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jueves, 3 de mayo de 2018

Gerald Durrell: Filetes de lenguado

Idioma original: inglés
Título original: Fillets of Plaice
Traducción: Marta Sánchez Martín
Año de publicación: 1971
Valoración: Está bien


No suelo leer libros como este, pero a veces las cosas vienen solas, uno coge casi al azar un libro de la estantería, y a veces acierta, otras muchas no. También me resultó llamativo que el pequeño de los Durrell acumulase hasta tres títulos diferentes en esta mi modesta biblioteca, superando claramente a su famoso hermano Lawrence: Animales en general, un pequeño opúsculo que recuerdo haber leído hace mucho y del que nada me ha quedado; Mi familia y otros animales, que llegó recientemente como regalo; y este Filetes de lenguado, sobre cuyo título comentaré luego, perdido entre volúmenes de mucha más enjundia, con aspecto decrépito y poco atractivo. Como parecen atestiguar las continuas referencias faunísticas, Gerald Durrell fue un naturalista por lo visto bastante conocido, lo cual tampoco me suscitaba demasiado interés literario. Pero, con todo, me decidí.

Bueno, pero ¿qué era eso de ‘libros como este’? Pues un librito simpático, compuesto por media docena de relatos divertidos, intrascendentes, en los que se busca el entretenimiento y nada más. El primero de los textos son unas pocas páginas en las que se cuenta el origen del extrañísimo (y yo creo que un poco disuasorio) título, que carece de cualquier significado y es solo la consecuencia de una broma de Lawrence, que retó al autor a utilizar un título más o menos homófono a su Spirit of Place. Y ahí quedó ese Fillets of Plaice. Aunque la anécdota ni siquiera tiene demasiada gracia, este primer relato señala muy bien el espíritu que guía al resto del libro: perfil autobiográfico, uso del ingenio y buenas dosis de eso que se conoce como ‘humor inglés’.

Efectivamente, la familia Durrell aparece en pleno en La fiesta de cumpleaños, que narra una disparatada travesía en barco por la costa de Corfú, donde residieron algunos años. Es en mi opinión el mejor de los relatos, junto con el siguiente, Un traslado de tortugas de agua dulce, donde Gerald describe su primer trabajo, todavía adolescente, en una tienda de animales. Aunque parecería que se trata de otra historieta cómica sin más, resulta muy apreciable la finura con que se dibujan varios personajes de cierto aire dickensiano, outsiders entrados en años que parecen vegetar en insólitos comercios de un callejón, pero que esconden singularidades de toda una vida, rasgos sorprendentes que descubrimos entre la melancolía y el sarcasmo. Durrell se muestra diestro para observar ese pequeño mundo desde los ojos de un chaval, sorprendido, algo temeroso, siempre divertido.

Los tres relatos restantes son en mi opinión algo inferiores, quizá porque ya se ha perdido el factor sorpresa, o porque el autor tiende a recargar los gags un poco más de lo debido. Y aquí me voy a permitir una reflexión que creo que es extensible a todo el humor inglés: al menos para el lector continental, cuando la ironía se desborda y se hace omnipresente, y las agudezas se multiplican sin medida, la gracia se pierde y el conjunto termina por resultar un poco enojoso. No sabría decir si es lo que les llega a ocurrir a estos últimos relatos del libro, pero se le aproxima bastante, y además se pierde con ello el encanto del ritmo más pausado de los iniciales.

Con todo, para mí ha sido una experiencia tener entre manos un libro así, sin más pretensión que la de contar unos historias divertidas como lo haría un amigo en la barra de un bar, eso sí, con buenas dotes de narrador y siendo capaz de ceñirse a su objetivo. Tomándolo así, como es, este Filetes de lenguado seguro que nos hace pasar un buen rato.

P.D: Da un poco de pudor clasificar a Durrell como 'escritor hindú' (actualmente se considera más correcto 'indio'), pero lo cierto es que, al igual que sus padres, nació en la India, aunque aún era colonia británica. Así que atendiendo a criterios geográficos le he asignado la etiqueta correspondiente, al mismo tiempo que la de 'escritores británicos', que entiendo como una definición más bien cultural.

También de Gerald Durrell en ULAD: Mi familia y otros animales

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Libros para regalar: Mi familia y otros animales de Gerald Durrell

Idioma original: Inglés
Título original: My family and other animals
Año de publicación: 1956
Valoración: Muy recomendable

“Mi familia y otros animales” tiene muchas facetas y todo tipo de destinatarios. De él podríamos decir que es bastante más que una novela, habría que situarlo, quizá, en un terreno híbrido entre el género de humor, la divulgación y las memorias de infancia. El autor nos traslada a la temporada idílica que pasaron los Durrell (madre viuda con sus cuatro hijos) en un lugar privilegiado, la isla de Corfú, a través de la mirada del hijo pequeño. O mejor dicho, de la mirada del adulto Gerald transmutado en el niño Gerald que, a su vez, se identifica con (o se reencarna en) seres de toda especie y condición. Nuestro narrador va mostrando el día a día de sus personajes con la ingenuidad propia de los doce años. Todo un catálogo de momentos felices embellecidos por la memoria y servidos al lector por obra y gracia de las cualidades literarias del hermano del gran Lawrence Durrell. En definitiva, el análisis de los miembros de una familia realizado con gran desparpajo y un entrañable sentido del humor.

Lo poético de esta novela radica tanto en la recreación de lugares sugestivos como en la actitud idealizada con que el adulto retorna mentalmente a la niñez. Durrell consigue retrotraerse a aquella época lejana, mirarse a sí mismo y contemplar el mundo tal como lo veía entonces.

Si nos atenemos a lo que el título sugiere, se nos presentan dos tipos de animales. Los pertenecientes a la familia: un conjunto de personajes, a cual más excéntrico, que, diferencias aparte, conviven en buena armonía, a los que se añade el selecto grupito de amigos que no tienen nada que envidiar, en cuanto a extravagancia, a los genuinos miembros del clan. En un ambiente como éste parece que hasta los animales domésticos se contagiasen de las peculiaridades humanas y empezasen a comportarse de forma claramente anómala dando lugar a las situaciones más peregrinas. El narrador/protagonista curiosea primero e investiga después sobre cualquier bicho que llame su atención y acaba alterando la vida de muchos de esos seres fascinantes que incorpora por su cuenta al hogar a pesar de que el resto de la familia, excepto la madre, no suele estar muy de acuerdo. Esas nuevas adquisiciones producen a menudo situaciones jocosas: malentendidos, pequeños o no tan pequeños desastres y episodios de pánico que a menudo arrancan la carcajada del lector. Al margen de esas situaciones – a cual más desternillante – nos mantenemos en una permanente sonrisa. El aliciente añadido es que podemos observar en primer plano al célebre escritor Lawrence Durrell durante sus años juveniles, su comportamiento doméstico, sus esfuerzos en pro de la escritura, pensamientos, manías, fobias y filias, todo ello filtrado por la subjetiva óptica de su hermano menor.

En cuanto al auténtico mundo animal, la naturaleza se presenta en todo su esplendor: animales y vegetales forman un todo indisoluble. Durrell nos enseña una nueva forma de abordarla: el campo es, a través de sus ojos, la casa que habitamos y, en ella, insectos, pájaros y demás fauna adquieren entidad propia. Él les mira de frente, como a iguales, humanizándoles al dotarles de actitudes, opiniones, estados de ánimo, simpatías, antipatías y discrepancias. Hasta al más modesto representante del reino animal se le sitúa en el mismo nivel que al resto y que a nosotros mismos (lector, narrador y personajes). De igual modo, cualquier hecho, por insignificante que parezca, merece la atención del narrador convirtiendo el libro en un conjunto de minuciosas observaciones, a veces al modo de un ameno tratado de ciencias naturales o de un somero catálogo zoológico. Las certeras descripciones del autor consiguen, no sólo brindarnos un banquete de sensaciones visuales sino que llegan a trasladarnos virtualmente a la isla, – convertida en lugar paradisíaco – consiguiendo que nos invada el calor o los vaivenes del clima, que olfateemos y toquemos, que escuchemos multitud de ruidos distintos y hasta murmullos imperceptibles – convertido el sotobosque en cantera inagotable de impresiones de toda clase –, incluso que sintamos el regusto de ciertos sabores en el paladar.

Durrell consiguió expresarse con lenguaje propio, encontrando sus propias convenciones y logrando con ello una obra personal y, en su momento, originalísima que puede leerse a cualquier edad.

También de Gerald Durrell en ULAD: Filetes de lenguado

jueves, 22 de octubre de 2015

Lawrence Durrell: Cuarteto de Alejandría: Justine

Idioma original: inglés
Título original: Alexandria Quartet: Justine
Año de publicación: 1957
Valoración: Muy recomendable

Es este un libro muy particular, o mejor, es una cuarta parte de un experimento literario muy particular: las cuatro novelas que componen el Cuarteto de Alejandría (Justine, Balthazar, Mountolive y Clea) componen un único universo narrativo, con un mismo conjunto de personajes y en un espacio común, la babilónica ciudad de Alejandría, en Egipto. De hecho, como el propio Lawrence Durrell explica en el prólogo, las tres primeras novelas de la tetralogía cuentan la misma historia desde tres puntos de vista distintos, mientras que la cuarta se sitúa seis años después y ofrece en cierto modo la conclusión de la trama. De hecho, esta experimentación técnica no solo aparece en el prólogo: también dentro de la novela se incluyen citas de otra novela ficticia que es, de alguna forma, un trasunto del propio Cuarteto de Alejandría.

Pero este juego de perspectivas no es lo único llamativo del Cuarteto de Alejandría o de esta primera novela de la serie: Justine es una obra hipnótica, laberíntica. Contada sin un orden cronológico, con saltos constantes en el tiempo en ambas direcciones, y sin apenas referencias cronológicas que permitan situar al lector, lo que ofrece es más un panorama de la decadente y sensual vida en Alejandría, que una trama propiamente dicha. El estilo lírico, sensorial y elíptico de Durrell, que exige inicialmente una cierta paciencia del lector pero que es un placer en sí mismo, también contribuye a esta sensación de estar leyendo más una fantasía que una ficción realista.

Esto no quiere decir que no haya una historia: en Justine se nos presenta la relación libre y abierta del narrador (un irlandés de nombre desconocido) con la dulce y simple Melissa, y con la ardiente y compleja Justine, una "judía histérica y decadente", como ella misma se describe en la obra, cuya capacidad para atraer a los hombres solo es superada por su capacidad de (auto)destrucción. Pero en realidad el argumento de Justine va mucho más allá del melodrama del triángulo amoroso: se nos habla también de Baltazhar, un judío obsesionado por la Cabala; del disoluto oficial consular Pombal, que le proporciona prostitutas sirias al narrador; de Nessim, el paciente marido de Justine... Un conjunto de personajes atrapados por la sensualidad y la confusión de Alejandría, incapaces de ser felices ni de encontrar un amor que no los destruya.

Quizás no añade mucho al disfrute de la novela, pero no estará de más decir que hay un trasfondo autobiográfico en la trama: Durrell vivió en Alejandría entre 1942 y 1945, y allí conoció a una joven judía, Eve Cohen (en la novela aparece un personaje llamado Cohen, que compite con el narrador por los favores de Melissa) con la que se casó en 1947 y tuvo una hija, Sappho Jane. También será útil recordar que Lawrence Durrell era amigo cercano de Henry Miller y Anaïs Nin: sus exploraciones de la sexualidad con un espíritu abierto y desinhibido (aunque con una estética mucho menos explícita) los sitúan en la vanguardia de la lucha contra el puritanismo de la época - un puritanismo, dicho sea de paso, que ha vuelto con fuerza en nuestros días transformado en lo "políticamente correcto"-.

Justine, la primera parte del Cuarteto de Alejandría, es una experiencia lectora prácticamente única: hermosa, sensual, difícil al principio pero progresivamente cautivadora, crea todo un universo de personajes y sobre todo un entorno urbano casi mítico que atrae y repele al mismo tiempo. Para vivir la experiencia literaria completa, imagino, habrá que leer la tetralogía completa; pero no toda de una vez, porque puede ser empalagosa; poco a poco, con tiempo, saboreándola...

P.D.: Sí, Lawrence Durrell es el hermano de Gerald Durrell, el de Mi familia y otros animales.

sábado, 23 de noviembre de 2024

Edward Carey: Los secretos de Heap House (Trilogía Iremonger, libro I)

Idioma original: inglés

Título original: Heap House

Año de publicación: 2013

Traducción: Lucía Barahona Lorenzo

Valoración: Más que recomendable

Metemos en una coctelera un buen chorrazo de narrativa dickensiana con regusto a distopía steampunk, una medida de Georges Perec y media de Harry Potter. Un par de chorritos de Gerald Durrell y de Roald Dahl (un poco más de éste. si se quiere). Unas gotas de Michael Ende y un destilado de novela de terror, para darle aroma (me refiero a Grady Hendrix, no hay que pasarse y poner, por ejemplo, de King). Se agita todo bien (o se mezcla, yo qué sé, que tampoco soy James Bond...) y después se empapa bien de Downton Abbey o del más añejo Arriba y abajo un terrón de Wodehouse para que se deshaga sobre la mezcla. Sírvase el combinado en vaso largo, adornado con una peladura de Tim Burton para darle color (negro, en este caso) y un par de guindas: una de amor adolescente y otra de crítica social. Paladear con delectación pero sin demasiada demora, porque este cóctel no se puede tomar solo, sino acompañado de otros dos. Eso sí, el disfrute para quien lo beba está garantizado...

En fin, yo casi que dejaría la reseña aquí, pero entiendo que puede ser difícil comprender a qué viene tanta gansada elegir esta forma de hacerla. Así que, para todos y todas ustedes, fieles lectores de ULAD, aquí va el preceptivo resumen resumido: La Heap House del título y donde transcurre esta novela es una inmensa mansión victoriana -no en vano estamos en 1875- situado en una aún mucho más inmensa extensión cubierta de desechos, Iremonger Park, a las afueras de la siempre jubilosa Londres. En ella vive casi la totalidad de  a familia Iremonger, que han construido su fortuna, desde el humilde oficio de chatarreros de sus lejanos antepasados, haciéndose con los residuos de la cercana pero a la vez lejana metrópoli. Porque casi ninguno de los Iremonger sale en toda su vida de la mansión, donde viven con toda clase de comodidades aquellos que se consideran de pura sangre -de pura sangre Iremonger, se entiende, pues tienen la costumbre de casarse entre primos-, atendidos por un innumerable ejército de criados y sirvientas, también parientes, pero más lejanos. La división entre las dos castas, que viven, respectivamente, en la parte superior e inferior de la gran mansión parece inquebrantable hasta que llega para servir de criada la huérfana Lucy Tennan, poco dispuesta a aceptar las reglas sin más ni más. Y que encuentra su reflejo en el inseguro Clod Iremonger, joven miembro de lo más selecto de la familia que vive con el tormento, desde su nacimiento,de ser capaz de oír lo que dicen los objetos... Algo sumamente incómodo y hasta perturbador en esa casa, no sólo porque se yergue en mitad de un extenso basurero -de hecho, la propia mansión se compone de partes de otros edificios, recogidos aquí y allá- sino porque en esa peculiar familia a cada nuevo miembro se le asigna un objeto personal del que no pueden separarse jamás; el de Clod, por ejemplo, es un tapón de bañera universal. Los objetos son en gran medida, como puede verse, el alma, la médula de este libro; mi aplauso, por cierto, a la traductora, que sospecho habrá tenido que consultar un sinfín de diccionarios para poder ofrecernos la nomenclatura correcta de tan variado utillaje.

Con todo esto que he contado creo que ya es suficiente para animar a cualquiera a leer esta novela. Pero es que además puede encontrar un sinfín de personajes peculiares, espacios laberínticos, peligros insólitos, aventuras y romance... Quizás a alguien le pueda alejar la apariencia de novela juvenil que tiene, pero, en mi opinión, no lo es o no sólo (porque también puede resultar, sin duda una estupenda novela juvenil); en todo caso, garantizo, como ya he explicado antes, que se trata de un libro totalmente disfrutable. Su única pega: que estamos ante la primera parte de una trilogía. Ahora mismo ardo en deseos de leer las otras dos...      

Nota final: se me olvidaba comentar que en el libro hay multitud de ilustraciones, sobre todo retratos de muchos personajes, realizados por el propio autor de la novela. Todo un plus, creo yo.