sábado, 7 de octubre de 2017

Françoise Hardy: La desesperación de los simios y otras bagatelas

Idioma original: Francés
Título original: Le désespoir des singes...et autres bagatelles
Traducción: Felipe Cabrerizo
Año de publicación: 2008
Valoración: Muy recomendable (sobre todo, para mitómanos)

Recuerdo haber pasado muchas madrugadas de mi adolescencia y tardoadolescencia escuchando "Flor de Pasión", el mítico programa de Radio 3 conducido por el no menos mítico Juan de Pablos, y recuerdo haber descubierto gracias a él multitud de artistas de la "prehistoria" del pop y del rock. Nombres como los de France Gall, Serge Gainsbourg, Sylvie Vartan, Michel Polnareff y, cómo no, Françoise Hardy forman parte de mi "educación sentimental". Así que cuando me enteré de la publicación en castellano de la autobiografía de la Hardy, allá que me lancé.

Ay, Françoise, Françoise..."Je ne sais pas ce que je veux", "Tous le garçons et les filles", "Comment te dire adieu", "Ma jeneusse fout le camp", "La question" al completo, "Je te cherche", etc, etc. Tantas canciones, tantos discos desde aquel lejano 1962 en el que saltó a la fama y alcanzó la astronómica cifra de dos millones de discos vendidos (solo en Francia, eh!). Cincuenta y cinco años al pie del cañón son muchos años y las casi cuatrocientas páginas de esta autobiografía resumen lo más relevante de todos estos años, tanto en la parte artística como en la personal y familiar.

En el plano artístico descubrimos no solo el éxito que desde bien joven cosechó y, al mismo tiempo, la abrumó, sino que también nos acercamos a sus altibajos creativos, a sus manías, sus miedos y frustraciones (muy unidos a los de su vida personal), a su fobia al directo, a los vaivenes de la industia, etc. Esta parte artística es todo un compendio de nombres casi legendarios, un deleite para mitómanos. La lista es abrumadora: Dylan, Beatles, Rolling Stones, Celentano, Gainsbourg, Stockhausen, Nick Drake, Ettiene Daho, Michel Berger (clave en su evolución musical), etc.

En la parte más personal y familiar, el libro está atravesado fundamentalmente por la relación, digamos un tanto destructiva, que la Hardy ha mantenido con Jacques Dutronc a lo largo de casi cincuenta años. Pero más allá de hechos conocidos, esta autobiografía nos permite acercarnos a otras vertientes que pueden haber quedado eclipsadas por la figura pública. Por ejemplo, su infancia y adolescencia, sus celos, sus inseguridades, sus complejos (ay, esa relación con su madre y sus abuelos), sus opiniones en materia política o religiosa, su forma de afrontar la maternidad, su afición por la astrología, etc. También aquí la vida de Hardy aparece rodeada de nombres más que conocidos: Patrick Modiano, Georges Pompidou, Michel Houellebecq,  Dalí, el doctor Barnard, etc

Los dos planos se van entrelazando a lo largo del libro, que sigue un orden estrictamente cronológico, lo que hace que la acumulación de nombres, fechas y datos no resulte pesada. Además, el estilo de Hardy es directo y sencillo, sin florituras ni artificios, lo que favorece un lectura de lo más ágil.

Más allá del aspecto mitómano que uno busca en este tipo de libros, es de agradecer que los mismos no se reduzcan a mero exhibicionismo o a simple autobombo sin asomo alguno de autocrítica. En este caso, me gustaría destacar la ausencia de autocomplacencia. Hardy reparte palos, sí, pero los principales palos se los lleva ella misma, ya que el reconocimiento de sus errores en la vida de pareja y en su vida artística está muy presente.

En definitiva, una lectura muy disfrutable, sobre todo si estás interesado en la música y en la cultura POP, que permite constatar, una vez más, cuánta verdad hay en esos versos de Kirmen Uribe que dicen "cierto, en tres generaciones hemos recorrido un largo trecho en la historia de la escritura (digamos la música). De todas formas, las preocupaciones, los miedos son los mismos y lo seguirán siendo".

viernes, 6 de octubre de 2017

Reseña + entrevista: Aixa de la Cruz: La línea del frente

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Muy recomendable

Al principio había pensado no poner valoración en esta reseña, para evitar suspicacias, porque no solo Aixa es amiga mía; no solo aparezco en los agradecimientos, sino que encima Aixa ha tenido la amabilidad de incluir una cita mía como epígrafe. Así que si le ponía una buena valoración podían venir los Tongoys del mundo a decir: ¡amiguismo!, ¡favoritismo!, ¡endogamia! Pero luego pensé: qué leches. La novela me ha gustado mucho. Me parece muy recomendable. Y la amistad no ciega mi sentido crítico: si no me hubiera gustado, lo diría; cariñosamente pero lo diría. Así que voy a explicar por qué me ha gustado, y luego los seguidores del blog, que ya nos conocéis y sabéis de qué pie(s) cojeamos, hacéis lo que tengáis que hacer.

Antes que nada, una aclaración: como pasaba con Mejor la ausencia de Edurne Portela, La línea del frente no es una novela sobre ETA, aunque ETA, y el "conflicto vasco" en general, estén muy presentes como telón de fondo. La línea del frente es una novela sobre un tema más amplio: sobre la relación compleja que existe entre memoria, identidad y ficción/narración. Sobre el modo en que nos explicamos a nosotros mismos para intentar construir un sentido en medio de una realidad que es caótica, compleja y que pocas veces encaja en categorías simplistas.

La protagonista de la novela, Sofía, sufre algo así como una "culpa por autoengaño". Durante toda su vida vivió ausente del mundo, en una burbuja culta, aséptica y académica; la ruptura de una relación amorosa, y el deseo de recuperar otra anterior, la llevan a abandonarlo todo y a recluirse en una urbanización veraniega prácticamente vacía durante el invierno; allí intentará escribir su tesis sobre Mikel Areilza (un escritor que militó en ETA y se suicidó en Buenos Aires) y compartirá una relación cargada de equívocos con Jokin, un antiguo novio que cumple pena en El Dueso por un altercado con la policía, en aplicación de la ley antiterrorista.

Y es en este encierro voluntario donde Sofía sufrirá un progresivo "desvelamiento": en relación a Jokin, que no se corresponde ni con sus recuerdos del pasado ni con sus expectativas del futuro; también en relación a Areilza, quien no pudo ser explicado ni siquiera por Cozarowski, su colaborador último, el director teatral argentino con el que escenificó una obra sobre la identidad y sus máscaras. Y por supuesto, en relación a sí misma, a su cuerpo, su historia, su comprensión del mundo, su culpa. El capítulo final, en que Sofía se sume en una borrachera psicodélica, es quizás el momento de la epifanía, de la comprensión que va más allá de la razón. (Cabría preguntarse, porque la novela no lo dice, si esta comprensión sería borrada al día siguiente por la reseaca y la vuelta a la racionalidad de Sofía).

Técnicamente, La línea del frente es una novela a la que se le pueden reprochar pocas cosas. La evolución del personaje principal fluye de forma verosímil y natural; la multiplicación de voces (Sofía sobre todo, pero también Cozarowski, y Jokin, a través de cartas, llamadas telefónicas y escenas "teatrales" insertas en el texto) añade contrastes a la visión de la protagonista; el estilo, sin ser (creo) la preocupación principal de Aixa, es efectivo y cuidado, desatándose solo en el último capítulo "lisérgico" en un stream of consciousness poético. Quizás la única pega que le ponga, en este sentido, es explicar demasiado a los personajes; yo soy un gran fan de lo inexpresado, de lo implícito, y en La línea del frente cada personaje principal tiene su momento para contar su historia en forma de monólogo explicativo.

Desde el punto de vista del contenido, me resisto cada vez más (en contra de la propia cita mía que Aixa incluye como epígrafe) a aceptar que "todo es ficción, todo es literatura". Después de la crisis económica, de Trump, del Brexit, creo que la posmodernidad literaria y académica ha quedado algo al desnudo. Si todo vale, si no existe la verdad y todo es una construcción, los nazis de Charlottesville son defensores de la libertad, los inmigrantes colapsan el sistema de salud británico y la culpa de la crisis es nuestra por consumir por encima de nuestras posibilidades. Quizás ha llegado del momento de recuperar un concepto de verdad, alguno, por frágil que sea. En el fondo, es también lo que busca Sofía, a lo largo de toda la novela, aunque al final lo que encuentre sea otra cosa.


Entrevista con Aixa de la Cruz


La línea del frente trata entre otros temas la cuestión de la "verdad" y nuestra capacidad para conocerla. Sofía se encuentra constantemente con relatos que no encajan con su visión del mundo ni con sus recuerdos. ¿Crees que esto es un fenómeno universal? ¿Vivimos engañados?

Creo que Sofía vive engañada en la medida en la que cree, como decían en Expediente X, que la verdad está ahí fuera, una verdad que puede resultar elusiva, inaccesible, pero que aguarda a ser descubierta. Se comporta como un detective: tiene indicios, pistas inconexas (sobre su pasado, sobre el pasado del su novio, sobre la figura del escritor suicida al que investiga) y la certeza de que si ordena bien las piezas puede recomponer el puzle único. Mientras piensa en estos términos está continuamente engañada, sí, porque las hipótesis a las que se aferra resultan falsables. Encuentra un discurso teórico sin fisuras, pero lo coteja con la realidad y no se sostiene. Sin embargo, cuando descubre que toda reconstrucción del pasado tiene un componente de ficción encuentra su equilibrio, porque no hay nada necesariamente malo en que “la verdad” se nos resista o sea una entelequia. Si sobrevivimos, lo hacemos gracias a que nos contamos un relato que nos sana. No hay relatos ganadores, sino relatos sanadores. Y éticos.


¿Es el cuerpo lo único verdadero, como parece sugerir Sofía en algunos momentos?

El cuerpo es verdadero porque a veces duele y creo que no hay nada más inapelable que el dolor físico. Por eso Sofía tiene alguna escena de autolesión. Necesita pellizcarse para saber que no está soñando. Pero también duda de que el cuerpo pueda ser identidad en el sentido de que lo identitario es aquello que permanece. Hace diez años que no se encuentra cara a cara con el hombre del que se ha enamorado y antes de su primera visita a la cárcel, se mira desnuda en el espejo y se pregunta si las células que la componen ahora son las mismas que la componían entonces. Al final de la novela decide que lo único verdadero es su deseo, provenga de donde provenga.


Esta es, hasta cierto punto (solo hasta cierto punto) una novela polifónica. ¿Por qué necesitabas introducir esas voces, además de la de Sofía?

La voz principal es la de Sofía, una especie de monólogo interior desde el encierro, porque a medida que avanza la novela ella se recluye cada vez más, mimetizándose con su novio, que está en la cárcel. Quería que el mundo exterior se colara de alguna manera en la narración para que el lector no se dejara arrastrar por la subjetividad de la protagonista y pudiera confrontarla. Entonces aparece una segunda voz en primera persona, la del dramaturgo Cozarowski, que escribió unos diarios que Sofía utiliza para documentarse en su tesis, y aparece Jokin, en las visitas a la cárcel, como un personaje teatral, en estilo directo, con acotaciones muy sucintas. Las visitas a la cárcel son “los hechos” y los soliloquios de Sofía documentan el modo en que “el historiador” interpretado los hechos.


¿Crees que una visión "relativista" de la verdad, que dice que todo es relato, todo es construido, sigue siendo vigente? ¿O esta concepción posmoderna de la verdad ha saltado por los aires en los últimos años, por causa de la crisis económica, de Trump, del Brexit...?

El fenómeno de Trump y su posverdad es un guantazo a la academia, porque ha retorcido los postulados del posestructuralismo para legitimar todo aquello que el posestructuralismo quería combatir. Pensemos en la historiografía posmoderna: quienes sostenían que la historia es más ficción que ciencia intentaban impugnar que los relatos que escribieron los ganadores fueran los relatos verdaderos, reivindicaban que se diera voz a los silenciados, que lo universal es por definición masculino, heterosexual y blanco, etc. Pero el “trumpismo” ha utilizado esta idea de “las verdades alternativas” para mentir sin tapujos y poner al mismo nivel el periodismo riguroso y las noticias falsas de Facebook. Es el reverso siniestro… Y en temas de género ocurre algo parecido con la teoría queer. Yo comparto la idea de que la categoría “mujer” es un invento y sí, sueño con un futuro pos-género en el que superemos los binarios, pero si las mujeres seguimos siendo agredidas por el hecho de ser categorizadas como “mujeres”, necesitamos organizarnos como grupo distintivo en base a dicha categoría, necesitamos representación política. En general, creo que la filosofía posmoderna no ha quedado impugnada, pero se ha vuelto evidente que todo lo que funciona en la teoría no siempre funciona en la práctica. Me gusta ser capaz de distinguir entre lo que creo que es y lo que creo que funciona y buscar un equilibrio entre ambas cosas.

Este tema se relaciona también, claro, con la cuestión del "conflicto vasco" (o como se le quiera llamar). ¿Existe una "guerra por el relato"? 

En lo que se refiere a la historia reciente de Euskadi defiendo una suerte de relativismo que está tan lejos del “todo vale” de la posverdad como de la idea de fijar un relato único. Los relatos únicos son esquemas generalizadores que cercenan los flecos y dejan a muchos fuera. Por ejemplo, se ha extendido la idea de que la sociedad vasca fue una sociedad cómplice porque tenía miedo y calló, y no niego que esto sea en parte cierto, pero es tremendamente injusto con la que gente que no lo hizo y deberíamos reivindicarlos. Para narrar desde lo literario lo que ocurrió en Euskadi creo que necesitamos multitud de versiones, cuanto más intimistas, subjetivas y parciales, mejor. Me interesa que hablemos de lo público desde lo personal para que obtengamos un tapiz de versiones complementarias y contradictorias. Creo que solo así, confrontados con un rompecabezas que no tiene solución, podremos entender lo que nos ha pasado.


La palabra "héroe" aparece bastantes veces en el texto, con connotaciones diferentes. ¿Existen los héroes? ¿Lo es Mikel Areilza? ¿O Sofía, o Jokin, o Andrés?

Yo estoy con Tina Turner: we don’t need another hero. Creo que una sociedad que necesita héroes es una sociedad fallida. El héroe es un individuo que se sacrifica para salvar a un colectivo. Una sociedad civil bien organizada no necesita héroes. Además, suele ser el poder quien decide qué es heroico y qué no lo es y siempre para refrendar su ideología. En The Terror Dream Susan Faludi explica cómo después del 11S el relato institucional silenció cualquier anécdota de heroísmo femenino. Las mujeres fueron construidas como víctimas a las que salvaban los bomberos, todos ellos hombres, aunque apenas hubiera mujeres en el World Trade Center y sí, por el contrario, muchas médicos y enfermeras ayudando a las que nadie entrevistó. En mi novela, Sofía está empeñada en proyectar su idea de heroísmo en personajes que se resisten a ser caracterizados como tal. Lo que hace es un acto de violencia, una imposición.


Otro tema que se repite en tus textos es el de la culpa. Todos los personajes tienen culpas reales, inventadas o, en el caso de Sofía, la "culpa por no tener ninguna culpa". ¿Te parece que la culpa es una fuerza destructiva, necesaria, reparadora?

Creo que la culpa es una fase por la que hay que pasar, y que una vez que se supera, llega lo importante, que es el compromiso. La culpa inmoviliza y el compromiso nos mueve a la acción.


¿Por qué decidiste acabar con un capítulo en que Sofía se emborracha (y algo más)? ¿Ella necesitaba salir de su racionalidad para comprender?

Creo que las drogas te ayudan a entender que nuestra percepción, eso que llamamos “realidad”, es producto de un equilibrio químico determinado, y que si cambia ese equilibrio, cambia el mundo. Sofía descubre que, si existe tal cosa como un relato verdadero, ella ha estado viviendo un relato falso, pero concluye que qué importa. Al final, lo único verdadero para ella es su deseo. Ya no está engañada porque ahora es consciente de los sesgos que la condicionan y le hacen amar lo que ama, pero eso no deslegitima lo que siente.

jueves, 5 de octubre de 2017

James Ellroy: La Dalia Negra

Idioma original: inglés
Título original: The Black Dahlia
Año de publicación: 1986
Traducción: Albert Solé
Valoración: Muy, muy recomendable


Me voy a permitir comenzar con una boutade, que quizá no lo sea tanto: ojalá James Ellroy fuera vasco o español o al menos estuviese suficientemente interesado en el tema como para escribir una novela sobre el llamado "conflicto vasco" que nos espeluznara y maravillara por igual. Y, sobre todo, mandase a freír espárragos toda esa palabrería interesada y/o tramposa sobre la "batalla del relato".

Dicho esto, toca reconocer que tanto maravilla como repeluzno fue lo que consiguió el señor Ellroy hace treinta años con esta La Dalia Negra. Maravilla por lo bien escrita que está, claro; Ellroy consiguió con ésta una novela negra canónica, utilizando con maestría muchos elementos clásicos del género. El resultado, ya digo, es negro, negrísimo, como el culo de un chipirón... Pero espeluznante, además, porque a la tremenda escabrosidad de la historia que cuenta se le une el saber que está basada en un famosísimo caso real: el 15 de enero de 1947 apareció en un solar de Los Ángeles el cuerpo salvajemente torturado y despedazado de Elizabeth Short, una aspirante a actriz que la prensa bautizó como "La dalia negra". Pese a las muchas teorías y hasta curiosas atribuciones de culpabilidad, el caso sigue oficialmente sin estar resuelto y Ellroy lo aprovechó para construir a partir de él una de sus novelas sobre la culpa y el destino humanos, y sobre la culpa y el destino de su ciudad, (la irónicamente llamada) Los Ángeles. Quien se ocupa de la investigación en ella es Bucky Bleichert, un boxeador que entró en la policía huyendo de ser alistado para la guerra y que forma, junto a su compañero , el también ex-púgil Lee Blanchard y la pareja de éste, la fascinante Kay Lake, un triángulo sentimental que luego convierte en doble triángulo, trapecio o qué sé yo, que soy de letras...

Más allá de la trama detectivesca, sin embargo, La Dalia Negra es, sobre todo, la historia de una obsesión, personalizada en Bucky, pero a la que en su momento sucumbió toda la sociedad californiana y hasta estadounidense. También de la obsesión de James Ellroy, debido a su truculenta historia personal (quién no la conozca la puede leer en el apéndice de la edición de este mismo año de la novela o en otro libro, de título asaz significativo: Mis rincones oscuros). En su caso, pues, está claro que tiene la justificación suficiente e incluso la autoridad moral como para escribir sobre éste o cualquier otro crimen real que le dé la gana... La pregunta que me hago yo, supongo que por mi educación judeo-cristiana, es si como lector tengo derecho a disfrutar tanto de un libro que, después de todo, no habría sido posible sin el sufrimiento extremo de una persona, por más que ocurriese hace 70 años. Y como lector, la respuesta también no puede ser otra que sí: desde el momento en que un escritor se ha apropiado de la historia para elaborar una obra literaria, ésta pasa a ser dominio de la ficción y sólo a los dioses de la misma y a su escurridiza moralidad debemos rendir cuentas. 

En todo caso, si acabamos pagándolo en el Infierno, quizás sea con el señor Ellroy o, al menos, con sus libros (casi mejor).


Otros títulos de James Ellroy reseñados en Um Libro Al Día: Perfidia

miércoles, 4 de octubre de 2017

Ray Loriga: Rendición


Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: se deja leer (ergo: mejor de lo que me esperaba) *

175.000 $. El dólar USA ha bajado, pero sigue siendo una pasta. Podemos especular con el uso que Ray Loriga le va a dar a ese dinero. Este hombre que, preguntado por sus palabras favoritas del idioma español dijo: Real Madrid. Corazón tan blanco para un tipo que suele ir de negro. Pero una sonrisa se le escaparía cuando los del Premio Alfaguara desvelaron su nombre, oculto tras el pseudónimo con el que concursó. Vamos: a poco que uno haya leído a Loriga su estilo resulta indistinguible. Yo lo resumo poniendo como ejemplo, como si fuera Javier Marías, el primer párrafo de Rendición..
Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda.
Madre mía, pensé, ya estamos otra vez con el Loriga pesado y recargado de siempre, con el escritor pagado de sí mismo empeñado en imponer a capa y espada y a todo lector su estilo decimonónico y su malditismo literario. Pero, incólume, y porque últimamente estoy reacio a abandonar lecturas, decidí sobreponerme y seguir. Pronto el nivel de inflamación se redujo, y apenas media docena de páginas más adelante el personaje se adueña del libro y desplaza al escritor y dice cosas como.
A cambio le damos de comer con lo poco que tenemos. No le gustan los plátanos, eso ya lo sabemos, no es un mono, las patatas con chorizo le vuelven loco, tiene muy buena disposición, se rechupetea los dedos. Da gusto ver comer a un niño aunque no sea tuyo.
¿Eh? ¿Qué pasó? Frases tan sencillas y llanas que dan sonrojo, pero al fin y al cabo prosa comprensible  y que no parece escrita desde un estado insoportable de tensión con el Universo. 
La cuestión es que es posible que Loriga se haya tenido que rendir ante el guion que ha pergeñado. El narrador de la historia, eterna primera persona sin resquicio apenas para diálogos, es un hombre sencillo, un empleado en una hacienda o en una granja que se ha casado con la propietaria (atractiva mujer de rango social y cultural superior) que ha enviudado, y la historia los sitúa a ellos y a Julio (niño que no es su hijo pero está conviviendo con ellos, mientras sus hijos biológicos, Augusto y Pablo -dubbiana combinación, solamente los niños tienen nombre en este libro- están de soldados en la guerra) mientras se ven obligados a abandonar su casa (a la que prenden fuego para evitar beneficiar al enemigo que gana terreno) en medio de una guerra que dura diez años, y con destino a la ciudad transparente, una especie de Arcadia a la que un gabinete de selección les permite acudir. 
O sea, guerra, apocalipsis, huida, bombas. Misterios en las relaciones.
La ciudad transparente lo es en todos los sentidos. Allí sus vidas se desarrollan en un entorno de estabilidad, viendo y siendo vistos por vecinos y semejantes y sin tener que preocuparse por su seguridad ni por su subsistencia, pues incluso trabajos afines a sus capacidades les son facilitados de inmediato.
La cuestión es que todo este escenario feliz e idílico acaba no siendo suficiente para que su vida se desarrolle con normalidad. Mensaje subliminal del libro, parece, que la libertad de elección es algo importante en la vida aunque sea para tomar decisiones arriesgadas o abiertamente perjudiciales. Y un pueblo bombardeado parece un entorno más humano que una ciudad perfecta y organizada, una utopía donde cada elección parece eludida porque está todo lo mejor. 
Y aquí la novela ya acusa un cierto cansancio del que no va a reponerse. La estructura en tres partes parece aportarle solemnidad, darle fuste de historia clásica, pero en el fondo la linealidad de la narración no lo manifiesta. El protagonista sigue con su tono monocorde, explicando los escasos acontecimientos de su vida (en un momento dado es un cornudo feliz que se toma cervezas con un conocido lejano mientras se queja de la monotonía de su existencia) y nos precipitamos hacia algún tipo de final.
Loriga ha escrito una historia irregular que puede leerse, sobre todo en su tramo final, y a diferencia de sus obras habituales, tan pendientes de recargar las frases. La trama distópica le ha procurado comparaciones a todas luces exageradas con Kafka o con Orwell. Hay que vender libros señores. Al menos no me he enfadado y no me he ofendido pensando este tío de qué va. Es un desarrollo en el que en muchos puntos uno intuye detalles que permiten extrapolar con aspectos reales de circunstancias históricas parecidas. Países que organizan una guerra y acaban siendo ocupados, cadáveres colgados por los pies y expuestos a la entrada de poblaciones, selección por la etnia, pasajes oníricos. Nada original, pero, insisto, al menos Loriga parece pensar en que alguien ha de leerle y entenderle, que esa no es una mala premisa cuando uno se dedica a escribir y anda escaso de talento y originalidad. Por tanto, si el lector decide una lectura dinámica, sin invertir tiempo en degustar la prosa, puede que detecte que esta vez, entre tanta enjundia de digestión pesada, Loriga parece querernos decir algo diferente del tufo narcisista que desprendían otros libros (al menos los que yo he leído). Sí, algún mensaje parece emerger de ese magma pesado, y aunque no sea el paradigma de la creatividad (doy mi brazo a que el escritor, aparte del contundente título houellebecquiano, ha leído La carretera de Mc Carthy y Prólogo para una guerra y hasta El niño que robó el caballo de Atila de Repila), Loriga ha conseguido lo inesperado: que yo tenga que acabar esta reseña sin usar el látigo. A algún otro le va a tocar, por eso.

* pero peor que muchos escritores que no han sido premiados tan generosamente.

martes, 3 de octubre de 2017

Annie Ernaux: La mujer helada

Idioma original: francés
Título original: La femme gelée
Año de publicación: 1981
Valoración: muy recomendable

Hay veces que uno descubre a una autora casi por casualidad (o por una recomendación como se trata de este caso), puesto que la difusión de las obras por los canales habituales, con sus grandes promociones, impide que se lleguen a conocer todas las novedades. Y más si éstas son publicadas por editoriales menos grandes. La consecuencia es que hay grandes autores que pasan casi desapercibidos, y es una lástima porque nos podríamos perder pequeñas joyas como la que reseño en esta entrada. Afortunadamente, la editorial «Cabaret Voltaire» ha decidido acertadamente recuperar las principales obras de esta autora como «Memoria de chica» (reseñada también en ULAD) y «La mujer helada», entre otros. Y esperaremos más, a tenor del resultado. Pero mejor vayamos al grano y hablemos del libro en cuestión.

Como ya ocurría en «Memoria de chica», Annie Ernaux sigue recuperando los recuerdos de su vida, en este caso para escribir sobre las libertades (o la ausencia de ellas) de las mujeres de su época. Claramente basada en la propia vida de la autora, quien solicitó que quitaran la palabra «novela» cuando se publicó en Francia, es lo que podríamos llamar una biografía novelada.  En ella, Annie Ernaux nos habla de la vida de las mujeres de su época, y por extensión, de la sociedad con la que se encontró, desde su infancia hasta su edad más adulta. Y trata sobre las mujeres hablando del mundo que conoció. Un mundo que, en círculos familiares, estaba formado por mujeres luchadoras, humildes, de clase media-baja y trabajadoras. Mujeres que prácticamente no tienen tiempo para nada más que trabajar y mantener una vida al lado de sus maridos (a menudo distantes), dejando de lado aspectos secundarios de su vida para poder salir adelante y lidiar con un ajetreado día a día. Esas mujeres, de carácter, son las que formaron parte de la infancia de Annie, siendo sus referentes y conformando su mundo. Y por contra, las que pertenecen al otro lado del mundo, la otra cara de la moneda, las que tienen maridos que se ganan bien la vida (que triste expresión, ganarse la vida), con vidas acomodadas, con un aspecto delicado y cuidado, viviendo en un mundo de pulcritud, de delicadeza, de perfección (mal entendida). Esas mujeres «frágiles y vaporosas, de manos suaves, y rostros cuidadas», pero mujeres sin voz, sumisas, sin nada más que fachada.

En esa sociedad se desenvuelve la protagonista, con una madre poco estricta que le permite ser ella misma, que la introduce en el mundo de los libros (o, mejor dicho, «mundos» porque cada uno de ellos alberga uno propio). Son unas primeras cuarenta páginas de recuerdos de su infancia, maravillosas, preciosas. Pero el libro va de contrastes, y el desparpajo y el atrevimiento que su madre le insufla choca con el orden y la disciplina impuestos por la educación recibida en escuela religiosa. Allí asoma el miedo, no únicamente a Dios, sino a no acabar siendo aquello que de ella se espera: una mujer perfecta según el canon establecido; una mujer que cocina, que cuida de su marido, que centra su vida en ser madre y esposa perfecta. Esta contraposición de ambos mundos la someten a un debate interno continuo, en una lucha constante para que su propio yo asome entre tanta duda y contradicción.

De esta manera, Annie Ernaux escribe un libro sobre qué debería suponer la liberación de la mujer, sobre la dificultad en demostrar su valía en un mundo reinado por hombres, donde el papel de ellas queda relegado a las tareas domésticas y en proporcionar un soporte al esposo. También nos habla del papel secundario de la mujer en lo relativo a las relaciones amorosas, donde ellos eligen y ellas son las elegidas, y, si lo hacen ellas, son unas «golfas». De esta manera, el planteamiento del libro es una lucha constante de la protagonista por librarse de una educación basada en conseguir matrimonio, anulando sus capacidades. Una lucha contra ella misma, un desafío constante no sólo a su propia educación (y por extensión, a aquello que forma su manera de ser) sino a la sociedad misma. Nos habla también del desafío, sí desafío, de ser madre con todo lo que eso conlleva en una sociedad donde la igualdad pretendida está lejos de ser alcanzada. Donde los sueños de juventud en vistas a un futuro quedan enterrados bajo un manto de tareas domésticas. Donde aquello que una defiende en su juventud se vuelve contra ella sin opción a librar, tan siquiera, una lucha donde la victoria es ella misma, su yo más puro.

Así, y sin pretender que sea un manifiesto, sí que la obra le sirvió para analizar su propia vida en clave retrospectiva, para averiguar qué había ocurrido para que ella, una chica educada en una familia luchadora y feminista, se hubiera acabado convirtiendo en aquello que detestaba, una mujer helada, para acabar asumiendo unas tareas para los que no había estado preparada ni deseado, únicamente por el hecho de ser la sociedad quien concibe que sean las mujeres las que se encarguen de ello. Y nos habla de todo ello sin pelos en la lengua, sin intentos de suavizar las agrias sensaciones que su propio pensamiento le generan, con la sinceridad y la honestidad por delante, admitiendo sus errores, acusándose a ella misma, juzgando a lo sociedad, y juzgándose también a ella.

La mujer helada es esa mujer que ha perdido su yo, su personalidad, sus intereses, sus ambiciones. Únicamente queda la superficie y lo que se ve: una mujer aparentemente perfecta, perfecta como esposa, como madre, como ama del hogar. Porque reconozcámoslo, esos detalles de desigualad, o digámoslo abiertamente por su nombre (machismo), los hemos visto y los seguimos viendo, en casa propia o ajena, y si no fuera porque la sociedad nos tiene acostumbrados a ellos veríamos cuán injustos son. El hecho que este libro, escrito en 1981, se haya editado hace muy pocos años y que sigamos viendo en él las trazas de un machismo latente, indica que la sociedad no ha avanzado mucho en este aspecto.  Tendremos que seguir luchando, queda camino por recorrer. Y es que el paisaje que nos retrata Ernaux es desolador para las mujeres, y también para los hombres (en menor medida) puesto que nos deja en un lugar demasiado cerca a la tiranía que, aunque disimulada y ejercida en pequeñas pero constantes dosis, es real y existe. Sin duda, a pesar de los más de treinta años que han pasado, hay casos en que el acercamiento a la igualdad se ha conseguido, pero hablo de casos. No es lo habitual, no es lo común, no es lo deseado, no es aún una victoria. No lo es. Aun.

También de Annie Ernaux en ULAD: Memoria de chica, No he salido de mi nocheEl uso de la foto, Los años, Una mujer, La otra hija, El lugarEl lugar (contrarreseña)

lunes, 2 de octubre de 2017

T.H. Marshall / Tom Bottomore: Ciudadanía y clase social

Idioma original: inglés
Título original: Citizenship and Social Class
Traducción: Pepa Linares
Año de publicación: 1992 (y 1950)
Valoración: Recomendable


Bueno, bueno, que no se me solivianten los incondicionales de la narrativa y la ficción. Efectivamente, estos ensayos que conocen bien (o deberían) los estudiantes de Sociología, Relaciones Laborales o Ciencias políticas se apartan de lo que entendemos por literatura, pero distan también mucho de un libro de texto. Y, bueno, dejemos que las ciencias sociales tengan de vez en cuando un hueco, aunque tímido, en nuestro ilustre blog. Así que vamos con ello.

El sociólogo Thomas H. Marshall escribió el ensayo que da título al libro en 1950, y que desde entonces fue considerado pieza fundamental en el estudio de los derechos de los ciudadanos, su evolución e interacción con el concepto de clase social, entendido fundamentalmente –aunque no sólo- desde el punto de vista económico. A grandes rasgos, Marshall identifica con el concepto de ‘ciudadanía’ el estatus que un individuo disfruta como miembro de una comunidad. Se construye esa ciudadanía con los derechos civiles, políticos y sociales, que han ido ganando terreno, de forma sucesiva y en el orden indicado, desde el siglo XVIII hasta el XX.

Ese cuerpo de derechos conforma una estructura igualitaria, inexistente en épocas anteriores, pero que se establece sobre una realidad social que es profundamente desigual, porque está determinada por la existencia de clases sociales. De forma que se produce una tensión permanente entre el aspecto formal de la ciudadanía y su contenido sustantivo. La gran aportación de Marshall es la constatación de esas dos realidades y su fricción, frente a perspectivas que sólo llegaban a contemplarlas de forma separada (jurídica y económica, fundamentalmente).

Marshall expone la cuestión con sencillez y claridad, analizando ejemplos que ilustran la teoría: la beneficencia como forma de combatir la pobreza extrema, aunque sin atacar sus raíces; la educación, teóricamente dirigida a igualar, pero que en muchos casos perpetúa las diferencias; el derecho de propiedad, que garantiza la capacidad teórica de poseer, pero no su acceso efectivo. Puede que nos suene a conceptos muy conocidos y demasiado manoseados pero, formulados a mediados del siglo pasado, la cosa no resultaba tan nítida.

Cuarenta años después, el otro Thomas (Bottomore) elabora una revisión del trabajo de Marshall, a la luz de lo ocurrido en las décadas siguientes. Constata el autor cómo subyace el conflicto apuntado por Marshall, y el avance de los derechos sociales (lo que llamaremos ‘Estado del bienestar’) se va convirtiendo en un bálsamo que impide que se ataquen las desigualdades de clase, que en ningún caso desaparecen. Es más, tras una fase inicial de cierto progreso en estas conquistas, en especial a partir de los años 70 el movimiento se ralentiza e incluso muestra una regresión. Como en el caso anterior, Bottomore se detiene a analizar distintos aspectos que hacen luz sobre sus planteamientos, quizá con un matiz marxista que en Marshall era más difícil de detectar.

Tampoco se ahorra cierto grado de crítica a su ilustre antecesor, poniendo de manifiesto cuestiones que Marshall había ignorado, como la desigualdad absoluta con que la ciudadanía (y sus derechos, incluso nominales) se aplica en función del sexo y, en muchos casos, del origen étnico del individuo. O las enormes diferencias entre las sociedades occidentales y los países menos desarrollados, o las consecuencias medioambientales de la cultura del crecimiento, temas éstos que en la época de Marshall probablemente ni se pasaban por la cabeza a los teóricos o pensadores.

Y aquí se podría añadir que ambos ensayos, pero muy especialmente el de Marshall, se centran casi exclusivamente en la sociedad británica y parecen no ver nada más allá. Una inclinación muy inglesa esa de sentirse el ombligo del mundo que, aunque pienso que en este caso no desmerece el análisis ni el interés de las teorías expuestas, sí le dan un sesgo algo provinciano.

Pero no sólo ha pasado mucho tiempo desde el primero de estos dos trabajos, sino que ya han transcurrido 25 años desde el segundo, y la gran pregunta es ¿no sería hora de que alguien escribiera ‘Ciudadanía y clase social sesenta años después’? Se quedaba Bottomore con la inquietud de que el neoconservadurismo (aunque no lo llamaba así) pusiese en riesgo los derechos sociales construidos en las décadas anteriores, pero ¿no se ha llevado años después la crisis no sólo una buena parte de todos esos derechos sociales, sino incluso algunos derechos políticos y hasta civiles? Las clases sociales, aunque con una segmentación diferente, se mantienen o incluso aumentan sus diferencias, y existen hoy en día grandes colectivos de personas que han quedado fuera del sistema. De manera que, a efectos prácticos ¿no podría decirse que incluso aquel concepto de ciudadanía puede estar siendo desmantelado?

domingo, 1 de octubre de 2017

Por qué (a algunos) no nos gusta Marías

Ahora que Javier Marías saca novela y nos encontramos machaconamente con su cara en las portadas de los suplementos culturales, es buen momento para intentar entender por qué un escritor tan alabado por la crítica, candidato eterno al Nobel según algunos, se ha convertido en uno de esos personajes más detestados por una parte del público. Y no, no me voy a limitar a llamarle “pollavieja”, no se trata de eso, aunque la cuestión generacional sin duda es importante.

Empecemos por el principio.

Marías empezó a publicar en los años 70; no hace falta recordar cuál era la situación política y cultural de España en esa altura: un país cerrado en sí mismo y que soñaba con abrirse al mundo, política, cultural y socialmente. En narrativa mandaban, a lo mejor, Delibes; a lo peor, Camilo José Cela; Juan Goytisolo llevaba ya unos cuantos años exiliado. En comparación, los 80, en los que Marías se consolida como novelista, son los años del aperturismo, de la movida, del destape, de las primeras películas de Pedro Almodóvar (que, hasta cierto punto, es el Javier Marías del cine): son los años de la Esperanza en el Futuro y la Democracia.

En ese contexto, Javier Marías representaba algo muy diferente: un escritor criado entre Estados Unidos y Madrid, hijo de un prestigioso filósofo republicano (Julián Marías, nada menos), profesor en Oxford… No hay más que comparar Cristo versus Arizona de Cela (1988) con Todas las almas de Marías (1989): son casi del mismo año, pero parecen provenir de mundos completamente diferentes, por el lenguaje, el tono, el espíritu, la pesadez de una frente a la levedad de la otra... Sería interesante recuperar lo que se escribió y lo que se dijo de las novelas de Marías en los años 70 y 80 (si todavía no se ha hecho, ahí hay tema para una tesis); sospecho que mientras los tótems de la crítica establecida lo ignoraban, toda una generación (o más de una) de lectores más jóvenes se reconocieron en él, y lo convirtieron en un símbolo: Marías era la España que España quería ser. ¡Ya basta de realismo mal entendido, de vanguardismo trasnochado, de tremendismo rancio! ¡Queremos ser europeos, cosmopolitas, universales!

De hecho, la oposición entre lo viejuno y lo nuevo se hizo patente en un conflicto que Marías ha recordado hace poco: su oposición al premio Nobel para Camilo José Cela, que le valió la enemistad de Cela, y con él el rechazo de una parte del establishment literario español. Sí, aunque ahora nos cueste creerlo, Marías fue antisistema, eso hay que reconocérselo.

Pasa el tiempo; y no un poquito de tiempo: casi cuarenta años. Estamos en 2017. Aquellos jóvenes lectores que auparon a Marías a la categoría de símbolo son hoy los críticos que dictan las líneas maestras de la narrativa española desde las páginas culturales de los periódicos. Y Marías, aunque le cueste admitirlo, no es que ya no sea antisistema, es que es el sistema. Cada vez que publica novela tiene derecho a publirreportajes en todos los medios del país (prensa, radio, televisión), escribe una columna en uno de los semanales de más tirada, ha recibido (y rechazado) prácticamente todos los premios literarios imaginables, es miembro de la RAE como su amigo Arturito… Cuando Marías dice que siempre ha sido un aguafiestas, y que por eso ahora resulta incómodo, se olvida de que su propia posición en el sistema cultural y literario ha cambiado: antes era un joven melenudo (es un decir) que luchaba contra el poder (cultural, al menos); ahora es el Papa de la literatura española que mira hacia abajo a quienes osan criticarle; es el poder encarnado y algo más calvo.

Porque Javier Marías ya no es de hoy; las generaciones más jóvenes (digamos, de los cuarenta años para abajo) ya no lo ven como algo nuevo o diferente, sino como lo antiguo, lo de siempre, más de lo mismo: ahora es Marías quien es viejuno. Como tantos otros fenómenos y productos derivados de la Transición, Marías y muchos de sus defensores se resisten a ver que España ha cambiado, que los tiempos son otros y que el inmovilismo no funciona en cultura como no funciona en política. Por eso suenan tanto a rabietas de cascarrabias sus críticas al feminismo (que no entiende), a las redes sociales (que no entiende) o a sus detractores (que no entiende). Marías ya no representa la España que España quiere ser, sino la que nos han querido imponer a través de los documentales de Victoria Prego.

Sé que habrá muchos lectores del blog que estén pensando: “sí, bueno, pero ¿Javier Marías es buen escritor?” Aquí ya habrá opiniones para todos los gustos. Creo que es innegable que tiene valores y talentos que sus detractores prefieren ignorar (es un buen estilista, construye escenas poderosas, sus novelas casi siempre contienen ideas o intuiciones sugerentes), pero en mi opinión también tiene carencias que sus defensores ocultan (le cuesta construir una trama sólida, no sabe diversificar la voz, su estilo a veces se vuelve rocambolesco por intentar ser preciosista). Corazón tan blanco o Mañana en la batalla piensa en mí me parecen buenas novelas; Todas las almas es muy divertida. En cambio, Los enamoramientos me pareció una malísima novela, y que le concedieran el Premio Nacional de Narrativa creo que fue más un ejercicio de nostalgia que de verdadera crítica literaria. No es, en mi opinión, un candidato serio al premio Nobel; pero tampoco es un tuercebotas, no exageremos.

En todo caso, que Marías escriba bien o no es lo de menos; importa más lo que representa, para unos y para otros. De hecho, me atrevería a apostar que muchos de los que le atacan no han leído ninguna de sus novelas; y a lo mejor muchos de los que le defienden (¡glups!) tampoco.