domingo, 15 de enero de 2023

Selva Almada: Chicas muertas

Idioma: español

Año de publicación: 2015

Valoración: sin duda, recomendable

Este libro no es fácil de leer. Y no porque esté mal escrito o su estilo resulte demasiado farragos -todo lo contrario, en realidad-, sino porque de lo que trata resulta demasiado doloroso y cercano, pese a que se remonte a acontecimientos que tuvieron lugar en Argentina hace 40 años. Pero tanto en Argentina como en España o en cualquier otro país sucesos como los que nos cuenta este libro aparecen con mayor o menor frecuencia en los medios de comunicación y, además, por suerte, nuestra sociedad, salvo algunos desalmados que encima hacen alarde de ello, parece más  concienciada sobre este problema ahora que en los años a los que se remonta el libro de Almada. Lo que no significa, por desgracia, que el problema haya desaparecido o siquiera reducido, como es obvio...

Selva Almada parte aquí de un recuerdo de su adolescencia, allá por lo 80 del siglo XX, el asesinato en su propia cama, mientras dormía, de Andrea Danne, una joven de un pueblo cercano al suyo, en la provincia de Entre Ríos, para hacer un escalofriante recorrido por los feminicidios ocurridos en Argentina tanto en aquellos años como aún hoy en día. Sobre todo se centra este libro, a medio camino de la denuncia social, el relato periodístico o de no ficción y las memorias personales (aunque no creo que quepa hablar aquí de autoficción o "literatura del yo", salvo en algún momento puntual) , en el asesinato de Andrea y también en los de otras dos chicas, ocurridos asimismo en esos años 80  y en localidades pequeñas del interior argentino -de Entre Ríos y el Chaco- e igualmente sin resolver: de Sarita Mundín y de la jovencísima -tan sólo quince años- María Luisa Quevedo.

La aurora estudia los expedientes y la prensa de la época, recoge las declaraciones deposibles testigos,se entrevista con familiares de las víctimas, visita algunos de los lugares donde sucedieron los hechos e incluso consulta a una vidente-tarotista sobre las chicas muertas. No llega a ninguna conclusión sobre la identidad de los culpables de esas muertes -aunque sí se habla de ciertos sospechosos-; lo que predomina en el libro,  más que la intriga de una investigación  detectivesca, es un tono de tristeza y compasión por las víctimas, de denuncia serena de todos los crímenes de este tipo que han sucedido desde entonces y todavía hoy. Porque, además de recordar y revisar los casos de estas tres chicas, Almada va desgranándonos la lista de lo acaecido a muchas otras, secuestradas, violadas, asesinadas... no ya por desconocidos, sino también por novios, amantes o maridos. Una pléyade de de víctimas cuyo número no parece reducirse con el tiempo.

Un libro éste de, desgraciadamente,  no ficción, que, como digo, tampoco puede calificarse de "literatura del yo", pese a qué la autora también nos refiera incidentes que le sucedieron a ella o a mujeres cercanas y que pudieron acabar en tragedia,  puesto que aquí su "yo" personal se diluye en un "nosotras", colectivo y femenino,  en el que todas las mujeres son potenciales víctimas del machismo imperante y su destino, tan sólo una cuestión de suerte, no la consecuencia de lo que hagan, hayan hecho o dejado de hacer...

Un libro, repito, doloroso y triste.


Otros libros de Selva Almada reseñados en este blog: Ladrilleros, No es un río

sábado, 14 de enero de 2023

Lydie Salvayre: Caminar hasta el anochecer


Idioma original: francés

Título original: Marcher jusqu'au soir

Año de publicación: 2019

Traducción: Marta Cerezales Laforet

Valoración: decepcionante

La información contenida en sinopsis y solapa de este libro insisten en que su autora ha ganado el Goncourt en 2014. No estoy muy al día del prestigio de los premios literarios franceses. De los de aquí, por ejemplo, mi recuerdo más fresco es que le han dado el Nadal a Manuel Vilas. El Nadal se lo dieron hace unas cuantas décadas a Juan José Saer. En 2023, a Manuel Vilas. 

Pero mi primera intención era afrontar esta reseña con cierto sentido del humor, no con la indignación propia de alguien que asiste a la degradación del reconocimiento del mérito a favor de los imperativos comerciales y la mediocridad. De hecho, a mitad del libro estaba a punto de insinuar si a esta novela (o lo que sea) no le hubiera encajado mejor el título del último libro de Santiago Lorenzo. Todo ello me parecía un poco frívolo, incluso poco respetuoso con el trabajo de su editorial, El Desvelo, una editorial independiente santanderina a cuenta de cuyo nombre me permitiré una pequeña broma, ya que este libro no es que desvele precisamente, atendiendo a su primera mitad. Su ritmo es lento, inexplicable cuando el planteamiento puede suponer incluso cierto reto creativo. Una escritora acepta pasar una noche en un museo con la mera compañía de una obra de arte, en este caso una escultura de Giacometti. Digamos que una experiencia que ha de generar un texto interesante basado en su reacción. Pero no: lo que resulta es un anodino stream of consciousness donde las reflexiones en todo el proceso resultan recargadas, monótonas, a veces anegadas de erudición y citas poéticas, a veces más mundanas y asociadas al devenir de lo cotidiano - coqueteando con la autoficción - siempre con un uso abusivo de las anáforas, aspecto muy significativo en el estilo del texto y que lastran el ritmo, marcan un compás que podría ser disruptivo y acaba provocando cierto sopor. Siendo justos, pero hay que llegar ahí con no poca dificultad, el texto recupera cierto sentido hacia el último tercio, cuando una semblanza biográfica de Giacometti y algunos párrafos sobre Picasso resultan interesantes entre tanto análisis algo redundante entre intenciones de la obra - aquella con la que la autora ha pernoctado - y funcionalidad y pertinencia del arte.

Seguramente un libro más experimental e íntimo que puramente narrativo, pero, en conjunto, poco entusiasmo por indagar en más obras de su autora.



viernes, 13 de enero de 2023

Juan Pablo Fusi: Pensar España

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2021

Valoración: Interesante (o Está bien, dentro de lo que cabe) 


Nos mira desde la cubierta Ortega (creo que es Ortega) con esa mirada profunda, severa, como de desaprobación, como echando en cara al pobre lector que no hace las cosas bien, que es también responsable de esa España equivocada, sin alma, que él intenta comprender y también transformar desde el despacho silencioso y austero en el que imagino que rumia por qué el país es como es, y donde escribe sobre eso que cree que le falta (educación, valores, conciencia nacional) o le sobra (pintoresquismo, localismo, frivolidad). Algo más afable, quizá por la redondez de su imagen, hubiera resultado una foto de Azaña, también intelectual pero con la apariencia más humana de quien ha descendido al barro de la política real para intentar hacer realidad sus ideas. A lo mejor Ortega nos parece más inquisitivo porque rebusca en nuestro interior, pobres ciudadanos, el sentimiento nacional que no encuentra por ninguna parte, y Azaña, por su parte, en vez de taladrarnos con la mirada, la dirige a algún lugar impreciso buscando ese Estado justo y moderno que tampoco termina de saber cómo se puede construir.

Estos dos personajes con los que se inicia el libro de Juan Pablo Fusi representan algunas de las múltiples reflexiones (iba a decir respuestas, pero de esto hay más bien poco, al menos en el ámbito de lo concreto) alrededor de esa expresión algo grandilocuente que tantas veces, y sospecho que con tan poco interés, leíamos por obligación en los textos escolares de la adolescencia: España como problema. Una preocupación intelectual que se manifiesta de forma muy especial desde finales del siglo XIX, cuando se pierden los últimos reductos del viejo imperio y el 98 sirve para nombrar a toda una generación de escritores que se preguntan por qué en este extremo de Europa sigue habiendo un país atrasado, derrotado, ensimismado en su pobreza y que envuelto en sus harapos desprecia lo que ignora si se me permite citar deprisa y mal a Machado.

Esa obsesión por identificar y describir correctamente lo español se prolonga durante las primeras tres décadas del siglo XX, mientras se vive uno de los periodos de mayor creatividad e intensidad intelectual, cuando el protagonismo de los grandes nombres de la generación encabezada por Unamuno convive con la pujanza de los más jóvenes, identificados sobre todo con el grupo del 27. El corto periodo de la República es una etapa de esplendor en la literatura y las artes en general, que queda de pronto sepultada por la guerra y los años oscuros que le seguirían.

Fusi comienza, como decía, mostrando el paralelismo entre las dos visiones que de España tienen Azaña y Ortega, sin detenerse a un análisis muy profundo pero ofreciendo imágenes sugerentes, como la diferente perspectiva con la que ambos contemplaban El Escorial, una interesante reflexión que no solo sirve para contrastar sus ideas, sino también sus personalidades. Sin embargo, lo que parecía un buen comienzo para esa exposición en torno al pensamiento español en el siglo XX (subtítulo) parece transformarse rápidamente en otra cosa. Los años de la República se despachan con una síntesis histórica apresurada y más bien escuálida más una muy larga y pormenorizada bibliografía de títulos publicados en esos años. Aunque en mi opinión claramente excesiva, bien está esa enumeración como indicativa de la exuberante producción intelectual y artística del momento. Pero es que estas dos características (apretada sinopsis histórica de cosas de sobra conocidas, y amplísima relación de obras de la época correspondiente) van a ser definitorias de todo el libro. Así, vamos saltando de una velocísima descripción de la guerra (¿con alguna vocación de equidistancia?) a la bibliografía del despertar intelectual de los años 60; una nueva crónica, tan acelerada como detalladísima, de la Transición y la incorporación a Europa; y otra enumeración interminable (y a veces repetitiva) de la producción artística y literaria de los primeros tiempos de la democracia. A todo ello se adosa un capítulo, que me atrevería a calificar como atropellado y superficial, pero también el más sorprendente, donde se nos calza (sea Fusi o su editor) una breve historia de ETA que encaja en este libro como podría hacerlo un recetario de cocina. Fusi ha escrito multitud de artículos sobre el asunto, casi siempre muy atinados pero, oiga, no es necesario hablar de lo mismo en cualquier lugar o circunstancia.

Lo más salvable del libro lo encontramos cuando, de tanto en tanto, parece volver a circunscribirse a lo que se suponía que era su objeto: la evolución del pensamiento en torno a España, qué es o qué debería ser. Describe el autor el ‘campo de ruinas’ que dejan, también en el terreno intelectual, la guerra y la posguerra dominada por la represión y el aislamiento, dando lugar a lo que muy plásticamente denomina ‘la España inmóvil’, donde introduce la figura de algunos de los más representativos hispanistas, como Gerald Brenan o Raymond Carr. El inicio de un cierto renacimiento en el ámbito del pensamiento, coincidiendo con el desarrollismo de los 60, se personifica en las figuras de Jorge Semprún y Julián Marías que, aunque con perspectivas vitales e ideológicas bastante alejadas, plantean la idea de una España muy diferente, liberada de los lastres del atraso, la incultura y el folklorismo, muchas veces dramático, de décadas anteriores.

Como a veces ocurre, las sensaciones que deja el libro una vez terminado son algo mejores que las que se experimentan durante la lectura. Queda un poso, el reflujo de haber repasado aspectos interesantes del último siglo de vida intelectual y de reflexiones sobre la identidad del país, su historia y su futuro. Pero aun así, nada puede evitar una cierta frustración por un texto con un propósito ambicioso que se diluye en fragmentos, a veces inconexos, perdidos entre interminables enumeraciones, resúmenes abigarrados de cosas ya sabidas y semblanzas no siempre justificadas, excesivas en contenido e insuficientes en el contexto general. No sé si esto es enteramente voluntad del autor o el producto de una mera recopilación de artículos sueltos, cosidos sin mucha coherencia, pero sea como sea, objetivamente supone una cierta decepción.


jueves, 12 de enero de 2023

Alejandro Hermosilla: Un reino oscuro

Idioma original: Español 

Año de publicación: 2022

Valoración: Bastante recomendable

Alejandro Hermosilla es, por estilo y temática, un bicho raro dentro de la narrativa española contemporánea y con Un reino oscuro vuelve a demostrarlo. Estamos ante una ¿novela? de belleza oscura que podríamos situar a medio camino entre Thomas Bernhard y el conde de Lautréamont y en la que predomina más el aspecto formal, en la que no es tan importante el argumento o la sinopsis como lo que hay detrás de estos o el propio estilo del autor.

Pese a lo anterior, resumamos brevemente la ¿novela?: siglo XVII o XVIII en un lugar que podría ser casi cualquier país europeo, un arquitecto y su hijo, un bosque oscuro alejado de los centros de poder y poblado por diferentes personajes de clase media-alta (un pintor, un noble, un músico y un escritor) que van contando sus paranoias. 

La última palabra es clave y vincula el texto a los autores ya citados pues el peso de la ¿novela? recae sobre los monólogos alucinados de unos personajes desequilibrados (manía persecutoria, depresión nerviosa, egolatría, etc), estando estas divagaciones plagadas de imágenes oníricas y alegóricas.

Pero, en el fondo, este artefacto literario que explora los límites formales y genéricos no es otra cosa que una metáfora sobre el poder en sus diferentes formas, ya sea desde el lado del que lo ejerce (y de ahí también una serie de incisos delirantes sobre distintos reyes) o desde el lado del que está sometido a él. Así, la fascinación por el poder, poder y crueldad, poder y locura, poder e intimidación, poder y arbitrariedad, poder y soledad, poder e hipocresía, poder y ambigüedad... recorren las páginas de un texto que oscila entre la lucidez y la demencia.

Por tanto, Un reino oscuro es una profunda indagación sobre el poder, el arte y la sociedad en general, un ¿novela? elegante y de gran potencia visual a la que solo se le puede achacar, como creo que también ocurre con las novelas de Bernhard, una cierta tendencia al exceso y a la reiteración que puede no ser del gusto de ciertos lectores. 

P.S.: Mención especial para cubierta, preciosa desde el punto de vista estético y totalmente acorde al contenido del libro.

miércoles, 11 de enero de 2023

Mohamed Mbougar Sarr: La más recóndita memoria de los hombres

Idioma original: francés
Título original: La plus secrète mémoire des hommes
Traducción: Oriol Valls (en catalán para Més Llibres) y Rubén Martín Giráldez (en castellano para Anagrama)
Año de publicación: 2021
Valoración: entre recomendable y muy recomendable


En el panorama literario actual, en los que la publicación de títulos es tan avasalladora que ni publicando la reseña de un libro al día únicamente de las novedades destacadas llegaríamos a cubrir todo lo que el mercado ofrece, la otorgación de premios literarios sirve para situar una obra en el escaparate. Y este hecho hace que, también, cada vez haya más premios literarios, más apariciones en listas “reputadas”, más focos ante los que poner una reciente publicación para que sobresalga entre el resto. Pero hay premios y premios y el Goncourt es uno de los que tiene más prestigio, por su antigüedad de más de cien años, pero también por sus premiados a lo largo de la historia (Proust, Houellebecq, Modiano, Duras, etc. etc.). Y, en 2021, Mbougar Sarr ganó este prestigioso premio con esta novela, convirtiéndose en el primer autor senegalés en hacerlo. Y tiene todo su sentido, por lo que expone y por cómo lo hace. ¡Veamos! 

Hay libros que plantean un reto lector importante, ya sea por el estilo del autor, por la estructura de la novela o por la ambición del escritor. Este libro se situaría en este último grupo, pues Mbougar Sarr teje una novela que mezcla reflexiones en torno a la propia literatura y que nos interpela directamente ubicando al narrador en un escenario que trasciende la propia narración, así como una trama descompuesta en fragmentos que, desde diferentes ángulos, nos presenta una historia en torno a una figura central, T.C. Elimane, que ejerce como protagonista ausente y que sirve como MacGuffin a través del cual Mbougar Sarr nos lleva a diferentes territorios, físicos y mentales, desde los que nos habla de guerras mundiales, de colonización y de dramas familiares.

A nivel argumental, la novela nos presenta Diégane Latyr Faye, un autor senegalés, que por cuestiones del azar descubre a T.C. Elimane, alguien que «había jugado las tres cartas más poderosas de las que se puede disponer: primero, había escogido un nombre de iniciales misteriosas; después, había escrito un solo libro; finalmente, había desaparecido sin dejar rastro», y sin poder afirmar a ciencia cierta si había existido o se trataba de un seudónimo. Elimane, un autor que «figuraba en el Compendio de Literaturas Negras, una de las infatigables antologías que, desde la era colonial hasta nuestros días, servían de libro de consulta a los escolares de África francófona» y que, tras publicar un único libro ganador de numerosos premios, después de estallar la guerra destruyó todos los ejemplares, siendo imposible encontrar ninguno de ellos hasta que, por cuestiones de azar, Diégane accede a un ejemplar. Por ello, este hallazgo del único libro del autor, publicado en 1938 y que fue un acontecimiento que elevó a su autor hasta ser considerado «el Rimbaud negro» le causa un impacto y más teniendo en cuenta que, tras ser su autor acusado de plagio, desapareció sin dejar rastro convirtiéndose en un ser entre mítico y fantasma. Atraído por el misterio que envuelve el libro y el autor, Diégane Latyr Faye decide investigar sobre lo sucedido, embarcándose en un viaje emocional que le absorbe y le obsesiona enormemente.

Con este punto de partida, el relato alterna la búsqueda de Elimane por parte de Diégane con la narración del pasado del autor así como del contexto histórico en el que se encuentran. Ahí entra en juego sus mejores páginas, en una narración sostenida en la transmisión de una honestidad y cercanía. Las confesiones siempre tienen ese punto de nostalgia, y el autor hace que empaticemos con su estado anímico, tanto en la subida explosiva propia de los enamoramientos casuales como en sus declives y pesares en los que el autor nos habla de la colonización y la necesidad casi imperiosa por parte de los escritores africanos de traspasar fronteras y ser reconocidos más allá de su territorio aunque «ningún escritor africano establecido aquí lo confesará públicamente. Todo el mundo lo negará (…) pero, en el fondo, esto formaba parte del sueño de muchos de nosotros (…): la entronización por parte del mundo literario francés (…) es nuestra vergüenza, pero también nuestra gloria fantaseada; nuestra servitud, y la ilusión envenenada de nuestra elevación simbólica». Unos recuerdos rodeados de nostalgia, pues «nada entristece tanto un hombre como sus recuerdos, incluso cuando son felices».

Estilísticamente, la prosa de Mbougar Sarr es potente, directa y profunda. Se ha comentado mucho que se asemeja a Bolaño (y no seré yo quién lo discuta), pero veo en él también rasgos de Cărtărescu cuando nos habla de literatura, de la necesidad imperiosa de escribir, cuando, ya en la primera página trata la relación entre escritor y obra, afirmando que «el uno y la otra caminan juntos en el laberinto más perfecto que podemos imaginar» porque «un gran libro no tiene tema y no habla de nada, solo busca decir o descubrir algo, pero este solo ya lo es todo, y este algo también lo es todo». O también, cuando en un diálogo entre escritores uno de ellos espeta al otro que «aquí está tu error. Aquí está el error de todos los individuos como tú. Creéis que la literatura corrige la vida. O la completa. O la sustituye. Es falso (…) los escritores como tú están atrapados en sus ficciones. Sois narradores permanentes. Es la vida, lo que cuenta. La obra únicamente viene después». Estas páginas en las que habla de la literatura desde la fatalidad, desde el que afrenta la escritura como única vía de redención aún a sabiendas que no existe y si lo hace no es a través de los libros, nos atan a la literatura y a una espiral en el que no hay salida. Y en esos recovecos metaliterarios uno recuerda a Cărtărescu (también en ciertos episodios oníricos) y Lispector, en esa meta literatura que constatamos al leer que «escribían porque no sabíamos nada, escribían para decir que ya no sabíamos qué hacía falta hacer en el mundo, más allá de escribir». Asimismo, también en ciertos fragmentos, cuando habla sobre tragedias familiares en la tierra natal de Elimane, con las disputas entre hermanos, fallecimientos y secretos, veo a Mouawad y sus extraordinarias tragedias por la manera de abordarlas y la crudeza de su narración porque cuando el autor traza el origen y pasado de Elimane desde su nacimiento, en clave retrospectiva una vez establecido el misterio en el primer tramo del libro, hay ecos significantes del autor libanés en la tragedia familiar y las herencias heredadas de un pasado entre hermanos mal resuelta, y la descendencia vital que reclama ser atendida «era responsable de la descendencia de mi hermano», un niño al que, cuando lo miraba sentía que «en el corazón de su inocencia, a veces batía, como un nervio doloroso, todo el odio que había sentido por su padre. ¿Puede ser responsable un niño de un pasado que no ha conocido? ¿Es forzosamente el heredero de los sucesos que le han precedido? ¿Podemos estar resentidos con él por los errores de su ascendencia? (…) Elimane arrastraría por todos los sitios la sombra y el recuerdo de Assane. Sería este recuerdo y esta sombra. Solo por este hecho, sabía que siempre me recordaría a mi hermano. Nunca conseguiría liberarme de él».

Particularmente, encuentro el libro fascinante y muy potente en su primer tramo, cuando se envuelve de literatura, de reflexiones, de dudas existenciales y de inseguridades relacionadas con la creación literaria y con la vida. En este aspecto el libro es sublime. Es por ello que, a mi entender, va de más a menos, reduciendo impacto cuando deja parcialmente de lado estos aspectos para centrarse en la búsqueda del autor y su historia pasada, una búsqueda que pasa por diferentes ciudades y países y momentos históricos que marcaron el siglo XX. La ambición de Mbougar Sarr es muy grande, y esto es algo digno de elogio y también lo es que consiga mantener el interés a lo largo de toda la narración y a pesar de intercalar cartas, narradores y puntos de vista para dar forma a la figura del misterioso autor a través de diferentes personajes que coincidieron puntualmente con él. Ya lo apunta el autor al interpelarnos indirectamente cuando afirma que «todas las siluetas de este pasado de repente abierto se mueven delante de mí en una coreografía tan compleja como fascinante». Y tiene toda la razón en esta afirmación porque en este juego metaliterario en el que nos vemos arrastrados al leer el libro nos ocurre lo mismo, compartiendo así experiencia con el propio protagonista al desenredar la trama argumental de la vida de tan misterioso y enigmático personaje. El reto era mayúsculo, y las múltiples capas que ofrece la lectura de este libro dan fe de ello, aunque en ocasiones la dispersión roza el exceso.

Mbougar Sarr reivindica con este libro su propio espacio en el mundo literario, y lo extiende a sus compatriotas pues en boca del protagonista se dirige a ellos afirmando que «nos decía a nosotros, los escritores africanos: inventad vuestra propia tradición, fundad vuestra historia literaria, descubrid vuestras propias formas, experimentadlas en vuestros espacios, fecundad vuestro imaginario profundo, tened una tierra que sea vuestra, porque solo allí existiréis para vosotros, pero también para los demás». Esta reivindicación de la literatura africana es otro gran eje del libro, y que nos hace recordar al gran Ngũgĩ wa Thiong’o.

El autor es consciente de la literatura y su poder hasta el punto que afirma que «es mejor no escribir si como mínimo no tienes la ambición de hacer temblar el alma de una persona» y profesa, especialmente en la primera parte del libro, su gran devoción por la literatura al hablar de los escritores confesando que «si los escritores no hablan de literatura, es decir, si no hablan de ella desde dentro, como a prácticos, obsesionados y poseídos, como enamorados, como locos (…), ¿quién lo hará? (…) Nuestra vida es esto: intentar hacer literatura, sí, pero también hablar de ella, porque hablar de ella también es mantenerla con vida, y mientras tenga vida, la nuestra, aunque sea inútil, incluso trágicamente cómica o insignificante, no estará perdida del todo». Y esta es una misión que compartimos desde este pequeño espacio literario.

También de Mohamed Mbougar Sarr en ULAD: Purs homes

martes, 10 de enero de 2023

Concha Alós: Los enanos

Idioma: español

Año de publicación: 1962

Valoración: recomendable

Al comienzo de Los enanos se nos narra una escena que bien podría resumir toda la novela: en el fondo del patio de luces de un edificio de pisos de Barcelona, donde se encuentra la pensión Eloísa, en la que se desarrolla la historia, entre un montón de desechos se mueven unas ratas, cuyos requiebros y peleas entretienen a los vecinos del inmueble y, sobre todo, a a los inquilinos de la pensión. La metáfora resulta más que clara, puesto que esta novela lo que nos cuenta son los quehaceres, sinsabores y enfrentamientos entre una serie de personajes, a cada cual más mísero y desgraciado. Sin embargo, y aunque la autora no renuncie a esa imagen de las ratas, el título del libro, aunque vaya en el mismo sentido, hace referencia a una reflexión que una de las pensionistas escribe en un cuaderno:

"Huir, locamente, alegremente, de ese gigante que nos fuerza a ser lo que somos y nos obliga a andar por donde él quiere. Somos enanos rodeados de enanos y los gigantes se esconden para reírse."

Tales "enanos", como he comentado, por tanto, son los habitantes de una cutre pensión de Barcelona allá en la época en que España comenzaba a salir, aun muy poco a poco, de los rigores de la larga posguerra; una colección de perdedores, ya sea por las circunstancias de la vidao de nacimiento, que han recalado allí por diversos motivos: el boxeador Mohatá, que un promotor utiliza como saco humano para impulsar la carrera de otros púgiles, el señor Alfredo, judío de Tánger y su esposa doña Cleo, que  abandonaron la ciudad marroquí tras su independencia de España y sobreviven malvendiendo lo poco que salvaron de su anterior vida acomodada; la planchadora Sabina, huida de su pueblo y dispuesta a prosperar, aunque sea ofreciendo su cuerpo al mejor postor...  y así todo un reguero de personajes no demasiado afortunados, en el mejor de los casos, o abocados a la miseria material y anímica, en los demás. El contrapunto, siquiera en el tono, a la narración de tantas cuitas y sinsabores cotidianos de estas vidas desgraciadas lo ponen las confesiones y reflexiones, en primera persona, que escribe en un cuaderno la señorita María, una joven de Mallorca, hermana de un cura, que en su momento escapó a Barcelona con su amante, un hombre casado, y ahora sobrevive cuidando niños de familias burguesas. Pero ya digo que es un contrapunto relativo, pues puede que ella sea la más desdichada de todas.

Es ésta una novela dura, no tanto por la truculencia de lo que nos cuenta o por un lenguaje áspero y chabacano, sino porque no da tregua al lector; en todo momento deja claro que a los personajes no les va a ir mejor e incluso, seguramente, su situación empeorará, con lo que, aunque algunos no sean demasiado simpáticos, es inevitable sentir lástima por ellos. Sin duda, se trata de una novela propia de su época, cuando estaba en auge el realismo social y deudora, sin demasiado disimulo, de La colmena, de Cela, aunque más limitada a un espacio concreto y a menos personajes (también se percibe un cierto regusto a Nada, por lo menos a su primera parte). Además, en Cela se aprecia un menor apego por sus criaturas, una mirada más fría, de entomólogo, mientras que Alós muestra una mayor empatía, una comprensión más acentuada, especialmente en lo que le ocurre a las mujeres de su novela, quienes, por otra parte, llevan el mayor peso de la historia.

Concha Alós, escritora valenciana (aunque criada en Castellón) que tuvo su mejor momento en los años 60 y 70, ha sido felizmente recuperada en los últimos tiempos por La Navaja Suiza, y fue, no cabe duda, una gran escritora, con un estilo limpio y directo, pero sin renunciar a la complejidad narrativa. Esperemos que no vuelva a caer en el olvido.

Como curiosidad, decir que Los enanos ganó el premio Planeta en 1962 (está claro que eran otros tiempos), pero su autora hubo de renunciar a él porque ya había comprometido la publicación de la novela con otra editorial.  Quizá en compensación por este contratiempo, le volvieron a conceder premio dos años después, con Las hogueras esta vez sin problema alguno.

También de Concha Alós y reseñada en Un Libro Al Día: Las hogueras

lunes, 9 de enero de 2023

Ignacio Arrabal: Personajes de novela

Idioma original: Español
Año de publicación: 2022
Valoración: Se deja leer

Personajes de novela, novela corta de Ignacio Arrabal, me provoca sentimientos encontrados. He apreciado sus virtudes, pero me es imposible ignorar sus múltiples defectos.

Empecemos remarcando las virtudes:

  • Presenta alguna que otra ingeniosa meditación en torno a la realidad o la memoria.
  • La subtrama del narrador y Lucía tiene mucha fuerza. 
  • Su componente metaliterario resulta moderadamente audaz.

Llegados a este punto, dejad que liste los defectos:

  • Su estilo y argumento, aunque correctos, pecan de cierta monocromía y pretenciosidad.
  • Tarda tanto en fusionar las dos líneas argumentales principales que, cuando por fin llega el momento, el lector ha perdido interés en las mismas.
  • Mira que a mí no me ofende que un autor implemente la llamada "male gaze", pero creo que las féminas de esta obra han sido sexualizadas y supeditadas a sus contrapartes masculinas en demasía.
  • Varios elementos narrativos no se desarrollan satisfactoriamente.

En conclusión: Personajes de novela es una ficción que derrocha oficio y madurez, pero que hubiera mejorado sustancialmente, al menos en mi opinión, si hubiera hecho concesiones al lector. Y es que Arrabal escribe una historia muy personal con la que cuesta conectar.