Idioma original: inglésTítulo original: Another Day in the Death of America
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable
La tenencia de armas en un país por parte de los ciudadanos siempre es algo controvertido, pues sus defensores y detractores tienen visiones radicalmente contrapuestas y a menudo anquilosantes que hace difícil que se puedan poner de acuerdo. Y Gary Younge, periodista británico del The Guardian, fue consciente de ello cuando fue a vivir a Estados Unidos, un país en el que el derecho a poseer y portar armas está recogido en la Segunda Enmienda a su Constitución.
Las consecuencias de esta enmienda son evidentes, y ya en la introducción del libro, Younge expone el porqué del mismo pues, analizando los datos, constató que, por término medio, en Estados Unidos cada día mueren siete niños y adolescentes por armas de fuego, siendo además la principal causa de muerte de las personas negras de menos de diecinueve años de edad, pero «esas muertes cotidianas no son noticia». Y ahí el propósito del libro: coger un día cualquiera, al azar, buscar los casos de jóvenes que murieron ese día por armas de fuego y contar sus historias. Así, el propósito del libro era «explorar en qué forma vivieron sus cortas vidas, los entornos que habitaron y lo que el contexto de su fallecimiento puede decirnos sobre la sociedad en general». El autor también deja claro en la introducción que este no es un libro sobre el racismo (de media, mueren tantos blancos como negros en esas franjas de edad y en la mayoría de estos delitos la víctima es de la misma raza que su autor) ni sobre el control de armas. Es un libro sobre Estados Unidos y sus niños, «es una fotografía de esa sociedad en que las muertes son posibles como en ninguna otra, y que tiene una cultura política aparentemente incapaz de crear un mundo en el que sean evitables».
Sin pretender en esta reseña entrar en detalle en cada uno de los diez casos expuestos (correspondientes a las diez muertes de menores por armas de fuego que sucedieron en el día que el autor escogió aleatoriamente para escribir el libro), cabe decir que hay casos narrados de manera muy dura, como el de la muerte de Jaiden Dixon, de nueve años, asesinado por su padre. La narración es muy dura y te paraliza, pues la descripción del momento en el que es disparado hiela la sangre. El autor es hábil en poner este caso en primer lugar, pues con él ya arrastra al lector en una vorágine de tristeza y desespero. E incomprensión absoluta. A partir de este caso se suceden el resto, formado en su mayor parte por muertes accidentales o por un ajuste de cuentas entre bandas. El libro es durísimo, porque hablamos de niños asesinados, hablamos de vidas rotas con todo un futuro por delante, niños cuyas familias quedaron destrozadas. Es muy difícil leer este libro, es muy duro avanzar página tras página, sin caer en un pozo de tristeza; es muy complicado seguir su lectura y mantenerse en ella sin romperse.
Más allá de las vidas de las víctimas que sirven para ver la amplitud de situaciones en las que se pueden producir estos asesinatos, la habilidad del autor se demuestra en, a partir de cada una de ellas, dar una visión ampliada del mundo que engloba las armas y analizar qué lleva a una sociedad a encontrarse en esta situación; así, habla no solo de las muertes, sino de familias desestructuradas, de vidas en las calles, de la Asociación Nacional del Rifle, de movimientos ciudadanos para luchar en favor del control de armas, de pandillas y bandas. Así, en esta investigación sobre sus muertes, el autor introduce pinceladas de una cultura y unas leyes que permiten ampliamente la tenencia de armas. Younge elude situarse en una situación equidistante y, amparándose en datos estadísticos y casos reales, se posiciona al tratar de estos aspectos políticos y culturales y nos habla de:
Más allá de que como en cualquier libro basado en diferentes historias hay algunas más logradas que otras, la habilidad de Younge se hace evidente al conseguir que nos metamos en la piel de esas familias afectadas por las prematuras muertes y, a la vez, hilvanar e integrar los diferentes aspectos colaterales de las tragedias ocurridas. El relato se sostiene con independencia del fallecido en cuestión, pues más allá de la particular historia narrada, es el sentimiento de desolación, injusticia y facilidad de que ocurra de nuevo el que sobrevuela toda la narración y hace evidente, al menos a los ojos de este reseñista, que el control de armas debe ser mucho más riguroso y que, donde hay armas, habrá muertes, y no siempre en acto de defensa, sino que, a veces, es una cuestión, pura, simple y llanamente, de probabilidad. Y cuando la probabilidad existe, tarde o temprano va a ocurrir. De nuevo. Y será otra joven vida perdida.
Las consecuencias de esta enmienda son evidentes, y ya en la introducción del libro, Younge expone el porqué del mismo pues, analizando los datos, constató que, por término medio, en Estados Unidos cada día mueren siete niños y adolescentes por armas de fuego, siendo además la principal causa de muerte de las personas negras de menos de diecinueve años de edad, pero «esas muertes cotidianas no son noticia». Y ahí el propósito del libro: coger un día cualquiera, al azar, buscar los casos de jóvenes que murieron ese día por armas de fuego y contar sus historias. Así, el propósito del libro era «explorar en qué forma vivieron sus cortas vidas, los entornos que habitaron y lo que el contexto de su fallecimiento puede decirnos sobre la sociedad en general». El autor también deja claro en la introducción que este no es un libro sobre el racismo (de media, mueren tantos blancos como negros en esas franjas de edad y en la mayoría de estos delitos la víctima es de la misma raza que su autor) ni sobre el control de armas. Es un libro sobre Estados Unidos y sus niños, «es una fotografía de esa sociedad en que las muertes son posibles como en ninguna otra, y que tiene una cultura política aparentemente incapaz de crear un mundo en el que sean evitables».
Sin pretender en esta reseña entrar en detalle en cada uno de los diez casos expuestos (correspondientes a las diez muertes de menores por armas de fuego que sucedieron en el día que el autor escogió aleatoriamente para escribir el libro), cabe decir que hay casos narrados de manera muy dura, como el de la muerte de Jaiden Dixon, de nueve años, asesinado por su padre. La narración es muy dura y te paraliza, pues la descripción del momento en el que es disparado hiela la sangre. El autor es hábil en poner este caso en primer lugar, pues con él ya arrastra al lector en una vorágine de tristeza y desespero. E incomprensión absoluta. A partir de este caso se suceden el resto, formado en su mayor parte por muertes accidentales o por un ajuste de cuentas entre bandas. El libro es durísimo, porque hablamos de niños asesinados, hablamos de vidas rotas con todo un futuro por delante, niños cuyas familias quedaron destrozadas. Es muy difícil leer este libro, es muy duro avanzar página tras página, sin caer en un pozo de tristeza; es muy complicado seguir su lectura y mantenerse en ella sin romperse.
Más allá de las vidas de las víctimas que sirven para ver la amplitud de situaciones en las que se pueden producir estos asesinatos, la habilidad del autor se demuestra en, a partir de cada una de ellas, dar una visión ampliada del mundo que engloba las armas y analizar qué lleva a una sociedad a encontrarse en esta situación; así, habla no solo de las muertes, sino de familias desestructuradas, de vidas en las calles, de la Asociación Nacional del Rifle, de movimientos ciudadanos para luchar en favor del control de armas, de pandillas y bandas. Así, en esta investigación sobre sus muertes, el autor introduce pinceladas de una cultura y unas leyes que permiten ampliamente la tenencia de armas. Younge elude situarse en una situación equidistante y, amparándose en datos estadísticos y casos reales, se posiciona al tratar de estos aspectos políticos y culturales y nos habla de:
- la Asociación Nacional del Rifle, de quién afirma que «se trata de construir un estado de alerta que implica asumir e incorporar la idea de que (el robo) puede ocurrir en cualquier momento» para añadir que «los más acérrimos partidarios de las armas hacen todo lo posible para mantener vivo el sentimiento de que el mundo es un lugar peligroso e inseguro»; una afirmación que se sustenta en la visión del consejero delegado de la Asociación que sugiere que deben protegerse ellos mismos porque el gobierno está en declive y no lo hará por ellos.
- las redes sociales y su uso, a las que critica por las visiones partidistas e interesadas que se pueden hacer de lo que hay en la cuenta de una persona, así como del riesgo en clasificar las víctimas como ángeles o inocentes, pues establece una clasificación de las víctimas como si no todas tuvieran el mismo derecho a la vida.
- la importancia de los movimientos estudiantiles que tratan sobre el comportamiento de los jóvenes, para concienciarlos de la importancia de su comportamiento si no quieren acabar en la cárcel o muertos, decirles que «las calles no son su vida, que hay vida más allá de la calle». También Younge nos explica la función de ciertos colectivos que intervienen cuando hay muertos en alguna banda, para apaciguar los ánimos, para evitar represalias, pues el descenso de la violencia es algo que depende a la actitud y un cambio en ella puede significar un descenso de la mortalidad por armas de fuego.
- la gran tasa de homicidios especialmente de jóvenes negros (diez veces superior a la de los blancos) y que según los mismos afroamericanos se deben a la desintegración de la relación parental en la que «muchos niños se crían solos» y que los padres, también jóvenes, creen que «los niños obtendrán ayuda en las calles», aunque sí nos fijamos en otros países la mortalidad de estos es muy inferior por lo que está claro que la dedicación o educación de los padres hacia sus hijos no parecen ser el motivo principal (algo que el autor tiene claro al afirmar que «aunque los estadounidenses fueran peores padres, no podrían ser tan malos»). Sin embargo, los padres siguen apuntando y afirmando a este discurso autoculpándose.
- el racismo innegable en Estados Unidos, pues «los afroamericanos tiene seis veces más posibilidades que los blancos de acabar en la cárcel, el doble de posibilidades de no tener trabajo y casi el triple de vivir en la pobreza». Younge lo complementa aquí con otro tema importante, las desigualdades sociales. «La divergencia entre la riqueza y las rentas de los negros y los blancos es mayor ahora que en 1963 (año de la Marcha en Washington)».
- la híper segregación de las sociedades como Dallas (una de las dieciséis más segregadas de los EE.UU.), pues, de hecho, cuatro de los diez casos que narra este libro pertenecen a ciudades que corresponden a esta categoría. Los guetos, la discriminación, la marginalización de los barrios, crean escenarios idóneos para que ocurran este tipo de situaciones.
- la facilidad de acceso a las armas, especialmente en gran parte del Estados Unidos rural, donde «las armas de fuego forman parte de la vida cotidiana, por motivos prácticos o con fines recreativos». «Con tantas armas alrededor, la posibilidad de que ocurra una desgracia siempre está presente». El autor apela a la educación y responsabilidad de los padres, pero también afirma que los niños son muy curiosos a esa edad. El riesgo de que suceda algo, siempre está ahí, pues la vigilancia o rigurosidad en las normas básicas sobre donde deben guardarse las armas y cómo emplearlas se acaba relajando. Porque los niños son curiosos y si les añades el hecho que, según un estudio de 2000, «en más de la mitad de hogares en EE.UU. en los que coinciden niños y armas, las armas no están en un armero cerrado», eso explica en gran parte porque los disparos accidentales son la quinta causa de muerte de menores en EE.UU. y «el 68% de los tiroteos en centros escolares entre 1974 y 2000 se cometieron con un arma que el autor había obtenido en su casa o en la de algún familiar».
- el periodismo, pues Younge utiliza este caso para narrar su papel y lo poco que interesa informar sobre los niños negros muertos por disparos, no ocurriend igual cuando ocurre en niños blancos. Aquí analiza no sólo el papel del periodismo, sino también el racismo existente en la sociedad, un racismo que excluye a los negros no solo de su mundo sino también de sus intereses.
Más allá de que como en cualquier libro basado en diferentes historias hay algunas más logradas que otras, la habilidad de Younge se hace evidente al conseguir que nos metamos en la piel de esas familias afectadas por las prematuras muertes y, a la vez, hilvanar e integrar los diferentes aspectos colaterales de las tragedias ocurridas. El relato se sostiene con independencia del fallecido en cuestión, pues más allá de la particular historia narrada, es el sentimiento de desolación, injusticia y facilidad de que ocurra de nuevo el que sobrevuela toda la narración y hace evidente, al menos a los ojos de este reseñista, que el control de armas debe ser mucho más riguroso y que, donde hay armas, habrá muertes, y no siempre en acto de defensa, sino que, a veces, es una cuestión, pura, simple y llanamente, de probabilidad. Y cuando la probabilidad existe, tarde o temprano va a ocurrir. De nuevo. Y será otra joven vida perdida.






