Título original: La vie sans fards
Año de publicación: 2020
Valoración: Recomendable
Me pregunto si existe un modelo de vida que pueda considerarse ideal. Entre
dos opciones extremas, ¿preferiríamos una existencia tranquila y protegida en
una comunidad estable y relativamente cerrada dónde rodearse de seres queridos,
amistades y conocidos de toda la vida o la impredecible y vertiginosa del que
se embarca en todo tipo de experiencias, se mueve entre varios continentes,
conoce a gente de todos los estratos, conversa sobre asuntos trascendentes y
pasa una y otra vez de la opulencia a la miseria? Claro que, si ocurre esto
último, probablemente no hablemos de un ser privilegiado sino de alguien
sometido a marginación por el motivo que sea, en ese caso, más que de una
persona de mundo estaríamos hablando de auténtico desarraigo, siempre involuntario
y en ocasiones asumido inconscientemente.
Detrás de este título vamos a encontrar las confesiones de una escritora
célebre, Maryse Condé (nacida Maryse Boucolon, 1937, Guadalupe, Antillas
francesas). Personalmente, lo encuadraría en el género memorístico más que en
el biográfico, pues una biografía conlleva mayor escenificación: de alguna
forma, traslada al lector al lugar donde ocurre todo, aunque no tanto como la
biografía novelada y mucho menos que la novela con base biográfica. Todas ellas
representan diversos grados del (“no lo cuentes, haz que pase”) que se
recomienda a un escritor primerizo. Las memorias, en cambio, se componen de narración
pura, eso sí, mucho más exigente con la realidad que la mil veces mencionada
auto-ficción. Aquí quien escribe se autoproclama protagonista de los hechos y
eso le compromete a ser riguroso en nombres, acontecimientos y fechas. Ciertamente,
callará y distorsionará lo que quiera o pueda pero, a no ser que presente una
versión más convincente de los hechos, tendrá que limitarse a alterar
cuestiones que no han llegado a hacerse públicas o solo las conocen unos pocos.
En La vida sin maquillaje encuentro
dos facetas complementarias: por debajo de la aparente vida de leyenda, que
muestra a una escritora de éxito elevándose por encima de su destino de mujer
(negra y azarosamente pobre a causa de un embarazo precoz), surgen las
confesiones más personales, esas que desvelan las huidas, estratagemas,
mentiras, disimulos y hasta utilización descarada de personas para salir de
situaciones que la escritora no cree merecer en absoluto. En este punto subrayo,
por una parte, la autoestima que atesora a lo largo de su vida –y que ni su
sexo ni su raza consiguen hacer decaer– y la capacidad de lucha subsiguiente,
aunque deba usar métodos poco ortodoxos por no disponer de alternativas.
El título contiene también, en cierto modo, una confesión: que la primera
parte de sus memorias, titulada Corazón
que ríe, corazón que llora, embellecía demasiado sus recuerdos de infancia,
y un propósito: desmaquillar sus recuerdos, tratar de ser objetiva al
trasladarnos sus vivencias de adulta. Y la impresión de sinceridad –aunque
preserve su intimidad y guarde la discreción imprescindible– es patente de
principio a fin. Ese debatirse entre dos mundos: el mísero y el opulento, la
intelectualidad y la ignorancia, su condición de mujer y sus aspiraciones de
ser humano, la negritud y los valores de siempre, África y América, su razón y
sus prejuicios, desvelan rasgos de Condé en los que podría reconocerse
cualquiera. Aunque, si todos acumulamos contradicciones, las suyas parecen más
extremas que la media. Ella lo explica muy bien: hija menor de una familia
cuyos padres ascendieron del nivel más humilde a cierta relevancia social y
holgura económica, mimada y educada para apreciar la buena vida, la cultura y
las artes, incluso para ser consciente de su propia dignidad –aún a costa de un
clasismo y una soberbia que ha acabado reconociendo– es rechazada por pareja y
familia a causa de algo tan trivial como un embarazo juvenil. Para alguien que
se quiere tantísimo, esto supuso, en cierto modo, un patinazo en lo que,
esperaba, fuese un historial intachable, y tardaría mucho tiempo en aceptarlo. En
ese momento comienza su lucha por integrarse, por llevar la vida que cree
merecer, por compatibilizar la maternidad con bienestar, compañía y su necesidad
de cultivarse intelectualmente, también por buscar su lugar en el mundo, ese
que según creyó se encuentra en África, aunque su elitismo le conduce a un
rechazo de todo lo que no sea la gente
bien de los sucesivos países y a sufrir decepción tras decepción. Por fin,
acaba cayendo en la cuenta de que nunca podrá ser aceptada por aquellos que
ella no acepta previamente.
“Mi viaje hasta Abiyán podría compararse, salvando las distancias, con la primera salida de Buda, cuando se le revelan inesperadamente, la pobreza, la enfermedad, la vejez y la muerte. Yo solo conocía el mundo de los privilegiados. No tenía más experiencia que esa. En mis reiterados viajes por Italia, España o los Países Bajos, no hice otra cosa que visitar museos: en Londres lo mismo, fui allí para ver los museos y aprender inglés”.
“Mi primer contacto con África no fue ningún flechazo. A diferencia de los viajeros occidentales, no me quedé embelesada ni con los perfumes ni con los colores. Más bien me afectó la miseria de la multitud. Vi mujeres escuálidas que, sentadas en el suelo, exhibían a sus gemelos, trillizos, cuatrillizos ante los viandantes. Vi tullidos que se desplazaban arrastrándose por el barro. (…) Y, en un contraste perfecto, los hombres blancos, lozanos y bien vestidos, circulando al volante de sus coches”.
Esa inquietud constante la llevará a un matrimonio de conveniencia, a tener
más hijos, a trasladarse de un país a otro, a sentir remordimientos por ellos, a
depender de la ayuda ajena, a resignarse a ser violada por conocidos, a alternar
con la flor y nata de la intelectualidad de cada país, a leer sin tregua, a aceptar
trabajos bien considerados pero muy mal pagados, a conocer varios regímenes
políticos por lo general dictatoriales, a palpar la corrupción e incluso a
presenciar algún derrocamiento, a adquirir conciencia crítica primero y
política después y, finalmente, a sentir la necesidad de expresar todo esto por escrito. Así es, a
grandes rasgos, como muchos años y multitud de vivencias más tarde, Maryse
Condé acabará convertida en escritora.
Traducción: Martha Asunción Alonso


