sábado, 28 de noviembre de 2015

Philip K. Dick: Ubik

Idioma original: inglés
Título original: Ubik
Año de publicación: 1969
Traductor: Manuel Espín
Valoración: recomendable

Me gustó tanto la reciente lectura de El hombre en el castillo que me entraron ganas de una nueva dosis de Philip K. Dick. El libro elegido fue este Ubik, que, según dicen, es una de las mejores novelas de Dick. No digo que no, pero caramba... por de pronto, ahí va una pequeña lista de los términos a los que tendrá que acostumbrarse cualquier lector: Friovaina. Homeodiario. Telépata. Inercial. Moratorio. Regresión. Contacreds. Psiónico. Semivivo. Pseudoambiente. Protofasones. Homeoimpresor. Antifacultad. Precognitivo. Entidad homeoestática. Organización de previsión...
Bueno, ¿y qué te esperabas de una novela de ciencia-ficción?, me preguntará alguno (con razón). Es cierto: de eso trata Ubik (aunque, en cierto modo, también sea una "novela histórica"...). De hecho, la acción está situada en el futuro año de... 1992. Y no salen ni Cobi ni Curro, personajes que ni la calenturienta imaginación del amigo Dick fue capaz de prever... Bueno, menos risas: teniendo en cuenta que la novela se publicó en le año 69 (glups) es como si nosotros ahora escribiésemos una ambientada en el 2038. Acertar en algo no está al alcance ni del mismísimo Houellebecq.

Resulta casi imposible -y más aún sin destriparlo- resumir un argumento como el de esta novela, plagado de giros extraños y cambios en el campo de visión. Así que, con permiso, excuso de hacerlo. Diré tan sólo que, en ese hipotético futuro -ya pasado-que plantea Dick, existen personas con capacidades psiónicas especiales: telépatas que leen el pensamiento o precognitivos que pueden visualizar el futuro (exacto, como en la película Minority Report... que no en vano está basada en n relato de este autor); agentes que se infiltran en las empresas y organizaciones diversas para hacer la puñeta en lo posible. En contrapartida, también hay organizaciones previsoras, que emplean a individuos con facultades antagónicas a las de los psiónicos anteriores, a modo de "antivirus", para neutralizarles (resulta muy divertido comprobar cómo Dick atribuye a personas o elementos materiales "analógicos" capacidades o acciones presentes en el mundo digital). Una de estas empresas, alrededor de la que se desarrolla la trama del libro, es la de Runciter Asociados, presidida por el veterano Glen Runciter y su semiviva esposa Ella, y cuyo técnico en mediciones es el desastroso, aunque muy competente en su oficio, Joe Chip.

Ya explico que no puedo detallar todos los recovecos de esta trama, pero sí señalar que la novela, más allá de una ingeniosa narración de sci-fi con refrescantes aportaciones humorística, resulta ser también una reflexión sobre la vida y la muerte, el presente y el pasado, la realidad y la irrealidad de lo que percibimos.... en fin, todo un transfondo metafísico e incluso religioso (según se dice sobre las intenciones del autor), y que quizás sólo podría ser llevada al cine por Christopher Nolan, por ejemplo (esta nueva referencia cinematográfica tiene una explicación: Dick es uno de los autores de ciencia  ficción  más adaptados al cine, y aunque parece que el proyecto de hacer una película con Ubik ha sido abandonado, de momento, se puede rastrear su influencia en otros filmes como Matrix o Abre los ojos).

Y a todo esto, ¿qué es eso de "Ubik", exactamente? Bueno, puede que lo sea todo y puede que nada. Recomiendo encarecidamente leer el libro, para saberlo...


Otros libros de Philip K. Dick reseñados en Un libro al día: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?El hombre en el castillo

viernes, 27 de noviembre de 2015

Stefan Zweig: Los ojos del hermano eterno

Idioma original: alemán
Título original: Die Augen des eurigen Bruders
Año de publicación: 1922
Traducción: Joan Fontcuberta y Agata Orzeszek
Valoración: recomendable

Zweig: permitidme que, por mi corta experiencia con él, aún me sitúe entre quienes le llaman el mejor escritor del siglo XX y hasta visionario de la barbarie nazi y quienes le recriminan su tonalidad burguesa, culta, erudita, y lo tildan de aburrido. Vizinczey negaba credibilidad alguna a cualquier crítico que no se hubiera metido entre pecho y espalda toda la obra del autor que se atreviera a reseñar. Apañados estaríamos, por ejemplo, en este blog, si hubiéramos de seguir tan tajante mandato. Pues la obra de Zweig es extensa, no inabarcable pero indudablemente difícil de digerir en escaso tiempo.
Y parece que, entre ella, Los ojos del hermano eterno, novela corta con sabores de parábola oriental, es un caso muy especial. Pues Zweig aquí abandona sus clásicos escenarios de la Europa de las primeras décadas del siglo XX y nos planta en lo que parece una civilización asiática unos cuantos siglos atrás. Porque hay nombres exóticos y tigres y elefantes, y monos. Virata es el protagonista: soldado curtido al que un rey sin nombre cita para que dé cuenta de los enemigos que están dispuestos a destronarle, misión en la que obtiene un enorme éxito, pero en la que sufre un terrible incidente: confundido en la oscuridad del ataque nocturno, uno de los rebeldes a los que mata es su hermano. 
A partir de ese momento la existencia de Virata será una huída atormentada, una obsesión por eludir las consecuencias de sus actos, cosa que podría antojarse sencilla. Pero Virata no lo tiene fácil, pues se da cuenta de que prácticamente ninguna actitud vital está exenta de afectar a otros. Virata reniega del arma con la que ha matado a su hermano y rechaza los favores que su rey quiere otorgarle, los declina de forma amable y considerada, pero paulatinamente deja de ser soldado, luego deja de impartir justicia (pues piensa que le es imposible hacerlo sin que haya duda de sus decisiones, y tras una reflexión, decide suplantar a un preso para vivir la experiencia en carne propia), elude ser consejero,..De esta manera la novela deviene parábola, casi leyenda donde se refleja toda la naturaleza humana en su esencia: el poder, la duda, la madurez, la ira. Recordándome algunas tomas clásicas de novela de héroe víctima de la injusticia, como el Michael Kohlhaas de Kleist o incluso el Hadji Murat de Tolstoi.
Así que Zweig me demuestra ser capaz de cambiar de registro y salir triunfante. Incluso en el corto recorrido de esta novela anecdótica, las hechuras de un escritor de alto perfil lucen orgullosas.

Otras obras de Stefan Zweig en ULAD: El mundo de ayer¿Fué él?Fouché. Retrato de un hombre políticoMendel el de los librosMaría AntonietaTiempo y mundoCarta de una desconocidaNovela de ajedrezVeinticuatro horas en la vida de una mujerLa piedad peligrosa o la impaciencia del corazón, Viaje al pasado, Las hermanasMontaigneClarissaMiedoArdiente secretoUna boda en LyonEl amor de Erika Ewald

jueves, 26 de noviembre de 2015

Colaboración: La fiesta de la insignificancia de Milan Kundera

Idioma original: francés
Título original: La fête de l'insignifiance
Año de publicación: 2014

Valoración: Insignificante

Tengo que confesar que cuando concluí la lectura de este libro acudí a varios suplementos culturales porque la sensación de vacuidad que desprende la lectura del último libro del señor Kundera me había dejado perplejo. Quizás no había sabido entender el enfoque del libro o me faltaba alguna clave para poder situarlo en el contexto adecuado. Contexto que, sinceramente, se me escapaba. Cuál fue mi sorpresa cuando varios críticos saludaban la originalidad del libro, su visión irónica y absurda de la existencia y su trasfondo filosófico y metafísico. Alucinante.

Ya sabemos por libros anteriores que Kundera recurre en muchas ocasiones a hechos banales o anecdóticos para ir deslizando reflexiones profundas sobre el ser humano y su errático transitar por  este mundo. Pero aquí lo que tenemos entre manos es una anécdota elevada a novela y saludada como la última voluntad literaria de un clásico (al fin y al cabo el autor checo cuenta 85 años). Y esto es demasiado. Sinceramente no entiendo ni el enfoque del libro ni la supuesta maestría narrativa que despliega en sus, afortunadamente, breves páginas. Sí que entiendo que hace catorce años que el señor Kundera no publicaba nada y que en su editorial debían estar muy nerviosos. Quizás el autor checo se vio obligado a salir de su semirretiro y dar un poco de lustre postrero a su carrera. Quizás debía una novela a su editorial y no podía alargarse más el plazo de entrega. Sí, quizás, pero quizás deberían haber dejado que el señor Kundera siguiera paseando tranquilamente por los jardines de Luxemburgo, dando de comer a la palomas, mirando el ombligo de las jovencitas y reflexionando sobre estatuas y ángeles, que es a lo que parece que dedica últimamente su existencia.

Eso debería hacer  y no aderezarlo con la absurda aparición de cuatro atolondrados franceses, insignificantes, eso sí, en sí mismos, en lo que hacen y lo que viven,  que van a celebrar una fiesta de la que pronto nos desentendemos y que sinceramente nos hace arrepentirnos desde las primeras páginas de haber iniciado la lectura. Lo más jugoso de este libro, no se lo pierdan, es una anécdota de caza de Stalin que desliza Kundera a mitad de novela y que le sirve para burlarse del dictador y sus secuaces, pero para contarnos esa anécdota podía habernos invitado a tomar un refresco en alguna terraza de París y nos habría ahorrado pasar por la caja de la librería.

En fín, que si tienen oportunidad y ganas de leer a Kundera no les diré que recurran a La insoportable levedad del ser, que es una obviedad. Incluso La ignorancia, su anterior novela, siendo una obra menor está muy por encima de este entretenimiento banal, que lo único que puede conseguir es alejarnos irremediablemente del autor checo.

Todas las reseñas sobre Milan Kundera en ULAD: Aquí
Firmado: José Miguel Martínez Camino

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Don Carpenter (y Johathan Lethem): Los viernes en Enrico's

Idioma original: inglés
Título original: Fridays at Enrico's
Traducción: Javier Guerrero
Año de publicación: 2014
Valoración: Muy recomendable

Empiezo aclarando (o declarando) que no soy especialmente amigo de las novelas sobre escritores: me parecen el equivalente de los poemas sobre la poesía o las canciones sobre la música. Si tu arte es tan importante y tan poderosa, no me lo digas, demuéstramelo hablando de algo importante o poderoso. Los viernes en Enrico's es una de estas novelas sobre escritores, y por eso partía con algunos puntos negativos por mi parte, pero con el paso de las páginas me ha convencido. La he leído, la he disfrutado, y aquí estoy recomendándola a los lectores de ULAD.

Los protagonistas de Los viernes en Enrico's son, prácticamente, un muestrario de distintos tipos de escritor: el que se cree llamado a escribir una gran novela intemporal, pero nunca llega a escribirla (Charlie Monel); el que vende un cuento a Playboy y se cree destinado a la fama y la riqueza (Dick Dubonet); la escritora sensible que no se cree merecedora del éxito que tienen sus obras (Jaime Froward) o el macarra escritor de novelas pulp con corazoncito (Stan Winger). Todos ellos, y otros personajes secundarios, se cruzarán repetidas veces entre Portland y San Francisco, mientras sus vidas personales, literarias y sentimentales suben y bajan y se influyen mutuamente, como movidas por un complejo sistema de poleas.

Esta es una novela muy americana en varios sentidos: por su estilo directo y limpio, por los personajes de perfiles claros y a veces incluso algo estereotípicos (sobre todo en el caso de Linda, la mujer hipersexual que trae a todos los hombres locos); pero sobre todo por el tema tan americano del éxito, muchas veces asociado al dinero y la fama, con Hollywood como modelo supremo. La oposición entre "triunfadores" y "fracasados" tiene en la cultura americana una importancia y un poder que no tiene en Europa; no imagino a ningún novelista estadounidense escribiendo una obra para exaltar la aurea mediocritas.

Quizás Los viernes en Enrico's me ha gustado porque, aunque los protagonistas son escritores, esta no es una novela sobre el mundillo literario, sino sobre un conjunto de seres humanos que por casualidad son escritores, pero también podían ser cantantes o actores o músicos o futbolistas, o cualquier otra profesión en la que se pueda aspirar a la gloria y a la fama. Lo que engancha al lector son sus luchas y sus contradicciones, la distancia entre lo que quieren ser y lo que son, entre lo que prometían y lo que han llegado a ser, en lo personal como en lo artístico, y ese es un conflicto con el que cualquier lector puede identificarse.

Cuando Don Carpenter murió, la novela estaba casi terminada; la labor de ordenarla, pulirla y añadir los últimos detalles le correspondió a Jonathan Lethem, quien, según aclara en el epílogo, solo es autor de nueve o diez páginas del total de cuatrocientas que tiene el libro. De la traducción de Javier Guerrero puede decirse que es ágil y casi transparente, aunque no sé si acierta del todo en la trasposición de algunas de las expresiones más coloquiales del texto. (No sé, por ejemplo, si en el original los personajes también se "seducen" los unos a los otros todo el rato, pero en español suena un poco raro). Son muchas las manos que han contribuido por lo tanto para que podamos disfrutar de unas cuantas horas de placer lector de la mano de Don Carpenter; a todos ellos, gracias.

También de Don Carpenter en ULAD: Dura la lluvia que cae, Un par de cómicos

martes, 24 de noviembre de 2015

Jorge Oteiza: Quousque tandem...!

Idioma original: español
Año de publicación: 1.963
Valoración: Imprescindible para interesados, recomendable para el resto 

Cuando uno tiene tendencia a meterse en líos, parece que no hay forma de pararlo. Y tratándose de reseñar libros, pocas tareas serán más complicadas que meterse con Quousque tandem…!, texto de culto donde se entrecruzan análisis estéticos sobre el vacío, el estudio de monumentos megalíticos y opiniones antropológico-políticas vertidas en bruto.

La misma portada nos deja un par de pinceladas. El libro –que firma ‘Oteiza’ así, sin nombre pila- se subtitula Ensayo de interpretación estética del alma vasca, lo que define con nitidez su contenido. Tenemos en las manos la 6ª edición, que incluye un ‘prólogo a este libro ya inútil en cultura vasca traicionada’. Toma declaración de principios. El volumen, entre otras singularidades tipográficas, no tiene numeración de páginas, sino una marginal a partir de una especie de parágrafos temáticos, que se complementa con cuatro posibles itinerarios de lectura. Vamos, algo parecido a Rayuela, pero con ayuda.

O sea, que ya se ve que no estamos ante un libro digamos normal, sino ante algo que hay que tomar con una cierta disposición de espíritu. 

Por si alguien no lo sabe, Jorge Oteiza fue uno de los más importantes artistas plásticos del siglo XX, conocido sobre todo como escultor, que formó parte de cierta vanguardia artística vasca, compartida por ejemplo con el más popular Eduardo Chillida. Pero Oteiza fue también un irreductible investigador de las formas y de su significado, de la cultura como totalidad, un intelectual de corte casi tópico (si leyese esto, me mataría a garrotazos): huraño y alérgico a lo comercial/popular, malhumorado y genial, hermético en su poco permeable universo de conceptos, en perpetua búsqueda de certezas que llegaba a tener muy claras en su cabeza, intransigente y peleón. Vamos, una especie de versión guipuzcoana y montaraz de Unamuno (me mataría otra vez).

Esta personalidad tan feroz como (aparentemente) caótica se plasma con toda la intensidad en este manifiesto-ensayo, donde indaga en los terrenos más insospechados para encontrar ese alma vasca que decíamos al principio. 

Pero vamos con el libro. Efectivamente, Oteiza busca con desesperación algo así como la esencia de lo vasco a través del poco transitado camino de la estética. Así que no piense el lector que lo hace sobre los parámetros habituales de la lengua propia, las costumbres o la historia. Los sondea, eso sí, los examina junto a otros elementos previsibles, como instrumentos musicales tradicionales, o el bertsolarismo, pero no se podía quedar ahí, y continúa penetrando en ámbitos espirituales al tiempo que elabora sus construcciones estéticas. 

Entre toda esa compleja galaxia de convicciones, tenemos la impresión (no necesariamente acertada) de que llegamos al punto cero cuando, en su profundo estudio del arte prehistórico, Oteiza parece encontrar lo que buscaba: el silencio y el vacío, representados en el crómlech, donde se funde lo físico y lo metafísico, terminan por ser lo que define finalmente lo vasco en el plano estético. No son poca cosa estos conceptos, hasta el punto de que la mayor parte de la obra escultórica del autor consistirá precisamente en intentar, mediante infinitas variaciones de esferas y cubos, la plasmación plástica de la teoría expuesta en el libro. 

Pero don Jorge no era un académico, y su trabajo está lejos del rigor expositivo tradicional, así que todo es como un bombardeo de intuiciones que, mediante el torrente de un lenguaje poderoso y eficaz, se convierten en verdades absolutas.

Tampoco pensemos por ello que estamos ante el típico compendio de ocurrencias de un genio un poco tocado del ala. Oteiza es un tipo concienzudo que se pasa años diseccionando y analizando obsesivamente cada concepto, de forma que lo que puede parecer caótico es en realidad resultado de un minucioso trabajo y de un proceso lógico… aunque la lógica de Oteiza no sea fácil de seguir. Él mismo lo confiesa, sinceramente desolado y con un punto de cabreo:

‘Al llegar a este punto, no puedo proseguir sin lamentarme –tenemos que lamentarnos todos, señoras y señores-, que esta explicación que les estoy dando, que es de una extraordinaria claridad, sí, la mayoría de ustedes no han entendido nada’.

No vamos a ocultar que es un libro difícil, un tratado rocoso lleno de conceptos abstractos, y que seguramente no se deba leer de un tirón (me mataría de nuevo?), sino poco a poco, cuando uno esté dispuesto a dedicarle el tiempo y el esfuerzo que requiere. Pero aunque no esté al alcance del profano asimilar correctamente la totalidad de la información, queda  la sensación –y ésa es la potencia del libro- de que nos hemos empapado de una parte sustancial del mensaje, que no nos es indiferente, que nos hace pensar. Esto lo consigue Oteiza, no sé si gracias a o a pesar de su heterodoxia y su radicalidad, y hace que merezca la pena asomarnos a su mundo.



lunes, 23 de noviembre de 2015

Alaa Al Aswany : El edificio Yacobián

Idioma original: árabe
Título original: 'Imarat Ya'qubyan
Año de publicación: 2002
Traducción: Álvaro Abella
Valoración: Muy recomendable

Antes que nada, quiero explicar que cuando sucedieron las matanzas de París del pasado día 13, me acababa de poner con esta novela. Lo comento para señalar que no hay una relación causa-efecto entre tan lamentables sucesos y mi lectura de este libro; aunque sí hay una relación indirecta: debido a las constantes noticias en los últimos años sobre los conflictos en Oriente medio y el terrorismo islamista, y, sobre todo, a la sobredosis de opiniones de todo pelaje al respecto, llevaba yo un tiempo reflexionando y admitiendo mi ignorancia sobre el mundo árabe e islámico en general (que ya sé que no es lo mismo: hasta ahí llego). Lo cierto es que nunca he sentido demasiado interés por las culturas árabe e islámica, así que mis conocimientos se limitaban a cuatro o cinco cosas sobre su Historia, dos o tres sobre la religión y apenas alguna sobre la sociedad de estos países (es decir, estaba sólo  un poco por encima del nivel del tertuliano español medio). Y de literatura, aparte del consabido Naguib Mahfuz, nada de nada. Cero patatero.

Así pues, una vez decidido a subsanar, en parte, esta carencia mía, me dispuse a leer esta novela, justo el día que sucedió los de París, con la consiguiente avalancha de información y, ya digo, opiniones para todos los gustos. ¿Era el mejor momento para abordar una novela que permite una visión más amplia sobre la sociedad árabe, la egipcia, en este caso? Visto lo visto, puede que fuera un momento tan bueno como cualquier otro. Más aún, cuando este libro resulta ser, sin necesidad de echar mano a matización o justificación alguna, una novela magnífica.

Novela coral -algo que, ciertamente, siempre da mucho juego- que nos relata las vidas de los habitantes de un suntuoso edificio, pero en decadencia, en el otrora más selecto barrio del centro de El Cairo (por cierto, me resulta curioso haber enlazado en pocos meses tres libros que tratan de los vecinos de un edificio: éste, el exquisito La vida de las paredes y el decepcionante Tommaso y el fotógrafo ciego). Son personajes que pertenecen a diversas clases sociales: miembros de la antigua élite venida a menos y nuevos millonarios chanchulleros, pero también gentes de la extracción más popular posible, pues en los trasteros de la azotea del edificio se había habilitado una suerte de bidonville. La novela nos ofrece así un amplio  panorama de la sociedad egipcia en los años noventa... sorprendentemente parecida a la española de la época franquista (y ya sé lo que pensarán los conocedores de las letras hispanas: que algo así es lo que ya hizo Cela en La colmena... y es cierto, aunque creo que Al Aswany siente más empatía por sus personajes que lo que demostraba "el único premio Nobel realmente existente", como escribió MVM). De hecho, en su momento tanto esta novela como la posterior película supusieron un revulsivo en su país, puesto que que sacaban a la palestra, de forma descarnada, temas incómodos para el régimen de Mubarak y su hipócrita clase dirigente: las coacciones sexuales, la homosexualidad, la corrupción política generalizada, las torturas policiales, el auge del islamismo yihadista... (por cierto, en la novela se narra el proceso de radicalización de un joven ,explicándolo todo con pelos y señales... Huelga decir que Al Aswany no es precisamente un simpatizante de esta doctrina político-religiosa, pero tampoco está ciego).

Por supuesto, la novela no sólo habla de corrupción y violencia, hipocresía santurrona y extremo clasismo; también nos habla de la nostalgia y la desesperanza, de la humillación y la derrota, del amor... y del desamor. De la miseria moral del ser humano, pero también de su -de nuestra- capacidad de ofrecer lo mejor que somos a los demás. Una lectura, desde luego, muy, pero que muy recomendable. Y si no la considero  tanto como"imprescindible", es sobre todo porque su extensión, de poco más de doscientas páginas, sabe a poco. La historia que se cuenta, los personajes, y aun nosotros, los lectores, merecen -mereceríamos- más.



domingo, 22 de noviembre de 2015

Sergio Chejfec: Mis dos mundos

Idioma original: español
Año de publicación: 2008
Valoración: está bien

Me esperaba más de Chejfec. Merced a lo que había indagado, parecía formar parte de esa segunda oleada de escritores argentinos, entre los 35 y los 50 años, junto a Neuman o Casas, escritores tanto de relato como de novela, viajeros por el mundo y con influencia mezclada entre clásicos latinoamericanos y contemporáneos anglosajones.
Pero mis expectativas no se han cumplido: y debo ser sincero, por un margen estimable. Mis dos mundos no tiene un mal arranque, rápidamente nos situamos en contexto: Kafka debería ser una referencia en esta prolongada disquisición de un hombre que convierte en el paseo planificado por el parque de una ciudad del sur de Brasil, en fechas cercanas a su cumpleaños una especie de viaje interior en el que combina sus disquisiciones y sus reflexiones con las esporádicas interacciones que le brinda el entorno.
En el parque, que pasa a constituir el centro de su atención, alterna (supongo que de ahí el título) estas reflexiones con las contadas interacciones que el entorno le procura. Sitúa siempre a las escasas personas que ve en función de su, cree que extraordinaria, presencia allí. Un anciano que parece dirigirse al sitio en el que está sentado, un aviario, padres que pasean con sus hijos montados en esas barcas con forma de cisne que están en los estanques. unas carpas, unas tortugas. Chejfec describe minuciosamente todo: las formas de las partes del parque, los rincones, las construcciones, cómo el parque es una isla verde en medio de un mapa que consigue en el hotel, enmedio de la ciudad que lo acoge de forma provisional. También describe las sensaciones de ese caminante sin nombre y ahí el frasco de la abstracción se le derrama. Siento mucho decirlo así. 
Porque, con poco margen para una toma irónica que le hubiera sentado bien al texto, Chejfec opta por una trascendencia y una solemnidad que me parecen un poco impostadas. Debemos interpretar alguna cosa pero este triste reseñista se la ha perdido. Quizás la soledad del viajero. Quizás la extrañeza de la estancia en la ciudad que no es la de uno y de la cual escogemos un rincón para empezar a hacerla propia. Reconozco que, aunque he buscado el entorno propicio, en ningún momento he logrado sintonizar con Mis dos mundos. Lejos de eso, sus últimas veinte páginas, a la espera de alguna resolución a un recorrido que empezaba a angustiarme, se han hecho cuesta arriba. A lo mejor esperaba una crónica del paseo como la de Ciudad abierta de Teju Cole, vitalista y luminosa, pero conforme he avanzado me ha costado encontrar parangón a este libro, al cual no le veo más sentido (al menos Chejfec escribe muy bien) que el abstracto lucimiento verbal.

También de Sergio Chejfec en ULAD: 5