sábado, 21 de noviembre de 2015

Zoom: El alma no es una forja, de David Foster Wallace

Resultado de imagen de david foster wallaceIdioma original: inglés
Título original: The Soul Is Not a Smithy
Año de publicación: 2003
Valoración: Imprescindible



Foster Wallace, como cualquier escritor que conozca su oficio, jamás suministra respuestas. Él expone, mostrando un universo concreto en toda su complejidad –entrelazado, tal como nuestros sentidos lo perciben, no como solemos encontrarlo: interpretado, sistematizado y servido en bandeja– y esto suscita toneladas de preguntas. De ahí que precise de mentes activas, dispuestas a seguirle cuando divaga, que en su obra de ficción es casi siempre, hasta tal punto que resulta difícil distinguir el cuerpo narrativo (principal) de las (secundarias) digresiones.
Todo está conectado: las diversas facetas de un relato entre sí, cada una de sus obras con todas las demás y él mismo con cualquiera de sus párrafos. Pues, más que proyectarse en sus escritos, Wallace vive en cuerpo y alma dentro de ellos. El conflicto perpetuo consigo mismo y con el mundo, su necesidad de convertirlo todo en objeto de ficción, de analizar y psicoanalizarse implícita o explícitamente, su lucidez y perspicacia, junto a un talento narrativo tan personal como fuera de lo común, producen genialidades como esta. Se trata del segundo relato del volumen titulado Extinción (Oblivion), compuesto de ocho piezas en total. Su protagonista es un escolar –trasunto del propio autor, probablemente– que experimenta un suceso traumático junto al resto de sus compañeros en plena clase de Educación Cívica. La anécdota sería impactante si su autor hubiese decidido recrearse en ella, pero al pasar por su tamiz, quizá para digerirlo con más facilidad, se convierte en un hecho casi trivial envuelto en un sinfín de experiencias y estímulos: el futuro de algunos personajes, las circunstancias del aula, la vida familiar del protagonista, su propia y compleja personalidad e, invadiéndolo prácticamente todo, esa fantasía desbordante que convierte el relato en un apasionante y divertido comic traducido a palabras, a pesar del drama subyacente al que el narrador se refiere como el trauma.
Ese ropaje imaginativo no impide que percibamos la escena con toda la intensidad, solemnidad, trascendencia que puede atribuirle un chaval de primaria. La maestría del relato a varias bandas nos acompaña por un terreno nevado –inscrito en el vidrio de la ventana con tinta invisible– donde la tragedia se cierne sobre una mujer, un hombre y un perro; nos muestra al avispado niño acribillado por las pesadillas porque intuye la asfixiante rutina laboral que experimenta su padre a diario y que describe, como si se tratase de una invención más, con una fidelidad que produce escalofríos,
“La sala luminosa del sueño era la muerte, yo podía sentirlo, pero no de ninguna forma que pudiera transmitirle o explicarle a mi madre cuando yo me ponía a gritar de miedo y ella venía corriendo. (…) La sensación global era que aquellas caras incoloras, de miradas vacías y afectadas por un sufrimiento que venía de largo eran la cara de una muerte que me esperaba mucho antes de que yo me marchara del mundo.”[i]
además de otras convincentes escenas, que funcionan literalmente, como factores que modelan la personalidad de un adulto en potencia, pero también como metáforas del tedio padecido por el hombre de hoy.


Del mismo autor: El rey pálidoHablemos de langostasEsto es aguaAlgo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Ensayos y opinionesEntrevistas breves con hombres repulsivosEncarnaciones de niños quemadosLa escoba del sistemaEn cuerpo y en lo otro

Sobre el autor: Conversaciones con David Foster Wallace, Todas las historias de amor son historias de fantasmas -David Foster Wallace, una biografía,



[i] Traducción de Javier Calvo

viernes, 20 de noviembre de 2015

Colaboración: El teniente Gustl, de Arthur Schnitzler

Idioma original: Alemán
Título original: Leutnant Gustl
Año de publicación: 1900
Traducción: Juan Villoro
Valoración: Recomendable

Hoy no estaba para grandes esfuerzos, así que he echado mano en la estantería a un libro de unas 60 páginas de uno de esos autores centroeuropeos  “rescatados” en los últimos años por Acantilado.

Hablamos del vienés Arthur Schnitzler (1862-1931) y de su novela breve El teniente Gustl, que, según parece, es uno de los primeros monólogos interiores publicados en lengua alemana.

En ella, asistimos a las divagaciones del joven teniente, envuelto en un duelo  previsto para el día siguiente. Por si esto fuera poco, un incidente de lo más freudiano (no desvelaremos más) le llevará al protagonista a plantearse la posibilidad del suicidio. Ay, el Honor (con mayúsculas).

Las reflexiones y acciones del protagonista avanzan como a trompicones: ahora pienso esto, ahora miro a esa chica, ahora estoy muy angustiado porque me quiero suicidar, ahora pienso en mi hermana,  etc. Vamos, todo un stream of conciousness (a la centroeurpea), que dirían los amigos Joyce y Faulkner.

Finalmente, un suceso inesperado hará que la supuesta angustia del personaje desaparezca de forma tan abrupta como han ido surgiendo sus reflexiones.

Esta forma de actuar se debe a la ridiculez o fatuidad del personaje, las cuales parecen ser una muestra de la decadencia, tanto del imperio austrohúngaro  como de sus principales instituciones, encarnadas en este caso en el ejército.

En cualquier caso, un relato interesante de uno de esos autores que forman parte, para mí, del “Medio Siglo de Oro” de la literatura austríaca (o austrohúngara): Zweig, Joseph Roth, Schnitzler, Musil…  Retratistas todos ellos de un mundo ya perdido, con unos valores que hoy en día pueden parecer un tanto anacrónicos, y de un período convulso que se llevó todo eso por delante, incluidos a algunos de estos autores.

Firmado: Kim Jong Nam

También de Arthur Schnitzler en ULAD: La cacatúa verdeLa señorita Else

jueves, 19 de noviembre de 2015

Juan Villoro: El testigo

Idioma original: español
Año de publicación: 2004
Valoración: Muy recomendable

Hay novelas breves que se proponen contar una historia sencilla, y pueden ser muy buenas o muy malas; y hay novelas ambiciosas, que se proponen construir un panorama de un país o una época, y también pueden ser muy buenas, o muy malas, pero siempre habrá que reconocerles por lo menos el valor de intentarlo. El testigo pertenece a esta segunda categoría: la de las novelas que necesitan años de escritura, y que a través de la historia de un conjunto de personajes se propone mostrarnos todo un país, en este caso México.

El protagonista de El testigo es Julio Valdivieso, un profesor universitario mexicano emigrado a Francia y casado con una italiana, que decide regresar a México para ocuparse del centro de estudios sobre Ramón López Velarde, uno de los "poetas nacionales mexicanos" (y que existió realmente, por cierto). Lo que pasa es que nada más llegar a México la historia se complica, y Julio se ve envuelto en la filmación de una telenovela sobre la revolución cristera, en un intento de canonizar a López Velarde y en una trama de intrigas entre la policía y los narcos; y por si eso fuera poco, también tiene que lidiar con los recuerdos del pasado que vuelven a perseguirlo: Nieves, la mujer de la que se enamoró perdidamente; Olga, la chilena a la que admiraba en la distancia (aunque todo el mundo pensase que se la tiraba); sus antiguos compañeros de "taller literario", como el Vikingo, Félix Rovirosa.

Es difícil decir que Julio Valdivieso sea un héroe. Ni en su vida sentimental, ni en la académica, ni en la política se destaca por una actitud firme y honesta; es más bien el testigo que indica el título, alguien que está ahí en segundo plano, en una discreta mediocridad, para observar y servir de testimonio. Y de hecho sus andanzas por la sociedad mexicana, del campo a la ciudad, de las altas cumbres a los bajos fondos nos sirven para ver la corrupción y la violencia que imperan en el país a todos los niveles. De hecho, este afán panorámico y transversal provoca en la novela algunas transiciones bruscas, pasando por ejemplo de Julio apaleado por la policía y abandonado a su suerte en un arrabal, a Julio alternando con el embajador italiano en México y con un escritor de éxito, en una escena claramente caricaturesca.

Como decía al principio, El testigo es una novela de una gran ambición, por lo complejo de sus múltiples tramas, por la variedad de personajes y ambientes, por la ambigüedad que afecta a casi todos los personajes, cuyas intenciones y fidelidades nunca están completamente claras. El estilo de Villoro, a veces algo preciosista, alterna aciertos brillantes con algún exceso de barroquismo; no todas las páginas ni todos los capítulos son igualmente brillantes. Pero en conjunto se puede decir que Villoro sale bien parado de la empresa que se había propuesto, y compone un cuadro en el que no falta el humor, la crítica social, el amor, la literatura... No solo es una novela ambiciosa, sino que es una buena novela ambiciosa. Doble mérito.

También de Juan Villoro en UnlibroaldíaArrecifeDios es redondo¿Hay vida en la Tierra?

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Muriel Spark: La abadesa de Crewe

Idioma: inglés
Título original: The Abbess of Crewe
Año de publicación: 1974
Traducción: Pepa Linares
Valoración: entre recomendable y está bien

Feliz y para mí reciente descubrimiento -gracias a ULAD- de la escritora británica Muriel Spark, así que, con permiso, aquí va otra reseña de un libro suyo: en esta ocasión, se trata de una breve novela cuya acción se sitúa en un convento de monjas,  en el corazón de Inglaterra. A la muerte de la abadesa Hildegarde se desata una lucha sucesoria, más o menos soterrada -pues las monjas pueden elegir a la nueva abadesa, pero no pedir el voto por ninguna-, entre la hermana Alexandra, inteligente, culta y distinguida, devota del Niño Jesús de Praga y de los poetas ingleses contemporáneos, y la hermana Felicity, por otro lado, de aire más plebeyo -aunque origen no menos aristocrático-, partidaria de la renovación de la regla monástica y aficionada, en su caso, a la costura y a los encuentros nocturnos con el padre Thomas, jesuita. Felicity cuenta con el apoyo de las sediciosas monjas del taller de costura, mientras que Alexandra dispone de la lealtad incondicional de sus acólitas Walburga, Mildred y Winifrede, así como con la ayuda de un sistema de escuchas electrónicas que han escondido por todo el convento. Completa el panorama de la abadía la ausente hermana Gertrude, siempre en alguna misión por distintos lugares del mundo y que, por línea telefónica,  parece aportar la cordura -aunque sea desde el hartazgo-, frente a las intrigas y desvaríos de sus compañeras. 

La novela -no hace falta ni decirlo- tiene un marcado tono humorístico y aun paródico: no olvidemos que se publicó en 1974, en pleno auge del escándalo Watergate, del que en ese momento resultaba imposible sustraerse. No obstante, hoy en día, cuando aquel affaire no es sino parte de la Historia, el libro sigue funcionando a la perfección como una sátira del poder político (aunque no sólo político), de sus operaciones y triquiñuelas,  de los juegos de información y desinformación a los que acostumbra (y recordemos a este respecto que Muriel Spark perteneció durante la II G.M. al servicio de contraespionaje británico, donde se hizo amiga de Graham Greene, otro que tal...), del cínico maquiavelismo -la referencia no es gratuita- de quien considera que el fin está por encima de los medios empleados y que, a poco que se descuide y pierda la perspectiva, acaba conducido al delirio y de ahí,  al ridículo.

También es evidente la crítica a las dinámicas internas de la Iglesia Católica, a las diatribas  de sus distintas facciones y la absurdez de ciertas prácticas (curiosa crítica,  puesto que Muriel Spark se había convertido, ya en la edad bien adulta, al catolicismo. Aunque es verdad que otro converso, como era Evelyn Waugh, también soltaba alguna que otra andanada en sus libros).  Es cierto, por otra parte, que el tema monjil siempre ha dado mucho juego para la ficción; muy en especial, cuando se trata de monjas de clausura (no puedo dejar de recordar aquella divertida película del primer Almodóvar, Entre tinieblas). Supongo que ciertas elucubraciones son inevitables cuando hablamos de recluir juntas a un montón de personas del mismo sexo y especialmente sensibles a su condición de pecadoras; más aún si los únicos entretenimientos que les son permitidos se resumen en el Ora et labora...

Por último -tranquilos, que ya acabo-, también se puede ver en el libro una crítica al archiconocido clasismo británico, al parecer aún bastante vigente en aquella época ( no sé si sigue estándolo todavía, pero es que yo, con ciertas sutilezas, me pierdo); sor Alexandra, en concreto, parece ver en la abadía, más que un espacio consagrado a a mayor gloria del Señor,  uno que lo esté a la preservación de un sistema de castas y regido por una élite más preparada y exquisita -ella misma, básicamente-; una especie de reducto o reserva de los valores propios del Antiguo Régimen... aunque sin desdeñar para su preservación los más modernos métodos de espionaje y control, claro, que una cosa no quita la otra... (¡Caramba!... a ver si va a resultar que estamos todos metidos en la abadía de Crewe, sin saberlo).

Portada deliciosamente ácida de Sara Morante, por cierto.


Más libros de Muriel Spark reseñados en Un Libro al DíaMemento MoriLos solterosEl asiento del conductorLa plenitud de la señorita Brodie

martes, 17 de noviembre de 2015

Bernard Maris: Houellebecq economista

Idioma original: francés
Título original: Houellebecq économiste
Año de publicación: 2014
Traducción: Antonio Prometeo Moya
Valoración: recomendable para fans

Preámbulo necesario.
Bernard Maris murió este año, antes de cumplir la setentena. No murió de accidente ni de enfermedad alguna. Murió en enero, en París, el día 7 concretamente, y todo el mundo supo de las circunstancias de su muerte y vio imágenes y fue otro de esos momentos que paraliza el mundo. Bernard Maris murió en su despacho en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo. Fue una de las víctimas del asalto yihadista y murió en las instalaciones de la revista que había fundado y para la cual aún colaboraba bajo el pseudónimo de Oncle Bernard.
La casualidad quiso que ese día se publicara Sumisión y que Maris fuera un buen amigo de Michel Houellebecq que, afectado por la situación, procedió a interrumpir precipitadamente la promoción de su novela. Una sensacional  novela que, si su temática no fuese suficiente por sí sola, ha quedado indeleblemente asociada a estos repugnantes hechos.

-Otra casualidad, igualmente trágica, hace que, cuando esta reseña está ya programada se produzcan los atentados del 13 de noviembre-

Hace apenas unas horas he estado leyendo a Roberto Saviano, otro escritor, otro comunicador bajo amenaza, efecto que la redacción del semanario francés consiguió con sus viñetas sobre Mahoma y efecto que el mismo Houellebecq va acumulando a base de meterse con el islam a través de sus personajes. Parece que no hay que andarse con bromas con según quién,
El libro que nos ocupa es un claro testimonio de la amistad y la admiración mutua existente entre Houellebecq y Maris. Maris recoge el pensamiento económico que Houellebecq volcó en sus obras y lo hace de una manera rendida. Selecciona entre toda la obra de Houellebecq (exceptuando, lógicamente, Sumisión) y, a base de hurgar, extrae una nada desdeñable recopilación de frases, reflexiones, pensamientos y disquisiciones merced a las cuales proclama, con ese título a su admirado amigo, y le otorga el título que el mismo Maris tenía: llegó, curioso para un personaje que seguro que por estos pagos encuadraríamos dentro del  panorama alternativo, a ser consejero del Banco Nacional de Francia.
Los iniciados en la obra de Houellebecq ya habíamos detectado ese pensamiento crítico hacia el liberalismo y el capitalismo feroz. Maris ejerce de recopilador y de ordenador en el tiempo de esos bosquejos ideológicos. Lo hace criticando desde el propio sistema y lo hace con conocimiento. Puede, para los profanos en los iconos del pensamiento económico (Keynes, Malthus, Ricardo, Schumpeter) desde una cierta espesura conceptual y un planteamiento que podría apreciarse algo cargado en la erudición. Disculpable en el contexto aunque un cierto impedimento para quien quiera usar este libro como un mero entretenimiento que le acerque a la obra de Houellebecq. Pues Maris hace sus propias aportaciones y vertebra y ordena la información, y bien hace en recalcar que nadie mejor que un escritor para escribir de economía. Maris no es tan fluído y directo como el autor del que habla. Lógicamente.
Habrá quien tilde esta de publicación algo oportunista tanto por las condiciones del autor como por el retorno de Houellebecq a la cúspide de la polémica. Como si no hubiera sido una acción mucho más torpe guardar estos escritos en el cajón y negárselos a un público ávido de información. El islamismo sólo aparece muy de soslayo y Maris no carga las tintas en el tema: defiende a un escritor con el que siente afinidad (lo defiende hasta de las frecuentes acusaciones de misoginia) y lo hace con seriedad y convicción. Convicción: esa es la palabra; a quien Houellebecq ya le interese, este libro lo empujará a releer su obra lápiz en mano. Quien lo deteste seguirá considerándolo un francés gruñón y malcarado enfrentado a todo el mundo. 

lunes, 16 de noviembre de 2015

Arturo Pérez-Reverte: Hombres buenos

Idioma: español
Año de publicación: 2015
Valoración: por una parte, está bien; por otra, intragable


Hacía un porrón de años que no leía nada de Pérez-Reverte. Cuando escribo "porrón", me refiero a la época de los primeros Alatristes...¿cuánto hace ya de eso? ¿Doce, quince años? Por ahí... Lo menciono porque aunque me consta que él ha ido sacando libros con la regularidad de un metrónomo o un desfile militar (¿cómo no enterarse, con las campañas de promoción por tierra, mar y aire que suelen acompañar el lanzamiento de sus novelas?), yo no tenía mucha idea de por dónde han ido sus derroteros literarios; si sigue haciendo lo de antes o ha evolucionado hacia... yo qué sé, la autoficción metaliteraria. Por decir algo. 

Impelido por razones que no vienen al caso a leer su última novela, Hombres buenos, ahora puedo afirmar que Pérez-Reverte ha mejorado bastante como escritor: ya no abundan tanto los lugares comunes, los diálogos chulescos... los personajes apareen definidos por algo más que un patronímico chocante y dos o tres rasgos tópicos (ahora son cuatro. por lo menos); la narración se ha vuelto menos efectista y más reflexiva. A cambio, el libro también resulta más aburrido, me temo. También es verdad que la historia que nos cuenta no resulta especialmente trepidante: se trata del viaje -auténtico- que, a finales del siglo XVIII, realizaron a París dos miembros de la Real Academia Española de la Lengua con el objeto de adquirir, para tan venerable institución, una primera edición completa de la Enciclopédie de Diderot y D'Alembert, el no va más del saber científico y filosófico del momento. Una historia ésta que con seguridad le resulta especialmente cara a don Pérez-Reverte, pues no olvidemos -ni podemos hacerlo, puesto que él se encarga de recordárnoslo a lo largo de todo el libro- que también es académico de la RAE... pero una historia, en fin, que a pesar de los loables intentos del autor por darle vidilla a la trama, da como resultado una novela fundamentada, más que nada, en una recreación histórica minuciosa -y aparentemente bien conseguida, hay que decirlo- y en los constantes diálogos entre los personajes. Conversaciones que tratan sobre todo, como no podía ser de otra forma, de: 
1-Libros y autores de la época.
2-La disyuntiva entre tradición /modernidad o ciencia/ superstición (por no decir religión).
3-España; es decir: los males de España; los remedios a los males de España; la dificultad de aplicar los remedios de los males de España, etc... (toda una fiesta, vaya).

Los protagonistas, el marino don Pedro Zárate y el bibliotecario don Hermógenes, resultan una pareja dispar pero bien avenida (en la tradición de las buddy stories: Don Quijote y Sancho, el Gordo y el Flaco, Mortadelo y Filemón...); demasiado bien avenida, quizá, desperdiciando el juego que podrían haber dado sus desavenencias. Menos mal que a partir de un cierto momento se les incorpora el ínclito y revolucionario abate Bringas, (personaje también real, al parecer), para aportar la nota discordante. En todo caso, resulta incluso loable la idea de honrar la memoria de unos hombres que trataron, en la medida de sus posibilidades, de contribuir a desasnar a sus compatriotas (con eficacia harto discutible, como demostraron los dos siglos subsiguientes).

Para ser justos, hay que admitir que el resultado de estas casi seicientas páginas es una novela correcta, bien escrita y ambientada, de lectura fácil aunque, como ya he señalado, más bien aburridilla. Pero en fin, aconsejable a quien le gusten las recreaciones históricas y las novelas de corte convencional. Ahora bien... quizá no tan convencional porque resulta que Pérez-Reverte sí que se dedica, o al menos lo utiliza,  a ese recurso tan à la page que es la llamada "autoficción". Aunque sea una autoficción un tanto impostada: en efecto, don Arturo se coloca a sí mismo como personaje para contarnos sus cuitas, indagaciones y difíciles pesquisas para documentar esta novela como es debido (perfeccionista que es... y deja ver). Es un truco muy pillo, puesto que le sirve, por un lado, para colarnos así la información que, en rigor, debería de proporcionarse a través de la narración en sí. Y por otro, nos demuestra lo muchísimo que ha trabajado en la ambientación, a pesar de que tal cosa no se trasluzca siempre en la novela (por ejemplo: nos cuenta los muchos y venerables libros y cartografía que hubo de consultar para establecer la ruta exacta de Madrid a París en el siglo XVIII, con sus casas de posta, etc... y luego, apenas lo utiliza al contar el viaje). De paso, inserta como personajes a algunos de sus compañeros académicos, a quienes seguro se les hizo el culo gaseosa al verse inmortalizados en tan insigne obra.

¿Les parece que el tono de la reseña se ha ido agriando en el anterior párrafo? Pues sí, lo siento... pero si hay algo que me toca las narices -por no decir otra cosa- es esta puñetera moda de la autoficción, más aún si es fullera, como es el caso... ¿Quién les ha dicho a los juntaletras de turno que a los lectores nos interesan un pimiento su vida y circunstancias? Por lo que a mí respecta, acepto -a regañadientes- que lo haga Emmanuel Carrére, por ejemplo, que ha demostrado ser un buen escritor; paso por que lo haga Laurent Binet, que parece buen chaval. Incluso se lo puedo perdonar a... no sé, Paco Roca, que al menos tiene el doble curro de dibujar y escribir (a Cercas, por si alguien se lo está preguntando, no se lo perdono). ¿Pero a Pérez-Reverte? ¡Ni hablar del peluquín! Además, si quisiera saber algo -más- de su vida, para eso está twitter, que tampoco es que sea muy discreto, el hombre...

Vamos, jamais de la vie! (que es la manera fina de decir que en mi **** vida).

(Pido perdón si alguien se siente molesto por las palabras de mi último párrafo -excepto si se trata del autor del libro, claro está-, y les doy gracias a todos por su comprensión al permitirme el desahogo. Que tós semos personas humanas... ¿que no?).


Otros libros de Arturo Pérez-Reverte en ULADCabo TrafalgarLa sombra del águilaEl maestro de esgrimaLa reina del sur

domingo, 15 de noviembre de 2015

Colaboración: Golpe de fortuna de Gonzalo Ostagain

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2003
Valoración: recomendable

El atletismo y la narrativa tienen bastante que ver, y me explico: cojan ustedes a Usain Bolt y a Fernando Iwasaki y no verán entre ellos el menor parecido físico pero ambos, el jamaicano y el peruano, son, cada uno a su manera, excelentes velocistas. Un atleta, como un narrador, debe encontrar su distancia idónea, su zona de confort, esa longitud en que pueda conseguir el máximo rendimiento. Digo todo esto a raíz de mi última lectura, Golpe de fortuna, de Gonzalo Ostagain.

Hace años el autor vizcaíno ganó el Lope García de Salazar con un cuento impagable, "La arpía y su bestia favorita". Sigo reconociendo al autor de esa maravilla en este volumen de micros pero percibo en algunos de ellos cierta precipitación: las tramas son geniales pero algunos desenlaces chirrían levemente, bien por demasiado explícitos, bien por apresurados.

En los más humanos ("Para lo que sea menester", "Las artes de la dominación", "Filatelia", "Modu Tollendo Ponens", "Flotación traumática"), los protagonistas, llevando la contraria al título, son seres desafortunados, desorientados, desencantados y a los que la vida les reserva una última barrabasada. Es curiosamente en su descripción donde más se nos seduce: la sutileza, la ironía, el piadoso sarcasmo con que se nos da cuenta de los avatares que los han colocado en el nudo de la historia están muy bien modulados.

En otros, una lágrima anega "Baikal", un bosque se conjura contra sus "Taladores", unos libros se escapan de una biblioteca en una insólita "Desbandada"… En "Cuando despertó" se rinde un irreverente homenaje a Monterroso.

Los desenlaces son una continua sorpresa aunque a veces se echa de menos en la conclusión la delicadeza que hemos notado en el desarrollo. Son justamente aquellas historias que no están condicionadas por esa última vuelta de tuerca, por ese trompo que siempre se le supone al género, las más jugosas ("Polígono amoroso", "El ángel descalzo").

No se les ocurra saltarse el maravilloso prólogo de Aurelio Pizarro. Imposible con este comienzo: "El reloj es el más inquietante símbolo de la muerte, el segundo es la rutina. Bajo el acecho combinado de estas dos fuerzas discurren nuestros días".

El seudónimo bajo el que se oculta el autor, Santiago González, es la prueba definitiva de su genialidad.

Firmado: Aster Navas