miércoles, 20 de julio de 2011

Zoom: "El Horla", de Guy de Maupassant


Idioma original: francés
Título original: "Le Horla"
Año de publicación: 1887
Valoración: Muy recomendable

"El Horla" debió ser, probablemente, uno de los primeros relatos fantásticos-terroríficos que leí en mis tiempos mozos, y por eso ocupa un lugar especial en mi memoria lectora-afectiva. Lo compré en una colección de libros minúsculos (costaban 100 pesetas, qué tiempos aquellos) que reunía relatos y novelas breves de escritores clásicos; y me gustó muchísimo más que, por ejemplo, "Bola de sebo", del mismo autor aunque de género muy distinto.

Maupassant, como más tarde hará Lovecraft (en quien, dicen, influyó poderosamente este relato), nos presenta a un protagonista que se enfrenta a la dificultad de narrar lo sobrenatural, lo inverosímil, lo imposible, a sabiendas de que probablemente no será creído; a la angustia de no poder distinguir la realidad del sueño o de la alucinación; de no saber distinguir, finalmente, entre la cordura y la locura. En el caso de "El Horla", este narrador es un señorito de Rouen que se ve acosado por un misterioso ser, invisible pero poderoso, capaz de controlar su voluntad y su cuerpo, convirtiéndolo en su esclavo o en su mascota. Después de varias (infructuosas) huidas y retornos, se ve abocado a un enfrentamiento final con el monstruo en unas últimas escenas memorables.

Desde luego, "El Horla" es una obra propia de su tiempo en varios aspectos: hay en ella una mezcla ingenua y paradójica de cientifismo e irracionalismo, unida a la fascinación, entonces en boga, por el espiritismo, el hipnotismo y el magnetismo, que se consideraban ramas distintas de una misma "ciencia" (recordemos "La verdad sobre el caso del señor Valdemar", de Edgar Allan Poe, publicado cuarenta años antes). También hay en "El Horla" algo de darwinismo no del todo bien digerido, al apuntar a la posibilidad de que el "Horla" (¿del francés hors-lá?) sea una "nueva especie" evolutivamente superior al ser humano, destinada a convertirse en su ama y señora.

Pero en todo caso, Maupassant no cae en este relato en el error (yo lo considero un error, en todo caso) de intentar dar una justificación plenamente racional a los hechos irracionales. Solo caben dos posibilidades, sin que el lector tenga datos suficientes para decantarse por ninguna: o bien el narrador es un loco que se hunde poco a poco en su propia locura; o no lo es, y entonces El Horla existe, y está destinado a dominarnos y convertirse en nuestro Amo de títeres. Y si, en ese caso, no quedaría más remedio que suicidarse...