sábado, 5 de septiembre de 2009

Ryszard Kapuscinski: El Sha o la desmesura del poder

Idioma original: polaco
Título original: Szachinszach
Año de publicación: 1982
Valoración: Muy recomendable

Al pensar en este libro no dudaría en calificarlo como uno de los libros más interesantes que he leído en toda mi vida. Recuerdo perfectamente que me lo regaló un amigo. Este amigo mío de vez en cuando, mientras tomamos un café, me pone un libro entre las manos y me recomienda que lo lea. Generalmente no me suele contar mucho sobre qué es lo que me voy a encontrar pero sólo con el gesto de dármelo ya comprendo que lo que voy a leer va a ser algo diferente, interesante y, casi siempre, revelador.

Gracias a El Sha me acerqué a la historia de Irán (Persia), a la caída del Sha y a los inicios de la revolución islámica. Me abrió los ojos a una realidad que conocía tan sólo por los teledarios, una realidad que no comprendía y de la que sólo tenía hasta ese momento una visión totalmente fragmentada y muy parcial. Kapuscinski me sorprendió, primeramente, con sus descripciones visuales y su fragmentarismo periodístico, para a continuación sumergirme en un relato apasionante, rodado desde muy diversos puntos de vista.

Lo más curioso de este libro es que, pese a ese fragmentarismo con el que recoge los hechos históricos que transforman Persia en Irán, al finalizar la lectura uno termina con una visión bastante clara de todo lo ocurrido y con la certeza de que las situaciones políticas no son blancas o negras, como en ocasiones observamos en los noticiarios, sino más bien amplias gamas de grises.

Otras obras reseñadas del mismo autor: Aquí

viernes, 4 de septiembre de 2009

Stephen King: Misery

Idioma original: inglés
Título original: Misery
Fecha de publicación: 1987
Valoración: muy recomendable

Ya hemos discutido en este blog si los libros nos mejoran, en algún sentido. Cada vez estoy más convencido de que no es así. La lectura nos hace mejores lectores, y nada más que eso. Lectores más suspicaces, más atentos y por tanto con mayor capacidad de disfrutar otros libros. La lectura es un vicio solitario que se va perfeccionando por sí mismo, haciéndose más complejo quizá, más sutil. Aparte de eso, los vecinos no nos parecen más amables al acabar un libro, ni la vida más bella. Sobre todo, si ese libro es Misery.

Acabo de terminarlo, de hecho, y escribo esta reseña bajo su efecto inmediato, que se parece mucho al de las drogas que el protagonista no para de ingerir. Esas drogas le permiten contemplar la sórdida realidad en la que está atrapado hasta el cuello desde la relativa distancia del sopor químico. Por eso enganchan, precisamente. A mí me ha pasado algo parecido, sólo que al revés. El libro me ha enganchado desde el principio, y de manera más violenta según iba avanzando; hoy no he podido ya hacer otra cosa durante horas hasta que lo he terminado. En este caso, sin embargo, el estado de sopor que me ha inducido la lectura no ha sido nada apacible. Al revés, ahora no puedo evitar contemplar los objetos que me rodean, la más simple de mis acciones rutinarias, con sospecha paranoide.

Y es que eso es quizá lo más inquietante del libro: el olor a realidad, el nauseabundo olor a realidad. Stephen King nos asoma a las grietas más oscuras de la locura y el horror, pero no necesita elaborados trucos fantásticos ni complicadas coartadas para erizarnos la piel. El argumento, desde luego, puede considerarse inverosímil: una fanática admiradora rapta a Paul Sheldon, autor exitoso, y le obliga a escribir una novela más de su saga favorita. Pero la anécdota es irrelevante, o King consigue que lo sea. Nos lleva de la mano, con toda naturalidad, a un lugar donde todas las preguntas se responden de un modo aterradoramente simple. La exótica maquinaria del miedo funciona sólo en la mente del protagonista, que trata de abrirse paso hacia una forma que fije su constante incertidumbre. Su captora, en cambio, y esto es lo terrible, está más acá de las explicaciones: no en la lejanía de una maldad refinada, sino aquí al lado, obscenamente cercana al lector, echándole en la cara un apestoso aliento que podría ser también el suyo.

Annie no tiene el aura tranquilizadora -por falsa- de un super villano: se mancha cuando come, tiene cera en los oídos y huele mal. El lector sabe que él también puede mancharse, que también puede oler mal. La identificación se hace más estrecha cuando uno se percata de que el protagonista, después de todo, es un escritor, mientras que Annie es una lectora, más aún, la personificación misma del Lector Constante, como la llama Sheldon. Que alguien nos rapte y nos obligue a escribir un libro, no puede parecernos sino fantasioso. Pero, a medida que avanza el libro, uno empieza a preguntarse, con cierto asco, si es igual de fantasioso ese estado de crueldad despreocupada en el que vive Annie. ¿Es tan difícil caer en esa inmediatez malvada, en esa ceguera culpable a todo lo que llamamos razonable y sano?

Si se piensa dos veces, no deja de ser muy extraño que una narración pueda seducir así pese a inquietarnos profundamente. Dice mucho a su favor.

Todas las reseñas sobre Stephen King en ULAD: Aquí

jueves, 3 de septiembre de 2009

Douglas Adams: Guía del autoestopista galáctico

Idioma original: inglés
Título original: The Hitchhiker's Guide to the Galaxy
Año de publicación:
1979-1992
Valoración: Está bien

Comenzó siendo una radionovela; se transformó luego en una serie de libros; en una película; en varios audiolibros; en videojuego, y en fenómeno de culto a nivel (inter)planetario. Tanto, que incluso ha llevado a que se declare el 25 de mayo como "Día de la Toalla", en homenaje a Douglas Adams y sus personajes -porque, como dice Ford Prefect en el primer libro de la serie, una toalla es el objeto más importante que un autoestopista galáctico lleva en su equipaje-. La Guía del Autoestopista Galáctico es una de esas referencias freaks que uno debe conocer en estos días si quiere entender los chistes de xkcd o The Big Bang Theory.

En cuanto a los libros, que es a lo que vamos, es una "trilogía de cinco" (sic) compuesta por Guía del autoestopista galáctico; El restaurante del fin del mundo; La vida, el universo y todo lo demás; Hasta luego, y gracias por el pescado -el que menos me ha gustado de la serie, aunque/porque es el más romántico-, y Fundamentalmente inofensiva, y podría describirse, por su humor absurdo y su galería de personajes alocados, como un "Terry Pratchett se va al espacio". Terry Pratchett. El del Mundodisco. ¿No? En fin.

La Guía del autoestopista galáctico narra las aventuras de varios personajes que se entrelazan en historias a cuál más absurda: Arthur Dent, un terrícola cuya casa está a punto de ser demolida para hacer sitio a una carretera de circunvalación, justo en el momento en el que la Tierra es demolida para hacer sitio a una carretera estelar de circunvalación; Ford Prefect, el alienígena inadaptado que vino a pasar unos días a la Tierra y se quedó 15 años, y que salva a Arthur en el último momento; Zaphod Beeblebrox, primo lejano de Ford y Presidente Galáctico ocasional -además de bicéfalo y tribrácido-; Trillian, pretendida por Arthur y casi-pseudo-novia de Zaphod, o Marvin, el robot paranoico y depresivo.

¿Y qué hacen estos personajes? Pues en la primera novela roban una nave que funciona mediante un sistema de Improbabilidad Infinita; en la segunda, cenar en un restaurante que está situado justo 15 minutos antes del fin del mundo; en la tercera, intentar encontrar respuesta a todas las grandes preguntas sobre la vida, el universo y todo lo demás (y la respuesta es "42", aunque nadie sabe exactamente cuál es la pregunta); en la cuarta, averiguar adónde se han ido todos los delfines... Entre otras muchas cosas.

Y por supuesto, en el centro de todo está la Guía: una especie de Lonely Planet intergaláctico, con las palabras "No se asuste" en su portada, que en sus millones de páginas, escritas por autoestopistas voluntarios (¡mira, como la Wikipedia!) recoge información sobre todas las culturas, planetas, batallas, bebidas y restaurantes del Universo. La entrada sobre la Tierra, por cierto, sólo contiene una palabra: "inofensiva", que gracias a Ford se transforma en "fundamentalmente inofensiva". De la Guía proceden muchos de los pasajes más divertidos de las novelas, cuando describe las más absurdas y surrealistas formas de vida y civilización imaginables.

Leerse los cinco libros de una sentada probablemente sea demasiado; pero si se toman poco a poco, seguro que se pasará un buen rato con los disparates de Arthur Dent y Ford Prefect, con Marvin y sus depresiones, o con las aventuras y desventuras de Zaphod y Trillian.

Hay adaptación cinematográfica, y este octubre Eoin Colfer, autor de la serie de Artemis Fowl (no, yo tampoco la conozco) va a publicar, con permiso de la viuda de Douglas Adams, una sexta novela para la trilogía (sic) titulada And Another Thing... ("y otra cosa..."), con la que pretende dejar dar un final más risueño a una serie que terminaba de manera algo oscura en Fundamentalmente inofensiva.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Aurora Luque: La siesta de Epicuro

Idioma original: español
Fecha de publicación: 2008
Valoración: intragable

Nos basta leer el título de este libro para adivinar por qué caminos va a llevarnos su autora. Luque, que ha traducido -entre otros- a los poeas eróticos griegos, despliega una serie de poemas que intentan combinar el clasicismo de esas traducciones con el lenguaje y las expresiones más actuales, pero, en mi opinión, le sale el tiro por la culata. José Luis García Martín dijo de este poemario: "Frivolidad desdramatizadora y magia hay en la poesía de Aurora Luque, luminosidad y misterio, carnalidad y bibliotecas", algo que yo, sinceramente, no veo por ningún lado.

Creo que los poemas son flojos, predecibles (como Anorexias, un canto a la enfermedad que no dice nada nuevo), vanos intentos de demostrar una modernidad que, al final, queda reducida a una consecución de versos llenos de referencias de lo más variadas que no aportan demasiado. Generación Nocilla, por ejemplo, termina con un "Al salir, ya escudados, esperaba el futuro,/ producto paralelo -qué ironía-/ de calorías huecas,/ indigesto y opaco,/ industrial y marrón". Pues vale.

Salvaría, eso sí, los treinta y tantos haikus que abren la tercera parte de este libro, especialmente los dedicados al deseo. Éstos sí merecen su lectura, sí muestran la profundidad y las imágenes que debía haber tenido el resto de los poemas y dejan al lector con ganas de querer leer más.

Pero es que, prestando atención al listado de dedicatorias y a los poemas que les corresponden, parece que la autora se ha preocupado más por escribir algo específico que se adapte a la persona a la que va dedicada el poema que por los versos en sí. Ver que este poemario había recibido el X Premio Internacional de Poesía Generación del 27, por desgracia, me había hecho esperar algo más. Una pena.

martes, 1 de septiembre de 2009

Herman Hesse: Demian

Título original: Demian
Idioma original: alemán
Fecha de publicación: 1919
Valoración: muy recomendable

Emil Siclair nos cuenta en primera persona cómo se debate desde niño entre dos polos: el mundo de la luz y el bien, y lo que siente como ocuridad y mal. Este doble sentimiento le lleva a ser amigo de Kromer, un joven malvado que que le atormenta y hace con él lo que quiere, pero que, aún a pesar de ello, le lleva a Emil a seguir siendo su amigo. Hasta que conoce a Demian, un compañero de colegio. Este personaje aparece como joven maduro, recto, espiritual y enseguida se hace amigo inseparable de Emil, que se aleja de Kromer.

A partir de aquí, el joven Sinclair comienza un camino de autodescubrimiento. Hesse nos muestra el paso de la niñez a la adolescencia, con los cambios importantísimos que aparecen durante esos años y con las elecciones que marcarán el futuro de los jóvenes, según se guién por una persona u otra. Emil es tímido y aún tiene que descubrir su verdadera personalidad. Esa bipolaridad subyacente desde la infancia marca sus decisiones. Hasta que aparece el guía, el consejero, el que le ayudará en su formación.

Una novela de formación para guiar a los jóvenes en su momento de búsqueda, de preguntas y de inquietud. Como siempre, Hesse nos traslada a un mundo de autoconocimiento espiritual donde lo místico se convierte en el eje que dirije la novela. Sus personajes se pierden, o están perdidos, e intuyen que debe haber un camino de salvación, de luz y positividad, pero han de recorrer un trayecto duro para llegar a alcanzarlo. Eso sí, si consiguen alcanzarlo, serán liberados. Aunque no todos lo consiguen. ¿Lo conseguirá Emil Sinclair?

Otras obras de Hermann Hesse en ULAD: Bajo las ruedasEl lobo estepario

lunes, 31 de agosto de 2009

Juan Antonio Vallejo-Nájera: Yo, el Rey

Idioma original: español
Fecha de publicación: 1985
Valoración: se deja leer

He aquí el premio Planeta de 1985. Estaba convencido de que este galardón había ido perdiendo fuelle y altura con los años, hasta convertirse en lo que es hoy: una mera excusa de contracubierta como "anunciado en TV" o "descuento del 15%". Pensaba que bastaría con retroceder un par de décadas para encontrar jurados intachables que premiaran obras maestras. Bueno, pues he empezado a dudar de mi cuento de hadas. Habrá buenas novelas, no lo niego: si 50 años de paripé no dan para un par de buenas novelas, es para pegarse un tiro. Pero ésta, en fin, no es una de ellas. Cuenta la historia de José I, hermano de Napoleón que reinó oficialmente en España desde 1808 a 1813. O más bien el comienzo de su historia: desde que aceptó la corona en Bayona de manos del Emperador hasta que llegó a Madrid. Al parecer, el resto se narra en una continuación titulada Yo, el intruso.

El autor desaprovecha una materia que es novelesca por méritos propios. Los meses de mayo a julio de 1808 son de los más intensos en la historia de España. Gran parte de la novela transcurre en Bayona, hasta donde se trasladó la familia real española al completo para someterse al arbitraje de Napoleón. Vallejo-Nájera describe con todo lujo las veladas de la corte imperial y las interminables jornadas de trabajo de los Bonaparte y sus mariscales. Comenta por encima, es cierto, la situación de Carlos IV y Fernando VII, pero desaprovecha lo principal: los príncipes de una antigua dinastía se rebajan hasta el polvo para mendigar de un plebeyo extranjero los derechos a su propio trono. Si a esto sumamos el odio recíproco entre padres e hijo y el triángulo amoroso entre Carlos IV, la reina y Godoy obtenemos un cuadro cómico insuperable. Los siniestros acontecimientos que comienzan a sucederse entonces en España, al inicio de la insurrección popular contra los franceses, darían pie de sobra para la tragedia.

Pero Vallejo-Nájera parece que no quiere caer ni en lo trágico ni en lo burlesco. A cambio, se queda en una de esas hagiografías que vendían hace tiempo en cuadernitos ilustrados a todo color. Grandiosidad como de cromos y poco personaje de verdad. A este paso en falso colabora, y mucho, la elección del punto de vista, ya que toda la novela está escrita en forma de diario del propio José Bonaparte. Al parecer, el autor investigó a fondo la correspondencia del rey, y está claro que no cabe esperar de tal fuente más que una imagen heroica y romántica. La responsabilidad del novelista tendría que haberle obligado a corregir el tono engolado y la visión cesárea de la situación, y no haberlo hecho (o no haberlo sabido hacer) es su peor falta.

Dicho esto, añadiré que a mí me encantaban esas hagiografías a todo color. Por eso he seguido leyendo, mordiendo el cebo de las paradas militares y las recepciones con mucho candelabro y mucho viva el rey. El autor, en cambio, da la sensacion de sentirse incómodo con esta solemnidad de opereta (que se encuentra con más abundancia y calidad en muchos otros libros) y por eso añade aquí y allá un par de melancólicas meditaciones de José I sobre lo poco que le quiere su hermano pequeño. Este parche psicológico no hace sino empeorarlo todo: ¿es eso lo que merece la pena narrar en pleno estallido de la guerra de independencia? Es una pregunta retórica.

domingo, 30 de agosto de 2009

Virginia Woolf: La señora Dalloway

Idioma original: inglés
Título original:
Mrs. Dalloway
Año de publicación: 1925
Valoración: Imprescindible

Ya he comentado en alguna otra reseña que hasta este año casi nunca solía releer los libros de los que guardaba un recuerdo especial, en parte por miedo a desmitificarlos y en parte también por falta de tiempo (con tantos libros excelentes por descubrir, ¿para qué volver a leer lo que ya hemos leído?). Sin embargo, este año, en parte por culpa de este blog, me he puesto a releer novelas como Hotel Savoy, Mientras agonizo, El amante, El Gran Gatsby o La señora Dalloway, y esta siendo una experiencia muy interesante: releer una gran obra que nos impactó hace tiempo no es desde luego perder el tiempo, sino, verdaderamente, volver a leer, como si fuera una obra nueva o por lo menos viéndola con ojos nuevos, los que nos da la distancia (humana y lectora) que nos separa de la primera lectura.

A veces, sí, la relectura puede ser desmitificadora. Mientras agonizo no me ha gustado tanto como la primera vez, y al Hotel Savoy le bajé un punto en mi escala de admiración; pero con El Gran Gatsby o La señora Dalloway me ha pasado al revés: me da la impresión de que la primera vez no las entendí en absoluto, y que sólo las aprecié porque tenía que apreciarlas: porque eran, o así se decía, obras maestras de la narrativa del siglo XX, y quién era yo para decir lo contrario. Bueno, por lo menos en el caso de La señora Dalloway, desde luego no tengo ningún motivo para decir lo contrario. Más bien todo lo contrario. O sea.

La novela se centra en un grupo de personajes que se entrecruzan a lo largo de un día de junio en el Londres de posguerra (de la Primera Guerra Mundial). Dos de los personajes destacan sobre el resto: Clarissa (la "señora Dalloway" del título), dama de clase alta que organiza una fiesta mientras se plantea por qué rechazó a su pretendiente de juventud, Peter Walsh (que acaba de regresar de la India con un aura de fracaso a su alrededor), y decidió casarse con su actual marido, el correcto pero aburrido Richard Dalloway; y Septimus Warren Smith (el personaje más memorable de la novela, en mi opinión), combatiente de la Gran Guerra que ha vuelto al hogar con graves traumas y problemas psicológicos -trastornos que, al menos en cierta medida, comparte con la propia autora-.

Entre estos personajes no hay una relación directa: sus caminos se entrecruzarán ocasionalmente, o responderán a los mismos estímulos (las campanas del Big Ben, un avión de una campaña de publicidad, el bullicio de Regent's Park), pero sin llegar a tocarse, y desde luego sin llegar a comunicarse. Woolf nos muestra lo que sucede durante ese día de junio a través de los pensamientos de varios de los personajes implicados -utilizando la técnica del stream of conciousness que había perfeccionado Joyce en su Ulises-, lo que lleva a que el libro esté plagado de digresiones, verdades a medias, flashbacks a acontecimientos pasados y cambios de perspectiva narrativa que el lector deberá identificar y reconstruir.

La prosa de Virginia Woolf es exigente: es un laberinto de subordinadas, incisos, acotaciones y cambios de voz y de perspectiva en el que el lector -que es el ratón al fin y al cabo- puede perderse fácilmente. La valoración que hagamos de la novela, y el placer que nos produzca su lectura, depende de nuestra actitud hacia tanto arabesco verbal: que disfrutemos del aturdimiento que produce o que sucumbamos a él. Yo, personalmente, en esta segunda lectura he disfrutado como un niño que ve por primera vez el mar.

También de Virginia Woolf en ULAD: La mujer ante el espejoFlushUna habitación propiaOrlando