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viernes, 8 de octubre de 2010

Grandes villanos literarios en el archivo ULAD

Durante esta semana hemos hablado de algunos grandes villanos literarios de hoy y de siempre (Satán, Daniel Quilp, Heathcliff, Briony), pero sería injusto no hacer mención a otros, a los que no hemos dedicado una entrada por el simple hecho de que ya hemos hablado de los libros en los que aparecen. Estos son algunos de nuestros "malos favoritos":

-El Capitán Garfio, en Peter Pan, de James Barrie. Uno de esos villanos a los que es imposible odiar. Torturado por Peter Pan y sus Niños Perdidos, perseguido por el cocodrilo y su reloj, el Capitán Garfio es un malvado carismático que despierta nuestra simpatía y nuestra comprensión; sobre todo por contraposición con el niño-eterno, que es sencillamente insoportable.

-Jean-Baptiste Grenouille, en El Perfume de Patrick Süskind. Con su nariz todopoderosa, su espíritu de supervivencia y su absoluta falta de escrúpulos, este perfumista/asesino es uno de los personajes más originales e inquietantes de la narrativa del siglo XX.

-Domingo, en El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton. Pero ¿es Domingo verdaderamente un villano? ¿Es un héroe? ¿Es un diablo? ¿Es un semidiós? Es necesario leer la novela para poder contestar a esa pregunta. E incluso, después de leerla...

-Eso en It, de Stephen King. No sabemos qué es, cómo nació, de qué está hecho. Lo conocemos sencillamente como "eso", o, en su encarnación de payaso, como "Pennywise". Lo que sí sabemos es que nos da miedo. Mucho miedo. Ah, y que aquí todos flotamos.

-Annie Wilkes, en Misery, por seguir con Stephen King. Una voraz lectora de ideas fijas e higiene difusa: alguien que no quisiéramos tener como vecina. La gran pantalla ha hecho célebres algunos de sus peculiares métodos de enfermería.

-Dorian Gray, en El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. El perfecto dandy inglés seducido por la tentación de la eterna juventud, cuya degeneración moral y física se van reflejando en su retrato y no en su cuerpo, es ya un mito moderno de la literatura universal. Y además, con el incomparable estilo de Wilde.

-Dexter Morgan, en El oscuro pasajero (y los demás de la serie), de Jeff Lindsay. Porque antes de ser una serie de éxito, Dexter fue un personaje literario.

-El Coronel Kurtz en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Otro de esos villanos enigmáticos, complejos, hipnóticos, capaz de dominar una novela en la que solo aparece en el último tercio, y de despedirse con una de esas frases memorables y mil veces repetidas y parodiadas: "¡El horror! ¡El horror!".

-Sauron, en El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien. Como no necesita presentación, pasemos al siguiente.

-El padre de Kafka, en Cartas al padre, o lo que es lo mismo, esa forma inaprensible y opresiva del poder que torturó al pobre Franz toda su vida, y sin la cual nunca habríamos tenido obras maestras como La metamorfosis, El castillo o El proceso. (Vale, igual es un poco excesivo llamar villano al pobre hombre, pero ya se entiende...)

-Voldemort en la heptalogía de Harry Potter, de J. K. Rowling. El reverso tenebroso del héroe, el lado oscuro de la magia, el-que-no-debe-ser-nombrado, que fue adquiriendo relevancia (y poder) a medida que los libros avanzaban y la serie iba volviéndose más adulta y más oscura. Hasta el gran enfrentamiento final...

Seguro que nos hemos olvidado de muchos otros, pero así os dejamos opción a vosotros, los lectores, para que nos habléis de vuestros "villanos de cabecera". Así que adelante, los comentarios son vuestros: ¿quiénes son vuestros malos favoritos?

martes, 5 de octubre de 2010

Grandes villanos literarios: Daniel Quilp en Almacén de antigüedades de Charles Dickens


Título original: The Old Curiosity Shop
Idioma original: inglés
Fecha de publicación: 1840-1841
Valoración: muy recomendable

Cuando comentamos el tema de esta serie, los villanos, me puse a pensar en cuál de ellos me había parecido más malicioso. Y al poco tiempo caí en uno que, a su vez, me había parecido un ser sumamente repugnante, retorcido y maligno: Daniel Quilp. El más villano de los villanos de Dickens, y ya es decir, porque escribió y describió a muchos.

La descripción que de él hace Dickens es tremenda, pues nos lo muestra como enano, deforme, jorobado, feo, de aspecto sucio y con una mirada malignísima. Vamos, que es el vivo retrato del retrato de Dorian Grey, pero sin marco.

A Daniel Quilp lo podemos encontrar persiguiendo a la joven y virtuosa Nell y a su abuelo por media Inglaterra. El abuelo, del que no se nos dice su nombre, posee una tienda de antigüedades en Londres. Desea ganar más dinero para poder legárselos a Nell, pero lo pierde en el juego. Desolado, le pide un préstamo a Quilp que este no duda en hacérselo pagar, con creces. Después de varias vicisitudes que no vamos a desvelar, nos encontramos con una persecución que implica a los protagonistas y al villano y que termina...Bueno, se trata de una novela publicada por entregas, y los lectores estaban tan enganchados a la trama que en la bahía de Nueva York llegaron a apiñarse para preguntar a gritos a los barcos que traían la última entrega por el final de la novela.

Charles Dickens es uno de los grandes y describe en sus obras personajes profundos y elaborados de toda índole, pero frente a los personajes virtuosos se me han quedado grabados los villanos. Descritos con precisión y haciendo partícipe al lector de los gestos y tics que los acompañan, haciéndolos más reales y terroríficos. Aún recuerdo con repelús cómo uno de sus villanos se retuerce las manos una y otra vez, llenas de dedos nudosos y nerviosos.

Vamos, que hay que leer esta obra, en su momento seguidísima y con ese buen final que los grandes escritores saben aportarnos.

Otras obras de Charles Dickens en ULAD: Aquí

lunes, 4 de octubre de 2010

Grandes villanos literarios: Satán

Ya que vamos a hablar de villanos, hablemos de villanos, pero en serio. ¿Y quién es el más malo de todos, el villano que da origen a todos los villanos? Pues el demonio, Satán, Satanás, Belcebú, Lucifer, Luzbel, Mefistófeles, el diablo, la serpiente, el dragón, Leviatán, la encarnación suprema del Mal, en una palabra. Un personaje, por otra parte, de lo más literario...

Las primeras apariciones de Satán -aunque seguro que sería posible encontrarle parentesco con otras (semi)deidades malignas anteriores- las encontramos, claro, en la Biblia. Por ejemplo, en el enigmático libro de Job, Yahvé y Satán se juegan a los dados la salvación del pobre Job, poniéndole a prueba con todo tipo de calamidades. En cambio, no encontraremos en la Biblia la conocida historia según la cual Lucifer es un arcángel caído por rebelarse contra Dios y pretender sustituirle (a no ser que se interprete así un pasaje de Isaías en que se refiere a la caída de un rey Babilónico). En el Nuevo Testamento, el demonio/Satán aparece en varias ocasiones como el "adversario" de dios, pero sobre todo adquiere forma casi corpórea en la escena de las tentaciones de Jesucristo (Mt 4, 1-11).

La literatura occidental se apropió de la figura de Satán ya desde la Edad Media, y le dio una relevancia y una significación de la que carecía en los textos bíblicos originales. El ejemplo más evidente es el Paraíso Perdido de Milton, en el que Satán es el personaje central, carismático, arrogante y seductor. El Romanticismo byroniano retomó y reinterpretó la figura del demonio y la convirtió en una de sus figuras fundamentales: el supremo rebelde, el outcast por antonomasia, la encarnación del vitalismo y el irracionalismo. Con esta carga trágica o simbólica reaparece también en la obra los "poetas malditos" franceses: son memorables las "Letanías de Satán", de Charles Baudelaire, con su estribillo casi litúrgico: "¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!".

La literatura (y el cine y la música y el cómic) del siglo XX y XXI han seguido recurriendo a la figura de Satán, aunque en muchos casos en una visión simplificada y fácilmente digerible, desprovista de sus implicaciones teológicas, trágicas o simbólicas: un ser con cuernos, cola puntiaguda y un tridente que vive entre llamas (véase South Park). En las obras de Stephen King, por ejemplo, siempre suele haber alguna forma de mal absoluto que en algunos casos (pienso por ejemplo en La tienda) se identifica con el diablo. Parece claro que la figura de Satán va a seguir reapareciendo en la literatura contemporánea, pero convertido en un cliché inofensivo.

Nota: imagen de la Estatua del Ángel Caído, del Retiro de Madrid, tomada de aquí, con licencia GNU

jueves, 7 de octubre de 2010

Grandes villanos literarios: Briony en Expiación de Ian McEwan

Idioma original: inglés
Título original: Atonement
Año de publicación: 2001
Valoración: Muy recomendable



Mi querida Briony,

Sí, ya lo sé, a ti no se te puede llamar mala persona, pero reconoce que hace muchos años fuiste una adolescente malcriada que se creía más lista que nadie cuando aún no sabía nada de la vida. Actuaste por tu cuenta y eso perjudicó a mucha gente. Aún así, perdóname por llamarte villana, no olvido que tu maldad fue circunstancial y, por tanto, no se te puede colocar en el mismo nivel que a otros malos literarios. Pero me inspiras tanta ternura y, a la vez, me subleva tanto releer los incomprensibles hechos que protagonizaste, que no he podido resistirme a traerte aquí. Eres inteligente, me consta, por eso no dudo que vas a entenderme muy bien.
Porque Briony, mi niña, ¿en qué estabas pensando? ¿Cómo podías creer con tanta firmeza que entendías de qué iba el amor verdadero mejor que los adultos? Y más en una época en que a los niños se les convertía en sordos y ciegos, se les mentía y mantenía apartados de lo que se denominaban las cosas de la vida. Tu concepto del amor servía muy bien para llevar a cabo esas obritas dramáticas que construías para entretener a tus familiares, nunca para situarte a su nivel y suponer cosas. No estabas madura para ello. Sí, ya sé que es muy tarde para hacer reproches, pero tienes que entenderme: tus lectores desearíamos poder parar el reloj, poner los pies en la famosa escena y colocarte una mordaza para que reflexionases el tiempo necesario. Es verdad que entonces nos hubiéramos perdido una estupenda y complejísima novela ambientada casi toda en la primera mitad del s. XX con Guerra Mundial incluida, pero como eso sucedería después de haberla leído, nos podríamos quedar con lo uno y con lo otro. ¿Qué no es posible obtener dos cosas opuestas, dos realidades que se contradicen entre sí? ¿Qué hay que elegir entre ambas? Es verdad, tienes toda la razón. Esta es, probablemente, una de las enseñanzas que has sacado del gran drama que viviste. Sé que todo aquello te enseñó mucho pero estoy segura de que no te compensó. Es más, imagino que toda tu vida estuvo marcada por aquel incidente y eso no se lo deseo a nadie.
Con estas líneas, Briony, te mando todo mi afecto, no puedes imaginar cuánto te admiramos todos los que conocemos tu historia. Sí, a pesar de todo. Tú ya sabes por qué. Sin embargo, la película basada en tu vida no te hizo justicia en absoluto pues, al tener que simplificar una trama tan larga, prescindió de toda tu grandeza y te dejó a la altura del betún. Algo que se puede remediar en parte recomendando, tanto a los que la han visto como a los que no, que lean la novela. Y, con esto, ya sólo me queda despedirme con un gran abrazo y desearte de todo corazón que descanses en paz.

Todas las reseñas sobre Ian McEwan en ULAD: aquí

miércoles, 6 de octubre de 2010

Grandes villanos literarios: Heathcliff en Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë

Idioma original: inglés
Título original: Wuthering Heights
Fecha de publicación: 1847
Valoración: Muy recomendable

El villano que protagoniza mi reseña dedicada a los malos malotes de la literatura no es otro que el legendario Heathcliff, el inolvidable galán vengativo de la famosa novela Cumbres Borrascosas, un huérfano de orígenes inciertos acogido por los bien situados Earnshaw, que se come al resto de los personajes.

Cumbres Borrascosas fue la única novela de Emily Brontë, la mediana y más misteriosa de esas tres hermanas escritoras de Yorkshire a las que les costaba horrores armonizar los dos mundos en los que vivían: el interior y el exterior. Sucedía que las tres mujeres, hijas de un severo pastor protestante viudo, y hermanas de un bala perdida llamado Branwell, fueron desde bien pequeñas aficionadas a resguardarse de la húmeda y triste realidad de su entorno a través de los libros y la escritura. Ellas mismas se crearon sus propios seres y mundos imaginarios, y los plasmaron en decenas de cuadernillos en blanco, soportes que más tarde serían sustituídos por cuidadas ediciones bien acogidas por público y crítica. Pero sus vidas personales no fueron tocadas por la fortuna: todas murieron jóvenes y Charlotte, la única que se casó, lo hizo embarazada.

Emily, como se ha dicho, la más solitaria y peculiar de las tres, con Cumbres Borrascosas armó una buena. Los personajes del libro, que viven en unas tierras tan húmedas, oscuras y solitarias como el páramo que las Brontë habitaban, sucumben sin reparos a las violentas pasiones que les agitan, las cuales incluyen amores clandestinos, relaciones incestuosas, venganzas retorcidas, bofetadas y empujones. Y en la época, un libro así era poco menos que un poemario en honor a Belcebú. Sin embargo, los años han hecho que esta intensa novela haya sido reconocida como un magistral atrevimiento de la señorita Emily, y algo mucho más meritorio que las obras más formales y contenidas de sus hermanas.

Y bueno, ¿argumentamos un poco? En esta trama decimonónica encontramos un amor salvaje y prohibido entre el asilvestrado y maltratado Heathcliff y la caprichosa y hermosísima hija de sus padres adoptivos, Catherine, la cual, finalmente, escogerá para casarse a un vecino lechuguino. La elección de la joven desata la furia de un ya de por sí enfadado con el mundo Heathcliff, y tras duros y trágicos eventos, el muchacho desaparece unos cuantos años para volver transformado en un adinerado hombre dispuesto a ejecutar su venganza: aunque sea, contra los descendientes de los que le hicieron tanto daño...

Por todo esto he escogido a Heathcliff como mi villano predilecto: porque posee una dualidad impecablemente mostrada. Y ello constituye un gran mérito por parte de Emily Brontë, escritora que en ningún momento juzga a sus criaturas borrascosas y nos enseña cómo cierto contexto provoca que un huerfanito asustadizo y primario acabe transformándose en un enamorado entregado primero, en un millonario hecho a sí mismo y deseoso de vendetta después.

La obra ha sido llevada al cine en varias ocasiones. Ninguna versión de las que he visto me ha gustado especialmente. Se habla de una nueva, con Natalie Portman como Catherine.

PD: el gato Isidoro, en su versión anglosajona, se llama Heathcliff...

viernes, 2 de julio de 2021

Ander Izagirre: Cómo ganar el Giro bebiendo sangre de buey


Idioma original:
Español 
Año de publicación: 2021
Valoración: Muy recomendable para interesados. Recomendable para el resto

Estamos inmersos en pleno Tour de Francia 2021 y en ULAD, siempre atentos a la más rabiosa actualidad, reseñamos un libro sobre... ¡el Giro de Italia! ¿Por qué, sobre todo si tenemos en cuenta que Ander Izagirre también tiene libro sobre el Tour de Francia? ¡Pues porque me da la gana! No, en serio. Dos son los motivos: porque "Cómo ganar el Giro bebiendo sangre de buey" es una novedad de hace un par de meses y porque, puestos a elegir, prefiero el Giro al Tour.

Sobre este segundo motivo me explayaré un poco más. Si ya de por sí es innegable que el ciclismo es uno de los deportes más "literarios", creo que el Giro de Italia es, por Historia e historias, una de las pruebas (quizá junto a la Paris - Roubaix ) que más "chicha" tiene: no solo por la pasión con la que es vivida en Italia sino porque hay ingredientes que hacen de la Historia de la carrera una eterna tragicomedia con rivalidades encarnizadas, épica, agonía, escándalos, trampas, picaresca, politización...

De todo lo anterior hay en este recorrido por la historia del Giro de Italia y del ciclismo italiano, desde la prehistoria velocipédica hasta la actualidad de ganancias marginales y bicis de 12000 eurazos (o más). Así, encontramos a lo largo del texto las historias de pioneros, héroes y villanos, mitos y leyendas, buscavidas y competidores natos, gestas y desfallecimientos, luces y sombras...

Ahora, ¿es este un libro exclusivamente destinado a los aficionados al ciclismo? NO. Obviamente lo disfrutarán más aquellos que tengan alguna referencia, aquellos a quienes los nombres de Binda, Coppi, Bartali, Merckx, Moser o Pantani les sugiera algo más que una agradable siesta veraniega, aquellos que alguna vez hayan soñado con sufrir como cabrones subiendo el Stelvio, el Gavia o las Tres Cimas de Lavaredo. Pero también un lector no familiarizado con el ciclismo puede disfrutar, y mucho, del libro. Por varias razones: 

  • Porque en el texto hay voluntad literaria, hay voluntad de estilo. No es una mera sucesión de anécdotas o  historias sin ton ni son
  • Porque con la mezcla de géneros (crónica, reportaje, entrevista, ensayo... a veces casi hasta relato de ficción) autor y lector escapan de la monotonía y de la linealidad
  • Porque hay historias que trascienden de lo meramente deportivo y hablan de un período terrible de la Historia de Europa y de Italia,  el que va desde la llegada del fascismo al poder hasta la década de los 60 (aprox). Así, buena parte del texto puede y debe ser leído como un ensayo sobre historia del siglo XX
  • Porque junto a los grandes triunfadores y las grandes rivalidades (magnífica la parte de habla del período de dominio de Coppi y Bartali, con el fascistón de Magni como 3º en discordia) encontramos maravillosas historias de ciclistas más o menos anónimos, como Malabrocca, o de pioneras del ciclismo femenino, como Strada o Parenti.
  • Porque no rehúye los puntos oscuros de mi querido ciclismo. El dopaje no es algo nuevo, aunque los métodos se hayan perfeccionado
Quizá como punto menos destacado me quedaría con la parte final del texto, la que habla de las 2-3 últimas décadas, en la que el peso de la parte deportiva (y aledaña) es mayor que en otros momentos del libro. Igual es que el ciclismo ya no es lo que era. O igual es que nosotros somos más viejos y más escépticos. No sé. En cualquier caso, ¡me voy a pedalear!

También de Ander Izagirre en ULAD: Potosí

domingo, 1 de septiembre de 2019

Oakley Hall: Warlock

Idioma original: inglés
Título original: Warlock
Año de publicación: 1958
Valoración: (Casi) imprescindible



Este título alude a una mítica localidad situada en el lejano (sud)oeste americano, cerca ya de la frontera. Su traducción del inglés sería “demonio”, “hechicero” o “brujo”. Aunque supongo a quién se refiere, en la novela aparecen unos cuantos demonios, unos están dentro del pueblo, otros fuera –y esos, quizá, sean los peores–, incluso el propio Warlock se puede considerar un demonio si atendemos a los efectos que provoca residir allí. Su publicación fue un acontecimiento, y no es para menos. Ese año fue finalista del Pulitzer y poco después el cine ofreció su versión con el título de El hombre de las pistolas de oro. Un título que, la verdad, no hace justicia a la complejidad del argumento, al menos del que escribió Oakley Hall. Creo que no he visto la película (aunque nunca se sabe: se han pasado por televisión tantos westerns), que contó con grandes estrellas como Anthony Quinn y Henry Fonda en los papeles de Morgan y Blaisedell y que ha sido aclamada por la crítica. Pero, aclaro, nunca sustituirá a la novela, así que si ya la han visto les sigo recomendando que lean Warlock.
Porque, incluso por su extensión (700 páginas) contiene todos los ingredientes del best seller: héroe y villanos, escenas épicas, paisajes impresionantes y muy bien descritos, amor, violencia, enfrentamientos por el poder, cuestiones éticas, recreaciones históricas, personajes inolvidables… y cualquier otro que se les ocurra. Esto no implica superficialidad en absoluto, porque todo ello está tratado con gran profundidad psicológica y fidelidad al contexto histórico, sin olvidar el concienzudo análisis que realiza, tanto de la sociedad que describe como de cualquier grupo humano.
A quién tenga prejuicios hacia el western, le diré que Warlock está a la altura del mejor McCarthy, con una textura más clásica –fruto de la época en que fue escrita– pero igualmente innovadora, sobre todo por alardes estructurales que le dotan de una complejidad caleidóscopica, lo que no impide ese tratamiento esencialmente cinematográfico que tan bien les vino a los cineastas. Y digo caleidoscópica porque, pese a su carácter fundamentalmente visual, no faltan reflexiones entre sentimentales y filosóficas, análisis éticos etc., a cargo de uno de los personajes, que ejerce de narrador-testigo alternando su visión particular con la del narrador omnisciente, supuestamente más objetiva y amplia, y que ocupa la mayor parte del texto. También es cierto que en este personaje, un comerciante del pueblo que traslada los hechos a su diario personal, encuentro el único punto débil de la novela. Y es que me parece demasiado erudito y propenso a la objetividad, sobre todo en sus últimas intervenciones, para tratarse del dueño de una tienda cuyo único objetivo es preservar su fortuna, tal como se nos presenta al principio.
La prosa es tan precisa, delicada y sutil que no debió resultar fácil traducirla. Los símbolos visuales y señales de todo tipo añaden connotaciones que pasan desapercibidas en su mayor parte. A bote pronto, se me ocurren: el polvo omnipresente, que cambia de color y significado según el momento, individuo o lugar; el humo, que siempre envuelve a Blaisedell cuando acaba de disparar sin que haga falta explicarlo; ese ambiente urbano, tan primitivo que podríamos imaginar mientras leemos aunque no hubiésemos visto mil películas; el tiempo meteorológico, que señala la cronología pero también expresa sentimientos; la luz, cambiante según momentos y estados de ánimo; la naturaleza, los animales, los colores, las facciones, los gestos… Abundan también las escenas míticas –que alcanzan una altura espectacular– herederas de toda una tradición cinematográfica y que influyen en ella a su vez.
En esta ciudad sin ley, que se ha desarrollado anárquicamente al albur de las necesidades de sus ocupantes y ni siquiera ha obtenido estatuto jurídico de urbe, la falta de autoridad se ha convertido en una cuestión de vida o muerte. Esto nos suena, pero en muchos de los westerns que todos recordamos parecen estar a gusto así, considerarlo como algo natural, como símbolo de libertad incluso. Aquí, en cambio, los comerciantes se encuentran a merced de los temibles cuatreros y han de constituir un Comité Ciudadano, necesariamente alegal ya que las autoridades externas no reconocen ninguna institución en Warlock, salvo la de ayudante de un sheriff que vive a muchos kilómetros y a quien importa un bledo lo que allí suceda. Por su lado, los mineros sufren los abusos de autoridad de encargados casi plenipotenciarios, que ni velan por la seguridad de las instalaciones ni escuchan ninguna reivindicación. En general, cualquiera de sus habitantes se puede encontrar en medio de un tiroteo cuando menos se lo espera. Este es el motivo por el que el autoproclamado Comité contrata a un matón a sueldo llamado Blaisedell que, a falta de otros medios, ha de resolver los conflictos a tiro limpio, pero que, sorprendentemente, tiene conciencia. A su vez, este personaje tiene un supuesto amigo del alma, Morgan, individuo siniestro, sin escrúpulos, que se ha enriquecido con trampas en el juego y trapisondas varias y que maneja a su antojo al pistolero convertido en comisario para que actúe según le convenga a él. Pero, como en la realidad, nada es totalmente blanco o negro. Así que Morgan siente verdadero afecto por su amigo aunque lo utilice como una marioneta, Blaisedell, a su vez, no es un héroe de una pieza como muchos han pensado en un principio, pero tampoco un delincuente sin escrúpulos, irradia seguridad, pero es más fingida  que otra cosa. En ese contexto, los ayudantes del sheriff no duran demasiado y hay que nombrar a uno nuevo: Johnny Gannon, que en la novela es hermano del famoso Billy El Niño. Aquí el mítico bandido es miembro de la banda que tiene aterrorizado a todo el pueblo. En vista de los acontecimientos, ese parentesco y su conducta en general dotan a Gannon de un aura de honestidad muy superior a cualquier otro personaje. Pero la única persona honrada del lugar es, por desgracia, un ser inseguro y acomplejado que tiene las ideas bastante claras y no acaba de ver cómo llevarlas a cabo. Tampoco lo tiene nada fácil, es cierto.
Encontramos también malos de una pieza, pero es una maldad que, como dije antes, vemos de lejos. Quizá si pudiésemos acercarnos encontraríamos alguna humanidad en Abe McQuonwn, su padre y el resto de la banda, y en esos perversos representantes de la ley personificados en el sheriff y el general Peach, o en MacDonald, el malvado encargado de las minas junto a Dawson, su lugarteniente. Hay otros muchos, algunos muy importantes, como el médico, el juez Holloway, Kate, o la señorita Jessie. En la realidad descrita, el papel de ambas mujeres es necesariamente pasivo, pero no en la novela. El autor las describe detenidamente, a ellas y la forma en que logran pasar por encima de limitaciones sociales e influir decisivamente en los acontecimientos. Ese conglomerado de nombres se debe a que hablamos de una novela coral, es decir, sin un protagonista claro, pues quien asume ese rol es el pueblo entero. Aún así, como ya he dicho, hay distintos niveles de importancia, y si hay que nombrar un protagonista puede que muchos eligiesen a Blaisedell. Yo, en cambio, me inclino por Gannon, ya que Hall muestra una creciente simpatía por él, lo enfoca cada vez más de cerca, y no le deja conformarse con el estado de cosas que encuentra ni aceptar la mentalidad imperante. Todo eso le aproxima a un futuro algo más civilizado que el presente en que vive.
Hasta ahora solo hemos hablado de méritos literarios, pero la grandeza de Warlock se encuentra, creo, en su carácter metafórico. Hall, quizá sin proponérselo, ha construido una metáfora del poder y las relaciones humanas que puede extrapolarse a cualquier sociedad u organización política. Solo hay que compararla con la realidad pasada y presente de cualquier lugar que conozcamos.


Traducción: Benito Gómez Ibáñez

sábado, 26 de diciembre de 2020

VV.AA.: Reinas del abismo

Idioma original: Inglés
Traducción: Alicia Frieyro, Olalla García, Sara Lekanda, Alba Montes, Consuelo Rubio
Año de publicación: 2020
Valoración: Está bien

Reinas del abismo es una antología primorosamente editada por Impedimenta. Compila dieciséis relatos escritos por mujeres anglosajonas que fueron publicados a finales del siglo XIX o a inicios del XX. Resulta prácticamente imposible encontrar a la mayoría en la actualidad, y muchos ni siquiera habían sido traducidos al español. 

Permitidme que los analice someramente: 

  • "Una revelación", de Mary E. Braddon: Thriller decimonónico predecible plagado de personajes acartonados, cuyas conveniencias obligan a suspender la incredulidad en demasía y que desaprovecha su toque gótico. 
  • "El ángel escultor", de Marie Corelli: Aunque tiene poco o nada de inquietante (al menos en el sentido tradicional de la palabra), entrega un curioso enfoque de género. Sólo por esto, vale la pena. 
  • "De entre los muertos", de Edith Nesbith: Joyita que genera con eficacia su atmósfera.
  • "Una Navidad en la niebla", de Frances Hodgson Burnett: Premisa diferente que, pese a extenderse más de la cuenta, permite reflexionar sobre cuestiones de enjundia. Me ha sorprendido positivamente. 
  • "El piso encantado", de Marie Belloc Lowndes: Cuento romántico disfrazado en un inicio de historia de terror. Su estilo está bastante cuidado y construye una ambientación muy lograda, pero la forma tramposa que tiene su autora de entregar la información no ayuda a redondear el conjunto. Para colmo, recurre al tropo del fantasma bondadoso de manera inverosímil.
  • "Una circe moderna", de Alicia Ramsey: Se lee con fluidez y tiene alguna imagen interesante. Sin embargo, no llega a fascinar en ningún momento. Eso sí, aprueba por los pelos por presentar a una antagonista, la Virgen Loca, que nada tiene que ver con el resto de villanos que encontramos en estas páginas. 
  • "La naturaleza de las pruebas", de Mary Sinclair: De factura y subtexto modernos, adereza el horror sobrenatural con el sexo. Por desgracia, lo hace sin abrazar los excesos desacomplejados que insinúa. 
  • "El obispo del infierno", de Marjorie Bowen: Culebrón adictivo rematado con un desenlace algo endeble. Sea como fuere, deja un buen sabor de boca. 
  • "El tapete", de Greye La Spina: Muy convencional. Entre otras cosas, no logra crear el misterio y la tensión que se propone. 
  • "Dama Blanca", de Sophie Wenzel Ellis: Se podría pulir, aunque cumple como pasatiempo. Quizás debería haberse lanzado de cabeza a su esencia de serie B, en vez de decantarse por derroteros edulcorados. 
  • "La risa", de G. G. Pendarves: No esconde ninguna novedad, pero su clímax destaca por amargo.
  • "A la luz de las velas", de Lady Eleanor Smith: Alejado de las fórmulas fáciles. Sin duda alguna, un trabajo notable. 
  • "La melodía maravillosa", de Jessie Douglas Kerruish: Logra mantener un suspense excelente y no tiene grandes pretensiones (lo cual juega a su favor). 
  • "La Isla de las Manos", de Margaret St. Clair: Su extensión no le permite desplegar con holgura todas sus cartas. El cualquier caso, es creativo y engancha.
  • "Los indeseados", de Mary Elisabeth Counselman: Explica demasiado sus trucos, restándoles capacidad de sorpresa, volviendo obvio al mensaje y despojando al lector de su labor proactiva. Pese a todo, me ha gustado.
  • "El séptimo caballo", de Leonora Carrington: Exquisita muestra del potencial literario que tiene el surrealismo. 

A estas alturas de la reseña os preguntaréis qué opino de Reinas del abismo. Habréis intuido que el libro me ha parecido un tanto irregular, y que solamente algunas de las ficciones que alberga han llegado a emocionarme. Pues bien, también quiero deciros que la principal causa de mi decepción no ha sido la fluctuante calidad de las piezas en sí, sino el marketing.

Me explico. Reinas del abismo se ha promocionado como una antología de cuentos «de lo extraño». Esto me hizo salivar. No en balde, la narrativa breve de Algernon Blackwood, Walter de la Mare o Robert Aickman, auténticos cultivadores «de lo extraño», me encanta. Pero lamentablemente, lo más «extraño» que encontraréis por aquí es "El séptimo caballo", y lo es dentro de parámetros puramente surrealistas. Personalmente, no entiendo el porqué. Será que no hay escritoras que aborden «lo extraño» (Shirley Jackson o Daphne du Maurier, por ejemplo).

Asimismo, el subtítulo de Reinas del abismo es el siguiente: Cuentos fantasmales de las maestras de lo inquietante. Por lo tanto, uno espera que el volumen abunde en fantasmas y agrupe obras inquietantes. Pero, salvo excepciones, no es el caso. Es verdad que no mantenerse fiel a un subgénero específico lo dota de una cierta variedad, pero, de nuevo, esta decisión traiciona lo que se nos había prometido.  

Para concluir remarcaré que, independientemente de las cualidades que pueda tener Reinas del abismo (la edición, el rescate de textos olvidados o algunos relatos genuinamente buenos), a esta antología la han saboteado las expectativas creadas por su propia campaña de publicidad. Una lástima.

viernes, 20 de diciembre de 2024

Edward Lee: Bighead

Idioma original: Inglés
Título original: The Bighead 
Traducción: Rosemary Thorne
Año de publicación: 1997
Valoración: Decepcionante (aunque disfrutona a su manera)

Bighead de Edward Lee debería haberme encantado. A fin de cuentas, es ideal como placer culpable sin grandes pretensiones para los amantes de la literatura gamberra, el terror barato, el "splatterpunk" más salvaje y el humor escatológico.

Y aunque me ha parecido una novela disfrutona, que pese a su nada desdeñable extensión se lee en un suspiro, tiene un rollo desacomplejado (en lo estílistico, estructural y argumental) muy atractivo, rebosa una saludable mala leche y es extremadamente sangrienta, me deja un regusto amargo porque le sobran muchísimas páginas.

Además, en mi opinión podría haberse editado de manera que el conjunto mejorara sin perder su halo de espontaneidad y desparpajo. Y es que se nota que Edward Lee no planificó casi nada al ir escribiendo, ni se mató a corregir demasiado el resultado final. Varios de los misterios que establece inicialmente los resuelve de manera abrupta y anticlimática, como si al llegar al clímax se acordara súbitamente de ellos y le entrara prisa por cerrarlos de cualquier manera. A esto debemos sumarle que sus protagonistas carecen de profundidad, pese al excesivo foco que se les da, y que el desarrollo de sus interacciones no es siempre convincente. Asimismo, reprocharía a Bighead que las escenas violentas o sexuales no van "in crescendo", por lo que, pese a ser siempre duras y explícitas, llegan a epatar rápidamente al lector, que no tarda en aclimatarse a ellas; para colmo, a menudo se desperdician en personajes irrelevantes, cuando lo lógico sería reservar las más impactantes para el elenco protagónico. Y tampoco puedo dejar de mencionar las reiteraciones de ideas que salpican la novela, las cuales pretenden introducir semillas en el lector pero que, dada su asiduidad, acaban molestándolo e incluso insultando su inteligencia.

¿De qué trata Bighead? Pues de una abominación que lleva ese nombre, a la que le encanta perforar a sus víctimas con su gigantesco miembro y zamparse sus cerebros. Este monstruo (¿leyenda urbana, humano fruto de la endogamia, mutante deforme o entidad sobrenatural?) siembra el caos por los bosques de Virginia y se acerca lenta pero inexorablemente a nuestros héroes (una joven que no siente nada durante la penetración, una reportera ninfómana y un cura madurito, mazado y malhablado). También hay otra amenaza suelta: una pareja de "redneck hillbilies" que van por ahí violando, torturando y asesinando a la peña, capitaneada por el brutal Balls.

Poco más que añadir. Bihead es un festival del mal gusto con palabrotas, "gore", sexo, violaciones, paletos americanos y villanos sádicos, depravados y muy pero que muy cabrones. Si bien se disfruta (bueno, sólo si te va esto), deja una abrumadora sensación de potencial desaprovechado. Ojalá existiera una versión igual de transgresora, marrana, cáustica y desacomplejada pero un pelín más refinada, a la que no le sobren páginas, que maneje mejor a sus personajes y que sepa escalar adecuadamente su abundante violencia; ah, y que se le vaya la pinza pero en plan bien, no con ese desmadre artificioso e insípido con que nos obsequia el clímax de la original.

lunes, 20 de mayo de 2024

Walter Hill , Matz & Jef: Balas perdidas

Idioma original: francés

Título original: Balles perdues

Año de publicación: 2015

Traducción: Gema Moraleda García

Valoración: entre recomendable y está bien

Supongo, espero, QUIERO PENSAR que no hará falta que explique quién es Walter Hill pero, aunque sólo sea por rellenar esta reseña en atención a una hipotética e improbable persona que no lo conozca (léase con tono desengañado) lo comentaré: Walter Hill es una leyenda viviente (de momento y por muchos años, ahora que nos ha dejado otro monstruo del cine de entretenimiento, Roger Corman) del cine norteamericano, sobre todo de acción, director de grandes títulos del género como The Driver, The Warriors, Southern Comfort, The Long Ryders, Límite 48 horas, Johnny el Guapo, Cruce de caminos, etc. y productor y/o guionista de otras películas incluso más míticas, como la saga Alien... 

Ahora bien, ¿qué tiene que ver este cinesata de arraigada y celebrada carrera con el mundo del cómic o, para ser más exactos, con el de la Bande Dessinée? Pues bien, resulta que durante la promoción de la película Una bala en la cabeza, dirigida por él, pero basada en un cómic dell guionista francés Matz (Alexis Nolent), éste preguntó a Hill si, a su vez, no guardaría algún guión en el cajón del escritorio que pudiese ser trasladado a viñetas. El cineasta le respondió que un montón de ellos, entre otros el de este Balas perdidas, que había escrito 30 años antes.  A resultas de esta colaboración, Matz se puso manos a la obra junto con el ilustrador Jef (Jean-François Martínez) y el resultado, al cabo de unos años, fue este cómic o novela -negra- gráfica que hoy reseñamos (luego repetirían la experiencia con Cuerpo y alma), toda toda una lección del noir más clásico aunque, sin duda, -aprtiendo de un guión de Walter Hill no podía ser de otra forma-, bastante escorado hacia el hardboiled.

Sinopsis de la historia: en la época de la Ley Seca llega, a un pueblucho de Arizona, un tipo trajeado en un lujoso coche, buscando al dueño del bar, con el objeto de que salde cierta deuda... Sólo que el tipo trajeado es Roy Nash, un asesino implacable que, hasta poco antes, cumplía condena en una cárcel de Chicago, de donde se ha fugado con ayuda de la Mafia, a cambio, eso sí, de que lleve a cabo un ajuste de cuentas múltiple para ellos (*) Su siguiente parada será Los Ángeles, donde Roy, además, intentará encontrar a su antiguo amor, Lena, el verdadero motivo de su fuga y búsqueda.

Como cualquiera puede imaginar, la historia está llena de tipos duros como el pedernal, villanos más malos que la sarna y mujeres bellas como un sueño húmedo... Destaca, además, tanto el elegante trazo de Jef y su composición panorámica de las viñetas como la cuidada ambientación, gracias en buenamedida, al acertado uso de la transferencia fotográfica y de una paleta de color de lo más adecuado, sobre todo en la parte que se desarrolla en Arizona.

Tampoco os voy a engañar: esta novela gráfica -y supongo que el guión original de Hill- tiene más de recreación p incluso de homenaje al cine negro más clásico que de una historia que aporte un punto de vista original al género, pero, aún así, no me cabe duda de que los amantes del noir, del polar y del cómic, en general, disfrutarán de lo lindo con ella. Después de todo, lleva encima el marchamo de calidad de toda una leyenda...

(*) Esta primera parte tiene un regusto a una película dirigida por Hill en 1996, El último hombre o Last Man Standing (o quizá sea al revés, puesto que su guión de Balas perdidas es anterior).




lunes, 23 de abril de 2018

Herbert Lottman: La Rive Gauche

Idioma original: inglés
Título original: The Left Bank
Traducción: José Martínez Guerricabeitia
Año de publicación: 1982
Valoración: Entre Recomendable y Está bien


Oh là là! La Rive Gauche, esa zona algo difusa en la orilla sur del Sena que tiene su corazón tal vez en Saint-Germain-des-Prés, y que identificamos como el distrito VI y parte del V, aunque con frecuencia se confunde con el Barrio Latino. Desde allí se siente la proximidad de los Jardines de Luxemburgo, la Sorbona y la Escuela Normal Superior, por donde pasaron unos cuantos de los protagonistas de este libro. Todo alrededor sugiere vida cultural, creatividad y un cierto modo de vida ‘parisino’, algo bohemio, entre cafés y editoriales. Seguramente todo eso se ha ido diluyendo en las últimas décadas, y hoy queda más bien el paisaje burgués para el turista, la terraza con consumición a precio de oro, y el metro cuadrado de cuchitril, reservado a pijos o hipsters con posibles.

Pero allá por los años 30 del siglo pasado la cosa era diferente, y es eso lo que en principio retrata el norteamericano Herbert Lottman, especialista en la época y en el mundo cultural de nuestros vecinos del norte (lo que aquí llamamos ‘hispanista’, que no sé cómo se diría en este caso). En ese tiempo la Rive Gauche era el epicentro intelectual de Paris y por tanto el faro hacia el que miraba el mundo entero. Gide, Malraux, Montherlant, Tzara, Mauriac, Aragon, Sartre… toda una nómina de grandes popes de la literatura y el pensamiento frecuentan una misma zona, acuden a las mismas recepciones y, a base de discusiones, charlas y mítines, acaban por definir, dentro de su dispersión ideológica, eso que se conoce como el ‘intelectual comprometido’ (más bien ‘escritor comprometido’, ya que Lottman, no sé por qué, ignora casi por completo el mundo artístico no literario).

El fascismo (así, en sentido amplio) emergía en Europa, y frente a este nuevo fenómeno los intelectuales adoptan una posición mayoritariamente beligerante, aunque hay también cierto número de partidarios, en mayor o menor medida. Lottman describe con minuciosidad la actividad palpitante del momento, sin dejar de incidir en la presencia –ideológica, pero también sobre el terreno- del comunismo soviético y sus efectos sobre ese heterogéneo grupo de escritores. Ahí empezarán a surgir las primeras fricciones internas entre los antifascistas, empezando por la desafección mostrada por André Gide tras un viaje a la URSS.

Es llamativa la exhaustividad del texto: tenemos descripciones de las andanzas de todos estos personajes –que son muchos-, sus reuniones, manifiestos, revistas en que colaboran, desencuentros, todo escrutado hasta el mínimo detalle y, de momento, sin valoraciones ni una visión global que oriente al lector. Este enfoque tiene la virtud de mostrar la pluralidad del colectivo y los matices de la personalidad de los intelectuales. Así, tenemos por ejemplo al citado Gide, cabeza visible del grupo en su primera fase, pero contradictorio y que siempre parece coquetear con la deserción. Malraux es el héroe de la Resistencia, pero sólo tras haber pasado una buena temporada viviendo tranquilamente en territorio Vichy. Paulhan parece tener un don para subsistir durante la ocupación mientras maniobra clandestinamente contra los nazis. Drieu es el más significado proalemán, pero no dejará de defender a sus viejos colegas. De forma que el trabajo de Lottman es un poco notarial y da como resultado una perspectiva absolutamente humana: aquí no hay (casi) héroes ni villanos, sino individuos, equivocados o no, dubitativos, contradictorios, a veces débiles, mezquinos o injustos, otras veces valientes y decididos. Es sin duda un tanto a favor del autor.

Pero el esquema tiene también efectos adversos. La avalancha de información abruma un tanto al lector, al menos hasta que se va haciendo con esa estructura peculiar, al texto le falta fluidez y cierta coherencia cronológica, existe algún desorden expositivo y se advierten contradicciones. Da la sensación de ser un trabajo acumulativo y se echa de menos algo de elaboración, de ‘cocina’ propia del historiador –aunque Lottman no lo es. Espontaneidad a cambio de rigor, vaya lo uno por lo otro.

Una buena parte se dedica a la etapa de la ocupación alemana y el gobierno de Vichy, y resulta interesante seguir observando la trayectoria –a veces errática- de los intelectuales y escritores que nos han sido presentados al principio. Algunos se manifiestan como abiertamente colaboracionistas –Céline es un buen ejemplo- y el resto adoptan posiciones variadas de oposición más o menos severa. El autor también parece mantener algunas reservas sobre el grado de compromiso real de buena parte de los intelectuales, y aquí nos aproximamos a cierto sesgo ideológico que impregna el libro.

Porque, aunque centrado en este elenco de personajes de las letras, el texto pone el foco en la vertiente política del ‘compromiso’, y muy especialmente en la influencia del comunismo sobre esta élite intelectual. En este aspecto, Lottman comparte con buen número de autores estadounidenses una especie de obsesión por la mano negra de Moscú, y este prejuicio, ya latente pero visible durante todo el texto, brota con especial potencia en la última parte, correspondiente a la postguerra. Esta actitud, entendible por la brutal polarización de la época que se describe, incluso en las décadas posteriores, resulta llamativa en un texto escrito en 1982, y desde luego supone una pérdida de objetividad, al menos parcial, del enorme trabajo que se expone. Hasta nos hace dudar de si el mismo título no contiene cierto matiz irónico.

De forma que, observándolo en conjunto, el libro deja la extraña sensación de una tarea ingente de documentación, que con interés y algo de paciencia puede aportar una visión global de la época y el mundo que retrata, pero que queda algo devaluada por una perspectiva ideológica más bien poco equilibrada.

martes, 28 de noviembre de 2023

Reseña + Entrevista: El sheriff Goodman contra Pinhead y otras espeluznantes aventuras en el lejano oeste, de Takeshi García-Ashirogi

Idioma original: Japonés (guiño)
Título original: Sherifu Gudmandu VS Pinheado, o algo así (guiño, guiño)
Traducción: Colectivo Juan de Madre (guiño, guiño, guiño)
Año de publicación: 2023
Valoración: A mí es que este tipo de cosas me gustan

Estoy eufórico. Porque encontrar un libro que parezca escrito especialmente para uno no sucede con frecuencia; y menos habitual todavía es que ese libro dé lo que se esperaba de él al tiempo que supera con creces dichas expectativas. Hoy vengo a hablaros de El sheriff  Goodman contra Pinhead y otras espeluznantes aventuras en el lejano oeste (en adelante El sheriff  Goodman...). 

La editorial Pathosformel inscribe acertadamente este ciclo cuentístico de Takeshi García-Ashirogi en el "weird" y el "western". No me extraña: en él se mezclan ambos géneros con pasmosa eficacia. Y es que en estas páginas encontramos pueblos de frontera con sus tabernas, burdeles y minas, además de duros cowboys ataviados con sombrero y armados con pistolas. Pero también hay elementos mágicos (una zahorí, un hechicero apache o un espiritista), viajes en el tiempo, referencias a la cultura popular y épicos "cross-overs".

Personalmente, me hubiera conformado con que El sheriff Goodman... fuera simplemente un entretenido y bizarro pastiche salpimentado con sexo, escatología, gore y humor absurdo. Sin embargo, Takeshi-senpai nos ofrece más, mucho más, que eso.

En primer lugar, su prosa es superior a la de esos escritores "pulp" que emula, ya que imprime un ritmo frenético a la acción sin por ello descuidar las descripciones o abusar de los diálogos. Por otro lado, sus premisas son más originales y sus argumentos más solventes de lo que hubiera sido estrictamente necesario, así que gracias por tanto, Takeshi-senpai, y perdón por tan poco.

Aunque no penséis que el autor intenta distanciarse de esa literatura a la que homenajea. Al contrario: la alude constantemente, de forma más o menos explícita, y se recrea en sus humildes pretensiones, su desparpajo narrativo o sus simpáticas ocurrencias. 

Por ejemplo, ya desde el título, en la obra de Takeshi-senpai se rinde homenaje a esa tradición de los autores de bolsilibros que enfrentaban a un valeroso cowboy contra cualquier monstruo gótico (vampiros, momias, hombres lobo...). Tradición que nos ha regalado joyas como la serie de Monstruos en el oeste del prolífico Curtis Garland, o los más recientes Cara de muerto: Frankenstein está de vuelta, en el salvaje oeste!, de Luis Guallar y El infierno y Texas, de  Xavier B. Fernández.

Pero dejad que os cuente un poco de qué trata El sheriff Goodman... (al menos lo intentaré, aunque advierto que, si no leéis el libro, jamás lograréis haceros una idea certera de su contenido). A lo largo de siete relatos, en cierto modo autoconclusivos, Philip Goodman debe enfrentar distintas amenazas: el increíble Hulk, el paso de unas sufragistas por Goldville, un Death Note primigenio, la modernización del viejo oeste (encarnada en Hollywood), Pinhead y su séquito de cenobitas o un Karl Marx y un Friedrich Nietzsche reanimados. Asimismo, su leal ayudante, Mary Austen, detiene a una secta religiosa que venera a (y folla con) los dinosaurios.

Las formas que Goodman y Austen tienen de combatir semejantes amenazas son bastante ingeniosas. A veces los agracia alguna conveniencia argumental, pero en general sus victorias se sienten merecidas, y la supervivencia de los personajes implicados satisfactoria, al contrario de lo que sucede en esas fantasías de poder donde un tipo apuesto y musculoso rescata a la damisela de turno a base de hostias.

Ah, nuestro sheriff se aleja bastante de la sencillez del protagonista arquetípico de la literatura popular. Para empezar porque es una especie de hombre trans, o al menos el equivalente de uno para la época en la que se ambientan sus relatos. A eso hay que añadir que ostenta una caracterización compleja que evoluciona a lo largo de los relatos.

Como podréis imaginar, hay muchas virtudes que resaltar en El sheriff Goodman... Ya hemos hablado de su disparatada mezcla de géneros, de las descabelladas ideas que alberga y de su agradecido formato (que entrega por un lado historias autoconclusivas la mar de entretenidas y, por el otro, va desarrollando paulatinamente un mundo y unos personajes). Pero a título personal querría reivindicar también su descacharrante sentido del humor, sus abundantes dosis de sangre, determinadas escenas de muertes pintorescas y sexo extravagante o su diseño de tres cenobitas completamente nuevos.

En cuanto a los relatos, diría que todos mantienen un nivel de calidad sorprendentemente homogéneo. Aun así, creo que mis preferidos son, por funcionar al mismo tiempo como gamberradas lúdicas y viajes metafóricos, el de los dinosaurios y el de los filósofos resucitados. También me gustó bastante el de Hollywood, por su fondo psicológico.


PD: Si todavía dudáis sobre si El sheriff Goodman... puede ser de vuestro agrado, dadle un tiento a "El rostro circuncidado", relato que se puede descargar gratuitamente y que anticipa todo lo que encontraréis en este ciclo cuentístico.


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A continuación adjuntamos un pequeño cuestionario que Takeshi-senpai ha respondido con suma amabilidad:

ULAD: Le he leído ya en múltiples registros, y debo decir que es usted un escritor muy versátil. Sin embargo, siempre acaba recalando en el terror o la ciencia ficción pulperos, el "splatter", el humor absurdo o el bizarro. ¿Qué es lo que le atrae de estos géneros? 

T.G.A.: Lo popular. Lo popular que hay en ellos. Sabe, yo me crié entre las butacas de un cine de L.A, en el que mi madre era la encargada de la limpieza. Por eso, pese a mi sangre oriental y mexicana, el cine popular de los EEUU fue el cuento de mi infancia. En realidad, y puede que suene esto extraño, para mí la cultura popular es la verdadera cultura de vanguardia.

ULAD: ¿Tenía decidido desde un inicio que El sheriff Goodman contra Pinhead y otras espeluznantes aventuras en el lejano oeste fuera un ciclo cuentístico compuesto por relatos con cierta continuidad, u originalmente imaginaba un conjunto que, aunque ordenado cronológicamente, fuera de corte episódico?

T.G.A.: En principio ni una cosa ni otra, sino que se trataba de un solo cuento en plan "splatter-western", justo el que da título al libro. Pero el personaje me conquistó de tal manera que no pude dejar de regresar a él, contando sus andanzas en el pueblo de Goldville a lo largo de su vida. 

ULAD: ¿Retomará las aventuras del sheriff Goodman algún día? Yo me leería cualquier secuela, "spin-off", adaptación gráfica o versión audiovisual que tuviera a bien regalarnos.

T.G.A.: Jajaja. Pues la verdad es que me sigue atrayendo la idea de continuar las andanzas de Goodman y su gente. Justo puede que haya un "spin-off" por ahí, para cierto proyecto que se está fraguando en la misma editorial que ha publicado la antología. Así que, tal vez, algún día regrese Goodman con el equipo completo. De momento, estoy enfrascado en la escritura de un "slasher" que se desarrolla en un viaje de jubilados; de hecho, últimamente el género "slasher" me tiene entregado.

ULAD: ¿Considera al sheriff Goodman un personaje trans? Nunca aclara si simplemente se hace pasar por hombre o si verdaderamente siente que su sexo no coincide con su género.

T.G.A.: Eso me ha comentado alguna lectora, que Goodman es trans, o rey drag o algo así. La verdad es que este es uno de esos casos en el que el personaje cobra su propia voluntad, y el escritor es un simple amanuense al servicio de aquél. Cierto que yo noté algo particular en el personaje, como su nombre auténtico o los sofocos en la cincuentena, pero si te soy sincero no llegué a concretar de dónde venían o a dónde iban esas particularidades.

ULAD: Además de enfrentar al bueno de Goodman contra Hulk, las sufragistas, un cuaderno Death Note, una secta que rinde culto a los dinosaurios, Hollywood, los cenobitas y dos filósofos de la sospecha resucitados, se menciona en un par de relatos que también combatió a una banda de atracadores que utilizaban muñecos vudú de banqueros para robar, o a ninjas llegados del Japón. ¿Cómo selecciona a tan variopintos villanos y antagonistas para él? ¿Puede revelarnos, de haberlos, otros que le quedaran en el tintero?

T.G.A.: Jajaja. Es verdad que dicho así de corrido queda una colección bien graciosa de contrincantes. La selección me llega de forma muy natural, normalmente porque estoy releyendo cómics o libros cuyos villanos me apasionan, o porque acabo de ver alguna película o serie que me inspiran el "cross-over". Quedan muchos en el tintero, de ahí que puedan llegar nuevas espeluznantes aventuras en el lejano oeste. Para un relato promocional aparecía la familia de La matanza de Texas; por ahí tengo apuntes del villano de la serie española Estoy Vivo, que vi por recomendación de mis anteriores editores españoles; un buen amigo de la infancia me dijo que sí o sí debía darle a la compañía del halcón del manga Berserk.

ULAD: ¿No le dan miedo las represalias legales que pueda ocasionar el empleao de personajes y objetos con derechos de autor (algunos superhéroes de los cómics de Marvel, el Death Note o los cenobitas y su Configuración del lamento)? Y, más arriesgado que desafiar la posesividad y avaricia de las grandes corporaciones me parece moldear a su antojo ciertos elementos de diversas franquicias. ¿Acaso no teme que los fans le linchen por ello?

T.G.A.: ¡Espero que no! Jajajaja. A los fans les diría que todo lo que ocurre en el libro no es "MCU" ni nada parecido; todo mentirijilla, y hecha desde el máximo respeto y admiración por los personajes tratados. A las corporaciones, en cambio, les recordaría que mi familia materna padeció un bombardeo atómico, y que, como estirpe,  de una experiencia así sales con muy poco que perder y muchísimo que ganar.