Año de publicación: 1980
Valoración: Interesante
Quizá a estas alturas no resulte muy original hablar sobre la censura en la España de Franco, a lo mejor ni siquiera hay mucho de que hablar que todos no sepamos o podamos intuir, porque es obvio que una de las normas inexcusables de cualquier régimen totalitario o autocrático (y el franquismo fue las dos cosas) es eliminar la libertad de expresión, y con ella todo lo que pueda ser sospechoso de menoscabar la autoridad o de oponerse a los supuestos principios en que se apoya.
Aun así, hay cierta bibliografía sobre el tema, entiendo que cada vez menos de moda, entre la que la obra de Manuel L. Abellán que tocamos hoy es uno de los trabajos más antiguos, centrado casi en su totalidad en el ámbito de la creación literaria. Como el tema se presta a la crítica política y, por qué no, también al sarcasmo, sorprende de entrada que el libro tiene un claro carácter académico, incluyendo una exposición bastante detallada sobre la organización del sistema censor del franquismo, estadísticas sobre libros rechazados o enmendados en función de fechas, géneros literarios, etc. Todo lo cual le otorga una apariencia algo aséptica que sin embargo pronto queda desmentida.
Por resumir muy por encima algunas cuestiones tratadas en el libro, se podría analizar a los dos colectivos protagonistas del proceso:
Los censores
Dice Abellán que en los primeros tiempos, antes incluso de finalizar la guerra, el franquismo puso especial interés en que el trabajo censor recayera en manos de personas con cierto nivel intelectual. Más adelante, seguramente en vista de la magnitud de la empresa, la exigencia se fue diluyendo a medida que se multiplicaba el número de censores (lectores en lenguaje del momento), con lo que es fácil concluir que pasarían a engrosar sus filas buen número de personajillos deseosos de hacer méritos. Quizá fue alguno de ellos quien pretendió suprimir de un texto todas las palabras esdrújulas por parecerle que no sonaban bien, aquel otro que masacró un trabajo de Ana María Matute porque hay cosas sobre las que una mujer no debe escribir, o el que se atrevió a intervenir en un manual de contabilidad, que ya hay que estar enfermo.
Hay que subrayar que los censores no siempre eran funcionarios del Ministerio o peones locales del Movimiento. Ahí podían meter mano sin restricciones por supuesto la Iglesia, el Ejército, e incluso la Policía, siempre que se sintiesen de algún modo afectados. La moral (el sexo por encima de todo), la política, las instituciones del nuevo Estado o la Historia patria fueron algunos de los muros que no cabía saltarse.
Los censurados
Censurados eran en realidad todos los creadores de cualquier tipo, obligados a pasar el control previo. Pero ahora me refiero a aquellos, muchísimos, que sintieron las tachaduras del lápiz rojo (que en realidad creo que era azul, por si acaso) emborronando sus galeradas. Por lo visto, Pío Baroja y Jardiel Poncela fueron de los primeros en sufrirlo, y por cierto el escritor madrileño demostró por lo visto una inusitada capacidad para adaptar su texto a las exigencias del momento. En realidad, a excepción de unos pocos que se fueron a publicar a otros países, eso mismo (suprimir, cambiar, adecuar) fue lo que hicieron la inmensa mayoría de autores, casi siempre empujados además por sus editoriales, que lógicamente querían sacar los libros al mercado por encima de todo, inclusive por encima de su integridad (la del editor y la del propio libro). Lo cual lleva a plantearse por ejemplo si es ético y coherente plegarse a cambiar lo creado para colar por las tragaderas de una dictadura, o si por el contrario es exigible echar por la borda un trabajo de muchas horas por hacer honor a los principios, o simplemente por defender la propia obra.
La censura, en nuestro caso franquista, hace brotar además infinidad de cuestiones, como por ejemplo, en qué condiciones nos han llegado y hemos leído centenares de ediciones de la época, cuántos títulos han sido reeditados más tarde en su versión original, o cuál fue a nivel creativo el efecto de la censura en el desarrollo de la literatura española de la época. Asuntos en los que el libro, como digo muy circunscrito a su objetivo, no entra o lo hace tímidamente, aunque sí se permite ciertas reflexiones en torno a la autocensura, la ‘censura editorial’ en sentido amplio, y en definitiva el margen real de libertad que el autor tiene si de verdad quiere publicar, aunque sea, en el mejor de los casos, en un entorno en principio sin restricciones.

2 comentarios:
Hoy día hay censuras muy absurdas, como el de la novela gráfica Maus o los libros de Roald Dahl
Yo creo que la censura en general es siempre bastante absurda, porque o intenta manipular al lector o le trata como a un imbécil incapaz de entender lo que está leyendo. Y casi siempre las dos cosas a la vez. Patochadas de censores las hay a montones, lo que pasa es que este libro en concreto es bastante serio y no se regodea apenas en los ejemplos, con lo que igual nos priva de unas buenas carcajadas.
Publicar un comentario