lunes, 21 de septiembre de 2015

Laird Hunt: Neverhome (Ella era más fuerte)

Idioma original: inglés
Título original: Neverhome
Año de publicación: 2014
Traducción: Isabel Ferrer y Carlos Milla
Valoración: muy recomendable

Me desconcierta un poco esa decisión de añadir esa frase al título original, no traducido, de esta novela. Comprendo que se quiera inducir algún tipo de interés, pero soy de la opinión de que, en este poco multitudinario mundo literario, ciertas cosas caen por sí solas. Poca ayuda necesita una novela como ésta, una vez sus primeros lectores vayan cayendo seducidos, eso tan manido del boca-oreja habría de ocuparse del resto. Que es conseguir que la gente se entere de ciertas cosas. Ya puestos, hasta la faja mencionando al últimamente denostado Paul Auster está de más. Nada dice que haya de tener qué ver. A Auster le fascina esta novela, pero esta novela no tiene nada que ver con el surrealismo claustrofóbico de alguna de las suyas,
Los méritos de Neverhome son propios, pero hablando de libros es un poco inevitable aludir a referencias. Repaso mi reseña de La benévola, casi dos años han pasado ya, y observo ciertos comentarios que aún suscribo. Neverhome vuelve a ser una narración con un absoluto protagonismo femenino. Esta vez es Ash Thompson, nombre real Constance, mujer que se disfraza de hombre para batallar en la Guerra Civil de los Estados Unidos, la de los Confederados, la de la pugna de los estados secesionistas por mantener la esclavitud. Una guerra particularmente cruel, la que se disputa entre quienes convivieron. Casada con Bartholomew, decide que, por limitaciones físicas de su marido, es ella quien ha de ingresar en el ejército para defender ese escaso bagaje: una granja con unos cuantos animales y otros cuantos recuerdos de los que no siempre le disgusta alejarse. Ash Thompson, ya soldado varón en el ejército unionista, se convierte en un héroe, se convierte en Galante Ash, incluso alguien compone una canción que narra sus andanzas. Ash quiere preservar su secreto, pero en las guerras, lamentablemente, pasan muchas cosas, 
Hunt es capaz de encarnar a ese ser extraño en una situación extrema. Es capaz de transmitir esa lamentable igualación de género a la que acaba sumiendo esa continua convivencia con la violencia y el sufrimiento en su aspecto más sórdido. Hombre o mujer, Ash es allí solo un soldado y hace las cosas que se espera que los soldados hagan. Arrastra una precaria foto de Bartholomew, odia al enemigo y quiere acabar con él, ciegamente. Pero a la vez es capaz de sentir pena y empatía, de comprender que cada uno está donde le han dicho que esté. 
La fidelidad de la narración, que puntualmente detalla cuestiones históricas como la capitalidad de Richmond o la batalla de Antietam, puede remitirnos a algunas de las obras del recientemente fallecido Doctorow. Pero, como en La benévola, tanto la crudeza física y polvorienta del mejor McCarthy andan ahí, y todo el recorrido de la lectura tiene sobre sí esa sombra incómoda, surrealista, cercana a lo maligno que abarca la obra de Faulkner. Cada silencio es una especulación y cada pausa es una espera. Laird Hunt, fuera de su elección de esa época remota de la que nos separan media docena de generaciones, consigue transmitir una sensación muy contemporánea. La devastación, el desorden físico, el caos y la confusión, campan a sus anchas y arrinconan todo lo que se parezca a humanidad. 

También de Laird Hunt en UnLibroAlDía: La benévola

domingo, 20 de septiembre de 2015

Marguerite Yourcenar: Memorias de Adriano

Idioma: francés
Título original: Memoires d'Hadrien
Año de publicación: 1951
Traducción: Julio Cortázar (nada menos)
Valoración: Imprescindible

El reto planteado por un blog amigo, este verano (aquí) me llevó a recordar -y releer- estas magníficas Memorias de Adriano, de la otrora idolatrada, aunque también denostada por algunos -y nunca entendí por qué- Marguerite Yourcenar, autora franco-belga-estadounidense de un virtuosismo paralizante, sobre todo en lo que se refiere a la novela histórica, género de la que es una de las mejores cultivadoras. Estas memorias impostadas del emperador Adriano, en concreto, me maravillaron cuando las leí por primera vez, hace ya bastante tiempo, hasta el punto de que recuerdo haberlas devorado prácticamente en una noche en vela (también he de decir que fue en una época de exámenes, en la que yo estaba dispuesto a leer lo que fuera con tal de que no se tratara de los preceptivos apuntes). Por otra parte, después de leer, casualmente, varios libros en los que el componente religioso cristiano  estaba muy presente -de una forma u otra-, tenía necesidad de una dosis de sano paganismo; paganismo antropocéntrico, en realidad, pues en los primeros momentos de la concepción de estas Memorias estaba muy presente, según explica la propia Yourcenar, una reflexión extraída de la correspondencia de Flaubert:
                "Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre"...

Partiendo de la ambición de plasmar literariamente este momento, de "retratar a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo" (claro que como epítome de esa época no se nos muestra aquí un hombre cualquiera, ni otro personaje histórico de cierta relevancia, sino el mismísimo emperador del Imperio Romano, en el momento de su apogeo, el inteligente, culto y preclaro Adriano), la autora utiliza el recurso, imitado después profusamente, con mayor o menor fortuna (en alguna ocasión, con resultados excepcionales, como es el caso de Borja Papa, de Joan F. Mira), de las falsas memorias, dirigidas al que luego también sería notable emperador, Marco Aurelio.

Resulta imposible resumir todo lo que podemos encontrar en este libro. Por supuesto, los distintos episodios y vicisitudes de la vida de Adriano: infancia en Itálica -a un paso de la actual Sevilla-, educación helénica, experiencia en la guerra contra dacios y sármatas, trabajos e intrigas hasta hacerse con el poder imperial  y después, claro, su fructífera vida como gobernante, sus muchos viajes (fue sin duda el emperador que mejor conoció su Imperio, que recorrió de punta a cabo), su amor por el joven Antínoo... También lo que aprendió de sus mentores, de sus amigos y enemigos, y sus propias reflexiones, a las que Yourcenar da una voz harto elocuente (quizás algo afectada y hasta pedante... aunque, si no le permitimos tales defectos a un emperador romano, ¿a quién?). Pero quien lea la novela se va a encontrar mucho más que la semblanza de un personaje histórico: lo que hace aquí la autora es la reconstrucción, no sé hasta qué punto fiel, pero desde luego sí fidedigna, de toda una civilización. Y no me refiero tan sólo a su expansión territorial, sus gestas militares o sus logros técnicos y económicos... sino a la propia alma de su cultura, al espíritu que le insufló una vida que, casi podríamos decir perdura hasta el día de hoy. El libro nos sumerge en lo que fue la esencia de la Roma antigua, desde sus austeros orígenes tribales, moldeados después por la matriz helénica y enriquecidos por la aportación de todas las tierras, gentes y creencias con las que entró en contacto; en el corazón del Imperio, visto aquí, además como equivalente a la civilización, fuera de la cual no hay nada (en esto, en cambio, no puedo estar de acuerdo con la visión de Adriano/Yourcenar).

Y, por supuesto, nos ofrece multitud de reflexiones sobre infinidad de aspectos de la vida, el amor, las pasiones, el envejecimiento, la muerte... un auténtico compendio de sabiduría aparentemente indiscutible (luego ya, allá cada cual...); de ésos que permiten extraer frases que suenan estupendamente fuera de contexto... Ahí van algunos ejemplos:

          "...he llegado a la edad en la que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada."

          "El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros."

       "Cada uno de nosotros posee más virtudes de lo que se cree, pero sólo el éxito las pone de relieve".              

(¿Qué tal? La envidia de cualquier escritorcillo con ansias de fama y gloria, ¿no?)
         
Una novela y un personaje que ya se superponen al verdadero Adriano, hasta el punto de que, tras Yourcenar, será imposible pensar de otra manera en este emperador culto, conciliador y, aparentemente, más humanitario que la mayoría de sus predecesores. Y, en todo caso, si non è vero, è ben trovato. 

sábado, 19 de septiembre de 2015

Colaboración: Los gusanos de la tierra y otros relatos de horror sobrenatural de Robert E. Howard

Idioma original: Inglés
Título original: Worms of the Earth
Traductor: Santiago García
Año de publicación: 2001
Valoración: Está bien 

Estuve un par de meses devorando ávidamente la obra de H. P. Lovecraft. Me la zampé con tal intensidad que no sé cómo escapé a una sobredosis de horror cósmico. Una vez agotado todo el material de este autor me percaté de algo terrible: el regocijo de leer a Lovecraft por primera vez me quedaba a partir de ahora vedado. Recuerdo que en ese momento me sentí traicionado, aunque no puedo precisar quién o qué era el responsable de esa impresión. Pensé que no era justo, que alguien tendría que haberme avisado. Me asaltó la ira y culpé al escritor de Providence por haber quemado algunos de sus primeros relatos. De no ser por su caprichoso criterio, aquellas narraciones habrían dilatado mi placer unas horas más.

Pero tranquilos todos los que estén en esta situación. Aquí os traigo una solución. Ya podéis dejar de acariciar ideas de suicidio. Afortunadamente, Lovecraft, como todos los grandes, hizo escuela. De eso me di cuenta peregrinando en busca de consuelo tras leer todo su trabajo. Y si bien yo había agotado toda la obra de su autoría, no la de aquellos que, seducidos por el maestro del horror cósmico, decidieron seguir su estela, continuar explorando los senderos que él había abierto y escudriñar los abismos que su febril imaginación llegó a atisbar. El Círculo de Lovecraft fue un movimiento literario compuesto por fanáticos de Lovecraft que complementaron su universo, su mitología, con relatos propios. Uno de los integrantes del Círculo fue Robert E. Howard, conocido por definir el género de brujería y espada en la literatura y por dar a luz a Conan el Cimerio. Este hombre también se dedicó a narrar otro tipo de historias, amén de las relacionadas con la fantasía. A él debemos algunos de los mejores relatos de terror del siglo XX.

La antología Los gusanos de la tierra y otros relatos de horror sobrenatural reúne diecinueve historias. Todas ellas atravesadas por la prosa enérgica de Howard, y construidas a partir de un argumento la mar de simple. El autor llega, en ocasiones, a plagiarse a sí mismo ideas, metáforas o incluso premisas, pero esta reiteración no hace que la lectura del volumen se haga pesada. Además, en algunas de estas narraciones se entremezclan elementos propios del subgénero de brujería y espada con el de horror cósmico. El resultado de semejante híbrido es completamente magistral.

Así que en estos relatos puedes detectar la impronta de Lovecraft, pero no son producto de un torpe imitador ni la tímida pretensión de emular a otro escritor. Howard no llega a renunciar nunca a su estilo, aunque con él puede complacernos a nosotros, aquellos que ingenuamente pensamos que el fantasma del escritor de Providence nos había abandonado.


También de Robert E. Howard en ULAD: Las extrañas aventuras de Solomon Kane

Firmado: Oriol Vigil

viernes, 18 de septiembre de 2015

Colaboración: El diario de Edith

Idioma original: inglés
Título original: Edith´ diaryFecha de publicación: 1977
Valoración: Muy recomendable

Patricia Highsmith, creadora de mundos cotidianos bajo los que late la maldad que lleva al crimen, nos demostró que los límites entre el bien y el mal son bastante más sutiles que en las novelas policiales al uso. Nos introdujo en ambientes de clase media, en familias de matrimonios aparentemente bien avenidos, en la mente de personas normales, hijas del tedio y de la rutina, pero obsesionadas y desesperadas en el fondo, que se van deslizando poco a poco al crimen o a la locura.

Todo en las novelas de Highsmith se reviste de una maldad aterradora, precisamente por lo imprevisible. El paso de un universo de clase media americana, como el de los inicios de una película de Spielberg, al infierno se hace de una manera sutil. No es el enemigo que viene de fuera y que rompe la armonía. El enemigo viene de dentro, de los oscuros rincones de mentes retorcidas que no son tan diferentes a las nuestras. Sus personajes, aparentemente anodinos, superficialmente buenos, son bombas de relojería, gente modélica que no lo es tanto, que vive en familias felices de puertas para afuera pero con oscuros secretos.

El diario de Edith comienza con un ama de casa ejemplar, casada y con un hijo, que se muda de Nueva York a un pueblecito de Pennsylvania. Lleva un diario en donde anota los pormenores de su bien organizada existencia en la que solo hay dos inconvenientes: tener que acoger en la casa al tío casi inválido de su marido y su hijo Cliffie, que desde niño da muestras de una maquiavélica rebeldía que su despreocupado padre atribuye a cosas de la edad. 

Un acontecimiento trivial y nimio, el suspenso de Cliffie a los exámenes de acceso a la universidad, lo desencadena todo. Ese día, Edith escribe en su diario: “Cliffie se examinó conjuntamente hoy de varias asignaturas en Trenton para el ingreso a la universidad y cree que lo ha hecho bastante bien. Se trataba de álgebra, inglés, francés, geografía, historia y química. Si consigue una media de 80 ira quizá a Princeton.” Edith se agita inquieta en la silla, luego deja la pluma y el diario y se pone en pie. Lo que acababa de escribir es mentira pero, después de todo, ¿quién va a saberlo? Y ella se siente mejor después de haberlo escrito, menos melancólica, casi alegre de hecho.

Pero esa mentira engendra otras y bifurca la existencia de Edith (toda mentira engendra una pequeña disociación y para justificarla hay que crear otra y otra más) hasta que la vida real y la imaginaria de la protagonista se van apartando de manera enfermiza.

Su vida conyugal se tambalea, su hijo se convierte en un haragán alcohólico cuyo pasatiempo es masturbarse con un calcetín y el día a día de Edith se desliza entre bandejas subidas al tío enfermo. El diario que escribe, en sus inquietantes mentiras, casi parece un anticipo profético de la era Facebook puesto que, ¿qué es Facebook más que el escaparate de vidas aparentemente perfectas, un medio de promoción personal o una distorsión idealizada que en casos extremos puede conducir a la locura?
Edith reprime sus emociones, experimenta el abandono de su esposo y el desprecio de su hijo; solo su diario, escaparate ficticio de una vida mediocre, le ayuda a seguir adelante… o a ir directa al abismo.
Retrato de un matrimonio convencional fracasado, estudio de la soledad, análisis de una familia disfuncional, historia enmarcada en la más estricta cotidianeidad, El diario de Edith es una novela que, aunque menos famosa que las de la serie de Ripley, basta para reconocer a su autora como una gran novelista. 

El estilo de Highsmith es sobrio, casi periodístico, un escalpelo que penetra en las mentes de sus personajes. Actúa como una tijera de podar de un jardín debajo del cual se escondiera un cadáver. Como con toda gran ficción, después de leer El diario de Edith algo cambia en nosotros y en nuestra manera de ver el mundo. Quizá en las ensoñaciones aparentemente inocuas de nuestra vecina se esconda la semilla de la locura, quizá en esa casa con un jardín de setos bien podados habite la demencia. Lo perturbador está más cerca de lo que creemos.

Tal vez incluso habite dentro de nosotros mismos.

Todas las reseñas sobre Patricia Highsmith en ULAD: Aquí
Firmado: Federico Escudero

jueves, 17 de septiembre de 2015

Jean-Philippe Toussaint: Hacer el amor

Idioma original: francés
Título original: Fair l'amour
Traductor: David Martín Copé
Año de publicación: 2013
Valoración: Muy recomendable

Llegué a este libro a través de Mobas, que a su vez, creo, llegó a él a través de Granite&Rainbow, así que por lo menos simbólicamente es un libro que nos hemos ido pasando de mano en mano, o mejor, de boca en boca. A veces no termino de coincidir con ellas en gustos, como en el caso de El nadador en el mar secreto, que me gustó solo relativamente, pero en este caso creo que estoy más próximo a su opinión.

Hacer el amor es una disección: la de dos personas que viven los últimos momentos de una relación agonizante, un proceso doloroso, confuso, lleno de nostalgia y de dudas. "Romper", dice el narrador, "era un estado antes que una acción, un duelo antes que una agonía". Con Tokyo como escenario de fondo (me ha resultado imposible no pensar, muchas veces a lo largo de la novela, en Lost in translation), la pareja protagonista llora, se besa, discute, pasea bajo la nieve y, sí, por supuesto, hace el amor, con la certeza (¿certeza?) de que será la última vez que lo hagan.

Toussaint escoge un tema difícil, por lo transitado que está ya el tema del (des)amor, y por la concentración del tema y de la acción en torno únicamente a la ruptura de la pareja (no hay digresiones, no hay apenas personajes secundarios, no hay tramas secundarias). Y sin embargo sale bien parado del esfuerzo, manteniendo la tensión de la trama, en parte con los vaivenes de los sufrimientos de los personajes, y en parte, también, gracias a un misterioso frasco de ácido clorhídrico que el narrador lleva consigo desde la primera línea, y que siempre planea sobre los personajes como una amenaza brutal (y simbólica).

Hacer el amor no esquiva ninguno de los aspectos propios del amor y el desamor: el sufrimiento egoísta, la mutua tortura de los rencores acumulados, la nostalgia de los inicios, los afectos subterráneos que se mantienen, el deseo que pide paso... De ahí que su lenguaje pase también de lo delicado, casi cursi (para mi gusto hay un exceso de "lágrimas ingrávidas" que "ruedan por la mejilla"), hasta lo brutalmente descriptivo ("Amanecía en Tokyo y yo le metía a Marie un dedo en el culo", termina la primera parte del libro).

Preciosa, por otra parte, la edición de la Editorial Siberia, con una imagen de portada que una vez más hace pensar en Lost in translation o incluso en Blade Runner.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Hilary Mantel: El asesinato de Margaret Thatcher

Idioma: inglés
Título original: The Assasination of  Margaret Thatchet
Año de publicación: 2014
Traducción: José Manuel Álvarez Flórez
Valoración: recomendable

En esta vida, cada cual hace lo que puede; es decir, lo que sabe o hasta donde le llega el talento. Un par de ejemplos: la anterior alcaldesa de Madrid le dedicó una plaza, en pleno centro físico y simbólico de la capital de España, a la mandataria británica Margaret Thatcher (en un alarde de coherencia, después colocaron a pocos metros de este lugar una estatua de Blas de Lezo, marino del siglo XVIII célebre por zurrarle la badana a los ingleses, precisamente; en fin, lo que la naturaleza no da, el barrio de Salamanca no lo presta...); en cambio, la afamada escritora Hilary Mantel, puesta a pensar en lo que había supuesto para ella la que fuera su Primera Ministra -a la que parece que tenía menos cariño que doña Ana Botella-, se le ocurrió hacer un relato sobre cómo podría haber sido su asesinato, allá por 1983 (por cierto, ¿se considera apología del terrorismo imaginar cómo podría haber sido un magnicidio -gracias por el término, Francesc- que, obviamente, no ha tenido lugar? En España, no me extrañaría que sí. En el Reino Unido, parece que no). Es decir, convirtió su opinión sobre Mrs. Thatcher -irritación, diríamos- en un motor de creación literaria y le salió un relato que, sin caer en el fácil efectismo ni en dramatismo alguno, mantiene vilo al lector hasta la última línea... literalmente. 

Este, sin duda, parece ser el relato estrella del libro, primero por lo llamativo de título y argumento, pero también porque es uno de los mejores. Y creo que el más optimista. El resto de los cuentos -me cuesta un poco llamarlos así, pero vale, en aras de la no reiteración- comparten, además de su excelente factura, la mirada femenina de sus protagonistas/narradoras, a excepción de uno, El QT largo, en el que el punto de vista femenino es, digamos, colateral... Nos ofrece, pues, un muestrario de tipos de mujer, que van desde el recuerdo de una niña curiosa o la escritora recluida por obligación (también hay otra escritora, pero ésta debe relacionarse con el mundo, también por obligación) a la turista en un país extranjero -e inquietante-, a la hija despechada o la criada asiática crudamente consciente de su desamparo. Porque la otra característica que reúne a casi todas las protagonistas de los cuentos es la consciencia de su vulnerabilidad y de las limitaciones que les son impuestas; limitaciones contra las que algunas se rebelan -de manera más o menos fructífera-, otras acatan como parte de las reglas de juego y otras tratan de sortearlas. Pero esas limitaciones y su percepción están presentes en todo momento; algo quizá no tan frecuente -o evidente- en los relatos con protagonistas masculinos.

Que Hilary Mantel es una escritora sumamente inteligente y perspicaz -es extraordinaria su atención a los detalles, por ejemplo- es algo evidente desde la primera página del libro. No menos evidente que escribe de forma magnífica, con un estilo claro y fluido pero rico y en absoluto simplista. Hay también una continua presencia de humor, por supuesto, aunque éste resulte más bien oscuro, mordaz y hasta inclemente con los personajes. Y hay un par de incursiones originales en el género de terror, si bien este elemento terrorífico se ve muy matizado por otro tipo de inquietud, más habitual y nada sobrenatural, que impregna casi todos los relatos del libro. Inquietud, desasosiego, desamparo. Pero también lucidez, ironía, inteligencia. Ésas son las sensaciones que me ha dejado el libro. Y que en las manos apropiadas la literatura puede sacar petróleo de cualquier parte. Hasta del recuerdo de Mrs. Thatcher.

martes, 15 de septiembre de 2015

Pilar Eyre: Mi color favorito es verte

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: prescindible

Una cuestión que me tiene mosqueadillo. Dicen, los contendientes a ciertos premios literarios son textos que se presentan bajo pseudónimo. Por lo del presunto amiguismo literario en los jurados, ya sabéis. Por lo de los amaños, ya sabéis. Yo me pregunto, entonces, cómo se ha hecho para que esta novela evite ser identificada, cuando es autobiográfica a más no poder, su autora se refiere a sí misma de forma constante y da constantes pistas ineludibles sobre su persona. Y no me lo explico, o, peor, me lo explicaría si dijera sí, estoy de acuerdo, todo está amañado y conchabado y el finalista del Planeta es solo un elemento más en la planificación orientada a la venta a porrillo. 
Sirva esto, por cierto, como primera maniobra de distracción hacia lo que, seguro, será tildado por muchos lectores como lectura indigna, pérdida de tiempo, desperdicio de papel y otros argumentos que comprendo, comparto, pero que rebato con una contundente y patética explicación. 
Es que de vez en cuando me apetece la carne cruda. Metafóricamente hablando. Y he de reconocer que, por ejemplo, en el autobombo de Mejide esperaba encontrar oculto algún talento para un cierto nivel de ironía imaginativa (no lo había: cero). He albergado esperanzas de que libros con una pinta horrorosa me depararan alguna sorpresa, algún pretexto, algún matiz, algún resquicio en el que en alguna circunstancia pudiera recomendar su lectura a algún lector. Pues bien: Mi color favorito es verte no va a ser, tampoco, el caso.
Para los marcianos: Pilar Eyre sale en Telecinco y ha escrito alguna cosa de novela histórica, o sobre monarcas españoles o sus familias o sus líos. Enough said.
Parece, confiesa en las páginas de este folletín, que este tipo de lecturas ya no venden un mango. Y que Ricardo, su editor, preocupado porque el mundo pueda perderse el talento de esta señora de pose elegante y cara, erm, recauchutada, la contacta para que escriba algo diferente. Este es el punto de partida del libro, y Eyre es aquí el reverso del héroe de Blitz. Ergo, la señora madura aburrida que seduce al corresponsal de guerra francés, más joven y vive un romance de alto octanaje. O se supone.
Problemón: 70 páginas son suficientes para que uno se canse de tanta tontería. Sobre todo de las que la autora intercala con la única finalidad de epatar. Peligroso pensar que el relleno puede justificar o compensar una trama que no es ni eso. Esta es una historia que se resume en cuatro frases. Eyre, famosilla, conoce a Sébastien, francés misterioso, retozan, él desaparece, ella se obsesiona, indaga sobre él. Amoríos de verano, versión senior. 
Para esto, desde luego, no se necesitan más de 300 páginas. La autora mete relleno a puntapala. Relleno del que irrita un poco: que si soy millonaria, que si tengo dos carreras, que si conozco gente muy importante, que si Llafranc, que si la Vía Augusta, que si un perro con nombre de guitarra, que si un hijo triunfador en el e-business, que si relojes de 90.000 euros. Todo ese aderezo, que lo único que viene a aportar es que ella es exactamente el tipo de público al que dirige sus libros (señoronas de mediana edad y alto poder adquisitivo aburridas entre inyecciones de colágeno o ácido nosequélónico y clubes de bridge en localidades de veraneo), y que constituye. muy a su pesar, el involuntario centro del libro, y, en última instancia, el lastre que lo hunde por completo. Sin menospreciar ciertos episodios y escenas, o el final, en el que dan ganas de preguntarle a la autora si toma a sus lectores por imbéciles.
No voy a atribuirle a Eyre la virtud de lo metaliterario. Lo de jugar con lo que es o no es real con el lector no incluye el mentir sobre las cosas, alterarlas con engaños para maquillar la historia, o hacerse la sofisticada. Por ahí no pasamos. Pilar Eyre no es Cercas. Sopas se ha de tomar, en su mejor momento, para tener capacidad narrativa y complicidad con el lector como el de Ibarhernando. No jodamos, Pili. Mi color favorito es verte es pura basura (tarde, pero me he soltado), porque la escritora considera que, imposibilitada por los motivos expuestos de generar el morbo sobre los actos de otros (famosos) se llega a pensar que a alguien puedan interesarle los suyos. Trampa, enorme, trampa que puedo perdonarle a Milena Busquets (y no demasiado, a mi reseña me remito) por su bagaje personal, pero que a la Eyre, perdonen, pues no. Dudo que la Busquets baje a esas catacumbas a las que la Eyre, por estrictas exigencias de facturación, desciende de mil amores.
Todo ello con una escritura forzada y dispersa, empeñada en reivindicarse, pero con una absoluta torpeza donde, en el afán de pinturrajear tanta insustancialidad de una patena literaria, disponemos de un ramillete de recursos siempre mal ubicados: construcciones cursis, metáforas tópicas, carnalidad mal entendida, sin darle a las cosas el nombre que tienen (no sea que alguien se escandalice), referencias culturales (poquitas, lo primero en que uno repara es que Pilar Eyre no lee demasiado) de una obviedad escandalosa.
Pilar Eyre se atribuye en varios momentos una condición de escritora de segunda fila. De hecho, lo repite constantemente a lo largo del libro: soy escritora, soy escritora. Lo dice ella, no yo. Su fila, por eso, no es la segunda: está un poco más atrás. En función de lo leído aquí, más cerca de la última