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viernes, 18 de abril de 2025

Agustina Bazterrica: Las indignas

Idioma: español

Año de publicación: 2023

Valoración: bastante recomendable

Lo que ocurre dentro de los muros de un convento siempre ha dado mucho juego en la ficción: luchas por el poder, fanatismos, humillaciones, pasiones prohibidas... en fin, salseos varios, que se dice; ello se puede comprobar en novelas como, por mencionar sólo dos reseñadas en este inimitable blog, La abadesa de Crewe o Extramuros. El que sale en Las indignas no es un convento católico; ni siquiera un beguinaje -si bien está situado en un antiguo monasterio-, pero tanto da. O incluso mejor así para quien lea esta novela, porque el culto que siguen las protagonistas de la misma, aunque inspirado, al menos en cuanto a las formas, en la Iglesia católica, permite, e incluso está fundado, sobre el sacrificio, el castigo corporal, la dominación jerárquica y hasta el sadomasoquismo... elementos totalmente ajenos al cualquier variante del cristianismo, como sabemos todos , sin ninguna duda. Pero que son de lo más sabrosos para aderezar cualquier narración de terror religiosos, que, al fin y al cabo, es lo que encontramos en esta novela.

Convento, pues (permitidme denominarlo así, por comodidad), llamado por sus moradoras la Casa de la Hermandad Sagrada -tal es su "congregación"- y que para ellas es un refugio en medio de un mundo asolado por los desastres medioambientales, el envenenamiento de la Naturaleza, las guerras por los recursos básicos como el agua, las enfermedades contagiosas mutantes, la violencia generalizada y el hambre, más generalizada aún. Es decir, una distopía post-apocalíptica a la que, por otro lado, parecemos dirigirnos sin demasiada preocupación. Así, multitud de chicas van llegando a ese refugio e integrándose en una comunidad religiosa jerarquizada de una forma muy rígida: en lo más alto se encuentra Él, el único hombre del lugar, una suerte de profeta siempre oculto y que deja la organización y, sobre todo, la administración de la disciplina a la férrea e inclemente -o directamente sádica- Hermana Superior (a la que yo imagino como una especie de Lady Dimitrescu, lo confieso). Ésta gobierna sobre un número indeterminado de Indignas -las que podríamos considerar novicias- de entre las cuales son escogidas, de vez en cuando, las Elegidas, -Auras Plenas, Diáfanas de espíritu y Santas menores-, con supuestos poderes pero que son mutiladas para potenciarlos y las perfectas y clarividentes Iluminadas. Todas tienen como criadas a las impuras e incluso deformes Servidoras, la casta más baja dentro de este particular microcosmos femenino cerrado -o casi- sobre sí mismo, en el que, como cualquiera puede suponer, menudean las envidias, las rencillas y las jugarretas, castigadas, cuando se atrapa a las responsables -o a las no responsables, que eso parece dar un poco lo mismo- con una saña y crueldad desorbitada, pero muy adecuada para regir la comunidad con mano de hierro y terror.

Todo esto lo vamos conociendo a través de una indigna que escribe a escondidas su historia, en ocasiones usando su propia sangre, una narradora sin nombre y, si bien no me atrevo a decir que poco fiable, desde luego parcial y subjetiva. No es una santa; pese a que empaticemos con ella, no deja de compartir malos sentimientos, peores propósitos y deleznables actos. Algo la salva, no obstante (no diré qué) de convertirse en la mala de la historia o una de ellas en una narración en la que no escasean. Con no poca justificación, si se quiere, dadas las difíciles circunstancias. Lo otro que salva a la narradora-protagonista de caer en la mezquindad inherente a la supervivencia es el aura lírica que envuelve toda la narración -recordemos que está contada en primera persona-, esa forma de contar la historia con la que Bazterrica consigue dotarla de una poesía un tanto mórbida pero conmovedora, una singularidad que distingue a esta novela de los obvios referentes a los que puede recordarnos: desde La carretera (o cualquier otra narración postapocalíptica al uso) a Hellraiser u -obviamente- cualquier chaladura del marqués de Sade, en el caso de los momentos más terroríficamente BDSM. También tiene algo que recuerda a El cuento de la criada, en la rígida jerarquización de las mujeres y de las funciones que deben cumplir y, por supuesto, de toda la narrativa de terror más gótico-religiosa, que no es escasa, precisamente... O incluso, si tenemos en cuenta referencias no literarias, un toque de Mad Max. Fury Road (a ver, sí, cada cual tiene sus filias), aunque claro está que sin camiones de guerra ni guitarristas de rock lanzando llamas. Da igual, las referencias son múltiples pero el resultado es inequívoco: una novela intensa y perturbadora, impregnada de un aroma entre mágico y alucinógeno, también quizás algo tóxico, que ayuda a que su lectura deje una huella difícil de borrar.  Habrá quien prefiera olvidarla, claro, pero sospecho que le va a resultar difícil...


También de Agustina Bazterrica en Un Libro Al Día: Cadáver exquisito

viernes, 18 de octubre de 2024

Jesús Fernández Santos: Extramuros

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1978

Valoración: Está bien


Llegué a Jesús Fernández Santos, igual alguien lo recuerda, a través del Libro de las memorias de las cosas, novela publicada en 1971 en torno a las comunidades protestantes en España. Un tiempo después me decido por Extramuros, por lo visto su obra más celebrada, y llevada al cine al parecer también con bastante éxito. Porque hay que decir que Fernández Santos es también un hombre del cine, que dirigió documentales y escribió varios guiones, entre ellos precisamente el de Extramuros. Por aclararlo mejor, el texto fue inicialmente un guion para el cine, que posteriormente el autor reconvirtió en la novela que tenemos aquí, lo cual es un itinerario no demasiado frecuente, al menos en España, y puede tener su importancia al valorarlo como obra narrativa.

El argumento se desarrolla en un convento de clausura en una época indeterminada que, no sé por qué, veo que algunos sitúan en el reinado de Felipe II. Una devastadora sequía y algo que entendemos como una epidemia provocan el abandono de los campos y los pueblos, de forma que el convento, que vive sobre todo de la caridad, va quedando aislado y en situación cada vez más desesperada. Una de las monjas ideará un truco para llamar la atención de posibles benefactores, y esto desencadena los problemas que ocupan la mayor parte de la narración. Aunque el escenario tampoco es insólito, la idea se puede considerar original y se abre a múltiples desarrollos.

Si esto fuese específicamente una novela perfectamente podría haber avanzado por una trama intimista, como en buena parte ocurre con la que citaba antes del mismo autor, centrándose en cuestiones de conciencia, en la culpa o en la disposición de los fieles a creer en la milagrería. Pero, claro, recordemos que esto era un guion cinematográfico, y para no aburrir al espectador seguramente era necesario añadirle algunas especias que le dieran color y picante. Encontramos entonces una priora (¿o es abadesa?) vieja, taimada y envidiosa, monjas banderizas que disputan sin miramientos, la novicia seducida por un monje rijoso, o el duque protector que coloca a una hija díscola para alejarla de las tentaciones o quién sabe si para algo más. Y, sobre todo, una relación lésbica en el interior de la clausura.

Recordemos que estamos en 1978, y esto de enredar a curas y monjas en asuntos eróticos era algo realmente atrevido y que vendía mucho, que también hay que considerarlo. Lo cierto es que Fernández Santos, aunque lanza desde muy pronto señales de esta escandalosa relación, lo hace, al menos en la novela, con mucho tiento, dejándolo claro pero sin resultar demasiado evidente. Siendo generosos hasta podríamos pensar si esa capa del relato se podría interpretar como una especie de amor místico, una atracción hasta cierto punto íntima e inocente o, visto de otro modo, situada en una zona de indefinición donde se sugiere más que se explicita.

Pero aquí lo que nos importa es el libro, y el problema es que tanto esa relación amorosa como el resto de elementos que irrumpen en la trama principal no aportan nada o casi nada, parecen adornos para animar la narración, fuegos de artificio para no centrarse en un relato que pudiera resultar pesado y poco vistoso en una pantalla. De manera que perfectamente podríamos prescindir de ellos, e igualmente de unos cuantos personajes que parecen poco trabajados y hasta con rasgos caricaturescos. Solo la narradora aporta algo de profundidad, siempre insegura, oscilando entre sus convicciones y la incertidumbre ante el desenlace final del engaño. Y, por decirlo todo, el personaje de la monja conspiradora, visto individualmente, tiene cierto interés en su evolución, siempre que el lector le dedique una reflexión que no siempre merece.

Lo que salva del naufragio a la novela es en todo caso la prosa elegante de Fernández Santos, momentos destacables de esas descripciones de paisajes desolados y muros derruidos, siempre con un tono entiendo que voluntariamente arcaizante, muy logrado, si bien puede llegar a saturar en algunos momentos. Es quizá, como dice con sinceridad inesperada Raúl del Pozo en el prólogo, un autor que ‘escribía más pensando en redactar bien que en contar’. Y eso, en el campo de la novela, puede ser un problema que difícilmente se va a solucionar incorporando elementos efectistas que a lo mejor sí pueden funcionar en otros medios. 


También de Jesús Fernández Santos en ULAD: Libro de las memorias de las cosas

lunes, 22 de marzo de 2021

Jesús Fernández Santos: Libro de las memorias de las cosas

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1970

Valoración: Bastante recomendable


Paso la última de las 499 páginas (incluyendo ciento y pico con una de las exhaustivas y terribles introducciones de Cátedra, de la que luego hablaré) con la sensación de haber leído un muy buen libro, al que habrá que ponerle algunos matices. Diría más, un gran libro, un trabajo admirable lo mires por donde lo mires, serio, concienzudo, técnicamente quizá perfecto. Empezando por el hermosísimo título tomado del Libro de Esther, con ese plural algo disonante que transmite una especie de ligera inquietud. Siguiendo por el tema, algo bastante insólito en la literatura castellana, las vicisitudes de una comunidad protestante asentada en un pequeño pueblo de León.

Centrémonos ahí, de momento. Los evangélicos –protestantes, así, grosso modo- forman en España un colectivo minúsculo promovido sobre todo por algunos ingleses llegados por distintos motivos. La mayoría se ubican en las grandes ciudades pero en zonas rurales hay pequeños grupúsculos que funcionan de forma independiente, a veces una sola familia o algún individuo aislado que mantiene sus creencias contra viento y marea. Los que describe Fernández Santos se encuentran desde finales del siglo XIX en algún lugar de León, un pequeño pueblo en el que se puede uno imaginar que la cosa no pinta fácil. La omnipresente Iglesia católica (´los romanos’) impregna la vida social de arriba abajo, y los vecinos observan a los Hermanos con recelo y hasta cierto miedo (Delibes escribió El hereje muchos años más tarde, con un enfoque bastante distinto). De manera que la sensación más patente y, con el tiempo, más angustiosa, es la del aislamiento de ese puñado de fieles, que es como una isla dentro del pueblo, en una doble dirección: porque nadie les quiere cerca, y porque ellos tampoco quieren contacto con ‘los del mundo’. Gente cuya vida transcurre entre la oración, las reuniones y severas costumbres donde domina el conservadurismo más estricto.

Aunque no de forma lineal, el ámbito temporal del relato abarca desde la creación de esa comunidad hasta la misma fecha de publicación del libro, es decir, casi un siglo, durante el cual el grupo tiene ciertos momentos de alivio (la entrevista con Cánovas para levantar la capilla, la República), aunque lo normal será vivir bajo todo tipo de cortapisas legales y sociales, especialmente durante el franquismo. Una ligera apertura llega con la Ley de Asociaciones, creo que de 1964, aunque la tendencia a la atomización, las desavenencias entre diversas ramas (sobre todo, con los Testigos) y el rechazo a verse ‘laicizados’ impiden prácticamente cualquier progreso real. La comunidad continúa aislada, enroscada sobre sí misma, también afectada por la creciente indiferencia que el entorno muestra hacia cualquier tipo de religión. La sociedad cambia, camina hacia la secularización, y los Hermanos parecen cada vez más encerrados en su círculo.

Esa sensación de asfixia, muy bien transmitida a través de los personajes, la atmósfera oscura, el agotamiento de una fe que parece consumirse en sí misma, genera grietas dolorosas entre los miembros de la comunidad, que apenas asoman al exterior se ven tentados por ese mundo cada vez más libre de las ataduras de normas estrictas y perímetros insuperables. Por ahí, entre dudas existenciales y la tragedia de abandonar lo aprendido y vivido, se va fraguando el hundimiento de aquellas ilusiones iniciales y el camino inexorable hacia su extinción.

El libro podría caber sin problema en el hoy denostado concepto de novela histórica, pero creo que va un paso más allá. Es más bien una recreación, basada con mucho rigor en personajes y localizaciones reales (lo explica con detalle la introducción), pero por la profundidad que alcanza en el análisis yo diría que es más bien un ensayo novelado, un auténtico tratado sobre la evolución y circunstancias de estos grupos evangélicos en la España de finales del siglo XIX hasta los años 70 del XX. Solo el último tramo del relato adquiere un tono decididamente narrativo y la ficción termina prevaleciendo.

Decía al principio que me parece un muy buen libro. Desde el punto de vista literario, se ve un relato muy trabajado, con un subtexto cuajado de metáforas (siempre el páramo, la tapia, los muros, el aislamiento desde dentro y desde fuera, el invierno que debilita la fe), pluralidad de puntos de vista (monólogos de distintos personajes, el relato de un reportero, cartas y documentos) y una sucesión de secuencias, con saltos temporales y de localización muy medidos, de aspecto claramente cinematográfico. En definitiva, una estructura a la que se pueden poner muy pocas pegas como no sea una prosa a veces algo abrupta que contrasta con una indudable capacidad descriptiva.

Y los matices. Pues con todo esto, reconozco que el libro se me ha hecho bastante largo. Puede que sea el ritmo algo moroso, quizá algo anticuado, donde pesa demasiado la voluntad de tocar todos los temas y entrar en todos los detalles. Tal vez uno se ha acostumbrado a un tipo de relato más dinámico, que haga sentir el avance de la narración, y el Libro de las memorias…, salvo en su parte final, no termina de coger el paso, y eso a pesar de la naturalidad con que la acción se mueve de una secuencia a otra, con cambios de perspectiva, de voz y de época. Todo parece insuficiente para transmitir vigor a la lectura, de manera que, aunque esa atmósfera pesada y aplastante puede acompañar muy adecuadamente al cuerpo de la narración (la soledad, la endogamia, el sometimiento a normas posiblemente castrantes), el libro se puede indigestar a un lector poco habituado a (o poco amigo de) páginas que pasan muy lentamente.

ATENCIÓN: Si se decide usted por esta edición de Cátedra debe tener muy en cuenta algunas cosas. La introducción, como apunté al principio, reúne todas las características propias de estas ediciones: más de cien páginas con todo tipo de datos sobre el objeto del relato, historia de estas colectividades protestantes, paralelismo con los personajes reales, análisis pormenorizado de cada detalle del libro. Es interesante leerlo para ponerse en situación. Pero, como también es marca de la casa, el relato cuenta con numerosas notas a pie de página. En general me parecen prescindibles, pero sobre todo, deje usted de leerlas cuando falten unas cien páginas para el final. HAY VARIOS ESPOILERS INTOLERABLES (y además repetidos) que echan por tierra lo más llamativo del desenlace. No entiendo qué editor puede pasar por semejante disparate.

También de Jesús Fernández Santos en ULAD: Extramuros



domingo, 18 de octubre de 2015

Mila Beldarrain: Corisanda de Baigorri

Idioma: castellano
Año de publicación: 2014
Valoración: recomendable

Dicen -y parece ser cierto, aunque sobre estos asuntos siempre hay mucha leyenda- que con frecuencia los monarcas de la Casa de Borbón, tanto reyes como alguna reina, han sido individuos con los apetitos carnales un tanto desaforados. Para empezar, tal característica se le atribuye al primero de todos ellos, el que fuera Enrique III de Navarra y IV de Francia -de explícito sobrenombre, le Vert Galant-, que fuera de sus dos matrimonios disfrutó de un número incontable de amantes, en muchas ocasiones simples aventuras fugaces, pero que sembraron su reino de pequeños borboncitos... ventajas de ser rey, supongo (sin pretender despreciar sus cualidades como seductor, aunque no sé si habría tenido el mismo éxito como simple plebeyo).

Mila Beldarrain nos cuenta aquí la historia de una de estas amantes, un joven oriunda del pueblo bajonavarro de Baigorri (Saint-Étienne-de-Baïgorry en francés, excepto durante el periodo revolucionario, en que pasó a denominarse Thermopyles): Juana Leona, hija de Juanikot, llamada Corisanda -un personaje del Amadís de Gaula- por el monarca. La circunstancia que convierte en singular a ésta, entre todas las queridas que pasaron por los brazos del galante Borbón, es que Juana Leona o Corisanda era cagot, es decir, pertenecía a una comunidad de marginados, a una casta de intocables que vivían -en sus ghettos, no mezclados con el resto de la población- a ambos lados de los Pirineos occidentales desde la Edad Media hasta tiempos relativamente recientes (principios del siglo XX, en algún caso). Cagots en la Baja Navarra y el Béarn, agotes en el Baztán, gafos, chrestiaas... una comunidad de origen incierta (quizás descendientes de godos, quizás de herejes cátaros... aunque la teoría que le parece más plausible a Beldarrain es que fueran descendientes de los liberados de los lazaretos, por no tratarse de auténticos leprosos), a quienes se atribuía toda clase de males, se les prohibía el contacto con los otros lugareños y obligaba a dedicarse a ejercer determinados oficios -la carpintería y la música, sobre todo-, adscritos a la protección del señor local... que de paso disponía de una mano de obra sumisa y gratuita.

El encuentro entre Enrique y Corisanda tiene lugar, además, en un momento especialmente señalado para la historia del reino de Navarra y del de Francia: justo antes del casamiento entre este rey y Margarita de Valois, hermana del entonces monarca francés -e hija de la legendariamente pérfida Catalina de Médicis-, que pretendía rubricar la paz entre católicos y hugonotes para acabar con la guerra de religión que asolaba el país. Luego vendría la matanza de la noche de San Bartolomé y vuelta a empezar, pero los protagonistas de la novela aún no lo sabían... Que no se asuste, sin embargo, el lector lego en estos asuntos históricos: la autora nos ilustra con toda una serie de explicaciones -"extramuros de la narración"  por decirlo así- sobre los entresijos políticos de la época, así como de la Baja Navarra, las costumbres y leyendas del lugar, etc... Personalmente, como lector de novela histórica no soy muy amigo de las explicaciones que no vengan bien integradas en el propio relato, pero tengo que admitir que Beldarrain lo hace de una manera clara y amena, con una cercanía que las vuelve realmente simpáticas (también he de decir que la autora bordea en algún momento el, para mí, aborrecible vicio de la "autoficción", pero, por fortuna, no acaba de sucumbir a él). Además, en la narración también abundan las pinceladas de un humor doméstico y algo guasón que la distingue de otras novelas históricas.

El resultado es una narración de lo más entretenida y, por qué no, incluso didáctica; la autora huye del dramatismo que, por otro lado, perfectamente podía haber adoptado esta historia, y se decanta por un tono más cotidiano (incluyendo, que conste, algún momento "mágico"), desmitificador y socarrón, pero también tierno y reconfortante. Aunque a saber cómo llegó a ser de cruel la vida con la Corisanda real, nuestra pobre cagot... A Enrique IV, ya se sabe, se lo cargó tiempo después un fanático católico; en aquella época los "yihadistas" eran de otra fe, como se ve.