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sábado, 14 de junio de 2014

Ramon Saizarbitoria: Martutene

Idioma original: euskera
Título original: Martutene
Año de publicación: 2012
Valoración: Muy recomendable

Voy a empezar a lo grande: Ramon Saizarbitoria es, para mí, el mejor escritor vasco (en euskera) vivo. ¿Mejor que Atxaga? Pues, aunque estas comparaciones sean siempre incómodas en innecesarias: sí, en mi opinión, mejor que Atxaga, aunque no haya tenido ni mucho menos la misma difusión o el mismo reconocimiento, fuera del País Vasco al menos. Ya he reseñado por aquí una parte importante importante de la producción de Saizarbitoria (Cien metros, Los pasos incontables y Guárdame bajo tierra), y ahora le toca el turno a su última novela, su obra más ambiciosa y probablemente su obra maestra, salvo que en los años próximos le quede todavía aliento como para intentar algo todavía de mayor envergadura. Que nunca se sabe.

Martutene es, como su nombre indica, una novela ligada a un espacio: el barrio donostiarra de Martutene. En él conviven dos parejas que se entrecruzan de maneras diversas: Martín (un escritor egocéntrico y algo ridículo, como suelen ser los escritores en las novelas de Saizarbitoria) y Julia (traductora), por un lado; Iñaki Abaitua (ginecólogo) y Pilar (neurocirujana) por otro. La vida de los dos matrimonios se ve sacudida por la llegada de Lynn, una joven socióloga estadounidense que se aloja en casa de Martín y Julia, pero que comienza una apasionada relación sentimental con Iñaki Abaitua.

Saizarbitoria intenta en Martutene (así lo entiendo yo, por lo menos) analizar los fracasos, frustraciones y culpas de su generación: culpas individuales (profesionales, sentimentales, artísticas) y colectivas, derivadas unas veces del Franquismo (los vencedores que se aprovecharon de los vencidos) y otras del "conflicto vasco", como cuando el escritor reflexiona sobre su papel (¿insuficiente?) como voz de las víctimas. (El propio Saizarbitoria, en un acto público no hace mucho pedía perdón y reconocía que "en los años ochenta, yo no veía el sufrimiento de las víctimas"; obviamente esta reflexión se traslada a Martutene).

Martutene es, por eso, una novela monumental, ambiciosa, exigente. Aunque la trama sentimental de Lynn e Iñaki Abaitu se impone como el eje argumental principal, no son menos importantes otras muchas tramas y temas paralelos como las reflexiones de Julia sobre su relación con Martín, o las páginas que se refieren a la burocracia hospitalaria o a los problemas de Pilar para mantener la clínica familiar; otros personajes secundarios, como Harri o Kepa, sirven para ampliar la gama de posturas vitales y políticas ante la realidad vasca, o ante la realidad universal. (Porque la preeminencia de la identidad vasca sobre otras identidades es también otro tema cuestionado por el propio texto).


Es imposible no referirse al intenso proceso de intertextualidad que Saizarbitoria construye entre su novela y Montauk, de Max Frisch (que espero reseñar en breve): en la obra del suizo la protagonista femenina, que también se llama Lynn, se ve envuelta en una relación con un hombre mayor y casado, y muchas de las situaciones y conversaciones se traspasan de una novela a otra de manera literal o casi literal. Después de leída Montauk, la proximidad parece casi excesiva; es, desde luego, totalmente deliberada. También el multilingüismo del texto, que Saizarbitoria ya había ensayado en

Solo algunos leves defectos, que no empañan en absoluto el conjunto, me llevan a calificar la obra como "Muy recomendable" y no como "Imprescindible". Algunas de las tramas narrativas me resultan poco atractivas, por no decir pesadas, molestas: es el caso de la historia de Harri, obsesionada con encontrar a un desconocido que conoció en un avión (mientras leía, cómo no, Montauk de Max Frisch). Y el desenlace, que no voy a destripar, me pareció demasiado melodramático, demasiado forzado. Innecesario, puesto que la mayoría de los hilos narrativos circulaban ya hacia un desenlace más natural y menos sentimental.

En cualquier caso, Martutene es una novela que merece la pena leer, porque representa lo mejor que ha dado la literatura vasca en los últimos años, sin duda; si hubiera sido escrita originalmente en español, habría recibido sin duda una atención mucho mayor; y no habría estado de más, sin quitar ningún mérito a José María Merino, que se hubiera alzado con el Premio Nacional de Narrativa de 2013. Quien quiera leerla en español, puede hacerlo gracias a la traducción de Madalen Saizarbitoria, revisada por el propio autor.


También de Saizarbitoria en ULAD: Cien metros, Los pasos incontables, Guárdame bajo tierra, Porque empieza cada día

miércoles, 9 de octubre de 2013

Ramon Saizarbitoria: Los pasos incontables

Idioma original: euskera
Título original: Hamaika pauso
Año de publicación: 1995
Valoración: Muy recomendable

Ya he reseñado, bastante recientemente además, otras dos obras de Ramon Saizarbitoria en este blog (Cien metros y Guárdame bajo tierra) y sigo diciendo que me parece uno de los escritores más interesantes de la narrativa vasca actual (la que yo conozco por lo menos, tampoco es que sea un experto), de un nivel similar, y en algunos aspectos superior, al premiadísimo y mucho más célebre Bernardo Atxaga. Los pasos incontables confirma esa opinión, aunque también creo que confirma algunos de los defectos de Saizarbitoria.

Los pasos incontables fue publicada en 1995, poniendo fin a un silencio de casi veinte años en la obra de su autor, y abriendo una nueva etapa, no solo cronológica sino también estilística. Si se compara esta novela con Cien metros, se percibe que en esta segunda la técnica era prácticamente la razón de ser del texto, mientras que en Los pasos incontables, aunque sigue habiendo técnica narrativa, y mucha, la trama y los personajes ocupan un lugar central indudable.

Había leído no recuerdo exactamente dónde, que esta novela cuenta las últimas horas de vida de Daniel Zabalegi, alter ego de Ángel Otaegui, uno de los últimos fusilados del Franquismo; esto es, en realidad, una simplificación radical de la novela, que se construye a través de un triángulo de tres hombres entrelazados: Daniel Zabalegi; Eduardo Ortiz de Zarate, militante de ETA que intenta pasar al otro lado de la frontera, e Iñaki Abaitua, escritor, lexicólogo y traductor que, obsesionado con la muerte de Zabalegi intenta escribir una novela titulada, precisamente, Los pasos incontables.

La novela huye de la linealidad y cuestiona constantemente la autoridad de las voces implicadas en el texto (esta es la parte de técnica narrativa que Saizarbitoria domina, ahora ya de una forma más madura y menos evidente): así, el lugar central y el papel de escéptico recopilador de la memoria lo ocupa Iñaki Abaitua, personaje siempre dividido y siempre en duda, en la vida amorosa  política (con lo que recuerda un poco al protagonista de La patria de todos los vascos de Iban Zaldua). Del mismo modo que no llega a comprometerse con Susana o con Julia, tampoco llega a comprometerse con la lucha armada, pero al mismo tiempo se ve una y otra vez implicado en ella.

Con constantes idas y venidas, símbolos recurrentes (el reloj, los zapatos, el mechero) y tramas circulares, o mejor, espirales, el texto crea un universo denso y compacto, polifónico y polisémico, en el que el lector puede sentirse por momentos tan perdido como el propio Iñaki Abaitua. El mayor peligro en el que a veces, creo, cae Saizarbitoria, es el no saber controlarse o limitarse en sus juegos de espejos y repeticiones, causando cierta sensación de cansancio en el lector. Y me temo que este defecto pueda ser mayor aún en Martutene, la última novela de Saizarbitoria, tan aclamada como extensa (729 páginas). Probablemente algún día me animaré a leerla, aunque con algo de miedo...

También de Ramón Saizarbitoria en ULAD: Cien metros, Guárdame bajo tierra, Martutene, Porque empieza cada día


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Ramón Saizarbitoria: Guárdame bajo tierra

Idioma original: euskera
Título original: Gorde nazazu lurpean
Año de publicación: 2000
Valoración: Muy recomendable

Pertenece esta novela a la segunda etapa novelística de Ramón Saizarbitoria, después del parón que se produjo entre Ene Jesus (1976) y Hamaika pauso (1995); son casi veinte años fundamentales para el sistema literario vasco (en euskera): prácticamente inexistente en la década de los noventa, está ya en franco crecimiento y consolidación a finales de los noventa, con un número creciente de escritores, un entramado editorial y, sobre todo, un público receptor para esta nueva literatura.

Así, como si Saizarbitoria diese por cumplida su labor como modernizador de la narrativa en euskera, en las cinco narraciones que componen Guárdame bajo tierra Saizarbitoria se dedica, simplemente, a contar buenas historias bien contadas: se atenúan hasta desaparecer las influencias (no del todo digeridas) del nouveau roman francés, tan evidentes y reconocidas en sus primeras obras, y se da mayor peso a los personajes, a los narradores, a la propia trama.

Las cinco historias (más que relatos, casi son novelas breves en algunos casos) que componen el libro tienen un elemento en común: la inhumación y/o exhumación de restos humanos. En "La guerra perdida del viejo gudari", un soldado de los batallones nacionalistas que intenta sin éxito cobrar una pensión, busca los restos de su pierna amputada por un obús. De fondo, el recuerdo de la guerra, con especial atención para el infame "pacto de Santoña", por el que las milicias nacionalistas se rindieron tras la caída de Bilbao y renunciaron a seguir luchando en el bando la República.

"La paternidad negada de Marcel Martin" se basa en una historia real: la del cantante italo-francés
Yves Montand, que fue exhumado para poder realizar una prueba de paternidad, una historia que se vuelve peligrosamente paralela con la relación del protagonista. También "La obsesión de Rosetti" entrelaza dos historias paralelas: la del pintor Dante Gabriel Rosetti, que mandó exhumar el cadáver de su amada para rescatar los manuscritos de sus poesías, y la del narrador-protagonista, que intenta recuperar una nota erótica con la que sedujo a una mujer, para reutilizarla con otra.

"Dos corazones en una tumba" es quizás el relato menos conseguido del volumen: con un tono irónico burlesco, cuenta la historia de un hombre (lo que vulgarmente se conoce como "un calzonazos") que miente a su mujer sobre el destino final de los restos mortales de sus padres. Por último, "El huerto de nuestros mayores" recupera la temática política del primer texto, hablando de la exhumación y traslado de los restos de Sabino Arana, una anécdota histórica que también aparece en la novela de ciencia-ficción paródica Si Sabino viviría, de Iban Zaldua.

En conjunto, como decía, se nota cierta irregularidad en el libro, aunque la estructura simétrica y el tema común ayudan a considerarlo como un texto con una cierta unidad y no como un recosido de relatos. No deja de ser significativo, también, que los textos transcurran en escenarios vascos (principalmente Donostia y sus alrededores) pero también europeos (Madrid, París, Londres...). Esto, que no deja de ser perfectamente normal en cualquier literatura, en el caso de la narrativa vasca fue también una conquista lograda por la generación de Saizarbitoria.

La traducción de F. Eguia Careaga consigue que la lectura sea fluida, y sale también airosa de la cuestión de que los personajes se expresen a veces en euskera, a veces en español, o incluso en otras lenguas (no sé cómo aparecerá en el original, pero en la traducción no resulta forzado).

También de Ramón Saizarbitoria en ULAD: Cien metros, Los pasos incontables, Martutene, Porque empieza cada día

sábado, 10 de octubre de 2020

Ramón Saizarbitoria: Porque empieza cada día

Idioma original: euskera

Título original: Egunero hasten delako

Traducción: F. Eguía Careaga

Año de publicación: 1969 (en castellano, 2020)

Valoración: Está bastante bien 


Alguien debería explicar por qué (razones editoriales, supongo) hemos tardado la friolera de cincuenta años, que se dice pronto, en tener traducción al castellano de la primera novela de Ramón Saizarbitoria. Se iba a publicar el pasado mes de mayo pero, ya se sabe, hasta en eso ha tenido que intervenir el puto virus. Hay que ser sincero: el mundo no estaba pendiente de la traducción de este libro, ni (que yo sepa) se han organizado seminarios para analizar la nueva joya y celebrar el descubrimiento; pero sí que es un título que tiene cierto valor en la historia de la literatura vasca. 

Allá por el final de los 60 la narrativa en euskera era poco menos que un erial, y la aparición de esta novela fue una revelación, confirmada pocos años después con Ehun metro (Cien metros). Tal vez junto con Txillardegi, Saizarbitoria había roto con la forma tradicional de narrar en lengua vasca, había demostrado que podían contarse otras cosas (aparte de historias del terruño, la guerra o el exilio) y de otra forma (planos diversos, secuencia temporal fragmentada, en alguna medida bajo la influencia del nouveau roman, que ya llevaba unos cuantos años de rodaje). Así que con un cierto retraso, desde luego muy comprensible, respecto a la narrativa en castellano, este libro abrió la puerta a una nueva etapa, y de ahí el interés en contar con la traducción para aquellos a los que la lengua materna no nos da como para disfrutar plenamente de la lectura, aunque en este caso no sea demasiado compleja.

Y no, no es un texto complejo en absoluto. El estilo de Saizarbitoria es limpio, fluido y objetivo, como de alguien que lleva años depurando su prosa, aunque en este caso fuese su primera obra. Y es además un relato a la vez intemporal y muy pegado a su tiempo. A finales de los 60 brotaban ideas y comportamientos que ponían en jaque el orden ético dominante tras la Segunda Guerra mundial, ya se sabe: el movimiento hippie, el pacifismo, el amor libre y toda esa historia nacida en una juventud que se siente despegada del pasado reciente y mira hacia nuevas perspectivas. El 67 fue el Verano del Amor, y en mayo del 68 (justo después de terminarse nuestro libro) pues ya sabemos. El mundo asiste al nacimiento de ideas que desafían la moral tradicional, y Saizar se coloca en uno de los polos: su protagonista, Gisèle, es una joven estudiante suiza que decide tener su primera experiencia sexual, y queda embarazada. Da el paso y le sale por donde no quería.

La chica se había entregado en pleno uso de su libertad y tenía muy claro lo que quería hacer. Aquí no hablamos de amor, sino de una experiencia, algo que hoy parece sobradamente superado pero que en ese tiempo resultaba demasiado para cierta moralidad. Gisèle asume que la decisión ha sido suya y suya debe ser la solución, y así comienza un duro recorrido buscando cómo deshacerse de esa carga, con poca ayuda y bastantes reproches. Es un camino que el autor describe mayoritariamente con la objetividad (casi diríamos frialdad) propia del estilo con que trabaja, dejando que sea el lector quien se meta, si quiere, en la piel de la protagonista y pruebe a sentir por ella hasta donde sea capaz de identificarse. No hay moralina, ni antigua ni moderna, solo unos hechos que cada cual entenderá a su manera.

El contrapunto narrativo lo pone un individuo que charla sin descanso, el típico pesado que se te pega en cualquier parte (el autobús, un bar, la cola del súper) y se lanza a una perorata interminable sobre cualquier asunto. Es un personaje curioso, con un puntito depravado pero que inspira una especia de ternura. Su mirada se proyecta siempre al exterior, como si todo lo que ocurre en el mundo le interesase de veras, algo así como el reverso de Gisèle, cuyo foco es solo ella misma y su tragedia personal. Porque es ese momento lo único que desea la chica es corregir el error, es decir, interrumpir el embarazo que siente como algo monstruoso. El debate sobre el aborto toma fuerza justamente en la época en que se escribe el libro, coincidiendo con los movimientos en favor de la libertad sexual o los métodos anticonceptivos, y medio siglo después todavía estamos lejos de la unanimidad, así que queda clara la valentía de Saizarbitoria para abordarlo en esa época. Y lo hace de forma cruda, transparente, sin trucos ni emotividades desbordadas, diríamos con eficiencia: medios narrativos administrados con destreza impropia de un debutante, con equilibrio y elegancia, algo un poco en la línea de Robbe-Grillet, por ejemplo.

Iba a decir que quizá a estas alturas lo que plantea la novela lo hemos visto ya cien veces, desde diferentes perspectivas. Pero es un problema que continúa siendo cotidiano, y en ese sentido el relato no deja de resultar actual. Desde el punto de vista narrativo, puede que no sea una lectura arrebatadora, pero sí un texto muy bien resuelto, buen punto de partida para un autor que ha ido creciendo y dejándonos un buen puñado de obras muy estimables. 

P.D: Muy culto, sí, y también egocéntrico, obsesionado con su propio pasado, y por lo visto necesitado de justificarse cada vez que asoma la patita. Pero ¿a quién demonios se le ocurrió encargar el prólogo a Jon Juaristi?

Otras obras de Ramón Saizarbitoria en ULAD: Cien metros, Los pasos incontables, Guárdame bajo tierra, Martutene

martes, 2 de julio de 2013

Ramon Saizarbitoria: Cien metros

Idioma original: euskera
Título original: Ehun metro
Año de publicación: 1976
Valoración: Muy recomendable (aunque algo desfasado)

Imaginad esto: ser un escritor en una lengua que no tiene una tradición anterior; o mejor, en una lengua que tiene una tradición que no te sirve. Escribir en una lengua que solo tiene un estándar unificado desde hace una década. Una lengua que no tiene un Siglo de Oro, un Cervantes o un Shakespeare, ni un Flaubert o un Joyce. Qué sensación de libertad y, al mismo tiempo, qué tremenda responsabilidad tuvieron que sentir los autores que, como Ramon Saizarbitoria, se propusieron (re)construir la literatura vasca en euskera a partir de los años 70.

Con Ehun metro (y con el resto de las novelas de su primera etapa creativa), Saizarbitoria intenta, explícita y conscientemente, modernizar la novela vasca, apartándose radicalmente del ruralismo y el idealismo (post-)romántico, y vinculándola con las corrientes más actuales de la narrativa europea del siglo XX, en particular con el nouveau roman francés, una deuda que Siazarbitoria siempre ha reconocido. Para los lectores en euskera Ehun metro fue todo un shock: ¿una novela urbana, actual, experimental y en euskera? ¿Eso era posible?

Cien metros se centra en la narración de los últimos minutos de vida de un miembro de ETA (aunque en ningún momento se menciona el nombre de la banda), perseguido y abatido por policías en la plaza de la Constitución de Donostia. Y entrelazados con esa cuenta atrás fatal (noventa y nueve metros, noventa y ocho metros...) aparecen otros materiales muy diversos: recuerdos infantiles del protagonista, fragmentos de una guía turística de San Sebastián (en español), los diálogos de los policías que interrogan a un testigo del tiroteo (también en español), los diálogos de los clientes de una taberna al día siguiente, una relación amorosa, un encuentro inesperado...

La novela, por motivos evidentes (fue terminada de escribir en 1973) tuvo problemas con la censura: durante tres años Saizarbitoria no consiguió publicarla, y cuando lo consiguió en 1976 la edición fue secuestrada por orden judicial. El propio autor ha afirmado que estos problemas con la justicia española contribuyeron a una lectura "militante" de la obra, que no se justifica necesariamente en el texto. En efecto, la obra no contiene en absoluto una condena de la violencia (difícilmente cabría esperarla, en cualquier caso, en una novela escrita en 1973), pero tampoco existe glorificación ni idealización del terrorista ni del terrorismo. No es, en otras palabras, una llamada a la lucha contra el opresor, aunque sí es evidente la insistencia en el ambiente de opresión, o mejor, represión, del Franquismo, que justificó el nacimiento de ETA.

Es difícil exagerar la importancia histórica de esta novela o de su autor en la renovación de la literatura vasca, como decíamos antes; ahora bien, con el paso del tiempo y la progresiva "normalización" del sistema literario en euskera, da la impresión de haberse quedado algo desfasada: era necesaria en su momento, para demostrar que otra literatura vasca, moderna y arriesgada, era posible; pero el resultado efectivo tiene algo de ejercicio de estilo, produce una sensación (probablemente buscada) de cientifismo y abstracción. También la propia actitud autorial aséptica hacia el protagonista y hacia la violencia resulta ahora chocante (tantos años después y una vez que ETA está ya desacreditada y prácticamente desarticulada).

En cualquier caso, esto es literatura, literatura de la buena, de la mejor que se ha escrito nunca en euskera. Una novela necesaria en su momento, pero al mismo tiempo una novela -o un tipo de novela- que probablemente hoy en día no tendría sentido escribir.

También de Ramón Saizarbitoria en ULAD: Los pasos incontables, Guárdame bajo tierra, Martutene, Porque empieza cada día

sábado, 29 de diciembre de 2018

Reseña + entrevista: Como si todo hubiera pasado de Iban Zaldua

Idioma original: del libro, español; de los relatos, mayoritariamente euskera
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable

A Iban Zaldua se deben algunos de los artículos sobre literatura vasca que más he recomendado en los últimos años: aquellos dos (este y este) en que hizo un repaso bastante exhaustivo por la literatura vasca sobre el conflicto (vasco); o este otro en el que analiza y critica (de forma minuciosa y en mi opinión, acertadísima) la novela Patria de Fernando Aramburu. Pero también se le debe un ensayo interesante y ameno sobre la literatura vasca (Ese idioma raro y poderoso), una estupenda novela humorística sobre el mismo tema (Euskaldun guztion aberria / La patria de todos los vascos), y otra novela, Si sabino viviría, también política-humorística, aunque menos lograda que la anterior. Sin embargo, donde quizás se sienta más cómodo el autor es en el relato, un género en el que ha publicado ya una docena de títulos, mayoritariamente en euskera. El último, Sekula kontatu behar ez nizkizun gauzak, ha salido este mismo año.

Pero ojo, Como si todo hubiera pasado no es la versión española de este último libro de relatos (como yo mismo pensaba antes de tenerlo entre mis manos). Es, en cambio, una autoantología temática: la reunión de todos los relatos que el autor ha dedicado al conflicto vasco o, como a él le gusta llamarlo, La Cosa. Son más de cuarenta relatos, publicados entre 1999 y 2018, con una extensión que varía entre las dos y las diez páginas, todos ellos (salvo dos, si no me equivoco) publicados originalmente en euskera y traducidos ahora al español. El libro cuenta también con un breve prólogo de Edurne Portela, que lo sitúa en el contexto del actual interés por la memoria del conflicto, pero también destaca la originalidad propia de este autor.


La mayor pega que se le puede poner a una antología monotemática como esta es que resulta, en fin, monotemática: leída de un tirón, y sin cuentos de otros temas que sirvan de distracción y alivio, la acumulación de historias sobre La Cosa puede llegar a saturar. Esta sensación, sin embargo, se ve disminuida por la variedad de perspectivas y técnicas narrativas empleadas por Iban Zaldua. Porque en sus relatos hay todo tipo de personajes: policías, terroristas, políticos, familiares de víctimas y de presos, torturadores, chivatos, y también miembros de la "sociedad civil", o sea, personas normales a las que el conflicto afectó sin que fueran agentes en él. Y también porque sus historias se cuentan en todas las formas imaginables: en primera y en tercera persona, a través de diálogos, de escenas fragmentarias, de perspectivas múltiples y entrelazadas...

De hecho, leer todos estos relatos sobre el tema vasco seguidos permite percibir algunos temas recurrentes, casi obsesivos, que se repiten como varaciones musicales (y la música, como en otras obras de Iban Zaldua, también ocupa un lugar importante en este volumen, en relatos como "Tres conciertos", "A89, La Transeuropénne" o "Nostalgias"). Así, por ejemplo, el tema de la identidad escondida (el topo, el policía de incógnito, el falso militante); el de los universos paralelos o los hilos cronológicos alternativos, que se activan o no en función de las decisiones de los personajes (como en "Línea temporal", "Lo único que cambia" o "El doctor Iriarte"), o el tema del paso del tiempo y el abandono de los ideales, que se manifiesta repetidamente a través de personajes que se reencuentran después de mucho tiempo y comprueban que sus perspectivas, sobre el conflicto vasco o sobre la vida (no) han cambiado con los años. [Comentario marginal: este es también el tema de "Karma", un relato de Aixa de la Cruz incluido en Modelos animales].

También se puede percibir, leyéndo los relatos así, todos seguidos, la evolución del autor en su relación con el tratamiento del tema: mientras que muchos de los primeros relatos son casi sketches (pequeñas escenas aisladas e independientes, casi teatrales o cinematográficas), y predomina la estética y las tramas realistas, a medida que el volumen avanza se van mezclando otros ingredientes, otros géneros literarios como el fantástico o la ciencia ficción, sobre todo. Y el humor, un humor seco y oscuro, que es uno de los rasgos más definitorios de la obra de Iban Zaldua, se va introduciendo con cada vez mayor frecuencia y claridad. Probablemente el mejor ejemplo de todo esto sea "Itinerarios", el relato que cierra el volumen, y que es personalmente mi favorito; en él nos situamos en una Donostia futura y distópica, en que se ofrecen "rutas de memoria" que recuerdan episodios del conflicto vasco a través de diversos lugares del centro histórico de la ciudad (y es difícil contar más sin destripar el cuento).

En el contexto del actual interés editorial por la memoria del conflicto vasco, Como si todo hubiera pasado se sitúa en un lugar particular. Al ser una recopilación de relatos, no propone (no puede ni quiere proponer) una visión unívoca del conflicto, ni una única perspectiva privilegiada; por ser un texto, o un conjunto de textos, cargado de distancia irónica, resulta particularmente escurridizo para quienes busquen respuestas tranquilizadoras o soluciones morales sobre la violencia y sus diversas manifestaciones. Al haber sido escritos a lo largo de un periodo extenso de tiempo, durante la actividad de ETA y después de su cese definitivo, ofrecen un panorama único de la vida durante el conflicto, y desde dentro del conflicto, así como sobre su evolución a lo largo de las últimas dos décadas. Seguramente no será un best-seller, pero sí una aportación de mucho interés para la reconstrucción de la memoria de estos años estúpidos y sangrientos.


Entrevista con Iban Zaldua

-¿Qué te llevó a reunir todos los relatos sobre La Cosa en un volumen, y en español? ¿Hay un nuevo interés en el público por el tema del conflicto vasco?
Creo que todos los que nos dedicamos al cuento tenemos una pulsión compiladora, de echar la vista atrás y reunir las mejores piezas de nuestra producción, desperdigadas por diferentes libros y revistas, o de agruparlas temáticamente, como es el caso; yo ya lo había hecho una vez en euskera, en el volumen Ipuinak. Antologia bat que publicó la editorial Erein en 2010. Creo que había una nueva ocasión de echar la vista atrás, esta vez en castellano, aprovechando que algunas de mis colecciones de relatos en euskera, como Traizioak o Itzalak, no se habían publicado nunca en español. Y, por otra parte, como apuntas, es posible que exista un interés mayor por parte del público: se están editando más novelas y obras en torno al asunto, como las de Edurne Portela o Aixa de la Cruz, y la buena e inmediata disposición de Galaxia Gutenberg a hacerse cargo del proyecto también me pareció una señal alentadora. Pero no sé si ese interés es tan profundo, o va a ser duradero. Aunque da lo mismo: esté de moda o no, yo creo que los escritores vascos vamos a seguir escribiendo, bien, regular y mal, sobre el tema. Exactamente como hemos hecho hasta ahora.

-Se ha hablado mucho de "la batalla por el relato" en el País Vasco. ¿Quizás sería mejor hablar de "los relatos", en plural? ¿Es posible llegar a un relato de consenso o solo a una constelación de relatos a veces contradictorios?
Yo creo que sería bueno llegar a un mínimo común denominador, al esqueleto de un “relato civil” más o menos unitario sobre la cuestión. Algo en lo que tendrían que colaborar las instituciones estatales y autonómicas, los distintos institutos de la memoria –oficiales y no–, la academia –a partir sobre todo de la labor de historiadores, sociólogos, documentalistas, periodistas etc.–, las principales fuerzas políticas… A nivel local se están dando pasos interesantes en ese sentido, como podrían ser las iniciativas del ayuntamiento de Rentería, o las de la Fundación Buesa. Pero que eso sea lo deseable no quiere decir que vaya a producirse; yo hay días que soy muy pesimista a ese respecto. Y pienso que, si no hemos conseguido llegar a un mínimo común denominador sobre la Guerra Civil y el franquismo, por ejemplo, ¿cómo vamos a hacerlo con este tema, que tenemos aún tan cercano?

-¿Qué papel le correspondería a la literatura en este proceso?
Yo creo que su función debería ser más bien complementaria, de ir a lo micro, a lo que la “gran historia” suele olvidar o dejar de lado, de rellenar con grises y con detalles la “versión oficial” –o las diferentes “versiones oficiales”, si no se llegara a ese mínimo consenso–, de ser la lente que nos acerque, más allá de las cifras y los fríos relatos documentas, lo que le pasó a la gente en esas épocas, en esas circunstancias. La literatura, y las artes en general, deberían ser el espacio para los “diferentes relatos”, esta vez sí que en plural.  Y el peligro de que no lleguemos al relato único-mínimo del que hablaba en mi anterior respuesta sería el de situar en el centro del debate –en el centro del combate– a la literatura o a las artes. Me da la impresión de que existe esa tentación, y que caer en ello puede ser malo para la salud de la literatura como tal.

-¿No crees que esta literatura sobre La Cosa se lee de forma muy diferente dentro y fuera del País Vasco? Pienso, por ejemplo, en la acogida de 'Patria'... ¿Desde fuera se buscan relatos más simplistas de buenos buenísimos y malos malísimos, que en Euskadi "no cuelan"? 
Supongo que es inevitable que se lea de una manera diferente aquí que fuera: en principio, aquí ha habido más "versiones oficiales" en disputa, y el grado de conocimiento sobre las vicisitudes del conflicto, aunque sólo sea a nivel periodístico, es mayor; si a eso le añadimos la experiencia vital de cada uno, y la de su entorno, ya ni te cuento. Pero, por otra parte, tampoco podemos olvidar que Patria también ha tenido éxito dentro del mismo País Vasco, que ha habido mucha gente que, siendo incluso nacionalista vasca, ha leído y le ha gustado un montón la novela. Evidentemente, ha habido gente que la ha rechazado por motivos políticos, a veces sin leerla siquiera, pero en el País Vasco también ha pasado lo contrario, eso no se puede negar. De manera que, en parte sí, el hecho de que Aramburu haya entregado una historia muy esquemática, que se adapta al "relato oficial" que más se ha vendido fuera del País Vasco, ha tenido que ver, pero no explica todo el fenómeno. Creo que otra de las claves está en el tipo de producto que es Patria: una lectura fácil, clara, comercial, o como mucho, midcult. Una novela para los que no leen habitualmente literatura: la única manera de vender tantísimo hoy en día es llegando a ese tipo de público. Porque, no nos engañemos, Martutene, de Ramon Saizarbitoria, es una obra mucho más compleja y profunda, y aborda la cuestión del conflicto vasco desde una posición mucho menos cómoda y evidente que Patria. Pero la hemos leído cuatro, tanto en español como en euskera -vale, en euskera quizá unos cuantos más, pero no tantos tampoco...-. A mí no me preocupa tanto el contenido de Patria -mucho de lo que cuenta es verdad, y duele, vaya que si duele, porque lo que ha pasado aquí, lo que hemos dejado que pasara aquí ha sido muy fuerte-, como la manera que tiene de contarlo, que es por donde yo creo que hace aguas la novela. Una manera que es, paradójicamente, una de las razones que la ha llevado a ser tan vendida, aparte de un impulso político muy determinado, claro está.


-En tus relatos hay protagonistas de todo tipo: ertzainas, terroristas, víctimas, torturadores…. ¿Es una estrategia consciente para mostrar la complejidad del conflicto? ¿No te da miedo que te llamen equidistante, que es uno de los insultos de moda?
No sé hasta qué punto se puede acusar a un cuentista de algo como “estrategia consciente”, ja ja; eso es más de novelistas, me temo. De hecho, cada relato es una novela en miniatura, y surge y se agota en sí mismo, de alguna manera: todos han aparecido en colecciones de relatos junto a otros de muy diversa índole, y sólo ahora los he “juntado” en un volumen temático; la mayoría son cuentos escritos muy en tiempo real, con mucha vocación de contemporaneidad, no hay tantos que partan de una mirada “histórica”, no sé si se me entiende. Diacrónicamente puede parecer que sí, que he intentado darle a todos los palos, pero no creo que fuera así mientras los iba escribiendo. Aunque tengo que confesar que me gusta el efecto de “novela coral” que, de alguna manera, adquiere el libro leído en su conjunto. Y que dentro de ese conjunto destacan los relatos cuyo eje vertebrador se apoya no tanto en los protagonistas directos del conflicto, sino en los testigos, en la gente que convivió con el problema y sufría sus consecuencias de una manera más indirecta. Quizá porque es la posición que está más cerca de la que yo ocupaba, pienso. Que no tiene que ver, necesariamente, con la que adopto como narrador, por otra parte. En ese sentido, no me preocupa mucho lo de la acusación de “equidistante”, porque tengo bastante clara cuál es mi postura ética y política, y, además, diría que no ha cambiado mucho en los últimos veinte o veinticinco años, quizá más. Y te puedo asegurar que no la veo para nada como equidistante. Pero mi posición como narrador sí que puede ser muy otra, sin embargo.

-A lo largo del volumen creo ver una evolución: los primeros son más esquemáticos, y también más realistas. Después se añaden o mezclan otros géneros: lo fantástico, la ciencia-ficción... ¿Por qué sentiste esa necesidad (si se puede decir así) de ir más allá del realismo?
Puede ser. Quizá al principio estuviera más envarado, y no me atreviera a abordar el tema más que desde esa especie de red de seguridad que proporciona el realismo. A mí me costó afrontar literariamente el tema, durante años ni se me ocurrió que pudiera ser un tema que pudiera abordar por medio de mis ficciones. Quizá porque estaba saturado de esa misma realidad en la vida cotidiana, en la misma militancia, y la literatura fuera para mí, precisamente, otra cosa. Pero el hecho de que obras de autores como Bernardo Atxaga, Ramon Saizarbitoria, Jokin Muñoz, Arantxa Urretabizkaia o Xabier Montoia me ayudaran a pensar sobre el tema supongo que me animó; también la necesidad de decir algo sobre el tema, y de hacerlo en euskera, que era la lengua en la que había leído todas aquellas novelas o relatos. Aunque en alguno de mis primeros relatos como “El escondite” ya es claramente fantástico, supongo que un uso más abundante de ese tipo de tramas llegó cuando me sentí más seguro escribiendo sobre el asunto, porque yo diría que mi tendencia “natural” es hacia eso, hacia el fantástico. Un fantástico, por otra parte, que no pretende ser escapista o quedarse en mero artificio: como decía Julio Cortázar, “la fantasía, lo fantástico, lo imaginable que yo amo y con lo cual he tratado de hacer mi propia obra es todo lo que en el fondo sirve para proyectar con más claridad y con más fuerza la realidad que nos rodea”. Evidentemente, no sé si lo logro en mis relatos: eso lo tendrá que decidir el lector.

-Y el humor, que es una de las características de tus obras, ¿puede ser una herramienta para afrontar la memoria del conflicto?
Creo que sí, o al menos me gustaría. El mío es un humor bastante resignado, y no todos mis cuentos hacen uso del mismo ni mucho menos; lo señalo no vaya a ser que algún lector despistado se piense que se va a encontrar con un festival de la comicidad… Pero pienso que es natural que aparezca, tanto en mi caso como en el de otros autores como Luistxo Fernandez o Juan Bas: me da la impresión de que a partir de cierto punto, y más en un conflicto que ha durado tanto como el que nos ocupa, las tramas más habituales, como la trágica y sobre todo la épica, se agotan, y dejan un espacio que la ironía o el humor pueden ocupar, al menos en parte. Soy de los que no cree que haya temas sagrados que no puedan abordarse –también– desde el humor. Siempre que el humor, como bien señalaba Edurne Portela en su ensayo El eco de los disparos, no sea un vehículo para blanquear el pasado o lograr una sonrisa fácil, satisfecha: el humor tiene que ser como la sal, tiene que escocer cuando se lo aplicas a la herida, y si gusta a todo el mundo, señal de que no ha cumplido su objetivo; el humor que a mí me interesa tiene que sentarle al menos un poquito mal a alguien. Eso implica riesgos, claro: que te pases en la apuesta y la cagues, porque la intención humorística puede ser la que sea, pero si no alcanza al receptor no hay nada que hacer. Pero es un riesgo que hay que asumir. La literatura, sin riesgo, tiene menos interés, me parece a mí.

-¿Y ahora, qué? ¿Vas a seguir explorando el tema de La Cosa, o sientes que lo has agotado con estos relatos? Y si lo sigues explorando, ¿en qué direcciones crees que lo harás?
Bueno, desde que he publicado el libro he escrito tres o cuatro relatos nuevos en torno al asunto, alguno de los cuales he llevado como bonus track a las presentaciones del libro, de manera que… No sé seguiré dándole mucho o poco al tema; antes tampoco lo hacía siempre, de hecho los de La Cosa suponían solo un porcentaje dentro de mis colecciones de cuentos… Pero, por los que he escrito estos últimos años, si siguiera haciéndolo, me da la impresión de que irían en dos direcciones. Por una parte, aunque para mí siga siendo historia presente, contemporánea, supongo que empezarán a ser más abundantes los que conlleven algún tipo de visión histórica –sin caer, espero, en las rutinas de la llamada “novela histórica”, que me suele dar un poco de repelús como género–. Y, por otra, por lo que estoy viendo en algunos de los últimos, como “Itinerario”, que es el que cierra el volumen, el tema, más que La Cosa en sí, está derivando hacia “el relato de La Cosa”, esa “batalla por el relato” sobre la que hablábamos al principio de la entrevista. Porque esto sigue, no se ha acabado de ninguna manera, aunque, por fortuna, ETA y su violencia se hayan convertido en cosa del pasado.

jueves, 25 de diciembre de 2014

ULAD: Nuestros libros del 2014

Un año más, aquí va la lista (las listas, mejor dicho) con las mejores y también las peores lecturas del año. Que no de los libros publicados este año, sino de los que nosotros hemos leído este año...

Santi:
Francesc Bon
  • Mi libro del año: El jilguero, de Donna Tartt, porque sus aciertos superan a sus errores.
  • Los outsiders: pocos, y discutidos, así que no juego esta ronda.
  • La gran decepción: que nadie se erige como alternativa a los grandes ausentes (por fallecidos o por poco activos). Esperando que algún autor cuaje y se haga un lugar entre los grandes, otro año.
  • Una esperanza para el año que viene: Que Javier Calvo empiece a tomarse a sí mismo en serio, que deje de traducir un ratito y se decida. Ya.
  • Una apuesta: tampoco tendremos novela de Houellebecq en 2015.¿O sí? De Franzen ya ni planteárselo.
  • Convendría irse fijando en: los movimientos de una Anagrama post-Herralde.
Jopelines, Francesc, sólo has nombrado un libro: pon tres más, aunque sea.
Va, juego la ronda de outsiders.
  • Mejor ensayo: Aquellos años del Boom, de Xavi Ayén
  • Fiasco: ¿Qué, pero qué narices pretendías con La espada de cincuenta años, Danielewski?
  • Prometo repetir: dos Eduardos, Halfon y Jordá. 
  • Un propósito para 2015: zamparme lo que vaya saliendo de la famosa hexalogía de Karl Ove Knausgard. 
  • Empieza a poner a prueba mi paciencia: La insistencia del mundo editorial (en conjunto) en recuperar la figura de DFW. Igual si lo hubieran hecho en vida. Igual.
  • And the Nobel goes to: Jonathan Franzen
Juan G. B.:
  • Mejor novela histórica: Manituana de Wu Ming
  • Mejor novela histórica-pero-que-no-se-puede-considerar-como-tal: El plantador de tabaco de John Barth
  • Mejor novela negra: La mirada del observador, de Marc Behn
  • Mejor biografía-que-no-es-sólo-tal: Arthur & George de Julian Barnes.
  • Mejor ensayo político, ensayo filosófico y realismo garbancero: La sociedad del espectáculo de Guy Debord.
  • Mayor decepción (hasta cierto punto): Los lanzallamas de Rachel Kushner.
  • Mejor sorpresa (hasta cierto punto, también): Claire de Witt y la ciudad de los muertos de Sara Gran.
Pedro:
  • Mejor libro publicado: El libro del desasosiego, de Pessoa. Es una reedición. Ganaría todos los años, me temo.
  • Mejor debut (o casi) de un autor español: El cielo de Lima, de Juan Gómez Bárcena.
  • Mejor thriller: Vestido de novia, de Pierre Lemaitre.
  • Mayor decepción: Canciones de amor a quemarropa de Nickolas Butler ex aequo con La espada de los cincuenta años de Danielewski.
  • Sorpresón en positivo: Los últimos, de Juan Carlos Márquez.
  • Mejor novela leída: Barba empapada de sangre, de Daniel Galera. Gracias a quien me la recomendó.

Montuenga:

¿Cuáles son vuestras listas de los mejores (y los peores) libros del año? Podéis dejarlas en  los comentarios, en Facebook o en Twitter.

miércoles, 9 de octubre de 2024

Carlos Droguett: Eloy

Idioma original: Español

Año de publicación: 1960 (la versión definitiva es de 1982)

Valoración: Muy recomendable

Lo primero que me vino a la cabeza al leer la contracubierta de Eloy fueron Ramón Saizarbitoria y su breve y magnífico Ehun metro. Las últimas horas de un fugitivo, sumergiéndose en los recuerdos de lo vivido, resultaban una premisa demasiado familiar, ¿verdad?. 

Dándole una vuelta más, pensé en Proust, en Faulkner, en Joyce, en Woolf y compañía. Porque, en realidad, todo está inventado desde hace tiempo y lo que queda es ir haciendo pequeñas modificaciones o variaciones que, todo hay que decirlo, a veces pueden superar al original.

El caso es que Eloy es uno de esos casos en los que la "copia" tiene un nivel tan alto que no estaría de más situarlo a la altura de sus predecesores.

Como apuntaba en el primer párrafo, Eloy cuenta las últimas horas de un fugitivo que se halla cercado en una finca situada en el campo chileno. Lo que eleva esta novela a la categoría de "Arte" es cómo narra Droguett esas horas: su utilización del flujo de conciencia, su prosa poética y torrencial (cadencia, vocabulario, ritmos, reiteraciones...), la construcción de una atmósfera oscura y opresiva, la combinación de planos temporales y espaciales, la alternancia de la primera y la tercera persona, merced a un narrador que penetra en la vida y pensamientos de un Eloy que se mueve en esas horas en la soledad y en la vaciedad infinita de una noche que condiciona el carácter obsesivo y casi alucinatorio de la narración, etc.

¿Hablamos entonces de la forma sobre el fondo? Podría ser, pero más me inclino, en este caso, por la forma al servicio del fondo. Porque Droguett podría haber optado por una narración más o menos lineal y convencional que nos llevara a esas horas finales de Eloy, pero esa linealidad quizá no hubiera sido suficiente. Eloy no es un personaje "plano" y, por tanto, el autor ha de trazar un retrato que, más que una fotografía clara y perfecta, sea un puzzle descolocado que el lector deba ir ordenando. Para ello, opta por diferentes "ángulos", por cuatro momentos de su vida que le definen como ser humano en el que conviven violencia y sensibilidad, oscuridad y esperanza: el primer encuentro con su pareja, la revelación que le impulsa al crimen,  una matanza que lleva a acabo con su compinche Sangüesa y su primera huida de la policía. 

Pero el retrato estaría incompleto si solo nos fijáramos es esos momentos: hay una serie de acciones y elementos muy presentes en la novela y que, en ocasiones, hablan por sí solos del personaje. Así, un perfume de violetas, la visita a una peluquería, los caballos, etc son perfectas metáforas de lo que Eloy es o intenta ser.

Decía con anterioridad que todo está inventado desde hace tiempo y lo que queda es ir haciendo pequeñas modificaciones o variaciones. En el caso de Droguett, creo que lo que le diferencia de autores citados con anterioridad es la introducción de elementos sociales y de corte más o menos existencialista. Las referencias al origen social de Eloy, a la situación del campo chileno o la alienación del hombre son numerosas. Sirva como ejemplo:

Dios no hizo las casas, las criminales ciudades llenas de humo, los hombres llenos de humaredas, solo las tierras solas, los bosques limpios, las montañas y los ríos desnudos, para subir por ellas, para irse por ellos, el hombre tiene miedo, fatal e inmejorable miedo y se encierra en estas cajas horribles y finales, sin aire, sin sol y sin salida, aunque tengan puertas, en las ciudades enfermas que te enferman.

Creo que con este párrafo podéis haceros una idea del estilo de Droguett y de Eloy. No es un libro "fácil", decir lo contrario sería mentir, pero sí que es un libro altamente recomendable, tanto por su estricto valor literario como por lo que supuso de introducción de la "modernidad" en la literatura hispanoamericana. No olvidemos que Eloy fue escrita en 1960 y, por poner algún ejemplo, La ciudad y los perros data de 1962, El obsceno pájaro de la noche de 1970, etc. Por apuntar, vaya.

P.S.: Voy a tener que releer Todas esas muertes. Un "entre está bien y recomendable" se me antoja algo escueto, visto lo que me han gustado los otros dos libros de Droguett que he leído. 

También de Carlos Droguett en ULAD: Todas esas muertes y Patas de perro

martes, 17 de diciembre de 2013

Un libro al día: Nuestros libros del año

Un año más (o sea, por segundo año, porque solo lo hicimos el año pasado), aquí va nuestra selección con lo mejor y lo peor del año, en cuanto a nuestras lecturas. Como se verá en las listas, no se trata necesariamente de obras publicadas en 2013, sino leídas en 2013; y como se verá también, cada colaborador ha escogido las categorías que le ha apetecido, que para algo el garito es nuestro...

Como siempre, os invitamos a que comentéis nuestras listas, o a que nos mandéis las vuestras, en los comentarios del blog, o a través de Twitter y Facebook.

Francesc Bon


Mejor libro de 2013: Así es cómo la pierdes, de Junot Díaz, casi ex aequo con Esquirlas, de Ismet Prcic
Decepción más absoluta: que La Sociedad Juliette de Sasha Grey no tuviera nada aprovechable
Leeré en 2014: La broma infinita, de David Foster Wallace
Releeré en 2014: Thomas Pynchon
Ojalá hubiera leído antes: a Kurt Vonnegut
Un autor a seguir: Mohsin Hamid

Montuenga


Mejor libro de autor revelación 2013: Intemperie de Jesús Carrasco
Mejor ensayo español 2013: Todo lo que era sólido de Antonio Muñoz Molina
Mejor ensayo extranjero leído: Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo de Barbara Ehrenreich
Mejor novela histórica leída: El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura
Me decepcionó: El proyecto Lázaro de Aleksandar Hemon
Me ha encantado: Henderson, el rey de la lluvia de Saul Bellow

Santi


Mejor lectura de 2013: José Saramago: El año de la muerte de Ricardo Reis
Mejor relectura de 2013: Nieve, de Ohram Pamuk 
Un clásico contemporáneo: El almuerzo desnudo de William S. Burroughs
Y un clásico contemporáneo en español: Las virtudes del pájaro solitario de Juan Goytisolo
Autor descubierto este año: Ramon Saizarbitoria
Lectura más divertida del año: La boca pobre de Flann O'Brien

Uxue


Mejor libro del año 2013: difícil elección. Me decanto entre:
  • Cuatro por cuatro de Sara Mesa. Narrativa, poética, engancha y acabas racionando la lectura para que el libro no se acabe.
  • El niño que robó el caballo de Atila de Iván Repila, obra que podría recomendar porque conozcoalautoryesoestrampa, pero que recomiendo realmente por tratarse una de las mejores novelas breves que haya leído hasta el momento.
  • Geografías de Niebla de Valerie Mejer. Un poemario que debería estar en boca de todos, pero que, incomprensiblemente, no se reedita en España. Valerie Mejer es LA POETA. Pronto, una reseña. 
Mejor libro-álbum: Yo quiero mi gorro de Jon Klassen. 
Decepción más absoluta: Dónde estás Bernadette de María Semple. Novela cursi e ingenua donde las haya. Sigo sin explicarme cómo Jonathan Franzen ha podido recomendarla. Muy mal, Johnny, muy mal, el público confiaba en ti...
Novela cutre que quiere vender un rollo burlesco-intelectualoide para hipsters que se dejan impresionar por nada:  Saliendo de la Estación de Atocha de Ben Lerner. Avalada por Paul Auster. ¿Qué os pasa, Johnny y Paul? Y no me vengáis con la respuesta fácil de paragustosestánloscolores.
Me ha encantado y está recibiendo muy buenas críticas: Por si se va la luz, de Lara Moreno.
Un buen libro de poesía (y vuelvo a la modalidad loestoyrecomendandoporqueesunabuenaamiga y porque si Franzen y Auster pueden yo también, pero, en mi caso, con un buen criterio): Artikoa/Ártica de Izaskun Gracia.
Releeré en 2014: Del crear y lo creado, poesía completa de Hugo Mujica.
Terminaré en 2014: Miniaturas de tiempos venideros. Amplia antología de poesía rumana editada por Vaso Roto. 
Libro en la mesilla de noche: Hordas de escritura seguido de Secesión de la poeta Chus Pato.   
Mejor labor editorial 2013: Destacan, ya sea por su diseño, como por su buen criterio de selección:
  1. En poesía: Vaso Roto Ediciones, La Garúa, Amargord y Kriller 71.
  2. En narrativa: Lumen, Automática, Sexto Piso y Libros del Silencio (desgraciadamente, desaparecida).
  3. En libro infantil ilustrado: Editorial Milrazones.
  4. En novela gráfica: Sins Entido.

 

 Pedro


Mejor lectura de 2013: Donde dejé mi alma, de Jerôme Ferrari (reseña pendiente).
Peor lectura de 2013: Brújulas que buscan sonA QUIÉN LE IMPORTA, de Albert Espinosa (leído para realizar una comprobación empírica a partir de la reseña uladiana).
No pude terminar (algo no necesariamente negativo): Karnaval, de Juan Francisco Ferré (no habrá reseña, al menos por mi parte)
Mejor libro reseñado en ULAD: El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago.

Mr Grecco


Mejor clásico que (al fin) ha caído en 2013: Madame Bovary, de Gustave Flaubert
El Horror, El Horror: Cada día, cada hora, de Natasa Dragnic
Al fin he terminado (y ha merecido la pena): Trilogía Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori
Una agradable sorpresa: La intrusa, de Éric Faye
Opinión de algunos libros reseñados por otros: Intemperie, de Jesús Carrasco (digno debut); Ciudad abierta, de Teju Cole (diferente, especial); El pan a secas, de Mohamed Chukri (léanlo, por Dios).
Gamberro/a del año: Socrates Adams por Todo va bien.


Izas


Mejor libro de 2013: no sé, hay muchos, decantarme por uno solo es imposible.
Leeré en 2014: a Danielewski, Cartarescu, O'Brien, Munro, Fitzek, Mitchell, Moreno, Sarrionandia, King, Pavic, Juárez y otros muchos más que esperan, recopilados en varios montones, que les llegue el turno
Releeré en 2014: nada, hay demasiado por descubrir
Una agradable sorpresa: Jean Malaquais por Los javaneses. 
Un autor a seguir: Stéphane Chaumet

lunes, 3 de marzo de 2014

Biografías lectoras: La vida en libros

Mi infancia son recuerdos de libros de los Hollister (qué cursis parecen releídos más tarde), de Los Tres Investigadores, de la colección Barco de Vapor, de Elige tu propia aventura, de la colección juvenil de la editorial SM. También, algo más tarde, y por temporadas, literatura fantástica (la saga de la Dragonlance, por ejemplo) y de ciencia ficción, a la que mis padres eran bastante aficionados.

Mi paso a la juventud literaria estuvo marcada por dos libros que me regalaron: uno de Monterroso y otro de Chejov. Mi reacción inicial, propia de un adolescente, fue de rechazo: los cuentos son para niños, pensé, los adultos leen novelas. Afortunadamente, vencí aquel rechazo y los leí. Aquello no eran cuentos para niños, aquello era otra cosa. Así se me abrió todo un mundo.

Tuve luego fases monotemáticas: durante una época solo leía a Buero Vallejo, a Cela, a Delibes; durante otra, a Borges, Cortázar, García Márquez (que me impactaron más que Buero Vallejo, Cela o Delibes, todo hay que decirlo). Cuando llegué a los dieciocho años, pensé que sabía algo de literatura; luego un día me vi en medio de una comida con escritores que hablaban de otros escritores, y descubrí que no sabía nada de nada.

Si Monterroso y Chejov me abrieron un mundo, Faulkner me mostró que ese mundo puede contarse de otra forma. Leer ¡Absalón, Absalón! (el primer libro suyo que encontré por casualidad en casa) fue un shock. Nunca había leído nada como aquello. Pocas veces he leído un libro que me haya impresionado tanto.

Aprendí mucho durante los años de la carrera, no siempre de los profesores. El aprendizaje con mis compañeros de clase y del Taller Literario de la universidad era más próximo, más vivo, más significativo (como ahora se suele decir). Así, en aquellos años descubrí a los simbolistas franceses, a Galeano, a Brecht, a Kundera. Benedetti y Neruda eran nuestro pan de cada día: organizábamos recitales de poesía amorosa o social con música de Silvio Rodríguez y cada vez menos público.

Fueron también años de leer a los clásicos, desde Homero hasta los novelones realistas del XIX: años de intentar ser enciclopédico, de intentar leer lo que hay que leer. También mi trabajo me obligaba a leer (o releer) ciertos textos: así me enamoré del Lazarillo, el Quijote o el primer acto de la Celestina (de los actos siguientes ya no tanto)

El lector que soy ahora es (en parte gracias a, por culpa de, Un libro al día) algo diferente: intenta leer más literatura contemporánea (amor eterno a Philip Roth, Auster, Coetzee), más literatura española actual (Cercas y Vila-Matas bien; Marías mal), más literatura vasca (Saizarbitoria, más que Atxaga). Tengo mis filias (la novela policiaca, en especial Camilleri) y mis fobias (¡Murakami!), pero no digo que no, a priori, a casi ningún libro.

Eso sí, confieso que al lector que ahora soy a veces le gustaría poder volver a leer como cuando tenía diez años, trece años, dieciocho años, con esa inocencia y esa pasión absoluta. Y no siempre lo consigue.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Edurne Portela: El eco de los disparos

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable

ETA dejó de matar en 2010, aunque ya desde la tregua de 2003-6 su final parecía inminente e inevitable. Desde entonces, el País Vasco (y no solo) ha entrado en una nueva fase histórica, política y también cultural: es el momento de construir la narración de los años de plomo, de revisar las últimas cuatro décadas y decidir qué les vamos a contar a nuestros hijos. ¿Fueron años de locura transitoria? ¿La culpa de todo la tuvo Franco? ¿Hicimos, como sociedad, lo que pudimos en medio de una situación difícil y peligrosa?

Esta es la pregunta fundamental que intenta plantear (más que responder) Edurne Portela: cómo se está creando el discurso sobre los años de violencia, en los productos cultuales vascos. Y su propuesta es crítica, incómoda y dolorosa: defiende que en la sociedad vasca dominó la complicidad, el miedo y el silencio, y que el secuestro del lenguaje por parte de ciertas ideologías (sobre todo de la denominada "izquierda abertzale", pero también el nacionalismo tradicionalista español) ha dificultado la creación de discursos complejos, matizados y profundos.

Conviene recordar que lo que Edurne Portela analiza son, como digo, producciones culturales (literarias y cinematográficas, fundamentalmente); no es una socióloga que pretenda radiografiar a la sociedad vasca, sino una investigadora de Estudios Culturales que trata con representaciones y creaciones ficcionales. Su forma de evaluarlas, por otra parte, es decidida y explícitamente ética e ideológica: no evalúa su calidad formal, sino su valentía, su capacidad para huir del maniqueísmo pero también de la tan temida "equidistancia".

E estos juicios, salen bien paradas obras como la película Tiro en la cabeza; la obra del fotógrafo Clemente Bernad (quien quiso exponer en el Guggenheim la radiografía de la cabeza tiroteada de Miguel Ángel Blanco, provocando una enorme polémica), los relatos de Jokin Muñoz o de Iban Zaldua. Algo peor quedan en la foto la novela Twist de Harkaitz Cano, o los cuentos de Fernando Aramburu. Y la obra que recibe las críticas más duras (junto con las producidas por creadores próximos a la izquierda abertzale con fines casi-propagandísticos) es la película Ocho apellidos vascos, a la que Portela acusa de banalizar la violencia sin antes haber llegado a analizarla o expiarla.

Una de las grandes virtudes del libro es que no está escrito desde fuera, proyectando un juicio moralmente superior sobre los malvados vascos: Edurne Portela se presenta (a través de una serie de capítulos que, sin decirlo, se adivinan autobiográficos) como una vasca más, que vivió los años más duros de la violencia, de la kale borroka, de los pelotazos de goma y de cantar "Sarri, Sarri" en las fiestas del pueblo. A lo largo del libro conocemos a una Edurne Portela con un rechazo visceral a los batasunos y a su retórica, pero que insiste en la necesidad de incluir en el cuadro el terrorismo de estado o la violencia policial, sin que eso suponga hacer tabula rasa y equiparar todas las víctimas y todos los discursos. Se opone a la equidistancia cómplice, pero también a la utilización política de las víctimas del terrorismo, realizada a veces por las propias asociaciones de víctimas.

El libro tiene algunas limitaciones; por ejemplo, excluir del análisis obras de los "grandes" escritores de la literatura vasca tiene ventajas, porque ayuda a ampliar el canon establecido, pero también es cuestionable, porque voces como la de Ramon Saizarbitoria han dicho mucho, y muy bien, sobre la forma en la que podemos enfrentarnos como sociedad a los hechos del pasado. Tampoco comparto (ni falta que hace, claro) todos los juicios que hace Edurne Portela: me parece que es demasiado crítico con Twist, y que exagera en su rechazo de Ocho apellidos vascos, que no pasa de ser una txotxolada inferior a Vaya Semanita, aunque de la misma familia.

Pero en todo caso, El eco de los disparos es una obra que abre un camino (y lo quema parcialmente, también): el del análsis de los discursos culturales sobre los años de plomo. Afortunadamente, los escritores, cineastas, artistas, solo están empezando ahora a producir este tipo de reflexiones, por lo que el trabajo de Edurne Portela exigirá futuras actualizaciones (suyas o de otros). Quizás la mejor noticia sea de hecho que estas producciones culturales existen, y que son variadas, complejas y producen narraciones divergentes sobre el conflicto vasco. En el momento en que se imponga una narración única, libros como este dejarán de ser posibles, y el olvido habrá triunfado sobre la memoria.

También de Edurne Portela en ULAD: Formas de estar lejos, Mejor la ausencia

sábado, 27 de agosto de 2016

VV. AA.: Nuestras guerras. Relatos sobre los conflictos vascos

Idioma original: inglés (aunque los textos antologados fueron escritos originalmente en euskera)
Título original: Our Wars
Año de publicación: 2011
Valoración: interesante

En 2011, después de recoger un premio en la Feria del Libro de Guadalajara (de México), Fernando Aramburu hizo unas polémicas declaraciones en las que afirmaba que "los autores vascos no escriben sobre ETA". Ese mismo año, como para llevarle la contraria, Mikel Ayerbe publicaba en inglés, en Nevada, la antología Our Wars. Short Fiction on Basque Conflict, adaptada al español en 2014 y publicada por Lengua de Trapo.

Como indica su título, esta es una antología de relatos sobre los conflictos vascos, en plural. Y estos conflictos son la Guerra Civil, y el más habitualmente llamado "conflicto vasco", o sea, el terrorismo de ETA. Esta elección de estos dos conflictos, que personalmente me parece bastante cuestionable, no es casual, sino que responde a una determinada narración de la historia vasca que establece una continuidad entre la Guerra Civil y la represión de la posguerra, y la aparición de ETA a finales de los 50. (Hay incluso quien va todavía más atrás y relaciona estos conflictos con las guerras carlistas, un despropósito histórico del que parece burlarse Iban Zaldua, siempre tan ácido, en su relato "Guerras civiles").

Personalmente, unir en un mismo volumen relatos sobre la Guerra Civil y sobre el "conflicto vasco" me parece un error, no solo porque no comparto esa narración que establece una relación casi-causal entre la Guerra Civil y ETA, sino sobre todo porque se trata de conflictos distintos, y con los que los autores tienen relaciones diferentes: ninguno de los escritores antologados estaban vivos en 1936-9, y en cabio todos han tenido una experiencia de primera mano de la violencia de ETA, lo que sin duda condiciona su forma de escribir sobre los dos "conflictos".

De ahí que haya leído con algo menos de interés los primeros cuentos del volumen, en particular aquellos que pertenecen a autores más reconocidos, como Bernardo Atxaga o Ramon Saizarbitoria. No es que sus cuentos sean malos, ni mucho menos, pero no aportan gran cosa novedosa, y su extensión mayor que el resto (ocupan casi la mitad del libro) les concede un lugar preemiente que condiciona la lectura del volumen. "Dos piedras", de Inazio Mujika Iraola, es un relato interesante, pero que apunta en una dirección que siguen muchos otros autores: la despolitización del conflicto, su transformación en algo personal, individal (un triángulo amoroso, en este caso).

Tras el relato de Iban Zaldua ya mencionado, que funciona como bisagra de la antología, los siguientes relatos tratan ya, estos sí, del conflicto vasco, el terrorismo de ETA, el terrorismo de Estado, etc. Naturalmente, hay algunos relatos más conseguidos que otros (me han gustado "Actualidad política", de Eider Rodríguez, por su ambiente claustrofóbico, o los de Harkaitz Cano o Ur Apalategi, por su tono irónico y su visión metaliteraria del conflicto); también hay relatos que tratan más directamente el tema de la violencia, mientras que en otros es casi una nota tangencial, y cabe preguntarse si se justifica su inclusión en el volumen (caso de "Heredera" de Xabier Montoia, "Recuerdos" de Karmele Jaio o "El tipo", de Ainguer Epalza).

Siempre es muy fácil criticar a un antólogo, por supuesto: es mucho más fácil criticar una antología que organizarla. Mi conocimiento de la literatura vasca en euskera tampoco me permite enmendarle la plana a Mikel Ayerbe: no sé si hay relatos mejores sobre el conflicto vasco o no. La sensación que sí tengo, después de terminar el volumen, es que se trata de un libro sorprendentemente exento de sangre, y de política. La violencia, cuando ocurre, casi siempre ocurre fuera de plano; las motivaciones de los personajes, cuando se explicitan, son vagas o personales, y no ideológicas. Quizás sea esta la forma en la que se está escribiendo sobre el conflicto vasco (aunque no es así en obras como Martutene, por ejemplo), pero en ese caso creo que a la narración de estos años de plomo todavía le quedan muchos capítulos por llenar.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Harkaitz Cano: La voz del Faquir

Idioma original: euskera
Título original: Fakirraren ahotsa
Traductor: Jon Muñoz Otaegi
Año de publicación: 2018
Valoración: está bien

No es fácil el género de la biografía ficcionalizada (como en cine el género del biopic). Por una parte está la obligación de ser esencialmente fiel a los hechos de la vida del personaje biografiado, al menos en los grandes rasgos si no necesariamente a un nivel de detalle; por otro, la necesidad de construir, con esos hechos, un personaje que sea reconocible y "redondo" (no un mero arquetipo ni un santo ni un demonio), y una narrativa que vaya más allá de lo cronológico (nació, hizo esto y lo otro, murió). Si no estuviera tan manoseada, podría utilizarse la expresión "construir un relato" para este proceso de transformación sin el cual no hay biografía digna de tal nombre. Así, hay muchos biopics que fallan por ser demasiado planos o  hagiográficos, y otros que son criticables por tomarse demasiadas libertades con la verdad (whatever that means). En este peligroso equilibrio, Harkaitz Cano parece haber intentado encontrar el "justo medio": aunque la mayoría de los acontecimientos y personajes parecen ser verídicos (y cualquier persona que conozca la trayectoria del cantante Imanol Larzábal reconocerá muchos de ellos), al mismo tiempo cambia el nombre del protagonista a Imanol Lurgain y, por lo que explica en el [quizás innecesario] capítulo final, se toma ciertas libertades con determinadas situaciones y personajes secundarios.

Desde luego, es innegable el interés del personaje escogido: el cantautor Imanol Larzabal, una de las figuras esenciales de la música y la cultura vascas de finales del siglo XX. Cercano a la izquierda abertzale en su juventud, colaborador de ETA en los años 60, pasó por la prisión y el exilio francés hasta la amnistía de 1977. A partir de ese momento se involucró muy activamente en diversas iniciativas a favor de la lengua y la cultura vascas, así como de los derechos sociales, aunque en posiciones cada vez más alejadas de las de ETA; a pesar de ello, en 1985 Imanol participó (¿activamente?) en la fuga de la cárcel de Martutene de dos miembros de la organización terrorista (uno de ellos, el escritor Joseba Sarrionandia), que huyeron escondidos en los bafles del cantante después de un concierto. El momento esencial de giro de su biografía, sin embargo, es el asesinato de la ex-etarra 'Yoyes' en 1986, que intentó acogerse a las medidas de reinserción propuestas por el gobierno español y por ello fue ajusticiada por la banda terrorista; sacudido por la noticia, Imanol participó en la organización del concierto en repulsa por el asesinato, lo que le valió el rechazo, el boicot y las amenazas de una buena parte de la izquierda abertzale. Cansado, atemorizado y abrumado por las presiones, en el año 2000 abandonó el País Vasco, y murió en Orihuela en 2004.

La trayectoria de Imanol sirve, por lo tanto, como reflejo o representación metonímica, podríamos decir, de la evolución de al menos una parte de la sociedad vasca: del amplio apoyo en los años 60 y 70 a la ETA antifranquista (en la que convivían al menos dos espíritus, uno socialista e internacionalista y otro más decididamente nacionalista vasco), al alejamiento posterior con la llegada de la democracia, y finalmente al desencanto y el repudio con la "socialización del dolor" y la represión de toda disidencia en la banda (de la que el asesinato de Yoyes es el ejemplo último) y en la sociedad (con el acoso a políticos, intelectuales, periodistas, etc.). Esta "caída del caballo", que tan bien ha representado Saizarbitoria en varios de sus textos, pero superlativamente en Martutene, es quizás una de las tragedias de la historia vasca reciente: despertar un día y ver que tu sueño utópico (una Euskal Herria independiente y socialista) ha producido monstruos, muerte y destrucción.

Tenía, por eso, muchísimas ganas de leer esta nueva novela de Harkaitz Cano, uno de los escritores más significativos relevantes e interesantes de la literatura vasca actual; y tenía muchísimas ganas de que me gustase, después de que Twist me dejase con un sabor amargo. El problema es que, me temo, La voz del faquir también se ha quedado a medio camino, aunque el que vaya, en mi opinión, de menos a más hace que la sensación final sea más positiva.

Desde el punto de vista puramente literario, tengo la sensación de que la novela, en cuanto a la acción y la creación de un personaje interesante, solo consigue arrancar y despegar a partir del momento del asesinato de Yoyes ('Arakis' en la ficción). El capítulo que describe el asesinato es sin duda el más duro y el más logrado del libro, con un efecto narrativo y emocional superior a todo el resto. Y es también a partir de ese momento cuando Imanol Lurgain gana cuerpo como personaje, mostrándose al mismo tiempo decidido y temeroso, orgulloso y frágil, mujeriego y dependiente, irresponsable y vanidoso como un niño grande. (Recuerda, en cierto modo y salvando las distancias, al Maiakovski de Prohibido entrar sin pantalones, de Juan Bonilla). Hasta ese punto, su personalidad parece estar sin definir, y el personaje consiste fundamentalmente en un agente narrativo al que le van pasando cosas, que vienen a coincidir, en lo fundamental, con los acontecimientos de la vida de Imanol Larzabal, el de verdad, pero sin que se construya una psicología compleja a partir de ellos. Esto me hace pensar (y aquí entramos ya en territorio "pues si eres tan listo haber escrito tú la novela") que una estructura menos lineal, que nos mostrase desde el principio a este Imanol final, más humano, habría cambiado completamente la experiencia de la lectura.

El otro punto en el que esperaba más de la novela tiene más que ver con lo político. Esperaba que, a través de la voz del "Faquir" Imanol, se reflexionase más en profundidad sobre el conflicto ético y político de fondo: sobre cómo se llegó a justificar lo injustificable, a pegar tiros en la nuca de políticos, empresarios o periodistas, a tachar de traidores a todas las voces discrepantes, a expulsar del País Vasco a quienes, incluso habiendo pasado por la cárcel y el exilio, se oponían a la continuidad de la banda en democracia. No es que Harkaitz Cano oculte esta violencia ni, por supuesto, la justifique, pero tampoco, creo, ahonda en esas cuestiones, en las derivas individuales o colectivas que llevaron a ese punto, o en la necesaria asunción de responsabilidades ante sus consecuencias. (Es posible que la comparación con Martutene también le perjudique en este caso). Por supuesto, Imanol no tenía en su conciencia delitos de sangre (y de hecho en la novela aparece casi como un pacifista, negándose a aprender a disparar), pero sí que convivió y colaboró con quienes, con o sin conflictos de conciencia, empuñaron un arma o colocaron una bomba; y los posibles dilemas morales que esta convivencia pudieran provocar (a él y al narrador-autor) parecen resumirse en la decepción personal por que sus antiguos amigos le abandonen y dejen de ir a sus conciertos, y no por que se hayan convertido en cómplices del terror.

Sí que son frecuentes, en cambio, y muy sugerentes, las reflexiones sobre el acto creativo (musical en este caso, pero extrapolable a otras áreas) y sobre la posición del artista en la sociedad, particularmente en momentos turbulentos como los que le tocó vivir a Imanol: ¿es aceptable hacer arte escapista en tiempos de plomo? Hay también algunas digresiones de interés y efecto variables (algo obvia la identificación del Faquir con el mártir San Sebastián; más sugerente y polisémica la de los caballos de Géricault). Pero lo mejor, pienso, sigue siendo ese último tercio de la novela, en que se puede hablar efectivamente de novela y no de simple narración biográfica: un Imanol digno pero arruinado, orgulloso pero rechazado por los que antes eran los suyos, que se tiene que resignar a cantar para un auditorio lleno de políticos y escoltas que ni siquiera conocen sus canciones, y que acaba viviendo del sablazo y del ocasional golpe de suerte, es la imagen más memorable que nos deja La voz del faquir.