lunes, 1 de abril de 2013

Antonio Machado: Campos de Castilla

Idioma original: español
Año de publicación: 1912
Valoración: Imprescindible (por su valor histórico); recomendable (como lectura por placer)

Esta es una reseña que juraría haberla escrito el año pasado, cuando se cumplía un siglo de la publicación original de la obra, pero se ve que no, así que, con un año de retraso, aquí voy.

Campos de Castilla es sin duda uno de los libros fundamentales del canon poético español del siglo XX. Sobre eso no hay ninguna duda. Antonio Machado consigue en este libro fundir su propia voz personal, que ya había despuntado en Soledades (1903), con las preocupaciones y los símbolos más propios de la Generación del 98: la decadencia de España, la centralidad histórica de Castilla, el paisaje árido de la meseta, etc.

Campos de Castilla supone una evolución (aun con evidentes continuidades) con respecto a Soledades, mucho más marcadamente influido por el Modernismo. De hecho, en el poema "Retrato" que abre Campos de Castilla, Machado se distancia de "la actual cosmética" ("Desdeño las romanzas de los tenores huecos / y el coro de los grillos que cantan a la luna"), acercándose a la poética unamuniana que prefiere la idea a a la forma; la profundidad frente al ropaje. Esta simplificación lingüística y estilística afecta también la forma métrica, que tiende progresivamente a lo tradicional y a lo popular (aunque se mantiene una querencia por el verso alejandrino y por la silva, largamente cultivada por Machado).

En la primera parte del libro predominan los poemas dedicados al paisaje y al paisanaje castellano: una Castilla (como en Unamuno, como en Azorín) ideologizada pero no idealizada. La aridez, dureza y sequedad de los campos se traslada a sus pobladores, los campesinos, desconfiados, envidiosos, apáticos, y viene a constituir (dicen estos escritores) la esencia del espíritu español. La visión de las "dos Españas" de Machado ("la España de charanga y pandereta" o "esa España inferior que ora y embiste", opuesta a la "otra España... del cincel y de la maza"), ha pasado a la cultura popular, a la autovisión de los españoles y al lenguaje cotidiano.

Pero sin duda la parte más conocida, y más sugerente, de Campos de Castilla, es la sección titulada "Proverbios y cantares" (gracias, entre otras cosas, a las versiones musicadas por Joan Manuel Serrat): pequeños poemas de tono generalmente reflexivo, que beben tanto de la lírica popular como de las Rimas de Bécquer, que a su vez beben de los Lieder de Heine; poemas de métrica simple y una condensación significativa máxima, como el conocidísimo "Caminante, no hay camino" o ", en que se plantean uno de los temas fundamentales de la poesía y del pensamiento de Machado: el paso del tiempo a través de la conciencia; los defectos del espíritu español o la relación (no siempre pacífica) del hombre con la divinidad.

Algunos lectores de este blog a lo mejor se han quedado sorprendidos, o incluso indignados, con la doble valoración de este libro. Creo, efectivamente, que negar su importancia histórica y su pertenencia ya innegable al canon de la literatura española sería un esnobismo absurdo; pero al mismo tiempo confieso que, como lector, Machado no consigue sacudirme del modo en que lo hacen, por ejemplo, los poetas de la Generación de 27: Cernuda, Aleixandre o Lorca; algo menos, Salinas o Alberti. Leo libros como La realidad y el deseo, La destrucción o el amor o Poeta en Nueva York y tengo la sensación de estar ante la Poesía con mayúsculas, de la mejor que nunca se ha escrito en cualquier momento o lugar. Con Machado, sinceramente, no tengo esa impresión.