miércoles, 7 de septiembre de 2016

José Javier Abasolo: Una decisión peligrosa

Idioma: castellano
Año de publicación: 2014
Valoración: está bien

Alguna vez he comentado en este blog (tampoco es que piense que alguien se va a acordar, pero nunca se sabe) que me pirran las ucronías. Y que a los cultivadores de esta subespecie literaria les suele pirrar todo lo relacionado con la Segunda Guerra Mundial, el Tercer Reich o la Guerra Civil española. Es algo que podemos comprobar en novelas tan dispares , aunque excelentes, como son La conjura contra América, del gran Philip Roth, Patria, de Robert Harris o la más esquiva y fascinante de todas, El hombre en el castillo, del no menos esquivo y fascinante Dick. Son temas que siguen dando mucho de sí (y si no, échenle una ojeada al llamado Canal -ejem- Historia...) No podía faltar tampoco alguna versión autóctona del asunto y, en el caso vasco, aquí tenemos una ucronía pergeñada a la perfección por el escritor vizcaíno José Javier Abasolo, quien, al parecer, ya había jugado con la idea de una Euskadi independiente en El aniversario de la Independencia

Pero aquí va todavía más lejos -o más atrás- al presentarnos una realidad, en la que el reino de Navarra habría conseguido, de forma casi milagrosa, mantenerse independiente desde el siglo XVI (e incluso, por lo que parece, ampliar su territorio hasta lo que hoy en día se conoce como Euskal Herria), merced sobre todo a la conversión del Viejo reino a la religión protestante, a partir de la traducción del Evangelio al euskera por parte de Joannes de Leizarraga ("punto Jonbar" que sucedió realmente, por otro lado). Así, a las potencias protestantes del norte de Europa les habría interesado mantener un reino de la misma confesión, por pequeño que fuera, entre las dos grandes potencias católicas, Francia y España -España que, por su parte, se habría anexionado también Portugal-, lo que le hubiese permitido a Navarra sobrevivir, mal que bien, como estado libre e independiente a lo largo de los últimos cuatro siglos. Hasta que, en 1941, esa libertad se vería amenazada por la dictadura de Franco en España, por un lado, y por la ocupación alemana de Francia, por otro. El reino de Navarra, tradicionalmente amigo de los británicos, tendría entonces que decidir si mantener la neutralidad, con el riesgo de ser invadidos por España con alguna excusa provocada o entrar en la guerra y ser invadidos por Alemania, pero manteniendo ciertas opciones de independencia en caso de que la guerra la ganasen los aliados (aunque Estados Unidos aún no se contaba entre ellos). En esa coyuntura y con la presión añadida de un movimiento fascista autóctono, los llamados "Caballeros de Roncesvalles", aparece desnudo en la puerta de un burdel el cadáver del arzobispo de Iruñea, monseñor Argote, cabeza de la minoría católica navarra (minoría aún marginada en esa sociedad, como los judíos y los agotes). Podría ser la excusa perfecta para que el nacionalcatólico régimen español se decida a intervenir en Navarra, así que el viceministro de seguridad del Reino, Xabier Perurena, le encarga al comisario Da Silva -bilbaíno pero hijo de inmigrantes portugueses y por ende, católico- y al eibarrés subinspector Baskaran la resolución del caso. caso en el que se mezclarán intrigas políticas, espionaje y religión, además de otros elementos más morbosos, relacionados con las circunstancias del hallazgo del cadáver, claro...

La novela, ciertamente, resulta entretenida y del todo plausible: Abasolo sigue con lógica implacable las elucubraciones sobre lo que podría haber pasado en situaciones como las que se plantean. Ahora bien, quizás sea ese el flanco más débil de esta ucronía: aparte de la lógica histórica, una novela de estas características o género necesita también un punto o varios de sorpresa, de locura, incluso. Algo que resulte inesperado y que exija aún más complicidad por parte del lector. Y aquí, pese a lo divertida que pueda resultar la idea, por ejemplo, de una Euskal Herria independiente pero con una impronta navarra y no bizkaitarra, o incluir al padre Arrupe como misionero protestante en Japón, el caso es que todo, al final, resulta previsible, de tan correcto y casi rutinario, de tan bien pensado como está. Aún así, ya digo, una novela entretenida, aunque sea por su vertiente más policíaca y que creo que puede hacer bastante gracia a los lectores vascos y, sobre todo, navarros, que a lo mejor hasta se plantean si el pasado de su tierra ha sido el mejor que podía haber sido o no (para eso sirven las ucronías, después de todo). Eso sí, la cabra siempre tira al monte (dicho sea con cariño): a pesar de que en la realidad que ha inventado, Bilbao sólo es una pequeña ciudad de provincias frente a la gran metrópolis de Iruñea, Abasolo hace al Athletic campeón de la Liga no sé cuantos años seguidos... está claro que hay cosas con las que no se juega ; )

martes, 6 de septiembre de 2016

Elena Ferrante: Un mal nombre

Idioma original: italiano
Tïtulo original: Storia del nuovo cognome
Traductora: Celia Filipetto
Año de publicación: 2012
Valoración: Recomendable

Quien no conozca todavía a Elena Ferrante puede empezar por leer la reseña que hice hace unos meses del primer volumen de la serie Dos amigas: La amiga estupenda: autora de identidad desconocida, fenómeno editorial mundial, tetralogía de novelas traducidas a una decena de lenguas... Un mal nombre (una traducción otra vez inexacta, como en el primer volumen, del título original, "historia del nuevo nombre") continúa la historia de las dos amigas protagonistas, Elena 'Lenú' Greco y Raffaella 'Lila' o 'Lina' Cerullo, en el punto en el que se interrumpía el anterior volumen.

De hecho, el arco temporal de la novela (o de esta parte de la novela, si consideramos Dos amigas como un solo texto) está dominado por el cambio de nombre de Lina: casada con Stefano Carracci al final de la primera parte, pasa a ser la "señora Carracci" y a involucrarse en los negocios familiares: las charcuterías de los Carracci y la tienda de zapatos abierta con los Solara, sus anteriores archienemigos. Para el final del volumen, sin embargo, el matrimonio se ha deshecho y Lina recupera su anterior nombre, "señora Cerullo", simbolizando así una vuelta a la independencia (y a la pobreza).
No creo estar haciendo un gran spoiler al contar esto: quien haya leído la primera novela y se haya familiarizado mínimamente con los personajes, ya debe imaginar que el carácter rebelde de Lina no podía aguantar mucho tiempo atada a Stefano.

Además de la historia de este matrimonio fallido, Un mal nombre también es el volumen en el que las dos protagonistas llegan a la edad adulta, no solo porque cumplen dieciocho años, sino porque conocen por primera vez el sexo, la separación de la familia, el matrimonio o la maternidad. Es, sobre todo, el momento en el que toman cuenta de su destino y escogen el camino que deben seguir; es también el momento en el que, de forma imagino que definitiva, las vidas de Lenú y Lina se separan: Lenú comienza a cumplir las expectativas que estaban depositadas en ella, con una carrera universitaria y como escritora, mientras que Lina se ve enredada en la vida brutal del barrio, de palizas, celos, infidelidades y traiciones.

Como sucedía en La amiga genial, también en Un mal nombre impresiona la intensidad de la narración, la capacidad para construir un universo de personajes tridimensionales y con historias propias, y sobre todo la profundidad de la construcción de las dos protagonistas y su relación, llena de recovecos, cambiante y compleja. El motivo por el que le doy a este segundo volumen una nota algo inferior al anterior es porque ciertas situaciones y motivos me han resultado demasiado repetitivos: los amores y desamores de ambas con Stefano, Antonio, Nino o Enzo, la timidez de Lenú frente a la insolencia de Lina o las sucesivas huidas hacia delante de esta última, por dar algunos ejemplos. A veces también me parece que se hace trampas con el punto de vista de la narradora, que cuenta cosas sucedidas en Nápoles en el tiempo que ella estaba en Pisa con un detalle y una viveza que resultan inverosímiles (y no, los cuadernos que Lina le entrega con anotaciones tampoco sirven para justificarlo completamente).

Voy a seguir leyendo la serie, no tengo dudas. Me han hablado muy bien del tercer volumen, y no tanto del cuarto. En cualquier caso, está claro que Dos amigas, como conjunto, es una obra magna, aunque no sea necesariamente una obra muy de nuestro tiempo.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Stuart Murdoch: El café celestial

Título original: Inglés
Idioma original: The celestial cafe
Traducción: Felipe Cabrerizo
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable para fans

Belle & Sebastian cumplen veinte años en este 2016. ¡Veinte años! Sí, Gardel decía que "veinte años no es nada", pero para un grupo de pop parece una eternidad. Y, no sé si será casualidad o no, en este vigésimo aniversario de los escoceses la joven editorial donostiarra "Expediciones Polares" publica el diario de su cantante y compositor principal: Stuart Murdoch.

No esperéis encontrar en el diario nada del célebre "sexo, drogas y rock & roll". Stuart no es una "estrella" al uso (dudo que al propio Stuart le guste el término "estrella", por cierto). El es un tipo relativamente normal, muy majete en apariencia, y esta normalidad aparece reflejada en este diario, escrito entre 2002 y 2006, que nos habla de sus paseos por Glasgow, sus partidos de fútbol o sus colaboraciones con la iglesia local. También iremos con Stuart y la banda de gira, estaremos en las sesiones de grabación de "Dear Catastrophe Waitress" y nos hablará de sus gustos literarios, musicales o cinematográficos. Mención de honor para la lista de sus películas favoritas.

El libro, personalmente, me recuerda mucho a sus primeros discos (que no se entre nadie, pero los dos últimos me parecen más bien flojetes). Se trata de un texto agradable y simpático, pero con un punto agridulce en ciertos momentos, que casa muy bien con aquellos discos llenos de preciosas y saltarinas (a veces) melodías acompañadas de letras que hablan de personajes inadaptados o freakys, como el propio Stuart.  

Creo sinceramente que el libro encantará a los fans de esa primera etapa de la banda, de discos maravillosos como el "Tigermilk" o el "If you're feeling sinister". Discos atemporales, en mi opinión.

Los no fans de la banda, en cambio, se quedarán más bien fríos ante el libro, pero es cierto que no son su público objetivo.

No importa. Si te gustaba Belle & Sebastian cuando aún eras "un poco más joven", el libro te traerá buenos recuerdos de aquella época en la que escuchabas en tu walkman "Viaje a los sueños polares" en los 40 o "Disco Grande" o "Flor de pasión" en Radio 3. Y quizá hasta recuperes esos discos que por H o por B, o por Peppa Pig o la Patrulla Canina a todas horas en ClanTV, llevan algún tiempo en barbecho.

Con eso es más que suficiente.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Svetlana Alexiévich: Los muchachos de zinc


Idioma original: ruso
Título original: Cíncovie málchiki
Año de publicación: 1990
Traducción: Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González
Valoración: muy recomendable alto

¡Pero qué tranquilos vivimos en esta parte del sur de Europa! Nos quejamos del calor en verano y de lo cortas que son las vacaciones y de que la cerveza no está lo bastante fría. Y cada año despotricando un poquito de lo inmerecido del último Nobel, con la de escritores buenos que hay para descubrir. 

Entonces, qué pasa con el Nobel de Alexiévich. Nos desconcierta. Andaba en alguna "quiniela" del Nobel, pero no esperábamos esto. Hasta a sus editores parece haber pillado de sorpresa: que répido se inundaron los estantes de Coetzee o de Modiano, escritores en idiomas asequibles en traducción "express" como el inglés o el francés. Pero una escritora bielorrusa. Hay que digerirlo y la cosa lleva su tiempo. Pero casi que mejor. No hemos de darnos prisa: los libros se van traduciendo y (un poco como cuando surgió el boom de Kapuscinski) su disfrute puede ser pausado y sostenido. Aunque un guapo pajarito me ha chivado que en septiembre va a salir otro, este Los muchachos de zinc es el último título traducido.

Y es glorioso.
Repito: glorioso.

Apenas una veintena de páginas y Alexiévich ya nos ha regalado una frase sencilla, obvia y lógica, pero de tan esencial y aplastante nos perseguirá a largo de todo el libro.
Mientras tanto, nuestros chicos se están muriendo en un país lejano por algo que desconocemos.
Porque el zinc del título es el material del que están confeccionados los ataúdes en que los cadáveres de los soldados son repatriados. Sí: esos que se recubren con una bandera y ante los que un militar de rango medio (o un ministro, si se acercan elecciones) se cuadra como si tuviera el mínimo respeto hacia los que él mismo, o los suyos, ha enviado a morir.

Por cuestiones geo-estratégicas. Por una ideología. Por un subsuelo trufado de combustible. Por la locura de un mandatario. Por la religión. Porque un dictador criminal dijo hace ochenta años que la patria era una.

Alexiévich confiesa en las primeras páginas que escribir su libro anterior ( La guerra no tiene rostro de mujer ) la ha dejado tocada. Pero ahí está. Por esa literatura que se ha inventado. La crónica testimonial donde, parece, ella interviene lo mínimo. Y en Los muchachos de zinc habla de los soldados soviéticos en Afganistán. Afganistán fue el Vietnam de la URSS. El país al que fueron a ganar con la gorra y del que tuvieron que salir por patas. Dicen, uno de los factores que precipitaron el hundimiento del bloque soviético. Y aunque Alexiévich intente moderar (aunque sea para mitigar el dolor), el tono de Los muchachos de zinc resulta tan duro y tan implacable como el de otro texto imprescindible como Voces de Chernóbil . Dureza física, me refiero. El llanto y el dolor y la desesperación las damos por supuestas. Pero la descripción del daño físico, de la devastación de los cuerpos. Qué poco propia nos parece, más cuando la escritora, en aras de la sinceridad de la escritura, no duda en reconocer que se ha desmayado en algún momento, ante la dureza de lo que se ha obligado a presenciar y describir. Que algunos testimonios la han sumido en el mismo llanto del testigo. Dureza que consigue traspasar al texto y hacer llegar al lector. Yo ya he hablado muchas veces de libros ante los que existe la opción de mirar a otro lado. Actitud completamente legítima, pero, permitidme, que me sorprendería en el perfil del lector de este blog. Aunque sepamos, algunas veces, lo que buscamos, no siempre la literatura debe depararnos su encuentro, de forma tan cruel, tan abrupta, tan descarnada. Buscar literatura del sufrimiento, de la devastación, puede que no sea un objetivo usual. Buscar placer, escapismo, estímulos, todo legítimo. Pero encontrarse lo que Alexiévich ofrece. No apto para según que paladar, para según que estómago. Claro. La guerra de Afganistán nos pilla muy lejos, en espacio y en tiempo. No parecemos muy preparados para que nos planten 300 páginas de testimonios así como así. Que agobian y saturan, cierto, tanto como lo es que no se puede, no se puede dejar de leer.
Y como colofón, un buen puñado de páginas adicionales nos describen todas la consecuencias de la publicación de este libro. Alexiévich fue demandada por algunos de los testimonios (de todos ellos se ocultan identidades en el texto original) que la acusaban de haber alterado o falseado situaciones, de haber llevado más allá la pura edición e interpretación de los testimonios, de haber publicado el libro en el extranjero para socavar esa noble finalidad patriótica. En un libro dentro del libro, las demandas, los argumentos a favor y en contra de la escritora y la obra, las sentencias, los alegatos, nis hacen comprender su importancia y su necesidad. Afganistán fue una guerra absurda más, perpetrada con la única finalidad de extender a cualquier lugar necesario la partida de ajedrez global que era la (ya entonces agonizante) Guerra Fría. Se cobró víctimas, Alexièvich lo explicó, los testigos muestran la cruel sinceridad que solo puede emanar de la verdad. Alexiévich molestó con su obra, en su momento, y puede que aún lo haga hoy. Qué se puede decir mejor que eso.

Otras reseñas de Alexiévich en ULAD: El fin del Homo Sovieticus, Voces de Chernóbil, que nos gustó tanto que mereció una doble reseña

sábado, 3 de septiembre de 2016

Aino Kallas: La novia del lobo (con ilustraciones de Sara Morante)

Idioma original: finés
Título original: Sudenmorsian
Año de publicación: 1928
Traducción: Luisa Gutiérrez
Valoración: recomendable

En la isla estonia de Hiuumaa, hacia 1650, pasaban cosas curiosas: para empezar, la isla, donde abundaba el ganado ovino y bovino, estaba también plagada -era de esperar- de lobos, para fastidio de los lugareños. Pero además parece que también había cierta concurrencia de brujos y licántropos (algo, por otra parte, que se decía habitual en gran parte de Europa por aquel entonces, de forma que ardían las hogueras por doquier). Entre estos últimos y pintorescos personajes se encontraba la hermosa y pelirroja (rasgo ya de por sí sospechoso, por lo visto...) Aalo, aparentemente virtuosa esposa del guardabosques Priidik, que una noche de San Juan es atraída al bosque por la llamada del Diabolus sylvarum para unirse a una manada de lobos y recorrer la isla por las noches destripando ganado y retozando con el dyabolus ése en persona, animal o ente maligno; actividades no demasiado bien vistas por su marido ni por el vecindario, claro, lo que la obliga a huir definitivamente para convertirse en la legendaria "Novia del lobo"... con las funestas consecuencias que son de prever.

Todo este argumento tradicional, que yo he contando de forma un tanto chocarrera, le sirvió a la escritora fino-estonia Aino Kallas para escribir una hermosa leyenda (en el sentido más "becqueriano"), gracias en gran medida a sus dotes literarias, sobradas de lirismo y sensible elegancia, que convierten la lectura de este libro en una grata experiencia, incluso por momentos llena de emoción (especialmente bello es el capítulo en el que Aalo acude a la llamada de su "lado salvaje" y se reúne por vez primera con sus hermanos lobos). Aunque es cierto que, al recoger en esta narración las tradiciones y cultura popular estonias, también se hace eco de la ideología vigente en el siglo XVII, que consideraba a los lobos -y a las fuerzas de la Naturaleza, en general- como alimañas malignas a exterminar y a todo aquel que se saliese de la ortodoxia de la religión y las costumbres, como brujas o hechiceros... a exterminar también. Hoy en día, vemos a los lobos como una joya natural a conservar yen cuanto a las brujas... ¿quién sería capaz de enviar a la hoguera a Hermione Granger, por ejemplo? Cierto es también que, a la postre, tanto la autora como los lectores acaban por sentir una mayor simpatía por la "Novia del lobo", a la que se trata de manera injusta, después de todo, por muy poseída por el mismo Satán que se encontrase. Además, junto a toda la tradición literaria sobre los licántropos, las personas criados por bestias, la dualidad inherente al alma humana y las fuerzas salvajes del saltus enfrentadas a las de la civitas, también podemos adivinar en la obra una metáfora de lo que suponía la represión sobre la mujer y el movimiento de liberación femenina (no en vano, Kallas vivió en Londres en el primer tercio del pasado siglo, como esposa del embajador estonio, así que es de suponer que conocía de primera mano la lucha sufragista y demás).

Mención aparte merecen las ilustraciones de Sara Morante. Sabido es que, además de la edición en España de narrativa de los países del Norte de Europa, la editorial Nordica Libros acostumbra a sacar también obras breves, más o menos conocidas, embellecidas por pujantes ilustradores españoles actuales, muestra de una época creo que dorada, en esta disciplina artística. En este caso, la elección no podía ser más acertada, puesto que las ilustraciones, de gran belleza y delicadeza, acompañan a la perfección el texto de Kallas, e incluso más aún, lo reflejan y relazan sin eclipsarlo, como sólo se puede conseguir con el buen hacer y la creatividad de los buenos artistas. Estupenda y adecuada elección, por tanto, la de esta ilustradora, para una obra que se adecua perfectamente  a su sensibilidad y estilo. Y viceversa.

Otras obras de Sara Morante reseñadas en Un Libro Al Día: La vida de las paredes

viernes, 2 de septiembre de 2016

Colaboración: Zorba el Griego de Nikos Kazantzakis

Idioma original: griego
Título original: Βίος και πολιτεία του Αλέξη Ζορμπά
Año de publicación: 1946
Traducción: Selma Ancira
Valoración: muy recomendable

Pese a que la figura del escritor griego Nikos Kazantzakis no había tenido apenas presencia y atención en España, en los últimos tres años este vacío se está corrigiendo gracias a la recuperación de buena parte de sus novelas con traducciones y ediciones rigurosas y atractivas. Por un lado, la editorial Cátedra nos ha rescatado El capitán Mijalis, Informe al Greco y La última tentación. Por otro, Acantilado hizo lo propio con Lirio y Serpiente y ahora con Zorba el Griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba), quizás la historia que más popularidad deparó a Kazantzakis debido a la versión cinematográfica que el chipriota Mihalis Kakogiannis realizó en 1964 y que se hizo su sitio en el imaginario occidental por la interpretación de Anthony Quinn como Zorba y la melodía del sirtaki compuesta por Mikis Theodorakis.

Para desmentir la máxima de que cine y literatura son lenguajes imposibles o malos de casar, conviene decirlo rápido: si Zorba es una buena y (bastante) fiel película, la novela es aún mejor. En Zorba está por supuesto la gran obsesión de Nikos Kazantzakis, el asunto que soba, muñe, acaricia y amasa una y otra vez: la lucha inagotable del hombre con Dios, la pelea encarnizada de los minúsculos seres humanos por la libertad y el perfeccionamiento personal sin temor, ni esperanza, ni afán de reconocimiento. De esa obsesión moral, metafísica, surge la tenacidad literaria de Kazantzakis, “la tenacidad de la pequeña Chispa que trata de penetrar y vencer la inmensa Noche eterna” en sus propias palabras. Y en este escenario es donde Kazantzakis juega con la amistad, el deseo, el valor, las derrotas –dolorosas y memorables-, las creencias y el relato de las andanzas de Alexis Zorba se nos encarna lúcido y entrañable.

Nikos Kazantzakis conoció a Georges (no Alexis) Zorba en 1917 en Proastio, un villorrio en la costa de Mani (la singular comarca en el sur del Peloponeso donde hizo su morada y nos dejó su memoria en libros Patrick Leigh Fermor) y mantuvieron la amistad de por vida. Escribió la novela en 1944, en la isla de Egina, cerca del puerto del Pireo, frente a Salamina, en plena II Guerra Mundial y con Grecia ocupada por la Alemania nazi, y la ambientó en su Creta natal; la novela desprende, pues, aroma de salvia, menta, romero y ajedrea. La peripecia está fabulada, los personajes y el contexto son reales: “dentro del barco estaban los astutos griegos, las miradas rapaces, las mentes cicateras, la politiquería, un piano desafinado, honradas marujas de lenguas viperinas, la insidiosa y monótona mezquindad provinciana” (pág. 31)

Zorba es minero, buscavidas, curtido en mil batallas y tajos, veterano y vital: “la vida es un lío –siguió Zorba-, la muerte no lo es. Estar vivo, ¿sabes lo que quiere decir? Aflojarte la faja y buscar pelea”. (pág. 135) El coprotagonista, el propio narrador, tiene el perfil contrapuesto; escritor, reflexivo, cerebral, idealista, pusilánime, prefiere pasar la noche con un buen libro de amor antes que buscando el amor; “Nadie puede saberlo con certeza, pensaba: el viejo mundo es tangible, sólido, lo vivimos y lo combatimos en todo momento, existe: el futuro no ha nacido todavía, es inaprensible, huidizo, está hecho del material con el que se forjan los sueños, es una nube expuesta a fuertes vientos –el amor, la fantasía, la suerte, Dios- se dispersa, se compacta, se transforma…” (pág. 87)

Del pulso entre ambas personalidades, de su profundo y visceral desacuerdo, de la disparidad de sus orígenes y anhelos pero también de la fascinación mutua, recíproca y de su capacidad por acompasar sus pasos para perseguir juntos una quimera -¿acaso no son así las amistades, bellas, inasibles, perennes?-, de esa sustancia humana, mágica y fascinante, es de lo que está empastada la trama de Zorba. Por eso, cuando los proyectos ya se han venido abajo, el fracaso se ha impuesto rotundo y la realidad golpea acerba e irrefutable, uno le puede pedir a su amigo que le enseñe a bailar: “Alargó un pie, rozó ligeramente el suelo, alargó el otro, los pasos se entrelazaron salvajes, alegres, la tierra retumbó.” (pág. 350)

Podría ser que en algún lance, Kazantzakis nos quede un pelín grandilocuente, espiritual, misógino. Pero Zorba envuelve, atrapa y arrastra y nos ofrece una visión de la vida, del comportamiento humano y del destino con la que discrepar o coincidir pero que al menos se antoja genuina y ambiciosa, lo que no es poco como experiencia lectora para los desabridos tiempos que corren. El cretense Nikos Kazantzakis, al igual que el siciliano Leonardo Sciascia o la sarda Grazia Deledda, forman parte desde luego de una estirpe de escritores que con un firme anclaje en sus roquedales insulares mediterráneos fueron capaces de contarnos historias sugestivas y universales. Nikos Kazantzakis nunca abandonó su fe cristiana, pese a haber sido excomulgado de la Iglesia Ortodoxa Griega por sus popes; hoy sus restos yacen con hermosa modestia en el Bastión de Martinengo, uno de los más altivos de la muralla que todavía protege Heraklion, capital de Creta, con una vista magnífica sobre el mar Mediterráneo, la vieja ciudad y su puerto y las afiladas montañas que la rodean. Junto a una humilde cruz de madera, su sucinto epitafio: “¡Nada espero, nada temo, soy libre!”

Firmado: Carlos Ciprés

jueves, 1 de septiembre de 2016

Zoom: La invasión, de Amin Maalouf

Idioma original: francés
Título original: L´invasion
Traducción: Mª Teresa Gallego/Mª Isabel Reverte
Año: 1.983
Valoración: Muy recomendable


Este pequeño libro, no obstante encontrarse publicado de forma independiente, constituye la primera parte de ‘Las Cruzadas vistas por los árabes’, un relato de este peculiar momento histórico desde una perspectiva bien diferente a las que habitualmente estamos acostumbrados.

‘La invasión’ describe la primera fase de la conquista por los cruzados de parte del Oriente próximo, gobernado en ese tiempo (finales del siglo XI) por príncipes turcos de religión musulmana. Para los habitantes de esas tierras, los francos son unos perfectos desconocidos, guerreros y mercenarios procedentes de extrañas tierras occidentales, que inician sus incursiones teóricamente acompañando a las fuerzas del Imperio bizantino, con el que los turcos mantenían un equilibrio inestable.

Tras las primeras tomas de contacto, comienzan los choques. Los contendientes aún no se conocen, pero pronto empieza a ponerse de manifiesto la debilidad de los defensores, carentes de un poder central y atomizados en pequeños ejércitos cuyos emires se encuentran enfrentados entre sí. Esta circunstancia decantará la suerte una y otra vez en favor de los invasores, y así irán cayendo Nicea, Antioquía y Maarat, hasta la toma de Jerusalén, arrebatada a los egipcios. Ni qué decir tiene que cada una de las victorias de los cruzados va seguida de atroces matanzas que, a decir de los cronistas, incluyen episodios de canibalismo –nunca del todo desmentidos-, hasta el punto de que en generaciones enteras de musulmanes ha pervivido la idea de la antropofagia asociada a los cristianos occidentales.

Según avanzan las tropas francas, los sarracenos se sorprenden del creciente fanatismo de sus agresores, porque desde su punto de vista esto no es para nada una guerra de religión, sino un simple intento de conquista territorial. Y en realidad, aunque algunos emires enarbolen la yihad para intentar ganar apoyos de sus vecinos, entre los árabes pesa el sentimiento nacional o étnico muy por encima del religioso. Las diversas confesiones han convivido hasta entonces sin problema en las ciudades y, de hecho, los cruzados se dedicarán a pasar a cuchillo con igual entusiasmo a musulmanes, judíos e incluso cristianos sirios o coptos. La incredulidad y el rechazo al integrismo religioso los resume Maalouf recogiendo las hiperbólicas palabras del poeta Abu-Ala al Maari:

‘Los habitantes de la tierra se dividen en dos,
Los que tienen cerebro pero no religión,
Y los que tienen religión pero no cerebro’

(El tipo era natural de Maarat donde, unos cuarenta años después de su muerte, los cristianos completarían una de las mayores carnicerías de esta enloquecida campaña)

Todo lo cual –fanatismo y bárbaras matanzas para mayor gloria de un credo religioso- tiene una lectura llamativa ahora, mil años después, cuando los papeles parecen haberse invertido. Y los conceptos se hacen aún más actuales cuando a lo largo de la narración van surgiendo lugares que nos sonarán vinculados a tragedias de hoy día, como Alepo, Damasco, Homs o Mosul, dejando una inevitable sensación de lugares malditos a través de la historia.

La mano de Maalouf conduce un relato vigoroso y dinámico, siempre en presente histórico, sin una sola digresión ni un segundo de pausa, un ejemplo perfecto de cómo contar sucesos de un pasado ya remoto manteniendo el interés del lector sin ningún tipo de adorno y sin perder fiabilidad. Es decir, que pide a gritos continuar la lectura del resto de la obra, y seguir asombrándonos con los límites a los que puede llegar el ser humano cuando se deja dominar por su lado salvaje e irracional.

Otras obras de Amin Maalouf en ULAD: OrígenesEl desajuste del mundoIdentidades asesinas