viernes, 21 de agosto de 2020

Cristina Rivera Garza: La cresta de Ilión

Idioma original: español
Año de publicación: 2004 (nueva versión de 2020)
Valoración: Muy recomendable

Quizás las reseñas deberían parecerse a los libros a los que se refieren: las de novelas policiacas debían mantener el suspense, las de terror debían dar miedo, las de ensayos serios debían ser serias y las de humor divertidas. Si eso fuera así, la reseña de La cresta de Ilión debería empezar pareciendo una reseña al uso, para después convertirse sin avisar en un ensayo sobre el género y sus límites, en una crónica sociopolítica y finalmente en un relato autorreferencial en el que, por ejemplo, el reseñista es el propio autor de la obra que se encuentra consigo mismo a través de las palabras. Porque todo eso, y mucho más, está contenido en La cresta de Ilión, una novela poliédrica, esquiva y fascinante que es difícil de resumir o incluso de atrapar: cuando se piensa que se le ha cogido el tranquillo, el texto gira y escoge un camino diferente.

En un principio, la novela aparenta ser un relato fantástico o de suspense: un hombre que espera la visita de una mujer (a la que denomina simplemente la Traicionada) recibe la visita inesperada de otra mujer, que se identifica como la escritora Amparo Dávila (escritora real, autora de una destacable obra sobre todo de relatos fantásticos). Con una mezcla de deseo y miedo, que se enfoca sobre todo en ese hueso de la cadera cuyo nombre no recuerda, el narrador la deja entrar, de forma que cuando la Traicionada acaba por llegar, visiblemente enferma,ambas se instalan en el apartamento sin que él se atreva o se decida a echarlas. Entre ellas se crea entonces una complicidad misteriosa, e incluso un idioma compartido.

A este núcleo narrativo debe añadirse todavía el contexto en el que transcurre la acción: el narrador trabaja en el hospital municipal de Ciudad del Sur, en el que se recluyen personas cuyo único destino es esperar a la muerte - una mezcla de prisión, psiquiátrio y asilo. Además, la trama inicial va complicándose con sucesivos giros y sorpresas: aparece Amparo Dávila la Verdadera, una anciana casi ciega (o no); hay un manuscrito perdido que el narrador debe encontrar en el hospital por orden de Amparo Dávila la Impostora; las mujeres insisten en que el hombre que las acoge es también, en realidad, una mujer...

Como ya se puede observar, no es esta una novela con un argumento fácil de sintetizar, ni es tampoco fácil decir de qué trata, como otras obras tratan sobre la violencia, el deseo o la maternidad. En este caso, como mucho, se podrían encontrar algunas palabras o conceptos clave que se repiten, como modulaciones o variaciones, a lo largo del texto.

Una de estas palabras es sin duda "desaparición". Parece haber, por una parte, una epidemia de desapariciones, que el narrador asocia con el contacto físico entre desaparecidos (algo que resuena particularmente en estos tiempos de covid, aunque la novela es muy anterior). Por otra parte, la desaparición parece estar ligada especialmente a las mujeres: Amparo Dávila la Impostora dice estar desaparecida, como también lo está, de otro modo, la Verdadera, y de otra forma diferente también la Traicionada... Pero también están desaparecidos los desahuciados pacientes del hospital, de forma que esta idea de desaparición es ambigua y polisémica, aunque por el origen mexicano de Cristina Rivera Garza resulta inevitable vincularlo con la violencia que en ese país ha perseguido a las mujeres (y no solo, también, por ejemplo, a los periodistas) en los últimos años.

Otra idea que surge de forma reiterada y modulada en diferentes variantes es la de la fluidez de las fronteras o los límites: los que separan lo humano de lo no humano (lo vegetal, lo animal); los que separan lo masculino de lo femenino; los que separan la cordura de la locura, el deseo del miedo, la vida de la muerte. A través de toda la novela parece palpitar un rechazo a los binarismos con los que estructuramos el mundo y el conocimiento, y que llevan a la expulsión o a la desaparición de los "restos": aquellos que no encajan en estos esquemas, los que se resisten a ellos o los ignoran. Quizás el propio idioma compartido por la Traicionada y la Impostora, con su sonoridad musical casi infantil, también represente, además de un código compartido entre outsiders, un intento de superación o un escape del lenguaje racional y racionalizado con el que nos expresamos y expresamos el mundo.

Lo cierto es que La cresta de Ilión se lee con la lógica ilógia de los sueños, en los que todo lo que pasa parece natural y casi inevitable a pesar de no respetar las normas de la vigilia. Las cosas y las personas pueden ser A y B al mismo tiempo, porque la oposición A=/=B se disuelve y se difumina. En ese nuevo universo de reglas fluidas el narrador se siente perdido y salvado, se hunde hacia arriba, por decirlo así, como también el lector, siempre que acepte y consiga dejarse llevar por la seducción del juego que propone la autora.

El hueso de la cadera, por supuesto, es la cresta ilíaca o cresta de Ilión; e Ilión es otro nombre para Troya, la antigua ciudad de Anatolia donde estalló una guerra a causa de la belleza de una mujer.

(Una nota final sobre la edición: tal como la autora explica en un prólogo a la edición de 2020, publicada en España por Tránsito Libros, la versión que ahora podemos leer no es exactamente igual a la que apareció originalmente en 2002; es más bien una retraducción al español a la traducción de la obra original al inglés, en la que se introdujeron cambios, añadidos y cortes. Si alguien leyó la versión original, quizás podría resultar interesante que se acercase a esta nueva, para ver qué ha cambiado. Y luego, que nos lo cuente, por favor...)

jueves, 20 de agosto de 2020

Mark Twain: Las aventuras de Tom Sawyer

Título original: The Adventures of Tom Sawyer
Idioma original: inglés 
Traducción: J. Torroba
Año de publicación: 1876-78
Valoración: Está bien

Más o menos todos tenemos una idea aproximada sobre Las aventuras de Tom Sawyer. Es uno de esos títulos que, con siglo y medio de antigüedad, se ha convertido en un clásico, el título de literatura infantil-juvenil que todo el mundo conoce, en buena parte gracias a sus múltiples ediciones, cualquiera de las cuales ha terminado casi seguro en manos de algún niño, y por supuesto, gracias a sus diversas adaptaciones cinematográficas.  Así que no descubro nada si digo que Sawyer es un chaval pobre, avispado y con un puntito salvaje, que vive con su tía Polly en un pequeño pueblo, y se dedica a libérrimos entretenimientos, incluyendo todo tipo de gamberradas. Gatos y ratas son sus víctimas más corrientes pero, subiendo en el escalafón, aparecen su hermano Sid y otros chavales y, cómo no, el maestro a quien, entre otras hazañas, arrebata la peluca a la vista de un amplio auditorio.

Una subtrama en la historia de Tom la constituye un pequeño lance amoroso. El chico queda embelesado con una jovencita, y el episodio se convierte en un tira y afloja en el que se van sucediendo fanfarronadas, enfados y reconciliaciones, ingenuos fingimientos y ternezas que siempre terminan triunfando. Porque naturalmente Tom es un buen chico, y sus trastadas, aunque casi siempre son coronadas por una azotaina o algún castigo ejemplar, terminan también siendo perdonadas porque todo el mundo conoce su gran corazón. La cuestión de fondo sería: ¿es Sawyer un espíritu libre, la encarnación de la inocencia en una sociedad atrofiada, la sinceridad frente a la hipocresía del oficio dominical y a un sistema educativo alienante? ¿o es simplemente un gamberro que se niega a plegarse a las normas por puro egoísmo? No sé si un relato juvenil debe analizarse mediante parámetros tan severos, quizá no, a lo mejor deberíamos contentarnos con sonreír con las ocurrencias de los chavales y entretenernos con la pequeña historia.

Porque, oiga, el libro está realmente bien escrito. El relato se desarrolla con soltura, Twain es moderadamente irónico pero también condescendiente con todos sus personajes, y suave pero firmemente crítico con la rigidez de los usos sociales con la que choca la espontaneidad de los niños. Es un libro bien construido, no obstante algunos altibajos, ciertos momentos, sobre todo al principio, en que todo parece reducirse a una mera colección de travesuras más o menos inocentes o brutales, según los casos. Esto parece ser debido a que, según indica el propio autor en el prólogo, buena parte de las situaciones son reales, recuerdos de la infancia propios o prestados, lo que favorece la sensación de simple anecdotario. Sin embargo, poco a poco adquiere importancia el hilo narrativo principal que tiene como protagonista al indio Joe, donde una de las aventuras de Tom y sus secuaces engancha con una trama criminal ‘de adultos’. Hacer entrar en contacto la inocencia de la gamberrada juvenil con el mundo del delito es también un recurso bien conocido –que posiblemente copiaron de Twain muchos otros-, que no solo ayuda a elevar la tensión, sino que enfatiza el contraste entre el ámbito infantil y el adulto, entre la falta disculpable y el mal que debe ser castigado. A fin de cuentas, para subrayar la intrínseca bondad de los chavales.

Al margen de valores literarios, al hilo de la lectura parecen inevitables algunas reflexiones sobre las actividades infantiles en distintas épocas y ámbitos. Los personajes de Twain, con la carga hiperbólica que se les quiera otorgar, son chavales asilvestrados, que disfrutan la libertad en cuanto se les ofrece un resquicio o simplemente la toman por su cuenta, críos que corren descalzos, se entusiasman o comercian con bichos encontrados o con pequeños objetos a los que atribuyen valor inusitado. Una forma de vida casi tópica que se repite en sociedades que consideramos atrasadas, en siglos pretéritos, entornos rurales o países menos desarrollados: el descampado, la transformación de objetos cualquiera en instrumentos de juego, las correrías y las trampas, las aventuras que son parte de la formación hacia la edad adulta. Excesos y burradas de una vida al aire libre que parecen inaceptables para nuestra sociedad urbana del siglo XXI llena de normas, hiperprotectora, unidireccional, quizá castrante. ¿O es por el contrario que estamos glorificando algo que ya solo existe en los libros, o en lugares o tiempos lejanos?

También de Mark Twain en ULAD: Un bosquejo de familia

miércoles, 19 de agosto de 2020

Adeline Dieudonné: La vida verdadera


Idioma original: francés
Título original: La Vraie Vie
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable




¿Conocen a la escritora belga Adeline Dieudonné (1982)?
No se fíen. Es hija de un deportista famoso, el piloto de carreras Pierre Dieudonne. Los aficionados –yo no lo soy– sabrán de quién hablo.
Hasta ahora, su profesión era actriz de cine.
Sus entrada en el panorama literario es reciente y algo tardía: publicó esta, su primera novela, en 2018, y el año anterior escribió un par de cuentos que aparecieron en publicaciones periódicas.
La vida verdadera fue un éxito rotundo y obtuvo cerca de una decena de premios.
Sus protagonistas son niños: dos hermanos, chico y chica.
Algunos críticos la han catalogado como thriller (aunque a mí no me lo parece).
¿Autora novel, procedente de la farándula e hija de deportista de éxito, que publica por primera vez ya avanzada la treintena, quizá excesivamente premiada, y, para colmo, con una novela que habla de la infancia y que resulta ser un thriller?
Con estos antecedentes no daríamos un duro por ella. ¿O sí? Me dirán que ante todo hay que leerla y dejarnos de prejuicios. Así es. Las circunstancias que menciono, juntas o por separado, en absoluto merman la calidad de esta novela ni de la propia Adeline Dieudonné, una escritora cuyo debut ha sido magnífico a pesar de haberse internado en un terreno tan delicado y difícil como este.
Y ¿de qué trata la novela? Como todo argumento complejo, no aborda un único asunto: podríamos hablar de lucha, valentía, supervivencia, de amor fraternal a prueba de bomba, pero también de crueldad, de ambiente opresivo, de familias disfuncionales. O más bien de una sola, la compuesta por la narradora, sus padres y su hermano pequeño Gilles, a quien conoceremos con siete años y del que nos despediremos en plena pubertad. Quien nos habla solo le lleva tres años, al principio no es más que una niña, con la mentalidad, los sueños y la desbocada imaginación que corresponden a esa edad. Una niña con la mente muy despierta, a quien vemos madurar, rápida pero convincentemente, empujada por las circunstancias, y cuyos referentes propios de los 90 –los mismos de la autora– son tan conocidos y evidentes como Stephen King, Regreso al futuro o Parque Jurásico. Sin olvidar su obsesión por la ciencia.

“Pensaba mucho en Marie Curie. La sentía a mi lado. Siempre allí, en mi cabeza, hablando conmigo. La imaginaba observándome continuamente, indulgente y maternal. Estaba convencida de que, desde el reino de los muertos, había decidido sumarse a mi causa y convertirse en una especie de madrina para mí”.
 
Lo que narra el personaje es como un puñetazo entre los ojos del lector y las imágenes –así como algunas escenas tan memorables como bien desarrolladas– son todo lo despiadadas, crudas y sin concesiones que pueden imaginar al proceder de un testigo inocente, sincero y carente de filtros. En menos de doscientas páginas contemplamos el temprano aprendizaje de una vida en constante amenaza y sobresalto, así como los efectos -no tan desastrosos como era de esperar, e incluso alguno positivo- que psicopatía y misoginia pueden producir cuando lo que aterroriza se sublima y el objetivo vital no es otro que salvar a quien se ama del desastre.
No he querido empezar hablando de violencia para no ocultar con ella la enorme riqueza de matices, pero está presente en todo momento, aunque no siempre sea igual de visible. A este respecto habría que distinguir, en primer lugar, entre violencia implícita e explícita, también entre aquella que ocurre fuera o dentro del hogar familiar y, por último, la que transcurre ante nuestros ojos y aquella que se produjo mucho antes y de la que solo podemos contemplar sus efectos. Violencia explícita -no es difícil de entender- es la que explota, pero existe además una violencia soterrada constante que se traduce en silencio agresivo, desprecio, indiferencia por las personas del entorno, malos gestos, caras largas, en otras palabras: ambiente cargado de tensión. Fuera del hogar, un ejemplo sería el engaño a la adolescente idealista e inexperta, aunque en el momento de contarlo ella no sea consciente aún, o bien, el incidente del heladero, motor que pone en marcha la auténtica trama y cuyo origen no queda muy claro; en cualquier caso, sea provocado o no, produce una herida indeleble en lo más profundo de esos niños. En cuanto a las violencias del pasado, la más fácil de contemplar -aunque se intuyan otras muchas- es la ejercida años atrás contra Yaëlle -la mujer del profesor- para vengarse de su altruismo, y que podemos percibir claramente cada vez que ella aparece en escena.
El fondo del asunto es un drama, de acuerdo, pero vivido con tal positividad que emociona tanto como divierte. ¿Y qué hace la madre mientras tanto? Sobrevivir, volverse transparente, una actitud que saca de quicio a la protagonista. Solo empezará a entender lo que le ocurre, incluso a empatizar un poco, unos años más tarde, hacia el final de la novela, cuando el mundo tal como es empieza a tomar forma y la realidad acaba por imponerse sobre los esquemas propios de la infancia. Porque madurar antes de tiempo o ser una persona racional no significa volverse adulto de un día para otro, y esto, los tempos, aun siendo un elemento difícil de manejar, más aún en el ambiente que se describe, es resuelto con toda naturalidad y solvencia.
Llegamos al desenlace, una de las cuestiones más difíciles para un novelista. La tentación, siempre difícil de eludir, es recurrir al final abierto. La autora no lo hace: se moja (y no digo más). Otro mérito que no podemos negar al texto ni al talento de Dieudonné.

martes, 18 de agosto de 2020

Ambrose Bierce: Casas encantadas

Idioma original de los relatos: Inglés
Traducción: Ioana Sotuela
Publicación de este volumen: 2016
Valoración: Entre recomendable y está bien

Casas encantadas recopila veintiséis relatos de terror de Ambrose Bierce. Los hay de diversa extensión (algunos se podrían considerar novelas breves), de temáticas muy variadas y representantes de distintas gradaciones de horror. Obviamente, su calidad fluctúa entre aquellos más conseguidos y los que no aportan demasiado. 

Es una opinión extendida que el Bierce terrorífico no le llega a la suela de los zapatos al Bierce satírico. Por tanto, el lector de este volumen no hallará aquí los mejores cuentos del escritor norteamericano. Y, aún así, no desaconsejo Casas encantadas, especialmente a los completistas del género.  

A fin de cuentas, la pluma de Bierce nos transporta a otros tiempos. Tiempos que resulta la mar de agradable visitar. Tiempos algo ingenuos, en los que era más sencillo asustar a tu audiencia. Bastaba con que el formato de tus narraciones recordase a artículos periodísticos ("Una parra sobre una casa") o a lo que hoy día conocemos como leyendas urbanas ("Un telegrama"), antes que a textos literarios propiamente dichos. Bastaba con que la cita de un periódico o el testimonio de ciudadanos «serios» avalara tus historias. Bastaba con que recurrieses a las explicaciones materialistas para que los hechos se revistieran de una pátina de verosimilitud ("Con la ciencia por delante", "La alucinación de Staley Fleming"). Bastaba con aludir a elementos exóticos, ajenos a la experiencia del gran público, para sugestionar su imaginación ("El reino de lo irreal").

Para ser justos, hay que remarcar que en la segunda mitad de Casas encantadas podemos encontrar una serie de relatos de terror que no presentan las características listadas arriba. Son, a mi juicio, bastante más interesantes que sus predecesores, y se aproximan a lo que podríamos considerar narrativa de género moderna canónica. Porque estas piezas no se limitan a mostrar las herramientas que se empleaban en el pasado para meter miedo, sino que adelantan algunas que a día de hoy se siguen usando. 

Por cierto, a esta edición de Eneida (vaya por delante que es preciosa) le podría una sola pega: la cubierta. A nivel gráfico me parece espectacular; no obstante, el título y la ilustración escogidos dan una idea completamente errónea del contenido del libro. Porque sí que aparecen textos sobre casas encantadas en estas páginas, pero también los hay, por ejemplo, sobre desapariciones misteriosas, presencias fantasmales o extrañas premoniciones. De modo que esta cubierta, por más que visualmente funcione, no está libre de reproches. 


lunes, 17 de agosto de 2020

William Shakespeare: Macbeth

Idioma original: inglés
Título original: Macbeth
Año de publicación: 1606, se cree que redacción de la obra; 1611, primera representación; 1623, publicación
Traducción: Agustín García Calvo
Valoración: Fuera de concurso

Antes de nada, y si no le importa a nadie: a partir de ahora y aunque se trate nada más que de una reseña vamos a llamar a esta obra de William Shakespeare, "la obra escocesa", como es tradición en el teatro británico, pues al aparecer traer mal fario pronunciar su verdadero título. Y como va a ser inevitable nombrar a su protagonista, permitidme que, por si acaso, lo escriba como McBeth, que además convendremos en que así parece mucho más escocés, ¿no? Casi tanto como McFlurry o McPollo, otros célebres clanes de tan brumosa y legendaria tierra...

El argumento de la obra (basada, por cierto y al parecer, en las Crónicas de Raphael Holinshed sobre la supuesta Historia medieval de las Islas Británicas) supongo que es lo bastante conocido para no estropearle la lectura, o mejor aún la representación teatral a nadie: en un páramo perdido, tras una batalla, tres brujas le auguran a McBeth, hasta ese momento un noble y fiel servidor del rey Duncan, que él ha de convertirse en rey de Escocia. McBeth, cegado por la posibilidad de ser califa en lugar del califa (bueno, ya me entendéis) y espoleado por su no menos ambiciosa esposa, aprovecha la estancia del rey Duncan en su castillo para asesinarle de la manera más infame posible. Pero la cosa no queda ahí: una vez en el trono, McBeth en la mejor tradición autócrata, establece un reinado basado en el recelo e incluso el miedo, deshaciéndose de los testigos de su iniquidad o de posibles rivales, como si hubiesen sido sus cómplices en el asalto a la Lufthansa en el aeropuerto de Nueva York... Vaya, que la obra tiene todo lo que debe tener una buena ficción, más aún si es para representarse para deleite del populacho (y del rey Jacobo, en este caso, que también era escocés y sabía de asesinatos palaciegos): ambición desmedida, traición, complots criminales, asesinatos a cascoporro, malvados usurpadores, damas arteras, brujas... en fin, todo lo que ha molado siempre (aunque a un coste considerable, en verdad) del rollo éste de la monarquía (venga, Froilán, anímate y danos un poco de espectáculo...). Es una obra, ya digo, sobre la ambición, pero también sobre la culpa y el miedo, porque en la Escocia de McBeth todos tienen miedo, empezando por él mismo, que ha desencadenado la tragedia por miedo a contradecir al que parece ser su destino y luego vive con miedo de que ese destino revire y le apuñale. McBeth, además es el antihéroe shakesperiano por excelencia (quizás junto a Calibán); como se señala en el excelente prólogo de esta edición -escrito por la profesora Carol Chillington Rutter-, es el único de sus personajes que utiliza la violencia y comete horrendos crímenes, pero sin buscar excusas para ello: la ejerce porque espera obtener un beneficio personal de ella, sin necesidad de ampararse en altos ideales u ofensas recibidas, como es costumbre...

Junto a este arquetipo ya inmortal (con variantes, lo encontramos en todas las luchas por el poder político o económico, en todas las historias de mafiosos, en todas las soap-operas, televisivas, de Dallas en adelante), en esta obra se hallan otras imágenes igualmente poderosas que añadir al imaginario colectivo: esa Lady McBeth, despiada esposa del protagonista que luego enloquece tratando de borrar la culpa de sus ensangrentadas manos, que no deja de frotarse como si tuviera que bajar cinco veces seguidas al Mercadona porque siempre se le olvida algún ingrediente para la paella... (gesto que trata de reafirmar la propia inocencia desde los tiempos de Pilatos y que sólo sirve de algo cuando eres un gobernador romano con el respaldo de unas cuantas legiones); las tres hermanas brujas, que abren la obra y desencadenan la tragedia, amén de los ripios más logrados y divertidos de la misma. Tres hermanas que, alejadas de las hadas del folklore céltico, nos remiten a las tres Moiras o Parcas de la Antigüedad clásica, tejedoras del destino de los hombres (y, dicho sea de paso, que daban un miedito que no veas). Por otro lado, en una obra repleta de excelentes versos del divino bardo de Stratford-Upon-Avon (si no lo pongo, reviento), destacan éstos del quinto acto, escena V, que quizá resumen mejor que ningún otro, no sólo el espíritu de este drama teatral, sino el de toda la obra de Shakespeare y aun de todo el devenir humano:

"(...) No es la vida más que una
andante sombra, 
un pobre actor que se
pavonea 
y se retuerce 
sobre la escena en hora y
luego
ya nada más de 
él se oye. Es un cuento 
contado por un 
idiota, todo es estruendo y
furia, y sin 
ningún sentido "

En fin, no puedo añadir mucho más a la necesariamente escueta reseña de una obra de evidente complejidad, y que lo más aconsejable es leer y, a ser posible, ver representada... Sólo me queda señalar que, aunque sea más aburrida que las monarquías, porque no se hace eso de matar reyes y demás (entre ellos, me refiero), estas cosas en una república no pasan.


Otras obras del divino bardo y bla, bla, bla, reseñadas en Un Libro Al Día: La tempestadOteloRomeo y JulietaHamletEl rey Lear

domingo, 16 de agosto de 2020

Paul Auster: Mr. Vértigo


Idioma original: inglés
Título original: Mr. Vertigo
Año de publicación: 1994
Traducción: Maribel de Juan
Valoración: muy recomendable

Como a Vila Matas, puede que ser prolífico (o puntual con la espera de su núcleo de incondicionales) le resulte a Paul Auster perjudicial en la apreciación de su obra. Será otra forma de esnobismo colectivo inconsciente, la de pensar que a mucha producción uno ha de recelar pues es imposible mantener cierto nivel por mucho tiempo y bla bla bla, esa vieja y funesta preconcepción de que el autor perfecto ha de tener una obra perfecta y todo lo demás han de ser aproximaciones que merodean pero no alcanzan la perfección.
Bueno: pues Mr. Vértigo puede ser otro de esos casos, pero desde luego no es de los que bajan el promedio, más bien todo lo contrario. Hablamos de una bildungsroman que se inicia con Walt a los nueve años y acaba con un "así"que podría tomarse de muchas maneras, pero que si Auster fuera un mito viviente como lo fue García Márquez, pudiera equipararse al "mierda" de ya sabéis qué novela. 
Y en medio nos encontramos más de 200 páginas de stream of consciousness, de narración en estricta primera persona de las andanzas de Walt, concentrada especialmente en sus cinco primeros años, de los 9 a los 14, en los que es tomado a cargo por el Maestro Yehudi, poliédrico personaje con su parte de gurú, su parte de referente paterno, su parte de cruel introductor al mundo adulto, que se encargará de adiestrarlo para la finalidad que ha percibido en él: la levitación, el vuelo, el espectáculo. Estamos en los años 20 en Estados Unidos, una sociedad que hoy nos parece extraña y extrema, la Gran Depresión aparece en el horizonte, el Ku Klux Klan campa a sus anchas y actúa con impunidad (uno de los flecos incómodos que deja la trama), todavía es posible que personajes errantes atraviesen el país ofreciendo espectáculos a las masas de los estados del interior, a los ciudadanos impresionables del cinturón del maíz, y también es posible que ese niño abandone a su familia adoptiva (sus padres han fallecido y convive con unos tíos entre miseria y malos tratos) sin que nadie se preocupe lo más mínimo. Walt, todavía un niño, establece un acuerdo con el Maestro: si a los trece años este no le ha  enseñado a levitar y a volar, Walt podrá seccionarle la cabeza. Aquí irrumpe uno de los protagonistas del libro: la crueldad. Crueles son muchos de los treinta y tres pasos que el Maestro Yehudi establecerá para lograr sus fines, y cruel es que Walt deba aceptar ese plan de vida como única alternativa a una vida de incerteza y privaciones. No pocas analogías podemos sacar de este planteamiento que roza lo fantástico o lo mágico. Walt convivirá con un adolescente negro, Aesop, brillante estudiante de prometedor futuro, y Madre Sioux, anciana india que se ocupa de la casa. Vencerá su racismo inconsciente, apreciará a las personas que cuidan de él y se sacrificará por ellas si es necesario.
Mr. Vértigo me ha recordado en algunas partes a algunos personajes de la Trilogía de Deptford, difícil establecer una influencia, en todo caso hablamos de obras muy estimables por separado. Auster me ha sorprendido fuera de los registros oscuros, urbanos y claustrofóbicos en que, por ejemplo, lo había hallado en otra trilogía, la de NY, y he de reconocer que, sin verla mencionada, a diferencia de Leviatán o El palacio de la Luna, entre sus obras más destacadas, el nivel en Mr. Vértigo, tanto de escritura como de penetración psicológica en los personajes (pongamos una cierta pega, vamos, en la maldad sin matices de figuras como el tío Slim) es magnífico, cercano a la genialidad que, a estas alturas, ya no esperaba descubrir de este autor. Un más que convincente reencuentro.

sábado, 15 de agosto de 2020

Reseña a cuatro manos: La casa de Iggie, de Judy Blume

Idioma original: Inglés
Título original: Iggie's house
Año de publicación: 1970
Traducción: Montse Triviño
Valoración: Entretenido y estaría bien que se lo leyera mucha gente (en palabras de Irantzu)


Libro infantil y juvenil, así que reseña a cuatro manos entre hija y padre. Por cierto, espero suculenta oferta por parte del Sanedrín uladiano y así sopesar, cual padre de Neymar, entre los variados ofrecimientos recibidos: Babelia, el suplemento de cultura de la hoja parroquial y los hijueputas esos de la Sexta con su blog literario de Aliexpress. Al lío!

Irantzu dice...
Winnie es una niña que vive en Grove Street. Su mejor amiga, Iggie, se ha mudado a Tokio con sus padres. A la que era la casa de Iggie llega una familia negra formada por los padres y 3 niños más o menos de la edad de Winnie. Lo curioso es que son los primeros negros del barrio y eso le sorprende a Winnie. A algunos vecinos no les gusta que haya gente de otro color en su barrio y empiezan a protestar para que se vayan. Winnie no quiere que se vayan, no quiere que les traten mal y se hace amiga de ellos.

Este libro me ha gustado mucho porque la historia puede haber ocurrido de verdad y nos enseña que no tienes que tratar mal a nadie solo porque sea "diferente".

Ahora, yo:
Ambientado a finales de los años 60, inmediatamente después del asesinato de Martin Luther King, "La casa de Iggie" es un hermoso alegato contra el racismo que muestra, desde la óptica de una niña de once años, el absurdo de los comportamientos, los prejuicios y la indiferencia de los adultos. El conflicto entre la inocencia infantil y el mundo más frío y calculador de los adultos aparece perfectamente definido y es, creo, lo más destacable de la novela. 

Vamos, que 127 páginas que se leen en un par de tardes y que son perfectamente recomendables para niños y padres, especialmente en estos tiempos en los que ciertas conductas más propias de otras décadas vuelven a extenderse a este y al otro lado de Océano Atlántico.