Idioma original de las cartas: Van Gogh escribía en holandés al principio, y cuando residió en Francia pasó al francés. En ocasiones intercalaba expresiones en inglésDe alguna manera, el saber que cuando revisite a esta maravillosa obra voy a ser capaz de ver las huellas dejadas por mi anterior impresión, de contrastar ambas lecturas y hacer dialogar a dos diferentes yoes gracias a ello, no tiene precio. Porque si algo tengo claro es que no voy a leer lo mismo por más veces que regrese a esta pequeña maravilla. Van Gogh aborda infinidad de temas con una sensibilidad y una cultura increíbles en la correspondencia que mandó a su hermano Théo y que por fortuna (literalmente) ha sobrevivido hasta llegar a nuestros días. Las cartas presentes en esta edición han sido seleccionadas por El Instituto Cubano del Libro (igual que las cuarenta ilustraciones que las acompañan) y se presentan ordenadas de forma cronológica.
El pintor habla en ellas sin restricciones, haciendo gala de la confianza y amistad que le unía a su hermano. Habla sobre sus peripecias vitales, los pormenores de su existencia, sus forcejeos con el hambre y la soledad, con el amor y su exigencia artística. Mendiga a Théo, despotrica de la enseñanza del arte, alaba la magia de Arles o a los grandes maestros. Mientras leemos, asistimos maravillados a su evolución como persona, donde sus facetas como pintor, espectador de museos, paisajes y campesinos, admirador de Millet y Rembrandt (“el mago”) se van superponiendo las unas a las otras. Presenciamos sus cambios de humor, su humilde visión de su propia obra, su entusiasmo ante la próxima llegada de Gaugin a la conocida como casa amarilla, y la frialdad con la que habla del tema tras su marcha…
Van Gogh escribía bien, con oficio y maestría, y es por eso que logra cautivarnos hable de temas culturales (era, a su manera, un lúcido lector y analista artístico) o le describa la vegetación a su hermano. A un lector medio, esto tengo que avisarlo, hay algunos pasajes que quizás se le hagan pesados. Esos en que las referencias y alusiones, no ya a obras literarias, si no que a pintores célebres pero más oscuros para el público general, son constantes; o esas donde explica aspectos más técnicos sobre la pintura, como la elaboración de los colores; incluso aquellos en que hace lo que en la contracubierta llaman “una confesión de estética”. No obstante, este tipo de información no relega el libro al disfrute exclusivo de los especialistas: está en pequeñas dosis, y hay que tener en cuenta que rara vez se nos presentan este tipo de temas ininterrumpidamente por varias páginas, de modo que el resto de contenido, más asequible, compensará sobremanera esas partes que puedan parecer intimidatorias para algunos.
De tanto en tanto el texto está salpicado con sus dibujos, esos que apretaba entre su nerviosa caligrafía mientras redactaba las cartas. Las imágenes, en blanco y negro, tienen una calidad aceptable. Han sido seleccionadas con criterio, como representativas de los temas expuestos en los párrafos que acompañan. Desgraciadamente no hay muchas, solamente cuarenta, aunque debo ser honesto y reconocer que el doble tampoco hubieran sido suficientes para mí. Lástima que no se hayan incluido otras con registros gráficos y pictóricos más variados, pero entiendo que algunas de estas habrían tenido que imprimirse a color, y probablemente la editorial tenía un presupuesto ajustado. Publicar solamente los dibujos que esta selección ha determinado puede dar la impresión de que todos los de las cartas fueron hechos con tinta china negra, pero no es así, pues Van Gogh también llegó a usar mucho la de color sepia. Incluso trató a algunas cartas policromáticamente, con acuarelas o toques de témepera. En fin, que tampoco esperaba hallar estos dibujos plasmados de forma perfecta en un libro sobre las cartas. Para eso voy a Amsterdam. Lo que el libro ofrece con verdadera gracia es la palabra, no la imagen. Aunque la palabra caligrafiada de Van Gogh también es una imagen en sí misma, cosa que también se pierde en este... Mejor paro.

