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martes, 24 de enero de 2023

Ward Thomas: Extraño en la tierra

Idioma original: Inglés
Título original: Stranger in the land
Año de publicación: 1949
Traducción: Carlos Sanrune
Valoración: Recomendable

Extraño en la tierra se publicó originalmente en 1949 en Estados Unidos; apareció también al año siguiente en Inglaterra. Desde entonces había caído en el olvido. La editorial Amistades Particulares, haciendo gala de su labor de arqueóloga de la literatura LGTB más marginal, la ha recuperado, traduciéndola por primera vez al español.

La novela de Ward Thomas (pseudónimo de Edward Thomas McNamara) es tremendamente adictiva. Yo leí sus trescientas y pico páginas de letra chiquitita en apenas tres días.

Narra la vida de Raymond, un joven profesor homosexual que ama «contra las reglas de la naturaleza, contra el beneplácito social y a pesar de la resistencia de su propio espíritu» (pg. 111). El objeto de su devoción es Terry, un hermoso muchacho de la calle que se niega a trabajar, alcohólico precoz vinculado con los bajos fondos. Terry aprovechará una caza de homosexuales ejercida por las autoridades locales para chantajear a Raymond.  

¿Qué decir de esta obra? Me ha enganchado con su trama y me ha seducido con su cuidada prosa, su minuciosa ambientación, sus sugerentes temas, la evolución psicológica de su protagonista o la complejidad de sus personajes, dinámicas y conflictos. 

Detengámonos un momento en los mentados personajes. Raymond, por ejemplo; es muy fácil empatizar con él, porque además de sensible, inteligente y tranquilo, es repelente, contradictorio y autodestructivo. ¿Cómo no sentir cariño ante sus defectos: su pedantería, su dogmatismo intelectual, su condescendencia, su desidia laboral, su miopía interesada a la hora de tratar con Terry o su completamente gratuita misoginia? ¿Cómo no conmovernos ante sus pequeños arcos de redención, o lamentar su degradación en determinados aspectos?    

Ahora recalemos en los temas barajados por Ward. Uno de ellos sería que la sexualidad es intrínsecamente despreciable. Otro: que la sociedad es hipócrita a la hora de juzgar la sexualidad de ciertos individuos, pero aun así resulta conveniente plegarse a los designios de la multitud. Adjunto a continuación varios pasajes que indagan en torno a estas ideas, para que comprendáis la riqueza de las mismas:

  1. «Ningún hombre podía esperar escapar al castigo derivado sus placeres, y cuando las preferencias peculiares de un individuo eran calificadas arbitrariamente de "vicios" por la mayoría de sus conciudadanos, el castigo era siempre muy desproporcionado con respecto al placer. Nunca valía la pena (...) saltarse los prejuicios del rebaño y desafiar la venganza de la moral de la masa» (pg. 104).
  2. «Iba a matarse no por lo que él creía, sino por lo que otros hombres creían, no porque la vida le pareciera intolerable por su monstruosidad sexual, sino porque ellos se la harían intolerable. Ellos creían que la muerte era el único destino apropiado para criaturas como él, y él iba a complacer el sentido del decoro que ellos imponían. No importaba (...) que siempre hubiera tolerado las aberraciones eróticas del grupo; ellos no toleraban su especial aberración, y toda la libertad que él mantenía ante los pecados de ellos no contaba para nada. El grupo no pedía tolerancia al individuo: exigía conformidad» (pg. 201-202). 
  3. «La felicidad no era para aquellos que vivían en oposición a los patrones aprobados de la socidad» (pg. 206).

A mi juicio, el punto flaco de Extraño en la tierra es su extensión, ya que la novela podría podarse significativamente. Contiene párrafos sobre el subtexto, la introspección del protagonista o la descripción del entorno excesivamente dilatados o directamente redundantes; todos ellos aportan, claro, pero oblicuamente. Contiene, también, diálogos abultados, reflexiones tangenciales y escenas omitibles.  

Otros defectillos lastran, aunque en menor medida, la obra de Ward: un último tercio que se hace algo cuesta arriba y un desenlace que se antoja anticlimático. 

No os llevéis una impresión errónea; pese a su margen de mejora, recomiendo esta joyita. Sus virtudes compensan con creces sus limitadas carencias. Y si bien es cierto que su extensión amedrenta a la hora de abordarla de nuevo, al menos en un periodo de tiempo breve, es innegable que no me arrepiento de haberla encontrado.

lunes, 3 de octubre de 2022

H.G. Wells: El país de los ciegos y otros relatos

Idioma original de los cuentos: Inglés
Traducción (al catalán): Teresa Bauzà Bosch
Año de publicación de este volumen: 2022
Valoración: Recomendable

El país de los ciegos y otros relatos, antología de H. G. Wells, compila doce cuentos impregnados por lo maravilloso. Hay en estas páginas expediciones (voluntarias o involuntarias) a mundos desconocidos, fenómenos sorprendentes, objetos con cualidades extraordinarias, avistamientos de seres extraños y sueños que nos trasladan a existencias futuras. 

La calidad media de estas piezas es bastante homogénea y creo que, a excepción de "Los invasores marinos" (que me ha decepcionado un poco), todas son destacables. Aun así, siento especial predilección por:

  • "La historia del difunto señor Elvesham". Su giro de tuerca final está, a día de hoy, muy visto, pero sigue siendo tremendamente eficaz.
  • "Bajo el bisturí". Viaje alucinante que experimenta el protagonista al someterse a una intervención quirúrgica. 
  • "El sueño de Armageddon". Conmovedor canto al amor con una fuerte carga antibelicista. 
  • "La Puerta en el Muro". Ejercicio manierista que contrasta la nostalgia con la madurez, la libertad con el compromiso, la imaginación con las exigencias de la racionalidad.
  • "El País de los Ciegos". Fábula agridulce preñada de reflexiones existenciales, sociológicas y morales. 

En suma, El país de los ciegos y otros relatos me ha gustado mucho. Tiene empaque, pues la mayoría de textos que cobija comparten un mismo formato, exploran temáticas afines y están magníficamente escritos; presenta algunas ideas que en su época fueron pioneras; y nos permite visitar, desde una perspectiva deliciosamente más ingenua que aquella a la que estamos acostumbrados, ficciones sobre lo asombroso. 


También de H.G. Wells en ULAD: La máquina del tiempo, Ruedas de fortuna

martes, 3 de mayo de 2022

Siegfried Lenz: El desertor


Idioma original: alemán

Título original: Der Überlaüfer

Año de publicacion: Escrita en 1951, inédita hasta 2017

Valoracion: Muy recomendable


Mientras los creadores (cineastas, novelistas, dramaturgos, pintores, filósofos…) se afanan en demostrarnos que las guerras son una solemne estupidez, un absurdo y una trampa para quienes se ven involucrados, mediante alegatos antibélicos de todo tipo, unos cuantos se lucran a costa de la desgracia ajena. Siegfried Lenz levantó ampollas en su día con esta, su segunda novela, que la editorial recibió con entusiasmo y que acabo rechazando cuando aquel no se sometió a sus exigencias. Nunca llegó a verla publicada, pero conservó el mecanoscrito en sus dos versiones, con su título definitivo –uno de los aspectos problemáticos– y todas las correcciones que se hicieron. Y es que en plena Guerra Fría era impensable mostrar a un soldado alemán pasándose a las filas soviéticas. Ideologías aparte, salvar la propia vida y poder amar son dos buenas razones para ello, aunque quizá haya tres, pues su gran amigo –muy crítico con ese patriotismo perverso que desquicia a personas y países y, en particular, con la conducta de Alemania– acaba dando el empujón definitivo a un Proska sin grandes convicciones. Pero su evolución personal es patente: gracias a todo lo vivido y a las parrafadas éticas de Wolfgang –que no son más que las ideas del propio Lenz despachándose a gusto tras su personaje– su escepticismo madura con el tiempo, aprende lo que puede esperar de la vida, qué es lo que desea, de qué debe apartarse y por qué.

La novela tiene una estructura circular: en la escena inicial Walter está a punto de echar al correo una misteriosa y extensa carta dirigida a su hermana María, pero esto no ocurrirá hasta los últimos párrafos; entre uno y otro momento, se narra su participación en toda una guerra mundial, y en particular, cómo llega a verse involucrado en un episodio del que se siente culpable. Un asunto mucho más doméstico que la deserción en sí, ya que, en realidad, él no parece ver mucha diferencia entre uno y otro bando, la traición se encuentra más en el hecho de matar en sí mismo y en las pequeñas y grandes deslealtades a que obligan las circunstancias. Y es que, como espectadores, nos ponemos en la piel del protagonista: lo que ve son hombres que ocupan un espacio reducido, disfrutan con el paisaje, sufren las inclemencias del tiempo, se adaptan a los accidentes del terreno, pero cuando están frente a frente son el enemigo, y en esas circunstancias tan malo es disparar como inhibirse.

Algunos capítulos parecen escenas teatrales cuyos personajes, al darse la réplica, nos resultan cercanos y creíbles; otros, en cambio, recuerdan a películas de acción en las que la naturaleza juega un papel fundamental. El efecto cámara se intensifica a causa de esos fundidos en negro que nos trasladan en el tiempo cuando menos lo esperamos. Llegamos así a  los tiempos de paz y por tanto a una situación más normalizada, al menos en apariencia, donde un Proska más crítico comienza a atar cabos y se siente incómodo en su confortable cargo burocrático. Es entonces cuando tiene lugar su diálogo con el coronel que parece un preludio de lo que sucederá en la vida real entre los editores y el autor. Y es que, pensándolo bien, no es de extrañar que la editorial rechazase de plano la segunda versión de la novela, esta vez enriquecida y ampliada, con el asunto de la deserción como tema fundamental, sin olvidar la censura y las purgas. ¿Cómo no se iba a censurar un texto que condena una práctica tan habitual por entonces? Y que aún no se ha abandonado, por cierto, aunque nos guste presumir de lo contrario.

Lección de alemán era, hasta hace poco, lo obra mejor valorada del autor, pero al encontrarse el manuscrito tras su fallecimiento y aparecer publicada en 2017 esta novela ha pasado a ocupar el primer puesto de un currículum extenso y destacable. 



También de Siegfried Lenz: Lección de alemán

domingo, 28 de marzo de 2021

Reseña a cuatro manos: Svetlana Aleksievich: La guerra no tiene rostro de mujer

Idioma original: ruso
Título original: U voini ne zhenskoe lizo
Año de publicación: 1985
Valoración: Muy recomendable





¿Cómo que las mujeres no van a la guerra?

Con esa pregunta cerrábamos la reseña de Cómo acabar con la escritura de las mujeres de Joanna Russ. 

Y sí que tiene que ver.

Teníamos entendido que las mujeres no iban a la guerra. Sabíamos que realizaban tareas auxiliares en segunda línea (enfermería, sastrería, abastecimiento de todo tipo), pero creíamos que no dirigían unidades, que carecían de la formación militar que les hubiera dado derecho a entrar en el escalafón y, desde luego que no participaban en combates ni estaban expuestas a fuego enemigo. Bien, pues una vez más, constatamos que ni siquiera esto es cierto que, como tantas otras ocasiones en que el papel de la mujer se ha silenciado, se ha ido ocultando celosa y nada casualmente a través de los siglos su aportación a la historia colectiva y no solo al ámbito doméstico.

Svetlana Aleksiévich (Nobel de Literatura 2015) no solo ha hecho una aportación impagable a la historia y al periodismo documental, sino que ha consolidado el género literario de la «novela colectiva» o «épica coral» para dar voz a los sin voz. Se trata de un documento histórico, mejor dicho, una serie de documentos que tienen en nuestra mente un efecto acumulativo. Mediante la técnica del puzle, se nos muestran innumerables retazos de testimonios orales obtenidos en entrevistas personales a testigos de primera mano, en lo que, se intuye, un larguísimo recorrido de la autora a lo largo y ancho de su país.

A partir de ahí, la autora nos introduce casi directamente en una oleada de voces que se suceden, una tras otra, abrumándonos con su sinceridad y crudeza. Sabemos que detrás esta ella, requiriendo, viajando, interpelando, organizando el material y dándole forma —esto último a base de recortar y reducir a lo esencial cada aportación— lo sabemos, pero su voz se escucha en contadísimas ocasiones, apenas una corta introducción y algún comentario sobre la marcha. Ella cita precedentes para justificar esta falta de armazón, novelas que se construyeron a base de conversaciones y que le fascinaron hasta el punto de querer imitarlas. Pero puede que haya algo más, que el relato de sus viajes, sus encuentros, las circunstancias en que se entrevistó a esas mujeres y al menos un esbozo de sus vidas después de la Segunda Guerra, hubieran impedido que se franquearan como lo hicieron, y que solo la promesa formal de que no se iban a aportar más detalles que un nombre y una profesión consiguieron arrancar tanta información inédita y valiosísima.
«A lo largo de dos años, más que hacer entrevistas y tomar notas, he estado pensando. Leyendo. ¿De qué hablará mi libro? Un libro más sobre la guerra… ¿Para qué? Ha habido miles de de guerras, grandes y pequeñas, conocidas y desconocidas. Y los libros que hablan de las guerras son incontables. Sin embargo… siempre han sido hombres escribiendo sobre hombres, eso lo veo enseguida. Todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por la “voz masculina”. Las mujeres mientras tanto guardan silencio. (…) Y si de pronto se ponen a recordar no relatan la guerra “femenina” sino la “masculina”. Se adaptan al canon…»
Ellas hablan de dolor, miseria y muerte, de amistad, amor y compañerismo, de niñas todavía en edad de crecer que ansían convertirse en heroínas igual que sus compañeros, de las penalidades, alegrías y tristezas de esas existencias tan precarias, de nostalgia del hogar, de orgullo por haber estado a la altura, de la imposibilidad de narrar a los allegados la realidad de un mundo inimaginable.

Algunos reconocen que no quisieron casarse con mujeres excombatientes, pensaban que no eran dignas de ser sus esposas o algo parecido, por su parte muchas de ellas, si querían tener una vida, tenían que ocultar dónde habían estado. Consiguieron que se avergonzaran de lo mismo que ellos presumían, de lo que en el lado masculino era un gran honor.
«A mi marido no le guardo rencor, le perdoné hace tiempo. Tuve a mi hija… Él nos miró… Estuvo un rato y se fue. Se fue reprochándome: “¿Te parece que una mujer normal se iría al frente? ¿Aprendería a disparar? Por todo eso no has sido capaz de dar a luz a una niña normal”.»
Décadas después, cuando Aleksievich las visita, todavía sufren contando su experiencia pero a la vez necesitan explayarse tras toda una vida en silencio. Aunque también se denotan muchas lagunas. Solo uno de los testimonios habla abiertamente sobre la violencia sexual interna que allí se vivía:
«No me da miedo decir la verdad… Yo fui una “esposa de campaña”. La esposa en la guerra. La segunda esposa, la ilegítima. (…) El primer comandante del batallón… Yo no le quería. Era un buen hombre, pero no le quería. Me metí en su covacha unos meses después de estar allí. ¿Qué otra opción tenía? Allí solo había hombres, era mejor vivir con uno que temerlos a todos. Durante los combates no había para tanto, pero después, sobre todo cuando nos retirábamos de descanso, de reagrupación, era terrible. En la batalla, bajo el fuego te llamaban: “¡Hermana! ¡Hermanita!”, pero acabado el combate te acorralaban… De noche no había manera de salir de la covacha… ¿También se lo han dicho las demás o no se han atrevido a confesarlo? (…) Pero de eso no se habla… No está bien visto… No… Yo, por ejemplo, era la única mujer de mi batallón, vivía en la covacha común. Junto con los hombres. Me asignaron mi propio espacio, pero imagínese qué espacio si la covacha medía seis metros cuadrados. De noche me despertaba agitando los brazos: repartía bofetadas, me quitaba de encima sus manos. Cuando me hirieron, estuve en el hospital y allí también agitaba los brazos. De noche me despertaba la enfermera: “¿Qué te pasa?”. Claro que ¿a quién se lo iba a contar?»
Casi todas se alistaron antes de la mayoría de edad, animadas por el idealismo patriótico que (igual que sus compañeros varones) habían adquirido durante sus años escolares. Eran prácticamente niñas cuando tuvieron que normalizar muchas situaciones anómalas de golpe. En algunos testimonios incluso normalizan las violaciones de sus compañeros a las mujeres alemanas como algo que formaba parte de la misión.

Otro elemento a destacar es la cantidad de testimonios y anécdotas sobre las mujeres ajenas a la campaña bélica pero cuyas vivencias contribuyen a un relato mucho más riguroso y realista. Nos han enseñado que la narración de la guerra pertenece únicamente a los que están luchando en ella, dejando de lado a aquellos (aquellAs) que se quedan en casa o en campos de refugiados encargadAs de los cuidados de niños, enfermos y mayores, bregando a diario y sin descanso con situaciones muy extremas.
«Volví a casa… Todos estaban vivos… Mi madre los había mantenido a todos con vida: a mis abuelos, a mi hermana y a mi hermano. Yo regresé con ellos… »Al cabo de un año llegó mi padre. Papá volvió con unas condecoraciones importantes, yo tan solo había traído una orden y dos medallas. Pero en nuestra familia la heroína era mi madre. Ella los había salvado a todos. Salvó a la familia y salvó la casa. Su guerra había sido la más terrible. Papá nunca se ponía sus órdenes, consideraba que era vergonzoso pavonearse delante de mamá. Le resultaba embarazoso. Porque a mi madre no le habían concedido medallas… »
Solo añadir que Svetlana Aleksiévich lleva más de treinta años exiliada por escribir libros como este. Pasó años recibiendo cartas de rechazo de las editoriales porque su novela reflejaba una guerra demasiado espantosa, porque sobraba naturalismo o porque la guerra que ella relataba no era una guerra correcta.

¿Es este un alegato antibélico? Parece que esta ha sido la intención de Aleksievich y desde luego funciona como tal, ya que esas miradas carecen de triunfalismo, no tienen mentalidad de conquista, no hablan de técnicas militares ni de estrategias bélicas, que es lo que encontramos en todos los demás libros, desde los escolares hasta las monografías más especializadas.
«En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible».

Firmado: Beatriz y Montuenga

También de Svetlana Aleksievich: Voces de Chernobil, Voces de Chernobil (re.reseña) El fin del "Homo sovieticus", Los muchachos del zinc