sábado, 18 de julio de 2020

Miriam Toews: Ellas hablan

Idioma original: inglés
Título original: Women talking
Año de publicación: 2019
Traducción: Julia Osuna
Valoración: está bien

Por mucho que el título de esta novela (cuya traducción literal del Women Talking original a este Ellas hablan permitiréis ponga algo en duda) parezca insinuar, por mucho que la recomendación de Margaret Atwood acabe de dar el empujón, a mí me hubiera gustado un libro más visceral. Quizás en este sentido la capacidad de despliegue visual sea más limitada, he leído algún comentario ensalzando las posibilidades de la idea en un hipotético montaje teatral, pero, manías que uno tiene, esperaba más sangre aquí, en el sentido figurado se entiende, especialmente en cierto sentido.
Me explico. La historia de ocho mujeres hablando en dos sesiones, apremiadas por la posibilidad de que aquello sobre lo que están hablando, los hombres que las han sedado mientras dormían y las han violado reiteradamente, a todas las edades, se presente en el lugar donde hablan, tiene un enorme potencial narrativo. La alusión a los cristianos menonitas, comunidad con la que la propia autora se relacionó, es tanto una puesta en escena de un entorno conocido como, extrapolando, el mismo marco que muestran series que he disfrutado recientemente como Unorthodox o Kalifat. Sociedades lastradas por el integrismo religioso (quizás necesitamos caricaturizarlo un poco, pero esto de frívolo no tiene un átomo), todo llevado al extremo común - no exclusivo de las religiones monoteístas, por cierto - de explotar al colectivo femenino, de vaciarlo de humanidad, de equipararlo a esos animales que los varones de la comunidad pretenden vender para financiar abogados que les ayuden a eludir las consecuencias de sus perversos actos.
Ojalá esta fuera una novela distópica, pero no. No sé hasta que punto son exactos los casos reales en que se basa, pero me aterroriza pensar que ello aún hoy es posible por la peculiar situación de ciertos colectivos a los que, bajo el protector paraguas de la tolerancia hacia los usos y costumbres, se les permite/tolera/se hace la vista gorda en ciertos comportamientos que pueden ir de lo amonestable a lo nauseabundo. Y ahí entra el matiz en el que he visto a Toews demasiado tibia. Tan tibia como algunas de las mujeres que se han reunido en la estancia acompañadas de August, que traduce del bajo alemán al inglés (idioma que ellas desconocen porque en su comunidad no se les permite educarse ni relacionarse con extraños) y levanta acta escribiendo (pues las mujeres  no saben leer ni escribir porque en su comunidad no se les permite educarse ni relacionarse con extraños) sobre lo que allí se decida. Que es el nudo del libro: las mujeres que hablan hablan sobre eso, sobre cómo afrontar que cierto grupo de hombres de su comunidad las haya sometido a abusos continuados y haya incluso pergeñado una excusa (la visita de Satán) para camuflar esas agresiones. Pero las mujeres incluso en esa apreciación disienten sobre qué hacer e incluso sus creencias religiosas muestran su arraigo interviniendo, como si incluso los terribles sucesos fueran voluntad de ese ser superior cuyos mandatos acatan. Y es ese momento en que la fuerza de este texto se resquebraja. Tenemos muy clara esa propensión de los credos religiosos más radicales y más extendidos en rebajar el papel de la mujer, en neutralizarlo o confinarlo en campos muy concretos (crianza de la prole, manutención  del hogar), tenemos muy claro que eso pueda ser solo una representación extrema de una sociedad más grande, más matizada en esa represión, más sibilina. Pero no hay un planteamiento frontal, agreste,  de crítica, de puñetazo en la mesa, de inadmisibilidad por lo que se deriva de esta situación. Lo cual sería útil en los dos sentidos: en el literario, porque la novela ganaría en tensión dramática, y en lo, digamos, contemporáneo, porque contaría con asideros a los que las, por desgracia, demasiadas personas que experimentan situaciones parecidas, podrían acogerse para denunciar su situación.

En el momento en que los hechos son ficción, las licencias narrativas entran en juego, la imaginación del autor interviene, y parece que las certidumbres se desvanecen o se ponen en duda. Lo valiente, ya que habitamos un entorno propicio, hubiera sido dejar caer esa cortina y afrontar la cuestión de cara. A día de hoy, puede que no hubiera sido descabellado exigirlo.

viernes, 17 de julio de 2020

Ignacy Karpowicz: Sońka

Idioma original: polaco
Título original: Sońka
Traducción: Xavier Farré (ed. en catalán) y Francisco Javier Villaverde (ed. en castellano)
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

Es evidente que, en tiempos de pandemia, una editorial pequeña puede tener grandes dificultades para conseguir situar a los ojos del lector, para tentarlo, para atraerlo, un libro de reciente aparición. La potencia de las grandes editoriales, con sus recursos y su altavoz mediático se impone, y un libro publicado un mes antes de la irrupción de la pandemia es difícil que sobresalga. Pero para eso estamos, para encontrar joyas que puede que hayan pasado injustamente desapercibidas entre el público y abrir una rendija por donde entre la curiosidad lectora.

El inicio del libro que nos ocupa es singularmente atrayente y empieza cuando Sońka, una anciana campesina de un pueblo pequeño ubicado entre Polonia y Bielorrusia, ve cómo un coche para en medio de la carretera próxima a su casa. La persona que baja del coche resulta ser Igor Grycowsky, un joven y famoso dramaturgo, quien le cuenta que se le ha estropeado el coche y no puede llamar a nadie. Sońka le ofrece hospitalidad en su pequeña casa y, mientras le da cobijo, le cuenta su vida, una vida marcada por la guerra y la tragedia, por el amor y el odio, por la incertidumbre y el desespero. Una historia que atrapa a Igor y que encuentra en ella un material inigualable para representar su vida en una obra teatral.

A partir de esta inesperada visita o fortuito encuentro, Sońka narra a Igor la relación que tuvo años atrás con un soldado alemán, en plena Segunda Guerra Mundial. Una relación apasionada, desatada, atrevida, contra los elementos que rigen la coherencia y la racionalidad, un amor por el que afirma que «nos amábamos tanto que el tiempo corría únicamente cuando estábamos juntos. Como si nosotros mismos fuéramos el tiempo. Fuera de nosotros, el tiempo no existía, nada de nada». Un enamoramiento del que recuerda que «rogaba fervorosamente (…) porque los alemanes ganaran y se quedaran allí para siempre». Una relación a escondidas, del padre, de los hermanos, de los vecinos, una relación imposible atada a una mentira que la persigue, que «se te adhiere como una telaraña, que te quita la libertad y —sobre todo— te condena a la soledad».

Estilísticamente, sorprende ya de entrada el estilo de Karpowicz, un estilo que mezcla el tono rural de Sońka, algo antiguo, rústico, de antaño, con un atrevimiento inusual que torna hacia la parte cómica, distendida y valiente de Igor. La mirada del narrador se sitúa inicialmente en el plano de quien, no únicamente contempla la escena entre divertimento y confusión, sino también en la admiración que surge del contraste entre estilos de vida y de pensamiento. Así el narrador permite sorprenderse con la propia historia narrada y contagia al lector en ese interés por saber lo que realmente ocurre entre ambos personajes, que ubica mentalmente y describe tomando consciencia de que forman parte de una obra teatral, situándolos en un escenario y adornando la historia con añadidos teatrales, tal y como describe gráficamente cuando Igor entra en casa de Sońka: «el sol se apagó, en el auditorio se fueron apagando las voces, ahora empezará el estreno, el foco central hace emerger de la oscuridad una figura encorvada». Porque este es uno de los méritos del autor y uno de sus principales atractivos: mezclar el relato de la vida de Sońka con la adaptación de su historia al terreno teatral, una recreación que sucede a la vez que la historia es contada, mezclando lo sucedido con los pensamientos de Igor al ensayar la obra. Con este atrayente planteamiento inicial, el autor consigue mezclar modernidad con antigüedad, distender tanta tragedia aportando distancia saliendo de la escena, al darnos a entender que eso ya pasó, que ocurrió años atrás, pero cautivándonos nuevamente al entrar de nuevo en la historia representada.

Partiendo de esta premisa, el autor teje una narración meta literaria, donde recrea esa historia que uno no sabe a ciencia cierta si ocurrió o es parte del proceso creativo del autor/protagonista narrador que le va añadiendo recursos dramáticos y efectistas, pero que eso es lo de menos, pues para narrar los sentimientos no hace falta que lo que ocurra sea verídico, sino únicamente que sea creíble. Las sensaciones que emanan del texto son reales, existan en este relato o en otro, viven dentro de nosotros y el autor juega con la incertidumbre de la veracidad de la historia sin dudar en ningún momento sobre la autenticidad de los sentimientos que narra. Y el autor no rehúye esa dicotomía, ese dilema narrativo, pues transmite al lector sus inquietudes de manera clara, interpelándolo, casi desafiándole siendo consciente de que todo es un teatro, como la propia vida.

Escrito con gran belleza y sensibilidad, la historia que narra Karpowicz es una historia de dolor y tragedia, de guerra y muerte, pero también de esperanza e ilusión, tal vez rota a veces o quebrantada por una realidad que insiste, obcecadamente, en incidir en la vida dejando una marca anímica imborrable, pero sí transformable, adaptable a una nueva realidad que grita a voces reclamando un espacio para crecer allí donde solo parecía haber tierra árida e infértil. Sońka acoge en su personaje el pesar de aquellos pueblos atravesados completamente por una guerra que deja atrás muertos y pesar, y que deja delante un vasto pasaje de desesperanza. Un estado de ánimo que queda patente cuando afirma que «sabía que la guerra terminaría pronto, porque ya no había gente. Había muerto. Y si no hay gente, tampoco hay guerra».

En esta obra que gana en intensidad a medida que uno avanza en la lectura y que, en ocasiones, recuerda a las tragedias de Mouawad por ese teatro lleno de fatalidades, desgarrador y pasional, un teatro que aquí se entreteje en medio del propio libro, en un acto de metaficción que pone al lector en el anfiteatro desde el que observar la vida, que incluso recuerda a Kristof, por las rurales vidas narradas, tristes y con una esperanza tenue, frágil y sumamente temporal, o también a Țîbuleac, por narrar la tragedia desde la belleza estilística. Porque ahí está la clave, en la pasión que desprende el relato, en su dureza no exenta de belleza narrativa.

Karpowicz ha escrito un texto en el que se entremezcla la narración con el teatro, la representación con la realidad, la vida con la muerte, la esperanza con la tragedia y la revisión de un pasado que no tiene fuerza suficiente para mirar al futuro; una obra que conmueve, afecta y deja un poso que solidifica en el estado anímico del lector que empatiza de manera irremediable con la obra. Dice el autor, en una escena donde Sońka llora desconsoladamente, que «en las personas hay mucha más agua que sangre». Karpowicz hace que seamos conscientes de ambas cosas, inundando con lágrimas una tragedia labrada a base de dolor y muerte.

jueves, 16 de julio de 2020

Chimamanda Ngozi Adichie: Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo

Idioma original: inglés
Título original: Dear Ijeawele, or A Feminist Manifesto in Fifteen Suggestions
Año de publicación: 2016
Valoración: Pedagógico


Nadie puede negarle a esta escritora su vocación y aptitudes didácticas. En cierto modo, me recuerda a Arundhati Roy. Ambas partían de unas condiciones difíciles para hacer oír su voz y que se reconociese su talento, empezaron escribiendo ficción y han acabado volcándose en el activismo cada una a su manera. Tal como ocurrió con La flor púrpura hace unos años, El dios de las pequeñas cosas fue todo un acontecimiento en su día, pero luego su autora se centró en el ensayo y no volvió a escribir ficción hasta veinte años más tarde. Adichie, hasta ahora, se ha dedicado sobre todo a la narrativa, sus obras de no ficción tienen un carácter más divulgativo, aunque habrá que esperar, porque vocación ensayística tiene y le queda toda una carrera por delante.
No puedo comparar este texto con Todos deberíamos ser feministas porque no lo he leído aún, pero entiendo que pretendía comunicar unos valores a los adultos de hoy, este en cambio se dirige a los adultos del futuro. Y lo considero muy necesario, pues cuando una mentalidad injusta se va transmitiendo de un siglo a otro, la única forma de romper esquemas tan arraigados es educar. Aún así, no entiendo por qué la supuesta amiga a quien va dirigida esa carta acaba de ser madre de una niña, en mi opinión, debería haber tenido gemelos, uno de cada sexo, pues la magia de la literatura permite quitar y poner lo que más convenga a los objetivos del que escribe. Y es que ¿qué hacemos con los supuestos hermanos de Chizalum, con sus primos, sus compañeros de colegio, los hombres que se crucen con ella a lo largo de su vida, la sociedad masculina que, durante su vida adulta, dirigirá el destino de Nigeria? Convendrán conmigo en que, muy probablemente, esa niña comience a discrepar más pronto que tarde de una situación que la oprime, lo que no está tan claro es que los varones de su edad, educados en el privilegio, sientan esa misma inquietud.
Urge una recopilación de consejos tan esquemática y clara como Querida Ijeawele, pero esta vez dirigida a los niños nigerianos, y que, de paso, la lean los padres y madres estadounidenses, españoles y del resto del planeta, a ver si empieza a equilibrarse un poco un estado de cosas que solo nos parece aceptable porque hemos nacido con él.
El texto se divide en quince capítulos que son otras tantas sugerencias. Dicho así puede parecer un ladrillo, pero aquí entran en juego las habilidades literarias de Adichie ofreciendo al lector una trama mínima, que vertebra y ameniza el contenido sin apartarnos de la línea expositiva. Por eso, supongo, la destinataria tiene nombre, así como su hija y marido, y las recomendaciones se alternan con anécdotas la mar de entretenidas.
Se preguntarán de qué sugerencias se trata. Les advierto que son muy básicas: no van a encontrar nada nuevo y a la mayoría de ustedes les parecerán de sentido común. Sin embargo, y a pesar de las apariencias, en la práctica se siguen ignorando, aquí y en cualquier parte, así que no está de más recordarlas, inculcárselas a las niñas y a los niños, insistir sin descanso hasta que dejen de hacer falta por obvias. Juzguen ustedes mismos: la crianza debe ser compartida por los dos progenitores, no existen “roles de género” (“Saber cocinar no es un conocimiento preinstalado en la vagina. A cocinar se aprende”). Así, tal cual, y me encanta que sea tan directa, así nadie puede alegar que no se la entiende. ¿Quieren más? A los bebés no hay que clasificarlos por colores; cualquier juguete es adecuado para ambos sexos; el matrimonio no debe ser un objetivo a conseguir por las chicas pues, una vez casadas (o a premiadas a buscar marido), se encontrarán en inferioridad de condiciones. Nadie tiene que dar permiso a nadie y todo el mundo debe aprender lo que necesita para valerse por sí mismo/a. El lenguaje nunca es inocente, así que cuidado con esos términos y frases que se graban para siempre y acaban condicionando nuestra conducta. Las mujeres no tienen que agradar, deben ser amables y resolutivas, exactamente igual que ellos. Debemos contrapesar esos prejuicios que, muy posiblemente, la niña escuchará fuera de casa etc.
Como ven, son cuestiones muy obvias, al menos para quienes vemos el mundo con una perspectiva humanística.

Traducción: Cruz Rodríguez Juiz

 Otras obras de la autora: Aquí

miércoles, 15 de julio de 2020

Jon Bilbao: Basilisco

Idioma original:
español
Año de publicación: 2020
Valoración: Muy recomendable

En este blog somos muy fans de Jon Bilbao: hemos reseñado una buena parte de su obra, y siempre ha tenido valoraciones del "recomendable" para arriba. Así que no podíamos dejar de reseñar también Basilisco, su última obra recién publicada, que ha sido aclamada por muchos como su mejor obra. Y sí, no vamos a andarnos con rodeos: esta es probablemente la obra más acabada y compleja de un autor con una trayectoria ya de por sí muy sólida. Ya su anterior publicación, El silencio y los crujidos, anunciaba un paso más allá de la "simple" (con muchas comillas) recopilación de relatos, planteando variaciones sobre un mismo tema, pero en este caso va un poco más allá, forzando los límites de los géneros narrativos (relato, novela corta, novela) y construyendo una obra poderosa y ambigua.

Quien conozca la obra anterior de Jon Bilbao, al empezar a leer Basilisco es posible que tenga una cierta sensación de déjà vu. La primera historia, "La asombrosa historia de los hermanos ladrones de tumbas", nos presenta a un tipo de personajes que ya conocemos de otros relatos anteriores del mismo autor: una pareja compuesta por un escritor con formación en ingeniería y una investigadora académica, envueltos en trifulcas más o menos banales en el Oeste americano. Solo que la segunda mitad del relato abre una vía diferente con la historia de los hermanos Dunbar, situada, también, en el Oeste americano, pero en el mítico, el de las películas, el de la expansión de la frontera, la lucha contra los indios y los forajidos, la fiebre del oro, etc. El lector todavía no lo sabe, pero en este primer relato (que es, al final, algo más que un relato) se encuentran ya las dos líneas en que se desdobla el libro: una que roza lo autoficcional (volveré a esto más tarde), y otra, la historia de John Dunbar, que comienza como un western bastante tradicional, y que luego se adentra por otros caminos más sinuosos.

De hecho, el siguiente relato, "La playa del naufragio", parece confirmar que nos encontramos ante otro libro de relatos de Jon Bilbao (lo que ya no sería decir poco), al presentar una historia independiente de la(s) del relato anterior: la de un hombre que por arrogancia e imprevisión se encuentra en medio de un naufragio, flotando en un mar que lo arrastra a la deriva y obligado a mantener con vida, a lo largo de toda una noche, a las dos niñas que estaban a su cargo, su hija y su sobrina. Lo que pasa es que más tarde descubrimos que quizás esta historia no esté tan separada del resto del libro como a primera vista parece.

A partir de aquí podría decirse que el libro entra en los carriles que lo estructuran: los capítulos alternan la historia de John Dunbar, un hombre silencioso, misterioso y violento embarcado en una expedición por las tierras de la frontera americana; y el narrador-escritor-ingeniero, padre de familia y marido inseguro, algo torpe para las relaciones humanas, cargado con una irritación casi constante hacia la vida que vive, que no es la que le gustaría vivir. Pero una vez, más, Jon Bilbao no se limita a narrar estas dos historias en paralelo, unidas solo por lo temático o lo simbólico (a lo Las palmeras salvajes de Faulkner), sino que establece entre ellas puentes más directos, cuestionando la separación (cronológica y narrativa) de sus tramas.

He escrito varias veces la palabra "hombre" a lo largo de esta reseña, y no es casual: este es un libro sobre hombres, en el sentido puramente masculino del término. El narrador, John Dunbar, el protagonista de "La playa del naufragio", son hombres que cargan con una masculinidad si no opresora, sí al menos incómoda: una irritación constante contra el mundo que descadena la tragedia (como en "La playa del naufragio"), la violencia (como en "Basilisco") o la huida (en "Hacia el nido de la araña"), unida a la incapacidad, o a la imposibilidad, de comunicarse con los demás y con el mundo de forma positiva. Con todo, si desde un punto de vista de los personajes y las historias Jon Bilbao tiene, efectivamente, algo de faulkneriano (marca de estilo que quizás heredó de Ramiro Pinilla, al que tanto admira), en esta obra parece haber querido vestirse, hasta cierto punto, de Pynchon, jugando con los planos narrativos, las dimensiones de la historia que se (con)funden o la mezcla de tiempos y espacios a través de túneles, en este caso literales, que atraviesan la obra.

Desde el punto de vista puramente literario, me pregunto también si con esta obra Jon Bilbao no ha querido dejar su mensaje en relación con la autoficción, uno de los géneros de moda en este inicio del siglo XXI: el narrador y protagonista comparte bastantes características con el propio autor (asturiano, residente en Bilbao, formación en ingeniería, entre muchos otros detalles), aunque en ningún momento se produce una identificación explícita. Dado que el narrador-protagonista es pintado a veces con rasgos poco halagadores (inseguro, inmaduro, irresponsable), quizás Jon Bilbao haya creado un alter ego de sí mismo, con el que jugar a construir ficciones; o quizás haya creado dos alter egos, como Superman y Clark Kent: el superhombre John Dunbar, y el algo-menos-hombre atrapado en una vida mundana y familiar (cenas, pañales, exnovios, padres ancianos) en la que no se reconoce. No creo que se pueda decir que Basilisco es una parodia de la autoficción; pero sí sería una variante, autoconsciente y distanciada, creada por alguien habituado a escribir ficción a secas (si es que eso existe).

Al final, como decía al principio, lo que queda es la sensación de que estamos ante una obra de plenitud de un escritor que domina su oficio: a las cualidades ya habituales de sus obras, como la tensión narrativa medida, la atención al detalle (tanto en las abundantes y pormenorizadas descripciones como en el uso del léxico exacto para cada objeto, planta, animal o idea) o la construcción de tramas y personajes llamativos, se une en este caso una ambición mayor en la estructura de la obra, en los juegos con los planos y voces narrativas, y por lo tanto en la capacidad para sorprender al lector y desafiar sus expectativas desde el principio mismo del texto. Ahora solo cabe preguntarse hacia dónde va a ir Jon Bilbao después de esta obra, y si conseguirá volver a superarse a sí mismo.

______

P.D.: Para quien no lo recuerde (yo mismo tuve que ir a buscarlo), el Basilisco es un animal mitológico, "el rey de los reptiles", tan mortífero que es capaz de matar con la mirada o el aliento.

martes, 14 de julio de 2020

Reseña + Entrevista: "Crema Paraíso", de Camilo Pino

Idioma original: Español
Año de publicación: 2020
Valoración: Más que recomendable

Una invitación para acudir a un reality show, mezcla de "Quién sabe dónde" "Gran Hermano", que emite una televisión alemana es el punto de partida de la disparatada comedia de equívocos que es esta "Crema Paraíso" del venezolano Camilo Pino. Aunque "Crema Paraíso" no es solo eso. Es también, entre otras cosas, la crónica de un desencanto generacional y una nueva vuelta de tuerca al dilema entre "alta" y "baja" cultura, a los mecanismos que determinan esta clasificación y a la línea que separa el éxito y el fracaso.

Para que los ingredientes de esta mezcla tan ecléctica no exploten, Pino sitúa la novela en dos tiempos con dos narradores diferenciados y la construye en base a personajes y situaciones contrapuestas y a mucho humor inglés (pero de ese que juega con lo grotesco) con toques caribeños. 

Un ejemplo: Los personajes de Emiliano Dubuc (50 años, jugador compulsivo de Candy Crush que vive en Miami en una situación económica más bien precaria) y Alfonso Dubuc (mejor poeta venezolano de su generación y padre acechado por la culpa convertido, con el tiempo, en un viejo verde al que la cabeza parece no regirle demasiado bien). 

Otro: La estancia de Alfonso Dubuc, a comienzos de los 80, en el Primer Congreso de Escritores Latinoamericanos de La Habana. Viaje y estancia entre lo tragicómico, lo patético y lo delirante finalizados de forma abrupta y sorprendente que suponen, al mismo tiempo, un fracaso, una pérdida de la inocencia y el definitivo despegue de Dubuc como poeta. Hasta ese momento, no era otra cosa que un poetilla de segunda o tercera fila que, de golpe y porrazo, comienza a "codearse" con Ernesto Cardenal (ojo a cómo aparece caracterizado), Mario Benedetti o Fidel Castro y a publicar en destacadas revistas y editoriales.

Otro más: El reality show, que supone el reencuentro de Alfonso con Beata Schultz, con quien mantuvo un breve "affaire" durante el citado Congreso habanero. Esta parte es la más disparatada de todas y con la que más me he podido reír. Situaciones equívocas, absurdas, grotescas y rocambolescas que acaban cerrando el círculo de los hechos ocurridos años atrás.

En el lado positivo de la novela destacaría, por encima de todo, su frenético ritmo. 250 páginas plagadas de personajes que no son lo que parecen, que se leen "fácil", que pasan en un santiamén y que, al mismo tiempo que divierten (y mucho), dejan una serie de temas en el aire sobre las que igual tendríamos que dar un par de vueltas. En el menos positivo, creo que la parte final está algo desaprovechada. Me he reído un montón con las peripecias alemanas de los Dubuc, con sus historietas casi surrealistas, y me da la sensación de que podrían haber dado más juego. O quizá es solo que me lo estaba pasando en grande y me jodió que terminara.

Pese a esto último, buen sabor de boca el que me ha dejado este "Crema Paraíso" y su limonada frappé.

+++++++++++++

Y ahora, un breve cuestionario al que Camilo Pino accedió amablemente a contestar. ¡Muchísimas gracias, Camilo!

ULAD: En la reseña definimos "Crema Paraíso" (como descripción general, aunque es mucho más que eso) como "disparatada comedia de equívocos con mucho humor inglés y toques caribeños". ¿Cómo la definiría Camilo Pino?

C.P.: Esa frase captura el espíritu de la novela. Agregaría que hay una lógica dentro del delirio, que es una novela de padre e hijo, que el padre es un gran poeta, y el hijo un joven obsesionado con el dinero, y que se embarcan en dos viajes, uno hacia la América Latina de principios de los ochenta, cuando todavía se podía creer en la revolución cubana, y otro, en el presente, a las profundidades del entretenimiento basura en Europa y los Estados Unidos. Y que en el camino se tropiezan con la poesía, pero no una poesía luminosa, sino más bien dionisíaca y errática, avergonzada de su belleza. Pero si tuviéramos que resumir todo en una frase, me quedaría con la tuya.

ULAD: En la novela se juega con el concepto de éxito y fracaso y con la construcción de aquel. En su opinión, ¿en qué medida depende el éxito o el fracaso de una obra o autor de elementos "extraliterarios"?

C.P.: A corto plazo, mucho, muchísimo. Hay elementos “extraliterarios” que pueden determinar la recepción inicial de una obra: el padrinazgo de una persona famosa o respetada por los lectores, el gusto del momento, tener una fuerte presencia en las redes sociales, ganarse un premio reconocido, contar con el apoyo de una campaña de mercadeo, hasta la personalidad de un autor pueden hacer despegar un libro. Lo difícil es mantenerlo vivo, que se lea más allá de ese impulso inicial y sobre todo, que establezca una conexión real con un grupo de lectores.

Yo creo que con el tiempo los libros malos desaparecen y que muchos de los buenos van haciendo su camino por sí mismos, a veces muy lentamente. También creo que los elementos extraliterarios son necesarios, inevitables, y que toca convivir con ellos. Lo importante es que los escritores no olvidemos que nuestra responsabilidad final es para con la escritura, que el resto es accesorio.

ULAD: Siguiendo un poco con lo anterior, la imagen que se da del "establishment literario latinoamericano" de los años 80 no es demasiado positiva. ¿Qué le parece el "establisment" de 2020? Y, ahora que vive en los Estados Unidos, ¿qué diferencias hay entre el "establishment" estadounidense y el venezolano?

C.P.: Vivo en Miami, una ciudad que, como dice Hernán Vera Álvarez, detesta a los intelectuales. Los escritores aquí somos como borrachitos que nos reunimos escondidos en las dos librerías independientes de la ciudad. Aunque hay que admitir que somos disciplinados y persistentes. De hecho, hay grupos como Suburbano, que editan y producen eventos y que han logrado crear una comunidad literaria en español. Y también está la Feria del libro de Miami, que tiene un programa en español bastante decente. Pero la verdad es que el gran mundo literario estadounidense orbita en otra galaxia que gira alrededor de Nueva York y que ignora por completo la producción en español.

En cuanto al mundo literario venezolano, pues está pasando un proceso de transformación muy grande. La industria editorial está diezmada y un porcentaje enorme de los escritores, quizás la mayoría, vivimos en el extranjero. Han pasado dos cosas: Nos hemos internacionalizado y nos hemos desplazado al mundo digital, con todo lo que eso implica. Aunque supongo que la industria en pleno se está moviendo a Internet de una manera u otra. Quizás nos estemos adelantando.

ULAD: Asistimos en la novela al desencanto o la desafección de Dubuc hacia la Revolución cubana, al tiempo que otros autores permanecen, bien por comodidad o cobardía, a su sombra. ¿Puede ser extrapolable a la situación actual de Venezuela? ¿Puede, en este sentido, constituir el texto un llamado a cierta parte de la intelectualidad latinoamericana o europea?

C.P.: No hay dictador sin juglar. Piensa en los futuristas, o en poetas como Ezra Pound, que se entregaron de cuerpo y alma al fascismo. Yo escribo sobre los escritores latinoamericanos revolucionarios y su complicidad con los hermanos Castro, porque es una realidad que conozco bien y que sufro directamente, pero siempre ha habido complicidad entre una clase intelectual y el régimen dictatorial de turno.

Y es cierto, esa complicidad prevalece en muchas instituciones culturales y académicas de Europa y lo Estados Unidos. La izquierda caviar, o Disney, o exquisita (la tradición es larga y por eso tiene tantos nombres) ha hecho un daño enorme, en algunos casos irreparable y no estoy hablando de censura o de la marginación sistemática de ciertos escritores, estoy hablando de hambre, violencia y muerte. Disculpa lo afectado, pero es así.

ULAD: Por último, asistimos a un auge de la literatura venezolana en los últimos tiempos. Al menos en España, podemos acceder a la obra de Rodrigo Blanco, de Juan Carlos Méndez Guédez, Alberto Barrera, Karina Sainz Borgo, un tal Camilo Pino...y se ha recuperado la obra de autores como Teresa de la Parra, Victoria de Stefano o Úslar Pietri. Pese a que son autores muy diferentes entre sí, ¿podemos hablar de un "miniboom" venezolano?

C.P.: Yo creo que sí, que se puede hablar un pequeño boom. Barrera Tyszka abrió en camino con La enfermedad y luego con Patria o muerte y desde entonces se está publicando y leyendo más literatura venezolana fuera del país. Dicen que las crisis son grandes fuentes de material literario, y quizás esa sea una de las explicaciones (desafortunadamente). El otro motivo puede ser la internacionalización de los escritores y lectores venezolanos. Pero teorizar sobre estos fenómenos siempre es arriesgado. Lo que sí te puedo decir es que sería estupendo pasar de pequeño boom, a boom de verdad.

ULAD: La pregunta más seria e importante de todas: ¿Realmente merecía Dylan el Nobel?


C.P.: No más que el poeta Dubuc. A ver, Dylan es un gran artista, un excelente músico. Sus letras son buenas, pero no son superiores a la producción de cualquier poeta medianamente decente. Y por lo que veo, el Nobel lo traía sin cuidado. Ni siquiera se presentó en la ceremonia y parece que se copió la mitad del discurso de aceptación. Con tanto escritor de calidad pasando trabajo en el mundo, es injusto otorgarle un Nobel a un cantante famoso y millonario. Esa decisión la tomó un jurado desconectado con la realidad. Fíjate en lo que pasó después. El Nobel perdió un montón de credibilidad y terminó enredándose en escándalos más disparatados que los de Crema Paraíso.

lunes, 13 de julio de 2020

Georges Simenon: La nieve estaba sucia

Idioma original: francés
Título original: La neige était sale
Año de publicación: 1948
Traducción: Núria Petit
Valoración: recomendable

En un siglo como fue el XX, tan prolífico en grandísimos escritores, uno de los más destacados fue, sin duda, el belga Georges Simenon, cuando menos si tenemos en cuenta la relación entre la calidad de sus libros y la enorme cantidad de los mismos: casi doscientas novelas firmadas con su nombre (más otro montón con pseudónimo, recopilaciones de cuentos y volúmenes con sus memorias); muchas de ellas protagonizadas por el emblemático comisario Maigret, aunque también escribió un número importante de historias con otros personajes y ambiente, como Los Pitard o Los hermanos Rico. O como esta La nieve estaba sucia, que como bien se señalaba en la reseña de La viuda Couderc, pertenece a las "novelas duras" de Simenon, aquellas sin el protagonismo de Maigret y un trasfondo más oscuro aún que en las del comisario francés.

Esta novela, que se desarrolla en una ciudad alemana ocupada por un ejército extranjero tras la guerra (*) -no se especifica por cual, aunque cabe suponerlo- tiene por protagonista a Frank Friedmaier, un joven que vive con su madre en el burdel clandestino que regenta ella y que reparte su tiempo entre la holganza en el burdel y una no menos fácil vida canallesca, bebiendo en el local de Timo y haciendo chanchulletes con su amigo Kromer. Una noche de invierno, Frank decide matar a un oficial del ejército ocupante que frecuenta el bar, para hacese con su pistola, pero luego teme haber sido visto por su vecino y conductor de tranvía Gerhard Holst. Frank se obsesiona con éste y con su hija adolescente, Sissy, a la que empieza a cortejar, con un desenlace que no pienso desvelar, tranquilos... (aunque quien piense mal, acertará).

La novela pertenece claramente al género noir,  pero un tanto atípico, si se quiere... en este caso, no se trata de averiguar quien es el criminal o desvelar la trama tras un asesinato: ya sabemos quién es el asesino desde la primera página y el resto del libro podemos considerarlo más como una indagación o exploración psicológica del protagonista. Al estilo, para entendernos y salvando algunas distancias, de muchas novelas de Patricia Highsmith, como la serie de Ripley (aunque en verdad deberíamos decirlo al revés, porque Highsmith comenzó a publicar sus novelas en 1950 y ésta de Simenon es de dos años antes); al igual que a Ripley, podemos considerar a Frank Friedmaier como un psicópata (pese a que no sé si el término se utilizaba ya en aquellos años), alguien que busca su propio beneficio sin sentir empatía por nadie y sin parar mientes en los medios para conseguirlo; pero, bien es cierto,  sin poseer tampoco el encanto de aquél. La diferencia, sobre todo, reside en que, mientras que los personajes de Highsmith, por ambiguos o incluso inmorales que sean, tratan en algún momento de salir aderlante, de resolver sus problemas, y en todo caso acaban, contra su voluntad, siendo arrollados por éstos, sin embargo Frank Friedmaier decide no sólo envilecerse y envilecer cuanto le rodea, a propósito, sino dejarse caer por una pendiente autodestructiva, nihilista, si se quiere, que acepta y busca con total estoicismo... y hasta ahí puedo o debo contar.

En cualquier caso, se trata ésta de una novela de una calidad literaria que supera con mucho las expectativas que pudieran tenerse acerca de un escritor tan prolífico y encasillado como "de género"; una novela osacura como pocas, muy turbia y que puede que deje un regusto amargo, pero nunca indiferente a quien la lea, eso seguro.

(*) Curiosamente (o no tanto), casi todas las reseñas de La nieve estaba sucia que he encontrado en la Red, incluyendo la sinopsis de la propia editorial (e incluso alguna sinopsis en francés), dicen que la historia se desarrolla "durante la ocupación nazi" o "alemana", cuando lo que resulta evidente al leerla es que la ciudad ocupada está en ALEMANIA, porque los nombres y apellidos de todos los personajes son ALEMANES (en cambio, no se revela el de ninguno de los ocupantes).

Ésta, claro, no deja de ser una circunstancia anecdótica e incluso banal, un malentendido producto, probablemente, de un error de traducción (ocupación alemana por ocupación de Alemania) o algo así. De acuerdo, pero deja entrever algo más grave: que, también con bastante probabilidad, ninguno de esos "reseñistas" ni, lo que es peor, nadie de la empresa editorial se molestó en leer la novela cuando fue publicada, conformándose con un agradecido, por rápido, trabajito de copypaste. Y si, con un poco de desconfiada imaginación, extrapolamos este modus operandi a lo que se asegura de muchos autores y autoras o libros en concreto, que los "prescriptores literarios" nos presentan como clásicos contemporáneos y que sin embargo a nosotros, humildes y perplejos lectores, nos parecen una verdadera castaña (no es difícil encontrar ejemplos desvelados en este mismo blog), entonces, digo, entenderemos muchas cosas de como funciona este negocio, amigos y amigas, y no obstante, lectores de Un Libro Al Día. Porque de eso va la cosa, me temo...


Otros títulos de Georges Simenon reseñados en Un Libro Al Día: La viuda Couderc, El ahorcado de la iglesia, La muerte de Belle

domingo, 12 de julio de 2020

Mahir Guven: Hermano mayor

Idioma original: Francés
Título original: Grand frère
Año de publicación: 2017
Traducción (al catalán): Albert Pejó
Valoración: Se deja leer < Está bien

Hermano mayor, ópera prima de Mahir Guven, narra la historia de dos jóvenes musulmanes, hijos de sirio y bretona, que viven en Francia. El pequeño dejó su trabajo como enfermero y abandonó repentinamente el país, por lo que la policía cree que se ha unido a un grupo yihadista. Huelga decir que su regreso supondrá un problema para su hermano.  

Esta novela, laureada con varios premios literarios, está totalmente anclada en la actualidad. No en balde, transcurre paralela a diversos conflictos bélicos contemporáneos y menciona a Uber, el atentado contra Charlie Hebdo o la tribu urbana conocida como "hipsters". 

Reflexiona sobre el Islam y su papel en Europa, sobre el ambiguo sentimiento de pertenencia de los musulmanes franceses, sobre los prejuicios, la marginación y la estigmatización del otro. En este sentido, me ha gustado que Guven no aleccione a sus lectores con un discurso reduccionista y victimista. De hecho, el autor es capaz de ver los claroscuros que empañan el asunto, e incluso denuncia la existencia de racismo y falta de tolerancia por parte de los propios musulmanes hacia sus semejantes.  

Aunque esta ficción está bastante lograda, especialmente teniendo en cuenta que es un debut, se le podrían señalar algunos defectos. En primer lugar, es innegable que su contenido debería haberse condensado más, mucho más. También se le puede reprochar que quiere tocar demasiadas teclas y apenas acaba por explorar en profundidad la mitad. O que su argumento presenta un par de coincidencias inverosímiles. Sin embargo, insisto en que Hermano mayor funciona: sus protagonistas están bien caracterizados, imprime suspense o tensión en los pasajes adecuados y entrega reflexiones valiosas aquí o allá.

Quizás en unos años se asiente en Francia como lectura obligatoria para adolescentes. Hay en este libro escenas de sexo, drogodependencia y violencia, es cierto, pero eso no tiene que inquietar a los institutos, pues los jóvenes de hoy en día ya han visto de todo a una temprana edad.