Año de publicación: 2025
Valoración: recomendable... quizás
Para quien nos lea desde fuera del Reino de España, hay que explicar, por si no lo saben, que el 29 de octubre de 2024 se produjo, cerca de la costa mediterránea, una Depresión Aislada a Niveles Altos o DANA que provocó unas violentas lluvias torrenciales y éstas una riada catastrófica que arrasó varias localidades de la provincia de Valencia, sobre todo las situadas en la periferia sur de la capital. El resultado fue, además de los enormes costes materiales, la pérdida de 230 vidas humanas, muchas de las cuales, sin duda, podrían haberse salvado de haberse dado a tiempo la alarma prevista para casos así. Este penoso suceso es el que sirve de hilo conductor al arquitecto, divulgador y escritor Pedro Torrijos para guiarnos, en este pequeño ensayo, por un recorrido geográfico e histórico peculiar: el que transcurre por grandes desastres en los que la arquitectura o la ingeniería fallaron -o, casi peor, no lo hicieron, en algún caso- produciendo la muerte de miles de personas.
De esta forma, nos lleva a diversos escenarios catastróficos de los últimos 70 años, que ocuparon primeras planas en los periódicos y muchos minutos de telediario, aunque, en algunos casos, ya han sido olvidados fuera de las localidades donde sucedieron: desde el derrumbe del Rana Plaza en Bangladesh, en 2013, al de los almacenes Sampoong de Seúl, en 1995; del derrumbe de la presa francesa de Malpasset en 1959, al no derrumbe de la de Vajont, en Italia, cuatro años más tarde -lo sí que se derrumbó, sobre el embalse, fue la montaña adyacente, provocando una ola de 250 metros de altura que sobrepasó la propia presa-; del derrumbe del techo del teatro Knickerboker de Nueva York, en 1922, a, en España (aunque seguramente sería fácil encontrar ejemplos similares por todo el mundo) el del restaurante de la urbanización de Los Ángeles de San Rafael, en 1969. Por no obviar otra tragedia ligada al agua, en Valencia: la crecida del río Turia en 1957. La narración de todos estos sucesos, siempre bien aderezada por los comentarios, disquisiciones y digresiones sobre temas variados que le van surgiendo en el relato: desde la necesidad, precisamente, de explicar lo que ocurre por medio de un relato, hasta disquisiciones arquitectónicas o históricas. Es verdad que a veces parece irse un poco por las ramas, pero siempre retoma el hilo y, además, esta forma de contar es característica de este autor, como sabrá quien haya leído algún otro de sus libros o lo siga en las redes sociales.
Ningún problema por mi parte, sin embargo. Otra cosa ocurre cuando se refiere al desastre que abre libro y al que vuelve de forma recurrente a lo largo del libro, la riada del 29 de octubre de 2024. En el cuarto capítulo, titulado, apropiadamente, La culpa y el espectáculo, hace un repaso de todas las culpas que se han atribuido, desde diferentes ámbitos, acerca de lo sucedido. Es verdad que hay algunas "culpas" que el propio autor desestima como absurdas, como las que se echaron -interesadamente, añado yo- sobre la Agencia Española de Meteorología -AEMET- o la Confederación Hidrográfica del Júcar. O incluso el propio sistema democrático, así en conjunto... Pero cuando menciona a los otros posibles responsables más directos, como el Gobierno de la nación y el Gobierno de la Comunidad Valenciana, se diría que pone la responsabilidad de ambas instituciones en el mismo plano, cuando no fue así, en absoluto. Y, lo que es peor, que quienes atribuyen estas responsabilidades o culpas, si se quiere, a unos y a otros también están en el mismo plano, cuando en un caso se trata de las familias de las víctimas y afectados de esas localidades -y el pueblo valenciano, en general-, mientras que, por otro lado, pueden ser, perfectamente, trols agitadores de la ultraderecha o incluso partidos políticos que tratan de aplicar la estrategia del calamar creando una nube de tinta. O, peor aún, de mierda. No son lo mismo, para nada, pero claro, ya se sabe -se explica anteriormente en el libro- que los humanos necesitamos encontrar culpables para poner punto final y procesar las desgracias que nos ocurren y tal y cual... No es porque haya una necesidad de justicia cuando hay muertos provocados por la incompetencia, en el mejor de los casos, de los responsables de que esa desgracia no ocurra o, cuando menos, provoque los menos daños posibles, no, qué va...
Además, en el epílogo viene a decir que la alarma que debió emitir a tiempo el Gobierno de la Generalitat Valenciana y que se hizo con fatal retraso, cuando ya había decenas de fallecidos, en realidad tampoco hubiera servido de mucho, por la saturación de señales, noticias, avisos de todo tipo a las que estamos sometidos hoy en día. Ya que, según el este libro, "si hemos llegado hasta este punto quizá no se trate de fabricar más sirenas, sino de aprender a distinguir el silencio. Porque a veces el problema no es que falte la señal, sino que no sabemos cuándo ha empezado a sonar. O peor, que suene todo el tiempo". Pues puede ser, pero en este caso no sabemos lo que habría pasado de emitirse a tiempo, puesto que ni hubo señal ni sirena ni nada de nada... Porque en la tarde del 29 de octubre del 2024 el entonces señor presidente de la Generalitat Valenciana, el (muy poco) Honorable don Carlos Mazón, que debía autorizar esa alarma, estuvo varias horas pasándoselo pirata en el reservado de un restaurante junto a una atractiva señora y haciendo caso omiso de las informaciones de que algo grave estaba ocurriendo. Y la siguiente en el escalafón que podía haber autorizado la alarma, la señora consejera doña Salomé Pradas (hay que señalar que Torrijos no da ningún nombre... al menos en este tema) resultó ser una incompetente e irresoluta incapaz de tomar ninguna decisión por sí misma, no fuera a ser que la movieran de la silla. Luego sí que hubo responsables y aun culpables, señor Torrijos. Que yo entiendo que no se quiera mojar demasiado porque el asunto todavía está en proceso judicial y, por supuesto, nadie ha sido condenado (todavía), pero tampoco me parece de recibo escribir un ensayo sobre esta tragedia, un año después de lo ocurrido e irse por los cerros de Úbeda, como si estuviéramos hablando sólo a nivel teórico, de una hipótesis de trabajo o un suceso acaecido hace mucho tiempo y muy lejos -peor aún: en el resto de casos que menciona, sí que da nombres de arquitectos y constructores, sin ningún problema, incluyendo, cómo no, al ínclito Jesús Gil-... En fin, que se puede ser cauto y eso es respetable e incluso aconsejable, pero ante todo hay que ser lo suficientemente honesto para no andar templando gaitas en un asunto así, que después puede haber malentendidos... Ahora bien, como, por mi parte, yo también intento serlo (y sin ánimo de templar nada), no quiero acabar la reseña sin reiterar que, en todo lo demás, este libro está muy bien.
Nota final: no me extrañaría que en los comentarios aparecieran los (o el) anónimos de costumbre quejándose de que ya estamos otra vez hablando de política y que si patatín y patatán... Dejando aparte de que, por lo que sea, sólo suele haber quejas desde un punto de vista "extremocentrista", por decirlo así, el libro habla de un suceso y unas responsabilidades (políticas, aunque yo espero que también penales) ocurrido en Valencia hace menos de quince meses... ¡Qué coño, pues claro que hay que hablar de política, que no vivimos en una urna de cristal! Y entonces se trató de una riada en l'Horta Sud de Valencia, pero también puede ocurrir en otros sitios. O que se produzcan unos incendios en Castilla y León o Galicia, una nevada en Madrid o una incluso pandemia mundial... Más nos vale estar un poco más atentos a lo que hacen nuestros dirigentes y no cogérnosla tanto con papel de fumar, ni siquiera en un blog que habla de libros, porque nos jugamos la vida, literalmente...
También de este autor en Un Libro Al Día: Territorios improbables

2 comentarios:
Ya estamos otra vez hablando de política...
Totalmente de acuerdo con Juan GB
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