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miércoles, 15 de mayo de 2013

Santiago Gamboa: El síndrome de Ulises

Idioma original: español
Año de publicación: 2007
Valoración: muy recomendable

Una sorpresa este Santiago Gamboa. Dos de dos. Dos magníficos libros, y en breve, lo prometo, voy a por Perder es cuestión de método. Al que puede que le exija abandonar lo relacionado con el exilio voluntario o forzado, pero hasta eso le perdonaré, mientras mantenga el magnífico, estratosférico nivel de las dos novelas que ya he leído. Me da por pensar lo difícil que debe ser para un escritor colombiano desplegar su obra a la sombra de una figura como Gabriel García Márquez. Pero Gamboa es un más que digno contendiente, si es que tiene sentido una contienda, que no. Si dará un país para dos, o más, excelentes escritores, sin el perverso juego de los ránkings y las comparaciones.
El síndrome de Ulises es una novela protagonizada por un narrador del que pasamos casi todo el libro sin saber su nombre. Y llegamos a saberlo a pocas páginas del final, casi de casualidad. Un aspirante a escritor que malvive en París, encallecido él de dar clases de español en horarios terribles, y de lavar restos de comida picante de los platos, en el sótano de un restaurante asiático. Esa es su mísera existencia de exiliado de Colombia, y ese es su punto de partida. Joven, pobre, lejos del hogar. Bueno, lo de malvivir tiene sus matices: escaso de dinero, su nevera siempre patéticamente vacía, pero sobreviviendo de lo más entretenido. Para lo cual son claves sus conocidos en París. Mujeres y hombres, la mayoría jóvenes en circunstancias parecidas a las suyas. Un compañero norcoreano con un pasado turbio y doloroso, una colombiana de buena familia con gustos sexuales extremos, un escritor marroquí bien relacionado, entre muchos otros. Todos ellos, elementos que son presentados a lo largo de la primera parte de la novela, único tramo en que el narrador no es siempre el propio escritor. Cada persona, una historia diferente de circunstancias que  determinan su presencia en la ciudad francesa. Elemento común en la novela, gente que está atrapada en una ciudad maravillosa para ser turista, pero dura para vivir en ella. La novela transcurre en París pero nadie menciona Tour Eiffel, Trocadero o los bateaux mouches. Es París pero podría ser Berlín, Barcelona o Londres. Ciudades donde gente de los más diversos orígenes se reúne y, donde se produce esa especie de entente cordiale por su condición de inmigrantes.
De ese nudo de relaciones van naciendo las tramas: el escritor y sus relaciones de pareja, en diferentes grados de compromiso, sus relaciones con amigos de diversas nacionalidades, su constante ir de aquí para allá, y los pequeños misterios que se presentan a su paso. Nada complejo pero todo fascinante gracias a la magnífica manera de narrar de Gamboa, capaz de dibujar sus personajes con cuatro conceptos y darles su lugar en esta historia.
El síndrome de Ulises es una novela sobre inmigrantes que no acude a nostalgias ni a lagrimeos para calar en el lector. Es una de esas inexplicables conjunciones de factores que arrojan un resultado casi perfecto, sin efectismo ni trampas inverosímiles. Escrito con sobriedad, con oficio, y con una estructura muy adecuada. No soy capaz de verle un solo defecto.

También de Santiago Gamboa en Unlibroaldía: Plegarias nocturnasPerder es cuestión de método

miércoles, 15 de enero de 2014

Santiago Gamboa: Perder es cuestión de método

Idioma original: español
Año de publicación: 1997
Valoración: recomendable

Resulta curioso comprobar la evolución de un escritor a través de su obra. Aunque sea un juicio algo precipitado con solo leer tres novelas suyas, es algo patente leyendo esta novela que Santiago Gamboa publicó a los 32 años. Esta es una buena novela policíaca, con un estilo y unos personajes remarcables, aunque puedan achacársele ciertas reminiscencias algo propias del género: el investigador (aquí un periodista) dispuesto a sacrificar su vida personal en persecución de la verdad, las figuras algo estereotipadas de las mujeres que aparecen (novias resignadas, prostitutas en constante estado cercano a la redención, mujeres fatales y misteriosas), los malos (funcionarios corruptos, etc.), y esa especie de sensación espiral en la trama, tan propia del género tanto en su vertiente literaria como en la visual.
Pero esperaba más: me ha quedado muy claro que ésta es una obra de tanteo, una toma de contacto a través de un ejercicio de estilo, una fase previa antes de que el autor ampliase su espectro, incorporase todas las tonalidades a su paleta y se decidiera, con rutilantes resultados, por obras más ambiciosas. Así, le he encontrado defectos completamente excusables a Perder es cuestión de método: una duración excesiva, una confluencia algo confusa de personajes, como si todo el mundo (casi todo el mundo) tuviera algo que esconder o algún motivo por el que suscitar sospechas.
La trama: en unos primeros capítulos de vértigo, un cadáver es encontrado empalado a orillas de un lago. Nada se sabe de su identidad y el cruel método utilizado para el asesinato induce a pensar en un crimen con mucho trasfondo. Silanpa, periodista de investigación, se emperra en descubrir por su cuenta: se olvida de su vida, de su relación con Mónica, deja de lado su ya bastante desordenada vida, obsesionado por el caso en que se encuentra sumido. Pronto surgen las sospechas y los intereses que andan detrás del caso empiezan a manifestarse. Alejado de la clásica trama de narcotráfico y crimen organizado, el desenlace vira hacia intereses económicos y políticos, algo que hoy en día resulta algo estereotipado.
Recomendable, sobre todo, como iniciación a los que sienten curiosidad por el autor y quieren, en un recorrido que yo he hecho al revés, comprobar su evolución. Para los que venimos de los espléndidos ejercicios de novela total que son sus obras más recientes, la palabra decepción no sería justa. Simplemente su radio de alcance es, no sin cierta lógica, más limitado.

También de Santiago Gamboa en UnLibroAlDía: El sindrome de UlisesPlegarias nocturnas

lunes, 15 de abril de 2013

Semana de literatura colombiana: Plegarias nocturnas de Santiago Gamboa

Idioma original: español
Fecha de publicación: 2012
Valoración: muy recomendable

Que vivan las semanas temáticas. Cómo, si no, me hubiera acercado a este libro. Pues tuve que preguntarle a Aída, colombiana que trabaja en un establecimiento cerca de casa. Que me dio este nombre, y me dijo, no hacía falta pero me dijo, evita a Ángela Becerra. Cómo, si no, pues pasmado me he quedado de ver cómo publicaciones a las que acudo habitualmente en busca de referencias lo han ignorado, aún siendo publicado apenas hace 14 meses, en una de las grandes, toda una Random House Mondadori que seguro que emplea sus medios en promocionar libros que valen muchísimo menos que esta excelente novela, de la que no me consta hasta ahora su existencia, aunque su autor sea mencionado al lado del mismísimo GGM en la contraportada. Cómo, si no, pues pasmado me he quedado de ver la poca gente que parece haber leído esta excelente novela.
El estilo: magnífico, sumamente apasionante en su lectura, riquísimo en sus referencias, con ese equilibrio justo de estructura algo compleja pero por entero comprensible, con esa valiente intención de hallar siempre términos asequibles, de colaborar al máximo con el lector para que éste se sienta cómodo pero a la vez excitado (pues el libro no escatima en coartadas para relacionar autores, libros, iconos de la cultura contemporánea y lo que haga falta). Gamboa (diría, apuntaros este nombre: Bolaño triunfó sobre los 45 años y Gamboa tiene 47) tira de recursos a punta pala. Sabe ser poético, sabe ser soez, sabe ser culto, sabe hablar como un anciano y sabe hablar como una adolescente. Todo lo hace bien.
La historia: Manuel Manrique, joven estudiante colombiano, es detenido en Bangkok en posesión de una bolsa de drogas sintéticas. La justicia allí es implacable con estos delitos. El cónsul de Colombia en el país más cercano es convocado en su ayuda, y Manrique le pide que localice a su hermana Juana, desaparecida hace años en circunstancias poco claras, y a la que se siente absolutamente unido. Se abren varias historias: la del detenido, la de la familia, la del cónsul, la de la hermana, la de las personas con las que la hermana se relaciona en su vida. Todas ellas poliédricas, ricas, fascinantes a sus niveles y en sus entornos variados. Esa clase de historias que aparecen casi de manera fractal, como brotes esporádicos. Salpimentadas de referencias cultas que las ayudan, no de erudición autocomplaciente para epatar.
Que vivan, pues, las semanas temáticas. Sin ellas, lo que habría costado que a mí me hubiera llegado a las manos este libro, esta esplendorosa novela cuyas páginas coquetean tan a menudo con la genialidad. Tanto que sólo la necesidad de profundizar más en la obra de su autor, para ver si es que el  momento le ha resultado propicio o, no creo, si la suerte se ha aliado con él por esas casualidades, lo aleja de la calificación de imprescindible.

También de Santiago Gamboa en ULAD: Perder es cuestión de métodoEl síndrome de Ulises

viernes, 7 de marzo de 2014

Biografías lectoras: Todo leído, todo por leer

Una de las escenas del crimen
Marrón. Papeleta. Papelón. Reto. Desafío.

Vergüenza.

Pues no es desnudarse ni nada el autobiografiarse a base de lecturas. No serviría una listita tipo libros que llevarse a una lista desierta. No. Hay que echar mano de recuerdos íntimos, algunos de los cuales puede que no sean para hacer grandes alardes.
Guillermo el travieso, los libros del Los cinco del pino solitario (que dejaron en mí una enorme curiosidad por esos pícnic con cerveza de jengibre, mejunje que, con el paso del tiempo, descubrí que era el ginger ale). Son primeras lecturas conscientes y espontáneas, porque andan por casa. Igual que los cómics (entonces se llamaban tebeos) de Mortadelo y una curiosa cosa llamada algo así como clásicos o narraciones ilustradas donde Jules Verne (entonces le llamaban Julio) arrasaba.
Sería imperdonable no mencionar Marsuf, el vagabundo del espacio de Tomás Salvador: ese fue mi primer disfrute no sólo del fondo sino de la forma. Un libro al que le faltaban media docena de páginas, que cayó en mis manos de la manera más casual.
Las lecturas obligatorias de los estudios secundarios: cómo, si no, hubiera accedido a la oscuridad gótica de Josafat de Prudenci Bertrana o a la narrativa chispeante y socarrona de Quim Monzó. Por no hablar de la angustia y la sobriedad de Pérez Galdós.
A pesar de lo cual diría que mi primer shock surgió de leer a Hunter.S.Thompson. Tanto, que pasadas unas décadas, releerlo me supuso una relativa decepción. El primer corte, dicen, es el más profundo.
Supongo que muchos habremos tenido nuestra fase de fascinación por el género fantástico y la mía se desplazó de Asimov y Philip K. Dick a Lovecraft. Tanto me obsesionaron que acumulé colecciones hasta que la cosa remitió.
Y de ahí salté al páramo. Con excepciones contadas, y no todas demasiado honrosas (Katzenbach, Wolfe, Gordon, madre mía, negaré haber dicho que leí un libro de Noah Gordon o uno de esos best-sellers de John Grisham), transité unos lustros en medio de lecturas técnicas relacionadas con mi actividad profesional. Sin resquicio para ficción o ensayo, nada creo que interese a nadie aquí de Criterios de valoración de empresas o El control de gestión: una perspectiva de dirección.
Entonces (porque me lo iba mereciendo) Roberto Bolaño me salvó: pegándome una patada en la cara. Pero me salvó. Curioso, por una crítica encendida que leí en la revista RockDeLux, una crítica post-mórtem de esa moderna biblia que es 2666. Y es que, gran sacrilegio, he de reconocer que todavía tengo más discos que libros, y que mucha de mi curiosidad literaria procede del mundo musical: Hornby, Welsh, Amat. Peor aún, tengo una teoría que une la cuestión literaria y la musical, y sé, sé, repito, que no te puede gustar un escritor como David Foster Wallace a la vez que un tipejo como David Bisbal. Acabáramos.
Sí, ahí está el germen de mi reenganche, y por eso siempre agradeceré hasta los peores patinazos del escritor chileno. Por eso mi primera reseña aquí fue la de Estrella distante y por eso me enfrasqué en una búsqueda de influídos por e influyentes de. Por esa telaraña llegué a Houellebecq (puede que Houellebecq ya me interesara antes, por eso), a Franzen, a Kapuscinski y a muchos otros con los que sé que me pongo muy pesado demasiado a menudo. De ahí ese lustro largo de lectura impulsiva y compulsiva y cierta querencia por lo contemporáneo y por cierta literatura muy visual y cercana al pop. Quizás, a viernes como sale este texto, ya estemos un poquitín saturados de listas y relaciones, pero en fin. No querría olvidar a Capote, a Vila-Matas, a los buenos libros de Paul Auster, a Cormac McCarthy, a Javier Cercas, Eduardo Mendoza, Richard Ford, Santiago Gamboa. Pero soy injusto, seguro.
Por cierto, igualmente he de agradecer a los malos escritores que me hayan ofrecido la posibilidad de, por contraste, apreciar a los buenos. Es muy cruel haber de mencionarlos justo en este momento tan idílico. Pero por qué no. Ray Loriga, Amélie Nothomb, gracias por vuestra insignificancia. Y los mayores placeres recientes ya he procurado que salgan en mis reseñas, así que igual sería demasiado repetitivo y demasiado autobombástico referirlos de nuevo. Por ahí me encontraréis cada cuatro o cinco días. Un placer.

lunes, 28 de noviembre de 2022

Gabriela Wiener: Huaco retrato

Idioma original: español

Año de publicación: 2021

Valoración: recomendable

En Huaco retrato Gabriela Wiener hace un ejercicio, casi, de triple reflexión. Una la emparenta con cierta brillante novela de Patricio Pron: el escritor de origen latinoamericano curioso por indagar en sus ancestros, en aquella primera generación de europeos a los que diferentes circunstancias empujaron a establecerse al otro lado del Atlántico y como sus descendientes sienten el impulso de cuadrar el balance. En este caso es Charles Wiener, un explorador austríaco que se aventura por Perú y lo hace desde la perspectiva siniestra y reaccionaria habitual de la época. Es decir, a cambio de su presencia allí en nombre de un eventual progreso, se apropia de cuanto no es suyo. Desde objetos artísticos, esos huacos retratos, porcelanas figurativas, hasta personas. Su descendiente, la escritora que se apellida de forma tan exótica para sus orígenes más inmediatos, detalle que regresa esporádicamente a la narración. No se considera blanca, sus rasgos conservan poderosos detalles raciales, y busca entre los recuerdos de la familia a esa nativa seducida por el hombre blanco, el que implacable se erige por encima de los pobladores originales y los desprecia, humilla y ridiculiza. En esa búsqueda llegará a conocer mucho a sus generaciones más cercanas, como ese desprecio ha desaparecido o ha fundido a gris.

En medio de esa investigación, surgen otras líneas argumentales, y aquí Wiener, prosa decidida, estilo depurado, cercanía con el lector, efectúa otro retrato, este casi un autorretrato en la que, como en otra excelente novela de Santiago Gamboa, el trasfondo de la migración se apodera de la trama,. Wiener es una escritora peruana establecida en Madrid, subsistiendo de sus libros y colaboraciones. Un entorno al que se ha adaptado pero en el que le cuesta todavía considerarse una más. La identidad cuyo complemento busca no parece consolidarse al completo. Aún se ve una sudaca, una persona a la que los madrileños se han ido adaptando y ya no miran sorprendidos, pero a la que siempre le va a faltar algo para ser considerada uno de los nuestros. Aquí la reflexión se torna más matizada y subliminal. La dicotomía propio/ajeno es un difícil escollo y, aunque no se trate de una crítica social en toda regla, sí que es un riachuelo que discurre junto al texto. Lo cual completa con su integración en un curioso triángulo amoroso. Convive con un hombre y una mujer en una relación a tres bandas que presenta las complicaciones morales y logísticas propias. Toda esa composición justifica el título del libro. El Huaco retrato que muestra sus rasgos casi caricaturizados lo constituyen esos tres esbozos; curiosidad por la identidad original, adaptación en curso, opción por relaciones poco convencionales. Sobre todo, un texto directo y sincero que elude el preciosismo y va directo al grano.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Lo más de 2012

Ya se termina 2012, un año que nos deja unas cuantas noticias literarias. Mo Yan ha sido un Premio Nobel polémico; Caballero Bonald, un Premio Cervantes comprensible; Philip Roth (que este año ha anunciado que deja de escribir, como Imre Kertesz) un Premio Príncipe de Asturias de las Letras más que merecido; Javier Marías, un Premio Nacional de Narrativa respondón. Este ha sido el año de Dickens, mucho más en los países anglófonos que en España, donde ha pasado algo desapercibido. Y 2012 ha dejado también miles de libros publicados, traducciones, reediciones de clásicos, adaptaciones cinematográficas...

En ULAD queremos hacer nuestro propio resumen del año, y por eso hemos pedido a nuestros colaboradores (o sea, nos hemos pedido a nosotros mismos) que escojan lo mejor y lo peor de su particular año lector. Estas son sus respuestas:

Francesc Bon
Mejor libro de 2012: Plegarias nocturnas de Santiago Gamboa
Mejor clásico: A sangre fría de Truman Capote
Tesoro escondido: Rompepistas de Kiko Amat
Mayor decepción: El niño perdido de Thomas Wolfe
Leeré seguro en 2013: Ciudad abierta de Teju Cole

Montuenga
Mejor lectura de 2012: Vineland de Thomas Pynchon
Mejor clásico: La condición humana de André Malraux
Tesoro escondido: La cuadratura del círculo de Gheorghe Sasarman
Mayor decepción: El cielo de Madrid de Julio Llamazares
El que más me ha costado acabar: La tejedora de sombras de Jorge Volpi

Santi
Mejor libro leído este año: Todo se derrumba de Chinua Achebe
Mejor clásico: El buen soldado de Ford Madox Ford
Tesoro escondido: Mi planta de naranja lima de José Mauro de Vasconcelos
Mayor decepción: Diario de invierno de Paul Auster
El libro que se me atragantó: Contraluz de Thomas Pynchon

Iván
Libro Descubrimiento: Hace cuarenta años de Maria Van Rysselberghe
Libro más recomendado: Compañía K de William March
Autor con quien no he podido: Mo Yan
Autor al que he dedicado más tiempo: J.M. Coetzee
Libro Hostia: La jungla de Upton Sinclair
Primera lectura para 2013: Chavs. La demonizacion de la clase obrera de Owen Jones (y lo que siga escribiendo)

Por supuesto hay otras listas, pero estas son las nuestras. Estaremos encantados de leer las vuestras en los comentarios... 

jueves, 24 de noviembre de 2022

Carolina Sanín: Los niños

Idioma: español

Año de publicación: 2015

Valoración: está bien

Hace unas semanas se produjo un cierto "escándalo" en el mundo literario en español (dentro de los límites de éste, claro) cuando la editorial mexicana Almadía rescindió el contrato para la publicación de los libros de la escritora y periodista colombiana Carolina Sanín, debido a sus supuestas ideas y declaraciones tránsfobas. No sé hasta qué punto éstas lo son ni me voy a meter a analizarlas, pues es un tema del que huyo como de un mono con una metralleta, ni tampoco a dilucidar si este episodio se ha tratado de un caso de censura, cancelación o libertad empresarial (sí quiero lamentar, no obstante, que el asunto haya acabado salpicando a nuestra admirada Mariana Enriquez, que abandonó Twitter a raíz de los comentarios hostiles que recibió por solidarizarse con Sanín), pero la cuestión es que me entró curiosidad por una autora de la que nunca había oído hablar e ignoraba si se trataba de una mera juntaletras o una escritora de mérito e interés, así que, como encontré esta novela, que tampoco es demasiado larga, me dispuse a leerla para poder ofrecer a los/as seguidores/as de Un Libro Al Día, a quienes tanto queremos y debemos tanto, la reseña correspondiente. Que ahí va:

La protagonista de la novela es Laura Romero, una mujer de mediana edad de Bogotá que vive con su perro Brus, y disfruta de una posición económica desahogada, pero, aun así y sin necesidad, trabaja de asistenta para unos ancianos. Un día, la mendiga que cuida su coche en el aparcamiento del supermercado al que suele acudir le anuncia, con unas enigmáticas palabras, la llegada de un niño. Y, en efecto, un niño de unos seis años aparece por la noche ante su casa y ella le cobija. A partir de aquí comienza un periplo burocrático y personal por parte de Laura y tras llevar al chiquillo -de nombre Elvis Fider, aunque ella le llama Fidel- a una institución de acogida, decide retomar el contacto y liego hacerse cargo de él por un tiempo.

Hasta este punto digamos que la narración, aun mostrando un tono algo críptico o hermético que parece denotar algo más oculto tras las apariencias (para que me entiendan los lectores/as de España, sobre todo, recuerda un tanto al de las novelas de Sara Mesa, en esos momentos en que sus tramas aún no dan la impresión de desvanecerse  como humo en el aire), pero a partir de ahí la cosa se despista un poco y la historia comienza a transitar de forma más errática por caminos que a veces bordean el absurdo onírico, e incluso el delirio, otras lo esotérico y, con frecuencia, el campo del terror -o incluso entra de lleno en él-; sin olvidar algún que otro gratificante momento humorístico (de un humor paródico-costumbrista que me ha recordado al del también colombiano Santiago Gamboa). Pero, en general, y pese a los asideros en forma de referencias literarias y cinematográficas -desde Gloria, de John Casavettes a Grandes esperanzas de Dickens- la sensación que transmite la novela es que su autora se ha dejado llevar por el impulso tras una premisa más o menos bien planteada, más que siguiendo un ruta trazada con mayor o menor rigor.

Esto no quiere decir que la novela se lea con dificultad o disgusto, bien al contrario; primero, porque, como ya he comentado, no es demasiado larga  y después, y sobre todo, porque Sanín es una buena escritora, capaz de mantener el interés del lector incluso cuando es evidente que ni ella misma tenía claro adónde quería llegar. La novela, pues, se puede leer como una historia sobre la soledad o sobre la crisis de la mediana edad en una mujer acomodada, como una parábola sobre la maternidad, a través de una madre sobrevenida - o "no-madre"- o como un melodrama acerca de la incomunicación y dificultad de relacionarse en las ciudades contemporáneas...yo qué sé, lo que cada cual prefiera (es la ventaja de las narraciones poco clasificables, que lo mismo sirven para un roto que para un descosido). En todo caso, Carolina Sanín es una autora que tendré en cuenta en el futuro, con la esperanza de leer alguna novela suya más redonda.