guermantes. A raiz de estos encuentros y de su impresión en el narrador, comenzará la reflexión del autor sobre el Tiempo, sobre su efecto sobre las personas y los hechos, que creíamos de determinada forma y, por culpa del Tiempo, ahora vemos bajo una perspectiva diferente. Esto le llevará a repasar  y repensar hechos y personas fundamentales de su vida.

La segunda parte podríamos definirla como el "epílogo" de En busca del tiempo perdido. En ella, Proust se entrega a un ejercicio de... ¡metaliteratura! Sí, todo está inventado.
Analiza la relación del Arte en general, y la Literatura en particular, con la vida. Explica la función, según Proust, de la Literatura. Y explica lo que trata de obtener o de representar con su obra. Verdaderamente, se trata de un muy buen colofón a la incesante busca y resulta muy interesante para tratar de comprender el sentido o el objetivo de tan magna obra.

En este último tomo, a diferencia de los anteriores, asistimos a más diálogos entre los personajes.  La prosa es más ágil o, al menos, esa impresión me ha dado. A pesar de esto, el estilo de Proust es el que es. O lo amas o lo detestas. Nada puede cambiarlo y no es necesario añadir más.

Solamente, para cerrar, decir que, aunque esté ligeramente por debajo del nivel de "La prisionera" o "La fugitiva", "El tiempo recobrado" es un muy buen final para "la gran novela sobre la memoria", una verdadera experiencia como lector.






martes, 13 de septiembre de 2016

Emma Cline: Las chicas

Idioma original: inglés
Título original: The girls
Año de publicación: 2016
Traducción: Inga Pellisa
Valoración: muy recomendable


Traductores, correctores y editores. Reivindicados por diversos motivos, de vez en cuando, demasiado poco a menudo. Pero qué decir del anonimato de la gente que redacta los textos de las solapas y las contraportadas de los libros. Responsables de que el potencial lector sea empujado o disuadido. Sí: junto a otros factores, como la prensa o, ejem, los blogs. Qué difícil. Comprimir en una veintena de lineas lo suficiente para que se sepa algo sobre el libro, quizás sobre el autor. Y evitar que sea demasiado, incitar al hojeo, suscitar interés, dar pistas, sin pasarse. Qué difícil, otra vez, y en este caso. Mencionar a Charles Manson y haber leído algún otro trozo de sinopsis en algún lado y saber a qué chicas se refiere. Leer que se basa o adapta o evoca. Y qué rápido lo cuadramos todo. Sharon Tate, embarazada. Polanski. La sangre de las víctimas usada para escribir insultos. El número de puñaladas.

Y ¿en qué consistirá adaptarlo? ¿Serán menos los asesinos, serán diferentes? ¿Se desarrollarán los hechos de otra manera? ¿Quizás en ese momento terrible por el que esperaremos las páginas que haga falta, lo que se cambie al adaptar consista en no cometer el crimen ? ¿En dar un abrazo? Buf. No.
Parece, pues, que eso de adaptar tenga una triple finalidad: evitar la pura crónica periodística, sortear eventuales implicaciones legales y, last but not least, dar rienda suelta al aspecto creativo.

Las chicas se presenta en pleno mes de rentrée como una de las apuestas de Anagrama. Autora joven y novel que no escribe como tal. Temática con gancho, pero con trampa. Todos tenemos ese concepto metido en vena. Pocos presos más célebres que Manson, pocos crímenes tan evocados una y otra vez, con todos sus ingredientes. Con lo que lo que es una apuesta segura puede convertirse en un elemento que predisponga demasiado. Aquí el lector morboso (los hay a montones) no perdonará omisiones que dulcifiquen los hechos. Que estamos en 2016 y ya nos hemos hartado de sangre y crueldad sugerida o echada en toda la cara.
Pues bien: sin ceder a la truculencia que garantizaría un cierto tipo de tirón, la de Cline es una muy buena novela. Novela. Treinta líneas, y ya lo he dicho (no sirvo para redactar notas de contratapa, entonces). Y lo es porque Cline ha elegido un tono propio para el personaje central, Evie Boyd, adolescente cargada de todos los lastres de los catorce años que encuentra en lo que Suzanne (chica que lidera al grupo de chicas del rancho en que una comunidad hippy liderada por un gurú malvive entre basura y coches desguazados) le ofrece una vía de escapatoria de la abrumadora realidad que la ahoga: pocos amigos, padres recién divorciados, madre ennoviada con un patán fanático del cuento de la lechera. Cline involucra al lector en la confección de esa telaraña de la fascinación inexplicable por lo inconveniente. Con un tono que manifiesta una progresiva pérdida de inocencia, que advierte de lo inexorable que se avecina. Recordándome algo dos novelas que me gustaron mucho: Algo pasa con Kevin y Canadá.
Evie siente esa atracción por el lado salvaje que se manifiesta en actos de rebeldía inexplicables. Cómo se entiende, si no, que pasen horas desde que salga huyendo de su casa en bicicleta a que le practique una felación a Russell, gurú, guisa del Manson rodeado de acólitos y roña, que monta en cólera cuando Mitch declina producirle el disco que tanto ansía. O que decida asaltar, sin control sobre lo que pueda suceder, la casa de unos vecinos. California, últimos 60. Droga, mugre, pose ante la vida, idolatría inexplicable, amor libre, puesta en duda de todos los valores tradicionales. Evie va y viene en búsqueda del hogar que siente que le falta, en  busca de emociones en la vida, en busca de la experiencia iniciática que la proyecte por encima de todos sus aburridos y monótonos compañeros de escuela, que la libere de esos monstruos que la asolan. Evie en la actualidad, en una narración centrada en el pasado cuyos hechos del presente no siempre está justificado explicar, ya consciente, con una involucración no central en los hechos (desde el principio se conoce: está libre) vs Evie del pasado, aturdida, ansiosa sin saber exactamente de qué, absorbida pero no del todo, dejándose llevar, buscando respuestas en las sonrisas y en las actitudes. Pero dudando, y esa duda permanente la mantendrá a flote.
Creo que la elección de Evie como narradora puede suscitar controversia. Habrá quien tilde a la autora de timorata por no tomar el papel de uno de los personajes clave en la cuestión criminal, como si prestarle las riendas a alguien más involucrado comprometiese más ya no la narración sino el énfasis en ciertos hechos narrados, hasta la propia evolución de la novela.
Cline aún puede pulir detalles: tres personajes centrales poderosos (curioso, Russell, el más desdibujado, como poniendo en duda su infuencia potencial) eclipsan las funciones de los secundarios, que a veces quedan difusos. Sus descripciones a veces obedecen a un patrón muy definido. Curioso su énfasis en describir olores. Pero, y no hay que negar que la elección de la temática es una baza muy segura para interesar al lector, nada de eso ha de eclipsar su poder narrativo. Cline como narradora no muestra las maneras de un autor que vaya a incidir en lo mismo a continuación. Se adivina potencial para afrontar otros registros. De momento, Las chicas: trescientas páginas de crescendo que pasan volando. 

lunes, 12 de septiembre de 2016

John Vermeulen: El jardín de las delicias

Idioma original: neerlandés
Título original: De tuin der lusten
Año de publicación: 2001
Traducción: Marta Arguilé Bernal
Valoración: está bien

Se cumple este año el quinto centenario de la muerte del eximio pintor Hyeronimus Bosch, "El Bosco" (no confundir con el personaje de Michael Connelly, por favor), con los previsibles y supongo que inevitables homenajes, publicaciones y exposiciones de sus obras (al menos en su ciudad natal y en Madrid, donde tengo entendido que el museo del Prado ha aprovechado para subir el precio de las entradas); parece oportuna, por tanto, la lectura de esta biografía novelada del artista, escrita por el belga John Vermeulen. 

Biografía novelada o  más bien novela basada en su biografía, pues es poco lo que se conoce a ciencia cierta sobre Jeroen van Aken -verdadero nombre de El Bosco- aparte de la fecha de su muerte, su ingreso en la hermandad de Nuestra Señora y algún que otro detalle de su familia... de hecho, incluso la autoría de muchas de sus supuestas obras ha sido puesta en entredicho en los últimos años. Así que Vermeulen, legítimamente, optó por imaginar una de las vidas posibles que podía haber tenido el pintor, centrándose, sobre todo en dos aspectos -aunque con una estrecha imbricación de uno con otro-: por una parte, la relación con los demás miembros de su familia y, sobre todo, con su díscola hermana Herberta -relación que Vermeulen elucubra poco fraterna o, más bien, fraterna en exceso...-; por otro lado, su ansia de libertad intelectual para plasmar en sus cuadros todas las visiones y creaciones que su vívida imaginación creaba, así como para conocer las múltiples formas de acceso a la sabiduría (alguna de las cuales sigue siendo bastante popular hoy en día), al margen de la restricitiva ortodoxia que imponían la Iglesia y las probas costumbres en aquel siglo XV; en efecto, en la novela tanto El Bosco como varios de sus familiares y amigos se las ven tiesas con la Inquisición, comandada además en esa ciudad de s'Hertogenbosch -o Bolduque, en español- por nada menos que el despiadado e implacable Jacob Sprenger, co-autor del célebre Malleus Maleficarum (sí, lo sé, ese libro que tanta gente tiene en su mesilla de noche), obra que sirvió para enviar a la hoguera a miles de personas acusadas de brujería, en aquellos tiempos tan jubilosos...

Por lo demás, la novela de Vermeulen resulta más que correcta e incluso amena, ofreciendo un abigarrado retrato de época  en el que encontramos tanto a burgueses y clérigos como hampones, prostitutas y artistas, alquimistas e inquisidores. Un panorama quizá demasiado ordenado y dirigido como para dar como resultado una novela memorable, pero sí lo suficientemente rico para darnos una idea de lo que pudo ser -ya que todo es una recreación aproximativa- un tiempo en el que la más mínima divergencia se consideraba inspirada por el propio demonio y, sin embargo, un pintor se atrevió a plasmar en sus obras todo tipo de imágenes insólitas y perturbadoras, incluso heréticas -según para quién- y no sólo salir indemne, sino acabar por ser considerado uno de los mayores, aunque tal vez el más enigmático, maestro de su arte. 

domingo, 11 de septiembre de 2016

Mathias Enard: Zona

Resultado de imagen de enard zona amazonIdioma original: francés
Título original: Zone
Año de publicación: 2008
Valoración: Muy recomendable


Mathias Enard es uno de esos testigos nacidos en la Europa del último tercio de siglo que no se conforman con enfocar su mirada hacia la zona –un Mediterráneo tórrido desde todos los puntos de vista– para tratar de entender algo, además se atreven a bucear en ella. Eso le dota de la credibilidad necesaria para invitar a sus lectores a seguirle. Porque enfrentarse a Zona es mucho más que “sumergirse en la lectura de”, un lugar común que, en este caso, se queda corto pues la novela no admite medias tintas: o buceamos, nosotros también, en lo más profundo de sus aguas, moviéndonos entre una frase y otra con la mayor concentración posible o resbalamos sin interés por ellas para abandonar enseguida por puro aburrimiento. Esto es así porque el esmerado flujo de conciencia del autor no solo nos enfrenta a una realidad complejísima, violenta y éticamente inasumible, no solo se embarca en un relato errático y con apenas signos de puntuación, es que aporta tal cantidad de datos sobre los asuntos que trata, de referencias culturales e históricas, nos sitúa en tantos focos distintos –cada uno con sus correspondientes sucesos y actores implicados– que haberlos recopilado, es más, haberlos condensado después, bien comprimidos, como una píldora minúscula compuesta por cientos de ingredientes supone un esfuerzo titánico y nos deja con la sensación de que la verdadera realidad está debajo y lo que se muestra no es más que la minúscula arista de un iceberg enorme.
Nada de lo que diga aquí puede aproximarse a lo que van a encontrar en Zone pero lo intentaré de todas formas. Adivinamos a un escritor que conoce el árabe y el persa, que ha contemplado cada escenario e interrogado a la cantidad y variedad de informantes que se mencionan en la nota final en ese viaje a ninguna parte –metáfora de los avances del siglo pasado– emprendido por el protagonista. Su persona encarna la dualidad que preside el texto: oriente versus occidente, paz frente a guerra, cristiandad frente a islam, palestinos frente a israelíes, croatas frente a serbios, odio y crueldad frente a amistad entrañable, insensibilidad frente a dolor, traición frente a idealismo, individualismo frente a conciencia de grupo… el ciudadano de origen franco-croata Francis Servain Mirkovic reconvertido en Yvan Deroy, en un intento, fallido o no, de abrazar otra identidad para incorporarse a un anonimato que, quizá le esté vedado ya, a esas alturas.
En esta evidente reivindicación de la memoria, tan adulterada por los poderes de turno como (paradójicamente) olvidada, y sin embargo imprescindible para no repetir los errores, se atisba una visión de la guerra como forma de dar sentido a la vida, sobre todo en el entrecortado relato sobre la desintegración de Yugoslavia, pero ahí tenemos a Argelia, Israel, Palestina, Siria, Líbano. Y, en el sur, en el norte, sobrevolando el relato, encontramos a los servicios de inteligencia atribuyéndose el papel de árbitros. Sus consecuencias son obvias: espionaje (doble o sencillo), bombardeos, asesinatos, saqueos, violaciones, brutalidad salvaje, propósito de lucro, ira, venganza. Y la culpa presidiéndolo todo, la de Mirkovic y la otra, más difusa pero presente en cada palabra, pues Enard no indulta a occidente, al contrario, le responsabiliza de intentar sacar tajada por todos los medios. No obstante, no toma partido, los hechos están ahí.
Me consta que el autor ha tenido muy presente a Homero. ¿Será Francis Servain el tercer Ulises, el Vaticano la nueva Ítaca, el tren una nave renovada, la rusa Sasha una improbable Penélope? Cada lector tiene su respuesta. Pero solo han pasado ocho años, puede que todavía sea pronto; como siempre, el tiempo hablará.


Otros libros de Mathias Enard reseñados en Un Libro Al DíaBrújula

sábado, 10 de septiembre de 2016

Ramón J. Sender: Réquiem por un campesino español

Idioma original: español
Año de publicación: 1.953
Valoración: Recomendable

La muerte como sublimación de la conciencia política o de clase, o de las pasiones humanas, es una constante en la literatura española de principios/mediados del siglo XX. Todo parece conducir a ella en un país y una época donde la ‘lucha a garrotazos’ es ya todo un tópico. Por su parte, el réquiem constituye la máxima solemnidad, no sólo vinculada al hecho mortuorio –más aún si ha mediado violencia- sino, sobre todo, a la figura del difunto, sus méritos y valores, su vida interrumpida, a todo lo cual se rinde homenaje a la vista del Altísimo. Es decir, escenificación y semblanza ajustados a las formalidades de la liturgia, con el cadáver todavía tibio. Lo que no está tan lejos de algunas costumbres recientemente importadas, cosa curiosa.

Pero lo decisivo es que el réquiem añade al deceso el componente religioso, fundamental en la cultura española hasta tiempos no lejanos, y asumido, manejado y presentado –con todas sus contradicciones- por la mayoría de autores. Si a la muerte le sumamos por tanto una figura clerical como catalizador, e insertamos todos los elementos en un ambiente rural, dominado por la desigualdad, el atraso y la pobreza, tenemos todos los ingredientes de 'Réquiem... '

Mientras Mosén Millán prepara la misa por el joven Paco el del Molino, el cura va hilvanando sus recuerdos sobre el difunto, de cuya vida completa fue espectador y también un poco protagonista. Paco era un joven campesino, desenvuelto y un punto arrogante, que pronto demostró cierta capacidad para pensar por sí mismo, y en los primeros años 30 (parece que con la llegada de la República, aunque el escenario temporal no termina de estar claro) pasó con toda naturalidad a convertirse en uno de los nuevos dirigentes locales, elegidos democráticamente. No seguiré para no incurrir en espoiler, pero todo huele enseguida a tragedia: los nuevos tiempos políticos vs. los poderes tradicionales, el pueblo inculto y tornadizo, el sacerdote pillado por la Historia en fuera de juego.

La figura del religioso y el entorno áspero de una perdida aldea española hacen pensar inmediatamente en 'San Manuel Bueno, mártir'las semejanzas no van más allá, aunque volvemos a detectar el gusto de muchos autores por poner a los curas en situaciones complicadas: Manuel Bueno tenía un problema de fé, y Mosén Millán lo tiene de conciencia. 

Tampoco vamos a negar que, como les ocurre a muchas otras obras, esta novela es un producto inseparable de su época. No diré que ha envejecido mal –que creo que no-, pero sí que, transcurrido cerca de un siglo desde el tiempo en que se sitúa, en esta etapa de internet y globalización resulta algo difícil identificarse con la situación que propone Sender. De forma que, dentro de lo escueto que es el libro, quizá nos cueste unas cuantas páginas hacernos con ese escenario que nos resulta tan ajeno -aunque puedan no serlo tanto los conflictos que se plantean.

Pero el relato está bien construido y facilita la tarea, manteniendo la apuesta por el realismo y la dialéctica social. Aunque de antemano conozcamos lo que ocurre al final, la narración no pierde el interés, va cambiando poco a poco de tono –del sombrío inicial al mucho más sombrío del final- y la prosa sobria y contundente de Sender no deja que nos alejemos del objetivo. Todo lo que se cuenta tiene un sentido, y no hay nada que sobre.

Y, por si fuera poco, el autor deja algunas imágenes excepcionales, como cuando relata cómo Paco, de chico, salía ‘de la Semana Santa como convaleciente de una enfermedad’. O esa extrañísima aparición de una mula dentro de la iglesia justo antes de la misa, algo que seguro habrá fascinado a otro aragonés ilustre como don Luis Buñuel.

Otras obras de Ramón J. Sender en ULAD: El bandido adolescente


viernes, 9 de septiembre de 2016

Bernardo Kucinski: Las tres muertes de K.

Idioma original: portugués
Titulo original: K
Año de publicación: 2012
Traducción: Teresa Matarranz
Valoración: muy recomendable

Debo advertir a quienes nos leen desde ciertos países de Sudamérica que la lectura de esta novela puede convertirse en una experiencia poco agradable. Muchas heridas continúan abiertas y la conclusión no es demasiado esperanzadora. Desde luego no es la primera novela que trata de los desaparecidos bajo las dictaduras, pero lo hace de una forma particularmente desoladora. Porque aquí no se incide en las torturas, en el maltrato físico, en las cifras y en las estadísticas, planteamientos todos ellos completamente necesarios y que complementan y rellenan todo hueco necesario. Aquí hablamos de ese terrorismo de estado, de ese bloque monolítico con el que la maquinaria represora se niega a sí misma. Y de impunidad, de silencio, de trabas y coacciones y crueldad infinita.

Porque la historia de K, padre de una desaparecida, profesora de Química en la Universidad de Sao Paulo, su búsqueda obsesiva y sin descanso (como solamente puede ser la búsqueda de un padre) es el nudo de esta novela. Sus palos de ciego, sus indagaciones estériles, sus escritos a los medios, su participación en manifestaciones y foros, su denuncia individual y colectiva, su lucha contra el paso del tiempo y contra sus efectos de olvido y relativización.

Porque ese aferramiento a la esperanza ya parte de unas posibilidades muy bajas. Al inicio de la novela la hija de K lleva unos días desaparecida, la depuración de activistas de izquierdas llevada a cabo por la Junta Militar brasileña funciona a pleno rendimiento. K, judío de ascendencia polaca, ya arrastra un pasado vinculado al horror como mecanismo del poder. La huida del nazismo de su familia, ese recuerdo, aporta un adicional de dramatismo a la situación, y nos presenta incluso un chocante planteamiento. Cómo se compara una matanza organizada y controlada burocrática y administrativamente como la del nazismo con lo que parece ser una destrucción descontrolada y caótica como la del régimen brasileño. Así que conforme avanzan los capítulos comprendemos y asumimos que la pérdida de la batalla en la que K se sumerge es irreversible, y que no solo se enfrenta a un muro de opacidad sino a una especie de perverso laberinto de confusión deliberada con la finalidad de hundirlo también a él. Los breves, pero impactantes y memorables, capítulos que se alternan y otorgan desde el punto de vista de "la parte contraria", a poco que se comprenda que ésa es la respuesta de una maquinaria estatal que, dicen, debe proteger a sus ciudadanos, entre otras cosas, de injusticia y arbitrariedad, resultan crueles y escalofriantes. Porque es normal que torturadores y militares mantengan esa actitud de protección corporativa, conscientes de lo criminal de sus actos. Pero su perversa influencia (por ejemplo, cuando una imprenta se niega a colaborar imprimiendo - bajo pago - unos impresos denunciando la situación) se nos manifiesta de forma que, por lejanos que sean los hechos, nos espeluzna. 
Sin ninguna duda esta es una obra de denuncia. Kucinski tuvo un familiar cercano en muy parecidas circunstancias. Él mismo tuvo que exiliarse y esta estupenda novela parece, en demasiados momentos, una adaptación de hechos reales con los cambios justos para no exponerse a la luz pública en demasía. Ello no es, para nada, un hándicap ni una falta de implicación, y las opiniones sobre la oportunidad de revisar estos hechos dependen, ya sabemos, muy a menudo, de la visión personal de cada uno.
Y añadid lo de leerlo en un país lleno de fosas en las cunetas.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Jean Echenoz: Capricho de la reina

Idioma original: Francés
Título original: Caprice de la reine
Traducción: Javier Albiñana
Año de publicación: 2014
Valoración:Decepcionante

Duda existencial: ¿Qué valoración otorgar a un libro que contiene siete relatos de los cuales tres te han gustado (en mayor o menor medida) y cuatro te han dejado bastante frío?

Por un lado, ya he leído varias obras de Echenoz, de su primera etapa ("Cherokee" o "El meridiano de Greenwich") y de su etapa más reciente ("Ravel", "Correr" o "14"), y es un autor que, en general, me gusta.

Por otro lado, y precisamente porque es un escritor que me gusta, el libro ... Va, me explico.

De los siete relatos que componen el libro, todos ellos recopilados para la ocasión de diferentes lugares y tiempos, me quedo con los tres siguientes:
  • "Nelson", que vendría a ser la versión breve y con un punto de guasa de "Ravel" o de "Correr" siendo el protagonista, en esta ocasión, el Almirante Nelson.
  • "En Babilonia", relato con el que Echenoz desmitifica alguno de los grandes nombres de la Historia (como ciencia).
  • "Ingeniería civil", el mejor y más largo de los relatos, cargado de ironía y humor negro, y que me ha recordado a sus libros de su primera etapa.
El resto de los relatos, "Capricho de la reina", "Nitrox", "20 mujeres en el Parque de Luxemburgo" y "Tres bocadillos en Le Bourget", me han parecido simples ejercicios de estilo del autor. Sí, Echenoz escribe bien, pero una panorámica de 360º de un paisaje de La Mayenne o una breve descripción de veinte estatuas de reinas, aristócratas y santas no es algo que, personalmente, busque en un libro de relatos. Espero algo que me sorprenda, que me conmueva, que me dé qué pensar. No eso.
Además, entre las virtudes de la escritura de Echenoz están la ironía o humor negro, y en estos relatos brillan por su ausencia.

Así que lo más apropiado me parece un "Decepcionante". Los tres relatos mencionados ("Nelson", "En Babilonia" e "Ingeniería civil") no compensan el fiasco que me he llevado con los demás.

Ay, vaya racha que llevo ultimamente con Anagrama. Y mira que me jode.

También de Jean Echenoz en ULAD: CorrerRelámpagosRavel14