sábado, 14 de octubre de 2017

Danielle Collobert: Asesinato

Idioma original: francés
Título original: Meurtre
Año de publicación: 1964
Traducción: Pablo Moíño Sánchez
Valoración: Muy recomendable

Si uno se fija únicamente en el título del libro, “Asesinato”, puede llegar a pensar que se encuentra ante una novela negra. Nada más lejos de la realidad. Ni novela ni negra. Y no es necesario adentrarse demasiado en el libro para darse cuenta de por dónde irán los tiros porque ya en la tercera o cuarta página puedes leer “y a qué agarrarse cuando uno ya no reconoce ni sus propias manos, ni su propio paso, ni siquiera la pequeña dosis de desesperación cotidiana”.

Se trata, como poco a poco vas comprobando, de un libro, a medio camino entre el diario, el relato breve y el poema en prosa, con el que la autora parece colocarse frente a un espejo para estirar el brazo,  sacarse las vísceras y, así, extirpar el dolor (dolor de vivir, dolor de sentir).

No es, como ya habréis imaginado, un libro “fácil” ni “cómodo”. Es un libro breve, de unas 130 páginas, que apenas ofrece resquicios por los que entre el aire fresco, con el dolor, la muerte y la desesperanza como hilos conductores, plagado de imágenes y sensaciones, y tremendamente personal. Es uno de esos libros no "hechos para disfrutar".

En cuanto a posibles influencias o similitudes, la más evidente es “El oficio de vivir”, de Cesare Pavese. Párrafos como los que transcribo a continuación podrían formar parte del testamento vital y literario del italiano sin ningún problema:

Tengo la impresión de vivir una muerte

Estoy perdida en las calles…El día se desgarra

Una mañana tendría que rechazar el cansancio del día, todo el cansancio de los días por venir. Marcharme

Estoy sin fuerza. Me aferré a ella y por eso la engullí, la vomité, la pisoteé.

Como con un buril, en cobre, tengo que grabar las últimas palabras, en el centro de un dibujo que debería traducir la calma la serenidad, y también todo ese tiempo vivido y devorado


Pero no solo Pavese. También tiene uno la impresión de estar leyendo, por momentos, a un “Maldoror” infinitamente más terrenal que el de Lautreamont, aunque cargado de la misma lucidez y radicalidad. Y también, en ocasiones, uno cree estar inmerso en alguna de esas búsquedas,  imprecisas y condenadas de antemano al fracaso, de los personajes de Modiano.

En cualquier caso, esto son solo referencias para tratar de situar una obra altamente recomendable, densa y oscura, a la que no conviene acudir en caso de depresión. Avisados estáis.

viernes, 13 de octubre de 2017

David Rubín + Marcos Prior: Gran Hotel Abismo

Idioma: español

Año de publicación: 2016

Valoración: entre recomendable y está bien

Si comenzamos una reseña diciendo que la obra que nos ocupa contiene referencias a Lúkacs, Adorno o Steiner, posiblemente más de uno de nuestros lectores pensaría que quien esto escribe es un maldito pendante hablamos de un ensayo sociopolítico o de un libro de filosofía. Pues hala, no: como puede deducir cualquiera por las ilustraciones que acompañan a la reseña de hoy, nos encontramos ante una novela gráfica-llámala-mejor-cómic, de lo más modernuqui, eso sí, dentro del panorama historietista hispano.

El cómic que nos ocupa destaca, sin duda, por su aspecto gráfico.. y eso que la historia que nos cuenta o pretende hacerlo, resulta también de lo más rupturista: la crónica -de aquella manera- del estallido de una revolución en un mundo distópico que se parece , por otro lado, bastante al real. Esta especie de crónica está articulada en cuatro capítulos. en el primero, se nos presenta una manifestación reivindicativa pero pacífica que acaba en trifulca general a partir de la actuación de un personaje cachotas y encapuchado que llaman "el Animador" (sí, como en los hoteles para jubilados de Benidorm). Vaya , que el tío la lía parda y hasta ahí puedo leer... No obstante, lo más interesante es cómo se reflejan las reacciones subsiguientes -y para todos los gustos-que tienen lugar en esa esfera virtual compuesta por tele y redes sociales y que se ha convertido en omnipresente en nuestro mundo tan empantallado (no digamos en el de este cómic).

El segundo capítulo narra el secuestro de un o de esos funcionarios-economistas que gobiernan en los organismos internacionales y que parecen hallarse por encima del bien y del mal. El tercero, un incendio en un hotel que sirve para reflejar la escasa intimidad que nos queda ya, a causa las vidas paralelas que llevamos muchos en esa esfera virtual que he mencionado antes. Para muestra, los datos a los que cualquiera puede acceder a través de Fakebox  o la Willywonkapedia (sic). Ah, y por cierto, lo de bomberos y policías dándose leña no sé a qué me recuerda; humm... dejadme que piense...

El último capítulo cuenta la resolución de ese proceso revolucionario -tranquilos, que no voy a contar en qué acaba la cosa-, con la curiosa inserción de un par de guiños culturetas (que yo haya pillado): al célebre Eternauta, por un lado (quien nos lea desde Argentina sin duda sabrá de quién hablo) y al mismísimo Velázquez por otro. En fin, esto es lo que hay... la historia tampoco busca la profundidad ni la instrospección de sus personajes; el guión, con tener ciertos puntos de originalidad, resulta quizá demasiado fragmentario (tal vez fuera el efecto deseado): más parece una acumulación de escenas que una imbricación entre ellas hasta conseguir una narración bien lograda. Aunque ya digo que puede que sea lo que se haya buscado, de igual modo que estamos cada vez más acostumbrados a informarnos sobre la realidad (o lo que se nos ofrece como tal), a través de esa omnipresente multipantalla actual que lo trocea todo en titulares, videos, posts, tuits, gifs y yo qué se qué más...


Es su aspecto visual, sin duda, el que más seduce de esta obra, comenzando por el formato apaisado, que permite unas viñetas-escenas salpimentadas de otras de pequeño tamaño (supongo que esto  tiene un nombre técnico, pero lo ignoro), verdaderamente espectaculares -y que ya tenía bien practicadas Rubín en un anterior trabajo: Beowulf-;  terminando, o viceversa, por el genial uso del color, que es retorcido, desvirtuado y adaptado a cada ilustración de manera enérgica y atrevida, siguiendo, al parecer, los hallazgos de la ilustradora Lynn Varley -colorista, por ejemplo, de 300- en la obra Batman DK2. Una auténtica gozada, en serio. Ahora bien, para que se vea que uno también lee sus cosillas (aunque no las asimile...), aquí dejo una de las "suras" de Guy Debord, que nunca viene mal:

"Allí donde lo real se cambia por imágenes, las imágenes se convierten en la motivación eficiente de un comportamiento hipnótico".

jueves, 12 de octubre de 2017

Carmen M. Cáceres: Una verdad improvisada



Idioma original: Castellano 
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable


Cuando una pareja inicia su vida en común, ese cohete despegando con toda la trompetería reventando en encandilado fragor, los amantes se sitúan en una encrucijada donde todas las maravillas que por llegar están se imaginan blindadas ante la amenaza que supone todo lo previo que aporta cada una de las partes del nuevo sujeto afectivo. En vano, por supuesto. Las novelas llevan contándonos miles y miles y decenas de miles de historias de parejas, sus expectativas y desenlaces, sus quiebros y mutaciones, sus deslices y grandezas, sus particularidades y categorías. El filón es inagotable, como viene a corroborar Una verdad improvisada.

La primera novela de Carmen M. Cáceres (Posadas, Argentina, 1981) pone en el microscopio de su escritura la relación de Clara y Bruno. Los acompañamos desde el estallido inicial de melodía y ritmo (“Hay una ingenuidad que no vuelve, dijo Bruno un día, o lo dije yo, da lo mismo, estábamos de acuerdo.”) a través de las primeras sombras (“Queríamos ser honestos, pero éramos rústicos”) hacía las zonas más templadas de la rutina y la cotidianidad. Donde, de repente, erupciona el sarpullido de los celos, un escozor irritante e insufrible, que se alimenta no ya de la inseguridad sino de la impotencia, de la incapacidad de aniquilar de la vida del otro los momentos de dicha tenidos en relaciones previas. Momentos despreciables, puesto que suponen una merma del valor de la situación actual. Ya se sabe, somos seres racionales absolutamente imprevisibles, disparatados.

Una verdad improvisada es un relato levantado con carnalidad y sofisticación, en el que se desmenuzan momentos intrascendentes y caseros y se proponen categorías que despiertan la simpatía del lector, como la de los silencios: el de rutina, el del reproche, el de la parálisis y el biológico, ese que es tan de agradecer, donde no se habla por no tener nada que decir. Cuando la enfermedad hace su aparición, en forma de agarrotamiento de una de las cuerdas vocales de Bruno, la relación exigirá un reajuste en las estrategías, prioridades personales y conjuntas y estados de ánimo: “Cuando pasa el tiempo en las parejas dejan de ser importantes los grandes gestos y todo se mide en el menudeo. El menudeo puede ser maravilloso. El menudeo es siempre mezquino”. 

La presión de los acontecimientos genera nuevas situaciones, nuevos miedos y amenazas, nuevos momentos inesperados y sorprendentes, como una tarde en las carreras de caballos deliciosamente retratada, donde se desata una forma salvaje de libertad, de una intensidad tal que la aguja de las revoluciones del motor alcanza la intensidad de las escenas más físicas. Que también aparecen de sopetón, como se supone que actúa la tensión entre dos cuerpos que se atraen.

Es muy difícil aguantar la mirada firme de la persona que nos ve vivir cada día cuando no transmite deseo, ternura, reproche”. Pese a la concisión, apenas sobrepasa el centenar de páginas, Una verdad improvisada contiene una notable abundancia de detalles, matices, razonamientos, exabruptos, nimiedades, imágenes y sorpresas como para concluirla con la certeza reafirmada de que, en efecto, cuando esto de la pareja funciona, proporciona mucha, pero que mucha, vidilla.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Mohsin Hamid: Bienvenidos a Occidente

Idioma original: inglés
Título original: Exit West
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Con una prosa delicada, comedida (diría que incluso «suave» a los sentidos), Mohsin Hamid nos explica la vida de Nadia y Saeed, dos jóvenes habitantes de una ciudad en conflicto bélico quienes, para poder alcanzar un futuro lejos del caos existente, se ven forzados a tomar la decisión de migrar y huir de sus casas, de sus hogares, de una sociedad sin futuro. Así, el autor nos narra una historia de dificultades y superación, de sacrificios y tragedias, de valentía y atrevimiento, de relaciones sentimentales entre personas ligadas a un presente incierto y un futuro desconocido donde las vidas están íntimamente condicionadas y vinculadas al mundo que las rodea.

Con este objetivo el autor empieza narrándonos los orígenes de sus protagonistas, y nos hace partícipes de su día a día, sus raíces y la relación con sus padres. Vemos de esta forma uno de los elementos que conforman la sociedad en los países del este: la religión en el centro de la vida, las constricciones sociales donde la libertad está limitada por la opinión de aquellos que la observan. Una ciudad en conflicto, una tierra sin futuro, una sociedad próxima a su desaparición. En estos parajes viven los dos jóvenes protagonistas. Ella: valiente, atrevida (a pesar de querer disimularlo quien sabe si por su entorno, su familia o su religión); él: prudente, de los que no osarían hacer algo que pudiera considerarse inapropiado o temerario. Y en medio de todo, envolviendo sus vidas, la ciudad en conflicto. En ella se observa la caída de los valores de la sociedad: hay refugiados en condiciones lamentables, inhumanas, se producen asesinatos, la guerra está viva, latiente y el sonido de los bombardeos como música de fondo que recuerda, una y otra vez, que no están a salvo.

El autor nos habla de los habitantes de una ciudad en guerra; una guerra que se libra en cada calle, en la escuela de alguien familiar, en las casas de los ciudadanos donde «una ventana era la frontera a través de la cual era más posible que llegara la muerte». Cada punto de la ciudad es un foco posible de altercados, y sus habitantes conviven con ello, no les queda otra. Comercios que cierran de un día para otro, habitantes que desaparecen dejando como único rastro la duda sobre qué habrá sido de ellos, casas que desaparecen en medio de bombas y tiroteos. Ejecuciones en medio de la ciudad, cadáveres expuestos a la vista de cualquiera persona que mantenga la fuerza suficiente para levantar los ojos del suelo y ver las ruinas de una ciudad desolada. Una ciudad devastada, vidas empobrecidas, aspiraciones derrotadas.

La coyuntura desoladora provoca que nazca el deseo de los jóvenes en huir y abandonar su pasado; la situación obliga a marcharse, a buscar una vía de escape. En este aspecto, el autor se permite algunas licencias fantásticas como las puertas que les lleva a otros mundos. Esta elección es algo arriesgada pues el elemento fantástico que suponen las puertas choca plenamente con la realidad narrada; aún así, es un recurso útil porque el viaje de un país a otro no es lo que quiere reflejar sino el viaje interior que hacemos cuando nuestro alrededor cambia y nos obliga a adaptarnos a él y, en el fondo, a nosotros mismos. Aquí empezaría una segunda parte del libro, marcadamente diferente a lo narrado hasta ese punto. La guerra se deja de lado, al menos la guerra a gran escala. La guerra se libra en batallas cotidianas libradas para conseguir sobrevivir siendo refugiados, y en la supervivencia de aquellos que poco tienen para subsistir. El dolor existente y la brutalidad de las vidas de los migrados es narrado con una belleza tal que en lugar de suavizar los hechos consigue aumentar el impacto.

De esta manera, Mohsin Hamid nos retrata una sociedad de contrastes y explora aspectos importantes de la sociedad actual: la crueldad de la vida en las zonas en conflicto y la necesidad vital de escapar de ella; la vida en los campos de refugiados y la hostilidad de aquellos que ven una amenaza en los recién llegados, la estrecha relación entre quienes somos y el entorno donde nos encontramos («nuestras personalidades son como pantallas iluminadas, y los tonos que reflejamos dependen en gran parte de lo que tenemos alrededor») y cómo afecta nuestro alrededor a cómo nos comportamos, como sentimos, en función de cómo es nuestro entorno. La dificultad de encajar en un nuevo mundo, por aquello que lo conforma, pero también por nuestros miedos a abandonar o cambiar aquello que fuimos.

El autor también expone la dualidad en una sociedad hiperconectada, donde tener todo el mundo a nuestro alcance nos permite evadirnos y soñar en mundos mejores, mientras nos alejamos de nuestro propio mundo. Esta parte quizá es la menos lograda, al hacer excesivo hincapié en el uso de la tecnología en nuestra comunicación cotidiana, la observación a la que estamos sometidos y el control.

Narrado de forma aparentemente sencilla, sin excesivos alardes ni pretensiones literarias, la principal virtud de la novela radica en ser capaz de tratar todos estos temas en una novela corta y conseguir salir airoso de tal empresa. No se echa de menos una mayor extensión en la narración, el autor deja suficientes elementos en la imaginación del lector para que añada aquello que él únicamente insinúa y es un acierto que sea así porque de esta manera, cuando uno termina el libro, le queda una sensación de vacío, de tristeza, de aflicción que facilita la empatía con los protagonistas y con aquellos que, en sus propias vidas, viven historias similares y no hay puertas que les abran nuevos mundos; únicamente pueden permitirse aquellas que se encuentran en sus sueños.

También de Mohsin Hamid en ULAD: Cómo hacerse asquerosamente rico en el Asia emergente, El fundamentalista reticente

martes, 10 de octubre de 2017

Christiane F.: Hijos de la droga

Idioma original: alemán
Título original: Wir kinder vom Bahnhof Zoo
Traducción: Joaquín Adsuar Ortega
Año de publicación: 1979
Valoración: Imprescindible

El año 1978, los periodistas Kai Hermann y Horst Rieck estaban realizando un estudio sobre la juventud en Alemania cuando dieron con Christiane Vera Felscherinow, una joven berlinesa que, con tan solo quince años, acababa de dejar atrás una fase de adicción a la heroína, prostitución y hurtos menores. Christiane F. les sorprendió con su sensibilidad e inteligencia; hablaba con tal lucidez y honestidad que la entrevista de dos horas se prolongó dos meses, y acabó siendo un libro. Este libro. De lectura obligatoria, aún hoy, en los institutos alemanes.

Resumen resumido: Christiane explica su vida desde los seis años, cuando se muda con su familia a Berlín, procedentes de una aldea, hasta los quince cuando, después de tres años inmersa en una espiral autodestructiva, logra escapar del mundo de la heroína con la ayuda de su madre. Aún no ha cumplido los dieciséis y ya tiene que rehacer su vida.

Como cualquier obra de autoficción, «Hijos de la droga» es más deudora de los hechos que del estilo: la historia real se vale de los recursos narrativos para convertirse en una narración sin perder su verdad (que no verosimilitud, la cual es imprescindible). En ese sentido, se acierta plenamente con los elementos narrativos que se ponen en juego al servicio de la historia:
  • La voz del narrador. Christiane nos explica en primera persona los acontecimientos de su, hasta el momento, corta vida y lo hace desde una distancia muy inmediata; sin embargo, sus reflexiones resultan bastante maduras y meditadas sin que por ello pierda espontaneidad. Es una voz que necesita ser franca para poder reconciliarse con su pasado.
«Con aire grave, Kessi me informó de que Micha se drogaba con heroína. Me excitó mucho la idea de que iba a conocer a un auténtico drogadicto (…). Cuando llegó Micha me sentí muy impresionada. Era más audaz y frío que los tipos de nuestra pandilla. Sentí un auténtico complejo de inferioridad. (…). De nuevo volví a darme cuenta de que sólo tenía 13 años y que ese fixer era demasiado mayor para mí. Me sentí empequeñecida. Aún no sabía que al cabo de solo unos meses, Micha estaría muerto».
  • El tratamiento naturalizado con vocablos propios del argot de los drogodependientes (fixer, turkey...). Christiane habla de todos los temas, desde la fraternidad y las vilezas que se dan entre los heroinómanos hasta su experiencia en la prostitución callejera o las noches en el «Sound» (considerada la discoteca más moderna de Europa y donde se podía adquirir y consumir cualquier droga). Y nunca se cae en el morbo.
  • La estructura se basa en una sucesión de situaciones en casa, en la calle, en el colegio, siempre en orden cronológico y envueltas en las reflexiones de la protagonista. De vez en cuando se interponen breves notas extraídas de entrevistas con testigos de los avatares de Christiane o de la situación de la juventud en general. Predominan las notas de la madre de Christiane que resultan muy reveladoras en cuanto al papel de los padres y de la sociedad.
De la buena conjunción de estos elementos se obtiene una narración fluida y bien estructurada a través de la cual acompañamos a Christiane, observamos su sufrimiento y vemos cómo su entorno, entre hostil y ciego, le va cerrando puertas a ella y al resto de críos de su barrio. Sin embargo, el tono de Christiane no es victimista en absoluto e incluso y llega a hacer autocrítica de sus acciones pasadas mientras la narración susurra párrafo a párrafo su progresivo avance hacia el abismo:
«Había encontrado una amiga dos años mayor que yo. Me sentía orgullosa de tener una compañera que me llevara dos años. Con ella aún era más fuerte. (…). Cuando volvíamos de la escuela buscábamos colillas de cigarrillos en los ceniceros o en los cubos de basura. Las estirábamos, nos las poníamos entre los labios y fumábamos. (…). Después mi amiga y yo tomábamos nuestros cochecitos de muñecas, cerrábamos la puerta y nos íbamos a pasear».
Así que imprescindible porque es una narración a la vez sencilla y poderosa que arroja luz sobre una cuestión todavía tabú sin caer en el morbo. Porque las notas reales de la madre de Christiane y otras personas involucradas en el fenómeno que se relata aportan muchísima verosimilitud y ayudan al lector a conocer mejor las circunstancias de la protagonista. Porque nos da una lección de humildad, nos hace ver la ignorancia (y también la inocencia) de frases como: «esto no me va a pasar a mí» o «la culpa es de los padres» o «son las malas compañías». Y sobretodo porque conocer a alguien con la historia y la personalidad de Christiane F. te abre la mente y eso siempre resulta gratificante. 

A los que os animéis, deciros que no es un libro fácil de encontrar puesto que en nuestro país ha tenido una vida editorial errática bajo diferentes títulos (como habréis observado) y actualmente está descatalogado. Pero no hace mucho vi varios ejemplares de segunda mano en algunas aplicaciones de compra venta a través del móvil. 

En cuanto al título «Hijos de la droga», quizá no sea demasiado elaborado pero sí pone en aviso al lector. No obstante, me gusta mucho más cuando se adopta la traducción del título original: «Los niños de la Estación del Zoo» que está mucho más apegado al drama particular de la historia ya que es en la Estación del Zoo donde los niños se prostituyen para pagarse las dosis de heroína. En otro orden de cosas, hay una película del año 1981 («Yo, Christiane F.») que retrata con acierto al personaje principal, su entorno y el momento social que está viviendo (la vemos incluso en un concierto de David Bowie). Pero no logra abarcar la infinidad de matices y detalles interesantes que la lectura del libro aporta y, sobretodo, se diluye ese elemento imprescindible y tan genuino que es la voz de Christiane. 

Quiero añadir que tanto el libro como la película tuvieron una gran acogida y que, de resultas, la joven Christiane se convirtió en cuestión de meses en una «yonki-star» (sí, sí), tal como ella misma explica en «Yo Christiane F.: Mi segunda vida» publicado el año 2015 y que también tiene su interés. Pero de eso ya hablaremos otro día.

Otros títulos de Christiane F. reseñados en ULAD: Yo,Christiane F. Mi segunda vida

lunes, 9 de octubre de 2017

Tom McCarthy: Hombres en el espacio


Idioma original: inglés

Título original: Men in Space
Año de publicación: 2006
Traducción: José Luis Amores
Valoración: bastante recomendable

Tres de tres con McCarthy: dificil lo voy a tener para cumplir con mi promesa (intento de promesa) de no superar las tres obras de un mismo autor en mis colaboraciones para ULAD. Porque os digo que voy a echarme encima del próximo McCarthy (Tom), que anda bordeando su obra definitiva aunque he de reconocer que Satin Island andaría muy cerca si he de hacer caso a eso tan difícil de describir que es la maduración de un libro en la memoria. 
Hombres en el espacio, recuperación de una de sus primeras novelas por la siempre atenta gente de Pálido Fuego (y a falta de la traducción de "C") completa y ratifica esta impresión.
Aunque a costa de aportarnos una estructura diferente: de los individuos circunspectos y únicos que protagonizaban casi abusivamente Residuos y Satin Island pasamos a una narración coral que cambia de escenario de forma casi constante y que despliega, otra marca de la casa del escritor inglés, esa mirada caleidoscópica que siempre abarca más en el conjunto que en la suma de las partes.
Asistimos a la separación de las dos naciones que constituían Checoslovaquia. Una separación pactada y hablada que es como se hacen las cosas. 1993, el polvo del desmoronamiento del muro de Berlin aún flota en el ambiente, la era post-Perestroika avanza y Praga empieza a atisbar que dos décadas más tarde será otra ciudad carísima asolada por la plaga del turismo que estira las piernas, cámara y Visa en mano, apeándose de vuelos low-cost.
Oh Europa. En ese fascinante pero incierto escenario los pescadores cobran sus ganancias del río revuelto. En el mundillo relacionado con el arte un pintor es contactado para que haga una copia de un valioso icono con el que gente poco escrupulosa quiere comerciar. Mientras la maraña política se aclara los antiguos policías fieles al régimen saliente están dedicados a investigar qué pasa con la obra de arte. Pero son conscientes de que esas órdenes y ese servicio están próximos a no tener ningún sentido. Son los primeros hombres en el espacio, tipos que acatan órdenes hoy y que mañana no sabrán si van a recibirlas o de quién. La trama de la copia del icono (una imagen que ya es emblemática en sí, con extrañas formas, perspectivas diferentes a otras obras coetáneas, etc.) sitúa en escena jóvenes que ya se parecen a los de hoy en día. Esos a los que las oportunidades laborales, los estudios, la red de amistades, desplazan de un país a otro sin demasiadas contemplaciones. Oh Europa de los pueblos y de la era dorada de las publicaciones de tendencias con redacciones que parecían un crisol de apellidos de distintos orígenes. 
McCarthy lo hace posible: una idea que podría parecer confusa, con cambios de escenarios, de voz narrativa, con desplazamientos y divagaciones, la convierte en una especie de obra coral en la que el lector mínimamente perspicaz detectará esa angustia funcionarial post-guerra fría (reflejada en brillantes películas como La vida de los otros) y la tiznará, no sin cierto escepticismo casi cínico, con esa mueca tan recurrente de sí, un nuevo régimen, un nuevo siglo, y ahora qué, todo ello disfrutando enormemente del trayecto.

domingo, 8 de octubre de 2017

Laurent Mauvignier: En la turba

Resultado de imagen de en la turba amazonIdioma original: francés
Título original: Dans la foule
Año de publicación: 2006 (En castellano: 2017)
Valoración: Recomendable


Si, como todo parece indicar, los humanos arrastramos el gen de la violencia, no es extraño que la literatura se haya ocupado de ella desde antes de los primeros textos escritos. Llama la atención, por otra parte, que además de ejercerse para obtener algún beneficio o imponer un punto de vista, esa agresividad incontrolada se adueñe de ambientes pacíficos, y hasta lúdico-festivos, cogiendo desprevenido a todo el mundo. Unas veces mediante enfrentamientos claros, otras a través de avalanchas, los episodios de este tipo se producen de vez en cuando en las grandes concentraciones humanas provocando tragedias terribles. Y el mundo del futbol –los partidos multitudinarios sobre todo– no es ajeno a este tipo de incidentes.
Aunque la traducción del título induzca un poco el despiste, esta novela, ganadora en Francia del Premio FNAC 2006, se inspira en los sucesos, provocados por un grupo de hooligans, que tuvieron lugar poco antes del partido entre el Liverpool y la Juventus de Turín, que arrojaría un saldo de treinta y nueve muertos y alrededor de seiscientos heridos y que –a pesar de todo– se celebró en el Estadio de Heysel (Bruselas) ante unos 60.000 espectadores el 29 de mayo de 1985. Tres años después, los supervivientes siguen afanados en la normalización de sus vidas, pese a lo ocurrido, a su trascendencia mediática, al trastorno que supuso el juicio celebrado por entonces y, sobre todo, a pesar de unas sentencias incapaces de satisfacerles.
Lo que se narra es una recreación libre de los hechos a cargo de una serie de voces –demasiado parecidas entre ellas– que al alternarse utilizando la técnica del flujo de conciencia, componen un mosaico poliédrico, aunque algo uniforme en un principio, que analiza las causas y consecuencias de semejante catástrofe.
La prosa –precisa, amena, ágil y muy cinematográfica– refleja, quizá con un exceso de detalle que alarga innecesariamente la trama, la capacidad de suscitar emociones que posee este deporte, pero también su agresividad potencial, el opresivo y masificado ambiente previo al partido, así como los acontecimientos principales, la cotidianeidad de los protagonistas, sus sentimientos y la paulatina transformación de su forma de ser.
Se incluyen amplios fragmentos narrados en futuro, como falsa probabilidad ya que a fin de cuentas forman parte de la trama, probablemente para rebajar tensión a las escenas. Lo que sorprende es que prácticamente todo sea ficción. Es verdad que estamos ante una versión novelada de los hechos, pero si estos quedan sobreentendidos, si apenas hay alusiones explícitas, aquellos que desconocen la noticia no acaban de entender del todo qué es lo que le están contando. Esto sería aceptable si la violencia en el deporte se plantease como un tema genérico, pero si el relato se centra en un acontecimiento concreto se tiene que establecer un marco, asegurarse de que el lector acabará informado mínimamente. Se trata de un defecto bastante común en obras de este tipo (otra muestra sería la reciente, y celebrada, Las chicas) que, tal como Truman Capote transmitió a la posteridad en A sangre fría y que Norman Mailer recogería más tarde en La Canción del Verdugo, se subsana con una exhaustiva documentación previa, la selección minuciosa de lo que se va a incluir en el texto y una perfecta imbricación entre hechos reales y ficticios.
Por eso, cuanto más nos alejamos del drama, más probabilidades hay de que el relato remonte, y es lo que sucede en la tercera y última parte, tras el fundido en negro de esos tres años de espera, cuando los personajes se reencuentran en fechas cercanas al juicio –por el que también se pasa de puntillas– y el lector puede comprobar la intensidad de los efectos. Porque ese lento proceso de cambio ha arrojado traumas, culpabilidad, autodestrucción progresiva en algún caso; en definitiva, un desconcierto vital reflejado de forma tan convincente que no podemos dejar de emocionarnos.