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domingo, 18 de agosto de 2024

Enrique Serna: El seductor de la patria

Idioma original: español

Año de publicación: 1999

Valoración: recomendable (muy recomendable para interesados en la historia (con h minúscula) de México)


Una de las primeras novelas de Enrique Serna, y sin duda una de mis favoritas. Esta obra fue concebida inicialmente como un guion para una telenovela de época. Afortunadamente, el proyecto de rodaje fue cancelado, lo que permitió a Serna repensar y redirigir su enfoque. En lugar de abandonarlo, transformó la idea original en una novela, con gran acierto, convirtiendo la vida del dictador mexicano del siglo XIX, Antonio López de Santa Anna, en una obra literaria que combina el formato de falsas memorias con la novela histórica. De esta manera, Serna explora a fondo la complejidad del personaje y del contexto histórico en el que se desenvolvió, algo que posiblemente habría quedado limitado en formato de culebrón.

Enrique Serna construye a Santa Anna (o hace que se muestre a sí mismo) como un hombre de contrastes, una figura carismática (como todo buen dictador) que cautiva a quienes lo rodean, pero al mismo tiempo, un egocéntrico impenitente, capaz de manipular a todos a su favor sin el menor escrúpulo. Serna nos muestra a Santa Anna como un maestro de la política y la seducción, alguien que entiende y explota las debilidades de quienes lo rodean para mantenerse en el poder. Aunque su narcisismo lo lleva a cometer errores fatales impulsados por su vanidad y ansias de protagonismo, llevándolo a tomar decisiones que, aunque momentáneamente le benefician, acaban destruyendo su legado y su reputación. A lo largo de la novela, Santa Anna se revela como un hombre ambicioso, cuyo talento para las hazañas heroicas es equiparable a su capacidad para las traiciones más profundas.

Bien establecido el papel de villano de Santa Anna (hecho que es inculcado a todos los mexicanos desde la más tierna infancia), Serna nos deja ver, de igual manera, sus momentos de duda, sus miedos y su humanidad, lo que hace que el lector lo entienda, incluso haya algunos que lo justifiquen. Este enfoque en la ambigüedad moral del personaje principal es uno de los puntos fuertes de la novela, mostrándonos la fragilidad del ser humano ante la tentación de la gloria y el control absoluto (¿Qué hubiera hecho yo estando en su lugar? Tal vez lo mismo).

Como en la mayoría de sus libros, Serna se distingue por su uso mordaz del sarcasmo y la ironía, lo que le permite criticar no solo a Santa Anna, sino también a la sociedad que lo creó y lo apoyó, resultando en una obra que es tanto entretenida como intelectualmente estimulante.

Por último, cabe mencionar que, para los mexicanos, para quienes Santa Anna es el arquetipo de la traición, este libro es particularmente interesante. Sin embargo, para aquellos que lean el libro sin ese rencor, tal vez les cueste involucrarse emocionalmente con el protagonista. No estoy del todo cualificado para decir sin prejuicios que la novela se sostenga por sí misma. Pero apostaría a que sí. 

Otras obras de Enrique Serna reseñadas en ULAD: Lealtad al fantasma


jueves, 31 de marzo de 2022

Gioconda Belli: Las fiebres de la memoria

 Idioma original: español

Año de publicación: 2018

Valoración: Recomendable


Todos recordamos nombres de escritores que supieron combinar acción y literatura, de las escritoras que han hecho lo mismo apenas se habla, pero haberlas haylas: sin ir más lejos, la autora de esta novela, que ha destacado también en poesía y a la que conocía sobre todo por su activismo. Como sabemos, fue miembro del Frente Sandinista, ocupó varios cargos políticos cuando el movimiento accedió al poder y desde mediados de los 80 se dedicó exclusivamente a escribir. Su obra poética y narrativa es extensa y de una calidad indiscutible. La verdad, no me esperaba tanto, desde el uso tan particular de recursos novelescos y biográficos, hasta la exhaustiva documentación que, en lugar de abrumarle o de refugiarse en ella para inventar lo menos posible, (dos extremos en que se cae con demasiada frecuencia) le sirve de motor para urdir una trama la mar de atractiva protagonizada por un personaje cuyo carácter monolítico evoluciona y, empujado por las circunstancias, muestra una versatilidad tan inimaginable en un principio como convincente. El personaje existió, vivió en el siglo XIX y parece ser un antepasado auténtico de Belli, el truco del manuscrito encontrado está ya muy visto, pero solo lo usa en el Epílogo y con bastante gracia, por cierto. Sabe que no la creemos, pero un par de páginas más allá, valiéndose de los Agradecimientos, aclarará cómo se gestaron realmente estas falsas memorias. Y no les voy a contar lo que ocurre porque aquí la sorpresa tiene su importancia, adelanto que la trama es compleja, de fácil lectura y muy entretenida, que cuenta con abundantes y variados elementos folletinescos tan bien manejados y dosificados que no le restan categoría, al contrario. Me concentraré, pues, en sus puntos fuertes que son todos, en realidad, pero que intentaré resumir en diez por usar un número redondo.

El protagonista es, nada menos, que el duque Charles Laure Hugues Théobald Choiseul de Praslin, personaje real, heredero de una rancia dinastía francesa como se puede apreciar por la ristra de nombres que le adornan, y del castillo de Vaux-le-Vicomte, en las cercanías de París. Este noble se ocupaba de las tareas propias de su rango, como mantener la reputación de su estirpe, aumentar la suntuosidad de su mansión, jardines incluidos, traer nueve hijos al mundo (de momento), disfrutar de la compañía de la institutriz y poco más. Conviene saber que Belli le convierte en narrador y gracias a ese privilegio puede adelantarse a cualquier reproche que podamos hacerle, que serían unos cuantos. La acción comienza a mediados de siglo con un suceso muy grave que le conduce a un suicidio fallido primero y más tarde en fugitivo con la ayuda del rey Luis Felipe I de Orleans. Como no puede resucitar impunemente está condenado a vivir oculto, más o menos como el conde de Montecristo, al que se menciona varias veces, excepto por los deseos de venganza. Comienza así el ciclo de las aventuras que acabarán transformando su personalidad y le llevan de un país a otro: Inglaterra, Estados Unidos y, finalmente, Nicaragua. Gracias a estos viajes conoce a personajes relevantes de aquel tiempo, presencia avances científicos y sucesos conocidos y tiene al lector constantemente en vilo al contagiarnos su temor a ser descubierto. Esto, unido a lo incierto de su destino –ya que de repente no es nadie, un vagabundo sin oficio, beneficio ni lugar dónde vivir y, para colmo prófugo– añade un plus de intriga que se va manteniendo mientras nos preguntamos cómo se las arregla para vivir como un marqués. Sabemos quién le ayuda, pero esa adicción al lujo nos maravilla: salvando las distancias, podríamos compararle con nuestros pícaros.

La familia ocupa un lugar fundamental. En ella se produce la catástrofe y, aunque Praslin se mueve solo por el mundo nunca se desvincula de afectos y rencores, tampoco de castillo, posición y hasta de ayuda de cámara, que añora a menudo; aunque encuentra compañeros ocasionales nunca pasan de amistades efímeras, su mayor compañía es la memoria, la nostálgica y la que conlleva unos remordimientos que plantearán los primeros conflictos éticos, luego vendrán otros muchos, tanto ajenos como propios, que presentan dilemas interesantes resueltos, en general, con códigos distintos a los nuestros. Aún así, es evidente que la novela pertenece a este siglo, ya que no es fácil ocultar toda una trayectoria ideológica y cultural y la autora, de vez en cuando, aparece tras sus personajes. No demasiado a menudo, es cierto, y resulta bastante efectiva esa forma de retratar con solo unos cuantos rasgos, aunque a veces se caiga en el cliché, pero es que el interés de cada uno de ellos radica exclusivamente en su relación con la figura principal ya que como entidades independientes no tienen ninguna relevancia. Esto se aplica tanto a los personajes inventados como a los históricos, cuya intervención por cierto está estratégicamente situada añadiendo interés y credibilidad a la acción. Transitamos por los grandes acontecimientos, inventos y convulsiones de la época, también por la geografía, sostenida por abundantes datos y vívidas descripciones. Ambas, más que telón de fondo, condicionan directamente la narración. 

Y llegamos al desenlace, que además de parecer forzado reúne los grandes tópicos novelescos haciendo desmerecer un poco el conjunto. Sin embargo, ocurrió así, el duque, finalmente, sentó la cabeza de nuevo y tuvo otros seis descendientes, que añadidos a los nueve anteriores… Sumen ustedes. Eso suponiendo que la información que ha recogido la novelista sea tan verídica como ella supone. No es que desconfíe, pero suena tanto a las fábulas de siempre.

jueves, 10 de marzo de 2016

John Banville: El intocable


Idioma original: inglés
Título original: The Untouchable
Año de publicación: 1997
Traducción: José Antonio Molina Foix
Valoración: muy recomendable



He de decir que a punto he estado de etiquetar este libro como "biog vez de como "novela", porque el "intocable" del título, el personaje alrededor de la cual gira la historia, está basado, sin apenas algún disimulo, en el espía británico Anthony Blunt, ex-caballero de la Corona Real británica, crítico e historiador del arte experto en Poussin, profesor universitario, conservador de la colección real inglesa de pinturas -y asesor de la reina-, espía a favor de los servicios secretos soviéticos desde los años 30, formando parte de los llamados "cinco de Cambridge", y desenmascarado públicamente como tal por Margaret Thatcher en 1979 (aunque ya había sido descubierto quince años antes). Aparecen también, con otros nombres, personajes célebres de la época -o basados en ellos- como el también espía Guy Burgess, el novelista Graham Greene o el "padre" de la inteligencia artificial, Alan Turing... entre otros cuya auténtica identidad sin duda se me escapa.

En realidad, no sé hasta qué punto este libro es lo que llaman un roman à clef; más que nada, porque no he leído las verdaderas memorias de Blunt, que fueron editadas unos años más tarde, en 2001, y cuya autora, Miranda Carter, también aparece en la novela de Banville (de hecho, cabe la sospecha de que éste, al enterarse de que Carter estaba escribiendo también la biografía de Blunt, y con su colaboración, decidiera incorporarla como personaje en su novela). Para empezar, el autor irlandés se lo lleva a su terreno y convierte al espía, aquí llamado Victor Maskell en oriundo del Ulster, aunque hijo de un pastor protestante y emparentado con la reina (me refiero a la madre de Isabel II, no a ésta), lo que le da acceso, junto con su esmerada educación en Malborough y Cambridge a los círculos de la "buena sociedad" británica. Es en esta ciudad universitaria donde, a partir de su preferencia al selecto -y casi secreto- grupo de "Los apóstoles" donde se convierte al marxismo y es reclutado por el espionaje soviético (igual que sucedió con Blunt, en este caso). Tampoco es que Maskell se nos presente como un comunista convencido y mucho menos de las posibles virtudes de la Unión Soviética -de hecho, se confiesa "marxista monárquico"-; eso sí, una vez tomada la resolución de espiar para ésta, es absolutamente leal a su decisión.

Que tampoco espere nadie una trepidante novela de espías, ni siquiera a lo John Le Carré; El intocable es casi una novela intimista, en la que tienen más peso las remembranzas, las sensaciones, las revelaciones... el paso del tiempo (tanto el cronológico como, de forma sorprendente, aunque  en absoluto incongruente, el atmosférico). En realidad, no es una novela -sólo- sobre el espionaje y sus dobleces; ni sobre la homosexualidad y también sus dobleces -sobre todo en la época de la que se habla-; ni sobre la familia y sus... cómo no, dobleces. Ni sobre las relaciones humanas. Ni sobre el amor... Es ante todo, una novela sobre la memoria y sus ingobernables recuerdos; cómo la engañamos o nos engañamos con ella, como la falsificamos hasta no poder discernir lo que ha sido verdad de lo que no, como un cuadro que atribuimos a una mano maestra, aunque esa certeza sólo la tengamos nosotros... o ni siquiera.

He dejado para el final el aspecto más destacable de la novela, tan obvio para quien conozca la obra de Banville que tal vez no debería ni mencionarlo: lo magníficamente que está escrita; de hecho, no creo que se pueda escribir mejor. Quizás sí con más brío, más tripas o más ingenio. Se podrá escribir de manera más "sincera" -espinoso asunto, si hablamos de ficción- o más artificiosa, más cruda o más elíptica; lo que sea que prefiera cada cual. Pero mejor que lo que escribe Banville, no: es imposible.

Otros libros de John Banville/ Benjamin Black reseñados en Un Libro Al Día: El otro nombre de Laura, El mar, El lémur, El libro de las pruebas, Antigua luz, En busca de April, La guitarra azul, Regreso a Birchwood

sábado, 1 de agosto de 2015

Colaboración: La vida del Buscón, llamado Don Pablos de Francisco de Quevedo

Idioma: español
Año de publicación: 1626
Valoración: Imprescindible


Quevedo nunca admitió la autoría de la obra por la que es más conocido, aunque sí reivindicó con orgullo ser el padre de la hoy olvidada Vida del bienaventurado Tomás de Villanueva. Si hay quien opina que fue por evitar problemas con la censura, creo que se debería, más bien, a que en el canon literario de su época era una obra considerada baja, tanto por los personajes que intervienen como por sus acciones, que distan mucho de ser sublimes, del mismo modo que el autor del Lazarillo calificaba su libro de “nonada en grosero estilo” y tampoco lo firmó. Se considera obra de juventud, aunque algún crítico dice que semejante perfección sólo puede ser obra de un autor maduro.

El segoviano Pablos es el hijo de un ladrón y una hechicera al que sus padres envían a una escuela ― costumbre entonces más extendida de lo que ahora se cree ― y allí conoce al hijo de un caballero y, desde ese momento, decide que quiere ser uno de ellos y hará lo posible por conseguirlo. En su intento de alcanzar la nobleza, aunque sea fingida, se topará con todos los tipos de su época, que, con las correcciones necesarias, vendrían a ser los de todas las épocas. A todos despedaza sin piedad y aunque alguno ha dicho que se salva la nobleza, lo cierto es que sólo se salva de sus pullas, pero su antiguo compañero de escuela queda retratado en la poca virtud de sus acciones. En cada época hay asuntos vedados, hoy día no se puede caricaturizar a la monarquía del mismo modo que al resto de los mortales, como bien supieron en sus carnes los dibujantes de El Jueves.

¿Qué destacar de este libro magnífico? La sátira es tan perfecta que uno de los criticados, Luis Pacheco de Narváez, que escribía libros para aprender esgrima en casa, se sintió tan ofendido que de ahí hasta su muerte se convirtió en enemigo mortal de Quevedo y llegó a denunciarle a la Inquisición cada vez que se le presentaba la oportunidad. La finura de las observaciones, como cuando dice del soldado fanfarrón que “cuando hablaba a los de Flandes decía que había estado en la China y a los de la China, en Flandes” o llama “músicos de uña” a los prestamistas de la Corona. Y sobre todo, el dominio absoluto del lenguaje unido a una inteligencia portentosa, de forma que habiendo materia en cada página para reír a gusto, también la hay para pensar, porque un libro puede ser serio y terriblemente divertido a la vez, y este es uno de los mejores ejemplos. 

Borges, gran lector, adoraba a Quevedo, del que decía que era un continente. Andrés Trapiello no ahorra sus desprecios hacia don Francisco. Que cada quién juzgue...



                                                                                                        Firmado: Pedro el Negro

jueves, 19 de febrero de 2015

Joan F. Mira: Borja Papa

Idioma original: valenciano
Año de publicación: 1996
Valoración: Imprescindible

Sabido es por todo el mundo -o al menos debería ser así en España- que la célebre familia Borja (que no el italianizado Borgia) era de origen valenciano: los dos Papas que llevaron este apellido, Calixto III y Alejandro VI, eran oriundos de Xátiva y algunos de los numerosos descendientes del segundo de ellos llevaron el título de Duques de Gandía, así como en Gandía nació otro egregio miembro de la familia, su bisnieto San Francisco de Borja.

Así pues, ya aunque sobre los Borja se han publicado ya infinidad de títulos -además de servir de argumento para películas y series de televisión-, parece justo que uno de los mejores de estos libros, sin duda, lo escribiera otro valenciano, el excelente Joan Francesc Mira. Que lo hace centrándose en el personaje principal -y desde luego el más poderoso- de esta dinastía familiar; sin embargo, no hay tantos autores que hayan fijado su atención en él y, desde luego, dudo que alguno lo haya hecho con el rigor y minuciosidad de Mira: me refiero al fascinante y escurridizo Rodrigo -Roderic- de Borja, el Papa Alejandro VI.

Mira recurre para ello al género de las falsas memorías o falsa autobiografía -a la manera de las Memorias de Adriano, para entendernos-, en las que el Papa Borja nos va desgranando su historia y la de su estirpe, desde sus discretos orígenes como hijo de un hidalgo de Xátiva; su acceso al capelo cardenalicio gracias a su tío Alfonso, nombrado Papa antes que él, y, a partir de ahí, toda una carrera llena de intrigas, avatares y maniobras, hasta llegar al Sumo Pontificado. Y después, un papado no menos complicado, en medio de uno de esos momentos que hacen de bisagra de la Historia: cuando lo que llamamos Edad Media tocaba a su fin y las nuevas potencias, los grandes estados, se disputaban la hegemonía en Europa -tomando el suelo italiano como su tablero de ajedrez-, pasando ya por encima de los antiguos reinos y señoríos; cuando el mundo se les había ensanchado de golpe con los descubrimientos y exploraciones ultramarinas; cuando lo viejo parecía sucumbir ante el empuje de lo nuevo y entonces... quién podía saber si una nueva dinastía -¿por qué no la de los Borja?- no vendría a sumarse o incluso sustituir a las antiguas, las que habían dominado y exprimido Italia durante siglos...

Encontramos aquí, además, una recreación histórica espectacular -si a una novela se le puede aplicar tal adjetivo, es a ésta- de toda la pompa y el esplendor, pero también de la miseria, dela época renacentista: los cónclaves papales (impagable la escena de la "conspiración de los orinales" en uno de ellos), las liturgias, fiestas, recibimientos a visitantes ilustres; también las cacerías y las campañas bélicas. También una privilegiada visión sobre los tejemanejes y equilibrios políticos (entendamos que aquí se incluyen los eclesiásticos) y estratégicos de la época. Y, a lo largo de todo el libro, una aguda reflexión sobre los mecanismos del poder terrenal, más que espiritual -empezando por el de la Iglesia, que este apartado le debe bastante a este vilipendiado Papa-, de la ambición y el éxito, aunque también de sus servidumbres. Se puede aducir, en todo caso, que la novela pasa un tanto de perfil sobre ciertos aspectos de la "leyenda negra" de los Borja, pero... ¿cómo podía ser de otra manera, al tratarse de una supuesta autobiografía de Alejandro VI?. Dejando aparte que buena parte de esta leyenda se debió, ya en su momento, ala insidia de los enemigos de este clan de "arribistas", como eran las familias nobles romanas o los Della Rovere.

De cualquier manera, este libro es una maravilla, una novela que, por su excelencia literaria, rigor y profundidad psicológica e intelectual, merece -ya desde su aparición- estar entre los clásicos de las letras españolas. Y, desde luego, entre los de la lengua en la que fue escrito.

Nota para puntillosos: como alguno de nuestros lectores quizás haya notado, he puesto que la lengua en la que ha sido escrita esta novela es el valenciano, pero en las etiquetas, la he colocado dentro de los libros en catalán. No hay contradicción, pues me consta que para el autor ambos son el mismo idioma o variantes del mismo idioma, tanto da... Al parecer, lo mismo pensaba Rodrigo de Borja.