miércoles, 7 de mayo de 2025

Paul Tremblay: Una cabeza llena de fantasmas

Idioma original: inglés

Título original: A Head Full of Ghosts

Año de publicación: 2015

Traducción: Manuel de los Reyes

Valoración: muy recomendable 


Me cagué mató de miedo, nos dice Stephen King desde la cubierta de este libro, al menos de la edición española... Bueno, no debemos dudar de la sinceridad de Rey, pero tampoco de su generosidad, puesto que dice lo mismo de todas las novelas de terror (se entiende que ajenas) que caen en sus manos. Así que, de momento, vamos a poner esta afirmación en cuarentena, a ver si resiste hasta el final de la reseña... Y, mientras tanto, al lío:

Los Barrett son una familia de clase media, un tanto debida a menos, de las afueras de Boston que cuenta entre sus miembros con Marjorie, una adolescente endemoniada. Es decir, más allá de lo que suelen ser todos y todas las adolescentes estándar, porque Marjorie parece estar poseída por algún ente maléfico, con el despliegue de efectos especiales habitual en estos casos... Ante la incapacidad de sus padres y de los servicios médicos para ayudarle, todo parece encaminado a que vamos a disfrutar de una entrañable historia de posesión diabólica, con su exorcismo correspondiente, como Dios manda... (nunca mejor dicho). Y así es (perdón por el spoiler, pero este es relativo), sólo que con un par de peculiaridades: en primer lugar, todo el proceso del exorcismo es televisado -y por tanto, manipulado- por un programa de telerrealidad (*). En segundo lugar, lo ocurrido nos lo va contando, quince años después de los sucesos, la hermana pequeña de Marjorie, Merry, durante sus conversaciones,con una escritora que quiere hacer un libro sobre el tema. Merry, que por entonces era una niña de ocho años, por lo que a los posibles fallos de su memoria se une la visión necesariamente parcial y sesgada que puede tener una niña. 

Narradores poco fiables, por tanto, por partida doble, de tal manera que el intríngulis de la novela, más allá de las peripecias y los momentos más o menos terroríficos que podemos encontrar en ella, consiste en saber -o incluso decidir- si la posesión de Marjorie es real o no. Más allá de esto, podemos incluso decir que estamos ante una novela metaficcional sobre la propia literatura de terror -algo que el autor no sólo no disimula, sino que está repleta de referencias a otras narraciones y autores del género-, e incluso sobre la ficción en general y, aún más allá, sobre lo que tiene de ficción lo que nos venden como realidad... (reflexión perfectamente extensible a cualquier otro campo, tanto de la política, la economía o la sociedad). Sin olvidar que aparecen otros temas importantes, como el papel de los medios de comunicación, el fanatismo religioso o las dinámicas intrafamiliares, muchas veces tóxicas, aunque a veces en sentidos inesperados... Aunque quizás la reflexión más interesante que puede suscitar la novela, cuando menos a los aficionados al terror, sea cómo estas historias de posesiones demoníacas, que, generalmente, sufren chicas jóvenes -mientras que son "salvadas" por hombres adultos y célibes- no son sino parábolas del control sobre la sexualidad emergente de las mismas, ejercido por sus familias y la sociedad bien pensante.

Ahora bien, todo ello lo encontramos no en una novela de tesis que los críticos y estudiosos disfruten desmenuzando y analizando, pero que deje indiferente al lector común, sino en una obra de género que no deja en ningún momento de serlo -ni lo pretende-, una historia que no pierde la tensión ni el desasosiego hasta el final y los aficionados/as van a poder apreciar sin necesidad de acudir a otras interpretaciones posibles. Con el añadido de que es inevitable cogerle cariño a los personajes, cuando menos a esa Merry que recuerda a la Pequeña Miss Sunshine de la película, una niña que quiere conservar su ilusión e inocencia en un mundo que parece conspirar para arrebatárselas y, sobre todo, a su hermana que, endemoniada y todo -o no-, sigue siendo su mejor amiga y, en gran medida, el planeta alrededor del que ella gira como satélite. 

En resumen: posiblemente una de las mejores novelas de miedito -relativo, hay que reconocerlo, aunque no faltan los momentos desasosegantes y hasta perturbadores- de lo que va de siglo y que nos puede inducir a sugestivas reflexiones sobre la realidad y la ficción, sobre la misma naturaleza del terror e incluso temas más cotidianos, pero no menos inquietantes como es el de las relaciones familiares o los condicionamientos religiosos. También, por qué no, una novela sobre el mal, su existencia o no, su naturaleza y su propósito, si es que hay alguno... En fin, que os recomiendo que la leáis. Quizá os cueste un poco dormir por la noche, pero no más que después de ver ciertas cosas en la tele...

(*) Telerrealidad porque hablamos del siglo XXI; en la década de los 70, este casi perfectamente podía haber aparecido en un Talk show de prime time... (como se ve en la muy recomendable película El último late night o mejor aún en inglés: Late Night with the devil).

También de Paul Tremblay en Un Libro Al Día: La cabaña del fin del mundo

martes, 6 de mayo de 2025

Joyce Carol Oates: Gente adinerada

Idioma original: Inglés
Título original: Expensive People
Traducción (al catalán): Núria Busquet Molist
Año de publicación: 1968
Valoración: Ambicioso y decididamente recomendable

Gente adinerada es la segunda de las cuatro novelas autoconclusivas que conforman Wonderland, la tetralogía de Joyce Carol Oates. Aunque cambia el estilo, tono y planteamiento general de Un jardín de placeres terrenales, su predecesora, mantiene el alto nivel literario y la dura crítica a Estados Unidos.

Nos sumerge en la mente de Richard Everett, un adolescente solitario, alienado y mentalmente inestable que relata su vida a través de unas memorias en primera persona con continuas apelaciones al lector. Memorias que deliberadamente carecen de una arquitectura literaria («Sólo en la ficción hay transiciones claras entre los acontecimientos», pg. 162), presentan varios personajes que no se desarrollarán jamás y se prolongan indefinidamente (pues, al terminarlas, el narrador deberá «afrontar el suicidio», pero le «da miedo morir», pg. 262).

Richard estuvo rodeado de bienes materiales cuando crecía. Pertenecía a una familia adinerada y vivía en una casa grande y cara de un barrio residencial de Detroit. Sin embargo, era hijo de un matrimonio profundamente desestructurado. Su madre, Natashya Romanov (en adelante la llamaré Nada) no les quería ni a él ni a su padre, el exitoso pero infeliz ejecutivo Elwood Everett, con quien estaba casada sólo por dinero y a quien engañaba con decenas de hombres.

Richard admite enseguida que Nada es el núcleo de Gente adinerada. Y tiene razón: alrededor de ella giran estas memorias, los acontecimientos y el resto del elenco («porque Nada siempre avanzaba (...), como cualquier constelación importante, dirigiéndose hacia aquello que ella creía que buscaba, y junto a ella avanzaban satélites y partículas de polvo, entre ellos yo», pg. 232).

Menudo personajazo logró Oates con Nada. Es una mujer atractiva, esquiva tanto para su hijo Richard como para su marido, Elwood. Es, también, una escritora menor, autora de una obra de gran calibre. Y es quien, desde el inicio, sospechamos que murió a manos de su hijo, que se confiesa asesino.

Los sentimientos del narrador hacia Nada son, por cierto, harto complejos, intensos y oblicuos. Él siente un amor desmesurado por su madre, uno que rebasa toda frontera filial. «¿Todavía la quería?», se pregunta Richard en la pg. 231. «La quería más que nunca, claro. Las madres que se arriman y suplican amor no reciben nada, y no se merecen nada, pero las madres como Nada (...) nos sorben cada gota de amor. Lo horrible es que el amor es una emoción con la cual no puedes hacer nada. No tiene valor. Quienes amamos desesperadamente somos como los nobles en el exilio, exiliados sin ningún reino para mirar hacia atrás, para recordar. Nuestra persona querida existe dentro de la perfecta aureola de su propia consciencia, egoísta y adorada, protegida de nosotros por la misma violencia del amor que sentimos. ¿No es eso el amor que siente un niño por su madre, os debéis preguntar? ¿Verdad? ¡Ay, dejad que sea cualquier cosa, cualquier tipo de amor! ¡Tenía suficiente amor de cualquier tipo! Podía perdurar más que los amantes, los maridos, los amigos...»

En cambio, Nada no corresponde a su hijo. Aunque en ocasiones se muestra afectuosa, nunca le prodiga amor genuino (al igual que hace Elwood). Incluso lo ha abandonado en alguna ocasión. Richard describe así su interacción con Nada cuando es consciente de que ésta volverá a marcharse de casa tras una discusión con su marido: «Me parece que lo supe yo antes que ella. Todo el día entraba y salía de mi habitación, se sentaba en mi cama y depositaba la mano fresca y remota sobre mi frente febril, mirándome con la sorpresa tenue y vaga de una persona que descubre que hay vida en el maniquí de una tienda o en un cadáver. ¡Nunca signifiqué nada para ella, nunca! Quizá era una extraña broma protoplásmica que padre le había deseado una noche, ya tarde, después de un coctel. Yo era carne, huesos, sangre y cerebro etiquetados como "Richard", y "Richard" debería haber evocado en su mente pensamientos mecánicos de culpa, responsabilidad y amor. Me quería cuando era feliz. Me quería cuando se daba cuenta de mi existencia. Me quería si era bueno, si padre era bueno, si la habían invitado a salir las dos noches de un fin de semana, si el mundo iba bien, si la humedad era baja y el barómetro agradable: mientras que yo la quería siempre, cuando era una puta o era una santa, encantadora o fea, con los cabellos cortos y brillantes o largos y grasientos... La quería, ¿pero de qué nos sirvió a ninguno de nosotros?», pg. 127.

Tras un breve diálogo, en el que Richard le dice a Nada que si marcha de nuevo no se moleste en volver, ella se queda «quieta y seria», mirándolo «de la misma forma en que miraba a padre o a las mujeres con rulos del vecindario, o a las cacas que hacían los perros de los vecinos en el césped de casa. Su cara era magnífica y pálida, sus ojos oscuros, algo dementes (...). ¡Ay, no lo sé! ¡No sé qué parecía! La miré y miré durante años. La observaba y la quería. (...) pasó de ser otra persona a formar parte de mí mismo. Era como si Nada, mi madre, se hubiera convertido en una especie de criatura embrionaria incrustada dentro de mi cuerpo (...)», pg. 128.

Pero no os penséis que el resto de personajes palidecen al lado de la polifacética Nada. Richard y Elwood están igualmente perfilados (su aspecto físico, sus voces, su psicología, etc...). También muchos secundarios, pese al escaso foco que reciben.

Otro aspecto destacable de Gente adinerada es su estructura y su estilo. Ya he mencionado que elude el formato literario en sus memorias. A ese enfoque tan interesante hay que añadir otros dos aspectos que dotan al texto de un carisma excepcional: el grado de suspense que alcanza y la narración no fiable de Richard.

Por último, querría mencionar que la crítica a Estados Unidos efectuada en estas páginas es muy acertada. Se enfoca a la clase medio alta, su educación, su pleitesía por el dinero, su pretenciosidad intelectual, su hipocresía, etc...


También de Joyce Carol Oates en ULAD: Aquí

lunes, 5 de mayo de 2025

Reseña + entrevista: Venecos de Rodrigo Blanco Calderón

Idioma original: Español 

Año de publicación: 2025

Valoración: Está muy bien

Un avión despegando en un atardecer es la imagen de la cubierta diseñada por Paul Viejo para este Venecos del ya casi malagueño Rodrigo Blanco Calderón. Una clara metáfora a un exilio o a una emigración que, si bien está presente en la práctica totalidad de los trece relatos incluidos en este volumen, no tiene un lugar tan central como pudiera parecer. Es decir, la experiencia de la emigración está presente en los relatos pero no es fundamental para los personajes de los mismos; más bien se trata de seres que tratan de rehacerse de diversos fracasos, ya sean estos matrimoniales, laborales o artísticos, lo que otorga a los textos una universalidad que de otro modo quizá no tendrían.

No me quiero enrollar mucho porque lo que nos cuenta el autor en la entrevista que enlazamos en esta misma reseña es mucho más interesante que lo que yo pueda decir, pero sí quiero destacar algunos aspectos de los relatos de Rodrigo. Serían:

  • Su estructura. En casi todos los textos hay dos capas, una más visible y otra "subterránea" y me gusta mucho cómo el autor las maneja, cómo juega con ellas y cómo se entrelazan, ya sea de una forma más o menos sutil. Creo que el que mejor lo consigue es La vejez.
  • Las voces. Personas de diferentes sexos, edades, condiciones económicas y sociales, con voces perfectamente identificables y diferenciadas, protagonizan textos ambientados en lugares tan diversos como París, Caracas, Málaga o ese claustrofóbico y oscuro El Cráter.
  • Cierta tendencia al realismo "grotesco". Creo que este punto enlaza en cierta forma con esas dos capas de las que hablaba, en el sentido de que toda situación, por clara que parezca, esconde algo más o menos "oscuro". Claros ejemplos son Una vida distinta, Virgen de la impureza, Café Rostand, etc.
  • Las referencias literarias. Esto sé que no es una virtud per se, pero a mi me gustan estos autores y estos libros que dejan claras referencias y homenajes como las que Rodrigo hace en estos cuentos. Así, Kadaré, Camus, Roque Dalton, Sabato y Ovidio se asoman por estas páginas, con mención especial al estupendo y oscuro El extranjero.
  • Las referencias cinematográficas. Vale, no hablamos de Manuel Puig, pero aquí hay mucho y buen cine.
  • Los guiños a sus lectores. No sé si es algo buscado o no (incluso no sé si es algo "inventado" por mi), pero aquí hay rastros de The Night (con Darío Lancini) o de Simpatía (ay, El padrino)  
Poco más. Solo dar paso a la charla que mantengo con Rodrigo Blanco Calderón, al que agradezco enormemente su amabilidad.



También de Rodrigo Blanco Calderón en ULAD: Simpatía, Los terneros y The night

domingo, 4 de mayo de 2025

David McCloskey: Estación Damasco


Idioma original:
inglés

Título original: Damascus Station

Año de publicación: 2021

Traducción: Jofre Homedes

Valoración: indigesto

Si hubiera una lista  standard de ticks para marcar que encajaran con la definición de best seller, subgénero "novela de espías", Estación Damasco las cumpliría a rajatabla. Desde su extensión y formato, tan adecuado para despacharlo en un corto período de vacaciones en algún sitio con un moderado bullicio, hasta su estructura, con capítulos cortos que parecen escenas y que siempre podrían saciar el ego del autor traduciéndose en jugosos contratos si algún directivo de cadena de streaming poco exigente decidiera sacarle algún provecho audiovisual. Por supuesto, referencias como John Le Carré o Graham Greene o una larga lista de autores de esos que basan sus libros en sus experiencias previas - militares, policiales, en cuerpos de élite, etc - son rápidamente identificables.

En este punto, por eso, habría que empezar a poner en duda que esto sea suficiente para que uno se convierta en escritor, más allá de la apelación constante al morbo y a una narración estereotipada hasta la saciedad, consistente en un amontonamiento de clichés tan obvio como algunos de los aderezos promocionales (el elogio de un ex-director de la CIA, en la portada, su definición en la contratapa como "novela atmosférica y trepidante"). Y aquí ya hay que ponerse serios: quinientas treinta páginas de idas y venidas constantes por los consabidos escenarios globales - Siria, Italia, Francia, Estados Unidos - en torno a la figura de Samuel Joseph, un miembro de la CIA que, sediento de venganza por la muerte de otra agente a manos de un sanguinario torturador sirio del gobierno de Al Asad, intenta captar a Mariam, agente siria que tantea y presiona a disidentes, para convertirla en colaboradora, lo que vendría a ser el agente doble de toda la vida, pero, ay, a pesar de que ambos son profesionales de alto rango capaces de manejarse en armas, pelea cuerpo a cuerpo, resistencia mental y física a las torturas más crueles, surge la pasión entre ellos, algo bastante curioso y desaconsejable en un entorno tan agitado como Damasco en medio del inacabable revuelo posterior a la Primavera Árabe.  

Surge, uno tras otro, cada uno de los enemigos favoritos clásicos, desde la Yihad en sus múltiples formas, hasta Rusia o incluso la propia burocracia que impide a los especialistas resolver las cosas a su manera. Todo precipitado, turbulento y lleno de estampas que enlazaríamos visualmente con cosas como Homeland o The Americans. La narración, dejadme recordaros que son más de 500 páginas, se enrevesa para tantear al lector con posibles traiciones, lealtades ambiguas, truculencia, diálogos confusos entremezclados con casualidades casi risibles (¿se puede hablar de un ataque con armas tóxicas a gritos en un lavabo? oh yes), todo en un contexto que se pretende apuntalar con siglas, nombres en clave, terminología para que el autor saque pecho de su profundo conocimiento de la "Agencia", lo cual convierte el libro en una aventurilla de superhéroes algo trasnochada y ya muy vista. Con escenarios, tecnología y enemigos actualizados, por supuesto, pero sin la mínima intención de profundidad o sutileza.

De ahí a  considerarlo literatura o algo que pretenda más allá de un algo farragoso entretenimiento  insustancial...

sábado, 3 de mayo de 2025

Alejandro Gándara: La media distancia

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1984

Valoración: Está bien


Esta su primera novela la escribió Alejandro Gándara con solo veintisiete años y es claramente una obra de juventud, en la que el autor habla seguramente de su propia experiencia, la que vivió en esa etapa en la que uno despega de la pastosa adolescencia y empieza a cruzar puertas que no conocía. Es un proceso por lo general corto, aunque claro está depende de cada uno, a veces se alarga de forma inaudita cuando se deja enredar en esa maraña de sensaciones desconocidas y, por miedo o por comodidad, no se decide a pasar pantalla. En otras ocasiones, pregúntese por ejemplo a nuestros abuelos, la evolución dura menos que el ocaso en los trópicos, y el jovencito se ve de golpe abocado a la madurez sin haber podido saborear un poquito el final de la infancia, que también tiene su encanto.

Parece ser que Gándara practicaba el atletismo, y quiere dejar constancia de esa experiencia deportiva, que es un vehículo yo creo que muy válido para afirmar ese tránsito. Describe así los entrenamientos, la relación con sus compañeros-competidores y con su entrenador, pero sobre todo las carreras, las sensaciones, los temores y lo que sería el tópico de la soledad del corredor de fondo. No hay sueños de grandeza ni al parecer temor al fracaso: el joven corre porque es lo que ha decidido hacer y es lo que hace realmente bien, hasta ahí llega su ambición. El relato parece certero, definiendo momentos y sensaciones más físicas que mentales, aunque da la sensación de espesarse en exceso y adquirir una profundidad quizá algo impostada.

Pero la actividad deportiva, siendo el hilo conductor, tampoco ocupa todo el espacio. Esto no es Carros de fuego, aunque tampoco aquel libro de Murakami en el que los maratones se fundían con la profesión de escritor. Gándara explora también la experiencia del joven que, empujado por el deporte, va asomándose a situaciones nuevas: la vida fuera del pueblo, el contacto con desconocidos, amagos de amores, la enfermedad.

Sin llegar a serlo del todo, tiene algo de novela de formación, y muestra el claro sello de obra primeriza en que el joven habla de lo que conoce muy directamente. Lo cierto es que Gándara escribe bien, y esto le permite sostener hasta cierto punto una narración que a veces resulta algo inconsistente. Por eso quizá brilla más cuando se centra en un solo episodio, como la experiencia en sí de las carreras o, sobre todo, en la larga descripción de unas fiebres sufridas en la lejanía de una pensión. Es en mi opinión un pasaje soberbio, fácil de imaginar pero muy difícil de resolver ante el papel en blanco, con ese nivel de detalle, intensidad e inmediatez, como si lo hubiera estado escribiendo en tiempo real.

El resto de la narración me parece bastante irregular, con cierto abuso de la introspección, y algo irritante cuando, con demasiada frecuencia, los personajes (a fin de cuentas casi todos muy jóvenes) parecen hablar siempre con metáforas o filosofando todo el tiempo. La prosa poética algo recargada y ese deseo de exhibir el ingenio y la agudeza son quizá muestras de inmadurez, esas cosas que el tiempo y también el trabajo van puliendo, pero que en este caso es inevitable que acaben provocando algunas desconexiones con el lector. Al menos es lo que a mí me ha ocurrido. Habría que ver cómo ha evolucionado el autor, pero por mi parte dudo que le vaya a dar más oportunidades.


viernes, 2 de mayo de 2025

Osamu Dazai: ¡Corre, Melos!

Idioma original: Japonés

Título original: Hashire Meros (走れメロス)

Traducción: Isami Romero

Año de publicación: 1940

Valoración: Recomendable

Es sorprendente que el autor de "Indigno de ser humano" haya escrito un cuento tan conmovedor sobre el poder del amor, la lealtad y la determinación. Probablemente Dazai lo concibió en un momento de lucidez dentro de su perenne estado depresivo: la lectura de los poemas de Friedrich Schiller (uno de los cuales inspira directamente este relato) puede aportar claridad incluso al ánimo más sombrío.

Más que una simple inspiración, la versión de Dazai es una adaptación a prosa del poema de Schiller "Die Bürgschaft" (“La promesa”), que a su vez retoma la leyenda de Damón y Pitias. En las tres versiones, la trama básica se mantiene casi idéntica.

En la versión de Dazai, cuando Melos es condenado a muerte por un tirano, se le conceden tres días de gracia para poner en orden sus asuntos. Para ello debe dejar a su amigo como garantía, prometiendo regresar al cabo de esos tres días para cumplir con la sentencia. Su amigo, sin titubear, ocupa su lugar y es apresado. Mientras tanto, Melos regresa a su pueblo para casar a su hermana y asegurar su porvenir. Ahora tiene que regresar a tiempo para salvar a su amigo de la crucifixión. Pero no la va a tener tan fácil, el destino le pondrá obstáculos en su camino. ¡Corre, Melos!

La adaptación de Dazai está muy bien lograda: mantiene la sensación de urgencia y el suspenso sobre el destino de ambos protagonistas. Aunque el cuento tiene un carácter claramente didáctico y moralizante, se acepta más como una estimulante palmada en la espalda que como un sermón. Aunque tengo que decir que de las versiones existentes, me sigo inclinando por el poema de Schiller.

Desconozco las motivaciones reales que llevaron a Dazai a escribir este relato; bien pudo tratarse de una simple chamba para ganarse unos yenes. Sea como fuere, hizo un excelente trabajo. Pocos años después de su publicación, y aún hoy, se incluye en los libros de texto de primaria y secundaria con el triple propósito de enseñar a leer, fomentar la educación moral y sentimental, y promover la apreciación de los clásicos japoneses (esta versión para niños también la recomiendo a quienes estudian japonés como lengua extranjera).

El cuento se ha publicado en diversas antologías de cuentos de Dazai. Además, ha sido adaptado al manga, series de televisión y películas animadas, de las cuales, recomiendo ver la versión de 1992 (link abajo). En español, se puede leer en la antología de cuentos japoneses "Un gran descubrimiento", de editorial Quaterni.

Aprovecho la oportunidad para también instarlos a leer el poema de Schiller.


Friedrich Schiller, Die Bürgschaft (1798)

Sol lanza fieras brasas sin clemencia,

frente a la interminable adversidad

sus piernas flaquean de debilidad

«Del ruin criminal me libró tu anuencia,

fuiste ante atroz caudal mi providencia

¿y es ahora aquí donde me he de pudrir

dejando a mi probo amigo morir?»




Otras obras de Osamu Dazai en ULAD: Indigno de ser humano

jueves, 1 de mayo de 2025

Luisa Carnés: Tea Rooms

Idioma original: español
Año de publicación: 1934
Valoración: Muy recomendable 

Antes de que alguien se lo pregunte: no, no he visto la serie de televisión basada en esta novela, aunque he oído algunas cosas sobre ella, a las que haré referente más adelante. Así que la reseña se refiere, obviamente, y únicamente, a la novela de Luisa Carnés, publicada originalmente en 1934 (la fecha es muy relevante) y reeditada recientemente por Hoja de Lata, que es la edición que yo he leído.

Y la novela es, sin duda, una joya que merece ser reeditada, un clásico de la literatura española - o mejor dicho, lo que podría haber sido un clásico, si no fuera porque el canon de la literatura española de preguerra sufre de dos sesgos: uno particular (la preferencia por el género poético sobre cualquier otro) y otro general (la preferencia por la obra de autoría masculina sobre la femenina). Por suerte, proyectos como "La Otra Edad de Plata", o editoriales como Renacimiento y Hoja de Lata, están contribuyendo para completar la imagen de uno de los periodos más brillantes de la historia literaria española.
 
De hecho, Luisa Carnés no era una desconocida en absoluto cuando escribió Tea rooms, aunque esta fuera la obra que la consagró como una escritora destacada de su generación. En esta novela acompañamos a Matilde, una joven de clase trabajadora de Madrid, en su búsqueda de un trabajo que permita traer algún dinero a su familia que vive en condiciones miserables, y que acaba por ser contratada como empleada en un café (una "sala de té") del centro. A partir de ahí, se va construyendo una galería de personajes, sobre todo femeninos, cada uno con sus circustancias sociales y personales: Antonia, Felisa, Trini, Esperanza... la encargada, con su sumisión servil al "ogro", o Laurita, la ahijada del patrón que decide trabajar una temporadita en el café de su padrino, o Marta, la joven decidida a salir adelante por cualquier medio... 
 
Un conjunto de personajes femeninos complejos y diferenciados, marcados por la determinación y la miseria, mujeres imperfectas y contradictorias, pero dignas y (como se dicen ahora) resilientes. Además, la novela también nos ofrece un panorama de la época, con su conflictividad laboral y política (en el ámbito nacional e internacional, como muestra el personaje del heladero italiano), la represión policial, la expansión del sindicalismo y los movimientos obreros... Recordemos que la novela se publica en los convulsos años 30, apenas dos años antes de la Guerra Civil, y un lustro antes de la Segunda Guerra Mundial...

Porque esta es, sin duda, una novela radicalmente comprometida (y esto es lo que he oído sobre la serie de televisión: que elimina este carácter político y ofrece una historia simplemente costumbrista). Y este carácter manifiestamente político se muestra en dos aspectos: en la transmisión de una clara conciencia de clase, y en su defensa de la liberación femenina. 

El primer ámbito se manifiesta sobre todo a través del personaje de Matilde (que podría ser descrita como un alter ego de la autora, que también desempeñó diversos oficios en la industria textil o en la restauración), una mujer consciente de la división social y económica del mundo, y que no está dispuesta ni a ser explotada ni a ser complaciente. Es la que hace reflexionar a sus colegas sobre la necesidad de hacer huelga, de mostrar solidaridad, de no venderse ni humillarse ante los poderosos, de comprender que existen "los de arriba" y "los de abajo", o como dice la propia novela:
«Eh, por la escalera interior». La primera vez que se lo oyó a un portero de librea dividió mentalmente a la sociedad en dos mitades: los que utilizan el ascensor o la escalera principal, y «los otros», los de la escalera de servicio; y se sintió incluida entre la segunda mitad.
Esta división social es acentuada también por el personaje de Laurita, mujer de clase media que "juega" a disfrazarse de trabajadora, pero que en el fondo disfruta de unas condiciones y unos privilegios diferentes al resto de sus colegas:
«¡Qué asco!» Eso puedes decirlo tú, niña de la clase media, a quien no habrá faltado nunca el juguete o la golosina tradicional, aunque tus vestidos y tus sombreros hayan sido siempre «caseros». Pero hay unos niños que sólo han visto estas golosinas rituales en los grandes escaparates, inasequibles; niños que, ganándose ya su pan, no conocen el tacto ni el sabor de estas golosinas exquisitas.

El propósito feminista de la obra es igualmente explícito y también se entreteje con la propia trama de la novela: las mujeres en la obra sufren acoso, violencia, son despedidas, realizan abortos clandestinos, viven en un mundo en el que "no había más que dos caminos para la mujer: el del matrimonio o el de la prostitución" (unos años antes, en la Tristana de Galdós, se añadía una tercera opción, el convento, pero la idea viene siendo la misma). Con todo, el mensaje que transmite el texto no es desencorazonador, sino todo lo contrario: es una llamada a la acción, a la liberación, de la mujer nueva:

La mujer nueva, «sin tipo», ha hablado y le ha respondido la pequeña Matilde.
Mas la mujer nueva ha hablado también para todas las innumerables Matildes del universo
¿Cuándo será oída su voz?

No hay por lo tanto aquí conflicto ni contradicción entre la lucha obrera y la lucha feminista; ambas se complementan y se necesitan, tal como demuestra la novela. En un momento histórico en el que no cabía la equidistancia (e, infelizmente, estamos ahora viviendo momentos parecidos), Luisa Carnés construye una novela que es un artefacto explosivo ideológico. 

Con todo, sería una pena que alguien leyese esta reseña e imaginase que Tea Rooms es una novela de un realismo social "seco" o "adusto". (Infelizmente, estamos habituados a identificar la literatura política con el realismo en su sentido más severo). Porque Carnés escribe como los ángeles y, sobre todo en la primera mitad de la obra, experimenta con técnicas y estilos vanguardistas, poéticos, mezclando voces y visiones, mostrando el mundo con una técnica cubista que lo deconstruye en mil facetas y lo transmite a través de las impresiones que causa en los sentidos. Así, por ejemplo, en el maravilloso capítulo 3:

Todo suave, todo tibio, sencillo.
Las palomas y los gorriones picotean las migajas perdidas en los paseos, y los cisnes deslizan trozos de pan a lo largo de su pescuezo. Blanco. Blanco.
La nodriza, con sus collares de plata y sus anchas monedas en los lóbulos alargados.
Los niños, blanco y rosa: «Yo era el banquero». «Yo era Al Capone». (Anaranjado hacia el rojo).
El cañoncito de lata gris dispara un proyectil de piedra contra la paloma blanca, de pico sonrosado.
Clat, clat, clat.
Vuelo blanco.
(La sangre de Oriente y Occidente...).
Blanco, rosa y azul.
(¿Qué haces en ese banco, en el centro de esa molicie suave, joven lector de libros revolucionarios?).

O en este maravilloso final del capítulo 5:

La noche.
Diez horas, cansancio, tres pesetas.
Fuera hace calor.
A la puerta, un viejo pregona los diarios nocturnos.
El público que sale de los cines y teatros emite comentarios en voz alta.
Diez horas, cansancio, tres pesetas.

Qué bueno que esta novela, y otros textos de Luisa Carnés, y en general muchos otros textos de muchas otras escritoras invisibilizadas u olvidadas, estén siendo recuperadas en los últimos años. Hace falta reescribir, y reordenar, lo que creíamos saber sobre la historia literaria.