miércoles, 17 de agosto de 2016

Marcel Jouhandeau: Tres crímenes rituales

Título original: Trois crimes rituels
Idioma original: Francés
Traducción: Eduardo Berti
Año de publicación: 1962
Valoración: Recomendable

Parece que el verano es tiempo de libros breves (o muy breves), como es el caso de este "Tres crímenes rituales", de Marcel Jouhandeau, otro de los malditos de la literatura francesa. Un autor practicamente desconocido en España y casi más conocido en Francia por sus "controvertidas ideas políticas", que lo emparentan con Celine, Hamsun y compañía, que por su muy extensa obra.

Gracias a la editorial Impedimenta se ha publicado en España este "Tres crímenes rituales" que, pese a su brevedad, es un libro duro, áspero.

Jouhandeau parte de tres crímenes cometidos en Francia en la década de los 50, tres crímenes brutales para más señas y revestidos según el autor de un cierto carácter ritual. Nos explica someramente los hechos y a partir de estos pone el foco no en el asesino o en su "modus operandi" ni en la víctima, sino en las posibles "motivaciones" del crimen.

El libro es fundamentalmente una "anatomía del mal", un intento de explicar lo que parece inexplicable, una tentativa de introducir una lógica en lo irracional, tratando de escarbar en la psicología tanto de los asesinos e instigadores del crimen como de las víctimas. Este análisis está profundamente marcado por la personalidad del propio Jouhandeau, católico ferviente, la cual explica la omnipresencia de conceptos como la culpa, la redención y la expiación.

Como una especie de epílogo, el autor ofrece unas curiosas reflexiones sobre la justicia que merecen la pena ser leídas con la misma atención que los tres casos expuestos, aunque no haya que perder de vista su personalidad e ideología a la hora de leerlas.

Un libro que, como veis, podría estar emparentado por su temática con "A sangre fría" (T. Capote) o "El adversario" (E. Carrere), pero que ofrece un punto de vista diferente a estos dos libros.

Merece la pena comprobarlo. Sí.

martes, 16 de agosto de 2016

Don Winslow: El cártel


Idioma original: inglés
Título original: The Cartel
Año de publicación: 2015
Traducción: Efrén del Valle
Valoración: muy recomendable

Don Winslow vivirá toda la vida a la sombra de El poder del perro. Es algo que puede incomodarle como escritor, aunque parece irse adaptando. Tanta potencia visual tenía aquella extensa novela. Me sorprende que un tema tan poderoso no contó con la especulación de una serie por parte de un canal como HBO. O al menos no los recuerdo.
He de decir que, aunque suelo defender a los escritores que arriesgan, mientras Winslow sea capaz de atrapar de la manera en que lo hace en El cártel, que otros vayan a pedirle que escriba poesía o novela romántica, yo no voy a hacerlo. Porque esta novela, tocho de unas algo excesivas 700 páginas que huele a best-seller por los cuatro costados, me ha procurado un placer levemente culpable, pero placer al fin y al cabo. Se trata de eso, ¿no?

Alineemos a los supervivientes de esa otra novela, encabezados por Art Keller, que se oculta como apicultor (cual personaje de alguna nefasta película protagonizada por Stephen Seagall) entre monjes que ignoran -aunque algo se huelen- su fascinante pasado. Aliñemos con la insaciable sed de venganza de quien, encima, tiene infinidad de medios líquidos para perpetrarla. Y ya tenemos ese clásico enfrentamiento entre antagónicos que son en realidad iguales. Adán Barrera, narco que se fuga de la cárcel mexicana a la que ha ido extraditado tras un "soplo " pactado versus Art Keller, agente de la DEA obsesionado de forma febril con acabar con la carrera criminal de Barrera. Vayamos añadiendo personajes: novias, segunderas, sicarios, socios, la habitual caterva de corruptos integrada por políticos, empresarios y policías, periodistas, investigadores. No nos dejemos las sorpresas: cambios de bando, sobornos, traiciones a amistad, a profesión, a vínculos de sangre, agentes dobles, infiltrados, chivatazos de último minuto y de último segundo. Vertiginoso, es cierto. Si os digo que Winslow está muy cómodo en este registro es por algo. El cártel cumple a la perfección con lo que promete desde la portada: guerras del narco. Espantosa crueldad, definitivamente más llevadera y fascinante cuando puede verse desde lejos. Sentido del ritmo y adecuadas introducciones que sitúan el contexto de los personajes. Entornos de miseria, de crueldad, de desarraigo de los cuales surge la ambición, la rabia, el desespero. Que sirven para llegar arriba, claro, pero no siempre a la cúspide. Las pugnas por el liderazgo y el dominio del territorio son de mal dirimir en esto del narcotráfico. Mucha sangre. Winslow parece a veces demasiado empeñado en mantener un crescendo en los actos violentos: parecen los hitos que marcan el desarrollo de la novela, muchas veces más allá de méritos literarios o incluso de golpes de efecto de la trama. Una cuestión menor si lo tenemos claro: siempre nos quedamos a la espera de esas exhibiciones de crueldad y una decena de páginas sin su dosis de violencia extrema (la hay a raudales, creedme) nos hacen temer que entremos en un remanso de paz. Reflexiones sobre el sentido de todo ello hay pocas: mucho dinero en juego para andarse con chiquitas. En especial en los dos antagonistas, todo es estrategia para seguir en la cumbre y liquidar a su adversario. Quienes quisieran encarnizarse con este libro lo tendrían fácil: es una simple persecución de dos hombres entre sí aderezada con montañas y montañas de acción adicional. Pero, sabiendo lo que uno va a encontrarse, uno no va a pedirle lenguaje florido ni recursos narrativos. Ritmo, ritmo, y alguna revelación por el camino que nos provoque esa repugnancia hacia las turbias estrategias de los gobiernos en la sombra: el mal menor, la contra insurgencia, el antiterrorismo. Él único dilema es cómo, siendo tan previsible, es tan disfrutable.

También de Don Winslow en Unlibroaldía: El invierno de Frankie MachineEl cártelLos reyes de lo cool

lunes, 15 de agosto de 2016

Sun Tzu: El arte de la guerra

Idioma original: chino
Título original: 孫子兵法
Traducción: ¿?
Año: Siglo V a.C.
Valoración: Está bien


Yo pensaba que éste iba a pasar a ser el libro más antiguo que se había reseñado en ULAD, pero creo que hay por ahí una etiqueta ‘Siglo VI a.C.’, así que me quedaré sin el Guinness hasta que me decida a meterle mano al Código de Hammurabi.

Tampoco tiene mucha importancia –al menos para los que no somos historiadores- que el tal Sun Tzu, por lo visto un prestigioso general chino en una etapa muy convulsa de la historia de ese país, fuese o no el auténtico y único autor del libro. A él se atribuye tan pretérito título y eso nos basta, aunque haya quien diga que a su redacción contribuyó su hijo Sun Bin, o tal vez otros personajes.

Porque, aunque la aclaración tal vez sobre, 'El arte de la guerra' no es un título metafórico, sino un tratado de estrategia militar, probablemente el más antiguo que se conoce, al menos con una formulación completa y sistemática. De manera que a lo largo de sus trece capítulos, el general va poniendo negro sobre blanco los principios fundamentales para alcanzar la victoria en la batalla, ya se sabe, cuándo y cómo hay que atacar (o no), cómo organizar las tropas, cuestiones a tener en cuenta (el terreno, la meteorología) y responsabilidades de generales y oficiales. Obviamente, tampoco me voy a detener a analizar estas cuestiones, que para el lector tienen un interés muy relativo y además no dominamos en absoluto. 

Lo que sí llama la atención es el énfasis que se pone en la astucia: 'Todo el arte de la guerra está basado en el engaño', ni más ni menos. Y ahí se extiende en describir cómo confundir al enemigo, maniobras de distracción o señuelos de todo tipo. En la misma línea, destaca el maestro la importancia del espionaje y la información, detallando incluso diversos tipos de espías con sus correspondientes funciones bien definidas. Ya el bravo Leónidas –más o menos contemporáneo de Sun- tuvo que sufrir en las Termópilas el efecto de un espionaje eficaz, pero aquí queda bien claro que no es un invento europeo. En todo caso, uno quizá esperaría de un general una postura más aguerrida y majestuosa, hablando de fortaleza, sacrificio y esas cosas, pero este caballero no se corta a la hora de recomendar la simulación y la contrainformación como armas fundamentales.

Es interesante también cuando Sun decide meterse en asuntos que en principio desbordan el ámbito puramente bélico. Para empezar, subraya una y otra vez que la auténtica victoria consiste siempre en evitar el conflicto, conseguir la rendición del adversario sin lucha. Seguramente, detrás de esta oda a la diplomacia y la política -más cercana del pragmatismo que de lo que hoy entenderíamos como pacifismo- se encuentre cierto humanismo de raíz taoísta, y de hecho se cita expresamente esa herencia cultural; aunque eso se lo dejamos a los expertos. Pero se incide también en la necesidad de que el soberano practique la justicia y la magnanimidad, que se evite en lo posible el exterminio del enemigo y sus núcleos de población, o la recomendación de un trato aceptable para los prisioneros. Incluso plantea la necesidad de que un general se salte órdenes superiores cuando vea claro que lo exige el buen fin de las operaciones bélicas. Realmente, no es que Sun fuese un rebelde iconoclasta, ni un remoto precursor de la Convención de Ginebra. Por el contrario, sus recomendaciones no tienen otra finalidad que la eficacia en la búsqueda de la victoria, a través de la fidelización de las tropas o la utilización en beneficio propio de los recursos humanos y materiales del enemigo. Pero aún así resulta chocante encontrar opiniones en apariencia tan modernas en un texto escrito hace 2.500 años.

De forma que este manual nos deja la sensación de trascender la materia militar de la que trata, y reunir sabiduría y lógica extensivas a otros campos, todo ello bajo unos parámetros que asociaríamos a conceptos mucho más recientes. Así que no es de extrañar que 'El arte de la guerra' se utilice aún en la actualidad, no sólo en las academias militares –que por supuesto- sino en ámbitos tan insospechados como la gestión empresarial. Y es que, al margen de que Sun Tzu incluya hasta una especie de análisis DAFO de las fuerzas, la verdad es que en las escuelas de negocios ya se echa mano casi de cualquier cosa.

Y termino con un par de curiosidades: 1. El ejemplar de que dispongo lo compré en una Feria del Libro Anarquista (por cierto, a un precio más bien poco ‘popular’). Se trata de una edición muy bootleg, y por lo mismo no consta nombre del traductor ni del autor del prólogo, ni por supuesto un ISBN. O sea, copia fusilada de algún ejemplar, cubierta (que no es la que se ve en la imagen) y a correr. La abolición de la propiedad empieza por Sun Tzu. 2. He visto por ahí que existe incluso una versión manga. Sería realmente curioso conocerla.

domingo, 14 de agosto de 2016

Washington Irving: Rip Van Winkle

Título original: Rip Van Winkle
Idioma original: InglésTradución: Enrique Maldonado
Ilustraciones: Noemí Villamuza
Año de publicación: 1819
Valoración: Muy recomendable

"Rip Van Winkle" es un cuento corto, valga la redundancia, de Washington Irving publicado originalmente en ¡1819! y recuperado para la causa el año pasado por Nórdica en una preciosa edición ilustrada por Noemí Villamuza. 

Se trata, según los "estudiosos", del primer cuento de la literatura norteamericana, aunque me da la sensación de que la historia que narra está tremendamente presente en la tradición oral de las diferentes culturas europeas.

La historia, ambientada en los años previos a la Guerra de Independencia, está protagonizada por Rip Van Winkle, campesino de origen holandés dominado por su esposa, de buen corazón y escasa propensión al trabajo (propio). En una de sus escapadas para huir de la "tiranía" de su mujer se pierde en el bosque y se queda dormido, despertándose al cabo de 20 años.

Claro, 20 años después todo ha cambiado. Estados Unidos (llamémosle así) ya no es una colonia, el pueblo ha cambiado de arriba a abajo, algunos conocidos han muerto, etc. Y a esto se tendrá que enfrentar el bueno de Rip.

A pesar de ser una obra de ficción, Irving la viste de realidad, agregándola un previo en el que dice que la historia de Rip Van WInkle se encontró entre los papeles de Diedrich Knickerbocker, un viejo caballero de Nueva York, aficionado a la historia holandesa de la provincia.

El cuento creo que está sujeto a múltiples interpretaciones: desde la pura ciencia ficción hasta la realización del sueño americano (construirse una nueva vida, etc, etc). Pero más allá de la interpretación que cada uno quiera darle, se trata de un muy buen cuento presentado además en una cuidada y curiosa edición.

Otros libros de Washington Irving en ULAD: La leyenda del caballero sin cabeza

sábado, 13 de agosto de 2016

Boris Vian: La hierba roja

Idioma original: francés
Título original: L'Herbe rouge
Traductor: Jordi Martí
Año de publicación: 1950
Valoración: muy recomendable

Hace unas semanas hablaba de Boris Vian con un amigo: hablábamos de él porque en esa altura yo estaba leyendo El arrancacorazones, y porque nuestra conversación trataba de escritores que escriben con absoluta libertad; que escriben lo que quieren escribir aunque arda el mundo. Y Boris Vian es uno de esos escritores: alocados, provocadores, imprevisibles, niños que se divierten jugando con una cuchilla de afeitar. Esa sensación la tuve cuando leí, hace años, La espuma de los días; la volví a tener leyendo El arrancacorazones, y ahora otra vez con La hierba roja.

Y eso que La hierba roja es una novela menos corrosiva que otras de Boris Vian. Su trama central se podría decir que pertenece al género de la ciencia ficción: un inventor llamado Wolf ha construido, junto con su ayudante Lazuli, una máquina que permite viajar al pasado y revisitar los recuerdos del pasado, para borrarlos y olvidarlos. Construida en medio de un Cuadrado poblado de hierba roja, esta máquina es casi una parodia de la Máquina del tiempo de H. G. Wells, solo que en este caso no se viaja hacia un futuro lejano y apocalíptico, sino hacia el interior de la mente (y/o del alma) del viajero.

Así, los episodios en los que Wolf se introduce en la máquina y dialoga sobre su propio pasado con diversos personajes misteriosos (y no demasiado simpáticos, en general) son una revisitación de la infancia del personaje, de su relación con la religión, con los estudios o con el amor, una revisitación que, dicen, tiene en este caso bastante de autobiográfica. De hecho, se nota en estos capítulos una cierta nostalgia o desengaño; una nostalgia que resulta todavía más llamativa teniendo en cuenta que Boris Vian tenía solo 30 años cuando escribió el texto.

Pero claro, siendo una novela de Boris Vian, la cosa no podía ser tan simple: a esta trama central se unen otras igualmente fantásticas, como la de la extraña relación de Lazuli con Floravril, en la que un misterioso hombre de negro aparece cada vez que se disponen a hacer el amor; o el extraño personaje del senador, convertido en animal de carga o de compañía y cuyo único sueño es poseer un uapití; o la mujer de Wolf, Lil, que pacientemente lo espera hasta que deja de esperarlo pacientemente. Estas y otras imágenes e imaginaciones le dan a la novela el inconfundible tono del autor, que nunca deja de sorprender.

Quizás La hora roja sea menos provocadora que El arrancacorazones; es, por momentos, incluso delicada y romántica. Pero no por eso es menos libre: solo lo es en una dirección diferente, igual de imaginativa. Como si el niño hubiera por una vez dejado de jugar con una cuchilla de afeitar, y hubiera cogido un espejo.

También de Boris Vian en ULAD: El arrancacorazones, La espuma de los díasEl lobo-hombreEscupiré sobre vuestra tumba, Otoño en Pekín, Que se mueran los feos

viernes, 12 de agosto de 2016

Tom Kromer: Nada que esperar


Idioma original: inglés
Título original:  Waiting for nothing
Año de publicación: 1935
Traducción: Ana Crespo
Valoración: muy recomendable

Otra vez Sajalín dando en el clavo. Narices, cómo debe hacerlo esta gente. No es tan fácil encadenar aciertos sustentándose en la recuperación de clásicos oscuros, porque siempre llega un momento en que uno mete la pata y se deja llevar por el entusiasmo. O por el sentido del exotismo. Pero no: los característicos lomos y portadas en austeras combinaciones de blanco, negro y otro color van erigiéndose en auténticas garantías. 
Nada que esperar, por supuesto, no desmerece en el catálogo. Narración dura en primera persona de las peripecias como vagabundo del propio escritor (de las circunstancias en que llega a ello rinde cuentas en el capítulo autobiográfico que, junto a otros, se ofrece de regalo en la edición), la escritura pulcra de Kromer es capaz de aportar mucho más detalle del que nos resulta cómodo digerir. Pero es una narración estructurada, parece una novela o nos resulta cómodo pensar en ello. Cómo va a pasar temporadas durmiendo en la calle una persona capaz de una prosa tan fluida (aunque me temo que hemos perdido algunos matices del slang de los vagabundos en la traducción). Pues fue así. Y aunque los primeros capítulos nos parezcan más bien una descripción de artimañas y picarescas para sacarle unos centavos a los transeúntes o algún café gratis a los encargados de los bares, conforme avanzamos esa sensación desaparece y da paso a la crónica de la desesperación, de la anulación de las expectativas, de la desazón y la incomprensión de la enorme desigualdad.
Ambientada en la época inmediatamente posterior al crack del 29, Nada que esperar toma, a partir de la mitad del libro, un aire, si cabe, más sórdido e insano. Las colas para comer comida inane, los sermones de tres horas aguantados con tal de poder dormir bajo techo en un albergue cristiano, la convivencia con la precariedad más extrema y la contemplación de la degradación física y psíquica de aquellos que llevan en la calle más que uno. Contado sin pelos en la lengua y con muy poco resquicio al humor negro. La calle no da para eso. Vivir al raso pendiente de diez centavos para una cena o de medio dólar para alquilar un cuartucho no se presta a ironías, ni a empatía de ningún tipo. Algunos capítulos acaban asi: situación extrema, pose práctica, hay que sobrevivir para el siguiente día. Aún así, el Kromer vagabundo aún distingue entre el bien y el mal. Entre la gente que comprende su situación y los policías que se ensañan. Ese residuo ético, supongo que el mismo impulso inexplicable que le empujó a escribir sobre esa dura experiencia que marcó su vida (esta fue su única obra completa), su asimilación por parte del lector de cómo es la máxima desesperación, mejora, perdonad la boutade,  a quien lee Nada que esperar. Recuerdo una vez en que, no me contestéis en qué contexto, alguien decía que la mayoría de la gente estaba más cerca de la indigencia que de comprarse un yate. Libros como éste hacen tomar conciencia de algunas cosas poco agradables.
Pero bueno, siempre se puede mirar hacia otro lado.

jueves, 11 de agosto de 2016

Kathryn Schulz: En defensa del error. Un ensayo sobre el arte de equivocarse

En defensa del error (El Ojo del Tiempo) de [Schulz, Kathryn]Idioma original: inglés
Título original: Being Wrong. Adventures in the margin of error
Año de publicación: 2010 (En España: 2015)
Valoración: Muy recomendable

¿Han oído hablar de la errorología? He estado buscando el término y no he logrado encontrarlo en nuestro idioma, sí en inglés (erroroloy) y en italiano (errorologia). Es obvio que hablamos de la traducción literal (y lógica) de una palabra con idéntica raíz que significa estudio de los errores. La traductora, María Cóndor (con muy buen criterio, el mismo que utiliza para trasladar de forma, no solo impecable sino brillante, un texto  divulgativo pero de cierta complejidad y con un índice considerable de tecnicismos) ha optado por emplear este neologismo que espero haga fortuna a la larga.
Analizar el error como concepto además de considerarlo una experiencia inevitable sobre la  que volver cuando no hay más remedio es más productivo de lo que parece a primera vista. Cierto que posee una carga negativa, que a nadie se le escapa y que la autora no oculta, pero también es una experiencia fructífera en muchos aspectos si sabemos servirnos de ella. Desde luego, tiene gran variedad de implicaciones (filosóficas, psicológicas, sociológicas etc.) y ha sido estudiado por los grandes pensadores de la historia desde la Antigüedad hasta hoy.
Schulz ha realizado un arduo trabajo de recopilación, no solo de teorías y estudios varios, también de tipologías, casos concretos en que puede producirse, de nuestras reacciones sobre el error propio y ajeno, las consecuencias que se derivan de este y otras cuestiones que nos ilustran sobre nuestras facetas individual y social. Esta exhaustividad documental e indagadora no lo convierte en un tocho intragable y repetitivo, como sucede a veces con este tipo de ensayos, tampoco resulta excesivamente denso. Al contrario, el análisis se centra en lo esencial, sin divagaciones innecesarias, acompañándolo de aclaraciones –documentales y testimoniales– y de una gran cantidad de ejemplos, simpáticos y amenísimos, que ayudan a digerir las explicaciones a la vez que las ilustran. A este contenido se suma un lenguaje franco, didáctico, todo lo sencillo o complejo que exige el texto pero perfectamente comprensible para el profano en materias filosóficas y psicológicas. Y aún así se trata de un trabajo muy personal que no se limita a plasmar lo recogido de otras fuentes. En todo momento vemos a la autora aclarando ideas, expresando su punto de vista y relatando montones de anécdotas propias o recogidas de primera mano. En suma, dejando su propio sello tanto en el estilo como en la forma de afrontar el tema del error.
Tampoco puede considerarse extenso: 312 páginas de lectura efectiva si descontamos bibliografía notas y agradecimientos. Todo ello lo convierte en un texto divertido y curioso con cuya lectura uno aprende casi sin darse cuenta.
La evolución de las especies está basada en este mecanismo de corrección de errores, pero no hace falta irse tan lejos. Sin salir del ámbito humano, la ficción, literaria o cinematográfica y el arte en general, más aún cuanto menos realista, se fundamentan en un error –entendido como intencionada distorsión de la realidad–cuya existencia tiene lugar (y sentido) porque cuenta con la complicidad del público. Gracias al error progresamos, tanto individual como socialmente, en el ámbito de la ciencia. Es obvio, pues, que un mundo sin errores quedaría inmutable para siempre en su perfección o imperfección básicas. “«ver el mundo como no es» equivale más o menos a la definición de error, pero es también la esencia de de la imaginación, la invención y la esperanza.” Es lo que afirma el modelo optimista del error, según el cual este no es tan malo, aunque nos cueste horrores aceptar que no estamos a salvo de él, sobre todo si el suelo se tambalea bajo nuestros pies o nuestra identidad de siempre se desdibuja cada vez que la revelación afecta a nuestras convicciones más trascendentes. Postura, por otra parte, más que comprensible, ya que:
“… la experiencia de tener razón es imperativa para nuestra supervivencia, gratificante para nuestro ego y, por encima de todo, una de las satisfacciones más baratas e intensas de la vida.”
Por eso reconocer un error propio resulta tan difícil como sencillo parece identificar los ajenos y ese es el motivo de que desarrollemos estrategias, como la negación, la fabulación, generación de estereotipos, la firme adhesión a creencias previas o al pensamiento de grupo, justificarnos con nuevas teorías, así como presuponer que el mundo es exactamente como lo vemos (realismo ingenuo) y, por tanto, quienes nos llevan la contraria son ignorantes, malvados o tontos. Pero esto es tan humano como errar, pues da la casualidad de que “creer cosas basadas en pruebas deficientes es el mecanismo que hace funcionar toda la milagrosa maquinaria de la cognición humana.”  
Lo recomendable sería establecer un ten con ten entre los dos modelos de error. Hay que continuar confiando en nuestra particular visión del mundo porque nuestra naturaleza nos obliga a ello desde que nos convertimos en adultos, pero a la vez –y aunque esto suponga una destreza aprendida, algo que no traemos de fábrica– adquirir el hábito de revisar cualquier indicio mínimamente fiable que parezca ponerla a prueba. Y el primer paso es aceptar que podemos estar confundidos pues el error forma parte de nosotros, como seres humanos que somos, y no solo del resto del mundo.