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martes, 16 de junio de 2026

Fight Combo: Douglas vs. Ressler

Como uno de los muchos seguidores (ya casi nostálgicos) de la serie de Netflix Mindhunter (1), después de verla por primera vez me dediqué a investigar un poco sobre los investigadores reales del FBI que habían inspirado a los personajes de Holden Ford y Bill Tench. A uno de ellos, Robert Ressler, en el que se basa el bueno de Bill, ya lo conocía de un reportaje que vi hace tiempo en RTVE. Del otro, John Douglas -Holden Ford, para entendernos- no tenía noticia, pero resulta que es quien escribió el libro, junto al cineasta y escritor Mark Olshaker, que dio pie a esta serie ya de culto. También Ressler, por su parte, ha escrito varios libros, pero junto a Douglas y a Ann Burgess -la enfermera psiquiátrica que se supone inspiró a la doctora Wendy Carr de la serie- tan sólo el "manual" Homicidio sexual: patrones y motivos, de 1988. Es más, en las entrevistas  de ambos que leí no hacían ninguna referencia el uno del otro, pese a la estrecha vinculación que se les puede suponer, habiendo vivido juntos momentos tan intensos en sus entrevistas a los asesinos más pavorosos, en su época, de Estados Unidos. Así que me dije "cuate, aquí hay tomate" y no sólo el de la portada del libro de Douglas, por lo que, cuando he tenido oportunidad, he leído un libro de cada uno (tienen varios) para ver si lograba dilucidar esta curiosidad mía... Bueno, y por si había salseo, tampoco os voy a engañar.


Idioma original: inglés

Título original: Mindhunter. Inside the FBI elite serial crimen unit

Año de publicación: 1995

Traducción: Ana Guelbenzu

Valoración: bastante recomendable

Se supone que, de la pareja de investigadores del FBI que,  a finales de los 70, comenzaron a llevar a cabo entrevistas a los presos más violentos de EE.UU., sobre todo asesinos masivos y en serie, y que desarrollaron el trazado de perfiles de autores de crímenes, John Douglas -igual que Holden Ford- era el más egocéntrico y deseoso de atención de los dos. Por tanto, comencé la lectura del libro con cierta prevención... Y es cierto que se trata, en buena medida, de una autobiografía y, sobre todo, un recorrido por la carrera profesional del señor Douglas -con fotos al final del libro, por si fuera poco- ; los primeros capítulos, por ejemplo, se dedican, de una manera innecesariamente exhaustiva, a contarnos su infancia y juventud, su poco fructífero -al menos, en lo académico- paso por la universidad y su más aprovechado servicio en las Fuerzas Aéreas (en las que no vio un avión ni mucho menos un combate ni en pintura). Pero el caso es que, ya sea por la simpatía del autor o por el buen hacer del otro coautor, para cuando nos metemos en la harina criminal, Douglas ha conseguido caer bastante bien al lector (al menos en mi caso) y a partoir de ahí ya todo es remar a favor de corriente. 

Su paso como agente de calle en Milwaukee tiene cierto interés (es curioso pensar, además, que pudo cruzarse alguna vez por la calle con un jovencito Jeffrey Dahmer), pero es cuando pasó a la célebre Unidad de Ciencias del Comportamiento de Quantico cuando el libro toma vuelo y asistimos, aunque de forma más directa, a lo que los espectadores de la serie ya conocemos de sobra: las entrevistas a Ed Kemper, Charlie Manson, Jeff Brudos, Richard Speck, Berkowitz y demás star system del "serialkillismo"... Puede resultar muy interesante, por cierto, para los fans de la serie, comprobar cómo determinadas escenas o giros de guión ya están presentes en el libro, aunque en ocasiones de una forma diferente o con otros protagonistas. Pero pronto Douglas -bueno, y Olshaker- se pasa al tema que realmente le interesa: cómo se pueden utilizar todo el estudio que hicieron del comportamiento de estos criminales y el desarrollo del análisis de perfiles para la identificación y captura de otros asesinos, a ser posible antes de que hagan más daño. Los autores nos muestran un montón de ejemplos, empezando por un terrible suceso que también aparece en la serie: el asesinato de decenas de niños negros en Atlanta a comienzos de los años 80; pero también encontramos  muchos otros casos, de una variada tipología, desde violadores y destripadores a envenenadores de fármacos, secuestradores, acosadores de políticos, etc. Toda una fiesta del crimen, vaya... Hay que decir, en honor de Douglas, que en el último capítulo reconoce que sus métodos no son infalibles y que, por desgracia, no siempre se consigue atrapar a los psychokillers más peligrosos. Como ejemplo, pone dos casos en los que trabajó, sin éxito: el del llamado asesino de Green River y el de BTK, en el Medio Oeste. aunque debo hacer ver, sin embargo, que cuando Douglas y Olshaker publicaron este libro, estos dos asesinos (de lo peorcito que ha habido en el panorama de los serial killers, si cabe hacer una clasificación) aún no habían sido atrapados, pero unos años más tarde, por suerte, sí que lo fueron. Es obligado señalar que, pese a la fama de estrellita que se le suele atribuir a Douglas (aparecía de vez en cuando en la tele y fue asesor de películas como El silencio de los corderos), da la impresión de ser un tipo con los pies en la tierra sobre el crimen, ni "buenista" -ha visto demasiado para confiar en la bondad humana-, ni tampoco partidario de la mano dura sin más. Más bien considera que muchos criminales no habrían llegado a serlo si hubieran crecido en un entorno familiar estable y feliz, si hubiera un sistema adecuado de servicios sociales para poder detectar los problemas y encauzarlos adecuadamente, y si muchos hombres (que son la inmensísima mayoría de los criminales de este tipo) no viviesen inmersos en un estado de frustración y en un complejo de inferioridad permanente, de tal forma que sus anhelos de control y poder están en la raíz de tantas violaciones y asesinatos.

Porque, incluso para un señoro heteropatriarcal, etc. como soy yo, el testimonio de este otro más que señoro (pues cuenta ya con más de 80 años) no deja de resultarle, al fin y al cabo, como una especie de parte de guerra contra las mujeres. Quitando, por ejemplo, el ya mencionado asesinato de niños de Atlanta y algún que otro caso en el que se dio muerte a varones, aunque como "daños colaterales", si se me permite tan desalmada expresión, la sensación que deja el libro es la de ser una crónica de un feminicidio más sistemático de lo que parece, llevado a cabo por los miembros más extremistas (el "brazo armado", por decirlo así) de una sociedad profundamente misógina. Niñas, mujeres adultas, ancianas, estudiantes, prostitutas... Da igual la tipología de las víctimas, ya sea según la edad o "factor de riesgo" (este concepto es un tanto escurridizo, pero es innegable que una trabajadora sexual tiene más posibilidades de ser atacada que, por ejemplo, una maestra de escuela); el mundo parece decidido a meter a sus mujeres en cintura y para hacerlo suelta de vez en cuando a sus "perros locos" (figuradamente, quiero decir, pues Douglas no piensa que la mayoría de estos asesinos estén locos, en un sentido legal del término).

Visto para sentencia (es un decir) Mindhunter, vamos ahora con otro libro escrito por la pareja profesional de Douglas, Robert Ressler, esta vez junto al escritor Tom Shachtman:

Idioma original: inglés

Título original: I Have Lived in the Monster-

Año de publicación: 1998

Traducción: María Faidella

Valoración: entre recomendable (para interesados) y está bien

Para ser riguroso, debería haber leído El que lucha con monstruos, libro de Robert K. Ressler (el Bill de la serie, para entendernos), en el que explica todo este proceso de investigaación, las entrevistas con asesinos, etc. Es decir, el equivalente al libro de Douglas... así que, por no repetir exactamente lo mismo y tener una visión complementaria del asunto, me decanté por este Dentro del monstruo, en el que Ressler -también junto a otro escritor digamos "profesional"- nos cuenta su carrera como consultor privado, una vez jubilado del FBI (bueno, por no repetir los temas y porque éste es el libro suyo que encontré, no os voy a engañar). Por cierto que, año igual que el otro libro reseñado, éste éste cuenta al final con una serie de fotos ilustrativas, alguna de las cuales bien se podrían -o incluso debería- haber ahorrado.

He de decir que este libro es un tanto más desorganizado que el de Douglas y Olshaker (aunque repito que la comparación adecuada debería ser con El que lucha con monstruos-; en principio, en él Ressler hace un repaso a los casos más señeros en los que ha intervenido, de una forma u otra, desde que dejó el FBI, tanto en EE.UU. como en Europa, Japón y Sudáfrica. No todos esto casos, en realidad, se refieren a lo que conocemos como "asesinos en serie" (término acuñado por el propio Ressler, si bien parece que recogiendo la idea de un investigador alemán del periodo de entreguerras), sino que nos habla también de casos de parricidio, los atentados con gas sarín en el metro de Tokio, algún homicidio imprudente bastante lescandaloso, etc. Aunque la parte mollar del libro sí que está dedicada a los serial killers, tanto con una historia o relación de los mismos antes de que la Unidad de Ciencias del Comportamiento se pusiera a estudiarlos como con dos entrevistas de lo más llamativas, a los más que célebres John Wayne Gacy, el "Payaso Asesino" -que, curiosamente, había vivido en el mismo vecindario que Ressler durante su infancia y juventud- y el apuesto galán que aparece en la cubierta del libro, el llamado "Carnicero de Milwaukee", Jeffrey Dahmer, uno de los asesinos en serie que más atención ha recibido en los ultimos tiempos, inspirador de novelas, series de televivión y cómics. precisamente la inclusión de estas entrevistass a dos asesinos cuyas víctimas eran varones jóvenes y también que se nos cuente otros casos similares, como el del asesino de hombres gays de Kensington o el de adolescentes negros en Ciudad del Cabo ace que, con este libro la sensación de estar leyendo la crónica de un feminicidio no sea tan intensa como con el otro (en este último caso, además, parece que nos encontremos ante una especie de "metasesino", que se guía por las indicaciones que encuentra, justamente, en otros libros de Ressler).

En general el libro de Ressler y Shatchman no parece tan bien organizado, cronológica y temáticamente, como el de Douglas y Olshaker (repito que quizás el equivalentew será más bien su otro libro, anteriormente citado); si bien denota una mayor profundidad en el análisis psicológico, el conjunto da una sensación más de un cúmulo de "batallitas" contadas por un señor jubilado -batallitas sobre investigaciones criminales y asesinos en serie, claro, que no es que se dedicara a contemplar obras-, preocupado, sobre todo, por dejar bien limpio su nombre en el tema de sus actividades como consultor. A este respecto, es muy puntilloso, por ejemplo, al exolicar su actuación en el caso del asesinato de una joven madre en el parque de Wimbledon Common, en Londres, en el que una añagaza del periódico sensacionalista The Sun le puso en un situación incómoda. pero, sobre todo, busca responder a las críticas que, por lo visto, le hacían algunos de sus antiguos compañeros del FBI, porque sus servicios de experto a veces eran requeridos por las defensas de los presuntos asesinos -es el caso, por ejemplo, de lo ocurrido con Dahmer, aunque en ese caso, lo que trataba de probar la defensa no era su inoncia, sino que el tipo estaba totalmente cucú bananas enajenado a la hora de cometer sus crímenes-; de ahí que en un momento determinado afirme que  "los celos profesionales son duraderos y no es fácil erradicarlos". Por si no quedaba claro lo que habia escrito unas páginas antes: "Algunos antiguos colegas míos del FBI han hecho circular que he ido en busca de trabajos como 'testigo experto' (...)". Cosa que él se preocupa mucho de desmentir una y otra vez.

Si se refierea de esta forma a su ex-compi John Douglas es difícil de decir, puesto que en todo el libro Ressler sólo lo menciona en una ocasión. Douglas, en cambio, sí que habla varias veces de Ressler, aunque como si se tratara de un colega más de la Unidad, como también menciona a muchos otros -Roy Hazelwood, Park Dietz, etc.-,  no tanto como el compañero de tantas horas de viaje a lo largo y ancho de EE.UU. y, sobre todo, el que se había metido con él en pequeñas salas de un montón de prisiones a entrevistar a los asesinos más temibles que se conocían por entonces (quiero decir, fuera de los que podían encontrarse en el gobierno y las Fuerzas Armadas de su país). En algún momento difiere de la opinión de Ressler con respecto a la salud mental de Jeffrey Dahmer y menciona, como quien no quiere la cosa, cierto juicio de asesinato en Seattleen el que los dos iban a declarar, en lados opuestos del proceso penal y, por lo que sea, Ressler decició no hacerlo... 

Por otro lado, en El que lucha con monstruos (aunque repito que no lo he leído) al parecer Ressler contradice en algunos detalles la versión de Douglas de a quién se le ocurrió qué en sus entrevistas con diversos serial killers... En fin, digamos que, sin que se expliciten sus diferencias y tampoco ninguno le falte al respeto al otro, parece claro que, a partir de un determinado momento no había lo que se dice el mejor de los rollos entre ambos. Lo que no sé es que pudieron pensar sobre los personajes de la serie que inspiraron sus figuras: bueno, perdón, en realidad, sí sabemos lo que pensó Robert Ressler: nada en absoluto, porque falleció en 2013, antes de que se rodase dicha serie. En cuanto a John Douglas, lo único que he podido encontrar es que no le parecía mal (aunque quien la haya visto seguramente encontrará al personaje de Holden Ford brillante, pero también bastante más cargante que el de Bill Tench... es decir, Ressler). Pero Douglas tiene ya 80 años y probablemente y más aún después de loq ue ha visto, se encuentra ya por encima de las vanidades del mundo (no se puede decir lo mismo de todos los señoros norteamericanos de su generacíón... y que cada cual piense en quien quiera). 

(1) Para los "muy cafeteros": sabed que, si bien parece que la serie no tendrá continuación como tal, de vez en cuando si que salen rumores de que David Fincher podría dirigir una o varias películas-secuelas de la misma... Crucemos los dedos, a ver si es cierto.

(1 bis) Para los "muy pero que muy cafeteros" le podéis echar un ojo, si no lo habéis hecho ya, a otra serie de Netflix, la muy cinéfila a la par que repugnante  Monstruo: la historia de Ed Gein, sobre este célebre asesino -entre otras cosas-, y en concreto, al final de la misma (el chivatazo hay que agradecérselo a Oriol, por cierto).

sábado, 14 de noviembre de 2020

Jane Smiley: Un amor cualquiera


Idioma original: inglés

Título original: Ordinary Love and Good Will

Año de publicación: 1989 (2020 en español)

Traducción: Francisco González López

Valoración: entre recomendable y está bien

He de reconocer que he habido de consultar la fecha de publicación original de esta novela para cuadrar un poco la oportunidad de su recuperación dentro del exigente catálogo de Sexto Piso y me ha costado un poco justificar esa decisión, y quizás sea oportuno aclarar al lector que esta novela se publicó hace treinta años y que está más cerca de Richard Ford que de Jonathan Franzen, más cerca de Joyce Carol Oates que de Margaret Atwood y que su impacto seguramente obedezca a que obras posteriores de la autora obtuvieron alguno de esos prestigiosos premios literarios de los que nos hacen sentir curiosidad. 

No malentendáis mi relativo escepticismo: solamente me sorprende que, dentro de la lógica y deseable variedad, esta novela encuentre su ubicación al lado de Barth, Gaddis o Barthelme, ya que se trata de una narración comprensible, sosegada, literariamente dentro de los cánones de la convencionalidad. Un amor cualquiera es una historia comprimida en unos pocos días en los que Rachel, mujer divorciada, cinco hijos, reúne a sus hijos en un pequeño evento familiar: dos de sus hijos, gemelos, van a volver a reunirse cuando uno de ellos vuelve de una prolongada estancia en la India, que le ha cambiado sustancialmente su perspectiva del mundo, y alguno de los otros hermanos va a acudir a la casa de la madre en una reunión que, desde una situación casual, evolucionará en una serie de confesiones sobre las causas de los acontecimientos que precipitaron el divorcio y dinamitaron esa idílica y americana existencia, la de un matrimonio en el que el éxito profesional (Nat, el marido, es un reputado investigador médico) y la vida plácida no es suficiente para actuar de pegamento. Nat se fue con sus cinco hijos a Inglaterra y, enzarzados en las clásicas guerras propias de estas situaciones, los niños han pasado prácticamente toda la infancia sin ver a su madre, sin tener muy claro qué hechos incidieron en esa separación.

Y hasta ese punto puede explicarse la novela, aunque no se trate de un misterio que, de ser desvelado, estropee la novela, sí que son hechos que hoy vemos con una mirada diferente a la de 1989, y, rozando el espoileo, diré que mucho mejor que así sea y que esas tres décadas provoquen en el lector un cierto escepticismo. No es que Smiley no transmita a la perfección esa personalidad de la mujer que se ha visto obligada a reengancharse con su familia. No es que la escritura no sea eficaz, ajustada a la condición de novela corta y de entorno íntimo. Es, simplemente, que no despega de ese ámbito un poco escueto y restringido y quizás hubiera esperado algo más.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.

domingo, 1 de marzo de 2020

ULAD CUMPLE ONCE AÑOS. Reseña + Entrevista: Jorge Herralde: Un día en la vida de un editor


Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: imprescindible para interesados

Jorge Herralde es una leyenda. Con su experiencia vital, bromea, podrían llenarse veinticinco tomos, y prefiero no especular con los secretos que este editor, cuyo sello cumplió 50 años en 2019, guarda para sí, por su elegancia ejemplar. Para los trasnochados, una elegancia que nada tiene que ver con abrocharse la chaqueta cuando se camina. Es la elegancia innata del hombre culto que es, del icono absoluto que ha cambiado décadas de edición en español (y en catalán), que es responsable de los primeros amores literarios de tantos lectores, entre los que me incluyo sin ningún recato. Aunque el que esto escribe haya sido, digamos, poco benévolo con ciertos de los últimos lanzamientos del sello (pido disculpas por anteponer al hooligan literario a veces), todo se reduce a la expectativa que surge de haber vivido, bajo esas cubiertas amarillas o grises o bajo las multicolor de sus Compactos, auténticos episodios de apasionamiento sobre los cuales no voy a insistir.

El caso es que, en un movimiento que desprende cierto aroma a despedida  (no nos asustemos, pero Herralde ya tiene una edad en que ni siquiera las grandes pasiones deben impedir que uno disponga de un razonable porcentaje de tiempo libre), Herralde recopila aquí 400 páginas largas de entrevistas, artículos, semblanzas, reflexiones, crónicas, discursos, de diversas procedencias y fuentes, y con la inclusión de algún texto inédito.
En las entrevistas nos encontramos, claro, con conceptos que pueden repetirse, sobre todo porque muchos entrevistadores repiten preguntas lógicas, interpelaciones que destilan admiración y,a través de su lectura, comprendemos no solamente el devenir de la editorial, sus puntos álgidos y algunos periodos de incerteza, su portentoso camino de evolución de editorial comprometida políticamente con la lucha antifranquista (con la censura intentando ahogarla económicamente) para, sin abandonar cierta militancia, evolucionar hacia el poderoso e influyente conglomerado de hallazgo y promoción de primeras figuras literarias, que es absurdo enumerar otra vez...sino que también confirmamos el extremado amor y respeto por la literatura que Herralde desarrolló (desarrolla aún a otro ritmo menos extenuante) en su carrera, algo que se detecta en cada uno de sus pasos y en cada párrafo, respeto hacia autores, competidores, colaboradores, diríase que ese concepto de elegancia impera en el libro a toda costa, ése y la enorme lucidez que surge a cada línea: la visión del mundo editorial, su actitud hacia los voraces cambios de las últimas décadas, su paciencia con los autores, su coherencia combinada con su tesón y su determinación, él comprenderá que use el término "tozudez" como calificativo de quien no tolera el adormecimiento del ciudadadano ante lo que se le presenta sin exigir esfuerzo. Anagrama es una editorial fundamental para comprender la evolución de la lectura en español de un cierto perfil, nivel y exigencia. Sin Anagrama, las cosas simplemente no serían cómo son, y Herralde fue su máximo responsable a lo largo de décadas, y aquí nos lo explica: em trec el barret.*

 *Catalán por "me quito el sombrero".

Y, como acompañando su primer medio siglo con nuestra primera década, nos contesta unas cuantas modestas preguntas. No toco ni una coma, este texto es sagrado.

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ENTREVISTA UN LIBRO AL DÍA 18/02/2020

1 Me gusta mucho un concepto del que habla en una de las entrevistas del libro: la captación del tiempo libre que efectúan, por ejemplo, las plataformas de TV en streaming. Y hace poco Jorge Carrión polemizaba en Twitter sobre la opción del gasto de 20 euros en un libro frente a una cena o un par de copas. Con este panorama, ¿pondría en marcha hoy en día un proyecto como el de Anagrama?
En otoño de 1967, cuando empecé a preparar Anagrama, el panorama tampoco era precisamente halagüeño, por otras razones. Repasando nuestro Catálogo general de 2018, en la programación en la primera década de los 70 abundan propuestas singulares, bien distintas en sus registros de lo habitual en las librerías españolas. Quizá demasiado aventurado económicamente: Anagrama estuvo a punto de cerrar en el 1980 y fallecieron no pocas editoriales de las más peleonas.
2 Alude también a los inicios de la editorial como emblema de lucha antifranquista y, por tanto, asediada y castigada por la censura. Se me ocurren casos como el de Libros del KO o Capitán Swing, pero, en este mundo convulso, ¿ve posible una recuperación de cierta literatura militante?
Tanto Libros del KO como Capitán Swing me parecen editoriales audaces y estupendas, sin duda mis preferidas en el ámbito de la literatura militante, tantos años después. Y también la Anagrama actual tiene una vena militante, a veces en “Argumentos” o en “Crónicas” y, sobre todo, en sus “Nuevos Cuadernos Anagrama” (digamos una versión aggiornata de una de nuestras colecciones más significativas de los años 70). Por otra parte, en muchos países ha habido un resurgimiento interesante de editoriales militantes. Un ejemplo es la siempre combativa editorial Wagenbach, que ha recuperado una colección muy combativa de textos breves.
En el último capítulo de mi libro Opiniones mohicanas (primera publicación en el año 2000), lo titulo “Los nuevos insumisos”, en el que daba la bienvenida a las nuevas editoriales que habían aparecido en los años 70, 80 y 90.
“Las «anomalías» editoriales antes aludidas, en este inventario que no pretende ser exhaustivo, podrían verse como guerrillas culturales, síntoma también de un malestar profundo, a veces explícitamente políticas, o bien en pos de otros horizontes intelectuales y literarios, un Gran Rechazo también al vigente modelo cultural, o más precisamente acultural, papillas pre-digeridas bajas en calorías, una escritura light, un menú único, que nuestros nuevos héroes, quizá un tanto ilusos pero con ilusión, se niegan a consumir. Mi más cordial bienvenida a los nuevos insumisos.”
De las dieciocho que menciono en el texto, veinte años después, solo persisten algunas: Acantilado, Salamandra, Minúscula, Lengua de Trapo, Trea, Áltera, Octaedro, Páginas de Espuma, Sequitur... Otras de menor calado, no mencionadas, ya habían desaparecido.
3 Más menciones a ciertas lecturas recientes, y dados los orígenes y la propia ubicación de la editorial en un barrio acomodado de Barcelona, ¿cree que Anagrama franqueó con sus elecciones y su serie de bolsillo ese estigma del lector voraz como persona de un cierto perfil social?
No acabo de entender tal “estigma”.Y la cualificación de una editorial la define, sin lugar a dudas, como es bien sabido, su catálogo y su coherencia a lo largo de las épocas. Se puede estar de acuerdo o no con el catálogo, pero este es el que dice la verdad de una editorial más verosímil que los complacidos gorgoritos de los editores.
4 ¿Son conscientes de la repercusión que sus obras tuvieron en un país que salía de una dictadura mojigata?
Sí, en efecto. A menudo eran apuestas arriesgadas comercialmente pero que nos parecían especialmente pertinentes en nuestro catálogo. Por ejemplo, a numerosos autores excelentes, pero minoritarios, también les publicamos sus primeros libros de cuentos.
Con demasiada frecuencia, sobre todo en la primera década, fueron tiempos difíciles, pero nuestras elecciones coincidían con el ADN de Anagrama (sea ello lo que fuere). Y resultó extremadamente gratificante la repercusión en América Latina, donde realicé tantísimos viajes, tuvimos una excelente relación con los libreros, la prensa, las Ferias. Incorporamos, por ejemplo, algunos de los primeros libros de autores como Guadalupe Nettel, Zambra o Villalobos y también publicamos a grandísimos autores (de Pitol a Piglia) que ahora tienen el rango de clásicos.  Creo que una de las funciones fundamentales de un editor es estar atento a los nuevos autores, aquellos que, con el tiempo, pueden convertirse en los clásicos del futuro. Ninguna otra brújula.
5 Por el motivo que sea, se detecta una cierta pérdida del peso de Barcelona como centro editorial. ¿Cómo ve la escena editorial barcelonesa, al margen de la apoteosis anual de Sant Jordi?
Desde hace años, en el siglo XXI, han surgido centenares de nuevas editoriales, en muy distintos países, marcadas por la búsqueda de la excelencia y muchas de ellas han logrado asentarse. En épocas anteriores, el índice de “mortalidad” era mucho más elevado. Este es un hecho innegable y muy positivo.
Pero, sin ningún afán patriótico-barcelonés, resulta innegable que en nuestra ciudad tienen su sede dos de los sellos editoriales más poderosos del mundo: Planeta y Penguin Random House (Bertelsmann) y siguen en activo muchos excelentes de los sellos literarios independientes. Véase como ejemplos Acantilado, Minúscula o la propia Anagrama, que opera como sello independiente, aunque ha cambiado de propietario: la italiana Feltrinelli. Y también han surgido, en el siglo XXI, excelentes nuevas editoriales.
6 Otro mantra reciente: "Más autores que lectores", y yo creo que el editor es necesario para parar los pies a tanto talento en ciernes que eclipsa al talento real. ¿Llegó a sentirse tentado a hacer como dicen que hacía el editor de Carver?
En cuanto al editor de Carver, Gordon Lish, es una figura muy polémica, al margen de su talento. Es sabido que realizó una extrema cirugía en los cuentos de un Carver entonces autor desconocido e inseguro, sin recursos económicos y con graves problemas con el alcohol. Sus cuentos tuvieron mucho éxito, pero al final dejaron muy traumatizado al autor, que se sentía como un impostor involuntario, y al cabo de unos años empezó a reescribirlos tal como fueron concebidos. El primero fue Principiantes. Por desdicha, Carver murió antes de poder completar la revisión de los restantes. Como dato curioso: Carver falleció en agosto de 1988, un mes antes de la que hubiera podido ser su primera visita a Barcelona, invitado por Anagrama. No llegué, pues, a conocerlo, pero su gran amigo Richard Ford me habló a menudo de él, eran como hermanos.
He intervenido a menudo como editor en textos de los autores de la casa, pero siempre ha sido “cirugía menor” y pactada con el autor, a veces (pocas) con un cierto forcejeo. Por poner un ejemplo, bastante conocido, Bolaño pensó en Tormenta de mierda como título de un libro que, finalmente, se llamó, creo que afortunadamente, Nocturno de Chile.
Por cierto, para mí cambiar títulos ha sido un hobby frecuente. En varios casos, autores indecisos al respecto me pidieron que lo intentara yo.
7 Aunque me consta por la lectura del libro que ya cerró alguna de esas heridas, ¿se quedó con las ganas de publicar como Anagrama algún autor u obra en particular, en especial los llamados clásicos?
He citado a menudo el caso de Borges, pero ya estaba editado con contratos férreos en Argentina y en España. También me hubiera gustado publicar Teniente Bravo de Juan Marsé, pero Carmen Balcells, su agente, lo desvió a una editorial con mucho más poderío. Y también he deseado publicar a Mendoza, pero este tiene un férreo vínculo personal con Pere Gimferrer, hasta que la muerte los separe.En cualquier caso, con tantísimos grandes autores publicados, sería muy descortés con ellos ejercer de plañidera.
8 Y hoy, ¿qué lee por placer, con pura desconexión profesional, si ello le es posible?
Desde enero de 2017, elegí a Silvia Sesé como directora editorial (muy sabiamente, como es sabido). Al revés que antes, ya no leo a todos los autores que publicamos sino una lista restringida y diría que de lectura gozosamente inevitable.
Y, desde luego, leo y releo por placer memorias y diarios de escritores y editores muy escogidos con gran gratificación y sosiego. Entre otros ejemplos recientes figuran Barral, Castellet, Esther Tusquets, Salinas… y autores más recientes como Iñaki Uriarte o Marcos Ordoñez. Y suma y sigue. 
9 Sin necesidad de entrar en detalles, ¿puede mencionarme algunos autores por los que ha apostado y le frustre particularmente que no hayan tenido el éxito que cree que merecen?
No entraré en detalles para no entristeceros ni entristecerme y, por supuesto, para no recordarlo públicamente. Solo mencionaré a un extranjero, mi admiradísimo y muy minoritario Giorgio Manganelli: le publiqué cuatro joyas, creo haber cumplido con mi auto-impuesto “cometido histórico” con tan singular autor. Hace años, para mi alegría (y la de sus escasos pero muy agradecidos lectores), lo recuperó Siruela y creo que después ha habido algún otro intrépido colega.

Un pequeño test rápido (y si cree que debe añadir algún comentario, le ruego que lo haga), le paso una breve y heterogénea lista de autores y dígame si los hubiera encajado en Anagrama:

David Foster Wallace
William Gaddis
Isabel Allende
Mircea Cartarescu
Camilo José Cela
Primo Levi

Respecto al test rápido de autores de imaginaria publicación, desde luego editaríamos con gran orgullo a Primo Levi. También a David Foster Wallace, William Gaddis y Mircea Cartarescu. En cuanto a Isabel Allende, preferiría no ofrecer a los lectores de Anagrama una incorporación poco congruente.
El caso de Cela es especial: en mi juventud fui leyendo casi todos sus textos de los años 60, que me gustaron mucho, obviamente. Así, La familia de Pascual Duarte, La colmena, Viaje a la AlcarriaCuentos carpetovetónicos. Y en una ocasión estuve a punto de publicar una nueva edición de La colmena gracias a la singular decisión de su agente Carmen Balcells, quien, durante unos años, decidió que los libros que se vendían muy bien podrían seguir vendiéndose todavía mejor publicados por varias editoriales.  Gracias a ello, pude publicar los extraordinarios títulos de Juan Rulfo: Pedro Páramo y El llano en llamas. Y también mi novela preferida de García Márquez: El coronel no tiene quien le escriba. Quizá una preferencia inhabitual. Sin embargo, Gabo afirmó, unos años más tarde, que había escrito Cien años de soledad con el único propósito de lograr que El coronel tuviera más lectores. Di un respingo de júbilo, pero casi al instante recordé la merecida fama de gran mentiroso, más o menos juguetón, de Gabo, según decían sus íntimos amigos.
Volvamos a Cela. Cuando ya había acordado con Carmen Balcells la publicación de La colmena, se produjo un hecho muy desagradable. Habían empezado a triunfar visiblemente varios escritores de la llamada Nueva Narrativa Española y Cela los atacó en varios artículos (creo recordar que en El País) de una vileza moral que me parecía incompatible con dicha publicación en Anagrama. Fin de la historia.
Unos pocos años más tarde, los “auténticos” editores de Rulfo, García Márquez y otros autores le comunicaron a Balcells que se había acabado la fiesta y que ellos serían los únicos en publicar tales obras. Punto y aparte.
Curioso, Leo Messi ya ha pronunciado, hace poco, la palabra retirada. Y a Vd. no se la he leído en 460 páginas. Sin ponernos terribles, ¿se ve capaz de dejar de ser editor (profesión, dice, hecha a su medida) en algún momento?
La profesión de editor sigue siendo lo que más me gusta hacer. Sigo en ello, con menos intensidad, claro, mientras Silvia Sesé ha tomado las riendas de la dirección editorial con gran acierto y con mucha sintonía personal entre nosotros. Así que mientras crea que puedo seguir siendo útil y me sienta a gusto, seguiré en ello hasta que haya alguna interrupción drástica: auto-despido, mi despacho tapiado de pronto, la guadaña…

Jorge Herralde
Barcelona, 18 de febrero 2020


miércoles, 8 de enero de 2020

Seth: Ventiladores Clyde

Idioma original: inglés
Título original: Clyde Fans
Año de publicación: 2019
Traducción: Esther Cruz Santaella
Valoración: recomendable

Leo esta última novela gráfica de Seth (nom de plume del canadiense Gregory Gallant) con el recuerdo aún fresco, pero más bien tibio, de su primera obra, La vida es buena si no te rindes, publicada originalmente entre 1993 y 1996. Sin embargo, pese a los veintitrés años transcurridos entre aquel libro y este Ventiladores Clyde, pienso que ambos podían haber sido escritos y dibujados de forma consecutiva, porque el estilo característico de Seth no ha cambiado sustancialmente: viñetas a tres tintas -negro, gris y un azul grisáceo... además del blanco, claro-, muchas de ellas sin diálogo, digamos "ambientales" -panoramas de calles, edificios, parques...-; detenimiento casi morboso en los detalles, sobre todo en objetos vintage, de los años 30, 40 ó 50 del siglo XX: bibelots, fotos, carteles...; recreación de zonas del Viejo Toronto y otras ciudades de Ontario... En realidad, como explica el autor en el epílogo, hay una razón para esta apariencia de continuidad: Ventiladores Clyde debía ser su segundo libro, pues lo comenzó justo después de terminar el primero; sólo que éste ha tardado más de veinte años en acabarlo. Eso también explica cierta evolución del dibujo dentro de la misma obra: de los trazos más finos y detallados del comienzo a otros más gruesos y de aire algo descuidado, pero también más resolutivos, del final.

Los personajes protagonistas guardan asimismo una cierta semejanza  con el de aquella otra novela:  son también individuos tristes, un poco o un bastante misántropos, o simplemente poco adaptados al trato con sus semejantes; aunque en este caso no se trata (por fortuna, creo yo) de otro dibujante de cómics, trasunto del propio Seth, sino de dos hermanos, Abe y Simon Matchcard, que han llevado durante años -y también a la ruina-, la empresa fundada por su padre, Ventiladores Clyde. Hay diferencias entre ellos, no obstante: mientras Abraham o Abe se ha visto obligado a ser más sociable debido a su trabajo de comercial para la empresa y ha llevado una existencia más o menos "normal" -viajes, matrimonio, múltiples aventuras con mujeres-, Simon es mucho más misántropo, o tal vez sólo víctima de una timidez enfermiza, por no decir patológica... La mayor parte de su vida, frustrado su intento de seguir los pasos de su hermano, los ha pasado encerrado en el edificio donde vive, y también está la oficina de la empresa de ventiladores, sin apenas contacto con el resto del mundo, cuidando de su madre y coleccionando unas postales humorísticas, de moda varias décadas atrás. la relación entre ambos hermanos, entre la dependencia y el rencor mutuo, supone, claro está, uno de los motores de la narración, quizá el principal, de hecho. pero también están la relación de Simon con su madre y el resquemor de Abe hacia su padre, que abandonó a la familia sin dar explicaciones. Los lazos familiares, por tanto, sus obligaciones y agravios, son el gran tema del libro, pero también las relaciones humanas en general -amorosas, comerciales- y la falta de ellas: la soledad, que causa un tormento indecible en quien la sufre, incluso cuando la ha elegido de forma, en apariencia, voluntaria. La necesidad que tenemos del prójimo, pero también de alejarnos de él. El fracaso y la entropía como destino inevitable de la existencia humana, así como de las ciudades y paisajes, de los tiempos... de todo lo que parece entrañable y acogedor.



He mencionado el edificio en el que están las oficinas de la empresa y también la vivienda de Simon y su madre -y luego, de Abe-, porque además, en verdad resulta ser casi un personaje más de la narración. o sin casi: detenido en el tiempo, laberíntico, incluso algo claustrofóbico... los dos hermanos deambulan por él sin cesar, de habitaciones a pasillos, de sótanos a la oficina, de la coina al almacén de material, desgranando sus historias y la de su familia. Incluso los objetos que se acumulan en la casa tienen no poca relevancia: a modo casi de una novela del Nouveau Roman o de Georges Perec, nos encontramos -en un libro de historietas ya de por sí bastante tocho y algo agotador- con, por ejemplo, cinco páginas repletas de pequeñas viñetas donde se detallan todos los objetos que se encontraban en el tocador y el resto del cuarto de la madre de los dos hermanos. U otra, ocupada por un catálogo de todos los modelos de ventilador que vendía la firma. En fin, cosas de ese tipo...

Por acabar: si alguien ha leído la reseña que escribí de la primera obra de Seth, La vida... etc., se habrá dado cuenta del cambio en mi tono, no sólo en la valoración. la causa es que si la otra novela gráfica me pareció algo interesante, sí, pero sobre todo una muestra máss de ese onanismo narrativo que constituye en el peor (y más frecuente, por desgracia) de los casos la llamada "autoficción", ventiladores Clyde, en cambio, resulta una novela madura y profunda , absorvente (ya digo que incluso un poco agotadora), y cuya historia y personajes, sin duda, merecerían una mayor repercusión si se tratara de una novela "tradicional" que hubiese salido de la pluma de un Franzen o un Richard Ford o cualquiera de los novelistas norteamericanos actuales más señeros.

Y antes de que lo olvide, el libro en sí, un volumen tocho, como he comentado antes, está esplendidamente editado, e inserto dentro de una curiosa "caja-faja" que, pese a mi aversión (compartida por muchos lectores y libreros, me consta) hacia esos adminículos deleznables al servicio de la autopromociónmás cutre, en este caso aporta un embalaje apropiado al tamaño del libro y de un buen gusto divertido y sorprendente. A cada cual, lo suyo.

Otras obras de este autor reseñadas en Un Libro Al DíaLa vida es buena si no te rindes

domingo, 13 de enero de 2019

Donna Tartt: El secreto

Idioma original: inglés
Título original: The Secret History
Año de publicación: 1993
Traducción: Gemma Rovira Ortega
Valoración: recomendable

Vamos a dejarlo en un escueto "recomendable" algo alto. Aunque dudo que muchos fueran capaces de escribir algo así antes de la treintena, ochocientas páginas son demasiadas (aunque se vuele en ellas, especialmente en las dominadas por los diálogos) para una resolución que bordea en lo policial, y he de decir que El jilguero me gustó más, le noté un aire más maduro, un planteamiento más ambicioso, como si aquí Tartt quisiese ser más Easton Ellis (a quien dedica, por cierto, la novela) y allí resultase ser más Franzen.

La sinopsis de la contraportada ya es escueta y con razón. "El secreto" (curiosa traducción del título que acaba relacionándola con ese repugnante tomito de autoayuda de una tal Rhonda Byrne) parte de una trama que, a poco que uno se extienda, revela demasiado pronto sus tiros escondidos. Richard, estudiante de lenguas clásicas es aceptado a regañadientes en un pequeño grupo de estudio, apenas media docena de alumnos, liderado por Julian, el típico profesor de rica estirpe que trabaja sin cobrar y por el gusto del proselitismo cultural. La materia de estudio es el idioma griego clásico, el escenario un campus de una pequeña pero elitista Universidad norteamericana, los personajes, indudables puntos fuertes de esta novela, los integrantes del grupo y algunos otros, ya en trazos más tenues, que se relacionan con ellos, que entran y salen en ese grupo que es cerrado y se cierra más, mera cuestión de supervivencia, cuando uno de sus juegos acaba con daños colaterales. Esa es la premisa del libro, puesta de relevancia en pocos párrafos (como hizo Richard Ford en Canadá), la del crimen involuntario o casual (pequeño hándicap, ese es un detalle que Tartt no aclara con contundencia) que necesita de otro crimen para poder ser perfecto o irresuelto. Este segundo crimen, este segundo asesinato, ya premeditado y calculado a conciencia.

Tartt afrontó esta historia brillante de forma algo irregular. Richard, narrador parece aportar la conciencia que a los otros les falta, parece no disponer de suficiente tiempo para sumergirse de lleno en la locura y ser el único elemento dotado de un sentido común convencional. A la vez parece ser más íntegro y menos volátil, sopesando pros y contras. Richard parece contaminarse con los devaneos insanos de sus compañeros, pero siempre mantener alguna distancia. No es capaz de que ésta sea insalvable, e ineludiblemente se ve involucrado en los hechos principales y en algunas situaciones personales, pero parece representar a esa clase media o baja que no puede permitirse derroches, que contempla cómo la clase alta se entrega a la frivolidad y pierde de vista la normalidad, la elude en su administración de recursos, en la fluidez de las relaciones. Todos esos hijos de empresarios y directivos de alto rango que son sus compañeros parecen constituir, más que un grupo de estudio para mentes brillantes, una especie de galaxia solipsista que, alejada de la realidad, es inconsciente de las consecuencias de sus actos o, peor aún, desprecia estas consecuencias si no le afectan directamente.
Estilísticamente la novela está bien resuelta, aunque se note en ciertos aspectos que fue escrita a través de largos años. El desnivel entre los fragmentos puramente narrativos (ricas descripciones, agudos símiles, lenguaje frondoso) y los más propiamente de acción (unos diálogos no siempre fluidos, como si el narrador no fuera capaz de transcribir literalmente) es a veces demasiado acusado, y, particularmente, cuando todo parece precipitarse hacia una trama más policíaca, especialmente en esa parte intermedia donde, perpetrado el segundo crimen, sus autores intentan regresar a una normalidad que no debe serlo en apariencia, algunas páginas parecen demasiado innecesarias (relleno que, por cierto, me permite que esta novela pueda validarse como "tocho") y desvirtúa un poco la intención del libro, que de lo que podría haber sido (una aguda crítica a esos universitarios  de familias ricas que llenan las universidades USA, sean o no de la Ivy League, y a sus aburridas existencias donde todo se arregla pidiendo a los papis que ingresen otra decena de miles de dólares), a lo que acaba siendo, una digna y entretenida, pero desigual, historia, a medio camino entre lo policíaco y lo iniciático. Ninguna queja para una novela escrita por una autora antes de cumplir la treintena, pero que me hace preguntar si constituye, por sí sola, un motivo para tanta repercusión de obras posteriores.

miércoles, 17 de enero de 2018

Esther García Llovet: Cómo dejar de escribir


Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: se deja leer

Reconozco que me acerco de vez en cuando a las novedades de Anagrama. Lo hago con la ingenuidad esperanzada del adolescente que pasea cerca del portal donde vive el objeto de su deseo, lo hago esperando el encuentro casual que vaya a más, lo hago confiando que algún día se acaben los chascos y las decepciones.

Lo hago porque Jorge Herralde estuvo al mando de una editorial que me presentó a Bolaño, a Houellebecq, a Kapuscinski y al Hornby de los mejores tiempos y a algunos Auster, a Sebald y a Richard Ford. Demasiado bagaje para olvidar y demasiado bagaje para que me retraiga de hacer sangre.

Porque luego, tiempos más recientes, se unieron a esa selecta fiesta invitados no deseados. Nothomb, Trueba, algunos ya directamente deleznables, aguafiestas que les llaman, como Pablo Rivero o, el colmo de la vacuidad y la insustancialidad, el esperpento llamado También esto pasará, colofón de la infumabilidad y, en la apuesta de la editorial por atribuirle miles de cualidades, la terrorífica conquista de la sima de lo admisible, el momento en que la duda ha manchado lo que era una enseña casi inapelable.

Cómo dejar de escribir, título que parece hacer la competencia a los clickbaits, no os va a aclarar gran cosa. Novela corta que se lee en apenas una hora (curioso tanta concisión cuando la contratapa define a la autora como una admiradora de Bolaño o Foster Wallace) y en la que suceden pocas cositas. Renfo, curioso nombre para hijo y nieto de celebridades de origen latinoamericano, a la búsqueda de un manuscrito de su padre escritor, mientras se encuentra y desencuentra con personajes a la medida de la noche madrileña y de la volatilidad de los niños bien que gustan de paseos por el lado salvaje. Claudia, novia o algo así de vaivén, amigos de no menos curiosos nombres, va por aquí, va por allá, un coche viejo, poca cosita que pasa en una novela que parece un ejercicio de estilo por cuanto no hay una frase fuera de sitio, nada malo sucede en términos literarios, se va leyendo, se nota alguna hechura de influencias, se nota cierta seguridad de ser aplaudida por los de siempre por alguna ocurrencia, que para eso el mundo literario es pequeño y entre bueyes no hay cornadas.
Sin ánimo de ofender, leo que en el último Premio Herralde (el ganado por la entretenida novela de Juan Pablo Villalobos) el jurado decidió, sin premiarla, recomendar la publicación de esta obra. Que no resulta ni ofensiva ni inofensiva. que se lee tan fácil como si fuera un relato alargado publicado en una recopilación entre unos cuantos. Un viaje de autobús entre provincias, una espera que se alarga en alguna sala por una urgencia leve.
Y ahora me pregunto si he hallado en ella una sola razón para recomendar, yo, ya no publicarla, sino meramente leerla.

lunes, 10 de julio de 2017

Reseña + Entrevista. Ander Izagirre: Potosí


Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

Pues, por si no os habéis dado cuenta, voy a ponerme muy insistente en lo de declarar la crónica como uno de los géneros que veo con más futuro en la literatura. Los argumentos son variados y habrá quien los considere endebles, pero los veo de peso: la crónica no tiene un requisito de estilo tan elevado, pues depende mucho de lo interesante del contenido. Tampoco es tan exigida en la cuestión creativa, cuando la realidad empieza a ser tan crudamente superior a lo concebido por la mente humana. Y encima dispone de una coartada acorde a los tiempos que corren, con la falta de tiempo que nos acucia a muchos. Uno lee crónica y compatibiliza información, disfrute y hasta formación. Saber de otras partes del planeta o de otras partes de la sociedad en que vivimos. No es casualidad ese aluvión de programas televisivos en forma de reportajes donde asomarnos a la vida en otros entornos: compatriotas que se buscan la vida lejos de sus lugares de origen, experiencias profesionales de oficios arriesgados.
Por suerte, las opciones van aumentando, y las crónicas ya van superando el estereotipo de la bitácora de viaje o el reportaje periodístico y adoptando distintos cauces, y lógicamente el abanico de autores se enriquece, aunque haya que lamentar que algunos hayan desaparecido. Chatwin, Kapuscinski o Politkovskaia. Pero nos queda Alexiévich, Krakauer, Anderson, Aldekoa, Villoro, Carrión, muchos que olvido y algunos que espero descubrir en el futuro, como he descubierto a Izagirre presentado por la inquieta gente de Libros del KO, que ya me trajo a Fariña,  y he disfrutado de lo lindo. Con un texto bien estructurado y asequible, dinámico y elusivo de lo blandengue. Que arraiga en el pasado lo justo para enlazarse con el Galeano reivindicativo de Las venas abiertas de América latina, pero que se proyecta de forma contundente en el presente, para contarnos la historia de Alicia, otra de esas víctimas anónimas de todo el lodo que arrastra el proceso de colonización y descolonización. 
Todos conocemos la expresión vale un potosí. Pues Potosí es la ciudad de Bolivia organizada alrededor del enorme potencial minero de la zona. Explotación que ya empezó con el expolio de los metales preciosos (algún imbécil ha dicho que ese expolio fue compensado ampliamente con la aportación de los conquistadores: nuestra fe, nuestro idioma y nuestro sentido de la civilización) en los siglos XVI y posteriores, y que continúa hoy en día, cuando los metales que la zona minera alberga (estaño, por ejemplo) son explotados a destajo por trabajadores en condiciones precarias a las órdenes de compañías de intereses multinacionales sujetas a los vaivenes de los precios de las materias (vaivenes muchas veces predefinidos por turbios intereses especulativos, por necesidades de las cadenas productivas o por puras manipulaciones en los ciclos de demanda de éstas). Y toda esa economía local alrededor de esas explotaciones acompaña esa montaña rusa de contrataciones y despidos masivos, y qué mejor ejemplo que una mina donde generaciones trabajan y desgastan sus organismos en condiciones deplorables que son prácticamente garantía de severas afecciones físicas. Izagirre usa a esa niña obligada por las condiciones al trabajo para dibujar todo el panorama, un panorama demasiado complejo y rico en matices para destriparlo en una reseña. La clase de libros que fortalecen las convicciones de quien lo lea, a poco sentido común de que uno disponga, y la clase de libros (esto lo he dicho ya alguna vez, pero aquí es particularmente cierto) cuya lectura, sea por cabreo, indignación, confirmación de sospechas, etcétera, mejora a quien lo lee.

Y con un autor dispuesto a perder un ratito respondiendo alguna cuestión.


¿Esta clase de historias se buscan o le encuentran a uno?

Las historias no te caen del cielo mientras estás sentado en el sofá. El trabajo del periodista es salir a buscarlas. Luego es cierto que en esas historias, cuando les dedicas tiempo, aparecen asuntos inesperados, llamativos, interesantes, urgentes, que te hacen plantearte otros modos de trabajar: por ejemplo, pasar de un primer reportaje sobre una niña minera en el año 2010, a desarrollar todo un libro en 2017, porque esa niña es un personaje muy poderoso que rompe todos los moldes y que sirve para contar un mundo, el de las minas de Bolivia.
  
¿Qué piensa de ese establecimiento de vínculos emocionales ante tanto abuso y tanta injusticia? 

Que es inevitable, es humano y es el inicio del camino. La empatía te lleva a querer conocer las historias de los demás. Otra cosa es escribir: creo que Richard Ford decía que para escribir hay que tener una aguja de hielo en el corazón. No puede ser que las emociones te aplasten o te distorsionen demasiado la capacidad de observación.
  
¿Siente que condiciona el proceso creativo?

Por supuesto, pero es algo que hay que manejar, hay que acertar con las dosis: se necesita una implicación personal para interesarse por alguien, se necesita una distancia para escribir.

¿Se ayuda más con el teclado o con las manos?

Seguramente con las manos, pero hay que escribir como si sirviera. No se me ocurre otro modo de hacer lo poco que yo sé hacer.

¿Obtendrá alguna vez la crónica el lugar que se merece?

No sé cuál es ese lugar. No tengo ninguna queja especial con el lugar de la crónica.

Y si no lo obtiene en el peculiar mundo literario, ¿se reconocerá esa valiosa inducción a la reflexión?

Es que no entiendo muy bien cuál es el supuesto de esta pregunta –una falta de reconocimiento-, ni qué quiere decir lo del peculiar mundo literario. Solo sé que la crónica es una herramienta valiosa para contar la realidad, que por supuesto debe servir para menear un poco los pensamientos y las ideas. Si no hablamos de los mecanismos que producen las injusticias, de sus beneficiarios, si solo contamos escenas emotivas del sufrimiento, estamos haciendo un exhibicionismo de las víctimas que suele tener recompensa pero no sé si sirve para algo.


¿Alguna influencia no reconocible que quiera destacar?

No, no creo que deba ser yo quien lo haga.

En general, o aplicado a este libro, cuando se escribe sobre estas situaciones, ¿uno empieza a mirar más quien viene a su espalda? 

No sé si te refieres a que me ataque alguien que queda mal en el libro o algo así. Bueno, yo planteo unas críticas y unos argumentos. El debate es libre y me expongo a críticas y contraargumentos.

El periodista/escritor/cronista haciendo preguntas incómodas tras una mesa o abordando en la calle, ¿es el nuevo detective global? ¿Es el descubridor que empieza a sembrar las semillas de lo conspiranoico o simplemente va entregando piezas del puzzle?

No entiendo bien la pregunta. El trabajo del cronista es antiquísimo: cuenta realidades poco conocidas para sus lectores, intenta explicarlas de la manera más completa y atractiva posible, y si es bueno, consigue abrir algunas buenas preguntas y cuestionar algunas de las formas en las que se organiza el mundo.

¿Otros proyectos?


Sí, pero muy verdes aún 😊