Idioma original: francés
Título original: La place
Año de publicación: 1983
Valoración: Está bien
Hace ya muchas
décadas que los lectores nos hemos convertido –quizá demasiado a menudo y,
desde luego, de forma involuntaria – en voyeurs de vidas ajenas. Ese
exhibicionismo impuesto no siempre es lo que buscábamos. Hay vidas que nos
seducen por el motivo que sea –sensibilidad, estilo, dosis justas de audacia y
discreción, interés de sus contenidos etc.–, pero si no encontramos nada de
esto, el rechazo quizá sea más fuerte que el que podamos sentir hacia una obra
de ficción que no nos acaba de enganchar. A mí, estas memorias sobre el duelo
por el fallecimiento del padre me han parecido innecesariamente indiscretas en
aquellas cuestiones que dejan en evidencia al retratado y rozando la banalidad
cuando describe un dolor que no tiene nada de especial o esos, bastante anodinos, años de convivencia.
Cada artista
elige un camino, y Ernaux se inclinó por exponer su vida en gran parte de sus
obras. Estaba en su derecho, faltaría más. Ha sido admirada por ello, incluso
ha generado discípulos. Bien, como suelo repetir, los gustos son libres y yo, aunque
el texto apenas rebasa el centenar de páginas, estaba deseando llegar a la
última. Me aburría, no conectaba conmigo. Pero no vean una crítica en esto: admito
que la autora sabe poner al lector bajo su propia piel con muy pocos elementos (simplicidad
que no considero un valor: tanto el relato en sí como la prosa me parecen
demasiado esquemáticos). Se trata de mi reacción personal, seguramente
provocada por cierto empacho del género memorístico. Y no es que lo rechace,
pero le exijo unos mínimos que, en este caso, cumple solo a medias.
El lugar es aquí un término polisémico. Se refiere al
hogar que ha compartido con sus padres, a la localidad dónde han vivido juntos,
pero sobre todo a la posición social que compartió con ellos en la niñez, de la
que se deshizo en cuanto tuvo ocasión de hacerlo y al nuevo estatus que
adquirió ya de adulta. Esto implica nuevas experiencias, gustos distintos,
diferente mentalidad, mutuo sentimiento de extrañeza, lenguaje más cultivado y
complejo, amistades y amores de más alta
extracción social, mayor seguridad en sí misma y un larguísimo etcétera. Existe
un sentimiento soterrado de vergüenza por el orgullo que representa para ella
este salto. Vergüenza por el orgullo, sí, parece complicado, pero es
exactamente eso lo que se deduce del relato, lo que encontramos casi en cada
frase, y que se expresa de forma tan sutil como efectiva. Un logro bastante
difícil que es justo reconocerle. Mandamos a la niña a estudiar y ya no sabemos quién es, esto es lo que refleja la actitud de un padre, orgulloso e
incómodo a partes iguales, un padre que adora a su hija y se siente perplejo
ante el resultado de su trayectoria. Era de esperar, sin embargo, aunque a los
interesados les pille por sorpresa casi siempre.
“… los vecinos
vigilaban la blancura y el estado de la ropa tendida a secar, y sabían si se
vaciaban los orinales todos los días. Aunque las casas estaban separadas unas
de otras por setos y desniveles, nada escapaba a la vista de la gente, ni la
hora a la que el marido había vuelto del bar, ni la semana en que los paños higiénicos debían balancearse al
aire.”*
Un ambiente que
puede asfixiar a poco que uno se ha alejado de él, así como ese primitivismo en
gestos y actitudes y que está bastante bien descrito. No solo el de su
infancia, también el de la generación anterior a sus padres, cuyas vivencias de niñez y juventud le parecen más medievales que acordes a su época (“Cuando ahora leo a Proust o a Mauriac, no
creo que evoquen los tiempos en que mi padre era niño. El panorama de mi padre
era de la Edad Media”). (Hay que decir que Ernaux nació en 1940, pero a
partir de la IIGM el panorama había cambiado bastante). Hasta el padre
reconocía que sus textos escolares, en los que animaba a los niños a sentirse felices con su suerte de pobres, eran
todo un despropósito. Por eso el matrimonio peleó durante toda su vida hasta
conseguir un negocio propio, humilde y que no rendía demasiado pero, al menos, les
libraba de la esclavitud de la fábrica.
Sin embargo la nostalgia está siempre presente
en ella. Del padre vivo, del padre joven, de su propia infancia, de esa
ingenuidad y despreocupación que hubo de sustituir más adelante por un
esnobismo no siempre fácil de mantener, de la complicidad familiar destruida para
siempre… Una ambivalencia casi tan dolorosa como la propia pérdida, como todas
las pérdidas y renuncias que hubo de experimentar en su vida. Igual que todos,
por otra parte.
(*) La cursiva es mía.
Traducción: Nahir Gutierrez
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