martes, 18 de diciembre de 2012

Eduardo Mendoza: Tres vidas de santos

Idioma original: español
Año de publicación: 2009
Valoración: Recomendable

Para no ser especialmente fan de Eduardo Mendoza, la verdad es que ya le voy leyendo bastante. Sigo dejando para el final La ciudad de los prodigios y La verdad sobre el caso Savolta (que leí hace demasiados años como para que sea recomendable hacer la cuenta), y ataco ahora estas Tres vidas de santos, un volumen de tres relatos de diferente extensión y temática. Como explica Mendoza en el prólogo, el concepto de "santo" al que hace referencia el título no es el del santoral católico, sino que se acerca más bien al de "persona que encarna una idea", aunque esta idea sea absurda o exagerada y aunque esta idea haga que estos personajes no encajen en el mundo real del resto de los mortales.

Los tres relatos, dice también Mendoza, corresponden a tres momentos distintos de su producción: la inicial, la intermedia y la "más reciente"; y esta evolución se nota. El primero de ellos, "La ballena" es un relato, aunque con aspectos hiperbólicos, anclado en la realidad de la Barcelona del Congreso Eucarístico Internacional de 1952. A él llega un obispo centroamericano de aspecto estrafalario y no muchas entendederas, que por motivos políticos se verá imposibilitado de volver a su país. Su llegada cambiará la vida de toda la familia del narrador, que se encarga de acogerlo.

El segundo relato, "El fin de Dubslav", abandona este realismo y se sumerge en el ámbito de la parábola: el protagonista, Dubslav, sufre dos ataques misteriosos que lo dejan al borde de la muerte, y decide abandonar la civilización para internarse en el continente africano en busca de un lugar que vio en un documental de la televisión. Un telegrama, en que se le comunica la muerte de su madre y la atribución (a ella, a la madre) de un premio por sus contribuciones a la oftalmología, lo sacará de su retiro y lo lleva a pronunciar un discurso que desnuda lo absurdo de la civilización y de la realidad en conjunto.

El tercer relato, "El malentendido, tiene una moraleja parecida, si es que se puede denominar así, aunque en este caso específicamente aplicada al mundo de la literatura. El protagonista es Antolín Cabrales, un recluso en un centro penitenciario que se aficiona a la lectura, y que a la salida de la cárcel terminará convertido en escritor de éxito. Solo que, explicará el propio Antolín a su antigua profesora, Inés Fornillo, en realidad se trata de un malentendido: la literatura que él escribe (¿toda la literatura?) es en realidad una farsa, un simple truco, pura técnica y prestidigitación, nada de arte ni de inspiración ni contacto con las musas.

Este último relato da que pensar, sobre todo reflexionando sobre la carrera del propio Eduardo Mendoza. Puede que sea solo un relato, irónico y burlesco como casi todo lo que ha escrito últimamente; pero también puede reflejar un descreímiento real hacia la literatura: el hastío de alguien que comenzó creyendo en la capacidad de la literatura para... para algo (y ese alguien escribió La ciudad de los prodigios o La verdad sobre el caso Savolta), y que llegado un momento decidió que prefería escribir cosas como Sin noticias de Gurb o El enredo de la bolsa y la vida). Pero a lo mejor estoy sacando las cosas de quicio, y este relato solo es una broma más de Mendoza...

Sea como sea, Tres vidas de santos es una obra interesante para conocer a su autor: con un toque humorístico aunque sin llegar a la "astracanada", siempre aficionado a los seres extravagantes y a las situaciones absurdas, Mendoza demuestra que sabe lo que hace con una narración, ya sea en forma de retrato realista o de parábola. Creo que ya no debería esperar más, y leerme sus primeras obras, a ver...

Otros libros de Eduardo Mendoza en Un Libro Al Día: La ciudad de los prodigios, El enredo de la bolsa y la vida, El misterio de la cripta embrujada, Sin noticias de Gurb, El laberinto de las aceitunas, El año del diluvio, Una comedia ligera, Los soldados de Cataluña

lunes, 17 de diciembre de 2012

Hans Magnus Enzensberger: Hammerstein o el tesón

Título original: Hammerstein oder Der Eigensinn
Idioma original: Alemán
Año de publicación: 2008
Valoración: recomendable

No soy un habitual de libros de historia.
No soy un habitual de biografías.
No soy un habitual, tampoco, de libros cuya primera frase dice que un matrimonio "fue bendecido" con siete hijos.
Pero resulta que todo lo relacionado con la Alemania nazi me tiene, como a millones de lectores, abducido. Completamente. Ya me quedé con las ganas de reseñar HHhH en su día, así que me quito la espina con esta biografía de un general opositor a Hitler.
El tono del libro es de una enorme solemnidad. Muy apropiado por lo severo del tema tratado, si bien en algún momento se aprecia una cierta ruptura: el autor se toma una licencia para imaginar diálogos, tanto banales como aquellos en los que, uno intuye, se está decidiendo y opinando sobre hechos de gran repercusión para la historia de la humanidad.

Todo ello sin opinión ni pronunciamiento: hechos que hablan por sí solos. Sí, el tono del libro es solemne, pero conforme se avanza se vuelve, casi, siniestro. A la vez que uno lee sobre las intrigas y las depuraciones y las crecientes sospechas, uno dejaría el libro un momento y miraría tras de sí y se levantaría a comprobar que la puerta de casa está cerrada. Ese es el mérito de Enzensberger. Extraer una parte relativamente desconocida dentro de una historia de sobras conocida, y convertirla en, casi, un entramado de ficción, merced a la introducción de diálogos reales y del recurso por el cual realiza una serie de "entrevistas póstumas" con algunos de los personajes. Aportarle, entonces, un aire de suspense, una sensación leve de precipitarse por una rampa, la de los acontecimientos, sin pecar de frivolidad, sin abandonar la gravedad.

Es así como se aleja la lectura de sus más de 350 páginas de la experiencia de leer un reportaje periodístico en una de esas revistas dedicadas a la historia. No es sencillo, cuando se trata de temas tan delicados como sumidos, espero, en la mayor de las unanimidades a la hora de juzgar su crueldad y sus consecuencias. Sí, después de HHhH, después de la reseña de Si esto es un hombre, volvemos al socorrido tema de la Europa del nazismo y la Segunda Guerra Mundial. No sólo porque dan juego literario a libros interesantes y recomendables como éste. También porque, día tras día, surgen nuevos motivos para no olvidar ni un detalle de lo que sucedió.

No hay nimiedad en estas historias, no hay cuestiones menores cuando se habla con tal profusión de todas las maniobras por las que los nazis accedieron al poder, y de toda la crueldad que usaron no sólo para ese acceso, sino para la gestión de ese poder. Así, Hammerstein o el tesón transcurre paralela a los hechos reales, que nos van acompañando, sin apenas menciones al desarrollo del conflicto bélico, que parece aquí ser un telón de fondo para las intrigas políticas y militares, para la constante persecución y la sospecha, para hacernos una idea de lo que era, incluso para clases relativamente dominantes y acomodadas, vivir bajo el régimen del terror y la arbitrariedad.

El propio autor aclara en un postfacio que no debe, a pesar de sus licencias, considerarse el libro como una novela. Y que la figura de Hammerstein también ha sido mencionada en la obra de Alexander Kluge. Motivos no le faltan a Enzensberger: Hammerstein o el tesón es una lección histórica con más aristas de las que parece a primera vista; una vez finalizada la contienda, los miembros supervivientes de la familia toman diversos destinos, diversas posiciones políticas, con el factor común a todos ellos de no haber abrazado jamás, a pesar de todo, el nazismo. Viven a ambos lados del telón de acero y sufren las nuevas oleadas de totalitarismo y grados parecidos de presión y de sombras sobre el ejercicio de la libertad individual. Pero, parece, todos aguantan. con firmeza. Ése es el tesón al que se refiere el autor.

También de Enzensberger en Unlibroaldía: En el laberinto de la inteligencia, Tumulto, Esterhazy

domingo, 16 de diciembre de 2012

Fred Vargas: El ejército furioso

Idioma original: francés
Título original: L'Armée furieuse
Año de publicación: 2011 
Valoración: recomendable

Los que sigan este blog desde hace un tiempito ya sabrán que me gusta la novela policiaca; es una especie de placer culpable, que sienta muy bien para descansar la cabeza de grandes profundidades y, simplemente, disfrutar del placer de la lectura. Eso es lo que pido a este tipo de novelas, y esto es lo que ofrece Fred Vargas: historias que enganchan, misterio, personajes sorprendentes y un final que cierra todos los hilos, aunque resulta algo traído por los pelos, en mi opinión.

El ejército furioso pertenece a la serie del "comisario Adamsberg", y continúa donde terminó Un lugar incierto, con el comisario compartiendo casa con su recién descubierto hijo Zerk; como en aquella novela, también en esta se mezcla la investigación de dos crímenes (se ve que eso es marca de la autora): por una parte, un multimillonario y archipoderoso empresario parisino ha sido quemado vivo en su coche y las sospechas recaen (injustamente, piensa Adamsberg) en un joven pirómano; por otro lado, en un pequeño pueblo normando se ha desatado una ola de asesinatos provocada por la Mesnada Hellequin, algo así como una Santa Compaña noreuropea, que persigue a las personas culpables para hacerles pagar por sus crímenes. Ah, y todavía hay un tercer misterio: descubrir a la persona que ató cruelmente las patas a una paloma enfrente de la comisaría. ¿Será capaz Adamsberg de resolver tanto misterio? Por supuesto, de eso y mucho más.

Como se puede ver por este resumen, y por la reseña que hice de Un lugar incierto, la autora reincide en ciertas características que pueden funcionar más o menos: me refiero a la sobrecarga de enredos, y al establecimiento de conexiones entre tramas aparentemente alejadas las unas de las otras; y la mezcla de lo meramente policiaco con un elemento fantástico y sobrenatural. A los fans del género detectivesco puro probablemente les ponga muy nerviosos esta mezcla, así como los métodos bastante anárquicos de Adamsberg, que nada tienen que ver con la estricta racionalidad de los modelos prototípicos del género.

Confieso que hay una cosa que me distraía un poco al principio, y que luego conseguí superar, aunque volviera a llamarme la atención aquí o allá. Me refiero a algunas elecciones de la traductora (la muy premiada y muy reconocida Anna-Hélene Suárez Girard), y a algunas erratas de la edición (así a bote pronto recuerdo una pregunta sin signo de interrogación de cierre; un "por qué" que debería ser "porque", un "mensajería saturada" cuando la opción más natural en español habría sido "buzón lleno" o "bandeja de entrada llena"...). En fin, son pequeñas cosas que en este caso no llegan a ser graves, pero que distraen.

Pero aparte de estas pequeñas menudencias, y volviendo a lo que decía al principio, El ejército furioso ha sido una lectura refrescante después de una buena temporada sin tiempo para leer novelas. Sigo pensando que no será la última novela de Fred Vargas que lea.

Otros libros de Fred Vargas reseñados en ULAD: Un lugar incierto, Los cuatro ríos, Tiempos de hielo, La tercera virgen

sábado, 15 de diciembre de 2012

Iban Zaldua: Ese idioma raro y poderoso

Idioma original: español
Año de publicación: 2012
Calificación: muy recomendable

Según afirma Iban Zaldua en el prólogo de Ese idioma raro y poderoso. Once decisiones cruciales que un escritor vasco está obligado a tomar, este libro –o panfleto, como él lo llama– es un intento de poner en orden sus ideas acerca de la literatura y de los escritores vascos. No sólo cumple ese deseo (o eso parece, al menos), sino que además escribe un excelente ensayo sobre las virtudes y defectos de una literatura que, desgraciadamente, se mira siempre con demasiados prejuicios (tanto desde un lado como de otro).

A pesar de que Zaldua habla de once decisiones que un escritor vasco debe tomar antes de ponerse a escribir, éstas giran en torno a tres realmente importantes: escribir en euskera o en castellano/francés (aunque esto vale sólo para los escritores bilingües, claro; los monolingües no tienen este problema), hablar de ETA o no y seguir una tradición literaria que no es como para tirar cohetes o las tendencias contemporáneas de la narrativa internacional.

Después de plantear las decisiones a tomar por los escritores, Zaldua (que publica tanto en euskera como en español) dedica las páginas de este libro a analizar la literatura y el sistema literario vascos (especialmente, de los últimos cincuenta años, que son los que más nos interesan) y, sobre todo, qué escritor ha escrito qué y por qué.

Pero también se pregunta si realmente todos los escritores deben plantearse estas decisiones antes de sentarse a escribir. ¿Acaso no hay quien escribe un libro sobre el tema que le apetezca utilizando el idioma quele apetezca (o que mejor domine)? Sin duda. Pero, por alguna extraña razón, siempre se da por sentado lo contrario.

Lo mejor de esta obra, sin embargo, es que Zaldua no se muerde la lengua y dice sin tapujos qué obras/escritores tienen calidad y cuáles han sido sin duda sobrevaloradas/os por un mercado ávido de novedades (o de nuevas caras, o de lo que quiera el mercado en cada momento). Pero también, eso sí, habla con respeto, sin caer en peleas personales y proporcionando sobrados argumentos (atendiendo sólo a lo estrictamente literario) para defender sus palabras.

Es éste, sin duda, un libro necesario para todo aquel que esté interesado en la literatura vasca, para descubrir que algunos de los escritores encumbrados ni son tan buenos ni se merecen estar en el lugar que ocupan y para acabar con muchos prejuicios que tienen, tanto quienes escriben/leen en español, como quienes escriben/leen en euskera.

También de Iban Zaldua en ULAD: Biodiscografías, La isla de los antropólogos y otros relatos, Si Sabino viviría, La patria de todos los vascos

viernes, 14 de diciembre de 2012

Donald Ray Pollock: El diablo a todas horas

Idioma original: inglés
Título original: The Devil All the Time
Año de publicación: 2011
Valoración: muy recomendable

Hace un par de años nadie tenía ni idea de quién era Donald Ray Pollock. En febrero de 2011 Libros del Silencio publicó su volumen de relatos Knockemstiff (reseñado en ULAD aquí). En marzo de 2011 nadie sabía pronunciar Knockemstiff. Unos meses después, mucha gente sabía quién era Pollock, mucha gente sabía pronunciar esa palabra de 12 letras y, además, mucha gente sabía que ese lugar existe y está en Ohio. Y "mucha gente" quizá se queda corto.

Efectivamente, Knockemstiff tuvo una importante repercusión en nuestro país y, lo que es más importante, exclusivamente por razones literarias: Donald Ray es un cabrón feroz, áspero, sarcástico y cruel, pero sobre todo es un escritor enorme, con un gran talento para contar historias, atrapar al lector y concebir personajes inolvidables. No he leído la versión original, pero seguro que la traducción de Javier Calvo también ayudó a que el libro fuese justamente valorado (nota mental: Calvo traduce a Pollock y también a Palahniuk; es de suponer que dentro de unos años termine escribiendo cartas desde Rodez...).

En todo caso, cuando la editorial anunció que publicaría la primera novela del autor la red empezó a arder y una pregunta inevitable circuló sin descanso en los corrillos literarios, en los blogs, en las iglesias y en los mataderos: "¿Estaría a la altura de su impresionante debut?" Desde luego que habrá opiniones para todos los gustos; en mi caso, leído y releído, no solo creo que está a la misma altura sino que es todavía mejor. Incluso mucho mejor: porque el seguimiento que Pollock realiza a lo largo de los años de sus personajes le permite profundizar en el hoyo que estos van cavando, sin darse cuenta, y que constituye una de las tesis fundamentales del texto: la tensión entre la esperanza y la desesperanza.

Superada la tremendísima portada que Alfonso Rodríguez Barrera ha realizado para la edición española, lo que nos encontramos es la sobrecogedora peripecia vital de una serie de personajes aturdidos, horrorizados, resignados, violentados, agredidos, prisioneros, excluidos. Puro Pollock, puro Knockemstiff. Hombres y mujeres que conviven con la putrefacción y el asesinato, con la ira, con la vergüenza, con Dios, con el miedo... Dios está muy presente, sí. Pero no es exactamente Dios: es la idea equivocada de Dios; el Dios deforme y sádico que los humanos son capaces de crear para justificarse, para enfrentar sus carencias, sus afectos mórbidos. Un monstruo que recorre silenciosamente las páginas de la novela y, sin embargo, pesa: sobre los protagonistas, sobre la tierra árida, sobre el lector.

A mitad del texto, más o menos, descubrí algo que me cambió completamente su lectura: cómo Pollock reserva, para cada uno de sus vástagos, para esos personajes alejados del orden, de la ética cotidiana, tan cercanos a cadáveres chapoteando, una idea peculiar de La Belleza. Las mayúsculas no son gratuitas. Quisiera contrastar este hecho con otros lectores... El niño Arvin, Carl el gordo, el guitarrista paralítico Theodore... ellos y otros son, digamos, conscientes de la inmundicia que los rodea, conscientes de una forma descarnada; y sin embargo, parte de su batalla diaria es hacer frente al dolor proponiendo un margen para la Belleza. Una belleza afectada por la misma enfermedad que Dios: belleza hedionda, belleza equivocada, belleza que viene de un lugar horrible y va hacia otro todavía peor. Esa belleza que se podía intuir en Knockemstiff y que, para mí, se hace mucho más evidente en esta novela espeluznante, imposible de dejar, dolorosa y magnética como un anzuelo enganchado en la boca que tira de ti hasta que la carne se abre.

Subrayé una frase que resume muy bien el tono que me transmitieron las primeras páginas:
Algunos de los huesos que colgaban de los alambres y los clavos traqueteaban suavemente al chocar entre sí, emitiendo un ruido que sonaba a música hueca y triste.
Donde "los huesos" pertenecen, entre otros, al perrito del niño Arvin, que su padre ha sacrificado y colgado para pedirle a Dios un milagro.

Así están las cosas por la hondonada. 

También de Donald Ray Pollock en ULAD: Knockemstiff

jueves, 13 de diciembre de 2012

Don DeLillo: Cosmópolis

Título original: Cosmopolis
Idioma original: Inglés
Año de publicación: 2003
Calificación: intragable

Ya está. Ya he acabado mi primer libro de Don DeLillo, tras intentos vanos con otros tres, que no voy a detallar aquí. Y, francamente, pido a los dioses que me mantengan alejado de los libros de este tipo por el mayor tiempo posible. Puede que pruebe con ese Submundo que tanta gente entroniza, pero será un día lejano. Antes, necesitaré airearme un poco con otras lecturas.
Si he evitado usar la etiqueta autogenerada me caerán capones por tos los laos es, primero, porque se acerca la Navidad y espero comprensión por parte de los lectores y, después, porque he leído otras voraces críticas a la adaptación cinematográfica que ha perpetrado Cronenberg dándole el papel protagonista al crepuscular Robert Pattinson. Si es que de dónde hay no se puede sacar.
Porque, damas y caballeros, menudo peñazo de novela es esta Cosmópolis. No sé si interpretar, por las sensaciones vividas, que DeLillo es aquí consciente de que su premisa inicial sólo puede entenderse y sustentarse en términos de transmitir el caos reinante a través de su propia escritura. Sí, sería una explicación para ciertas imágenes enfermizas. No hasta el punto de dignificarla, pero actuaría como atenuante, cuando no como coartada. Veríamos, entonces, que podría argumentar DeLillo de esa interminable sarta de frases cargantes que aderezan y alargan pasajes y pasajes de este libro, sin venir mínimamente a cuento, salvo el que el lector interprete que el propio narrador participa del mismo trip absurdo y alucinado que parece ser la premisa de toda la novela. Por lo menos Hunter S. Thompson se atrevía con lo que escribía.

Ésta es la trama de Cosmópolis: un joven y avezado broker trufado de millones (que le permiten poseer excentricidades como un tiburón  metido en un acuario en una de las innumerables habitaciones de un apartamento enorme en un edificio de 89 plantas, o un sencillito bombardero Tupolev), decide lanzar el doble reto de su vida y le pide al chófer de su enoooorrrrme limousine blanca que le lleve a cortarse el pelo al otro extremo de la ciudad (en lo que, al final, parece manifestarse como una especie de simbólico regreso a la humildad de sus orígenes... pero qué cosa más tierna), a la par que, en una de esas complicadas y especulativas operaciones financieras (una de ésas que han llevado al desastre a medio planeta), apuesta su inmensa fortuna contra la evolución del yen. Todo muy creíble, y todo muy emblemático.

El recorrido hacia la peluquería en el vehículo toma la forma de una especie de epopeya en la que, supongo, cada uno de los obstáculos, cada uno de los encuentros aparentemente casuales debe revestir algún tipo de simbolismo. Aparece, también, en ese itinerario (o quizás deba decir via crucis), su mujer, otra guapa ricachona a la que parece no irle mucho el sexo, y con la que se encuentra varias veces, parece, casualmente. Perdonad: el libro es un lío. Hay manifestaciones, disturbios callejeros, estrellas del rap usadas como muzak para ascensores (y que fallecen por escasamente glamourosas causas naturales), performances, parece, del  fotógrafo ése que fotografía a gente en pelotas, y toda suerte de tonterías que la prosa de DeLillo, supongo, pretenderá que lectores muy pero que muy espabilados traduzcan a algún tipo de metalenguaje que, seguro, servidor de Vds. ignora. Motivo éste final, supongo, por el que esta novela me ha provocado tan soberano aburrimiento.

También de Don deLillo en ULAD: Aquí

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Zoom: El cuadro de la barca de pesca, de Alan Sillitoe

Idioma original: inglés

Título original: The Fishing-boat Picture

Año de publicación: 1959

Valoración: Muy recomendable




Las elipsis pueden ser, en ficción, un mal síntoma: evidencian la falta de inventiva del autor, su incapacidad para cerrar debidamente su argumento. Pero hay casos en que esa intriga que deja en el lector, el velo que tiende sobre una parte del cuadro para ocultarlo a nuestra vista, amplía la sensación de realidad. Porque la vida es exactamente así: nunca lo conocemos todo, son, precisamente, los ademanes, chismorreos, alusiones, hallazgos casuales, coincidencias, el material con el que habitualmente tenemos que componer una conclusión más o menos certera. Si en este relato algo percibimos claramente es el fracaso, el malentendido, pero también la sensación de que, en la medida de lo posible, algo se ha enmendado al final.

La verdad es que comencé a leerlo con una sensación de futilidad. Lo que Sillitoe me estaba contando parecía de lo más intrascendente, sobre todo, porque acababa de leer una grandísima historia, excelentemente contada, en el mismo volumen que tenía entre manos. Estaba de todo menos predispuesta a impresionarme. Y lo mejor es que no lo hice. La narración fue penetrando tan fluidamente como el agua de un vaso, tan sin estridencias que solo en el último momento me di cuenta de hasta qué punto había conseguido conmoverme.

Lo que se nos presenta no son más que un puñado de hechos nimios narrados en primera persona y protagonizados por gente común. La acción se sitúa en los períodos previo y coincidente con la segunda guerra, a la que se menciona de pasada y solo para marcar la cronología. No hay alardes estilísticos ni estructurales, lo que intensifica la sensación de realidad. El protagonista es un solitario cartero, aficionado a la lectura que se casa con su novia de siempre. Pocos años después, según parece, el carácter fuerte de ella hace naufragar el matrimonio. Es mucho más tarde, transcurrido otro buen trozo de vida en el que cada uno ha seguido su rumbo – más apacible el de él, más tormentoso, por lo que podemos intuir, el de ella –, las experiencias han dejado su huella y sedimentado los caracteres de ambos, cuando ellos mismos y el equipaje que llevan a cuestas tienen otra oportunidad de confrontarse. De lo que sucede externamente entre ambos no hay gran cosa que destacar. Los gestos y las palabras son mínimos, no ocurre nada extraordinario, el autor se limita a describir someramente lugares, objetos, movimientos; los diálogos son banales y escuetos, no se muestra más que el decorado, nada de lo que se desvela importa. Todo es tan anodino como el cuadro colgado en la pared, que perteneció a ambos, que ella pide y que él le regala sin pensarlo. Y, sin embargo, un enorme cataclismo está teniendo lugar en el interior de uno y de otro. Los sentimientos de Harry, sus dilemas y motivaciones vamos comprendiéndolos, a medida que el tiempo transcurre, de esa forma insensible que señalaba antes. Los de Kathy apenas podemos explicárnoslos, tenemos que intuirlos por medio de pistas, algunas incluso contradictorias, que esbozan una vida mucho más torturada de lo que ella querría dar a entender. Parece intentar salir de ese estado, que solo intuimos y no se explicita nunca, pero se conforma con ir desenrollando muy lentamente la madeja invisible de una petición muda, puede que una súplica, que el lector, como el protagonista, no es capaz de entender hasta el final. El repertorio de gestos, la conversión de hechos banales en ritos – esenciales aunque no lo parezca –, los abundantes silencios, dejan traslucir la humildad y la vergüenza de ella, al reconocer, quizá, en su fuero interno, su tremendo error, el de no haber sabido valorar lo que tuvo, también la desesperación de quien no encuentra otro tablón al que agarrarse y oculta su triste situación, más que por orgullo, por pura dignidad. Pero, si esperaba ser comprendida sin tener que expresarlo con palabras, fracasó completamente: él estaba deseando entender, solo tenía que haber sido un poco más explícita.

Espero que a Sillitoe – que también utiliza ese método aquí – no le suceda lo mismo.