sábado, 7 de enero de 2023
Gonzalo Suárez: La musa intrusa
lunes, 13 de diciembre de 2021
Gonzalo Suárez: Rocabruno bate a Ditirambo
Año de publicación: 1964
Valoración: Recomendable
Esto de escribir reseñas tiene su cosa, no crean. Como hemos comentado alguna vez, cuando el libro es muy bueno, la reseña sale sola, es una delicia intentar transmitir el placer experimentado. Si es malo, solo hay que dejar salir los demonios de la decepción, si acaso echando un poco el freno para no hacer demasiada sangre de quien, pese a todo, ha sido capaz de escribir un libro. La cosa es más complicada cuando entramos en el terreno, generalmente mayoritario, de lo que no es ni fu ni fa: aquí hay que hilar fino y detectar virtudes y defectos. Y luego hay libros raros, complejos, o que por alguna razón se hacen opacos o impiden orientarse fácilmente al lector. Soluciones posibles: echar mano de la retórica sin mojarse mucho para parecer que hemos sabido descifrarlos, una actitud desdeñosa para salir del paso sin quedar mal, entusiasmo ficticio para disimular la perplejidad y de paso impresionar a quienes se confiesan perdidos.
Este es un libro raro, de lectura gratificante, hasta divertida, y a la vez difícil no ya de leer (que no) sino de asimilar en su conjunto y en cada uno de sus muchos meandros y conexiones. Así que vaya lo anterior como excusatio non petita de lector-reseñista un poco estupefacto.
Descubrí a Gonzalo Suárez, ya lo dije en su momento, por pura casualidad, y me sorprendió muy gratamente su capacidad para contar cosas sin corsés de ningún tipo, para montar un híbrido de autobiografía y novela (ver enlace abajo) con continuos cambios de color, que dejaba la sensación de talento fluyendo con total libertad al margen de etiquetas, modas y convenciones. Rocabruno bate a Ditirambo coincide en esa libertad creativa, aunque con algunos matices y, habiendo sido escrita cuarenta años antes, deja claro que estamos ante un autor indomable, que sigue su propio camino.
José Rocabruno es un escritor que intuimos arrastra ciertos problemas de creatividad y siente cercano su fin, ya sea biológico o literario. José Ditirambo es un periodista burbujeante, con éxitos recientes como haber descubierto el enigma del oso de Riverdale, un animal que se proponía dominar el mundo (sic) y que termina abatido por un peculiar cazador. Mientras Rocabruno se afana en proponer nuevas ideas a su editor (la primera carta que le dirige contiene, en un par de páginas, toda una teoría sobre la relación entre actor y espectador), Ditirambo se ve envuelto en una compleja y disparatada trama que ocupa la mayor parte del libro, en la que, por ilustrar un poco, se podría citar:
- Un intento de asesinato mediante el método Goldfinger (por cierto, película estrenada el mismo año de la publicación del libro): cubriendo a la víctima con pintura dorada
- Un boxeador que acude debilitado al combate de su vida porque debe extraerse sangre para alimentar a su madre, que la consume a tazones y no es fácil de saciar
- El Tibidabo empieza a emitir extrañas emanaciones (algo que ya ocurrió antes en Londres) que provocan en la población reacciones todavía no bien determinadas
Y así seguiríamos con numerosas extravagancias que se presentan, bien como elementos de la propia trama, bien como noticias que irrumpen en el relato y a veces se incorporan a él. Verán que la imaginación que puede escasear en Rocabruno no le falta precisamente a Suárez. Algo me hace recordar a algunos de los relatos disparatados (y, claro, muchísimo más recientes) de Antonio Orejudo, pero a diferencia de aquellos, aquí nada parece del todo gratuito, todo parece tener un sentido aunque sea difícil colocarlo en su lugar correcto. Las aventuras de Ditirambo tienen bastante de parodia de novela negra (o cine negro), y el mismo sustrato caricaturesco se ve en la igualmente oscura historia de cierta Caperucita negra, una misteriosa joven que se imbricará finalmente en lo que adivinamos como esquema principal de la novela.
En realidad, es muy posible suponer que Rocabruno y Ditirambo son en realidad un solo personaje, objeto de un desdoblamiento que, oculto en alguna alusión a la ventrilocuencia (no tengo claro que exista esta palabra) podría ser una pugna entre el autor y su personaje, no en vano el nombre de Ditirambo se repite en algunas de la películas del novelista-director del que hoy nos ocupamos. Quizá debemos pensar en el escritor que, sintiéndose marchito, se monta un brainstorming bastante loco de donde capturar ideas que por sí mismas no fluyen como debieran. O, bueno, cien posibilidades más para quien se decida a explorar en serio los entresijos de esta historia.
Lo que es indudable es que detrás de todo el desparrame se dejan ver hilos que parecen consistentes, hay una urdimbre, difícil pero perceptible, entre los protagonistas (sean dos o solo uno) y los distintos personajes que van apareciendo, algunos de los cuales, oscilando entre lo real y lo imaginado, tienen un papel relevante en la propia vida de los Josés. El problema es que descubrirlo no es nada sencillo, y requerirá una lectura más bien pausada y muy atenta que, reconozco, no ha sido el caso de la mía. Por mi parte, lo confieso, he preferido adoptar la posición de lector más superficial, sin voluntad de descender a los recovecos más escondidos del relato, que seguro que se podrían descubrir muchos y muy bien construidos. Al menos por esta vez, he preferido quedarme con lo externo, lo cual asumo que se me puede reprochar y con razón, pero también diré que así he disfrutado del libro, me he reído con los disparates, con las parodias, he gozado con su ritmo acelerado y me lo he pasado genial con el derroche de imaginación de don Gonzalo. Quizá poco serio para alguien que escribe reseñas, pero gratificante para quien, en definitiva, no es más que un lector corriente.
P.S: He puesto una cubierta diferente de la que tiene mi edición del libro, aparte de porque no me gusta demasiado, porque la de El hombre que soñaba demasiado parece una versión actualizada de la que he puesto arriba. Fijo que ahí hay algún mensaje.
martes, 29 de julio de 2014
Colaboración: El hombre que soñaba demasiado de Gonzalo Suárez
Año de publicación: 2005
Valoración: Muy recomendable
Es este el típico libro que se lee por casualidad. Se lo encuentra uno en casa y, "¿qué coño es esto?", "¿quién lo ha comprado?" Y cuando fortuitamente nos encontramos con un hueco porque la siguiente lectura prevista la hemos descartado por algún motivo, pues venga, vamonos con el Suárez este, que me suena como director de cine o algo así.
Y cuidado que el título (que suena a tostón hollywoodiense candidato a Oscar) es de verdad disuasorio, y qué decir de la horrenda portada; pero entre tanta calamidad y tan adversas señales, héteme aquí, señoras y señores, que hemos encontrado un muy buen libro.
La cosa arranca como una peculiar autobiografía, rápida, a base de cuatro fogonazos lanzados con el estilo cortante, abrupto y oscuramente irónico que no nos abandonará en todo el libro. Y en seguida, tomando pie en un sueño, se adentra en un terreno fascinante donde ‘como en un recodo del río confluyen los sueños, los recuerdos y los hechos’.
Así, el relato, atrayente y poderoso, que en ocasiones adquiere caracteres góticos, es un continuo entrar y salir entre la realidad y el sueño, un deambular en el filo de dos mundos que interfieren y se condicionan, formando con el paso de las páginas una extraña red, a veces tenebrosa, a veces vivificante, que constituye al mismo tiempo una pesadilla y un retrato de lo vivido.
Suárez maneja formidablemente esa ambivalencia de los materiales, y los va retorciendo una y otra vez sobre sí mismos, hasta dar la sensación de perder él mismo la percepción de hasta dónde llega lo real y lo ficticio, lo que nos va conduciendo a un túnel cada vez más angustioso.
Ciertamente, del túnel sale uno de golpe y porrazo en cuanto se encuentra con un rótulo que pone ‘Segunda parte’. Da la impresión de que el autor se ha cansado de toda esta locura, o se la han acabado las pilas, no sé, y volvemos por un tiempo a un relato autobiográfico más o menos convencional. Pero irremediablemente, como si fuésemos el objeto de una fatalidad eterna, los cielos vuelven a teñirse de sombras...
Naturalmente, no sigo para no espoilear. Pero tampoco puedo terminar sin reiterar que estamos ante un libro que rompe esquemas, sorprendente y subyugante, que le deja a uno tan descolocado como enredado sin remedio en la atmósfera oscura de una realidad soñada.
martes, 1 de diciembre de 2015
Fernando León de Aranoa: Aquí yacen dragones
Año de publicación: 2013
Valoración: recomendable
sábado, 12 de agosto de 2023
Juan Marsé: El embrujo de Shanghai
Año de publicación: 1993
Valoración: Recomendable alto
Aunque confieso que le tenía un poquillo olvidado, siempre he pensado que Juan Marsé es un grandísimo narrador, en el sentido más literal, no solo que escribe bien, sino que cuenta muy bien, que quizá no es exactamente lo mismo. Se puede escribir bien de muchas maneras, con diferentes estilos o manejando recursos muy diversos; pero a la hora de narrar, yo creo que solo cabe hacerlo bien o mal en sus diversos grados, es decir, haciendo llegar el relato al lector y haciendo que le interese, que de alguna manera sienta que tiene entre manos algo importante, atrayente por alguna razón, algo bien hecho. Marsé construye buenos relatos y los cuenta con soltura y con la naturalidad de quien tiene talento para ello.
El escenario de El embrujo de Shaghai es el más habitual en la trayectoria de este autor, al menos en lo que yo conozco: Barcelona unos pocos años después de la guerra, cuando la sociedad ha empezado a reconstruirse bajo el nuevo Régimen, una ciudad gris y algo mugrienta, con algunas oleadas importantes de inmigrantes, donde el futuro de la mayoría se sitúa muy poco más allá de mañana, y los chavales se dedican a callejear o al menudeo, o sirven como aprendices de algún artesano o comerciante. Es seguramente el escenario de la adolescencia del propio Marsé, y observamos también, quizá de forma más solapada que en otras novelas, el contraste de las clases bajas con las familias algo más acomodadas.
En este escenario irrumpen algunos miembros del maquis, personajes que habitualmente cuentan con escasa presencia en la ficción, tipos que entran y salen de forma clandestina para preparar acciones, reclutar activistas o mantener contactos en el interior. Uno de ellos, el Kim, lleva tiempo medio desaparecido, sin más contacto con su familia que alguna pequeña carta. Su mujer y su hija adolescente y enferma de tuberculosis fantasean con el día en que el Kim vuelva para llevarles con él muy lejos. Entretanto, el chaval protagonista y parcialmente narrador entra por casualidad en contacto con la casa del ausente Kim, que visitará cada día durante un tiempo. La llegada coincide con la visita de un tal Forcat, compañero del combatiente desaparecido, que amenizará las tardes de los chavales contando las exóticas aventuras que han impedido al padre volver a encontrarse con su familia. Y bueno, ya he contado más de lo que acostumbro, creo.
La aparición del maquis, aunque sea meramente instrumental y ceñida a unos pocos personajes sueltos, acentúa la sensación de país sumido en la oscuridad del protofranquismo, porque la acción de estas guerrillas representaba una última opción de derribar al Régimen, opción sin embargo tan lejana e improbable que por el contrario parecía anunciar lo inevitable del destino de las próximas décadas. De esta forma, las estimulantes aventuras que con mucha destreza describe Forcat son una ventana a otros mundos, lejanos, excitantes, que sirven de bálsamo a la postración, el desánimo y la rebeldía infructuosa que, no sé si voluntariamente, pueden personificarse en la joven Susana, encamada, febril y rodeada de emanaciones de eucaliptos.
El contraste no es solo social, sino también individual. El fascinante relato del visitante, lleno de viajes y peligros, con el fondo de la eterna pugna entre el bien y el mal, se funde con las pequeñas miserias de lo cotidiano, celos, envidias, mentiras e ilusiones cutres que no hay forma de esconder. En esa mezcla de lo ilusionante y lo real surgen personajes de enorme atractivo, como el inolvidable capitán Blay, el viejo chiflado que detecta aires pútridos en las calles (algo que recuerda al Tibidabo de Gonzalo Suárez); Anita, la taquillera de cine, aficionada al vino y con fama de demasiado ligera; el propio Forcat, con un punto misterioso que nos sugiere respuestas sucesivas, ninguna convincente; o la tísica Susana, ya citada, todo un modelo de adolescente despótica y algo manipuladora. Un repertorio de personajes ricos y trazados con estilo.
Tampoco me parece que a Marsé se le pueda acusar de excesos formales. No tengo esa sensación de lecturas anteriores, y desde luego en el libro que ahora comentamos no cae en ese defecto en absoluto. Es una narración, mejor dicho, dos narraciones en formato de relato enmarcado, con un ritmo impecable y nítido, sin remansos, con algún recurso retórico muy esporádico, breve y pertinente, alguna prolepsis algo sorprendente, o un par de cambios repentinos de narrador, utilizados de forma tan contenida que se diría que el mismo autor se ha frenado en su uso. Marsé parece disfrutar jugando a autor de novela negra en esa narración subordinada, y también en ese aspecto consigue un resultado brillante, más incluso porque ese juego funciona muy bien como contrapunto de color a las vidas vulgares que desfilan por el relato principal.
Sí, bueno, quizá hay en la novela un par de cosas que me convencen algo menos, pero por una vez me las voy a callar. Lean ustedes el libro, que merece la pena, y descúbranlas por sí mismos.
Otras obras de Juan Marsé reseñadas en ULAD: Si te dicen que caí, Rabos de lagartija, La oscura historia de la prima Montse, Últimas tardes con Teresa



