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miércoles, 29 de julio de 2026

Martín Caparrós: Horror de Buenos Aires

Idioma original: español 
Año de publicación: 2024
Valoración: entre recomendable y está bien

Recién me enteré de su carácter de libro que forma parte de una serie con el mismo personaje cuando lo terminé. Es decir, esta novela es la segunda de Los tanguitos de Rivarola y, por lo visto, todas comparten la misma premisa: partir de lo policial para que el protagonista, Andrés Rivarola, un porteño cachivache que constantemente piensa en versos de tango (está ambientada en 1934) y a al vez analiza al mundo desde un costado muy exagerado, dramático (como todo tango) y que resuelve las investigaciones mediante una considerable dosis de suerte, lamentos, casualidades, relaciones surrealistas con los demás personajes, amores que son un sí pero a la vez no, ascensos en el diario donde trabajo según cómo sepa interpretar los pedidos y lecciones de su jefe, entre otras cosas.

Por suerte no hace falta haber leído el primero para entender la trama de este. Se mencionan particularidades anteriores (supongo que la relación intermitente que tiene con Raquel, de la que ni él cree ser merecedor de ese beneficio, viene del primer libro, lo mismo que la entrada al diario y la relación entre pipiolo/subordinado/chico para todo que tiene con su jefe Galuzzi, un tipo bastante práctico, que no tiene drama en desmontar cualquier idea berreta de su discípulo y al mismo tiempo de alentarla si considera que será un golpe de efecto para el diario) y algo del caso anterior, pero nada que nos imposibilite seguir esta historia.

Y esta es la de una prostituta (Dorita, de profesión, y polaquita de apodo) que un buen día deja de ir a trabajar al prostíbulo y nadie sabe por qué. Rivarola, en los primeros capítulos, la llega a conocer para una entrevista, pero no logra sacarle nada en claro debido a su reticencia, y por esa falta de datos se quedará obsesionado con el caso, más aún cuando se percata de que a nadie le importa la suerte de una prostituta. A partir de ahí emprende una travesía entrevistando a: 1) Proxenetas (entre mafiosos que al menos no pretenden ser otra cosa y mafiosos que se hacen pasar por nenes mimados); 2) amigos de Dorita (prostitutas, empleados de hoteles); 3) comisarios retirados, pero con hambre de gloria, que un día tratan bien a Rivarola y al otro lo desconocen. En cada una de las interacciones Rivarola demuestra una sorprendente inocencia a la hora de hacer las preguntas, más en un ambiente peligroso, y el lector constantemente se pregunta por qué un tipo así está de periodista y sobrevive en todas las ocasiones. Se le puede achacar a la suerte enorme, pero pienso que es tal lo inofensivo de su persona, lo volado en sus expresiones y sus preguntas sin filtros, que los demás personajes lo toman a la chacota y lo dejan ir con una palmadita. Por supuesto que varios de sus conocidos le dicen que se ponga las pilas, pero de ahí a hacerlo hay una Muralla China de distancia...Si no, esta historia no sería sobre un tanguero en permanente crisis existencia.

En fin, que Caparrós trabaja sobre ese tono entre bien argentino y lo clásico de cualquier novela policial. El problema es que a veces se pasa de mambo y utiliza demasiadas expresiones que terminan por restarle algo de dramatismo a la ocasión, como una película donde empiezan a putearse al mismo tiempo y están dos o tres minutos así sin que lleve a nada. Da la sensación de que midió mal su intento de lograr esa melancolía tanguera, y en algunos puntos la novela amenaza en convertirse chabacana. Supongo que la inocencia (en realidad es ingenuidad) irá redefiniéndose a medida que pasan los libros; en esta ocasión, se hace muy fuerte el contraste entre Rivarola y los bajos fondos, con resultados no muy verosímiles. Y la conclusión del caso, si bien es un giro algo original, no termina de justificarse porque no hubo una construcción previa, y me refiero más a la crítica o enfoque que realiza Caparrós sobre la comprensión de la sociedad sobre las prostitutas que a la identidad del asesino, que bien podría haber sido cualquiera. Pero es una novela que se lee rápido, que te hace sonreír unas cuantas veces y exasperarte con otras y en la que uno puede notar ese aire de Buenos Aires señorial e hipócrita al mismo tiempo.


Muchas reseñas de Caparrós acá

martes, 30 de junio de 2026

Tochoweek VI #2: Martín Caparrós y Eduardo Anguita: La voluntad: Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina (1966-1978)

Idioma original: español
Año de publicación: 1997-1998
Valoración: monumental

Uno elige lecturas de acuerdo a parámetros insólitos. En este caso, mi pensamiento fue así: estos cinco tomos hace mucho que los veo rondando en las librerías, tienen pintas de ser mamotretos áridos (cada uno ronda entre las quinientas y seiscientas páginas), pero como el tema me interesa, hagamos una prueba. Y me encontré con una crónica que bordea el thriller y el horror y una escritura que, a fuerza de contenerse para respetar los testimonios de los involucrados, y de no basar la historia en los datos puros, se desboca en los hechos narrados. Entonces, para tocholibros, tochoreseñas.

Esta crónica, como dice el título, abarca desde el año 1966 hasta 1978, años movidos en Argentina, como mínimo, años trágicos en su verdadera acepción de la palabra. años donde, subterráneamente, tanto en la calle como en los despachos, se construyeron ilusiones y se traicionaron principios de la forma más cruel. Caparrós y Anguita tomaron una gran decisión narrativa, artística e histórica a la hora de retratar estos años, la de evitar un paneo general (superficial) de la época, sino una serie de entrevistas a distintos actores, toda gente que estuvo involucrada realmente en el devenir político de la Argentina, y es por eso que no hay testimonios de grandes peces (por ejemplo Firmenich, líder de los Montoneros), lo que evita, por un lado, el juicio rápido que uno pueda llegar a tener acerca de esos tótems de la escena argentina, y, por el otro lado, asegura, por lo menos, una simpatía hacia las personas que aparecen. 

Dentro de la militancia revolucionaria de esos años, que surgiría primero como un sueño dorado (sustentado por las drogas, el hippismo, el rock y otras situaciones típicas) y (¿degeneraría?), (¿se volvería más práctica y, por ende, cruel?) terminaría en la guerrilla armada, el espectro político cubre el peronismo clásico, el peronismo revolucionario, el socialismo y el comunismo. Cada vertiente se ve representada por diversas personas que van recorriendo los cinco tomos, por lo que podemos leer estas historias como una novela, con sus desarrollos de personaje, sus dudas, sus puntos de quiebre, sus valentías y cobardías y tantos otros factores humanos.

El primer tomo, que se llama El valor del cambio, cubre de 1966 (iniciando con el golpe de Estado a Illia por parte de Onganía) y termina con el Cordobazo de 1969. Es, seguramente, el tomo más difícil de entrarle, porque la estructura es algo insólita (la interrupción de las historias de un párrafo al otro, la profusión de datos técnicos en dos páginas y luego otras dos páginas de diálogos propias de la ficción) y el tono se esfuerza en ser neutro todo el tiempo. En realidad es de admirar que Caparrós y Anguita, siendo partícipes de vez en cuando de la época que están cubriendo, no hayan tenido el afán de insertarse en alguna escena a pesar de poseer méritos para ello. Como tal, apenas aparecen un par de veces a lo largo de tres mil quinientas páginas, por lo que no se les puede acusar de un exceso de protagonismo ni nada por el estilo. A la vez, mientras el capítulo se explaya, de vez en cuando nos cuentan qué ocurría en las demás latitudes del mundo, como para ponernos en contexto y ver la trama de las relaciones a un nivel mundial, para darse cuenta de que nada fue casualidad.

El primer tomo sirve de entrada a todos los personajes. Tenemos, por ejemplo (y quizás, dentro de lo coral de la crónica, uno de los grandes protagonistas), a ese colosal representante del peronismo, Cacho El Kadri, un tipo que es imposible que no despierte simpatía al lector, por lo humano, lo sincero y cálido de sus relaciones, sus dudas constantes, lo mal que la pasa todo el tiempo (encerrado, torturado, exiliado) y su valentía a pesar de todo. No ha sido muy reconocido en nuestra historia y es una gran pena. Otro ejemplo es Graciela Daleo, que empieza como una chica de dieciséis años, con todo lo que conlleva, y va atestiguando la conversión de sus sueños (de la volanteada de sus reclamos a pertenecer, con nombre de guerra y todo, a los Montoneros) a un frente de violencia, paranoia y dolor. Podría detallar a cada personaje (algunos siguen vivos en la actualidad), pero creo que es mejor descubrirlo por cuenta propia, ver cómo, en cualquier ámbito, ya sea en lo legal, en lo universitario, en lo laboral, etcétera, contribuía a cierto ideal hacia un mundo mejor, más allá de las diferencias claves (y que, muchas veces, terminaron siendo el desencadenante de una tragedia).

El segundo tomo se titula El cielo por asalto. Para un gran título corresponde un gran tomo, el mejor de los cinco. Es acá donde Caparrós y Anguita se desatan y empiezan a tejer las vidas de los que aparecen, de encadenar relato por relato con una precisión que asusta, cómo las piezas van encajando en ese mosaico de la historia argentina, entendiendo, de repente, por qué las cosas ocurrieron de esa manera. Es también, y esto es muy importante para el tono que se establece en los demás tomso, el libro más épico. Hay literalmente un rescate en la cárcel de Rawson y una huida por avión hacia Chile, donde gobernaba Allende en su momento y podían esperar una recibida amable. A lo largo de esta crónica hay latente un componente de majestuosidad, de creer que, aunque las cosas se recrudecieran, si uno ponía el cuerpo y la voluntad se podían mejorar las cosas, se podía salvar al otro, se podían arruinar los planes de los asesinos en los altos cargos, parafraseando a Cohen. Pero también, latente, se empieza a entrever la traición de Perón. El ochenta por ciento de los personajes, más o menos, trabaja por y para la vuelta de Perón, y las respuestas de este último, las medidas que toma, la demora, la ausencia incluso, permite intuir que nada será un campo de rosas, y uno se da cuenta (empieza a darse cuenta) de que no quiere que a estos personajes les pase algo, no quiere ir a Google para ver qué fue de sus vidas (como hice yo, un trago amargo que no aconsejo), porque a partir de este punto es que los militares empiezan a asesinar indiscriminadamente, sin juicio previo, tanto en cárceles como secuestrando gente. 

Pero todavía no está la sensación de ambiente en la derrota, y de hecho la presión hace que el gobierno de Onganía se debilite y pase primero por Levingston y luego por Lanusse, que terminará llegando a un arreglo para la rehabilitación del peronismo como partido y la asunción de Cámpora como resultado de ello. Así llegamos al tercer tomo, La patria socialista, que cubre desde 1973 hasta 1974 con la muerte de Perón. Se podría decir que es la parte más triste de todas; al menos es donde a uno le agarra profundo asco al ver cómo se ven pisoteados los sueños de la juventud. El culmen de este desagravio se ve representado en dos momentos: la masacre de Ezeiza, con la disputa entre el peronismo de izquierda y el peronismo de derecha, y sin que nadie hiciera nada por evitarlo, y la participación de uno de los personajes más turbios de nuestra historia, José López Rega (no tienen más que mirar su foto para que les entre un escalofrío), gran responsable (pero no del todo: demasiado lúcido era Perón para esas cosas) del aumento de la violencia, con la formación de la Triple A para perseguir a sus mismos compañeros ideológicos, incluso gente como Julio Troxler, sobreviviente de los fusilamientos de León Suárez (es decir, Operación Masacre...) y asesinado por un gobierno que defendía. Nada más triste que eso.

La muerte de Perón es apenas un epitafio anunciado en el tomo 4, La patria peronista: al dolor de la despedida, al dolor de alguien que irrevocablemente cambió el destino de muchos, llega la oscuridad, la desidia, la moral profanada, la desconfianza entre grupos, el paso renovado hacia la clandestinidad de los movimientos armados (Montoneros, ERP, FAR, FAP y mil divisiones más que demuestran que ya no hay lugar para los debates interminables, no hay lugar para el todos somos hermanos y all you need is love; se empieza a estilar el o sos vos o soy yo, los sindicatos vuelven a lavarse las manos en muchas ocasiones, arranca la (des)valorización financiera y la podredumbre económica y empiezan a morir, como puñaladas en el corazón, personajes que uno ya internalizó y hasta admiró, como Agustín Tosco, baluartes inamovibles de sus principios. También es cierto que es el libro más complicado de leer y en algunas partes se pone árido, espeso, no tanto por lo emocional, sino por el estancamiento de los personajes, producto mismo de la época que transitan. Nadie es capaz de moverse, nadie es capaz de encontrar respuesta a lo ocurrido, nadie dilucida qué tiene que hacer, si seguir resistiendo o irse del país, y pareciera que la única resistencia la ofrecen los grupos más o menos armados y jerarquizados (en demasía, en una cerrazón ideológica y moral que los termina por deshumanizar y emprender acciones aún más delirantes).

Y llegamos al último tomo, La caída. Desde entrada el título lo anuncia. También es donde uno se da cuenta (o al menos yo, porque lo leí más como una novela que como un ensayo cargado de subjetividad por parte de los autores y, por ende, de ideas preconcebidas por mi parte) que el título de los cinco tomos es certero, Se trata de la voluntad de un grupo de gente que peleó y fracasó. Esa voluntad se ve aplastada desde todos los frentes (hasta el día de hoy se sigue viendo aplastada). No solo asume la dictadura más sangrienta, sino que estos dos años que cubre (1976-1978) son de una crueldad arrolladora. Todos los días ocurre una desaparición, un asesinato, se esparcen los rumores (algo habrán hecho, dirán algunos, es imposible que pase eso, dirán otros) de las torturas más sádicas, mueren personajes a mansalva, personajes que uno conocía desde el primer tomo, y cada uno de ellos duele, es un shock, incluso cuando ya se conoce la historia. El tono es desolador. Aunque Caparrós y Anguita mantengan lo aséptico de la narración, la depresión se cuela por las venas narrativas, y poco a poco vemos a los personajes aceptar sus derrotas, llorarlas, intentar escaparse por todas las vías del país o kamikazearse la vida y quedarse por la pertenencia, por el sentido del deber, incluso cuando al día siguiente mueran. Entonces el título se revela luminoso. Es verdaderamente una historia de la militancia revolucionaria, porque difícilmente, luego de ese período, se volvió a ver una aglomeración de personas excepcionales trabajando en pos de un mundo mejor (todo esto sin olvidar los signos de cada época: la esperanza alfonsinista, la murga farsesca de Menem). El final del tomo incluye entrevistas a los sobrevivientes de esos años (bosquejos, en realidad, de lo que les significó la militancia en su vida); dejo a los futuros lectores las conclusiones que se puedan sacar a raíz de sus voces.

He hecho un recorrido por los cinco libros. Se puede hablar de muchas cosas. La ternura de los cánticos revolucionarios, dichos casi siempre en el momento menos oportuno (y mucho de ellos se te pegan sin querer), el recorrido vital de los personajes, los diálogos, típicamente argentinos pero vivos como en la mejor ficción, escenas de acción, de asesinatos, de persecuciones, de paranoias y esperanzas, de operativos imposibles, de debates interminables donde la línea del partido se aclara por quincuagésima vez y de grandes proclamas. De la recurrente aparición de gente histórica, como Rodolfo Walsh, al que lo seguimos en ese registro periodístico inmortal, más incisivo que una bomba atómica, o de un jovencito Menem, que ya presagiaba su personalidad presidencial, de escritores como Puig, Borges, Cortázar, todos opinando de lo que ocurría, y todo esto sirve para verlos como personas que realmente existieron y no solo en sus papeles, lo que le otorga a los volúmenes una irrevocable sensación de nostalgia y cercanía por los conocidos.

Se acaba exhausto de la lectura, pero con la sensación de haber aprehendido, de forma significativa, una porción de la historia argentina, que visto desde lejos son apenas doce años, pero fueron el universo entero para un puñado de gente. Se acaba perteneciendo a una familia, con todo lo que conlleva, admiración, enojos hacia las decisiones y pensamientos, asco por las traiciones, alegría por los que lo siguieron intentando, y al final, luego de todo esto, una profunda melancolía. Melancolía no por el pasado, pues es un pasado teñido de sangre, pero sí por las actitudes, las creencias, valores que parecen novedad en este mundo inhóspito. Se puede discutir si tenían razón. Se puede discutir si no eran más que un puñado de imberbes que creyeron que enfrentarse al poder eran pan comido. Se puede discutir si no se mandaron calamidades y empezaron a creer que la milicia armada era la respuesta a todo, sin ver a largo plazo en un determinado contexto, sin pensar en la reacción de la sociedad argentina, sin hacer caso a otro camino. También se puede discutir si realmente había otra manera, si ante toda la desesperación y sadismo uno podía creer que no había forma de escapar, y esa desesperación impulsaba a las pésimas decisiones dentro de un grupo y a combatir a un monstruo mucho peor convirtiéndose en uno. Habrá frases, párrafos, capítulos, personajes, que a muchos les parezcan deleznables de acuerdo a su historia personal, y habrá frases de esta reseña por las que me ligaré alguna bronca. Ni Caparrós o Anguita pretenden responder a esos debates (y en eso reside la grandeza de esta crónica), solo exponer los hechos de lo que fue una batalla por los ideales, una batalla por la interpretación (errónea a veces, llena de bondad en su mayoría) de ciertas ideas y el abandono y la traición de muchas otras. 

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sábado, 25 de abril de 2026

Colaboración: 2 x 1 Antes que nada y Bue, de Martín Caparrós

 Idioma original: español

Año de publicación: 2024 y 2025

Valoración: imprescindible para interesados


La fase de su escritura en la que se encuentra Martín Caparrós es especialmente interesante. Viene de andar tras las huellas del hambre, de diseccionar las venas abiertas de América Latina que versó Galeano, de algún esfuerzo apabullante en el campo de la novela que él considera pasó desapercibido, de darle la vuelta al género de la crónica, de intentar reportar a toro pasado la creación del mundo. Todo se le ha hecho poco: su implicación, sus posiciones sin medias tintas; su apuesta por la literatura; las cabeceras de más prestigio; los charcos más embarrados. Todo empezó un día que le dejaron firmar en un diario y algo cambió el día que leyó por vez primera a su maestro Manuel Vicent. Continúa con sus artículos y sus polémicas, levantando polvo, abriendo frentes constantemente. Gramaticales, deontológicos, épicos. Se hace preguntas y las lanza al mundo sabiendo que él el primero no puede responderlas.

Y en el último año y medio han llovido con generosidad tres volúmenes en los que el argentino va más allá, pues si alguna profundidad abisal le quedaba por estudiar era la suya propia: es la que emite ultrasonidos desde las páginas de Antes que nada, donde repasa su vida, la interior y la pública, en los jirones que no se le han quedado en la selva del periodismo a ras de suelo que le ha caracterizado. Como los otros títulos, este último es monumental y ambicioso, y seguro que le dejó insatisfecho como tantas otras veces. Aquí hay mucha tela que cortar para aspirantes, ejercientes y fans, que a fin de cuentas son los que pueden aportar notas al pie, aunque a ver quién se las apuesta a Caparrós. Por lo pronto, estas memorias se tapan bien con cubiertas oscuras, como advirtiendo de ser el libro negro del autor, que deja bien claro que sorpresas te da la vida y por supuesto, que para contarlo hay que valer, también, y mucho. El camino de las favelas de Buenos Aires a las pacíficas afueras de Madrid ha sido retorcido y sorprendente.

Antes que nada puede complementarse con artículos y entrevistas recientes, pero sobre todo con los otros dos pequeños tomos que han aparecido en estos meses, Bue y La verdadera vida de José Hernández, que son pura evocación en blanco y negro. Reversos bien camuflados de Buenos Aires y de canto al padre del Martín Fierro, Caparrós vierte en ellos no el análisis sino el aliento, y no la nostalgia sino la melancolía, como tan bien distinguiría su querido Vicent. En estos casos no es tan torrencial la escritura como la emoción, pero no perdamos ripio.

Sobre la triada asoma la firmeza de una vocación, en estos tiempos líquidos de rapidez y demora, cuanto más deprisa más despacio, de prosa deslavazada y piezas sin adscripción. No caigamos en el tópico del autor hecho género. Llamemos a las cosas por sus nombres: memorias, novela y poesía. Caparrós prescinde aquí, al menos directamente, de las crónicas que lo han destacado y que en conjunto se erigieron en monumentos: LacrónicaEl HambreEl mundo entoncesÑaméricaEl interiorLarga distancia y su secuela La guerra moderna... Periodismo que si no fundó, al menos creó escuela en una hilera de seguidores que lo practican alrededor del mundo. La crónica va y viene con las épocas. Esas piedras angulares están ahí, para quien quiera volver a ellas. En rigor, algunos podrían llamar a esos libros recopilaciones. No errarían.

No es el caso de los que nos ocupan hoy. Es vertiginoso pensar no ya que alguien pueda ser tan fértil, sino qué torrente creativo en tan poco tiempo puede dar lugar a obras apuntaladas como estas. Una en su largo aliento, otra en su justa medida, otra en la virtuosidad del verso. ¿Qué escuelas de escritura ni qué inteligencias artificiales ni qué giros argumentales? Lengua charlatana, seguridad, nada que perder pero nada que alcanzar. Entrevistas promocionales donde se denuncia la manera balzaquiana para homenajear a Balzac con los mismos libros que se promocionan. Por responsabilidad, la llamada al orden debe ser por parte de los dos: de Balzac y de Caparrós. Larga vida al escritor y lo escrito: el momento es curioso, los juegos de espejos son gratificantes y se espera que la fábrica no detenga su producción. Mientras tanto, siempre queda releer.

Firmado: César

También de Martín Caparrós reseñado en ULAD: aquí

 

viernes, 12 de enero de 2024

Martín Caparrós. Un día en la vida de Dios

 

Idioma original: español
Año de publicación: 2021
Valoración: recomendable

Si hay algo que atrae de cualquier cosa que publique Martín Caparrós es precisamente el poder esperar cualquier cosa. Creo, no soy capaz de explicar los motivos, que es uno de los escritores más desinhibidos y desacomplejados que campan por el planeta. Capaz de comportarse con solvencia saltando entre estilos, siempre agudo en su análisis, con ese descaro algo insolente que suelen permitirse los que ya llevan años en lo de escribir. Porque Caparrós es escritor de oficio y la primera condición de sus obras es el buen  trato del lenguaje, exquisito que no engolado, culto y rico sin alardes de erudición. 

Un día en la vida de Dios parecería una broma en manos de cualquier otro. Una especie de fábula en la que Dios es una funcionaria en un gigantesco universo a la que, como un adolescente con un paquete de plastilina, se le encarga modelar mundos, y en su jugueteo decide dotar a un tercer pedrusco de vida y dejar que por él transiten caprichosamente unos bichitos que, evolucionando caprichosa y descontroladamente, empiezan a desarrollar una corriente de consciencia que les empuja a la elucubración sobre su origen y a la recreación, completamente especulativa, de la existencia de un creador. Un planteamiento que en manos de otros podría ser risible en Caparrós resulta particularmente atractivo. El Dios se introduce en el cuerpo de ciertos humanos, como parte de su juego mientras decide, desde un punto de vista estrictamente funcionarial, qué hacer con ese invento que se le ha ido de las manos. Será un luchador griego, una esclava, un científico en la antigüedad, un componente del equipo de investigadores del Proyecto Manhattan. Se introduce en sus personalidade, experimenta sus vivencias físicas y psicológicas, todo ello porque quiere comprender o explicarse cómo esos seres con los que ha poblado el pedrusco han acabado complicándose la vida.

Curioso: el lector no acaba del todo seguro si Caparrós hace un alegato del ateísmo, una crítica socavada a la obsesión de la humanidad de encontrar causas y explicaciones en todo lo material, incluso en el último tramo del libro parece alertarnos de que ese último (por ahora) paso al alterar la materia en su ínfima expresión dentro de las investigaciones de los ingenios nucleares pueda ser el definitivo paso al frente al borde del abismo. No es que la coartada ecológica tome el timón del relato, más bien que Caparrós ha de cerrar esa especie de Greatest Hits en que ha transitado por los diferentes estratos de las diferentes épocas que se suelen tomar por hitos de la humanidad. En todo momento ha mantenido un difícil equilibrio entre lo que podría ser grotesco y lo que algunos juzgarían como pedante o pretencioso. Se ha situado en la distancia justa para hacerle guiños a todo tipo de lectores, desde el que pueda apreciar el libro como una broma (algo alargada) sobre la constante necesidad del intelecto humano por encontrar explicaciones y una crítica (ya más definida) a construir la imagen de las divinidades como crueles jueces a los que temer y rendir pleitesía. Ahí pocos credos se libran y Caparrós (encarnando a ese Dios mujer) reparte tortazos por delegación, demostrando lo absurdo de esas religiones basadas en miedo y genuflexión. Seguramente sean los fragmentos en que la obra se muestra más prosaica y crítica, cuando en alguna de las encarnaciones anteriores Caparrós ha escorado quizás de forma algo cargante hacia lo puramente filosófico. En todo caso, en su conjunto, un experimento literario más que un intento de razonar el escepticismo contemporáneo del mundo occidental hacia las creencias.


También de Martín Caparrós en ULAD: Aquí

viernes, 11 de junio de 2021

Andreu Navarra: Prohibido aprender

Idioma original: español
Año de publicación: 2021
Valoración: No me convence




La educación en el foco; una cuestión de máxima prioridad no solo aquí si no en cualquier país democrático, igualitario y con aspiraciones reales a medio largo plazo. La única herramienta sobre la que fundamentar la igualdad de derechos y el único modo de garantizar la integración, la diversidad y la libertad de pensamiento.

No seré yo la que os descubra que en nuestro país lo llevamos bastante regular y que esta lectura resulta justificadamente pesimista.

Resumen resumido: cómo las sucesivas leyes de educación que se han ido formulando en nuestro país, como buque insignia del gobierno de turno, se caracterizan por un léxico y un relato prometedores sin la menor intención de mejorar la calidad educativa, y contribuyendo al ocultamiento de unos datos cada vez menos esperanzadores.

Empecemos por el final. Esta reseña me ha resultado muy compleja en su realización porque me he encontrado con demasiados parámetros de valoración apuntando cada uno en un sentido diferente. Cuestiones a favor:
  • Como ya he avanzado: el tema. Poco se habla y se escribe sobre la educación en nuestro país, las reflexiones que se vienen haciendo desde hace mucho en el mundo académico no tienen la menor repercusión mediática. El relato plano y superficial que nos han vendido nos mantiene paralizados mientras los recortes se suceden frente a nuestras narices con pasmosa desfachatez y, sin embargo, en ese dudoso caldo mantenemos ocho horas diarias a nuestras niñas y niños, jugándose su futuro.
  • Algunas afirmaciones de gran interés que aportan al lector visiones muy claras sobre el tema:
«… Ese modelo joven podría haber evolucionado en un sentido inclusivo, pero prefirieron instaurar la misma escuela economicista para la ignorancia que venía de países del entorno. Para integrarnos en la OCDE, teníamos que adoptar sus recetas de educación, sus propuestas de ingeniería social clasista»
  • Una línea de opinión definida, basada en el hecho de que sin inversión, ni esfuerzo por crear contenidos pedagógicos de calidad, ni confianza en el buen hacer de los docentes, estamos abocados a no salir de esta espiral de fracaso. También se apunta bien la problemática de fondo, los posibles intereses privados que subyacen y el desolador (pero verosímil) escenario al que tales intereses aspiran.
  • El esfuerzo condensador. Todo y que el formato puede haber acabado jugando en contra del discurso, como explicaré después.
Pero las cuestiones menos favorables me han decantado a concluir que este micro-ensayo no ha estado, al menos en mi caso, a la altura de las expectativas. También reconozco que estas eran muy altas por el tema, por el título, por la colección y por el sello editorial. Respecto al autor no tenía referencias pero a la vista está que Andreu Navarra no es nuevo en el mundo editorial y que su formación de historiador y su experiencia como profesor son avales suficientes.

Antes de entrar en detalle necesito hacer una reflexión generalizada sobre la colección de nuevos cuadernos anagrama; para mí es un reclamo el disponer de una serie de conceptos, datos objetivos y bibliografía especializada compactados en tan poca extensión y de ahí que en otra reseña me refiriera a esta colección de nuevos cuadernos anagrama como a «píldoras para la reflexión» porque ponen a disposición de los lectores el germen para iniciar un desarrollo más amplio y detallado sobre el tema que se trata. Esta colección ha sido objeto de varias reseñas en este blog: Ironía On de Santiago Geschunoff, Ofendiditos de Lucía Lijtmaer, Ahorita de Martín Caparrós y Pandemia. La covid-19 estremece al mundo; todas ellas con un resultado diverso y variado. En cualquier caso, aquí cabe reflexionar sobre si los condicionantes de formato juegan siempre a favor (o no) de cualquier temática o enfoque. Ese espacio poco ortodoxo entre el artículo largo y el ensayo corto no es fácil de colonizar sin una estrategia clara; eso no significa que no haya lugar para cierto caos aparente o bombardeo de datos pero, tal como podemos ver en el resto de obras ya reseñadas (y con diferente grado de acierto) a menudo siempre encontramos un elemento narrativo, más formal o técnico, que fluye en paralelo a la exposición del tema y que facilita y espolea a la lectura: puede ser el humor, puede ser una voz fresca y carismática, puede ser una forma interesante de ordenar los hechos, puede ser un hilo conductor claro y bien definido…

Prohibido aprender, en mi opinión, carece de ese elemento, de ese motor capaz de activar el engranaje de datos, citas y referencias que convierta la suma de información en un texto aglutinado, en un todo. No se le puede negar lo interesante de la información pero resulta difícil asimilarla con una narrativa tan poco atractiva. Repito que es una opinión subjetiva muy influenciada por unas grandes expectativas y tal vez una idea equivocada sobre lo que me iba a encontrar. Sobre esto último, el léxico y las referencias (algunas se remontan al siglo XIX) resultan tan eruditas en su trasfondo histórico, pedagógico y filosófico para un perfil no especializado en la materia, que algunos párrafos simplemente resultan inabarcables. Por otra parte, cuesta mucho discernir un hilo conductor (más allá de la cronología legislativa) que contribuyera en este caso a situar al lector dentro del hilo discursivo y no revoloteando incansable a su alrededor como una mosca que no hace más que darse contra el cristal. Por otra parte, he echado de menos un marco que situara la tesis o que aclarase en algún momento en qué fase educativa se centra el ensayo (en el contenido ya se deduce que es el bachillerato) y si se tocaba el peliagudo aspecto de lo público, lo concertado y lo privado (que no).

De esta lectura me llevo, sobretodo la referencia a la filósofa Marina Garcés a cuya obra acudiré más pronto que tarde.

miércoles, 3 de febrero de 2021

Martín Caparrós: El tercer cuerpo

Idioma original: español

Año de publicación: 1990

Valoración: recomendable 

El tercer cuerpo es el primer texto de ficción que leo de Martín Caparrós. Es una novela de 1990 y he de reconocer que cuando accedo a esos textos en autores más o menos contemporáneos tengo ciertas manías en situar los textos temporalmente y suelo referirlos en dos hitos tecnológicos recientes pero fundamentales. ¿Dominaba ya internet el planeta en 1990? ¿Y la telefonía móvil?

Puede que parezca un planteamiento estúpido y que los puristas me acusen de deshacerme, de un manotazo (bueno, dos manotazos) de las premisas de un mundo previo a esos avances. Pero es que hay novelas que son deudoras del tiempo en que se desarrollan incluso en pequeños detalles nimios y esta es una, no negaré que su condición relativa de novela "negra", que, conforme uno lee, sitúa en ese contexto y llega a pensar que algunos de las escenas serían, hoy, evitables con todos los adelantos tecnológicos. Pero ello no supone un impedimento para disfrutarla. Primero de todo porque Caparrós es un escritor de muy buen estilo y sabe dosificar los golpes sucesivos y generar en el lector un suspense que, aunque he de reconocer que la novela puede decir que va de más a manos, progresa en una especie de trama de cajas chinas donde los engaños y las jugarretas me han recordado a algún clásico del cine argentino post-default.

Matías Jáuregui, bonaerense, es, más que un detective propiamente dicho (de los de despacho mugriento, secretaria despistada y amantes en cada puerto), una especie de buscavidas con contactos variopintos. Cuando López Albade, amigo de la familia, le encarga indagar sobre tres cadáveres desaparecidos (el último, el de una familiar) y en esa indagación, incluso la mera aceptación del encargo, irá desvelando que las raíces de los hechos y sus causas son profundas y de alcance incierto, en esa investigación irán surgiendo personajes arquetípicos de estas tramas (submundo, adicciones, pasados oscuros, negocios que son tapaderas, etc.) y la novela también realizará un ligero viraje político apelando a los sórdidos tiempos de la dictadura militar pues Jáuregui, descendiente de militares, ha tenido en su juventud más reciente los típicos escarceos de militancia que los regímenes totalitarios suelen tolerar tan mal. Jáuregui se reúne, visita, pregunta, parece acercarse al meollo del asunto, pero pronto se da cuenta de que un hecho tan absurdo como retirar los tres cadáveres de un cementerio de un barrio de clase alta esconde algo turbio y esquivo, y no tarda en darse cuenta de que su elección como investigador no ha sido casual.

Sin llegar a amagar con el absurdo o el post-modernismo, diría de El tercer cuerpo que es, especialmente en su conjunto, una novela donde la forma se impone ligeramente al fondo: dudo que Caparrós quisiera escribir una policial pura y dura, y en algún momento ese uso de la jerga y los diálogos me han recordado a un Saer más concreto, pero obviamente, ni un reproche, aunque a veces estemos más ante una secuencia de escenas impecablemente narradas que ante una novela al uso, planificada y estructurada.


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martes, 17 de noviembre de 2020

Martín Caparrós: Ahorita

 Idioma original: castellano

Año de publicación: 2019

Valoración: Recomendable (alto)

En el momento de publicarse este reseña, probablemente tengamos ya (o quizá no) un desenlace definitivo, pero cuando la escribo, unos días antes, todavía no se ha dilucidado si el payaso del flequillo rubio sigue siendo, cuatro años más, el presidente del país que hasta ahora, o hasta hace poco, ha sido durante medio siglo el más poderoso del planeta, el que ha irradiado hacia todas partes cierto tipo de cultura (entiéndase en sentido muy amplio), costumbres, léxico, principios, imágenes, muchas cosas. Que semejante personaje haya sido elegido como la más alta autoridad en ese país, aunque solo haya sido una vez, es algo muy significativo, algo que también ha ocurrido en algunos otros lugares y ha estado muy cerca de ocurrir en otros muchos, ya saben, el populismo cutre, mayoritariamente escorado a la derecha aunque no siempre, la actitud o el lenguaje chulesco, el mensaje simplicísimo, la agitación de los sentimientos más primarios, la democracia como un simple instrumento que se usa o se desprecia según convenga. Perdón por el mitin. Porque además Caparrós no hace referencia a nada o casi nada de esto; pero a lo mejor esta explosión de vulgaridad y mesianismo autoritario es en alguna medida consecuencia, entre otras muchas cosas, de lo que describe el periodista argentino. 

Ahorita es un retrato robot de esta nuestra civilización occidental en las últimas décadas, básicamente, entiendo yo, de este inicio del siglo XXI que tantas expectativas parecía querer abrir aunque solo fuese por ese cardinal tan atractivo y el rollo fin de milenio. Quede claro que no se trata propiamente de un ensayo o un trabajo compacto que defienda una tesis, sino de pequeñas píldoras, comentarios de dos o tres páginas en torno a cuestiones puntuales que decoran nuestro día a día. Vean a modo de ejemplo:
  • Las necesidades artificiales
  • El antitabaquismo
  • El teletrabajo
  • El culto a la imagen
  • La ecología
  • La sacralización de las mascotas
  • El volunturismo (turismo de voluntariado)
  • El lenguaje inclusivo
  • Los vientres de alquiler
Etc., etc. Temas de nuestro tiempo que diría Gombrich, actividades, tendencias o actitudes que nos rondan durante los últimos años y que son reflejo de este tipo de sociedad que se ha venido construyendo a partir de la eclosión del capitalismo triunfante, la globalización y el derrumbe de las ideologías. Un mundo nuevo en el que, a falta de grandes principios, el foco se traslada de lo colectivo a lo individual (esto creo que lo decía Žižek), y ahí es donde obligatoriamente reina la felicidad de Instagram (la sonrisa del carísimo blanqueamiento dental), la religión del reciclaje o el animalismo a ultranza. Desactivados los grandes movimientos sociales, todo se reduce a pequeñas batallas domésticas en el marco de la corrección política, del buenismo si ustedes gustan.

De nuevo me he ido por las ramas, pero esta es la sensación que en mi opinión corrobora la pequeña miscelánea de Caparrós. Cosas que observamos a diario a nuestro alrededor y que el bigotudo argentino desgrana con agudeza, empapadas de ironía y a veces acompañadas de datos curiosos, que entiendo más como adorno que como pretensión científica. Opiniones las de Caparrós que –ojo- pueden compartirse o no (o no siempre), pero que dibujan un paisaje que nos debe sonar muy cercano.

El libro, insisto, no tiene ínfulas sociológicas, ni tan siquiera políticas, es una serie aleatoria de comentarios con clara intención de agitar un poco las conciencias, de presentar así, de corrido, un panorama de algunos de los rasgos de esta sociedad, un dibujo improvisado que a lo mejor, por exclusión, nos puede hacer pensar en la pervivencia de las grandes lacras con las que sangra el planeta como lo ha hecho siempre: el hambre, el paro, el déficit educativo, el fanatismo, la discriminación por raza, por sexo o inclinación sexual, la violencia ¿seguimos? Cosillas sin importancia que se ocultan tras el ropaje de la modernidad, el fin de las ideologías y cosas por el estilo. Y quizá porque todo eso permanece ahí mientras ya solo nos ocupamos de esa fachada multicolor que describe Martín, quizá por eso, entre otros motivos, dejamos la puerta abierta a que aparezcan tipejos como al que me refería al principio. 

Pero bueno, tampoco se alarme el lector de ULAD, porque si Caparrós no ha pretendido escribir un libro de filosofía política, el reseñista mucho menos. Son solo reflexiones al rebufo de una lectura. Ustedes lo leen también y nos cuentan si les sugiere lo mismo.

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lunes, 30 de diciembre de 2019

Varios autores: ALTAÏR magazine. Contar(nos) el mundo


Idioma original: español
Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

Dejadme que empiece primero por dejar paso a mi reprimida vena fetichista. Este libro es un objeto precioso. Con su tapa dura, su maquetación, lleno a reventar de ilustraciones y detalles gráficos de todo tipo, que revelan el mimo empleado en su confección. Con ese olor a tinta que tanto nos gusta a algunos, con una primorosa presentación pendiente de cada detalle. Ya la gente de Altaïr hizo que me saltara hace tiempo una norma (con su número sobre el desierto de Sonora), pero aquí me lo han puesto más sencillo aún: aunque ponga magazine hablamos de un libro, de 200 páginas en gran formato, y como su portada proclama recoge 32 miradas sobre la cultura y el viaje. Y estas 32 miradas incluyen a Martín Caparrós, a Jorge Carrión, Leila Guerriero, Jon Lee Anderson, Ander Izagirre o Rodrigo Fresán. Poca broma, entonces, y tened la completa seguridad de que no solo tenéis en las manos algo objetivamente bello, sino el resultado de un planteamiento muy serio y muy respetuoso, no solo con el concepto de la revista, la crónica, sino con su resultado en términos literarios. 
Y aquí hay textos de mucho valor. Crónicas en el término canónico del término, ejercicios más despojados de una estructura clásica. Con el pretexto del viaje, con la presencia del escritor en entornos que en principio le son ajenos, aquí nos encontraremos interesantes aportaciones con mayor o menor aporte visual, más extensas y bordeando la ficción algunas, otras puros textos de denuncia sobre situaciones particulares y, aunque se haya escapado algún texto algo escorado hacia la modalidad "perfil de destino de vacaciones", en la mayoría de los casos los autores van más allá del puro detalle de andanzas en viaje, indagan, informan, detallan, toman ese papel tan fascinante del ojo objetivo que muestra las cosas para que cada lector adopte su visión subjetiva.
Aquí se habla del Irán de la decidida apertura, de Irlanda, del Perú amazónico, de Tenerife, de las duras condiciones de extracción del azufre en Indonesia, de Venecia, de las reservas indias en Estados Unidos, de Alaska, y diría yo que es una lectura particularmente apropiada para aquellas personas que recortarían un reportaje interesante pero se olvidan y acaban tirando la revista. Echo de menos a autores que encajarían perfectamente aquí como Juan Villoro, Álvaro Colomer o Valeria Luiselli, pero el nivel es desde luego muy notable, esto, queridos lectores, es un libro con todas las de la ley, una obra consistente, cohesionada, tan homogénea en el fondo como heterogenea en la fonda, un disfrute lector y visual de mucho valor, y os recomiendo, si os interesa, que le echéis un vistazo, si lo tenéis en las manos no os vais a poder resistir.
Porque encima queda la mar de bien sobre la mesa de centro.

sábado, 10 de febrero de 2018

Reseña + Entrevista: Los últimos. Voces de la Laponia española de Paco Cerdà

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable

Algo hay en el ambiente: un retorno, o al menos un interés por lo rural que no se veía en el panorama literario y editorial español, probablemente, desde que con la Transición nos sentimos europeos, modernos, cosmopolitas, que es como decir "urbanitas". Al boom crítico y de ventas de Intemperie de Jesús Carrasco le siguieron por otras novelas que se desarrollan en ambientes rurales, a menudo opresivos, siempre aislados de la "civilización": Por si se va la luz de Lara Moreno; Alabanza de Alberto Olmos, Si quieres puedes quedarte a ti de Txani Rodríguez... Y ahí está, por supuesto, el ensayo La España vacía de Sergio del Molino, que es como primo o hermano de este Los últimos de Paco Cerdà, con el que comparte un tema fundamental: el despoblamiento del interior español.

Los últimos. Voces de la Laponia española es un largo paseo por una de las áreas más despobladas de Europa, la denominada "Serranía Celtibérica": una zona amplísima (más de 60.000 kilómetros cuadrados) repartida por las provincias de Guadalajara, Teruel, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Soria, La Rioja, Burgos y Segovia, con una densidad de algo más de siete habitantes por kilómetro cuadrado; casi los mismos que la gélida Laponia, en el extremo norte de Europa.


A lo largo de esta larga crónica o reportaje, Paco Cerdà visita cada una de esas provincias, asciende hasta algunos de los pueblos más inaccesibles y despoblados (algunos, con uno, cuatro, veinte habitantes en invierno) y entrevista a personas muy diferentes que han elegido quedarse, o volver, a estos paradisíacos infiernos de aislamiento: agricultores, maestros, monjes, escritores, pastores, entrenadores de fútbol de categoría regional, artistas, activistas... Todos ellos cuentan una historia similar: la del abandono progresivo de los pueblos y de las formas de vida tradicionales, un abandono apoyado o ignorado por las instituciones; una "demotanasia", en palabras de la investigadora Pilar Burillo.

En algo se nota que este es un libro escrito por un periodista: en que en él encontramos una descripción minuciosa del terreno y del paisaje, y muchas entrevistas con los propios habitantes de la Laponia española, pero no un intento de proponer grandes tesis o soluciones mágicas al problema, imponiendo una voz autorial omnisciente. Es notable, por otra parte, el respeto y la consideración del escritor hacia los habitantes de estos pueblos (muchos de ellos luchando, como quijotes apasionados, contra los elementos y contra las instituciones), sin caer por ello en la idealización new age de la vida rural, ni en la mirada paternalista del que "se rebaja" a salir de la ciudad para entrevistar a los "nativos". Como dice uno de los entrevistados, "estoy harta de que me estudien, que parecemos bichos raros".

Y sin embargo, aunque esta es una crónica o un ensayo fundamentalmente periodístico, es también un libro con un estilo muy cuidado, cargado de imágenes, metáforas, un léxico riquísimo y adaptado al tema. También son abundantes las referencias literarias: a Llamazares y Cervera, pero también a Rulfo, a García Márquez, a Machado, a Cervantes. El párrafo con el que se inicia el texto es un buen ejemplo de este estilo:
"Vine a Motos porque me dijeron que acá vivía un solo habitante, un tal Matías López. Vine a buscar la zona cero de la despoblación, el punto justo donde el tumor de la soledad se trasmuta en metástasis de la desolación. Vine un domingo a mediodía buscando a un pastor soltero llamado Matías. Pero no hallé más que silencio y soledad. No encontré otra cosa que un no-lugar en un no-tiempo, una encrucijada geográfica y mental alejada de toda coordenada conocida"
De hecho, quizás la principal pega que se le pueda poner al libro sea que este estilo se alambica demasiado en ocasiones, perjudicando a la lectura del texto, o la insistencia en ofrecer datos numéricos de densidad poblacional, datos imprescindibles en un texto sobre este tema, pero que llegan a aturdir en algunos fragmentos. Las mejores páginas, en cambio, me parece, son aquellas en las que el autor dialoga con algunos de los habitantes de los pueblos, que transmiten una sabiduría dura y escéptica, y una voluntad férrea y afilada.

Este es, en definitiva, un libro político en su diagnóstico de un problema acuciante, apuntando al capitalismo salvaje y al desinterés institucional como causas de un deterioro progresivo. Si es un deterioro inevitable o irreversible, lo dirá el tiempo.

Entrevista con Paco Cerdà

¿Qué te llevó a querer escribir este libro? ¿Cómo/cuándo/por qué se te ocurrió la idea?

El libro nació a partir de la sensación de abandono, desolación y desigualdad que sentí al visitar una pequeña aldea valenciana con menos de diez habitantes. Viajé allí para hablar con sus vecinos y elaborar un reportaje dominical sobre la despoblación para mi periódico, Levante-EMV. Sin embargo, lo que iba a ser un reportaje dominical sembró en mí la idea de que sería bonito echarme a la carretera para recorrer todo este extenso territorio, con calma y sin prisas, para buscar las voces de sus resistentes, de esos últimos pobladores: últimos porque en muchos casos no tienen relevo generacional y su pueblo morirá con ellos, y últimos también porque representan la última preocupación de instituciones, empresas y ciudadanos de esta España desmemoriada con su pasado rural.


¿Cómo fue el proceso de investigación para el libro? Debiste de pasar unas cuantas horas conduciendo por carreteras terroríficas... ¿Cuánto tiempo te llevó reunir el material?

Fueron 2.500 kilómetros recorridos, la inmensa mayoría de ellos por carreteras muy modestas. El viaje fue en invierno, porque es cuando más auténtico es este territorio y no hay residentes puntuales de verano, y visité muchos pueblos pequeños, la gran mayoría de ellos con menos de cien habitantes. Recorrí las zonas montañosas y más apartadas de las provincias englobadas dentro de esta Serranía Celtibérica o Laponia del Sur: Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castelló. Fueron muchas horas de conducción, es cierto. Con Manolo García sonando en el coche y la mirada alucinada al ver tantos paisajes bellos, de una belleza que a veces parecía de postal inanimada. Y eso es lo que dolía.


Este libro realiza un diagnóstico, pero no prescribe ningún tratamiento: hay iniciativas (casi) individuales, muy voluntariosas, pero no soluciones estructurales para el problema de la Laponia española. ¿Hay solución, o la despoblación es un proceso irreversible e inevitable?

Tal vez sea la pregunta que más me han hecho. ¿Cuál es la solución? Y yo siempre respondo dos cosas. Primero: no sé cuál es la solución. Solo soy un cronista, muy alejado de esos tertulianos que todo lo saben. Conviene tener humildad: mi objetivo era relatar, contar, aquello que me tenían que decir esas voces que pocos se molestan en oír: el pastor que vive solo como único habitante de su pedanía; el maestro que cerrará el colegio del pueblo porque el curso siguiente no habrá alumnos suficientes; el pueblo donde solo vive un niño; el prior de un monasterio que reflexiona sobre el silencio, a veces con regusto a muerte, que abunda en estas tierras; el repoblador que ha vuelto a habitar una aldea abandonada, sin luz eléctrica, a base de agallas, conciencia y utopía; la mujer que regresa a su aldea natal, deshabitada desde hace un cuarto de siglo y toda llena de zarzas y maleza, y se le encoge el alma por ver cómo se desmorona el paisaje de su infancia; el equipo de fútbol del pueblo más pequeño de su provincia, que lucha contra viento y marea por resistir. Es una recopilación de historias humanas para retratar la gran historia humana que está olvidando este país: el abandono del medio rural más despoblado. Porque nada tiene que ver un pueblo de 2.000 habitantes con uno de 57 vecinos. Y segundo: no sé si hay solución: lo que sé seguro es que dejar morir este patrimonio cultural que representa nuestro entramado rural es una barbaridad que no podemos permitirnos como sociedad.  


Una de las virtudes del libro es respetar lo rural y sus habitantes, sin caer en la exaltación neorrural desinformada. ¿Cuál es tu relación personal con lo rural? ¿Lo añoras, o te horroriza? ¿Te irías a vivir a un pueblo de 40 habitantes?

Gracias por ese elogio: es el mayor halago que puedo recibir. No es ya solo el respeto. Para mí, como periodista y como persona, es fundamental mostrar empatía con la persona o la realidad que tienes delante. Yo nací en un pueblo y pasé en él toda mi infancia y adolescencia. Vuelvo allí cada fin de semana. Mi lugar favorito del mundo se llama Morella, y ojalá algún día cumpla el sueño de vivir allí. Siento una enorme admiración por lo rural, sí: miro las manos de mi padre, que es agricultor, y siento un íntimo orgullo. Soy un devoto de las tradiciones y de la cultura popular, durante tantos siglos marginada. Y admiro la capacidad de resistencia que demuestran los habitantes de la España más despoblada que no se han plegado a los intereses generales y siguen en sus pueblos con valores en extinción dignos de encomio: ausencia de consumismo estéril y de tecnoadicción uniformizante, comunión con la naturaleza y ritmos más humanos. Son los únicos, tal vez, que hoy no siguen al rebaño del capitalismo. Pero ese amor y esa admiración que yo siento por esta realidad, que sin duda están en el germen de Los últimos, no debe confundirse con pintar una Arcadia feliz, una estampa bucólica de los pueblos donde todo son bondades. Porque entonces estamos cayendo en la trampa: invisibilizamos el conflicto político que hay en dejar morir a los pueblos más pequeños. Una de las voces que aparece en el libro, el escritor Alfons Cervera, lo sintetiza a la perfección: Ni esto es la Toscana ni es Belfast: ni es el paraíso ni todo es conflicto. Y bajo ese patrón me he guiado.


¿A qué crees que se debe este interés por lo rural en el panorama editorial español? Tu ensayo, el de Sergio del Molino, novelas como Intemperie, Por si se va la luz...

Sinceramente, no lo sé. Puedo responder por mí: necesitaba contribuir con un grito periodístico, con un libro de combate, a denunciar un abandono silencioso. Y de lo que más orgulloso estoy, más allá de las cuatro ediciones que lleva el libro o de haber recibido una enorme atención mediática (¡hasta Le Monde se ha hecho eco del libro y del problema), es que mi crónica sirvió de catalizador para que el presidente valenciano Ximo Puig haya impulsado un ambicioso plan de medidas contra la despoblación del interior valenciano. Me llamó un día y me dijo: “Has conseguido lo que querías: vamos a impulsar una Agenda Valenciana Antidespoblament”. Solo con eso, el trabajo ya está amortizado.  


Algo que destaca en tu libro es el estilo con el que está escrito, que es mucho más cuidado y "literario" que la mayoría de libros de ensayo, me atrevería a decir. ¿Tienes alma de literato? ¿Sigues o te sientes influido por algún escritor en particular?

Muchas gracias por el elogio, es un honor viniendo de vosotros. Los últimos es una crónica, un gran reportaje, y siempre he creído que el buen periodismo ha de estar bien escrito. Al menos es lo que yo intento. Hay excelentes reporteros a los que admiro: desde David Remnick a Martín Caparrós o el Gay Talese de antes de la polémica con su último libro. Años luz nos separan, claro. Y si me pides un escritor vivo y no me vale acogerme a Kafka, Pessoa y Rulfo, me quedó con Gonzalo Hidalgo Bayal: no hay nadie al que admire más, por su prosa, por su exquisito lenguaje, por sus historias profundas y, no menos importante, por su humildad. Ahí está la base de este oficio de ver, oír, sentir y contar.

martes, 12 de diciembre de 2017

Martín Caparrós: Larga distancia

Año de publicación: 1992
Valoración: Muy recomendable

No es fácil etiquetar este libro. O, mejor dicho, no es fácil etiquetar este libro en una sola categoría porque "Larga distancia" es, al mismo tiempo, crónica o reportaje periodístico, relato puro y duro, ensayo y crónica de viajes. Y es que los dieciocho textos que componen esta edición 2017 de "Larga distancia", cortesía de Malpaso, son de lo más variopinto, tanto en género y extensión como en ubicación geográfica.

Escritos todos ellos a finales de los 80 y primeros 90 y originalmente publicados en 1992, los textos se sitúan, entre otros, en lugares tan dispares como la Rusia post-perestroika, la China post-Tiananmén, el Haití de Jean Bertrand Aristide o la Bolivia cocalera. En cuanto a género, se alternan, mayoritariamente, las crónicas periodísticas con relatos más o menos ficticios sobre personajes históricos.

Las crónicas periodísticas son impresionantes. No me ando por las ramas: me han encantado. Con una mezcla de datos objetivos (estadísticas de producción, cifras de exportaciones, etc), observaciones subjetivas y entrevistas con testigos o protagonistas directos de los acontecimientos, ya sea el presidente Jean Bertrand Aristide o un violinista callejero, Caparrós pone de manifiesto las contradicciones provocadas por la "aceleración (¿o fue el fin?) de la historia" que tuvo lugar a finales del siglo XX. Valga como ejemplo la URSS en descomposición, con sus viejos nostálgicos y los jóvenes deseosos de McDonalds y Mercedes; también la China de principios de los 90, en un desaforado proceso de occidentalización que hace aún más visibles los contrastes derivados de aquello de "un país, dos sistemas"; o la Bolivia que ignoró e incluso delató al Che y su guerrilla y que ahora lo venera como un santo. 
Merece también la pena destacar esas observaciones subjetivas del autor. Es innegable su sesgo ideológico (alguien dijo por ahí que somos subjetivos porque no somos objetos). Independientemente de ese sesgo, Caparrós marca distancia con las realidades de las que escribe, tratándolas en muchos momentos con buenas dosis de ironía. Por último el estilo del autor, directo y ágil, hace que nos traslademos en un abrir y cerrar de ojos a los lugares que los protagonizan y que la lectura de las crónicas sea sumamente entretenida.
No quisiera en esta parte de la reseña olvidarme del texto "Malcolm Lowry. Ni el volcán", una tremenda entrevista con el autor británico que, por sí sola, es una verdadera joya.

Intercalados entre las crónicas periodísticas nos encontramos con breves semblanzas, a modo de relatos cortos, de personajes como Fouché, Alcibíades o Saderman, poliemigrado ruso del que Caparrós nos narra su peculiar descubrimiento de América. Estos textos son aún más irónicos que los de marcado carácter periodístico, pero he decir que me han resultado menos interesantes.

Y es que aquellos tienen un nivel muy alto. Además de su innegable calidad literaria, poseen la virtud de la inmediatez, de generar imágenes casi documentales y de meternos de lleno, en apenas unas frases, en realidades tan distintas y distantes.

Eso sí, tanto en unos textos como en otros, siempre están el viaje y el mito, tan unidos desde aquellos lejanos días de islas soñadas y cantos de sirena. El viaje como experiencia, ya sea por trabajo o por ocio, iniciático o de huida, en el que lo importante es llegar, mirar, observar y, por encima de todo,  volver para contarlo


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martes, 7 de noviembre de 2017

Nuestros Autores Olvidados #2 Martín Caparrós: El hambre

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

Hace unos años mantuve una pequeña polémica en Internet, protagonizada por Eduardo Galeano. En un lado del ring, los defensores a ultranza de su coherencia como escritor y persona. Al otro, quienes no soportaban su pose afectada y la pretenciosidad de algunos de sus escritos. Servidor, moderando, y comprobando que no faltaba razón a unos y a otros: Galeano parecía estar en posesión de la Verdad Única y Absoluta y algunas de sus obras, repletas de buenas intenciones, se hundían pretendiendo explicar cómo funcionaba la humanidad, y eran auténticos tratados de la visión sesgada y la omisión.
Luego, caí postrado al leer Las venas abiertas de América Latina
Perdonad, uno se olvida a veces que esto no es su blog personal.
Pero es que leyendo El hambre, y a raíz de algún comentario personal cruzado por mail con mis escasos pero incuestionables amigos del cono Sur, me ha venido a la mente la idea de si Martín Caparrós no es un heredero involuntario de ese testigo. En lo bueno y en lo malo. En lo didáctico y en lo dogmático. Periodista, escritor, cronista empecinado en retratar las miserias, las injusticias, escarbar en su origen y no parar hasta que son conocidas, que suele ser un buen primer paso para que sean resueltas.
Uno no puede evitar, leyendo este colosal ensayo de más de 600 páginas, pensar en quienes han estado ya allí. Directa o indirectamente. Hace días, alguien cercano hablaba de la crónica como algo que "ni fú ni fá". Pues miren, a sable o a espada: a mí me gusta mucho la crónica porque es un género en el que uno se encuentra literatura sin buscarla adrede, y, si no, se encuentra relato de experiencia personal que, por lo que sea, uno no va a tener ocasión de vivir, y bueno, o suficiente, es saber de lo qué pasa por ahí en función de testimonios que a uno le generen confianza. Kapuscinski, claro, y Chatwin, Bowden, Carrión, Villoro, Jordá, el último Halfon, nada despreciable el paquete, señores. Un buen escritor viviendo un momento único e intransferible. ¿O es que los preferimos colgando fotos de platos de comida en el Instagram?
¿Dije comida? De eso trata, claro, El hambre. Y en tan colosal extensión, en tamaño ensayo nos encontramos, claro, un aluvión de cifras que son necesarias para tomar perspectiva. Cifras pequeñas, claro: el dólar con veinticinco que es la renta diaria disponible de los, esa ya es una cifra grande, más de mil millones de personas que no comen ni saben si comerán mañana. Las menos de 200 calorías que el frío cálculo nazi reservaba a los confinados en el ghetto de Varsovia versus el enorme gasto diario del ejército USA que sería suficiente para erradicar el hambre. Todos los datos ayudan porque Caparrós sabe administrarlos sin agobiar al lector, que puede constatarlos pues salen de la FAO y organismos similares., y porque Caparrós los alterna con los brillantes resultados de sus expediciones aventurándose en localizaciones varias de nuestro planeta azul. Níger, Bangladesh, India, Argentina, entre otros emplazamientos en los que se enfrenta y reporta sobre esa miseria y esa perentoriedad y toma testimonios ante los cuales uno, la verdad, debería ser de auténtico mármol de Ferrara para no inmutarse ante tanta desesperación y tan aparentemente sencilla de resolver, por el  puro ejercicio de distribuir con cierta equidad la riqueza. Pero Caparrós nos muestra una y otra vez el absurdo de no lograrlo, y siguen aflorando cifras: el porcentaje de comida que, en el Primer Mundo acaba en la basura por los motivos más peregrinos (desde caducar en un rincón de la nevera hasta desechar partes perfectamente comestibles haciendo experimentos de creatividad gastronómica. Y podrá recriminársele alguna licencia estilística como una cierta propensión al abuso de la pausa dramática o esa curiosa ausencia de la coma en ciertas enumeraciones, pero es una cuestión muy nimia cuando todo lo demás es tan brillante, tan interesante, tan razonable y tan necesario que las casi 700 páginas se hacen cortas.


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martes, 3 de junio de 2014

VV.AA. (ed. Jorge Carrión): Mejor que ficción. Crónicas ejemplares

Idioma original: español
Año de publicación: 2012
Valoración: muy recomendable (pero que mucho)

Para empezar, procuraré hacer justicia. Cualquier proyecto en el que esté involucrado Jorge Carrión viene con enormes y valiosos extras, y con garantía de satisfacción. Su conocimiento enciclopédico y su voraz curiosidad (cuándo y cuánto debe dormir este hombre) le permiten aportar referencias, datos, información adicional. Su celo en mencionar y listar las fuentes sólo hace que sobreexcitar al lector curioso, y conducirle hacia lugares inexplorados. Ya lo hizo, escribiendo todo enterito el magnífico Librerías, y lo había hecho previamente en Teleshakespeare, y en este monumental Mejor que ficción, en el que sus funciones se limitaron a la edición y al magnífico prólogo (otra vez, un agotador ejercicio de apuntar y verificar referencias: leed este capítulo con el Google preparado y el ordenador acabará echando chispazos).
Curiosa la dicotomía de Carrión, por cierto.Tras dedicar parte de su obra a deificar, de una manera u otra, la ficción televisiva contemporánea (las series icónicas de HBO, Breaking Bad, Mad Men...), se pasa al lado opuesto y, en un ejercicio estrambótico, pero eficaz, de chocante coherencia, nos presenta en este rollizo ejemplar más de una veintena de crónicas donde se alternan las firmas ilustres y las no tan conocidas. Crónicas que en muchos casos tienen mayúscula entidad narrativa.
Y el resultado es centelleante. Rutilante. Sí, he de ir renovando el repertorio de adjetivos.
Juan Villoro inaugura el volumen hablando de su experiencia en Japón, desde donde viajamos a un sórdido pero impactante capítulo, el escrito por Leila Guerrero, dedicado a los forenses que exhumaron cadáveres para la identificación de víctimas de la represión en Argentina. Viajaremos a lugares lejanos y adoptaremos los tonos más diversos. El cachondeo de Jordi Costa hablando de la ubicación de los restos del yate Azor, el periodismo gonzo de Gabriela Wiener, coqueteando con el mundo BDSM. Inevitable no pensar en personajes de García Márquez al ver un personaje como el Chivolito, o evocar a Piglia con el Frente. Algo menos estimulante cuando se trata de crónicas algo más íntimas o prolongadas, pero en ningún momento bajando del notable muy alto: para mí, un colofón absoluto, magnífico, la crónica de Martín Caparrós sobre Zanzíbar, de indudables aires kapuscinskianos
En fin, recurriendo al tópico de la irregularidad en las recopilaciones, diré que aquí lo que impera es la variedad temática y que esa variedad aporta una cohesión que hace de Mejor que ficción una lectura adaptable a los más distintos cometidos: el disfrute literario, la curiosidad social o histórica, la convicción de ciertos ideales, el estímulo del interés por ciertas temáticas o hasta el entretenimiento más ligero y veraniego. Además, cosa que no siempre es aconsejable cuando hablamos de narrativa de ficción (en la narrativa supeditada a un desenlace), admite relecturas inmediatas.
Y esa manía de Carrión por documentar: más de 30 páginas finales de listado de cronistas de referencia en lengua española. Un carrusel de menciones que, como en Librerías, nos dispara hacia la calle (o hacia la Red) con insaciable avidez lectora.
A ver de cuántos libros puede decirse tal cosa.