- «Ningún hombre podía esperar escapar al castigo derivado sus placeres, y cuando las preferencias peculiares de un individuo eran calificadas arbitrariamente de "vicios" por la mayoría de sus conciudadanos, el castigo era siempre muy desproporcionado con respecto al placer. Nunca valía la pena (...) saltarse los prejuicios del rebaño y desafiar la venganza de la moral de la masa» (pg. 104).
- «Iba a matarse no por lo que él creía, sino por lo que otros hombres creían, no porque la vida le pareciera intolerable por su monstruosidad sexual, sino porque ellos se la harían intolerable. Ellos creían que la muerte era el único destino apropiado para criaturas como él, y él iba a complacer el sentido del decoro que ellos imponían. No importaba (...) que siempre hubiera tolerado las aberraciones eróticas del grupo; ellos no toleraban su especial aberración, y toda la libertad que él mantenía ante los pecados de ellos no contaba para nada. El grupo no pedía tolerancia al individuo: exigía conformidad» (pg. 201-202).
- «La felicidad no era para aquellos que vivían en oposición a los patrones aprobados de la socidad» (pg. 206).
martes, 24 de enero de 2023
Ward Thomas: Extraño en la tierra
lunes, 3 de octubre de 2022
H.G. Wells: El país de los ciegos y otros relatos
- "La historia del difunto señor Elvesham". Su giro de tuerca final está, a día de hoy, muy visto, pero sigue siendo tremendamente eficaz.
- "Bajo el bisturí". Viaje alucinante que experimenta el protagonista al someterse a una intervención quirúrgica.
- "El sueño de Armageddon". Conmovedor canto al amor con una fuerte carga antibelicista.
- "La Puerta en el Muro". Ejercicio manierista que contrasta la nostalgia con la madurez, la libertad con el compromiso, la imaginación con las exigencias de la racionalidad.
- "El País de los Ciegos". Fábula agridulce preñada de reflexiones existenciales, sociológicas y morales.
martes, 3 de mayo de 2022
Siegfried Lenz: El desertor
Título original: Der Überlaüfer
Año de publicacion: Escrita en 1951, inédita hasta 2017
Valoracion: Muy recomendable
Mientras los creadores (cineastas, novelistas, dramaturgos, pintores, filósofos…) se afanan en demostrarnos que las guerras son una solemne estupidez, un absurdo y una trampa para quienes se ven involucrados, mediante alegatos antibélicos de todo tipo, unos cuantos se lucran a costa de la desgracia ajena. Siegfried Lenz levantó ampollas en su día con esta, su segunda novela, que la editorial recibió con entusiasmo y que acabo rechazando cuando aquel no se sometió a sus exigencias. Nunca llegó a verla publicada, pero conservó el mecanoscrito en sus dos versiones, con su título definitivo –uno de los aspectos problemáticos– y todas las correcciones que se hicieron. Y es que en plena Guerra Fría era impensable mostrar a un soldado alemán pasándose a las filas soviéticas. Ideologías aparte, salvar la propia vida y poder amar son dos buenas razones para ello, aunque quizá haya tres, pues su gran amigo –muy crítico con ese patriotismo perverso que desquicia a personas y países y, en particular, con la conducta de Alemania– acaba dando el empujón definitivo a un Proska sin grandes convicciones. Pero su evolución personal es patente: gracias a todo lo vivido y a las parrafadas éticas de Wolfgang –que no son más que las ideas del propio Lenz despachándose a gusto tras su personaje– su escepticismo madura con el tiempo, aprende lo que puede esperar de la vida, qué es lo que desea, de qué debe apartarse y por qué.
La novela tiene una estructura circular: en la escena inicial Walter está a punto de echar al correo una misteriosa y extensa carta dirigida a su hermana María, pero esto no ocurrirá hasta los últimos párrafos; entre uno y otro momento, se narra su participación en toda una guerra mundial, y en particular, cómo llega a verse involucrado en un episodio del que se siente culpable. Un asunto mucho más doméstico que la deserción en sí, ya que, en realidad, él no parece ver mucha diferencia entre uno y otro bando, la traición se encuentra más en el hecho de matar en sí mismo y en las pequeñas y grandes deslealtades a que obligan las circunstancias. Y es que, como espectadores, nos ponemos en la piel del protagonista: lo que ve son hombres que ocupan un espacio reducido, disfrutan con el paisaje, sufren las inclemencias del tiempo, se adaptan a los accidentes del terreno, pero cuando están frente a frente son el enemigo, y en esas circunstancias tan malo es disparar como inhibirse.
Algunos capítulos parecen escenas teatrales cuyos personajes, al darse la réplica, nos resultan cercanos y creíbles; otros, en cambio, recuerdan a películas de acción en las que la naturaleza juega un papel fundamental. El efecto cámara se intensifica a causa de esos fundidos en negro que nos trasladan en el tiempo cuando menos lo esperamos. Llegamos así a los tiempos de paz y por tanto a una situación más normalizada, al menos en apariencia, donde un Proska más crítico comienza a atar cabos y se siente incómodo en su confortable cargo burocrático. Es entonces cuando tiene lugar su diálogo con el coronel que parece un preludio de lo que sucederá en la vida real entre los editores y el autor. Y es que, pensándolo bien, no es de extrañar que la editorial rechazase de plano la segunda versión de la novela, esta vez enriquecida y ampliada, con el asunto de la deserción como tema fundamental, sin olvidar la censura y las purgas. ¿Cómo no se iba a censurar un texto que condena una práctica tan habitual por entonces? Y que aún no se ha abandonado, por cierto, aunque nos guste presumir de lo contrario.
Lección de alemán era, hasta hace poco, lo obra mejor valorada del autor, pero al encontrarse el manuscrito tras su fallecimiento y aparecer publicada en 2017 esta novela ha pasado a ocupar el primer puesto de un currículum extenso y destacable.
domingo, 28 de marzo de 2021
Reseña a cuatro manos: Svetlana Aleksievich: La guerra no tiene rostro de mujer
Idioma original: ruso
Título original: U voini ne zhenskoe lizo
Año de publicación: 1985
Valoración: Muy recomendable
«A lo largo de dos años, más que hacer entrevistas y tomar notas, he estado pensando. Leyendo. ¿De qué hablará mi libro? Un libro más sobre la guerra… ¿Para qué? Ha habido miles de de guerras, grandes y pequeñas, conocidas y desconocidas. Y los libros que hablan de las guerras son incontables. Sin embargo… siempre han sido hombres escribiendo sobre hombres, eso lo veo enseguida. Todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por la “voz masculina”. Las mujeres mientras tanto guardan silencio. (…) Y si de pronto se ponen a recordar no relatan la guerra “femenina” sino la “masculina”. Se adaptan al canon…»
«A mi marido no le guardo rencor, le perdoné hace tiempo. Tuve a mi hija… Él nos miró… Estuvo un rato y se fue. Se fue reprochándome: “¿Te parece que una mujer normal se iría al frente? ¿Aprendería a disparar? Por todo eso no has sido capaz de dar a luz a una niña normal”.»
«No me da miedo decir la verdad… Yo fui una “esposa de campaña”. La esposa en la guerra. La segunda esposa, la ilegítima. (…) El primer comandante del batallón… Yo no le quería. Era un buen hombre, pero no le quería. Me metí en su covacha unos meses después de estar allí. ¿Qué otra opción tenía? Allí solo había hombres, era mejor vivir con uno que temerlos a todos. Durante los combates no había para tanto, pero después, sobre todo cuando nos retirábamos de descanso, de reagrupación, era terrible. En la batalla, bajo el fuego te llamaban: “¡Hermana! ¡Hermanita!”, pero acabado el combate te acorralaban… De noche no había manera de salir de la covacha… ¿También se lo han dicho las demás o no se han atrevido a confesarlo? (…) Pero de eso no se habla… No está bien visto… No… Yo, por ejemplo, era la única mujer de mi batallón, vivía en la covacha común. Junto con los hombres. Me asignaron mi propio espacio, pero imagínese qué espacio si la covacha medía seis metros cuadrados. De noche me despertaba agitando los brazos: repartía bofetadas, me quitaba de encima sus manos. Cuando me hirieron, estuve en el hospital y allí también agitaba los brazos. De noche me despertaba la enfermera: “¿Qué te pasa?”. Claro que ¿a quién se lo iba a contar?»
«Volví a casa… Todos estaban vivos… Mi madre los había mantenido a todos con vida: a mis abuelos, a mi hermana y a mi hermano. Yo regresé con ellos… »Al cabo de un año llegó mi padre. Papá volvió con unas condecoraciones importantes, yo tan solo había traído una orden y dos medallas. Pero en nuestra familia la heroína era mi madre. Ella los había salvado a todos. Salvó a la familia y salvó la casa. Su guerra había sido la más terrible. Papá nunca se ponía sus órdenes, consideraba que era vergonzoso pavonearse delante de mamá. Le resultaba embarazoso. Porque a mi madre no le habían concedido medallas… »
«En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible».
Firmado: Beatriz y Montuenga
También de Svetlana Aleksievich: Voces de Chernobil, Voces de Chernobil (re.reseña) El fin del "Homo sovieticus", Los muchachos del zinc


