Mostrando las entradas para la consulta Anthony Burgess ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Anthony Burgess ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de febrero de 2019

Christopher Isherwood: Adiós a Berlín


Idioma original: Inglés
Título original: Goodbye to Berlin
Año de publicación: 1939
Traducción: Jaime Gil de Biedma (1967) Al catalán: Jordi Arbonès i Montull y  Josep Cornudella i Defis  (2016)
Valoración: Muy recomendable

Empecé a ir al acecho de Adiós a Berlín porque sabía que era la novela en la que se basaba –en realidad, apenas sirvió de inspiración- a la película Cabaret, que rodó Bob Fosse en 1972 con una estelar Liza Mineli de protagonista. Descubrir que existía una versión en castellano firmada por Jaime Gil de Biedma aumentó considerablemente el aliciente –y cómo se hace notar la mano del poeta barcelonés. Adiós a Berlín en castellano arranca y suena así: “En lo hondo la calle, pesada y pomposa, bajo mi ventana.”-.

El género cabaretero, con su corrosiva y contagiosa capacidad de sacarnos los colores a las personas convencionales y a los momentos esdrújulos y confusos –como la Europa de entreguerras o la actual- me parece por supuesto una manera deliciosa de hacer reír y de hacer sentir. De quien no albergaba ni remota idea era de Christopher Isherwood (Chesire, Reino Unido, 1904 / California, EE.UU., 1986), apenas que, como W.H Auden, Anthony Burgess o Stephen Stender, formó parte de esa extraordinaria ola de escritores británicos, cultos y sagaces, homosexuales y mundanos, brillantes y transgresores, que produjeron magnífica literatura. Con estos mimbres, desde luego, Adiós a Berlín debía valer la pena. Y así ha sido.

Aunque no se trata estrictamente de una novela al uso -escrita en 1939 juega ya con la hoy apabullante y omnipresente autoficción- puesto que se presenta formalmente como memoria de una experiencia vivida, la de la estancia del propio autor en el Berlín de finales de la década de los 20 y los primeros años 30. En la capital de la República de Weimar, en los momentos previos a la llegada –vía elecciones democráticas, no lo olvidemos- del Partido Nazi alemán al Gobierno, cuando todavía parecía que aquellos estúpidos y grotescos salvadores de la patria no eran más que una broma estúpida que no iba a ninguna parte. Pero el gran disparate fue a más, no se desvaneció: “Dentro de pocos días, pensé, habremos perdido toda afinidad con el noventa y nueve por ciento de la población mundial, con los hombres y las mujeres que se ganan el pan, que aseguran sus vidas y se preocupan por el porvenir de sus hijos. Es posible que en la edad Media las gentes sintiesen algo así cuando creían haber vendido su alma al diablo, era una curiosa sensación estimulante, y no desagradable, pero al mismo tiempo me sentía ligeramente asustado”.

Desde luego, Sally Bowles, el personaje que Liza Minelli encarnaría en el celuloide, es un lujo, inspirado a su vez en la persona de Jean Ross, una cabaretera, modelo, activista y escritora nacida en Alejandría en 1911 con la que Christopher Isherwood coincidió y trabó amistad en sus noches berlinesas. Su dieta apenas incluía criadillas y huevos batidos y su fascinante personalidad se basaba en una atractiva y arrolladora simbiosis de ingenuidad y ambición, de simplicidad y hedonismo: “Tenía una voz sorprendentemente baja y bronca y cantaba mal, sin la menor expresión, con las manos pegadas al cuerpo, y sin embargo resultaba impresionante a su manera, debido a lo extraño de su aspecto y a su aire de no importarle un pito lo que el público opinase”. La atmósfera que desprende la novela es precisamente esa, la de unos personajes aferrándose a la dicha de vivir en un momento en que todo está diabolicamente dispuesto para estallar y hacerse añicos.

El elenco de personajes que pululan por las páginas de Adiós a Berlín incluye unos cuantos miembros de la acomodada familia judía Landauer, así como también la proletaria y aria familia de los Nowak, a los que Christopher Isherwood alquila media buhardilla que le permitía compartir las noches con Otto, y unos cuantos chaperos, buscavidas, idealistas, estafadores, cabareteros y artistas de medio pelo. Gentes arruinadas, desesperadas, supervivientes en una urbe enloquecida y sin rumbo, sin apenas esperanza en el porvenir pero dispuesta a aprovechar cada instante.

La eterna comedia humana aconteciendo en un local como el Lady Windamere de la Tauentzienstrasse, escrita ¡en 1939! con abundante ironía, mordacidad y humanidad: “Para ser una demi mondaine parecía tener escaso tacto y sentido del negocio: perdió un largo rato insinuándose a un señor de edad que claramente hubiese preferido charlar con el barman”. O capturada en sabrosos diálogos sin desperdicio:
“-El otro día estuve en Hiddensee y no había más que judíos. ¡Da gusto volver aquí y ver verdaderos tipos nórdicos!

-Vamos a la otra playa, propuso enseguida Otto. Esta es aburridísima. No hay nadie.

-Vete tú si quieres, replicó Peter furiosamente sarcástico: Me temo que yo me sentiría un tanto fuera de lugar. Una de mis abuelas era medio española”.

martes, 19 de abril de 2016

TochoWeek #2. James Joyce : Ulises

Idioma: inglés
Título original: Ulysses
Año de publicación: 1922
Páginas: 976
Traducción: José María Valverde
Valoración: imprescindible

Permítanme comenzar con una breve digresión sobre lo que es "políticamente correcto" (lo que decimos cuando pensamos que nuestras palabras van a quedar registradas o tendrán alguna repercusión) y lo "socialmente correcto" (lo que pensamos que hay que decir ante la máquina de café de la oficina o acodados en una barra de bar, compitiendo por ser el más "cuñao"). Un ejemplo, para entendernos: políticamente correcto puede ser disertar sobre las vanguardias artísticas, visitar museos de arte contemporáneo y tener una reproducción de un cuadro de Kandinsky en la pared del salón. Socialmente correcto es decir que "eso lo hace mi hijo pequeño" ante el cuadro de Kandinsky o contar la anécdota apócrifa de la limpiadora de ARCO que confundió una obra expuesta con un cenicero... Pues algo así ocurre con el Ulises, uno de los libros más suceptibles -quizá el que más- de ser objeto del postureo gafapástico, por un lado, pero también del desdén y hasta la ira de indignados lectores que no consienten "que se les tome el pelo".
Aunque no sólo indignados pero desconocidos lectores, claro: hay una nutrida lista de escritores, desde D. H. Lawrence al sin par Paulo Coelho... (sí, me duele poner a éste en el misma categoría que los demás, pero es responsable de una frase preclara sobre la novela: "El Ulises de Joyce hizo mucho mal a la literatura, porque nadie lo ha leído y todo el mundo dice que lo ha leído"). Mi opinión favorita, sin embargo, es la de Virginia Woolf: "Es el esfuerzo de un estudiante nauseabundo reventándose los granos". ¡Olé, doña Virgi!
Por supuesto, de igual forma ha habido colegas suyos no menos destacados y agudos  que han admirado y ensalzado la obra de Joyce: T.S. Eliot -que se lo recomendó a la Woolf-, BorgesFaulkner o Nabokov... De entre todas las opiniones, yo me quedo con una sentencia del inteligente y sutil Anthony Burgess sobre Joyce: "... una vez leído y absorbido un solo ápice de la esencia de este autor, ni la vida ni la literatura vuelven a ser las mismas de nuevo".
Tal cual, Mr. Burgess. Porque lo remarcable del Ulises no es la historia que nos cuenta, la de un día determinado (el 16 de junio de 1904, el día que James Joyce tuvo la primera cita con su mujer Nora) en la vida de unos dublineses, por lo demás no demasiado notables: Stephen Dedalus, Leopold Bloom y su esposa Molly. Tampoco es importante que estos personajes sean un reflejo de los protagonistas de la Odisea de Homero: Telémaco, Ulises y Penélope, respectivamente (bien es cierto que alguna interpretación que a mí me parece con bastante sentido considera que Stephen es también un trasunto del Joyce joven y Leopold del Joyce maduro... de la edad a la que acabó este libro). Nada más alejado de lo heroico, sin embargo, que el tono de la novela: el capítulo en el que se nos presenta a Leopold, por ejemplo, acaba con el relato de una de sus evacuaciones  intestinales...
No es lo más destacable que la estructura del libro se base también en la Odisea, con cada uno de sus capítulos avanzando de forma paralela a los cantos de aquella, y traduciendo el mito clásico a la mucho más prosaica Dublín de hace un siglo.
No es lo más importante, aunque quizás sí memorable, que Joyce despliegue una pericia técnica sin igual en la literatura escrita hasta ese momento -no dudo que habrá quien encuentre algún precedente de esto o aquello; ya sabemos cómo son los estudiosos-, todo un derroche de estilo -estilos- que consigue plasmar el continuo flujo de pensamiento de los personajes a través del monólogo interior -"stream of consciousness"-; sin olvidar los juegos de palabras y de imágenes, a todos los niveles, las referencias clásicas y cristianas; sagradas, profanas y mundanas (realmente, la novela merece otra lectura deteniéndose con más sosiego en las anotaciones del traductor, para entender a fondo cada párrafo). Joyce consigue combinar sin complejos lo más soez con lo profundo del pensamiento, lo banal con lo transcendente, lo sexual y lo fúnebre... (¿Eros y Tánatos? Uf... mejor lo dejo aquí).
Lo importante, lo fundamental, es que Joyce puso con este libro punto y final a toda la tradición narrativa occidental, que comienza con Homero. Si la Odisea es el Alfa, el Ulises es el Omega, las columnas de Hércules de la novela; es el Apocalipsis de San James, el diluvio tras de mí, el apaga y vámonos. Hasta aquí hemos llegado y el que venga detrás que arree... Y no es que después de Joyce no se pueda escribir más novela, pero eso ya será -ya ha sido- otra cosa: caminar por senderos explorados; es el ferrocarril, la plantación y el resort con campo de golf, no la selva virgen (e incluyo lo que han hecho muchos epígonos de Joyce, algunos muy aventajados: Gaddis, Pynchon... aunque en este asunto, también quien golpea primero da dos veces). Tenía razón Burgess, desde luego y, maldita sea, aún sin pretenderlo, también Paulo Coelho, en cierto modo...
Pero hay más: Joyce es el niño que grita que no ve el traje del emperador, y desnuda a sus personajes, a sí mismo y a nosotros... señalando lo que de nosotros hay en Stephen, Leopold, Molly... que es mucho, me temo. Joyce no es un escritor simpático -lo que no excluye un peculiar sentido del humor-, no es clemente ni misericordioso, pero dice la verdad.
Último apunte: esta novela, más allá de odios y fervores, postureos y cuñadismos, no se puede calificar de otra forma sino como imprescindible. Pero, siguiendo un criterio contrario al de Los reconocimientos, aún por los mismos motivos, no se la puedo recomendar a nadie. Quien la lea, que sea por su cuenta y riesgo.


Otros títulos de James Joyce reseñados en Un Libro Al Día: DublinesesExiliadosFinnegans WakeRetrato del artista adolescente

jueves, 10 de marzo de 2016

John Banville: El intocable


Idioma original: inglés
Título original: The Untouchable
Año de publicación: 1997
Traducción: José Antonio Molina Foix
Valoración: muy recomendable



He de decir que a punto he estado de etiquetar este libro como "biog vez de como "novela", porque el "intocable" del título, el personaje alrededor de la cual gira la historia, está basado, sin apenas algún disimulo, en el espía británico Anthony Blunt, ex-caballero de la Corona Real británica, crítico e historiador del arte experto en Poussin, profesor universitario, conservador de la colección real inglesa de pinturas -y asesor de la reina-, espía a favor de los servicios secretos soviéticos desde los años 30, formando parte de los llamados "cinco de Cambridge", y desenmascarado públicamente como tal por Margaret Thatcher en 1979 (aunque ya había sido descubierto quince años antes). Aparecen también, con otros nombres, personajes célebres de la época -o basados en ellos- como el también espía Guy Burgess, el novelista Graham Greene o el "padre" de la inteligencia artificial, Alan Turing... entre otros cuya auténtica identidad sin duda se me escapa.

En realidad, no sé hasta qué punto este libro es lo que llaman un roman à clef; más que nada, porque no he leído las verdaderas memorias de Blunt, que fueron editadas unos años más tarde, en 2001, y cuya autora, Miranda Carter, también aparece en la novela de Banville (de hecho, cabe la sospecha de que éste, al enterarse de que Carter estaba escribiendo también la biografía de Blunt, y con su colaboración, decidiera incorporarla como personaje en su novela). Para empezar, el autor irlandés se lo lleva a su terreno y convierte al espía, aquí llamado Victor Maskell en oriundo del Ulster, aunque hijo de un pastor protestante y emparentado con la reina (me refiero a la madre de Isabel II, no a ésta), lo que le da acceso, junto con su esmerada educación en Malborough y Cambridge a los círculos de la "buena sociedad" británica. Es en esta ciudad universitaria donde, a partir de su preferencia al selecto -y casi secreto- grupo de "Los apóstoles" donde se convierte al marxismo y es reclutado por el espionaje soviético (igual que sucedió con Blunt, en este caso). Tampoco es que Maskell se nos presente como un comunista convencido y mucho menos de las posibles virtudes de la Unión Soviética -de hecho, se confiesa "marxista monárquico"-; eso sí, una vez tomada la resolución de espiar para ésta, es absolutamente leal a su decisión.

Que tampoco espere nadie una trepidante novela de espías, ni siquiera a lo John Le Carré; El intocable es casi una novela intimista, en la que tienen más peso las remembranzas, las sensaciones, las revelaciones... el paso del tiempo (tanto el cronológico como, de forma sorprendente, aunque  en absoluto incongruente, el atmosférico). En realidad, no es una novela -sólo- sobre el espionaje y sus dobleces; ni sobre la homosexualidad y también sus dobleces -sobre todo en la época de la que se habla-; ni sobre la familia y sus... cómo no, dobleces. Ni sobre las relaciones humanas. Ni sobre el amor... Es ante todo, una novela sobre la memoria y sus ingobernables recuerdos; cómo la engañamos o nos engañamos con ella, como la falsificamos hasta no poder discernir lo que ha sido verdad de lo que no, como un cuadro que atribuimos a una mano maestra, aunque esa certeza sólo la tengamos nosotros... o ni siquiera.

He dejado para el final el aspecto más destacable de la novela, tan obvio para quien conozca la obra de Banville que tal vez no debería ni mencionarlo: lo magníficamente que está escrita; de hecho, no creo que se pueda escribir mejor. Quizás sí con más brío, más tripas o más ingenio. Se podrá escribir de manera más "sincera" -espinoso asunto, si hablamos de ficción- o más artificiosa, más cruda o más elíptica; lo que sea que prefiera cada cual. Pero mejor que lo que escribe Banville, no: es imposible.

Otros libros de John Banville/ Benjamin Black reseñados en Un Libro Al Día: El otro nombre de LauraEl marEl lémurEl libro de las pruebasAntigua luzEn busca de AprilLa guitarra azulRegreso a Birchwood

sábado, 20 de febrero de 2016

Anthony Burgess: La naranja mecánica

Idioma original: inglés... y nadsat
Título original: A Clockwork Orange
Año de publicación: 1962
Traducción: Aníbal Leal y Ana Quijada (el prólogo y el capítulo 21)
Valoración: Muy recomendable


Todos hemos visto la película (supongo); sus imágenes forman parte de la iconografía de la Historia del cine y también de la cultura pop del siglo XX. Los niños se disfrazan de drugos en Carnaval. Millones de aficionados al fútbol identifican con su título a cierta selección nacional (supongo también). Pero, ¿cuántos hemos leído la novela original de Burgess? No pretendo ir de estupendo: yo no lo había hecho hasta ahora, lo reconozco... Cierto es que el hecho de conocer ya su argumento, al haber visto la película y la aparente dificultad de su lectura provoca que mucha gente no se moleste en leerlo, creo... En el caso de la "dificultad" de su lectura, se debe a que la novela está escrita, casi en todo momento, utilizando la supuesta jerga nadsat, inventada por Burgess a partir del slang del Este de Londres y el ruso. He aquí una muestra (prometo que tomada al azar): "Pero cuando se hubo ucadido y yo estaba preparándome esa taza muy fuerte de chai, me reí para mis adentros pensando en la vesche que tanto preocupaba a P.R. Deltoid y a sus drugos. Pues bien, si me porto mal, con las crastadas, los tolchocos y los juegos con la britba y el viejo unodós unodós, y si me lovetan, tanto peor, oh hermanos míos, y a decir verdad no puede gobernarse un país si todos los chelovecos se comportan como lo hago yo de noche..." No está mal, ¿eh?; pero no hay que asustarse: cuando se llevan leídos dos o tres capítulos, ya no hay que consultar el glosario que está al final del libro... más de media docena de veces por párrafo. De todos modos, el curioso lenguaje con que está escrita la novela, plagado también de onomatopeyas -e influenciado, por lo visto, por la narrativa de Joyce- no impide para nada que su lectura sea extremadamente ágil, acorde con la narración anfetamínica que estamos leyendo.

No contaré mucho de la historia en sí, pues supongo que ya es de sobra conocida: el protagonista, Álex, es un adolescente líder de una pandilla de drugos que se dedican con denuedo a drogarse, robar y practicar la ultraviolencia en una ciudad de una Gran Bretaña distópica, aunque bastante verosímil. Lo único positivo que se puede encontrar en el personaje (aunque no del todo, porque también contribuye a exacerbar su ansia destructiva) es su amor por la música clásica. No contaré más para no chafar la lectura a quien no conozca la novela ni la película, pero en, fin, sólo avisarle de que va a encontrar altas dosis de violencia y cinismo; y sobre todo, una crítica despiadada a todo lo que se mueve: la prepotente juventud y la rencorosa vejez, la mezquindad de las clases populares y la suficiencia de los intelectuales, la manipulación por parte del Gobierno y también de los políticos de la oposición... Lógicamente, es una novela sobre la violencia, sobre su naturaleza y sus consecuencias (que nadie piense, además, que Burgess escribía sobre el particular desde la barrera: su esposa sufrió durante la guerra mundial una agresión similar a las que se narran en la novela, a manos de unos desertores del ejército estadounidense). Pero es un libro que no da respuestas, me temo, aunque sí que nos hace plantearnos las preguntas.

Lo mismo ocurre sobre el tema que, en mi opinión, es el principal de este libro: el viejo asunto del libre albedrío, tan caro para los escritores británicos católicos, como era Burgess -y esta vez no lo digo yo: lo comenta él mismo en el prólogo-... la característica de esta novela es que lo del libre albedrío puede verse desde una perspectiva política, es decir, la libertad de actuación , aunque sea para cometer tropelías, del ciudadano frente a la tutela del Estado; pero también, lo podemos contemplar desde el punto de vista religioso: ¿hasta qué punto una supuesta divinidad, además omnipotente, nos deja libertad para errar a sus criaturas, creación suya, por otra parte...? Así se pregunta el personaje que, junto con el escritos que sufre la agresión en su casa, claro está, parece más un reflejo del autor de la novela, el capellán de la cárcel -o como diría el viejo Álex, el chaplino de la staja-: "...La  bondad viene de adentro, 6655321. La bondad es algo que uno elige. Cuando un hombre no puede elegir, deja de ser hombre..."

Por fin, está el asunto del capítulo 21 y último. Un capítulo que no fue incluido en la edición norteamericana -ni en la primera española, al parecer- y tampoco en la versión cinematográfica, basada en ésta. Un capítulo que, en cierto modo, cambia el significado final de la novela...o quizá no. Porque puede que nos ea sino una vuelta de tuerca más, más satírica de lo que parece. O una venganza del autor sobre su personaje, quién sabe... en todo caso, es cada lector quien debe decidir, como reconoce el propio Burgess si este capítulo mejora el libro o no. En fin, hermanos míos, que todo veco y toda debóchca que no haya leído el libraco lo haga scorro, a videar qué le parece la vesche. Estoy seguro de que el rascaso le resultará joroschó. Pero que muy joroschó...





domingo, 7 de febrero de 2016

César Rendueles: Capitalismo canalla


Idioma: español
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable, incluso para discrepantes ideológicos (o no)

Desde que estalló la crisis económica en 2008 y, sobre todo, desde las protestas de mayo de 2011, han proliferado en España los libros que tratan de explicar dicha crisis y sus consecuencias; y más aún, cuestionar el sistema socioeconómico que la ha sustentado, el turbocapitalismo de la sociedad de libre mercado (que algunos de estos libros sean editados por grandes corporaciones editoriales, incluso transnacionales, no deja de resultar curioso... pero supongo que sólo supondrá cierta incoherencia para quien quiera verlo como tal).          

Capitalismo canalla, como puede suponer cualquiera, ya tan sólo a partir del título, es uno de estos libros que critica sin ambages el sistema económico imperante y su avance triunfante a lo largo de los últimos 500 años, hasta su hegemonía actual. Según Rendueles, este sistema de organización económica y, sobre todo, de división del trabajo, corresponde a una etapa transitoria en la Historia de la humanidad; los propios orígenes del comercio serían éticamente dudosos (ligados a la piratería y el pillaje) y el capitalismo naciente usó el esclavismo como banco de pruebas para el imperialismo colonialista del XIX, mientras que la utilización de ingentes cantidades de mano de obra barata en los países industrializados se basaba en la privación de sus modos de vida tradicionales. El hiperconsumismo y la ofensiva neoliberal de los 80 acabaron con la solidaridad entre la clase trabajadora y el contrato social que regulaba la economía, consecuente del New Deal y la II Guerra Mundial, hasta derivar en la actual mercantilización extrema no sólo de las actividades económicas, sino las de todo tipo realizadas por los humanos, cuya única premisa parece ser el individualismo egoísta y vacío. Las condiciones de trabajo -que parece ser el verdadero asunto del que trata el libro-, en consecuencia, han ido degradándose hacia la precariedad, la alienación y la frustración, incluso en los países más desarrollados. La solución a esta dislocación económica y laboral pasa, por lo que sugiere el autor del libro, por recuperar el espíritu de la organización del trabajo de las economías preindustriales y fomentar la solidaridad entre trabajadores a partir de la reivindicación de actividades que hasta ahora se han tenido menos en cuenta, e incluso desdeñado, como es la del cuidado entre personas.

Bien, uno podrá estar de acuerdo o discrepar de las ideas de Rendueles, pero no se puede negar que las defiende de forma elocuente y sorprendentemente amena. Y -lo que más nos puede interesar a los librópatas- para hacerlo echa mano de una enorme cantidad de referentes literarios, que utiliza a modo de ejemplos, pero también como proposiciones del hilo argumental que trata de explicar (menos efectivas, en cambio, resultan las anécdotas y ejemplos sacadas de su propia experiencia vital... rozando el sonrojo del lector, en algún caso). No se trata de una lista exhaustiva sacada de algún canon literario; como reza el subtítulo del libro, éste pretende ser Una historia personal del capitalismo a través de la literatura, así que el autor ha echado mano de las lecturas que le han influido a lo largo de su vida. Aún así, la relación de escritores y obras citadas es apabullante; mencionando solamente a los más conocidos (por un servidor), nos encontramos con: Georges Perec, Daniel Defoe, Bern Traven, Melville, Tomás Moro, Roald Dahl, Antonio Gamoneda, Jim Thompson, Steinbeck, el Lazarillo de Tormes, Dickens, Wordsworth, Von Kleist, Carlo Levi, Olbracht, Rimbaud, Bertold Brecht, Platónov, Leopardi, Dostoievski, Coetzee, George Elliot, Hesíodo, Julio Llamazares, Delibes, William Blake, Lod Byron, Percy y Mary Shelley, Kipling, Joseph Conrad, Céline, Yeats, Auden, Stephan Zweig, Jünger, Horace McCoy, Kerouac, Anthony Burgess, Primo Levi, Pasolini, Chimamanda Ngozi Adichie, Sue Townsend, Brett Easton Ellis, John Cheever, Borges, Zizek, George Saunders, Goethe, Doris Lessing, Isaac Rosa, Erri de Luca, San Juan de la Cruz, Agustín García Calvo y Gloria Fuertes. Y, por supuesto Marx y Engels (y aún hay más que no menciono).

Como bien puede suponer cualquier lector, el autor del libro ofrece una visión propia y no convencional -desde el punto de vista de la hegemonía político-económica actual- de las relaciones económicas y laborales, sino también de muchas de estad obras literarias. Por poner un ejemplo: para Rendueles, Moby Dick sería "básicamente la historia de un emprendedor enloquecido, el capitán Ahab, que construye una mitología nihilista en torno a un proyecto de exportaciones extractivas y arrastra en su caída a una a una plantilla de trabajadores migrantes precarios"... (aunque, si no recuerdo mal, los tripulantes del Pequod eran más bien socios del capitán, pues se llevaban una parte de las ganancias). O en el caso de En el camino, la interpretación habitual -una novela sobre el ansia la libertad, la contracultura, la experiencia interior...- estaría ocultando su verdadero significado, que es el de un "reduccionismo psicológico profundamente anticipador", cuya radicalidad "es un síntoma de la progresiva normalización de los procesos de ruptura social" tras la II G. M. Una novela en la que "Kerouac consigue convertir en una sensación privada de intensificación subjetiva lo que, en realidad, es una derrota política colectiva en toda regla"...

En fin, "la verdad os hará libres", dice el Evangelio. Yo no sé si eso es cierto, ni dónde está esa verdad (ni mucho menos propugno que sea este en este libro). Pero lo que sí pienso es que buscarla y, sobre todo, reflexionar sobre lo que encontremos, puede parecerse mucho a esa anhelada libertad. A ello, pues...