lunes, 7 de septiembre de 2020

Jean Teulé: Fleur de tonnerre

Idioma: francés
Año de publicación: 2013
Valoración: recomendable

Serial-killers ha habido en todos los países y épocas, pero, reconozcamos  que los que han tenido un cierto estilo propio, diferente, han sido los franceses; a los spaniards no se les ha quitado nunca el pelo de la dehesa -ay, ese Sacamantecas alavés- y los norteamericanos han sido siempre unos peliculeros, incluso antes de que Hollywood se fijara en ellos. Pero los franceses, incluso cuando han sido especialmente sanguinarios, han tenido un je-ne-sais-quoi... Ahí tenemos, por ejemplo a los celebérrimos y estilosos Gilles de Rais, conocido como Barbazul, o el asesino de viudas Landrú  o a la marquesa de Brinvilliers. Ahora bien, el récord de asesinatos (si descartamos, claro está a los miles o millones de muertos de los que fueron responsables reyes, emperadores, generales y revolucionarios) se supone que lo tiene la adivina Catherine Monvoisin, que lideraba una organización de envenenadores durante el reinado de Luis XIV.

A un nivel más artesanal, aunque, debido a la modestia de sus circunstancias, de gran mérito criminal, encontramos a la protagonista de este libro: la joven cocinera Hélène Jégado, "el Ángel envenenador" o "Fleur de tonnerre" -Flor de tormenta-, que durante la primera mitad del siglo XIX se dedicó a sembrar de cadáveres su Bretaña natal, allá por dónde pasaba en su a la fuerza constate devenir. Fue condenada y guillotinada en Rennes en 1852, por cinco asesinatos, aunque se la supone autora de al menos 37 y puede que incluso llegara a la sesentena de crímenes.¿Por qué hablo de cierto "toque francés", en este caso? Pues porque Fleur de tonnerre conseguía trabajo como cocinera en casa de sus víctimas merced a su encanto de jeune fillette -por lo menos en sus primeros años de carrera criminal- para luego envenenar con arsénico los suculentos platillos que preparaba para ellos, en especial la soupe -aux-herbes y un gâteaux de su invención... ¿Acaso hay algo más francés que una asesina gastronómica? Así, iba recorriendo Bretaña, de rectoría en convento y de casa burguesa en hotel, sin olvidar alguna temporada en...ejem, un burdel para soldados y marineros -quizás las mejores páginas del libro, por cierto-; por todas partes iba dejando su rastro de muerte. lo mismo le daba finiquitar a hombres que a mujeres, niños que ancianos, gente de postín que mendigos... Lo curioso, o al menos lo que más sorprende la esta novela o biografía novelada, es que las fuerzas del orden público no fueran capaces de pillarla antes, dado que nunca utilizó otro nombre que el suyo y se movía en un ámbito geográfico hoy reducido (aunque es cierto que hace doscientos años las comunicaciones en la Bretaña rural no debían de ser especialmente fáciles). También se puede disculpar la aparente incompetencia de muchos médicos, que atribuían los fallecimientos a diversas enfermedades, como el cólera, puesto que en aquel momento las epidemias aún eran frecuentes, dada la escasa implantación de medidas higiénicas y que las vacunas aún estaban en una época inicial de su desarrollo (vamos, que hubiese sido la época ideal para Miguel Bosé y demás magufos); es decir, que era habitual palmarla sin que se supiera muy bien por qué...

He escrito que ésta era una asesina típicamente francesa, pero en realidad Fleur de tonnerre -al menos la de la novela- ni siquiera sabía dónde estaba Francia: ella era bretona y fue la cultura bretona la que había dado forma a su sociopatía a través de todos esos míticos y maliciosos seres célticos sobre los que la niña Hélène oía contar historias cada noche al calor del hogar familiar: las sirenas y hadas, los korrigans o los peludos y danzarines poulpiquets... y sobre todo, el Ankou, el servidor de la Muerte (lo correcto sería llamarle "psicopompo", pero me da la risa), que viene a llevarse a los fallecidos en su carro chirriante... identificada con este personaje, Hélène Jégado se dedicó a ir cosechando almas como quien recoge flores del campo. Muy arraigada en la relación de la cultura celta con la muerte, esta historia podría considerarse también una metáfora sobre el mundo antiguo que se defiende ante el avance implacable de la modernidad -el idioma francés, la vida urbana, los avances técnicos-... si no fuera porque sabemos que está basada en la realidad histórica (*).

Tampoco es que todo sea tétrico en este libro, ni mucho menos; hay mucho humor, incluso cuando se cuenta la comisión de los asesinatos. Y además, el autor ha introducido a dos personajes un tanto bufonescos que aparecen a lo largo de toda la historia: unos peluqueros normandos (aparte de la proverbial rivalidad, entre las dos regiones, Teulé también es normando) a los que les ocurren toda clase de desgracias y trapisondas. La propia Fleur de tonnerre, pese a sus crímenes, es un personaje que no cae mal, sobre todo cuando es más joven, y el lector casi que tiene ganas de que salga indemne de sus muchas fechorías. Vana esperanza, pues ya se sabe cómo acabó... eso sí, afrontando la guillotina con una entereza que el propio verdugo de Rennes no pudo sino admirar. Estaban en el mismo negocio, después de todo...

(*) Sin olvidar, además, algunas inefables aportaciones del cristianismo a estas creencias populares, como las figuras del sufrido Saint-Yves-de-Vérité o la terrible Notre-Dame-de la-Haine...

Más títulos de este autor reseñados en Un Libro Al Día: La tienda de los suicidas

domingo, 6 de septiembre de 2020

Ce Santiago: El mar indemostrable

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Está muy bien (aunque igual no para todos los públicos)

Con más de cinco meses de retraso sobre lo inicialmente previsto (¡ay, ese maldito mes de marzo!) llega a librerías el debut como "novelista" de Ce Santiago, nombre que seguramente os suene ya que Santiago ha sido traductor, por ejemplo, de William Gass (¡cuánto se nota su influencia!) o de T.C. Boyle.

Bueno, el caso es que la espera ha merecido la pena porque este "El mar indemostrable" es un muy buen libro que espero encuentre los lectores que merece y que seguro ha de tener. Eso sí, esos lectores habrán de ser lectores "activos", lectores que no busquen una historia narrada de forma convencional o con el clásico esquema planteamiento-nudo-desenlace, ya que se trata de una obra en la que el aspecto formal es fundamental, algo a lo que ya nos tienen acostumbrados, por otra parte, la gente de La Navaja Suiza. Y es que en este tipo de textos importa tanto qué se cuenta como la manera de contarlo, lo que obliga al autor a asumir riesgos y al lector a implicarse a fondo. 

Así, estructuralmente nos encontramos con cinco capítulos en los que los registros varían de forma notable, desde el diálogo ininterrumpido a varias voces hasta la prosa poética pasando el flujo de conciencia, por poner algún ejemplo. A lo anterior hemos de añadir que no se trata de capítulos que sigan una linealidad temporal o argumental (de hecho, si uno quiere, podría leer los cuatro primeros como textos independientes y disfrutaría de ellos como un enano), sino que son más bien una serie de fogonazos que configuran un hilo conductor de la acción y que nos presentan a las tres personas-personajes, a un cuarto ente-personaje - mar personaje, mar metáfora - y la relación entre todos ellos, para llegar al "clímax" final del último capítulo. 

Forma y fondo unidos en un plano de igualdad, lo cual no es fácil de conseguir ya que el peligro de que este quede supeditado a aquella está siempre presente, para mostrar una serie de imágenes de potencia brutal (para bien y para mal), para contar una historia en la que los silencios dicen tanto o más que las propias palabras, para construir una novela de manos agrietadas, vidas herrumbradas y corazones secos, que huele a salitre, a whisky, a sudor, a pescado, a bajamar en la marisma y a redes abandonadas, un texto dominado por la angustia, la desazón, la frustración, el dolor y la culpa. Un muy buen debut, en definitiva.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Edmund De Waal: El oro blanco

Idioma original: inglés
Título original: The White Road
Traducción: Ramon Buenaventura
Año de publicación: 2016
Valoración: está bien


Me acerqué a IKEA, como media humanidad cuando regresa de veraneo y empieza a ver cosas en casa que habría que cambiar. Naturalmente, vajillas mermadas por inoportunas roturas son una de ellas, y unos platitos la mar de resultones a 0,50 € son una tentación asequible, aunque veremos qué tal resisten su tránsito por microondas y lavavajillas. Me quedo mirando su impoluta blancura inicial, recién sacados de la caja, y pienso en el libro que ando leyendo, ese en el que me está costando algo avanzar, me he planteado una rutina de 50 páginas diarias, compatible con el ajetreo del regreso al trabajo, con las obligaciones domésticas, con una creciente necesidad de destinar  minutos al dolce far niente (viendo videos de cocina, leer prensa deportiva desde que Messi dice que se va me resulta algo desasosegante), pero ni eso, no voy a espoilear, bastante he dicho ya en la valoración.
IKEA es, supongo, ahora mismo, el emblema de Suecia frente al Universo, y no me extrañaría nada que, si la ingeniería financiera y la creatividad contable lo permiten, sea también una importante fuente de ingresos para las arcas del estado del país escandinavo. De IKEA me vienen a la cabeza varias cosas. Que su propietario fue relativamente famoso (aunque no sabría reconocerlo en una foto) por a) haberse descubierto algún tipo de simpatías juveniles con el filonazismo b) haberse divulgado su alcoholismo y c) haberse manifestado que, a pesar de atesorar enorme su fortuna, llevaba una vida espartana del tipo de usar ropa low cost y viajar en transporte público.
Respecto a Suecia, siempre me extrañó que lo mismo, lo de ser una fuente de ingresos, se atribuyó a ABBA, famoso cuarteto musical al que cargaría las culpas de que siga alargándose esa tortura perpetua que es Eurovision, la normalización vía Europa de los divorcios (explicados en su hit The winner takes it all) y la horrorosa congoja de oír la frase Chiquitita dime por qué, carne de karaoke e innegable resorte de disuasión para que millones de alemanes, ingleses y demás norteeuroopeos que visitan nuestras playas se planteen aprender palabra alguna en ninguno de los ricos idiomas peninsulares.
También me extrañó que SAAB, reputada y cara sueca de automóviles, cerrara, mientras VOLVO sigue fabricando. Hace ya muchos años que un amigo que tenía un abuelo con posibles me explicó que su abuelo iba a comprarse uno de esos pues la docilidad de sus suspensiones le iban muy bien a cierto problemilla de cervicales.

Pues eso: más de 500 páginas explicando la obsesión de una persona, alfarero es la profesión de De Waal aparte de escritor, por su profesión y por la mística de los materiales empleados. Yo, que veo algo de cerámica o una vasija en cualquier estancia ajena que pueda ocupar y lo alejo todo lo posible de eventuales torpezas propias o de la gente que me acompaña. Yo, que no dormiría en la misma estancia que la pieza más pequeña del catálogo de Lladró. No es que De Waal (joder, el corrector no deja de ponerme Wall, esto es peor que los cazurros que llaman Johnny Deep a Johnny Depp, hay que crear YA una asociación contra esa gente) no es que De Waal, insisto (¿por qué me voy tanto por las ramas?) no sea eficaz en esa descripción, incluso puntilloso, y que no desaproveche la oportunidad de insertar secuencias históricas que vienen al cuento, que revelan, al hilo de la fascinación de determinados mandatarios por el producto en cuestión (objetos de porcelana de todo tipo) por su tenencia y acumulación, cuestiones notables en la historia de los últimos siglos, con una palpitante sensación de lucha de clases : el artesano vs el tirano, el productor vs el mecenas, etc. Todo eso está bien, pero este que escribe aún conserva la duda sobre si esto es literatura en el sentido digamos, purista, o mera crónica o casi reportaje, pero entonces, ay, asaltan los cimientos los artículos de cierto tipo con bandana y solamente pienso que las comparaciones son odiosas. Precisamente esa fina frontera la planteaba hoy Juan Pablo Villalobos en un Tweet. A mí este tomo no me ha conmovido como para compartir con su autor ni siquiera el sentimiento de fondo, incluso en ocasiones lo he apreciado demasiado reverencial, como nostálgico de aquellas épocas pretéritas en las que los artesanos necesitaban a sus clientes de clase alta para encontrar algún sentido a la vida. Se aprecia el estilo, se degusta esa erudición circunscrita a la historia particular. No sé si un contable escribirá sobre sus balances, un futbolista sobre sus entrenos y sus goles, escribid cualquier profesión y sus productos resultantes, De Waal es eficaz en llamar la atención, pero 500 páginas son muchas y esa atención, al menos la mía, no ha conseguido mantenerla.

También de Edmund De Waal reseñado en ULADLa liebre con ojos de ámbar

viernes, 4 de septiembre de 2020

Svetislav Basara: El ángel del atentado


Idioma original: serbio
Título original: Andeo atentata (tabloid)
Año de publicación: 2019
Valoración: Está muy bien

¿Quién dijo que novela es aquello que está formado por palabras y acaba cuando pone Fin? Cito de memoria. Tampoco podría asegurar a quién pertenece la frase, aventuro que fue Cela y que alguien me corrija si no es así. En cualquier caso, el volumen que ahora reseño pertenece a esa categoría si la tomamos en sentido amplio y porque no se puede encuadrar en ningún otro sitio. Pertenece a ese género híbrido tan posmoderno, del que vengo hablando desde hace mucho tiempo y que tan buenos ejemplares ha aportado al acervo literario.
Sin embargo –y esto debe quedar claro– no es un manjar para todos los gustos, suelen ser libros eruditos y áridos, sin demasiada hilazón narrativa, que suelen satisfacer a gente algo rarita solo cuando está dispuesta a concentrarse, porque si lo que quiere es entretenerse esa misma gente buscará otro tipo de lecturas. Y esto lo sé porque me cuento entre los lectores de Cees Noteboom, Claudio Magris y otros con hábitos narrativos similares, sin embargo, debo reconocer que El ángel del atentado no ha cumplido mis expectativas del todo, no he encontrado esa habilidad que da una de cal y otra de arena y suele mantenerme en vilo. Y lo cierto es que Basara lo intenta: despliega una serie de bromas y sátiras bastante caústicas, sobre todo al principio. Pero mantener el tono durante más de doscientas cincuenta páginas no es fácil, así que coge carrerilla y se limita a una serie de tics que acaban aburriendo un poco.
El argumento está basado en un hecho histórico conocido de todos, el asesinato de Francisco Fernando a la sazón archiduque del imperio austrohúngaro, que además de tratarse de un magnicidio tiene especial relevancia por haber desencadenado la Primera Guerra Mundial. No es mi primera lectura sobre el particular, hace años me recomendaron El asesinato de Sarajevo, y me apresuro a aclarar que me gustó bastante menos que este.
El narrador, punto de vista o voz cantante del texto –porque narración, ya digo, no es que haya mucha– es ¡atención! nada menos que el propio Francisco Fernando, es decir, la víctima, que habla desde la tumba donde ha vivido (bueno vivir, lo que se dice vivir, no es la palabra), donde ha permanecido durante un siglo más o menos, porque su discurso tiene lugar en el presente, es decir, el año pasado, que es cuando se publicó. Y se manifiesta ante la posteridad, que somos sus lectores del presente y del futuro, en forma de diálogo, aunque su interlocutor apenas habla, solo asiente, acata órdenes y puntualiza muy de vez en cuando. Este interlocutor es un tal Berchtold, su asistente, un asistente que tiene poco trabajo porque el archiduque habla desde la tumba y él mismo ni siquiera existe, tal como repite el narrador una y otra vez (y esto me recuerda al procedimiento utilizado por Salman Rusdie en su celebrada Versos satánicos). Estamos pues ante un artefacto no-realista, que no pretende serlo y que utiliza esquemas narrativos y situacionales completamente inventados. Esto me parece correcto, tanto para la verosimilitud de la obra como para los objetivos de su autor, ya que el finado se permite divagar cuanto le place, alterna hechos del pasado con otros de ayer mismo y hace un totum revolutum de la Historia con bastante habilidad y todo el desenfado posible. En mi caso, veo dos problemas, uno es de carácter objetivo, empecemos por él: Basara escribe con un desenfado digno de elogio, pero quizá resulte algo excesivo eso de permitirse tantas licencias, sobre todo si el lector no es un experto en historia europea del s. XX, ni en ningún otro período, seamos francos, y asimilar tantos datos (voluntariamente) desorganizados, que se alternan con suposiciones, fantasías y disquisiciones varias puede resultar algo complejo. Y aquí entramos en la parte subjetiva. Puede que un historiador se lo beba como si fuese un vaso de agua, así que tomen nota los expertos.
También exhibe –y esto es de lo que más he disfrutado– su mentalidad –arraigada, naturalmente en la época que le tocó vivir–, prejuicios, fobias y filias, sin olvidar el montón de contradicciones que arrastra como todo hijo de vecino, no se va a librar de ello solo por ser archiduque. Y el hecho de haber organizado tal cantidad de información y estudio psico-sociológico me parece que tiene un mérito enorme. A través de sus (supuestas) propias palabras, Basara lo pinta como un redomado racista, misógino –adicto al derecho de pernada sin ir más lejos– experto en conspiraciones etc. Vamos, todo un angelito, como era de esperar por otra parte. Aunque en alguna ocasión, hace que se arrepienta. Aclaro esto, el autor pone en boca del personaje actos de arrepentimiento, bastante gratuitos históricamente hablando pero que sirven para humanizarle a los ojos del lector. Bien es verdad que esto sucede muy raramente, como debe ser si no quiere perder la coherencia. Veamos, a través de este botón de muestra, la mentalidad del susodicho:

“Jamás el arte ha tenido mejor mecenas y custodio. La Kunstkammer de Rodolfo era una fortaleza inexpugnable a la cual solo tenían acceso unos pocos elegidos. Y en muy contadas ocasiones además. ¡Solo para las grandes celebraciones! Al establecer un cordón sanitario en torno a su biblioteca y su colección artística, Rodolfo II mantenía el arte alejado de la plebe. Y por eso al arte y a la plebe les ha ido tan bien. El arte no es para todos, Berchtold, y la cultura es una espalda de mil filos.”

Sirva este párrafo también para aclarar que el archiduque no solo repasa los hechos, también habla de personalidades que representan movimientos culturales y artísticos, como Freud, Kafka, Wagner, Niestzche, Musil entre otros muchos. Por lo general, para denigrarlos, aunque no siempre.
Personalmente, catalogaría El ángel del atentado como ensayo histórico novelado, o más bien dramatizado, ya que se trata de un diálogo, tan ficticio como cualquier obra dramática. Naturalmente, no es representable en absoluto dada su extensión y complejidad, aunque tras una adaptación laboriosa se podría exhibir en los escenarios. Ya me estoy imaginando el féretro de pie, frente al público, y al actor declamando con voz cavernosa, interrumpido muy de vez en cuando por la voz en off de Berchtold.
Como colofón, se incluyen tres extensas misivas de otras tantas personalidades de la época, las dos primeras no sé si reales o ficticias, a saber, del embajador estadounidense en Belgrado, su homólogo ruso y del mariscal Tito a Stalin. A mi entender, lo único que las conecta con lo anterior es que están fechadas entre 1914 y 2019, para ser exactos poco después de la II GM. Da la impresión de que el autor las había compuesto para otro proyecto y, como no tenían encaje en ningún sitio, las incluyó aquí, que al fin y al cabo se trata de un despropósito con gracia. Y muy erudito, que conste.
Debo destacar la magnífica labor de traducción, en perfectísimo castellano, sin un solo detalle que chirríe, pues, aunque existen traducciones estupendas, no es habitual encontrar un trabajo ejecutado con tanto rigor y talento.



Traducción y notas: Juan Cristobal Díaz

jueves, 3 de septiembre de 2020

Malditas cubiertas: El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence

Ya he expresado en más de una ocasión mi absoluta devoción por este clásico que merece plenamente el Muy Recomendable que ya se le dio en su día en ULAD. Y es que El amante de Lady Chatterley es una novela muy remarcable donde, además, el punto de vista y el conflicto de su protagonista, Constance, tiene una clara e indiscutible (oh, no) componente feminista. Oh, sí. 

Connie procede de una familia de mentalidad progresista que le ha permitido viajar, estudiar y disfrutar del arte en las mismas condiciones que sus contemporáneos varones. Connie también ha podido vivir su sexualidad libremente (no confundir con libertinamente) sin sentirse juzgada ni temer por su «honor». Pero al casarse con Clifford (Lord Chatterley) e irse a vivir a una mansión aislada en medio de las Midlands, Connie adopta el perfil bajo que se le supone a una dama de su posición, en detrimento de sus ideas y su sociabilidad; cuando además Clifford regresa de la guerra tullido de cintura para abajo, las relaciones íntimas y afectivas de la pareja desaparecen (Clifford no se plantea otras opciones) y Connie debe renunciar a la maternidad. Todo ese aislamiento social, emocional, sexual e intelectual, y la falta de horizontes vitales conducen a Connie hacia una profunda depresión que solo logra apaciguar perdiéndose durante horas en el extenso bosque que rodea la mansión. En uno de esos paseos conocerá a Oliver Mellors, el taciturno guardabosque, junto al que se reconciliará con su cuerpo, con su derecho al placer, con sus ideales y con su amor propio

Sin embargo esta obra ha pasado a la historia como una simple novela erótica de infidelidades; y si solo nos ceñimos a lo que expresan buena parte de las cubiertas, El amante de Lady Chatterley quedaría resumida en la historia de una mujer que está MUY CACHONDA. 

Y, como todo el mundo sabe, cuando una mujer está cachonda no tiene tiempo para botones ni corchetes y es por eso que ha renunciado a su ropa. 

Algunos buscaron nuevas ópticas y como Connie y Mellors tienen todos sus encuentros en el bosque, se recurrió al mito de las ninfas en la cultura clásica que, como todo el mundo sabe, vivían en el bosque (también desnudas y cachondas) esperando a que Zeus, Apolo o Hades vinieran a cortejarlas. Porque es público y notorio que una mujer que se interna en el bosque: (1) está cachonda y (2) tarde o temprano también estará desnuda. 
Obsérvese que el guardabosque ni está ni se le espera y que a las ninfas les basta y les sobra con el runrún del riachuelo y el roce de la hierba. Obsérvese también la ironía de emplear el mito de Dafne que si se convirtió en laurel fue precisamente para que Apolo dejara de cortejarla.
Y usted se preguntará por qué, tratándose de la historia de dos amantes, las cubiertas están centradas en la figura de la mujer y omiten al amante. Y también se preguntará usted dónde están esas cubiertas con guardabosques y leñadores cachas retozando entre la hojarasca para satisfacer las fantasías femeninas del macho salvaje, asilvestrado y lujurioso. A decir verdad, yo también me lo pregunto.

Sí hay cubiertas en las que se retoma la teoría de que —aunque las relaciones sexuales con uno mismo son todo lo legítimas que se quiera— cuando se habla de amantes hacen falta al menos dos personas. Y de ahí toda una generación de cubiertas con parejas que reflejan (con más o menos fortuna) la relación tan especial que se establece entre Connie y Mellors. 

1. Retozos y arrumacos en una cabaña de leñador, tal y como se describe en la novela. 

2. Retozos y arrumacos random: en un baile de gala, en un western de Clint Eastwood, los arrumacos —para nada dramáticos— propios de la cultura clásica y, por último, cuchicheos lúbricos en algún rincón de Versalles. 

3. Retozos gayer, sexo en el área infantil, la combinación dos tallas más grande y un bombero que trabaja sin el uniforme reglamentario. 

Con independencia de la historia, los personajes y sus conflictos, los asiduos a esta serie ya sabrán que, en lo que a cubiertas se refiere, hay dos clichés inevitables

a) La FLORA ORNAMENTAL que es una metáfora muy socorrida para casi todo. 

b) Las MUJERES CON PAMELA de las que ya hemos hablado en profundidad. Aclaremos que si la mujer tan sólo lleva una pamela, ya es otra categoría. 

Otras cubiertas han decido centrarse en la figura de la protagonista pero inmortalizando momentos muy concretos de la novela, algunos de los cuales ni tan solo aparecen en ella: 
Connie ANTES DE «conocer a Mellors»: (1) pálida y deprimida, prácticamente un cadáver andante y (2) tensa e inquieta y con un sugerente diván de psicoanalista a sus espaldas porque, como todo el mundo sabe, un hombre que tiene problemas es un hombre atribulado mientras que una mujer que tiene problemas es una loca de manual. (3) Connie JUSTO DESPUÉS DE «conocer a Mellors» (4) La fiesta de camisetas mojadas a la que Connie acudió desatada nada más levantarse del sofá del punto anterior. 
Pero cuando se hace el esfuerzo por captar el «componente masculino» de la historia, se percibe cierta confusión, con lo reveladoras que serían unas cubiertas con guardabosques y leñadores cachas retozando entre la hojarasca para satisfacer las fantasías femeninas del macho salvaje, asilvestrado y lujurioso… 
(1) un diablo con un ¿ánfora? bajo el brazo (2) El elfo Légolas escenificando el Martirio de San Sebastián (3) El guardabosque probándose la ropa de Connie aprovechando que ella se ha quedado dormida (4) Personalmente, me he vuelto loca tratando de averiguar qué pinta aquí este señor con gorro y con muleta que parece que esté esperando el autobús. 
Así como en otras obras se ha achacado la escasez de cubiertas comprometidas, acertadas y originales a una falta de interés o de medios, en El amante de Lady Chatterley es probable que también se produzca cierta dificultad a la hora de reflejar gráficamente los conflictos que rigen esta historia. Algunas cubiertas, en mi opinión, se le acercan sin que por ello me resulten del todo redondas: 
(1) La expresión de paz de Connie (vestida) descansando sobre el heno con su rebequita de rebajas de C&A (2) Connie vistiéndose en medio del bosque tras la refriega amorosa, es una imagen original e incluso poética —tanto como la existencia de una silla sobre la que mantener la ropa a salvo de la suciedad del suelo— (3) Connie entre pensativa y melancólica (y vestida) en un entorno rural en el que los dos señores a caballo del fondo no pintan nada (4) Dos amantes (cara a cara como dos iguales e igualmente desvestidos) en llamas y rodeados de naturaleza, tal vez la factura gráfica no sea muy sofisticada pero tiene cierto encanto (5) Reconozco que tengo este precioso ejemplar ilustrado pero la cubierta quiere expresar tantas cosas que pierde un poco el mensaje y se convierte en una suerte de moraleja sobre los peligros de hacer la cama sin antes ventilarla.
Pero no me hagáis caso y leed sin contemplaciones ese ejemplar de El amante de Lady Chatterley que tenéis por casa, tenga la cubierta que tenga. Y si luego queréis ver la película, de todas las versiones que he podido ver, mi preferida es esta.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Colson Whitehead: Los chicos de la Nickel

Idioma original: inglés
Título original: The Nickel Boys
Traducción: Luis Murillo Fort (ed. en castellano) y Laia Font Mateu (ed. en catalán)
Año de publicación: 2019
Valoración: está bien

Desconcierto. Desencanto. Pinchazo. Esas son las primeras palabras que me vienen a la cabeza una vez terminado este libro de Colson Whitehead. Sinceramente, no sé qué me ha sucedido con él. Había leído ya, de este mismo autor, «El ferrocarril subterráneo» y creía conocer bien pros y contras de su estilo algo basado en un efectismo buscado, pero con una historia bien construida y con altas dosis de crítica y denuncia. Y la potencia del caso en el que se basa esta historia hacía que fuera un libro muy propicio para zambullirse en él. Y disfrutarlo, aunque sufriendo. Pero no. O al menos no del todo. Veamos el por qué.

La novela arranca, tras un breve prólogo innecesario, en 1962, con Elwood, un joven negro de familia humilde que vive en el barrio de Frenchtown (Tallahassee) a quien le regalan un disco con discursos de Martin Luther King. El disco cambia la manera del pensar del joven, quien va impregnándose de las ideas que transmite y constata a través de esos discursos las diferencias raciales existentes y la actitud que la población debería adoptar ante ellas. Porque estamos en época de segregación racial en Estados Unidos y las diferencias raciales (con sus restricciones y normas) marcan constantemente el día a día de la población negra. Elwood es consciente de ello trabajando inicialmente en un hotel, como hizo su madre antes de abandonarlo, como hace su abuela con la que convive (¡qué gran personaje, el de la abuela!). Son los inicios de los 60, una época regida por las leyes Jim Crow, época de segregación racial donde las escuelas debían estar segregadas, donde los únicos comensales y clientes del hotel que había (y que podía haber) eran blancos. Y, escuchando las cintas de Martin Luther King siente que algo cambia en él, con esos mensajes que le recuerdan que «hay gente que te engaña y que reparte un vacío con una sonrisa, mientras que otros te roban el respeto hacia ti mismo. Debes recordar quién eres». De esta manera, con el disco, con las revistas que lee en la tienda donde empieza a trabajar después de dejar el hotel, con la influencia del Sr. Hill (su profesor en el instituto) que defiende los derechos de los negros, Elwood se va introduciendo cada vez más en los movimientos de defensa de sus derechos, participando en protestas, reclamando igualdades. Hasta que una situación azarosa y accidental hace que acabe detenido y entre en el correccional de la Nickel.

Hasta aquí el libro funciona perfectamente, con un engranaje que avanza sin excesivas fricciones ni chirridos, pues Whitehead sabe crear el ambiente, sabe transmitir el entorno en el que sucede la acción, a pesar de dar la sensación que corre demasiado, que quiere introducir unas imágenes concretas en el imaginario del lector y parece a menudo que lo hace a trompicones. Eso ya ocurría especialmente en el tramo final de «El ferrocarril subterráneo», buscando un efectismo algo forzado. Aun así, esta primera parte del libro se disfruta, con Whitehead situándonos hábilmente en ese mundo y también en la piel del joven Elwood pero, a partir de aquí, con la entrada del joven en la Nickel, la novela se precipita hacia un terreno inestable, pues el autor deja de lado la parte más ficcional de la novela y donde parecía que se encontraba más a gusto (en ese espíritu de superación, en esa denuncia racial, en esa fragilidad social) para pasar a otra parte del libro (su mayor parte) donde quiere acercarse al relato basado en hechos reales. Y ahí todo empieza a diluirse: se diluye el retrato del protagonista al desplazar el foco hacia los aspectos que lo rodean y se desdibuja el entorno, la atracción narrativa, a pesar del acierto en contraponer la visión idealista de Elwood con la visión más pragmática de su amigo Turner (uno de los puntos fuertes del libro). Pero, aun así, da la sensación que uno puede leer cincuenta páginas, cien o si el autor hubiera querido cuatrocientas, y no se habría movido mucho de ese sitio mental. La historia no avanza, es casi inamovible. Parece atrapada dentro de la Nickel, como lo están esos niños.

Así, el grueso de la historia se ubica en el internado, un correccional ideado para jóvenes blancos y negros con el propósito de corregir su conducta, formarlos académicamente y educarlos. Supuestamente. Pero no, la Nickel no es eso. O si lo es, es lo de menos. La Nickel es un lugar donde los adolescentes son maltratados, sometidos; un lugar siniestro gobernado con mano de hierro donde se abusa y se castiga a esos adolescentes, con motivo o sin él. Y en ese escenario es donde sucede la acción, donde el autor quiere transmitir unos hechos que realmente sucedieron, para narrar las injusticias, los abusos, los crímenes de odio, la deshumanización y las atrocidades que se cometían en una época en el que las instituciones miraban hacia otro lado mientras incurrían en una permisividad que rompía vidas, no únicamente a nivel mental, sino también física, en la que incluso se llegaba al extremo de asesinar a esos adolescentes que, por una mala acción o simplemente por azar, acababan en esos centros.

El propósito del relato es muy loable, y totalmente necesario, pues es una parte de la reciente historia que no debe olvidarse. Es más, debe recordarse para entender muchas cosas y situaciones actuales. Y es indudable que Whitehead es bueno buscando historias reales a partir de las cuales escribir un libro de ficción para reivindicar derechos o denunciar actitudes. Lo vimos ya en su anterior libro «El ferrocarril subterráneo» y lo vemos también en esta novela. Aun así, a pesar de esa actitud y esa loable determinación, al libro le falta algo. Le falta lograr una conexión, le falta transmitir empatía, le falta propagar al lector esa angustia, ese desespero, el sentimiento de tanta injusticia. Porque a menudo la historia no basta por sí sola, hay que saber transmitirla e impulsar al lector a adentrarse en ella, a sentirla con sus protagonistas. Y en este relato hay cierta frialdad o distancia que se palpa al leer la novela, por muy desgarradora que sea en su planteamiento o en su origen. Esta segunda parte es más ligera de lo que apunta, y no transmite, no llega, no profundiza. Tiene un aire ligeramente superficial, casi como de literatura juvenil donde no se quiere entrar muy a fondo para no herir. La historia pedía más, bastante más. Pedía contundencia, pedía profundidad, pedía entrar en la historia y ponerse en la piel de esos niños, pero la narración es distante, no llega, no impacta. Cuando uno ha leído bastante literatura sobre racismo, sobre abusos contra los negros, sobre atentados contra sus derechos, es cuando se ve la tibieza de este libro. Puedes leer a Morrison con «Volver», a Yaa Gyasi con «Volver a casa», a Jesmyn Ward con su «La canción de los vivos y los muertos» o incluso al propio Whitehead con su anterior libro y transmiten mucho más. O incluso se puede leer «En estado salvaje», de Charlotte Wood, sobre centros correccionales (y también basado en hechos reales) para ser consciente como se crea un impacto en la mente del lector.

Por todo ello, se trata de un libro que va claramente de más a menos, en el que el estilo del autor encaja mejor al narrar la vida de un joven que pretende ser alguien en la vida y luchar contra las desventajas y las desigualdades y que hubiera podido ser un buen bildungsroman que cuando pretende narrar las atrocidades y crímenes en un correccional a través de la mirada de un adolescente que, aun y siendo protagonista, parece que es algo dejado de lado. Da la sensación que Whitehead intenta introducir piezas de una historia real en una ficción y no encuentra el tono adecuado. Así, una narración que prometía ser muy interesante, impactante, punzante, dolorosa y devastadora, termina por volverse bastante plana. No tengo ninguna duda de que Whitehead sabe encontrar buen material sobre el que desplegar la voluntad de hacer llegar a un público amplio una denuncia siempre necesaria, contra las atrocidades, contra los abusos y contra la violencia ejercida sobre el pueblo negro. Pero quizás el público al que pretender llegar es tan amplio que le impide profundizar o incluso mostrar toda su crudeza sin ataduras.

Puede que la intención del autor sea no profundizaren en las atrocidades ocurridas en esos centros para no herir en exceso al lector y dejar simplemente que sus posibles imágenes sobrevuelen en su mente confiando en que así le sea suficiente, pero uno esperaba mucho más de una novela que ha recibido elogios por doquier, que la han encumbrado a límites insospechables y que incluso ha ganado el Pulitzer por este libro, y no únicamente este año, sino por segunda vez de manera casi consecutiva. A mi entender, de manera incomprensible. Habrá que empezar a cuestionar seriamente los premios, o a dejar de hacer caso a este reseñista que pide que, de una vez, Whitehead se atreva a ir con todo, sin filtros ni tapujos y ver así finalmente reflejado en un libro ese clamor interior que parece buscar una salida a voces libro tras libro. O puede que yo me equivoque y no sea necesario ir más allá. Estaré expectante para ver si da ese paso definitivo.

También de Colson Whitehead en ULAD: El ferrocarril subterráneo, El coloso de Nueva York

martes, 1 de septiembre de 2020

Julio Gil Pecharromán: La estirpe del camaleón

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy interesante 

Seguro que algunos/muchos/varios de los lectores recuerdan aquel estribillo que sonaba machaconamente en ferias y bares marchosos de madrugada, aquello que decía ‘el camaleón [haciendo diptongo] cambia de colores según la ocasión’. La metáfora es obvia, claro, e interpretada junto con la rúbrica Una historia política de la derecha en España 1937-2004 (subtítulo) da como resultado algo que me suena ligeramente injusto, porque se diría que esa derecha de la que va a hablar Gil Pecharromán es especialista en el travestismo político, en acomodarse a la circunstancia para sacar provecho, en eso que más coloquialmente se denomina ‘cambiar de chaqueta’. Digo que me parece algo injusto porque en mi opinión los bandazos, realineamientos y adaptaciones no son ni mucho menos patrimonio exclusivo de la derecha, como tampoco fueron lo mismo Largo Caballero y Besteiro, el PC de la República y el de la Transición, Arzalluz y Ardanza, y así sucesivamente. Pero en fin, supongo que hay que titular de alguna manera y conviene hacerlo de forma sonora y atrayente, incluso aunque Taurus sea una marca de contrastada seriedad.

Esta pequeña reflexión no desmerece en nada el libro. La derecha española ha evolucionado mucho (claro está, y afortunadamente) desde la camisa azul y la cruz de Borgoña pasando por muy diversas etapas, y el libro lo analiza en un trabajo ciclópeo, exhaustivo (cien páginas de notas y bibliografía) y muy serio, que no obstante se lee con facilidad, naturalmente siempre y cuando interese la cuestión. Porque más o menos, por culturilla general, tenemos una idea vaga sobre el entramado político del franquismo, quizá algo más clara sobre la Transición, y seguramente más fresca sobre lo que ha sido la derecha española en los años posteriores, sea en el gobierno o en la oposición, con nombres de todos conocidos en mayor o menor medida. Pero este formidable ensayo pone luz a toda esa evolución, examina sus ramificaciones, ordena sus mutaciones y las expone con multitud de datos e informaciones que dan solidez a lo que pudiésemos conocer de pasada, descubriendo aspectos que a buen seguro desconocíamos en su mayor parte.

Tal vez el periodo más interesante que aborda el libro es precisamente el de la dictadura. Lo que podía parecer un bloque monolítico encaramado en la chepa del poder franquista no lo era tanto, a nada que se escarbase por debajo de los estandartes y las genuflexiones. Aquello que se llamaba Movimiento Nacional fue una especie de reagrupamiento forzoso que el caudillo organizó para asegurarse la obediencia de los vencedores, pero bajo esa aparente uniformidad coexistían tres corrientes fundamentales: el falangismo, siempre ansioso de capitalizar el movimiento (lo que en ocasiones conseguía, pero no siempre); el tradicionalismo, aglutinante de distintos orígenes entre los que destacaba el carlismo; y la derecha católica, en buena parte nutrida por miembros de la antigua CEDA. Resulta llamativo cómo estas facciones –que a su vez albergaban grupos de cierta tendencia centrífuga- oscilaban en su aproximación al poder, ganaban o perdían peso en función de las circunstancias o de las directrices (también cambiantes) de Franco y su círculo más próximo. Así que el bando vencedor de la Guerra no era la balsa de aceite que voceaba el NODO, y en su interior las convulsiones, a veces estratégicas, otras de índole doctrinal y muchas de carácter personalista, eran frecuentes y a veces con un punto desgarrador, aunque quedasen casi siempre ocultas en la opacidad del Régimen.

Todo ello, junto con la progresiva aparición de personajes o pequeños grupúsculos que, siempre desde dentro del sistema, se posicionaban hacia vertientes menos cerriles de la derecha –democristianos, tecnócratas luego liberales o conservadores, disidentes de las formaciones anteriores-, fueron perfilando los pasos que en los años 60 y 70 abonaron muy tímidamente el terreno para el proceso que terminaría con la aprobación de la Ley para la Reforma Política y la apertura democrática posterior que también, naturalmente, trata el libro y sobre el que no parece necesario incidir más.

Dando un salto en el tiempo –en la reseña, no en el libro- entiendo que otra parte muy interesante es la que trata sobre los grupos de extrema derecha (los que se llamaron involucionistas) que perduraron en las décadas siguientes, con el sistema democrático ya progresivamente asentado. Se trataba, claro está, de colectivos minúsculos (sólo Fuerza Nueva a finales de los 70 llegó a conseguir un diputado), algunos de los cuales se vincularon a acciones violentas y tramas parapoliciales, definidos todos ellos por sus enfrentamientos doctrinales y continuas escisiones, que los hacían aún más irrelevantes. El libro profundiza con detalle sobre las distintas tendencias, cada vez menos deudoras del 18 de julio y más próximas a movimientos de ultraderecha propios del momento: neonazis, nacional-revolucionarios, populistas… Todo un mundillo bastante sorprendente que lo mismo mantenía conexiones con el Frente Nacional francés (Le Pen padre), como incorporaba elementos esotéricos, o reivindicaba con similar rango al falangista Ramiro Ledesma y al anarco-sindicalista Ángel Pestaña.

Si algún reproche se puede hacer al texto se debe referir solamente a algunas etapas –la desmembración de UCD, el 23-F o el aznarato- en las que se deja llevar a un tono ligeramente más periodístico, con un ritmo más acelerado y aportación de datos anecdóticos o que guardan menos relación con la evolución ideológica (sus desviaciones, matices o reencuentros) de este mundo político. Se diría que el autor se siente en la necesidad de contar determinadas cosas, bien porque se queda sin material de verdadero peso (no todos los meses, ni siquiera todos los años se producen movimientos ideológicos de importancia), bien porque hay episodios que siempre parecen exigir un relato (¿cómo hablar de la derecha en España sin detenerse en el 23-F?)

Y si hablamos de vacíos, el libro presenta uno descomunal, aunque irremediable y no imputable al autor. El estudio llega solo hasta 2004, justo un pelín antes de que irrumpieran en la escena política de la derecha los dos fenómenos más importantes desde la fundación del Partido Popular: Ciudadanos (2006) y Vox (2013). Porque, filias y fobias aparte, hubiera sido muy interesante contar con un análisis desapasionado y riguroso sobre la aparición de estas nuevas alternativas políticas. ¿Fue el rebrote de grupos ideológicos hasta entonces sumergidos bajo la preponderancia del PP, o consecuencia directa de circunstancias puntuales de la vida política del momento? ¿Hasta qué punto estos nuevos partidos responden a corrientes similares a las de otros países, o se trata de fenómenos sobre todo locales? Quizá para encontrar respuestas en frío a todo esto se necesitará un poco más de perspectiva, tal vez en unos pocos años.