Año de publicación: 2022
Valoración: está bien
Edición en formato libro de una conferencia que dio Alan Pauls en 2019, el ensayo (con un prólogo casi más largo que el mismo), trata de las dudas y desavenencias del escritor frente a la tarea de corregir un texto "ya terminado". A raíz de la cita de Beckett, "Probar otra vez. Fallar otra vez. Fallar mejor", el autor desarrolla la tesis de que el miedo del escritor a corregir el texto deriva de dos conceptos: el primero es la sensación de enfrentarnos ante lo que todavía no es, es decir, un texto más o menos pulido y presentable al mundo, la posibilidad, a la hora de retocar lo escritor, de enfrentar miles de opciones en cada frase, de decidir el ritmo, el impacto, etc, para consolidad el poder del relato. Eso por un lado. El segundo concepto es más terrenal y refiere a la pereza (¿inherente?) del que escribe; luego de dedicar ímprobos esfuerzos al texto, de construir una estructura, ya sea simple o compleja, de crear personajes, de dotarlos de interés e ideas, todo lo que ya conocemos, darse cuenta que aún hay que corregir, y que la tarea de hacerlo es infinitamente más complicada que la de crear.
Corregir, dice Alan Pauls, "nos confronta con nuestros vicios, nuestras comodidades, nuestra pereza, y con el repertorio de coartadas grotescas que nos hemos dado para evitar que nuestros vicios nos avergüencen, y porque puede que al ponernos a corregir —es lo más probable— tropecemos con una evidencia que nos congelará la sangre de espanto: que lo que hicimos no funciona, no hechiza a nadie, no servirá". No hay mucho que agregar luego de esta frase. Yo mismo, que he escrito varias novelas, me identifico plenamente con ambos conceptos y con la certeza absoluta de que, al revisar el texto, me encontraré con errores absurdos, de esos que me prometí varias veces no volver a caer. Y lo sigo haciendo. ¿Y qué pasa cuando uno sigue cometiendo los mismos errores? ¿Qué pasa cuando, ante la odiosa tarea, uno siente que no da más, que se hartó de tener mil versiones distintas que no llegan nunca al objetivo final?
Y ahí es cuando Pauls nos señala que la corrección puede convertirse en algo que no sea la tarea de Sísifo, una condena, una espada de Damocles; puede llegar a ser una tarea igual de productiva que la creación misma. Empieza, entonces, a citar y a contar anécdotas de varios escritores con fama de corregir hasta la obsesión: Proust, Joyce (ambos llenaban de notitas sus cuadernos, haciendo imposible leer la versión original). Para ellos, según Pauls, corregir era la continuación de escribir, igual de liberador e igual de necesarios, porque para ellos era su vida, no tenía ni un ápice de vergüenza ni preocupaciones a la hora de mejorar el texto. Corregían y ya, sin un tópico de lo que Debe Ser la literatura (las mayúsculas son del autor). Pone ejemplos de contenidos audiovisuales, como Twin Peaks, y se pregunta qué hubiera pasado si Lynch se limitaba a seguir las normas clásicas de los guiones cinematográficos: arcos de personajes, momentos clímax, revelaciones, etc.
En fin, que luego de más ejemplos, resume en que cada uno de ellos fallaba en lo mismo y varias veces, y fallar siempre en un determinado punto es indicio de un síntoma, no de una falla de carácter: es la demostración del particular punto de vista del autor, de que no concibe la vida de otra manera, y que el error en el que vuelve a caer en realidad es su expresión creativa. Lo que se debe hacer, entonces, no es solucionar el problema, sino profundizarlo (y lo equipara al problema de las drogas, lo cual no creo que sea una buena analogía...), y cita a Knausgård (KOK para los amigos y enemigos de ULAD) como alguien que no corrige y que no se preocupa por las críticas, porque tiene algo más importante que contar, y lo que cuenta (en este caso los tomos de Mi Lucha) es perfectamente coherente con la falta de corrección (otro argumento que no me convence nada de nada; por más que sea su propia vida, al momento de ponerlo en un papel, ya está ficcionalizado, y por lo tanto parte de vos lo puede ver de manera crítica).
He contado casi todo lo del libro. La verdad, más allá del prólogo, que es larguísimo y no aporta mucho de interés, es que es un ensayo que peca de obviedad y redundancia. Es una racionalización de lo que ocurre en el momento de la corrección y nada más. Lo único que ofrece es una solución al hecho de la pereza o fastidio de la corrección, pero dudo mucho que a un escritor, al menos uno que se tome en serio la tarea de la escritura, se sienta aliviado solo porque a Joyce le pasaba. El hecho es que igual se tendrá que enfrentar con las letras impresas o digitales y seguir leyendo los mismos errores y seguir frustrándose porque siente que no mejora en nada.
La edición de Gris Tormenta también es algo discutible: si bien se lee con agrado, publicar esta conferencia con un prólogo es casi que innecesario, porque el texto no llega a las ochenta páginas, y mucho más cuando los párrafos están alineados a la izquierda y no justificados.
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