viernes, 14 de agosto de 2020

Gary Younge: Un día más en la muerte de Estados Unidos

Idioma original: inglés
Título original: Another Day in the Death of America
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia
Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

La tenencia de armas en un país por parte de los ciudadanos siempre es algo controvertido, pues sus defensores y detractores tienen visiones radicalmente contrapuestas y a menudo anquilosantes que hace difícil que se puedan poner de acuerdo. Y Gary Younge, periodista británico del The Guardian, fue consciente de ello cuando fue a vivir a Estados Unidos, un país en el que el derecho a poseer y portar armas está recogido en la Segunda Enmienda a su Constitución.

Las consecuencias de esta enmienda son evidentes, y ya en la introducción del libro, Younge expone el porqué del mismo pues, analizando los datos, constató que, por término medio, en Estados Unidos cada día mueren siete niños y adolescentes por armas de fuego, siendo además la principal causa de muerte de las personas negras de menos de diecinueve años de edad, pero «esas muertes cotidianas no son noticia». Y ahí el propósito del libro: coger un día cualquiera, al azar, buscar los casos de jóvenes que murieron ese día por armas de fuego y contar sus historias. Así, el propósito del libro era «explorar en qué forma vivieron sus cortas vidas, los entornos que habitaron y lo que el contexto de su fallecimiento puede decirnos sobre la sociedad en general». El autor también deja claro en la introducción que este no es un libro sobre el racismo (de media, mueren tantos blancos como negros en esas franjas de edad y en la mayoría de estos delitos la víctima es de la misma raza que su autor) ni sobre el control de armas. Es un libro sobre Estados Unidos y sus niños, «es una fotografía de esa sociedad en que las muertes son posibles como en ninguna otra, y que tiene una cultura política aparentemente incapaz de crear un mundo en el que sean evitables».

Sin pretender en esta reseña entrar en detalle en cada uno de los diez casos expuestos (correspondientes a las diez muertes de menores por armas de fuego que sucedieron en el día que el autor escogió aleatoriamente para escribir el libro), cabe decir que hay casos narrados de manera muy dura, como el de la muerte de Jaiden Dixon, de nueve años, asesinado por su padre. La narración es muy dura y te paraliza, pues la descripción del momento en el que es disparado hiela la sangre. El autor es hábil en poner este caso en primer lugar, pues con él ya arrastra al lector en una vorágine de tristeza y desespero. E incomprensión absoluta. A partir de este caso se suceden el resto, formado en su mayor parte por muertes accidentales o por un ajuste de cuentas entre bandas. El libro es durísimo, porque hablamos de niños asesinados, hablamos de vidas rotas con todo un futuro por delante, niños cuyas familias quedaron destrozadas. Es muy difícil leer este libro, es muy duro avanzar página tras página, sin caer en un pozo de tristeza; es muy complicado seguir su lectura y mantenerse en ella sin romperse.

Más allá de las vidas de las víctimas que sirven para ver la amplitud de situaciones en las que se pueden producir estos asesinatos, la habilidad del autor se demuestra en, a partir de cada una de ellas, dar una visión ampliada del mundo que engloba las armas y analizar qué lleva a una sociedad a encontrarse en esta situación; así, habla no solo de las muertes, sino de familias desestructuradas, de vidas en las calles, de la Asociación Nacional del Rifle, de movimientos ciudadanos para luchar en favor del control de armas, de pandillas y bandas. Así, en esta investigación sobre sus muertes, el autor introduce pinceladas de una cultura y unas leyes que permiten ampliamente la tenencia de armas. Younge elude situarse en una situación equidistante y, amparándose en datos estadísticos y casos reales, se posiciona al tratar de estos aspectos políticos y culturales y nos habla de:

  • la Asociación Nacional del Rifle, de quién afirma que «se trata de construir un estado de alerta que implica asumir e incorporar la idea de que (el robo) puede ocurrir en cualquier momento» para añadir que «los más acérrimos partidarios de las armas hacen todo lo posible para mantener vivo el sentimiento de que el mundo es un lugar peligroso e inseguro»; una afirmación que se sustenta en la visión del consejero delegado de la Asociación que sugiere que deben protegerse ellos mismos porque el gobierno está en declive y no lo hará por ellos. 
  • las redes sociales y su uso, a las que critica por las visiones partidistas e interesadas que se pueden hacer de lo que hay en la cuenta de una persona, así como del riesgo en clasificar las víctimas como ángeles o inocentes, pues establece una clasificación de las víctimas como si no todas tuvieran el mismo derecho a la vida.
  • la importancia de los movimientos estudiantiles que tratan sobre el comportamiento de los jóvenes, para concienciarlos de la importancia de su comportamiento si no quieren acabar en la cárcel o muertos, decirles que «las calles no son su vida, que hay vida más allá de la calle». También Younge nos explica la función de ciertos colectivos que intervienen cuando hay muertos en alguna banda, para apaciguar los ánimos, para evitar represalias, pues el descenso de la violencia es algo que depende a la actitud y un cambio en ella puede significar un descenso de la mortalidad por armas de fuego.
  • la gran tasa de homicidios especialmente de jóvenes negros (diez veces superior a la de los blancos) y que según los mismos afroamericanos se deben a la desintegración de la relación parental en la que «muchos niños se crían solos» y que los padres, también jóvenes, creen que «los niños obtendrán ayuda en las calles», aunque sí nos fijamos en otros países la mortalidad de estos es muy inferior por lo que está claro que la dedicación o educación de los padres hacia sus hijos no parecen ser el motivo principal (algo que el autor tiene claro al afirmar que «aunque los estadounidenses fueran peores padres, no podrían ser tan malos»). Sin embargo, los padres siguen apuntando y afirmando a este discurso autoculpándose. 
  • el racismo innegable en Estados Unidos, pues «los afroamericanos tiene seis veces más posibilidades que los blancos de acabar en la cárcel, el doble de posibilidades de no tener trabajo y casi el triple de vivir en la pobreza». Younge lo complementa aquí con otro tema importante, las desigualdades sociales. «La divergencia entre la riqueza y las rentas de los negros y los blancos es mayor ahora que en 1963 (año de la Marcha en Washington)».
  • la híper segregación de las sociedades como Dallas (una de las dieciséis más segregadas de los EE.UU.), pues, de hecho, cuatro de los diez casos que narra este libro pertenecen a ciudades que corresponden a esta categoría. Los guetos, la discriminación, la marginalización de los barrios, crean escenarios idóneos para que ocurran este tipo de situaciones.
  • la facilidad de acceso a las armas, especialmente en gran parte del Estados Unidos rural, donde «las armas de fuego forman parte de la vida cotidiana, por motivos prácticos o con fines recreativos». «Con tantas armas alrededor, la posibilidad de que ocurra una desgracia siempre está presente». El autor apela a la educación y responsabilidad de los padres, pero también afirma que los niños son muy curiosos a esa edad. El riesgo de que suceda algo, siempre está ahí, pues la vigilancia o rigurosidad en las normas básicas sobre donde deben guardarse las armas y cómo emplearlas se acaba relajando. Porque los niños son curiosos y si les añades el hecho que, según un estudio de 2000, «en más de la mitad de hogares en EE.UU. en los que coinciden niños y armas, las armas no están en un armero cerrado», eso explica en gran parte porque los disparos accidentales son la quinta causa de muerte de menores en EE.UU. y «el 68% de los tiroteos en centros escolares entre 1974 y 2000 se cometieron con un arma que el autor había obtenido en su casa o en la de algún familiar».
  • el periodismo, pues Younge utiliza este caso para narrar su papel y lo poco que interesa informar sobre los niños negros muertos por disparos, no ocurriend igual cuando ocurre en niños blancos. Aquí analiza no sólo el papel del periodismo, sino también el racismo existente en la sociedad, un racismo que excluye a los negros no solo de su mundo sino también de sus intereses. 

Más allá de que como en cualquier libro basado en diferentes historias hay algunas más logradas que otras, la habilidad de Younge se hace evidente al conseguir que nos metamos en la piel de esas familias afectadas por las prematuras muertes y, a la vez, hilvanar e integrar los diferentes aspectos colaterales de las tragedias ocurridas. El relato se sostiene con independencia del fallecido en cuestión, pues más allá de la particular historia narrada, es el sentimiento de desolación, injusticia y facilidad de que ocurra de nuevo el que sobrevuela toda la narración y hace evidente, al menos a los ojos de este reseñista, que el control de armas debe ser mucho más riguroso y que, donde hay armas, habrá muertes, y no siempre en acto de defensa, sino que, a veces, es una cuestión, pura, simple y llanamente, de probabilidad. Y cuando la probabilidad existe, tarde o temprano va a ocurrir. De nuevo. Y será otra joven vida perdida.

jueves, 13 de agosto de 2020

Reseña + Entrevista: Sobre la terra impura de Melcior Comes

Idioma original: catalán
Título original: Sobre la terra impura
Año de publicación: 2018
(edición en castellano: noviembre 2020)
Traducción: Carlos Mayor
Valoración: Recomendable





Sobre la terra impura se publicó en 2018 y fue objeto de varios galardones: Premi Creixells, Premi de la Crítica Serra d’Or, Premi Núvol y figuró entre las tres obras finalistas del Premi Òmnium. El éxito de este thriller a la mallorquina, entre críticos y lectores, ha suscitado su inminente edición en castellano con Navona Editorial. 

Resumen resumido: un escritor mallorquín afincado en Barcelona, con escasas perspectivas de éxito, recibe un encargo inesperadamente lucrativo: la biografía de una polémica actriz recién fallecida (Dora Bonnín), también madre de Leo Verdera, su mejor amigo de la infancia. Los secretos ocultos en los dietarios íntimos de Dora y el reencuentro con el excéntrico Leo, conformará el epicentro de una explosión en ciernes que revolucionará la vida del protagonista y pondrá en serio peligro el imperio de los Verdera, una de las familias más poderosas de las islas. 

Todos hemos leído alguna novela que retrata los claroscuros de una poderosa familia que adopta dinámicas propias de las organizaciones criminales. Son historias que, amparadas en el principio de conservación del clan, basculan entre el poder, el sexo y la muerte; le sumas una trama sólida e intrigante y un estilo solvente y ya tienes, como poco, un thriller que funciona. No es el caso de Sobre la terra impura, donde se traspasa el patrón clásico y los meros estándares del género. 

La crónica de los Verdera abarca desde que Nofre (el abuelo falangista) funda la primera fábrica de zapatos tras la guerra, hasta la actual expansión de la marca Belper en el mercado internacional. Pero la historia adquiere su verdadera esencia o sello gracias a la singularidad de los elementos que la integran: 
  • El territorio mallorquín como telón de fondo y atmósfera que envuelve a los personajes. Las descripciones de algunos lugares son como verdaderas fotos fijas que se proyectan sobre la mente del lector. La isla como ámbito familiar supuestamente protector que funciona a su vez como cerco confinante (y asfixiante). 
  • El lenguaje y el estilo se funden sólidamente en una narración fluida y (solo en apariencia) sencilla y espontánea. La inserción de expresiones genuinamente mallorquinas, lenguaje coloquial, tacos, etc… contribuye a la naturalización de las situaciones. Destacan los diálogos, muy depurados y a la vez expresivos y verosímiles, y el humor un poco cáustico que impregna toda la narración. 
  • La galería de personajes es muy amplia y variada. En el clan Verdera se percibe cierto destello de elementos ya vistos en una familia poderosa aunque cada personaje adquiere una consistencia propia. Solo hay uno que está más desdibujado al principio de la novela y que luego juega un papel esencial en la trama por lo que, en mi opinión, sus motivaciones no quedan tan justificadas. Sin embargo la constelación familiar del protagonista me parece verdaderamente genuina, tanto por sus personalidades como por los conflictos que se apuntan.
  • El argumento subyacente que, para mí, le da sentido a toda la historia: la relación entre el protagonista y Leo Verdera; dos tarambanas, cada cual a su manera, que se adoran y se pelean como si aún tuvieran doce años y cuya amistad es lo que está de verdad en juego. Ambos están muy bien retratados y los vaivenes de su relación fluctúa con naturalidad entre lo conmovedor y lo ridículo. 
La cuestión de si uno encaja o no en la familia que le ha tocado y si eso tiene o no solución, diría que es algo presente en toda novela. Por eso la relación entre Leo y el protagonista es central para la trama; ellos se entienden mejor entre sí que con sus respectivas familias y eso es motivo de fricción continua y, por tanto, un motor para la acción. 

Pero si hay algo verdaderamente destacable en Sobre la terra impura es la vuelta de tuerca en cuanto a factura literaria. Llega un momento, a media novela, en que el narrador y protagonista empieza a intervenir abiertamente en la construcción del relato frente a los ojos del lector, en la línea de la voz juguetona que ya ha esgrimido hasta entonces. Este recurso, 
(1) nos indica una inflexión en el protagonista, cuyo arco narrativo escapa de cualquier previsión pero sin faltar a la coherencia ni traicionar su esencia, 
(2) es un guiño al oficio de narrar en el que se muestran deliberadamente los mimbres de la historia propiciando espacios para el humor 
(3) nos confirma la condición de narrador no fiable y nos hace replantearnos el rigor u objetividad de sus percepciones, 
(4) abre la puerta a nuevos sentidos de la historia que se explica y
(5) desactiva cualquier intento de sugerir que los hechos o los personajes sean reales. 

Dicho juego meta literario se solapa con otro fenómeno: en el último tercio de la novela empezamos a conocer hechos del pasado que se superponen sobre el presente mediante la hábil alternancia de los diálogos que nos llevan de un momento a otro sin previo aviso y logrando un efecto multicapa de dos (incluso tres) momentos que orbitan alrededor del mismo secreto que se desvela. Es algo técnicamente muy complejo. Sé que algunos lectores se han quejado precisamente de esta parte porque se perdían; es cierto que quizá no son fragmentos para leer de pie en el metro con un codo ajeno asediando nuestras costillas pero, sin ser yo una lumbrera y basándome en mi propia experiencia, diría que basta con ejercer la lectura atenta. Vale la pena porque esos fragmentos son un festín de pericia e intensidad y nos ofrecen grandes momentos lectores. 

Por todo lo expuesto, Sobre la terra impura es una novela Recomendable, tanto por su vertiente lúdica, de lectura entretenida con bastantes dosis de humor, como por su buena factura y esa ambiciosa apuesta literaria capaz de sumergir al lector en una experiencia tan gratificante como inesperada.

Entrevista a Melcior Comes

Hemos dicho que «la isla» es un factor importante en la novela, pero no es la primera ocasión que tus obras tienen lugar en Mallorca ¿crees que cada vez que abordas literariamente el territorio mallorquín, evoluciona tu visión sobre él? ¿Qué estás explorando en él? 
Mallorca es un lugar maravilloso para escribir sobre él. Es una tierra con contrastes y desigualdades, que ha cambiado terriblemente en escasos años, y donde las fortunas y las aventuras no han dejado de darse desde hace siglos. La prensa local de la isla es una forma de realismo mágico. Con el tiempo he aprendido a ver todo esto. La verdad es que para verlo debes salir de la isla y dejar pasar los años. 

Los Verdera son un imperio de la industria del calzado ¿Qué te llevó a escoger ese negocio y no otro? En la novela el protagonista se fabrica un par de zapatos y el lector presencia el proceso con todo lujo de detalles ¿cómo te documentaste? 
Me crié en Inca, que era la ciudad del calzado. Durante mi infancia y adolescencia, muchos de mis amigos eran chicos y chicas cuyos padres trabajaban en esa industria. Para mí era algo normal. Pasaban por delante de muchas fábricas de pieles o tacones. El olor de la cola me llegaba a casa, igual que el ruido de las sirenas para entrar a trabajar o para salir. Para mí era algo muy cotidiano: algo tan normal que no se hizo presente hasta que desapareció con la crisis de los años ochenta. Entonces hubo huelgas, despidos, todo un mundo desapareció. 

Los juegos meta literarios que propones ¿son algo puntual de esta novela o forman parte de una evolución, de un proceso personal en el que sigues inmerso? ¿qué sentido tienen para ti como escritor? 
Toda novela es un juego con el tiempo y la perspectiva. Eso es lo que hace a la literatura algo apasionante y más divertido que la experiencia pura y simple. Aquí mezclo diversos puntos de vista, planos temporales, escenas que se dan al mismo tiempo en el relato pero que sucedieron en momentos alejados. Además, la novela tiene algo siempre de conjetura: el narrador es un escritor que imagina muchas de las cosas que leemos, porque no sabemos la verdad más que en las conclusiones o en los efectos que nos llegan, años después. Pero nunca en los detalles de cómo pasaron realmente las cosas. A veces la literatura, la imaginación, es el único método de llegar a todo eso. 

El humor y la ironía son un sello presente en toda la novela, ¿es también un sello propio de la escritura de Melcior Comes? ¿Qué alcance tiene el humor que no tiene cualquier otro recurso? 
Me gusta reír, y creo que la buena literatura siempre es capaz de motivarnos emociones profundas. Me gusta porque es difícil, también, abrir los ojos del lector a las cosas más simples y cotidianas, que bajo cierta perspectiva se vuelven únicas y maravillosas, y por tanto, graciosas y conmovedoras. El lector debe gozar con lo que le propones, y tu mirada debe ir acompañada siempre de valores que subviertan y hagan que lo narrado parezca nuevo. La risa nos libera; siempre digo que hay que escribir con una sonrisa, pero al mismo tiempo hay que llevar en la mano un bisturí. 

Ya para terminar, en Un Libro Al Día debatimos a menudo sobre la adecuación o la coherencia de los títulos de las obras. En este caso, ¿de dónde procede «Sobre la terra impura» y en qué sentido refleja la historia de la novela? 
La tierra impura, claro, es Mallorca, pero también cualquier entorno de pasiones y misterios, donde los hombres y las mujeres viven y aman. Es también lo que pisan los zapatos, la tierra sucia que creemos poseer, pero que en el fondo nos posee a nosotros. Son también unos versos muy famosos, de «El pi de Formentor», el célebre poema de Costa y Llobera, una de las cimas de la literatura catalana y un homenaje a un paisaje y a una actitud ante la vida y el destino.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Leonora Carrington: El séptimo caballo

Idioma original de los cuentos: Francés e inglés
Traducción (al catalán): Anna Llisterri Boix y Elisabet Ràfols-Sagués
Año de publicación de este volumen: 2020
Valoración: Recomendable (aunque no para todo el mundo)

Leonora Carrington (1917-2011) fue una artista con mayúsculas. No destacó solamente en su vertiente plástica, quizás la más conocida para el público mayoritario; también brilló en la disciplina de la escultura o, como demuestra el libro que hoy traigo a colación, en la de la literatura. 

El setè cavall es un volumen concebido exquisitamente por Extinció Edicions. Compila veintidós cuentos escritos por Carrington entre 1937 y 1971. Dichos cuentos son la mar de variados; en extensión, en forma y en fondo. Los hay, por ejemplo, próximos a la fantasía, de corte absurdo, de talante surrealista o con visos autobiográficos; los hay tiernos y delicados, mientras que otros desconciertan o perturban; los hay lúdicos y hasta entrañables, en contraposición con aquéllos que se caracterizan por un misticismo tan hermético como evocador.

Coinciden en una cosa, sin embargo: la potencia visual e imaginativa de sus imágenes. Una bata de noche confeccionada a base de murciélagos vivos cosidos por las alas. Una mujer en un lecho cubierto de hierbas. Unos labios negros y relucientes como la espalda de un escarabajo. Y, evidentemente, caballos; caballos por doquier. Además de por sus imágenes, las ficciones de Carrington sobresalen en la creación de atmósferas. Atmósferas tan inmersivas como las de sueños y pesadillas.

Las narraciones breves de Carrington no gustarán a todo el mundo. A menudo se limitan a reproducir cuadros estáticos, y pueden llegar a ser frustrantemente crípticas para cierto tipo de lector. Sea como fuere, deleitarán sobremanera a quienes amamos al género fantástico. El propio Julio Cortázar señaló "Conejos blancos", pieza excelsa, como uno de sus relatos favoritos.

Ah, en español se pueden encontrar, igualmente, los cuentos de la autora, desperdigados en antologías más o menos exhaustivas.


También de Leonora Carrington en ULAD: Memorias de abajo

martes, 11 de agosto de 2020

John Steinbeck: Tortilla Flat

Idioma original: inglés
Título original: Tortilla Flat
Año de publicación: 1935
Traducción: José Luis Piquero
Valoración: recomendable

No conozco la obra de Steinbeck con la profundidad suficiente para sacar la conclusión de si ésta en su conjunto (sí me atrevería a afirmarlo con Faulkner o con Erskine Caldwell) lanza un mensaje. De hecho, si añado más autores (por ejemplo, Carson Mc Cullers) a ese conjunto, el archiconocido southern gothic, sí que me atrevo a afirmar que ese enorme e inabarcable rango de autores toma una pose crítica encuadrada en lo social: crueldad del capitalismo, feroz antirracismo, desmontaje a priori del sueño americano. Y no sé si Tortilla Flat, primera novela de éxito de Steinbeck , es preámbulo, visión previa, complemento o simplemente esbozo, pero la mera gesta narrativa de apartar el foco de los elementos más brillantes de la sociedad e iluminar lo sórdido, lo polvoriento, ya es un muy admirable planteamiento.

Tortilla Flat es el nombre de un barrio o quizás una mera zona de la ciudad de Monterrey. Llena de casas destartaladas y de gente que afronta su día a día, hablamos de la Gran Depresión, de una época (ya sé: menudo momento para hablar de crisis he escogido) en la que la desesperanza de una parte muy importante del pueblo estadounidense era el pan de cada día. Danny es uno de ellos, uno más hasta que el destino le hace una jugarreta: hereda dos casas, ergo ya no ha de dormir en la calle. Ese golpe de fortuna resulta ser mal digerido: Danny no contaba convertirse de la noche al día en propietario responsable, así que administrará esa nueva condición en coherencia con la existencia hasta entonces llevada. Alquila la segunda casa a otro de su calaña, y deja entrar en la casa en la que decide vivir a quien así lo desee. Los amigos (paisanos en español en la versión original) son gente de toda clase a la que caracterizan unos pocos rasgos: miserables, con las vidas apagadas por el alcohol (la garrafa de vino a un dólar la unidad se constituye en patrón oro) y todas las situaciones que ello acarrea. El descontrol es absoluto y los capítulos se suceden en algo que puede definirse como caos perezoso, donde personajes de lo más variado, todos ellos habitantes de Tortilla Flat, aparecen y desaparecen de la casa de Danny por las situaciones más peregrinas: a la búsqueda de un techo, de algún contacto humano, del calor engañoso del vaso de vino que les ayuda a sobrellevar la miseria y la abulia propia de esas situaciones, una especie de dolce far niente donde la vida solo cobra sentido cuando se acude al bar de Torrelli, que hace las veces de prestamista, de casa de empeños, de lugar de trueques desiguales.

Steinbeck gobierna la novela desde la experiencia de la cercanía temporal a esas situaciones, y si hay algo que denuncia con claridad es la ecuación desarraigo-alcoholismo. Los personajes pueden parecer caricaturas o el lector puede llegar a pensar que toda persona en esas circunstancias es igual: gris, polvorienta, desastrada, prescindible. Y al fin y al cabo, y las obras posteriores del movimiento lo confirmarían, la realidad no tiene necesariamente que generar cuentos de hadas.

lunes, 10 de agosto de 2020

Brenda Navarro: Casas vacías

Idioma: español
Año de publicación: 2018
Valoración: recomendable, pero

Se ha dicho ya un montón de veces, en este blog, en otros y en los medios "profesionales": en lo que llevamos de siglo XXI ha habido una verdadera eclosión de autoras latinoamericanas (incluyo a algunas españolas) que no sólo escriben con gran calidad desde edades bien tempranas, sino que lo hacen sin tener demasiados pelos en la lengua (o en la pluma) a la hora de tratar temas considerados como "delicados"; tanto cuando hablan o retratan escenas de sexo o violencia, hacen una cierta crítica social, o como cuando recogen los sentimientos y deseos más íntimos de sus personajes... que a veces no corresponden con lo que cabría esperar según la convención social de tiempos no tan lejanos e incluso de ahora mismo, menos aún si se trata de mujeres...

Como ocurre, sin ir más lejos, con el tema de la maternidad, otrora, y hasta hace bien poco,  considerada como el instinto más profundo, la aspiración suprema que cualquier mujer debía tener, aunque en los últimos tiempos van apareciendo libros escritos por mujeres (en su mayor parte también madres, claro) que cuestionan o al menos matizan ese (instinto tan profundo", ese pozo de los deseos que se supone o suponía debe considerarse la maternidad... En esta línea se encuentra esta novela, la primera de la mexicana Brenda Navarro, que se articula a través de las voces de dos "madres": una que puede serlo y no quiere -o sí- y otra que no puede , queriéndolo -o no-... O, para ser más precisos, una madre a la que le roban su hijo y otra que se lo roba. Entre las dos se abre, aún sin conocerse, una suerte de diálogo descarnado-a veces se diría que es un solo monólogo- sobre la maternidad, pero también la culpa, el remordimiento y la aspereza de la vida que les ha tocado en suerte o en desgracia. Monólogo a dos voces, podríamos decir, caracterizadas, en lo formal, por un excelente uso del coloquialismo, aun distinguiendo, e introduciendo así el matiz de las diferencias de clase y formación, entre el español más estándar de una de las madres y el habla más popular, repleta de modismos mexicanos, de la otra, quizás más difícil de entender, a veces, para los lectores de otros lugares, pero también llena de más plasticidad y verosimilitud (aunque quizás éste sea un prejuicio pintoresquista mío, no lo descarto). En definitiva, es ésta una novela que, por la valentía con que trata ciertos asuntos y la excelencia de la forma, sólo puedo considerar como recomendable.

Ahora bien, y aquí vienen los peros, ya digo que la novela va, principalmente, sobre las cuitas y contracuitas de la condición materna, sobre la familia, la pareja, el convivir cada cual con sus culpas y sus deseos; pero, además, la autora ha aprovechado para, en el término de una novela bastante breve -alrededor de 160 páginas-, introducir, aunque sea de pasada, un montón de cuestiones, a cada cual más espinosa: la violencia contra las mujeres, el autismo, la enfermedad mental, el incesto, los desaparecidos en su país, el racismo, la emigración a EEUU... ¡coño, si hasta en un momento determinado se habla de la ETA! -la parte que se desarrolla en España, por cierto, resulta un tanto chirriante, aunque quizás en México piensen justo lo contrario-; en fin, que son demasiados huevos para una sola cesta, me parece a mí...

Por otro lado, y reconozco que esto es una apreciación personal de este humilde reseñista, que seguramente nadie más comparta, lees a Brenda Navarro después de haber leído a ...... o ...... (rellenar aquí con los nombres de las escritoras latinoamericanas contemporáneas sin pelos en la lengua que prefiráis) y la sensación es un poco de déjá-vu... No porque su novela no sea original o esté escrita siguiendo una especie de fórmula, pero sí porque pertenece, como he mencionado al principio, a una corriente ya perfectamente reconocible y que, por tanto, deja menos lugar para la sorpresa. Quizá si hubiese leído Casas vacías hace dos o tres años, cuando fue publicada en  primer lugar (creo que en formato digital), me habría dejado un regusto diferente, pero en este ya un poco larguito 2020, y aun sintiéndolo, es lo que hay...

domingo, 9 de agosto de 2020

James Joyce: Finnegans Wake


Título original: Finnegans Wake

Idioma original: inglés (¿)
Traducción: Marcelo Zabaloy
Año de publicación: 1939 (en castellano, 2016)
Valoración: Necesario, agotador, cruel, inolvidable

Las expectativas

Lleva rondando mi cabecita la idea de leer Finnegans Wake desde que me enteré que existía un tal James Joyce, allá por mis diecisiete años o así (no ha pasado tanto tiempo, aunque sí más que en el caso de Oriol, y suficiente para que esta lectura postergada se fuese convirtiendo en algo parecido a una obsesión; pero sigamos). Este caballero, Joyce, había escrito cosas increíbles que fui leyendo una tras otra, pero por ahí andaba el monstruo, su obra cumbre, ese tocho esquivo al que dedicó más de quince años de trabajo. Un libro inclasificable que nadie había sido capaz de traducir completo al castellano, lo que era un síntoma preocupante pero que no hacía más que aumentar mi expectación. Nadie lo había traducido hasta que llegó Marcelo Zabaloy.

La traducción

Muchos (bueno, algunos que se atrevieron) había fracasado en la empresa. Por ejemplo, Salvador Elizondo se pasó no sé cuánto tiempo elaborando una traducción anotada y abandonó el trabajo cuando concluyó… la primera página. Por lo visto Zabaloy no le vio tanta dificultad al desafío, y lo terminó en unos cinco años. Hay toda una historia en torno a esos intentos de traducción, parte de la cual puede encontrarse por ejemplo aquí. El caso es que hay que hablar más de versiones que de traducciones, porque el libro está cuajado, línea por línea, de incrustaciones de otras lenguas y jergas, infinitos juegos de palabras, dobles sentidos y locos neologismos que multiplican hasta el infinito las posibles interpretaciones. El sitio web FWEET reúne más de 80.000 anotaciones sobre el Finnegans, y hay montones de libros escritos en torno a este fenómeno. De forma que, como seguramente hizo Zabaloy al traducirlo, al leerlo también habrá que utilizar un código diferente al habitual.

El libro

Como digo, las 628 páginas de Finnegans Wake son un torrente continuo de todos estos elementos que acabo de citar, mezclados, superpuestos, exhibidos sin tregua, hasta hacer el texto irreconocible, pantanoso, laberíntico. Como se puede suponer, tampoco es posible hacer una sinopsis normal. Por hacernos una idea mínima, se puede decir que se parte de la muerte del albañil Finnegan y su posterior velatorio, aunque eso es casi lo de menos, porque pronto revive y se transforma en el tabernero Earwicker. O tal vez es Earwicker el que sueña su propia muerte como Finnegan, porque el personaje es a fin de cuentas el protagonista de una vieja balada irlandesa. Podríamos decir que Earwicker es condenado por algún motivo que no conocemos y con todo ello se relaciona una misteriosa nota que desentierra una gallina. Pero también sabremos de su mujer, Anna Livia Plurabelle, y de sus dos hijos... y un millón de cosas más, con la presencia permanente de tres elementos esenciales: Irlanda, la religión y el sexo. Un millón de cosas que apenas intuimos, sumergidas en un colosal marasmo léxico al que luego me referiré. Se intuye que Joyce habla al mismo tiempo desde lo real y lo onírico, y el lenguaje y la lógica de los sueños (inestables, intuitivos) impregnan todo el libro. Los personajes se trasmutan unos en otros, aparecen y desaparecen o cambian de nombre, se encarnan en héroes y se materializan en paisajes, hay escenas que se repiten, sonidos que las interrumpen y evocan momentos pasados o futuros, guiños metaliterarios. Todo parece un gran chiste, una genialidad, una puta locura.

La experiencia

Esas etiquetas que tan poco usamos en el blog, Experimento o Artefacto literario, tienen aquí todo el sentido. El Finnegans es, en opinión de casi todos los que lo han leído, y yo lo corroboro en la medida de mis limitados conocimientos, el libro más extraño, complejo y hermético que nunca se ha escrito. Y sin embargo las sensaciones no son exactamente lo que puede esperarse. Se puede pensar que uno encara la lectura un poco por curiosidad y, visto lo que tiene delante, lo más probable es que enseguida deseche el libro, exasperado por no entender nada, o casi. Pero no necesariamente es así. Como decía antes, conviene deshacerse de prejuicios, abrir la mente y utilizar otras herramientas. Samuel Beckett recomendaba leerlo en voz alta, pero sin llegar a tanto, puede ser recomendable dejarse llevar por el ritmo y la musicalidad del texto y, una vez integrados en ese fluir, ver cómo la información permea en la consciencia. El peso de la entonación y los sonidos tiene gran importancia por ejemplo en ciertos textos literarios árabes y, a veces de forma inconsciente, es también relevante cuando leemos poesía. Resultando imposible detenernos en cada escollo (porque no terminaríamos nunca, ni llegaríamos a superar más que un puñado de ellos) esta forma de lectura me parece la más útil (y menos dañina para la salud).

Claro está que en este caso el éxito dependerá en buena parte de que el traductor haya sido capaz de transmitir los valores del original. Eso ya no me siento capaz de valorarlo en absoluto, aunque sí me suscita algunas dudas. En parte porque a veces el texto suena un poco a traductor de Google, dicho sea con todo el respeto. Y también porque he comparado algunos párrafos con otras traducciones y algunas cosas parecen no encajar del todo. Pero en fin,  la empresa es tan descomunal que no cabe más que admirar a este Zabaloy que ha conseguido llegar al final y, además, es lo que tenemos si queremos leerlo en castellano.

Con todo, la sensación es un poco la de un paseo por el monte en un día de niebla. No disfrutamos del paisaje, pero vagar entre la bruma tampoco resulta del todo desagradable. Solo hay que verlo con otros ojos: sentir el fresco, el aire de misterio, el reto de encontrar el camino, y de vez en cuando notamos que se abre una pequeña ventana de luz y nos sorprendemos al ver el peñasco, los árboles, quizá un trozo de panorámica en alguna dirección. Así, somos medio conscientes de la desgracia del pobre albañil, asistimos a una singular borrachera de su sosias, conocemos algún tipo de rivalidad entre sus dos hijos, o entrevemos algunas experiencias sexuales (varias, reales, soñadas o deseadas, no sabemos). Cosas así, esporádicas, que asoman brevemente entre el enorme desparrame lingüístico, y son un alivio, un pequeño premio, porque también dejan ver la genialidad del autor y disfrutar de momentos brillantes cuando se aligera de trucos retóricos. Y es que, digámoslo ya, esto no es una lectura sino más bien una inmersión, una experiencia.

Se podrá plantear si todo esto tiene realmente sentido, y de hecho algunos de los mayores valedores de Joyce pensaron que había perdido el juicio o que simplemente se le había ido la mano. Yo creo que desde luego el Finnegans tiene un valor inmenso, porque qué sería del arte si no hubiese gente decidida a explorar sus límites y a transgredirlos, y con talento para hacerlo. Tampoco una pintura abstracta representa cosas y no por ello parece razonable despreciarla sin más. Aquí se juega con otras reglas y no se puede mirar bajo los criterios habituales. El problema, claro está, es que hablamos de medios muy diferentes: una pintura la observamos durante unos segundos, hasta algunos minutos, pero leerse las seiscientas páginas del Finnegans lleva muchas horas. Así que, en su inmenso esfuerzo de años y su estratosférica creatividad, a lo mejor Joyce se olvidó de algo que puede tener cierta importancia hablando de un libro: el lector.

Otras obras de James Joyce en ULAD: Ulises, Dublineses, ExiliadosRetrato del artista adolescente

sábado, 8 de agosto de 2020

Hernán Ronsino: Cameron

Idioma original: Español
Año de publicación: 2018
Valoración: Recomendable

Hay libros que pueden ser leídos por un lector pasivo y libros que exigen ser leídos por un lector activo. Libros que no lo dan todo "mascadito", que precisan de la colaboración del lector para rellenar los huecos que el autor, deliberadamente, va dejando a lo largo de la narración. Es el caso de este "Cameron" de Hernán Ronsino.

Y es que las apenas 80 páginas de la novela dejan muchos cabos sueltos. Espacios en blanco en la vida de los protagonistas que el lector habrá de imaginar con el fin de completar la historia de Julio Cameron  -como mi padre, a quien no conocí; como mi abuelo, el general Cameron; como mi bisabuelo - y los personajes que le rodean, seres atados a una serie de detalles y ceremonias que se repiten, pero que pueden ocultar otra verdad.


Así, memoria y recuerdo se convierten en principales protagonistas de un texto que posee como mayores virtudes la recreación de un ambiente opresivo, nebuloso, cargado de humo y de pasos repetidos, las imágenes que de los mismos nacen - Desde anoche la fiebre se retira de mi cuerpo lentamente y deja, como el mar, la mugre visible - y el progresivo crescendo de la narración. En el lado menos positivo, por contra, algunas de las situaciones, historias y personajes "laterales" parecen algo desaprovechadas, producto quizá de la escasa extensión del texto. Aunque quién sabe, lo mismo encontramos en futuras obras de Ronsino a estos personajes, como ya ocurre en Cameron con personajes de otras de sus novelas. Ojalá sea así!


Por último, decía en la reseña de La descomposición que es clara la influencia de Juan Carlos Onetti y Juan José Saer en la obra de Hernán Ronsino. Tras la lectura de Glaxo (¿por qué carajo no habré reseñado Glaxo si me parece un muy buen libro?) y de Cameron, he de matizar ligeramente aquella afirmación y decir que es mayor influencia la del uruguayo que la del santafesino. Así, la ya citada recreación de ambientes - esa sensación de finitud va cubriéndolo todo - y la construcción de unos personajes indolentes e impasibles traen a la mente lugares como Santa María y seres como los Larsen y compañía.

En resumen, un autor y un texto que exigen del lector un cierto esfuerzo que creo se verá recompensado si os atrevéis a entrar en su universo.