Título original: The death of Vivek Oji
Años de publicación: 2020
Traducción: Arrate Hidalgo
Valoración: recomendable
Título original: The death of Vivek Oji
Años de publicación: 2020
Traducción: Arrate Hidalgo
Valoración: recomendable
Año de publicación: 2026
Valoración: está bastantante bien (sobre todo para interesados/as en el tema)
Ha comenzado un nuevo curso escolar y, al menos en España, muchos y muchas docentes, y no pocos progenitores (bueno, de éstos quizá no tantos) comprueban con preocupación cómo, un año más, parece aumentar la popularidad de las ideas de extrema derecha entre el alumnado, especialmente en el sector masculino del mismo, incluso a edades muy tempranas... Los querubines que en Primaria sólo se preocupaban de jugar al fútbol y cazar pokémons (no estoy seguro de que esta actividad se siga haciendo, pero ya me entendéis) al llegar a la Educación Secundaria semejan gremlins que han comido después de medianoche y se declaran franquistas, cuando no filonazis, racistas, machistas, homófobos y aporófobos (porque todos creen que se van a hacer ricos como influencers, minando criptomonedas o montando una estafa piramidal como el tal Lla...
-¡Bueno, ya está bien, que siempre estás igual! Deja de meterte con las ideas que no te gustan, que todas merecen un respeto y...
-No, no lo merecen. Sigo: La tendencia parece evidente e imparable, pero la politóloga Alicia Valdés se ha preguntado si realmente esto es así o nos estaremos dejando engañar por ideas preconcebidas y, sobre todo, por los contenidos que a los medios de comunicación les vienen bien para generar visitas. En este pequeño ensayo (de ahí que lo haya etiquetado como Zoom), la autora explora, en primer lugar, las fuentes de esa idea tan extendida, ya casi tópica, de que el auge actual de la extrema derecha se debe al apoyo de los adolescentes y hombres jóvenes. Asismismo, la idea, no menos extendida, de que esa querencia por las ideas ultras se debe a una reacción ante los "excesos" del feminismo -idea que se extendió hasta convertirse en un lugar común , por lo visto a raiz de un artículo de John Burn-Murdoch publicado en el Financial Times-; Valdés dedica buena parte de las 50 páginas que, una vez eliminados índices, notas, agradecimientos y morralla editorial, componen este pequeño ensayo a desmentir ambas ideas: ni todos los chicos jóvenes son filofascistas -descarta, además, que la Z o como se diga sea "la generación más machista de la Historia"-, ni el feminismo tiene la culpa de que algunos lo sean. La culpa, por si alguien se la pregunta, es, por supuesto del capitalismo, o, mejor dicho, de la crisis del mismo, que ha propiciado una segmentación de la sociedad en grupos identitarios para hacer más eficaz aún la explotación de los individuos. Entre estos grupos, especialmente agraviados por la pérdida -aunque sea un sentimiento basado más en su percepción que en la realidad- encontramos a los hombres jóvenes, que aspiran al ideal de ser "hombres PPP" (es decir, Proveedores, Protectores y Procreadores) como lo fueron, supuestamente, sus ancestros. Pero ahora, las malvadas feminazis, los inmigrantes y la ideología woke se lo impiden a los pobriños... Esto es lo que creen ellos, no Alicia Valdés, claro. Aunque lo que sí piensa ella, es que "los partidos políticos de izquierda también son responsables del auge de la extrema derecha"... Vaya, esto es una novedad: echar la culpa a la izquierda de lo que hace la (ultra)derecha. Nunca habia oído algo semejante... Claro, que la idea se vuelve un poco (más) bochornosa cuando pone como ejemplos declaraciones y actitudes... del PSOE. No hay más preguntas, Señoría...
Ahora bien, tampoco quiero dejar la impresión de que este librito no me ha gustado, ni mucho menos. Entre los aspectos positivos que le encuentro están:
Año de publicación: 2026
Valoración: Interesante (pero con muchos reparos)
Si viene a nuestra memoria aquello de 'los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa', recordaremos que don Antonio Machado, en aquel Juan de Mairena que tuve la temeridad de criticar negativamente, recomendaba la sencillez para conseguir un lenguaje realmente poético. Seguramente Javier Moreno conoce este episodio, y aunque no parece probable que su intención fuese conseguir precisamente un lenguaje poético, sí lo es que pretende demostrar su erudición, no sé si para impresionar a sus lectores o a su editor, quizá a ambos. El caso es que el autor, conscientemente o no, hace todo lo posible para eludir la máxima de Machado, y su forma de expresarse resulta así, en demasiadas ocasiones, pomposa, pedante y casi siempre anhelante del sinónimo más oscuro para obligar al lector a agarrar el diccionario en busca de definiciones. El Quevedo de La culta latiniparla tendría también mucho que decir en este asunto.
He de reconocer que he visto casos peores, algunos de los cuales hemos reseñado aquí no hace demasiado tiempo. Cultismos innecesarios, latinajos y rebuscados recursos a la etimología griega, y múltiples citas que se manejan como argumentos de autoridad, son elementos omnipresentes en muchas páginas, que solo contribuyen a emborronar las tesis que se exponen. Si hablamos de citas, Moreno haría bien en seguir el ejemplo de ese peculiar filósofo serbio cuyos fragmentos se multiplican sin freno (a veces hasta dos o tres páginas completas) durante buena parte del libro hasta desaparecer de forma completa y abrupta: los textos de Radonic muestran el camino adecuado para expresar las ideas con claridad y sin ornamentos.
Habiendo dejado constancia de lo que me parece un lastre fundamental, también debo decir con sinceridad que el libro contiene reflexiones interesantes. Moreno ejerce un tanto de polímata, tocando casi todos los vértices del conocimiento (filosofía, psicología, matemáticas, arte, tecnología, física, mitología…), y de toda esa proliferación, seguramente excesiva, se pueden extraer algunas ideas de cierta importancia. La más significativa, y que como tal luce en el sugerente título, es la puesta en valor del azar, lo contingente que necesariamente acompaña al ser humano y que, queramos o no, define muchas veces nuestras vidas. El mundo actual, que quiere ser gobernado por la tecnología, intenta eliminar lo erróneo y lo fortuito, y esa obsesión por el control se lleva también por delante espacios de creatividad y los necesarios márgenes para que la duda y la incertidumbre actúen como palanca de nuevas ideas, en definitiva el progreso.
Este planteamiento se desborda, y a veces se difumina, en múltiples perspectivas, que con frecuencia tienen que ver, entre otras cosas, con la fe ciega en el progreso tecnológico (otra vez la IA, ya lo siento), e incluso con una reacción que desde ciertos sectores se dirige a la recuperación de las esencias, una especie de nuevo romanticismo que, en lo político, se traduciría en el crecimiento de los integrismos y el retorno a las tradiciones (ultraderecha).
Cuestiones de fondo bien trabadas y que escapan de los análisis simplistas que ofrecen buen número de ensayos que encontramos aquí y allá. Se agradece en definitiva un nivel intelectual apreciable y la capacidad para elaborar y manejar conceptos abstractos sin despegarse del mundo real, lo que hace que el libro presente un interés apreciable. Lástima entonces que el autor no haya sido capaz de evitar los reiterados raptos de erudición y tentaciones de creatividad que habrían tenido mejor acomodo en textos de otra índole: hacen oscuro lo que de interesante tiene el libro y hasta puede provocar la huida del lector. En mi caso faltó poco para conseguirlo.
Título original: The Yellow Birds
Año de publicación: 2012
Traducción: Jesús Gómez
Valoración: recomendable
Quizás estemos llegando a cierto momento en que el género bélico resurja de alguna manera, aunque sea para mostrar cierta permeabilidad en sociedades, en momentos en que las actitudes que implican cierta violencia han dejado de ser patentemente reprobables y empezamos a otorgarles cierta justificación, algo que quizás no sea un abierto beneplácito, ya se verá, pero que ya no es un rechazo abierto. No puedo evitar referirme al obvio auge de las escuelas de boxeo, a la omnipresencia de la UFC, a una serie de detalles que nos revelan cierta inflexión en una tendencia de décadas. Lo cierto es que la sangre en un ring es algo a lo que empezamos a acostumbrarnos, de nuevo.
¿Es que esto debería asustarnos? Bueno, es una reflexión necesaria, pero lo que está claro es que, por una serie de factores, la plasmación gráfica de la violencia o su descripción, como la que contienen las páginas de Los pájaros amarillos, ya no escandaliza, ya ni siquiera parece que pueda parecernos ofensiva, por cuanto ese es un entorno que empieza a ser habitual. Ésta es una novela bélica, la historia del soldado Bartle, veintiún años y en acción en Irak en 2004, precipitadamente alistado y enviado a misiones acompañado de Murph, este de dieciocho, que queda a su cargo de cierto simbólico modo, pues ambos proceden de Virginia. La novela se situa en tres escenarios en que los capítulos van saltando: los poblados que se convierten en zonas de combate, Virginia, una vez Bartle regresa tras el incidente que marca la narración, y la fugaz presencia de una zona de tránsito en Alemania que sirve de escala para su regreso.
Se me hace difícil considerar esta novela como un abierto alegato antibelicista, no lo es al uso de alguna otra novela aunque tampoco es exactamente una novela de acción. El componente psicológico es importante, por cuanto Bartle (que parece un alter ego de su autor, que también combatió) carga con la narración y su tono es más apático y resignado que inflamado y emocional. Quizás un adecuado reflejo de lo que representa afrontar esas situaciones a esa edad. Cierto es que el conflicto ha sido abordado ya desde ciertas perspectivas más o menos críticas - la excelente serie Generation Kill - o incluso con tonos más periodísticos como en cierta brillante novela de Álvaro Colomer, pero sorprende el tono casi monocorde de la narración de Bartle, supongo tomado de forma consciente, y que no deberíamos interpretar como una banalización, más bien como una abnegada asunción de que ciertas decisiones no tienen camino de vuelta.
Año de publicación: 2018
Valoración: muy recomendable
Todo en esta novela de Isaac Rosa está al revés. Desde el título que introduce un giro al que no estamos acostumbrados, hasta la propia ordenación de la novela que comienza por un epílogo y finaliza con un prólogo. Desde luego, no es una decisión improvisada, puesto que el escritor sevillano decide romper el orden cronológico y nos presenta a una pareja en el momento de demolición absoluta de su relación sentimental y avanza hacia atrás finalizando con un prólogo en que nos descubre cómo se conocieron y enamoraron.
Comienza la novela con una primera frase que constituye una declaración de intenciones de la pareja protagonista: "Nosotros íbamos a envejecer juntos". Con esta frase inicial en pasado, ya sabemos que ese objetivo común no se va a cumplir. Lo que sigue es una radiografía desoladora de los entresijos de una relación que se ha derrumbado por la situación de incertidumbre personal y laboral con la que tienen que lidiar nuestros protagonistas y a la que no son capaces de sobrevivir.
Nuestros protagonistas son dos urbanitas (periodista y profesora de mediana edad), cuya relación se ha desmoronado. Isaac Rosa va dando alternativamente la voz a uno y otro y nos van descubriendo los motivos que les llevaron a romper ese proyecto común.
Los primeros capítulos son durísimos. Desde el rencor y el resentimiento que conlleva el final de una convivencia, ambos protagonistas van disparando dardos que apuntan a la línea de flotación de su relación y reconocen que, muy probablemente, todo se empezó a romper por la dificultad de lidiar con el día a día, por una obsesión por la gestión: "En casa debíamos gestionar horarios, tareas domésticas, menús diarios, ingresos y gastos. ¿ Por qué no escribes un libro de autoayuda? Aprende a gestionar tu vida en diez pasos. Gestiona tus sentimientos para alcanzar tus objetivos. Estoy harta de gestionar. Llevamos años gestionando y mira donde hemos acabado".
Hacia la mitad del libro, descubrimos que las dudas, las inseguridades y las pequeñas traiciones alentadas por la aparición de terceras personas fueron minando la vida en común de nuestros protagonistas. En este punto, Rosa realiza un análisis demoledor de los mil y un vericuetos por los que se desliza la convivencia diaria de una pareja y comprendemos la cantidad ingente de elementos externos que van minando la relación amorosa: la rutina diaria, la precariedad laboral, la responsabilidad de los hijos les lleva a "un desarmarse lánguido, hecho de silencios, aburrimiento existencial y miradas graves. Años de discutir nos habían provisto de un arsenal de agravios, frases hechas, réplicas redondas, maniobras retóricas, emboscadas, zancadillas burdas, estocadas de admirable fineza, vías de escape y sofisterías varias".
La última parte recoge la fase de enamoramiento de Ángela y Antonio, nuestros protagonistas, pero sabiendo como sabemos cúal va a ser el desenlace de la historia la sensación de tristeza es absoluta: "Queríamos saberlo todo, queríamos contarlo todo...Esa pulsión comunicadora de los enamorados que no pueden dejar de hablar, que necesitan enlazarse para contarse con más fuerza. Repasábamos nuestras vidas previas, todo ese tiempo anterior en el que estábamos en el mundo sin sabernos y ya todo nos empujaba a encontrarnos".
Hemos llegado al prólogo, que en el caso de esta novela es su final. Llegamos exhaustos, con una tensión emocional altísima, sobrecogidos por la ruina de una relación amorosa que sus protagonistas creyeron eterna y que nos desarma porque entendemos las causas de ese fracaso.
Con un lenguaje minucioso y pausado, Isaac Rosa realiza un análisis de una gran complejidad psicológica, disecciona con gran habilidad las emociones humanas y realiza un retrato generacional que enmarca dentro de una crisis más amplia, que es la de la demolición de las convenciones sobre las relaciones amorosas.
Es un libro muy recomendable, pero es una lectura que nos lleva al límite.
Otros libros de Isaac Rosa en Ulad: Las buenas noches, La mano invisible.
En realidad no reseñaría mucho más de Los Beatles, habida cuenta que todo lo que se ha dicho y escrito es de sobra conocido por el mundo o, al menos, por los interesados. Me parece, por ejemplo, que el libro de Geoff Emerick es uno de los mejores ejemplos de lo que debe ser una autobiografía y a la vez un análisis racional y/o emocional de lo que te apasiona. Mi análisis va más encaminado por el lado del autor de las dos obras reseñadas. Al detectar cierto patrón curioso, me pareció que debía advertir de cierto carácter tendiente a la autojustificación, de corrección política (no por el contenido, ojo, sino por su relación con los integrantes de esta banda) y a la idolatría por la idolatría.
Arranca contando una anécdota del autor con Los Beatles, cuando ya la fama los apabullaba, pero la seguridad no era tan urgente como para no dejar pasar a un periodista random sin preguntarle por sus credenciales y termina con otra anécdota con Paul McCartney durante uno de sus recitales, en donde le cuenta que estuvo investigando su vida durante años (lo cual, a mi parecer, es algo alarmante que te lo suelten así de una, por más que te hayas escrito vía mail). Entre medio, relata toda la historia del cantante, desde su infancia hasta su último matrimonio (quizás el único punto positivo de este libro es que cubre períodos que muchos otros ni se ocupan de tratar, como considerando que la carrera de McCartney acabó con Los Beatles).
Ahora bien, más allá de esta sinopsis, que es lo mínimo que debe tener cualquier biografía, el problema no radica tanto en lo que cuenta, sino en cómo. Por ejemplo, y aunque no soy partidario de ocultar las polémicas de los artistas (pero tampoco de hacer cizaña por ello), ¿era necesario ocupar capítulos y capítulos acerca del divorcio con Heather Mills? Si bien me reveló algo que desconocía, ya que la investigación es exhaustiva (cubre hasta los juicios), hubiese preferido que me relatara, de esa manera, los discos que grababa, algún comentario para cada canción, algún detalle musical que pusiera de manifiesto el genio, y no frases sucintas sobre discos enteros, como si no valieran la pena. McCartney tiene mucho relleno, pero si estás haciendo una biografía, qué menos que respetar cada época.
Pero en general el libro se centra excesivamente en cosas que no son tan interesantes. Sí, en 1980 habrá sido un escándalo que lo arrestaran en Japón por posesión de marihuana, pero no sé si funciona dedicarle tanto espacio y tratarlo como algo traumático cuando ni el propio McCartney lo ve así. A veces da la sensación de que Norman está desesperado por desentrañar la figura del cantante. En algún momento dice que, aun uno de los máximos exponentes de la figura pública, en realidad no se sabe mucho de él. Mi punto es, entonces, que una biografía debería exponer más los hechos, quizás aderezados con reflexiones pertinentes, pero no dejar que el personalismo del autor manche cada página, porque lo único que sugiere es que, en realidad, no termina de entender la figura con la que trata y que solo escribe el libro para los trapos sucios y provocar conatos de escándalos. Quizás lo más emotivo del libro, cuando Norman se olvida de él mismo y se limita a contar lo que pasó, es la muerte de Linda McCartney por un cáncer, recalcando sus buenas obras y lo mucho que contribuyó al vegetarianismo y otras vertientes, amén de demostrar que era un pilar fundamental en la vida de su esposo.
Veamos. Si en una biografía de Paul McCartney te disculpas con el propio músico por ciertos comentarios despectivos que hiciste en una biografía general de Los Beatles (y lo tenés que hacer muy mal para que un músico te recuerde por lo que escribiste, pero si escribís que Lennon era 3/4 de la banda, qué querés que te diga...), y luego en esa biografía criticás de manera solapada a uno de sus compañeros de banda, para luego, en la biografía del mismo, disculparte con la esposa e hijo del fallecido por unas opiniones de muy mal gusto en la necrológica que le hiciste, ¿qué tengo que pensar yo de tu valor como periodista, de tu capacidad para tener la lengua floja? Y esto no es un ataque por atacar, más allá de que la figura de Harrison me interese más que la de McCartney, es que son conexiones textuales que uno puede hacer en base a las palabras de Philip Norman. Para mí es venderme un caballo con dientes podridos.
Y este pensamiento se cumple apenas uno ve la extensión de ambas biografías: menos de la mitad para esta. No es que la extensión represente algo necesariamente, pero luego de leerla uno se da cuenta de que a Norman no le interesaba tanto Harrison, y punto. Uno puede decir que debe reducir información a riesgo de repetirse en el período beatlesco, pero viendo que la de McCartney es larguísima, tengo que suponer que la de Lennon, la primera que hizo, debe de ser igual o más larga (revisé este dato luego de escribir esto, y en Anagrama son 840 páginas).
Realiza el mismo recorrido que la de McCartney: infancia, Beatles, separación, carrera solista, infidelidades, divorcios y enamoramiento de Olivia Arias, su interés cinematográfico (lo mejor del libro, en donde revela un Harrison no tan conocido, y mucho más dotado de sentido de humor que lo que se suele mostrar), el ataque en su propia casa por parte de un desquiciado y su muerte por un cáncer. Pero, si en la de McCartney Norman al menos se esforzaba por dedicar páginas y páginas sobre algún hecho que le interesara, acá todo se escribe de manera más escueta. Lo único que le merece la pena, como música, es All Thing Must Pass, y el resto de los discos se comentan muy por arriba; ni hablar de profundizar en las canciones ni en el mensaje de Harrison, por más contradictorio que haya sido su actitud en vida. Mejor insistir en la sexualidad galopante de Harrison, que no dejaba pasar ni una ocasión de ponerla a prueba, o en el fanatismo con su mansión pero a la vez el desinterés por todo lo terrenal. A uno le puede divertir o le puede causar indignación el morbo de enterarse de la vida privada, o quizás puede reubicar a sus figuras en el panteón de acuerdo a lo que se va enterando, pero tanto foco en el cotilleo, o mejor dicho, de analizar los hechos bajo una perspectiva más de prensa rosa que de periodismo serio, termina por hastiar. Hasta el ataque sufrido y su posterior muerte están tratados, no digo con ligereza, pero sí con desgana.
Norman dice que la familia no le otorgó tantos permisos, documentos y entrevistas con el entorno de George Harrison como la de McCartney, pero eso ya no es culpa del lector, que tiene que tragarse una biografía muy resumida y que no termina por exponer nada transformador acerca del personaje, sino del propio Norman, que tira la piedra y esconde la mano. En definitiva, ambos libros se pueden resumir en: "lo que dice Pepito de Juan habla más de Pepito que de Juan".