lunes, 16 de abril de 2018

Fannie Flagg: Tomates verdes fritos


Idioma original: inglés
Título original: Fried green tomatoes at the Whistle Stop Cafe
Año de publicación: 1987
Traducción: Víctor Pozanco Villalba
Valoración: Muy recomendable



Etiquetada en su momento —qué sorpresa— como «literatura para mujeres», esta obra candidata al Pulitzer alcanzó el éxito en nuestro país gracias a la adaptación cinematográfica de Jon Avnet en 1991. El guion, coescrito por la propia Fannie Flagg, recibió una nominación al Oscar al mejor guion adaptado.

Da igual el ñoño póster con las cuatro mujeres sonrientes o la estampa de alborotada decadencia sureña que podáis haber retenido en vuestra retina. Dejad a un lado las primeras impresiones, las etiquetas y los prejuicios porque esta novela no tiene NADA de inocente.

Resumen resumido: Evelyn Coach realiza una de sus penosas visitas a su suegra en la residencia Rose Terrace cuando conoce a la locuaz y encantadora Ninny Threadgoode, otra residente con la que traba una sincera amistad. El cariño de Ninny y su relato por entregas sobre las aventuras de los habitantes de un pueblecito llamado Whistle Stop, en el marco de la Gran Depresión, inspirarán a Evelyn para decidirse a tomar las riendas de su vida.

Se trata de una narración dentro de una narración donde buena parte del peso recae en las vivencias de los habitantes de Whistle Stop y, especialmente, las de Idgie Threadgoode y Ruth Jamison; su trama y su conflicto son los que vertebran la novela. La trama de Evelyn y Ninny tiene un papel más secundario siendo igualmente sólida e interesante. A estas dos tramas se les unen multitud de pequeñas sub tramas relacionadas con el raudal de personajes que aparecen en las narraciones de Ninny. 

Los que hayan visto la película y crean que ya lo saben todo deberían atenerse a lo siguiente: en primer lugar, la película (mucho más puritana) omite cuestiones y personajes de sumo interés al tiempo que «carameliza» los hechos con algunos detalles, en mi opinión, innecesarios. En segundo lugar, se estarán perdiendo la experiencia de leer una obra muy muy especial que engancha y satisface a partes iguales. ¿Qué tendrá Tomates verdes fritos que seduce a todo el que la lee?

1. Estrategia narrativa dinámica y bien pautada; capítulos cortos con diferentes narradores, por lo que la narración adquiere una cualidad envolvente, con muchos puntos de vista. El narrador principal, en tercera persona omnisciente, narra el pasado en Whistle Stop así como la trama presente de Evelyn y Ninny; pero cuando Ninny empieza a hablar del pasado, ella misma se convierte en narradora en primera persona dotando a su relato de emoción y cercanía. Otros recursos narrativos son el Semanario de Dot Weems u otras gacetas locales mediante las cuales vamos obteniendo información sobre los personajes y las diversas tramas y sub tramas. Las voces están muy conseguidas: Ninny es adorable sin caer en el cliché de la anciana charlatana; lo mismo sucede con Dot Weems, una cotilla de pueblo institucionalizada y alegre.

2. El humor fluye en toda la narración y genera complicidad con el lector, al tiempo que contribuye a la atmósfera luminosa que impregna hasta los momentos más dramáticos. La autora esgrime la ironía a la menor ocasión, como en este fragmento del Semanario de Dot Weems:

«El Club Teatral de Whistle Stop hizo su representación anual el viernes por la noche, y yo tengo que decir: ¡Muy bien, chicas! El título de la obra es Hamlet, del dramaturgo inglés Mr. William Shakespeare, que no es desconocido en Whistle Stop porque escribió también la obra del año pasado»

3. La galería de personajes es impresionante, un riquísimo tapiz de diversidad en el que hasta el menos decisivo para la trama está definido con sus conflictos y sus antecedentes siempre al servicio de la acción. 

4. El compromiso de la novela con cuestiones delicadas (y más en 1987) y el tratamiento naturalizado de las mismas con humor, reflexión y positivismo —que no buenismo—, y sin caer en los estereotipos:

  • El machismo y la violencia de género en todas sus escalas. El machismo cotidiano se extiende de forma natural en todo el texto:

«Hay muy buenas personas que son asesinos. (…) Sí señor. No daría un paso por ayudar a un ladrón. En cambio, un asesino lo es solo una vez, casi siempre por alguna mujer, y no reincide»

  • El racismo, también en todas sus magnitudes y como muestra de otros males menos perceptibles como el egoísmo o la falta de empatía.

«(…) al empezar los problemas en los años 60, tanto ella como la mayoría de los blancos de Birmingham se vieron sorprendidos por los acontecimientos. Y todos coincidían en lo mismo: “No son nuestros negros” los que provocan los disturbios. Lo achacaban a agitadores externos enviados desde el norte. También solían dar por sentado que sus negros “eran felices tal como estaban”. Años después, Evelyn se decía en qué habría estado pensando ella para no percatarse de lo que estaba sucediendo justo al otro lado de la ciudad»

  • El retrato de la menopausia a través del malestar de Evelyn, que incluso fantasea con el suicidio. La autora consigue que el lector deje atrás la idea simple y facilona de «aquí tenemos otra madurita depresiva».

«—Pero es que yo tengo la sensación de ser demasiado joven para pasar por eso —dijo Evelyn—. Sólo acabo de cumplir cuarenta y ocho.
—Qué va, encanto. Muchísimas mujeres lo pasan antes. Se dio un caso con una georgiana de sólo treinta y seis años, que cogió un día el coche y subió con él por la escalinata del Palacio de Justicia del condado, bajó la ventanilla y le tiró la cabeza de su madre, a quien acababa de cortársela en la cocina, a un policía, gritándole: “¡Hala, para ti!”, y volvió a bajar la escalinata con el coche. Así que, ojo, que en eso puede parar una menopausia precoz si no tienes cuidado»

  • El lesbianismo. La relación amorosa entre Idgie y Ruth es algo que la película pasa tan de puntillas que muchos espectadores ni siquiera la percibieron. Sin embargo, la novela da por hecho esa relación, sin caer en el morbo y con absoluta naturalidad, tal como se desprende del Semanario de Dot Weems: 

«Mi otra mitad regresó de la excursión de pesca organizada por el Club del Hinojo totalmente de vacío y con el trasero hecho un mapa de arañazos de ortigas. Dice que la culpa ha sido de Idgie, que le dijo que se sentase allí. Ruth dice que también Idgie tiene un mapa en el mismo sitio»

Al final del libro —anécdota muy comentada— se adjuntan varias de las recetas que Sipsey preparaba en el café de Idgie y Ruth. Resulta curioso y sobretodo oportuno por la enorme presencia de la gastronomía del sur a lo largo de toda la narración.
Así que muy recomendable porque es una novela audaz, divertida, comprometida, luminosa, emocionante y escrita y planteada con muchísima habilidad e ingenio. Casi me atrevería a decir que también la pueden leer los hombres y hasta llegar a disfrutarla y apreciarla pero, claro, qué sabré yo de etiquetas editoriales.

Ya para acabar, la edición de Tomates verdes fritos que he tenido ocasión de leer corresponde a la imagen que adjunto con la reseña. La descripción del café de Idgie y Ruth según la novela es:

«Era una pequeña construcción pintada de verde y con un toldo a franjas blancas y verdes bajo un anuncio de Coca-Cola que decía: THE WHISTLE STOP CAFÉ»

Sí, sí, no sigáis buscando el toldo o el anuncio de Coca-Cola la portada es esa como podría ser una foto del Zoo de Nueva York, otra muestra de la desidia editorial de la que ha sido objeto esta novela en nuestro país a lo que añado que Tomates verdes fritos está, a día de hoy, descatalogada. 

A veces sueño que ha sido re editada por Blackie Books...

domingo, 15 de abril de 2018

Zoom: Snowhite de Ana Juan

Idioma original: español
Año de publicación: 2001
Valoración: recomendable

Hace ya tiempo, al menos una década, que en España ha proliferado la aparición de libros cuidadosamente encuadernados y, sobre todo, magníficamente ilustrados; se trata tanto de reediciones de clásicos como de obras nuevas cuyo texto puede debe ese incluso a la misma mano ilustradora (caso de Vida de las paredes, por ejemplo). Esta tendencia, que espero se haya convertido ya en algo permanente, se debe en gran medida a la labor de editoriales independientes, como Nørdica o El reino de Cordelia, aunque también se han sumado otras encuadradas en grandes grupos, como la histórica Lumen. Ahora bien, esto ocurre hoy en día , en el año 2018 (me permito un aparte: asusta pensar que estamos sólo a un año de aquél en el que se desarrolla Blade Runner... me refiero a la peli original, la buena), pero allá por el año 2001 no constituía aún una "tendencia editorial". De ahí el interés, además de por su valor intrínseco, claro está. que tiene este relato escrito e ilustrado por la archireconocida Ana Juan.

Más aún porque el relato, más propiamente esta vez, el cuento que ocupa este libro, es una reelaboración del celebérrimo Blancanieves, uno de los pilares de la tradición literaria occidental, junto con otros cuentos supuestamente infantiles, la Biblia y alguna que otra cosilla más...); reelaboraciones que al comenzar este siglo tampoco se estilaban tanto como ahora, tras la estupenda película (hoy toca cine...) El secreto de los hermanos Grimm y otras que le han ido a la zaga: Hansel y Gretel, cazadores de brujas, Maléfica o, precisamente, Blancanieves y la leyenda del cazador... Claro que la interpretación que hace Ana Juan del cuento dista bastante de la mera sofisticación escénica e indumentaria  y no digamos del steampunk que podemos encontrar en  las películas citadas; en este caso, la autora ha situado a sus personajes en una mansión de algún lugar de Inglaterra, en el período de entreguerras: Snowhite es la hija de Lord Hawthorn -el nombre tampoco parece casual-, que tras las consecutivas muertes de madre y padre, se ve a merced de la consabida y vanidosa madrastra, con su espejito, etc... Quien ordena que la joven sea abandonada en el bosque y todo lo demás... (ahora que lo pienso, supongo que no le estoy haciendo spoiler a nadie... ¿O SÍ?). 

Pero resulta que el bosque aquí no es tal, sino una metáfora para definir el mundo exterior a la mansión, a la burbuja -aunque tampoco en el mejor sentido del término- en el que hasta ese momento había vivido la joven, perdida ahora en una sociedad dura, cruel e incluso depravada, en la que Snowhite debe ganarse el pan trabajando en la taberna" Lilly & Putt", de los hermanos Dimes. Va quedando claro que esto no es una versión para niños de la historia: Ana Juan aprieta un poco más las tuercas a sus personajes y no les ahorra ni violencia -empezando por la sexual-, ni conocer la droga o las perversiones... Tampoco una sutil ironía, que se refleja en las alusiones a otras obras literariaas (el evidente Gulliver, pero también el aire dickensiano de toda la historia) o pictóricas (para empezar, el expresionismo en blanco y negro de las ilustraciones, pero también algún momento "bosquiano" a costa de los enanos Dimes).

Y aquí llegamos, por fin (ya acabo), a la parte gráfica del libro... He de decir que a mí, en principio, no me entusiasma el estilo de Ana Juan, mórbido y redondeado, aunque es cierto que sus ilustraciones suelen encerrar más contenido del que se ve a simple vista y merecen una contemplación detenida. En este caso, además, las láminas en blanco, negro y grises se ven  complementadas con pequeñas figurillas silueteadas en negro. Ilustraciones todas muy a tener en cuenta, además, porque en este libro no son un mero reflejo de lo escrito, sino que  forman parte de la narración. Ilustraciones que van desde lo humorístico a lo terrorífico, de lo costumbrista a lo irónica y morbosamente erótico... En fin, un libro que, pese a su brevedad, merece sumergirse en él y explorar algunos aspectos turbios, pero fascinantes, de los cuentos que les contamos a nuestros hijos... y sobre todo a nuestras hijas. Quizás deberíamos contarles la versión de Ana Juan, para que vayan prevenidas, no sé.






sábado, 14 de abril de 2018

Philip José Farmer: Un exorcismo. Rituales I y II


Idioma original: Inglés
Título original: The image of the beast. An exorcism: Ritual One 
Traductor: Antonio Resines
Año de publicación: 1975
Valoración: Estoy confuso (para bien, creo) 


 Un ambiente enrarecido por el smog; el más denso de la historia de los condados de Los Ángeles y Orange. Un detective privado, Childe, que asiste a la proyección de una película porno. En ella, su socio, recientemente desaparecido, es mutilado brutalmente. Childe empezará a buscar a los responsables de tamaña atrocidad... Sin tener en cuenta que él mismo puede ser el siguiente en caer en sus garras. Empezamos fuerte, ¿eh?  

 En esta reseña intentaré estar a la altura de las circunstancias, aunque no las tengo todas conmigo. La imagen de la bestia es una novela extraña. La empecé a leer pensando que supondría un pasatiempo inocuo. Entretenido, a lo sumo, pero sin trascendencia alguna. Y al volver la última página, todo parecía indicar que así había sido. Pero me era imposible ignorar una vaga sensación que me había atravesado en varias ocasiones a lo largo de la lectura, sensación que desmentía y reforzaba a partes iguales mi prejuicio respecto al libro. Me explico: no tengo claro si la novela es una auténtica maravilla o no. Parece bastante consciente de la clase de literatura que es, y en ningún momento promete más de lo que es capaz de dar. Eso no impide que Farmer ridiculice, asimismo, las barreras que separan su obra de otras consideradas "mejores”. Pero esas barreras todavía existen, ¿no? Por lo tanto, La imagen de la bestia sigue siendo mala. (¿?) ¿O la el autoconocimiento de la novela y el manejo que hace del mismo la convierte en un producto bueno? ¿Es mejor Sherlock Holmes que La Sombra? Sí. No. En principio. 

 Da igual, volvamos a La imagen de la bestia antes de que me gane a más detractores y aleje a un público potencial de esta obraEste libro es una mezcolanza de géneros. La novela negra se plasma en el protagonista y la investigación que lleva a cabo. La ciencia ficción, en el smog y los mutantes. Los elementos góticos hacen acto de presencia en forma de criaturas sobrenaturales y casas repletas de pasadizos secretos. Tampoco nos olvidemos del componente pornográfico que embadurna cada capítulo. Una auténtica locura, vamos. Podríamos enmarcar a este abigarrado pastiche dentro de la literatura pulp más genuina.

 Sus excesos van más allá del cóctel de géneros; también están presentes en una narrativa sin complejos a nivel formal y conceptual. La redacción de Farmer es burda, torpe, repetitiva. Y las ideas que pululan por aquí... Farmer está dispuesto a soltar alocadas ideas cada dos por tres, sin sonrojarse siquiera. Estas ideas resultan ingeniosas a ratos; otras veces, totalmente ridículas. Pero La imagen de la bestia no tiene sentido del ridículo y jamás lamenta haberse desmadrado; si acaso, nos escupe en la cara que no somos el lector idóneo para disfrutarla y se va de rositas. En cierto modo, esta novela me recuerda bastante a Que se mueran los feos, de Boris Vian. Tanto por la historia como por la forma en que está escrita. 

 El carácter irreverente (hablo a nivel literario, no narrativo) del libro, en definitiva, me tuvo magnetizado desde el principio. No se ceñía a ninguno de los parámetros de lectura que poseo, y eso que me gusta pensar que son bastante amplios. Y aún y así, hubo algo en esta novela que debió convencerme. Porque, como he dicho antes, ciertos indicios me hicieron pensar que no estaba (solamente) cara a cara con un producto de entretenimiento. ¿O sí? 

 Farmer aporta. Bueno, quizás no sume para todos. De hecho, seguro que, desde la perspectiva de muchos, degrada a la literatura. Pero quedémonos con que nos ha seducido a todos. Su impúdica, disparatada y alucinante novela nos ha encantado. Contra todo pronóstico. ¡Pues a disfrutar de sus aciertos! Y es que cuando le interesa, el autor suelta auténticas perlas. Perlas casi profundas, como las reflexiones que giran en torno el protagonista y su relación con su ex esposa. O perlas que no necesitan de profundidad para encantarnos. Pienso en el personaje de Vivienne. En el fantasma y sus métodos para abandonar su condena ectoplásmica (y otra condena peor que la incorporeidad, condena que no voy a revelar). Los globos. Oh, sí, los malditos globos.

 Pero nada de esto quita que la novela siga siendo bastante peculiar. Todavía debo decidir si Farmer me ha fidelizado lo suficiente como para ir a por la parte dos de esta saga, titulada ¡Cuidado con la bestia!. Ya veremos. 


PD: Si esta cubierta os parece fea de narices, la de la edición que yo leí es si cabe más atroz todavía; ay, la vergüenza que me entró al dárselo a la bibliotecaria para sacarlo en préstamo. Si alguien quiere, verla, que la busque... Paso de publicarla en esta entrada o enlazarla.  




Idioma original: Inglés
Título original: Blown Sketches among the ruins of my mind 
Traductor: Jordi Beltrán
Año de publicación: 1987
Valoración: Decepcionante 


 ¡Cuidado con la bestia! es la continuación de La imagen de la bestia. He leído esta novela antes de lo que tenía planeado, creo que para recuperar esos elementos que me gustaron de la primera entrega. Y ya aviso que no los he encontrado. Probablemente eso condicione mi crítica. Lo siento.

 No voy a andarme con preámbulos. Mientras que Farmer suelta una serie de ideas extravagantes al vuelo en La imagen de la bestia, ahora parece querer clavarlas con agujas en una pared. Estructurarlas. Racionalizarlas. No suele importarme que se vaya generando un andamio lógico en un suceso literario que parecía carecer de sentido. Me gusta como los mitos de Lovecraft van siendo apropiados por ciertos autores, que los dotan de una interesante coherencia interna. El problema aquí es que la aparición de la lógica llega un libro tarde (aunque se entrevé que Farmer ya la tenía planeada desde el principio) y a veces acaba siendo muy conveniente. De hecho, esta lógica parece antagónica a la alocada y estrafalaria fantasía de la saga; el contexto resulta perjudicial para el desvarío febril. Ya en la primera entrega se burlaban de la voluntad humana por comprenderlo todo. Y ahora Farmer cae en ello. Parece ser que era lo que pretendía, como ya he dicho, pero no le queda conseguido, la ejecución fracasa. Por suerte, y a pesar del empeño de Farmer en justificar en demasía sus idas de olla, estas siguen apareciendo. Sí, vale, demasiado explicadas, pero ahí están. El autor empieza rescatando a Vivienne, un personaje que ya era misterioso en la primera parte, y dándole una escena totalmente descabellada (más que la que ya tuvo en su momento). O sea, que un personaje que ya en La imagen de la bestia hacía palidecer al resto de su grupo, grupo que parecía poseer ciertas cualidades sobrehumanas, asociadas a los licántropos o vampiros, es ahora mostrado con más extrañeza todavía. También me gusta la incorporación de Plugger, otro ser al que tampoco se puede relacionar con nada existente hasta la fecha. 

 En fin, vamos a la trama. ¡Cuidado con la bestia! incorpora a otro protagonista, que compartirá en esta ocasión perspectiva narrativa con el (ahora) ex detective Childe: Forry, un aficionado a la ciencia ficción. Ambos se verán envueltos en una guerra que se remonta a tiempo atrás, donde criaturas alienígenas llamadas ogs y tocs se pelean para conseguir el “Grial”. Este objeto, una vez activado, podrá devolverlos a sus respectivos planetas. Y para activarlo necesitaran a Childe. Las excusas que da el autor para justificar elementos previos se ven forzadas. Si ya se sugirieran más explícitamente en la primera parte, vale, pero que ahora aparezcan, sin más... No me convence. Unos seres que parecían quererle mal a nuestro protagonista ahora dependen de él. ¿En serio? ¿Me estás vacilando? Sabían que lo necesitaban, y aún y así actuaron de esa forma. ¿Fue un malentendido? ¡Venga ya! Por culpa de este viraje se pierde la tensión que existía en la primera entrega. Salvo el primer tercio, donde Childe y Forry son blanco de extrañas situaciones, todo parece demasiado fácil y hasta consensuado. Bah...


También de Philip José Farmer en ULAD: Los amantes

viernes, 13 de abril de 2018

Knut Hamsun: El círculo se ha cerrado

Idioma original: noruego
Título original: Ringen Sluttet
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Año de publicación: 1936
Valoración: está bien

Este libro del controvertido autor nórdico, fue el último dentro del género narrativo que escribió antes de su muerte. Sorprendentemente, en él no encontramos muchas de las características que hicieron de «Hambre» o «Pan» libros altamente impactantes y que situaron al autor como uno de los más influyentes de la literatura. Escrito a los setenta y siete años, parece como si el paso del tiempo hubiera apaciguado el duro carácter del escritor, convirtiendo su habitual mal humor y dureza en melancolía y pesar.

En el inicio del libro, al autor nos retrata la decadencia del Sr. Brodersen, antiguo encargado y habitante del faro del pueblo, a quien el paso de los años le va haciendo tomar consciencia de su declive. La partida de su hijo Abel a diferentes tierras para buscar su futuro lo deja a merced de su solitud, y en ella encuentra la compañía de una interesada joven con la que comparte los últimos días. El paso del tiempo trascurre hasta que ocho años más tarde, vuelve el hijo Abel, cuando le informan del fallecimiento del padre. Pero, a su vuelta, Abel se encuentra con una sociedad muy cambiada, pues ocho años son suficientes para transformar un mundo cuando uno parte siendo joven. Así, a su vuelta, Abel encuentra un pueblo muy cambiado. Sus conocidos de la juventud se han casado, algunos tienen hijos y algunos incluso son felices. Hay mucho matrimonio por compromiso, por la casi obligación social a formar familia, y más aún en una sociedad donde el dinero no abunda.

Con esta premisa nos encontramos los dos ejes sobre los cuales gira la historia: por un lado, el archiconocido tema de las relaciones sentimentales a los que Hamsun nos tiene acostumbrados; hablamos de relaciones difíciles, a menudo con intereses de por medio, frías, egoístas, con poco interés en un firme compromiso y la solitud, siempre presente en Hamsun. Hay negatividad y pesimismo, uno lee la obra y no encuentra un punto de alegría donde agarrarse y reflotar, la historia transcurre como si uno arrastrara los pies en el fango, donde todo cuesta, donde no hay opción de liberarse de la carga que supone salir adelante con relativo éxito, donde no hay una luz al final del camino. El autor lo expone cuando, en el reencuentro del personaje con una antigua amiga le dice: «para mí habrías sido buena para hundirnos juntos». Pocas veces una frase tan corta contiene tanta tristeza. Y, relaciones sentimentales aparte, hay un segundo eje, aunque parcialmente entrelazado: la crisis económica del momento en el que se basa la historia, que sitúa a Abel en el centro de los intereses de los habitantes del pueblo, pues todos quieren que aquel invierta en sus negocios, todos lo buscan, lo necesitan. Pero él, tras su vida algo nómada, no encaja en ese tipo de mentalidad, se ha convertido en un ser pasivo, sin intereses.

Como es habitual en la obra de Hamsun, el libro está lleno de personajes vacíos, grises, perdidos, vagabundos sentimentales sin hogar ni destino, sin un presente que permite atisbar un futuro placentero. Es el propio Abel quien afirma: «debemos mostrarnos indiferentes ante todo, no dejar que nada nos perturbe, así transcurrirá el tiempo». Con este pesar y desazón, Hamsun nos retrata la historia de quien vuelve a su tierra pasado cierto tiempo. Sin un padre ni una familia con los que sentirse arropado, la soledad y el desaliento van cogiendo terreno a sus cada vez más desaprovechados días. Y, a la vez, su desánimo y su carácter pasivo es poco aceptado por aquellos que lo tratan, pues todos esperan de él que, habiendo heredado la fortuna del padre, los saque de los apuros en el momento de crisis que la sociedad atraviesa. De esta manera, se contraponen las dos mentalidades: la ambiciosa y necesitada, frente la pasiva y acomodada. Pero la fortuna disminuye cuando no tiene quien la cuide, y parece que los únicos interesados y preocupados sobre la disminución del dinero son aquellos que no lo tienen, pero sí pretenden aprovecharse de los que lo atesoran.

De esta manera, aunque el libro ofrece los tintes habituales de la obra del autor, vemos como Hamsun ha cambiado su estilo con el paso de los años: mantiene sus preocupaciones, narradas a través de sus ya conocidos monólogos interiores, sigue tratando la soledad y el difícil encaje en la sociedad; sus personajes parece que, más que vivir, pasan por la vida sin encontrar un lugar en ella. Pero sí hay un cambio en este libro respecto a sus primeras obras, y es la manera de tratar la historia, en intensidad y en estructura. Aquí nos encontramos una historia más completa, más amplia, más larga. Pero, aunque mantiene su visión escéptica de la sociedad que ya apuntaba en sus primeras obras, en este caso pierde intensidad, ya no hay la visceralidad y violencia emocional que existían en «Pan» y «Hambre». Ya no golpea como lo hizo en esas primeras novelas, y el ritmo narrativo se vuelve lento y monótono. Han pasado cuarenta años desde esas primeras obras y se nota en el estilo, pues aquí la crítica es más sutil, aunque más suave también. Mientras sus personajes en el pasado despertaban sentimientos de claro rechazo, en esta obra despiertan tristeza y abatimiento.

En resumidas cuentas, Hamsun nos retrata una historia de oportunidades perdidas, de pasados vividos y aún vivos, de personas que se encuentran para reencontrarse a ellos mismos, volviendo a su pasado, a épocas donde todo era diferente y donde todo podía haber sido. Una historia de caminos tomados, añorando los olvidados. Una historia de posibilidades descartadas, de personajes que, en su triste añoranza a un pasado prometedor, intentan conseguir por todos los caminos posibles avanzar, un día más, aunque sea hacia un futuro desalentador.

También de Knut Hamsun en ULAD: Hambre, Pan, La bendición de la tierra, VictoriaMisterios

jueves, 12 de abril de 2018

CONCURSO ENSADA DE RESEÑAS: Segundo premio. Begoña Huertas: El desconcierto por David Villar

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable/Imprescindible 

El desconcierto es levantarse un día y que te digan que tienes cáncer. Sentir tu cuerpo como un enemigo, como un adversario, como algo ajeno a la persona que eras hasta ahora. “La enfermedad te transforma el yo, y de repente eres un yo que no conoces. Ahí está el desconcierto. Este libro trata de poner orden en ese caos", en las propias palabras de la autora.

Pero que nadie se equivoque, no estamos ante un libro de autoayuda. Begoña Huertas rehúye lo panfletario y no ofrece un texto amable, redentor, de superación. No es eso. Este es un libro sobre la enfermedad, sobre lo jodido que es estar enfermo, sentirse enfermo, saberse enfermo.

¿Es “El desconcierto”, entonces, un testimonio? Tampoco, o no sólo es eso. Este libro —novela, me atrevería a llamarla— ejerce de diario, sí, pero también de brillante monólogo interior, de expurgo de demonios, de metaliteratura.

Porque es sobrecogedor ver cómo Begoña Huertas, escritora, intenta encontrar refugio en las palabras. Y no lo halla. Y se lamenta de que tantos escritores enfermos (Proust, Baudelaire, Dostoievski,...) apenas pasaron por encima de su enfermedad, como si esta les avergonzara o les empequeñeciera, como si consideraran algo indigno escribir sobre ella. 

Hasta que un buen día llega a sus manos “La muerte de Iván Ilich”, de Tolstoi, y ahí, agazapadas, están las palabras que la autora demandaba de la literatura universal. En sus páginas encuentra Begoña Huertas el asidero literario al que aferrarse, ¡al fin!, y la reivindica como la gran novela universal sobre la enfermedad (para el que esto escribe, “La muerte de Iván Ilich” también es la gran novela universal... sobre la muerte, sobre el hecho de morirse; ojo al matiz). La apología que desde “El desconcierto” se hace de esa obra de Tolstoi es vehemente, elevadora, necesaria. 

Como también lo es cuando Begoña Huertas nos invita a detenernos en las obras póstumas de David Bowie y Leonard Cohen, y ver el distinto tratamiento que ambos músicos tuvieron ante el adiós. ¡Uauh!, los pelos como escarpias. Un ejercicio melómano apasionante para quien quiera reflexionar un rato sobre la muerte (o no pueda dejar de hacerlo) y desee ponerle banda sonora a esa reflexión. Aviso para navegantes: duele.

Y todo este testimonio-diario-musical-metaliterario (“El desconcierto” es en verdad inclasificable) lo hace sin una concesión a la pazguatería: Begoña Huertas no quiere que la consideremos una heroína, ni reparte lecciones sobre ser fuerte, ni gazmoños consejos bucaycoelhianos. Lo que cuenta es tan efectivo que no necesita ser efectista. Es más, da la sensación de estar ante un texto tan sincero, tan directo, que la autora lo escribiera para ella y para nadie más. Escribir para volver a reconocerse, para volver a ser Yo.

Por todo, libro que no puedo dejar de recomendar. Hacen falta agallas para adentrarse en él, pero la considero de lejos la mejor lectura en lo que llevo de 2018. ¡Y aplaudo sobre todo el ataque que hace al mal llamado “pensamiento positivo”! La ensayista Barbara Ehrenreich lo tenía claro: "El pensamiento positivo es en realidad un brillante método de control social, ya que anima a la gente a pensar que no hay nada malo en el sistema (la economía, la contaminación ambiental), y que lo que está mal tiene que ver con usted, con la actitud personal de cada uno".

Combatamos esta gran mentira postmoderna del positivismo por el positivismo. Y aprendamos a leer/escribir sobre temas incómodos como la enfermedad, la decrepitud, la muerte.

Begoña Huertas lo ha hecho. Y ahí reside la Literatura.

miércoles, 11 de abril de 2018

Mijail Bulgakov: Corazón de perro

Resultado de imagen de corazon de perro bulgakov amazonIdioma original: ruso
Título original: Собачье сердце, Sobach'e serdtse
Año de publicación: 1925
Valoración: Muy recomendable



Corazón es lo que pone este escritor en lo que toca y ahí está la clave de su magia. Un corazón escéptico, crítico, ácido, sarcástico e irónico, cuyo objetivo fundamental es satirizar, con todos los recursos a su alcance, un régimen –el soviético– cuya implantación coincide casualmente con sus primeros pasos literarios. A Bulgakov lo conocemos sobre todo por El maestro y Margarita, considerada una de las obras fundamentales del período. Esta que comentamos fue, como aquella, prohibida por su carácter antirrevolucionario, aunque se tradujo al inglés en 1968 y circuló clandestinamente desde que fue escrita (1925) hasta 1987, fecha de su publicación oficial en Rusia. A partir de entonces, ha sido analizada con exhaustividad, celebrada unánimemente y adaptada a cine, teatro y ópera.
Es difícil rastrear todas las influencias que han dado lugar a una obra concreta, a veces ni siquiera el propio escritor es consciente de algunas. Claro que en este caso hay pistas más que evidentes: desde el Fausto de Goethe y piezas cortas cervantinas como El perro hablador, hasta productos típicos del momento, muy propicio a indagar sobre regresiones (La metamormofosis) o sobre humanoides fabricados artificialmente (Frankestein), igual que desde hace décadas a los autores contemporáneos les da por especular sobre la inteligencia artificial y su eventual posibilidad de dominar al hombre.
Las escenas  de la novela están descritas con precisión cinematográfica y son tan delirantes que no pueden por menos que impactarnos. Desde el principio nos ponemos fácilmente en la piel de Bola, un can algo atípico que nació dotado de una gran capacidad de observación –a pesar de lo cual arrastra una precaria existencia de perro vagabundo–, comprende a grandes rasgos el idioma y es capaz de interpretar con cierta exactitud las señales que emite su entorno.
El doctor Filip Filipovich empieza alojando en su mansión a un Bola todavía sin inteligencia humana que sabe apreciar las ventajas del encierro. Pues “¿qué es la libertad? Un humo, un espejismo, una ficción… Un delirio de esos funestos demócratas”. Con el tiempo pondrá en juego toda su pericia de cirujano e investigador para llevar a cabo el gran experimento: convertir en humano a un Bola agonizante, casi tanto como la sociedad rusa previa a la revolución bolchevique. Y el éxito parece indiscutible, solo se ha cometido un fallo: no haber estudiado antes el carácter y trayectoria vital del individuo cuyos órganos convertirían al perro en algo parecido a un ser humano. Pues, igual que cualquier hipófisis no sirve para efectuar una transformación satisfactoria, no todos los modelos de sociedad son idóneos para convivir en paz y armonía, en particular esos esquemas socialistas de los que el autor abominaba. Y esta –según su tesis– ha llegado a ser tan monstruosa como un hombre construido a partir del cuerpo de un perro y del cerebro de un delincuente.
Pero el fallo no es achacable solo al médico (o a los ideólogos de la revolución rusa), ya que, una vez puesta en práctica, aparecen nuevos personajes dispuestos a convertirla –todavía más, si cabe– en una aberración en toda regla. Se trata de la evolución del nuevo régimen, cuyos artífices –representados por esa comunidad de vecinos encabezada por un tal Schwonder, que acaba dotando a Bola (cuya reciente humanización requiere de una libertad que hasta ahora no había necesitado) de nombre oficial, capacidad jurídica y hasta de un puesto de responsabilidad– contribuyen a degenerar al máximo.
Este paralelismo está desarrollado con una lógica impecable, incluso en las situaciones más absurdas, y con una descacharrante parsimonia. Pero, paralelamente al metafórico, existe otro nivel más literal, en el que el “comité de administración del edificio” es quien dice ser, y visita la casa-clínica del profesor Preobajenski para exigir una redistribución del espacio acusándole de ocupar “una superficie excesiva”, amenaza que este consigue eludir con una simple llamada a uno de sus contactos. En definitiva, a través de Filip Filipovich –que no está dispuesto a renunciar a su condición de burgués pese a quien pese– y sus “principios contrarrevolucionarios”, Bulgakov acusa al nuevo orden establecido de adulterar bebidas, favorecer los abusos de poder, el tráfico de influencias, los servicios deficientes, el hurto generalizado, los subterfugios para conseguir objetivos etc. echando así un vistazo rápido al politiqueo, en este caso a pequeña escala, que empezaba a normalizarse en el país.
El talento dramático de Bulgakov se pone aquí de manifiesto, ya que casi toda la novela tiene lugar en la residencia del doctor, mediante una sucesión de entradas y salidas de escena, parlamentos repletos de significado a cargo de un reparto reducido, descripciones escenográficas y teatrales golpes de efecto. No es de extrañar, pues, que exista versión cinematográfica –de nacionalidad italiana, estrenada en 1976– y televisiva, emitida en Rusia en 1988. Lástima que la traducción de la edición que manejo, a cargo de Helena S. Kriukova y Vicente Cazcarra, sea más visible de lo necesario.


martes, 10 de abril de 2018

Nina Bunjevac: Patria

Idioma original: inglés
Título original: Fatherland
Año de publicación: 2014
Traducción: Marta Alcaraz
Valoración: recomendable

Patria, sí, que ya sé que Patria está más que reseñada en ULAD (y fantabulosamente, si se me permite decirlo, y lo bien que lo pasemos, tetes), pero mira, hay más patrias que Patria, es decir, hay más mundo que la novela más premiada de las letras hispanas NEVER EVER (que además, en puridad, debería haberse titulado Matria): para empezar, la estupenda ucronía nazi de Robert Harris; para acabar (o no, que seguro que hay muchas más por ahí pululando (*), esta novela gráfica de Nina Bunjevac, ilustradora canadiense de origen serbio que nos cuenta en esta su Patria que patria no hay más que una. Y a ti te encontré en la calle.

Patria, cuyo título en inglés resulta aún más revelador: Fatherland, el país del padre, puesto que toda esta obra gira alrededor de la figura del padre de Nina, Peter Bunjevac, un exiliado serbio que en los años 70 formó parte de un grupo terrorista nacionalista formado en 1964, enemigo del régimen yugoslavo, llamado "Libertad para la patria serbia" y que se dedicaba a la entretenida tarea de atentar contra consulados yugoslavos en Norteamérica, centros culturales croatas y eliminar adversarios políticos... de igual manera que los servicios secretos yugoslavos se dedicaban a eliminarlos a ellos. En esas estaba el padre de la autora cuando una bomba mal manipulada, pum, lo eliminó a él.

Patria es por tanto, no sólo la remembranza más o menos desengañada del país de sus progenitores -y en la que la propia Nina vivió buena parte de su infancia-; no sólo una pormenorizada explicación de los males que aquejan a ese país, al menos desde la II Guerra Mundial e incluso antes -y eso que no se mete en lo ocurrido durante los no menos terribles 90...-; Patria es sobre todo la crónica, vista desde el recuerdo y a través de los ojos de una niña, de la implosión de una familia, carcomida por los demonios de varios de sus miembros: la del padre, sí, exiliado rencoroso de una infancia terrible y de la represión sufrida a cuenta de su apoyo al disidente Djilas... pero  también de los abuelos maternos, con una abuela ex-partisana de Tito a la que la paz no ha hecho perder ni un ápice de la dureza adquirida durante los años de la guerra. De hecho, cabe pensar que, en gran medida, la pregunta central que plantea esta novela gráfica es hasta qué punto es justo que los hijos hereden los conflictos  de los padres y cómo romper con esa espiral viciosa...



Patria, novela gráfica dividida en dos partes, cada una de las cuales dedicada a la peripecia de uno de los progenitores: primero de la madre (Plan B), que ha de huir a Yugoslavia para no seguir poniendo en riesgo a su familia -aunque dejando un rehén- y luego la del padre (Exilio), para contar cuya historia la autora recuerda también la nada fácil de sus abuelos y aún la de su país, dividido, como ocurre al fin y al cabo en todas las familias, en diferentes entidades nacionales e ideológicas que, inevitablemente, remiten a esa pregunta impertinente que se le suele hacer a los niños: ¿a quién quieres más, a mamá o a papá? Novela gráfica que recuerda algo, en su autopsia sobre los males de su país o comunidad y en la pesquisa sobre la figura paterna, a otras Persépolis, de Marjane Satrapi, en un caso o Fun Home de Alison Bechdel y La niña de sus ojos de Mary y Brian Talbot, en el otro; a diferencia de estas obras, sin embargo en Patria el dibujo de Bunjevac es amplio y vigoroso, pero sin renunciar al detallismo, y con un característico contorno negro y un modelado a base de exhaustivas tramas, que le dotan de  fuerza y profundidad. Por ponerle un pero, las figuras  de cuerpo entero quizás sean en exceso redondeadas, algo "infantiles" para las acciones tremebundas que les vemos cometer y también demasiado similares unas a otras, aunque quizás este sea un recurso de la dibujante para hacernos ver que todos, serbios o croatas, comunistas o monárquicos, chetniks o partisanos, son -somos- básicamente iguales. Igual de cenutrios, se entiende, porque si algo queda claro leyendo este libro es que por mucho que hayamos padecido en el pasado o por muchas oportunidades que nos de la vida para ser felices en el futuro, los humanos no tenemos arreglo.  Ni siquiera, quizá -o incluso menos aún-, dentro de la cáscara protectora de la familia.


(*) Si se me permite una digresión más, es curioso como todas las obras de ficción que conozco que hacen referencia al concepto de patria cuentan historias más bien ominosas, en contraste con discurso acerca de las mismas, siempre lleno de imágenes risueñas y esperanzadoras, que nos suelen contar los políticos a los que no se les cae de la boca...