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miércoles, 6 de diciembre de 2017

Juan José Saer: La grande

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2008
Valoración: Muy (pero muy, muy) recomendable

Un hombre abandona la ciudad y no se sabe de él durante treinta años. Al cabo de ese tiempo vuelve, busca a uno de sus antiguos amigos y charla con él en un bar. Para contar esto, Juan José Saer emplea unas cincuenta páginas. Como emplea grandes párrafos o varias páginas para describir cómo alguien abre un paraguas plegable o cose un botón, o la búsqueda de una pauta para consumir un plato de aceitunas verdes y negras en función de la potencia de su respectivo sabor. Qué quieren que les diga, son muchas, sí, pero qué páginas. La prosa de Saer puede parecer excesiva, con su frase demorada, sinuosa, en la que una subordinada se descubre en el interior de otra subordinada, y así sucesivamente, como matrioshkas o pequeños puzles, oraciones interminables que son como un eco de pensamientos no errantes sino, al contrario, de una precisión mareante. Frases que requieren leerse un poco hacia delante y hacia atrás, que necesitan reconstruirse, que se inflan como una burbuja creciente e impredecible y terminan estallando en un verbo solitario. Pero nada es gratuito, todo está donde debe estar y en su dosis exacta. Si encima sabemos –luego diré por qué- que este caballero, Saer, apenas corregía nada de sus escritos, lo que sugiere que todo ese torrente le salía con naturalidad, llegamos a la conclusión de que era un monstruo.

Pero vayamos por partes. ‘La grande’ es de alguna manera una novela coral sin más hilo argumental que el retorno a que me refería al principio, y que desemboca en una reunión de amigos en torno a un asado, un día de verano. De forma que las cuatrocientas y muchas páginas se dedican a explorar, a veces en el pasado de alguno de los personajes, otras veces en su personalidad, o en aspectos sociales o literarios. Así nos enteramos de que Gutiérrez, el retornado, fue pasante de un despacho de abogados que uno de sus socios, Mario Brando, utilizó como sala de máquinas de un movimiento literario local conocido como precisionismo. La peculiar personalidad de Brando y su contacto con la élite social y militar del país provocan la agitación del ambiente cultural, y suscitan el estudio del fenómeno por parte de alguno de los personajes, al mismo tiempo que el desprecio de otros. En contacto con ese entorno por diferentes vías se encuentra Nula, un joven vendedor de vinos con aspiraciones intelectuales y la autoestima en posición cenital, que a su vez tuvo una relación poco común con la hija de aquel Gutiérrez. Teniendo como fondo, como transparentándose, la pequeña historia del singular movimiento literario, se van superponiendo diferentes planos temporales de todos estos personajes, descritos con calma, de forma pausada y concienzuda, entreverados con la climatología cambiante, paisajes fluviales o ligeras inmersiones en los aconteceres políticos.

Como decía, la prosa de Saer no se parece a nada corriente, cuesta asimilar su envergadura en un primer momento, incluso puede resultar pesada cuando hemos consumido digamos un cuarto, o un tercio, y vemos lo poco que hemos avanzado si atendemos a un modelo argumental preconcebido. Pero en mi opinión, y sin pretender pontificar, cuando uno se enfrenta a textos así, tan poderosos o tan alejados de lo convencional –en ritmo, en forma, en perspectiva-, la clave está en dejarse llevar, no pretender dominar el trabajo del autor sino sumergirse en la corriente que propone. En este caso al menos, el resultado es reconfortante.

Con todo lo dicho hasta ahora, descripciones que rozan el hiperrealismo, manejo mágico del lenguaje, encaje perfecto de las diversas líneas del relato, por supuesto humor fino, inteligente, sin rehuir la crudeza en su momento justo, con todo ello ¿le podemos pedir más, algo que nos moviese a ponerle el cartelito de Imprescindible? ¿Tal vez un argumento de mayor recorrido, más visual o estimulante para el lector? ¿Personajes algo más humanos, menos sutiles, o que a veces no parezcan algo plastificados? ¿Quizá Leopold Bloom podía haber sido un tipo un poco más interesante, o podía haber ocurrido algo menos vulgar aquel 16 de junio en el Dublín del 'Ulises'? Pues tal vez, nada es perfecto, pero si escrutamos un poco más, tras la aparente linealidad de esos personajes encontraremos siempre algunos misterios, zonas de sombra a veces importantes y otras veces nimias, que quedarán en ocasiones desveladas y otras ocultas para siempre. Y para eso hay que mirar con atención, con pausa.

El caso es que después de esa inmensa marea de literatura con mayúsculas que contiene el libro, tras el memorable (y esta vez breve) cuadro de un colibrí que aparece en el jardín y deja petrificados a los presentes, el relato queda cortado de cuajo. Saer murió justamente cuando se encontraba a punto de terminar el libro y, según la nota del editor que se incluye al final (por ella sé lo de las correcciones), tenía proyectado un capítulo final mucho menos extenso que los anteriores, de forma que nos queda la clara sensación de quedarnos al borde de algo, una sensación que hace de la novela, por inconclusa, algo todavía mucho más grande. Maldita sea.


Unas cuantas obras de Juan José Saer reseñadas en ULADaquí

jueves, 29 de diciembre de 2016

John Maynard Keynes: Dos recuerdos

Idioma original: inglés
Título original: Two Memoirs
Traducción: Miguel Temprano García
Año de publicación: 1.972 (escrito hacia 1.930)
Valoración: Está bien


Club privado de Bloomsbury, Londres. Muebles victorianos, pecheras impecables, ironía con sutiles ribetes de procacidad, oporto servido en fina cristalería, cabellos engominados, debate intelectual un poco desmayado, quizá bajo alguna pintura alusiva a la caza del zorro. Virginia Woolf, Bertrand Russell, David Garnett, Duncan Grant y, entre otros más, claro, John Maynard Keynes. Todos procedentes de los más elitistas colegios ingleses, que se entretienen en sus juegos de ingenio, bromas privadas y muestras de erudición. En este ambiente muelle, los integrantes del grupo acostumbran a deleitarse recíprocamente mediante el relato de anécdotas o pequeñas historias personales, que escriben y leen después en sus reuniones. ‘Dos recuerdos’ es justamente la plasmación de dos de esos relatos, que Keynes expuso ante la mirada complaciente de sus notables socios. 

El primero de ellos, ‘El doctor Melchior’, cuenta algunos detalles de la intervención de Keynes en las negociaciones del Tratado de Versalles. Tras la firma del armisticio (fin de la Primera Guerra mundial), se suceden reuniones entre los aliados y los derrotados alemanes para afinar asuntos como las reparaciones de guerra, la situación de la flota mercante alemana o el envío de alimentos. No hablamos de cualquier cosa, porque Alemania se encontró devastada y sumida en una tremenda crisis humanitaria, y –lo que más preocupa a los vencedores- al borde de una revolución de sesgo comunista.

Keynes dedica el título del relato a uno de los negociadores alemanes, con el que estableció una relación racional y posibilista que, según el famoso economista, facilitó el desbloqueo del proceso. La narración tiene, además del interés histórico evidente, la virtud de contarnos los entresijos de una complicada negociación internacional, poniendo de relieve aspectos desconocidos para los ciudadanos de a pie: los pequeños trucos con que adquirir una posición ventajosa, el difícil equilibrio entre intereses nacionales y egos particulares, la importancia de eso que se llama ‘química’ en los encuentros. Sobre esto último, es manifiesta la posición de Keynes en relación tanto a sus teóricos compañeros como a sus oponentes: John Maynard, muy británico él, muestra cierta admiración –tal vez benevolencia- respecto de los alemanes, y ni tan siquiera cita a los norteamericanos, considerándolos como unos de los suyos. Y, como tampoco podía ser menos, no oculta su desprecio hacia los franceses, encarnados en el mariscal Foch, a quienes presenta siempre enrocados en sus miserables intereses particulares. Posición mezquina de sus vecinos frente a la grandeza de miras de los anglófonos, cómo no.

El relato está bien hilado, aunque queda claro que no hay intención de desarrollar un argumento determinado, sino de sumar unos cuantos episodios más o menos amables, siempre trufados de ironía y cierto autobombo, para entretener –y, por qué no, impresionar un poco- a sus brillantes contertulios.

El segundo recuerdo se titula ‘Mis primeras creencias’, tiene un tono aún más privado que el primero, y su interés es bastante menor. Habla Keynes de una época juvenil y universitaria, y del nacimiento de tempranos principios filosóficos bajo la sombra de Russell y, sobre todo, de George Edward Moore. Individualismo, planteamientos radicales sobre la belleza y el deleite de su contemplación, el amor, el bien y la moral, todo ello aplicado con ardor en charlas y discusiones. O sea, divagaciones de jovenzuelos despreocupados de la jet set económica e intelectual en el Londres de finales del siglo XIX o principios del XX. Para el lector, de no ser que uno esté muy interesado en la época o en este tipo de juegos florales, entiendo que el tema tiene bastante menor atractivo que el anterior.

Es llamativo que Garnett, en su presentación del libro, indique que estos dos escritos han sido los únicos publicados entre todos los que Keynes escribió para su lectura en Bloomsbury. Por lo visto, el único motivo de que vieran la luz pública fue la expresa voluntad del famoso economista, y lo dice Garnett casi como excusándose, no sé si de que no se hubiera hecho lo mismo con el resto del material, o precisamente de que éstos se hayan publicado. Y hombre, ni los textos tienen tanto interés como para anhelar la lectura de otros similares, ni son tampoco tan abominables como para pedir perdón. 

sábado, 24 de octubre de 2015

Gesualdo Bufalino: Tommaso y el fotógrafo ciego

Idioma original: italiano
Título original: Tommaso e il fotografo cieco ovvero Il Patacrac
Año de publicación: 1996
Traducción: Joaquín Jordá
Valoración: está bien

¿Recuerdan ustedes -quienes nos lean desde españa seguro que sí; a los demás, ahora les explico- aquella serie de televisión de hace unos años, llamada Aquí no hay quien viva, que trataba de las aventuras y desventuras de los vecinos de un mismo inmueble? Salía un personaje llamado Emilio, el portero del edificio, que popularizó una expresión que se hizo célebre, lo de "un poquito de por favor"... 

¿Recuerdan también, supongo, a esa especie de detective chiflado y sin nombre creado por el escritor Eduardo Mendoza, protagonista de varias de sus novelas?

¿Y conocen algunos de ustedes -espero que pocos- aquella infumable novela titulada Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, también de gran éxito hace unos años? El protagonista era un tipo que había decidido vivir como un ermitaño hedonista y jeta en un piso del centro de Barcelona (ayudaba el que su padre fuera millonario, claro), hasta que se veía envuelto en una misteriosa trama...

Bueno, ¿y a qué vienen este batiburrillo de alusiones, en vez de hablarnos del libro de Bufalino?, se preguntará más de uno de ustedes, con toda razón; el motivo es muy sencillo: lo que ocurre es que no tengo mucha idea de por dónde enfocar la reseña de esta novela, que me tiene un tanto despistado. Así que trato de explicarme por referencias, por peregrinas que parezcan...

Verán: resulta que el protagonista de la novela es un tal Tommaso Mulè, portero y encargado del mantenimiento de una torre de apartamentos en la periferia romana, conocida por el curiosos nombre de "Flower City". Tommaso, antiguo periodista, trabaja y vive allí, en condiciones no demasiado boyantes, buscando apartarse del mundanal ruido, a cuentas de una crisis existencial (?). Claro que el mundanal ruido lo tiene justo encima de su cabeza -él habita en el semisótano-, en forma de vecindario variopinto y hasta excéntrico, al que él no sólo no evita, como podríamos suponer, sino que frecuenta con un ánimo de lo más dicharachero, me parece a mí. Entre ellos se encuentra su mejor amigo, el ciego Tireisas -así le llama Tommaso-, fotógrafo de profesión que, merced a su ceguera, precisamente, se gana la vida haciendo retratos de boudoir (o sea, en plan picantón) a señoras burguesas casadas. Este fotógrafo se ve envuelto en un asunto turbio que afecta a influyentes personajes de la República Italiana y aquí es donde el amigo Tommaso se ve obligado a ejercer de investigador algo sui géneris, recordando, ya digo, (¿ven como todo tenía su explicación?) a aquel otro personaje de Eduardo Mendoza. En fin, que por ahí van los tiros...

El recurso a la coralidad de las casas de vecinos suele dar muy buen resultado tanto en la literatura como en el cine e incluso, como ya he mencionado, la televisión: ahí  tenemos la celebrada La vida, instrucciones de uso de Perec o la reciente La vida de las paredes, de Sara Morante, por poner un par de ejemplos. pero Bufalino lo malgasta, creo yo, obviando el mayor juego que podrían haberle dado algunos de los personajes. Tampoco aprovecha a fondo -y perdón por si alguien considera esto un SPOILER- las posibilidades de la trama detectivesca, que podría haber resultado bien jugosa; buena parte de la extensión de la novela se dedica, en cambio, a los interminables monólogos interiores, repletos de los pensamientos, elucubraciones y manías del portero del edificio (es verdad que la narración es en primera persona, pero aún así...) quien, por simpático que nos pueda resultar como personaje, acaba siendo bastante cargante, No sé si la excesiva verborrea se debe a que esta novela, la última escrita por Bufalino, se publicó de forma póstuma y no pudo recibir una corrección final por parte de su autor (no tengo ni idea, en verdad: es simple especulación).

En suma, que la novela me tiene más bien despistado, repito: por un lado, es indudable la calidad de la prosa de Bufalino y no digamos ya su evidente entusiasmo por por las virtudes -incluso terapéuticas- de la práctica literaria. Por otra parte, creo que la historia resultante está algo desequilibrada y desaprovechada, y algo parecido ocurre con los personajes, que podrían haber dado bastante  más de sí, en algunos casos; al final el protagonismo del narrador se lo come todo.
Un último apunte: el título completo del libro es Tommaso y el fotógrafo ciego o El catacroc (Il Patacrac en italiano). Existe una razón para este doble título, pero para entenderlo, hay que leer entera la novela. Para quien guste...

jueves, 2 de octubre de 2014

José Saramago: Alabardas

Idioma original: portugués
Título original: Alabardas, alabardas, Espingardas, espingardas
Año de publicación: 2014
Valoración: recomendable como objeto de culto

Viviendo en Lisboa, dedicándome a la literatura y siendo un admirador de Saramago como figura pública y como escritor (sobre todo, debo confesarlo, de sus primeras obras), era casi obligatorio que me comprase Alabardas (en el original el título completo es Alabardas, alabardas, Espingardas, espingardas, que es un verso de una obra de teatro de Gil Vicente). Y mi conclusión después de leerlo (se lee en dos tardes) es que estamos más ante un objeto de culto que ante una obra literaria: Alabardas, tal y como se nos presenta -y probablemente no se nos podía presentar de otra forma- es un homenaje de los amigos de Saramago a la memoria del escritor, antes que la novela que podría haber llegado a ser si Saramago hubiera tenido el tiempo y las fuerzas para terminarla.

Porque el volumen Alabardas contiene, efectivamente, los tres primeros capítulos de la novela inacabada de Saramago (traducidos, en la edición española, por su viuda Pilar del Río), a la que se añaden unas notas del escritor en relación con la redacción de la novela; unas ilustraciones de Günter Grass que aunque no se relacionan de una forma muy evidente con el texto, contribuyen a realzarlo; y además otros dos textos de Fernando Gómez Aguilera (que se limita prácticamente a glosar las notas del propio Saramago), y de Roberto Saviano, que hace una elocuente defensa de la honestidad ética, aplicable y necesaria tanto para los escritores como para cualquier otra profesión.

Ese es (o podría haber llegado a ser) uno de los temas centrales de la novela Alabardas: el protagonista, Artur Paz Semedo trabaja en una fábrica de armamento y está enamorado de su trabajo: de hecho, su único deseo es ascender en la empresa y llegar a ocuparse de la sección de armamento pesado. Esta pasión por las armas ha provocado su separación de su pacifista mujer Letícia, con la que sin embargo mantiene una buena relación. Todo su mundo cambia cuando descubre en una película de Malraux (L'Espoir, o Sierra de Teruel en español) que durante la Guerra Civil española hubo trabajadores de la industria armamentística que sabotearon los obuses destinados a bombardear España, en solidaridad con los soldados y obreros de la República.

A partir de este descubrimiento, y tomando en cuenta las notas del propio Saramago, se intuye cuál era el desarrollo que Saramago pretendía para la novela: Artur Paz Semedo se sumerge en el archivo de la empresa, donde descubre historias sobre su pasado que le hacen replantearse su vocación. Así comprende que existen siempre diferentes opciones y que cada persona realiza elecciones éticas fundamentales que repercuten en la vida de los demás. Eso habría llevado, según las notas de Saramago, a una reaproximación con Letícia, que se habría visto truncada cuando la empresa consigue volver a seducir a Artur y atraérselo al lado oscuro, ascendiéndolo a su soñada posición en el departamento de armas pesadas. La novela terminaría así con una nota negativa, con Letícia abandonando nuevamente a Artur y despidiéndose con un sonoro "Vete a la mierda" (que recuerda, inevitablemente, al "Mierda" con el que termina El coronel no tiene quien le escriba).

Pero todo esto son especulaciones sobre lo que podría haber llegado a ser, porque lo que tenemos son, efectivamente, tres capítulos no demasiado largos (veinte páginas de manuscrito, alargadas hasta ocupar 70 en el volumen publicado), que dan para percibir algunas de las intenciones del autor, pero no su desarrollo ni el nivel de profundidad al que habría podido llevar cada uno de estos temas. Así pues, Alabardas es un objeto de culto, un bonito libro preparado con evidente cuidado, un homenaje cariñoso que los amantes de Saramago sabrán apreciar; pero no es en sí mismo un texto literario completo, ni quizás deba considerarse como perteneciente al canon de la obra del Premio Nobel portugués.

Otros libros de José Saramago reseñados en ULADCaínLa cavernaEl evangelio según JesucristoEl hombre duplicadoEl año de la muerte de Ricardo ReisEnsayo sobre la ceguera