Idioma original: español
Año de publicación: 2000
Valoración: Recomendable
Es una novela muy curiosa, esta de Los ojos vacíos de Fernando Aramburu. Curiosa en sí misma, y curiosa por ser de Fernando Aramburu, porque no parece haber sido escrita por el mismo autor de Los peces de la amargura y El vigilante del fiordo, volúmenes de relato de corte realista e inspiración contemporánea.
Los ojos vacíos no tiene nada que ver con esto. Es una novela de fantasía desbordante y aparentemente inagotable, que combina rasgos de novela de dictador, novela picaresca, novela de aventuras y novela de aprendizaje, todo ello en una geografía ficticia pero no ajena a la realidad: el extraño reino de Antíbula, sumido en el caos y las revueltas tras el asesinato de su rey Carfán III. Hijo ilegítimo de un músico extranjero y de la hija del posadero, el protagonista y narrador reconstruye, desde la atalaya de la vejez (como en El Lazarillo, sin ir más lejos) los años de su infancia y aprendizaje vital, dominados sobre todo por la figura de un abuelo tiránico e implacable; hay páginas crueles, páginas desagradables, páginas duras; pero también hay muchísimo humor, un derroche de invención y una galería variada de personajes sorprendentes.
Los ojos vacíos es una novela notable; quizás algo repetitiva en su segunda mitad, pero en todo caso construida con una firmeza envidiable. Disfrazándose por momentos de novela histórica (con la referencia a fechas, hechos y documentos supuestamente reales sobre la historia de Antíbula), es más bien una alegoría de lo que muchos estados europeos (y no europeos) fueron o pudieron llegar a ser en algún momento: una parodia de sí mismos. Al situarse en un mundo paralelo cercano a veces al onirismo o al esperpento, exige del lector paciencia y una "suspensión de la incredulidad" casi total; pero promete, a cambio, momentos divertidos, sorprendentes o sugerentes como pocas novelas que yo haya leído últimamente.
Lo cual me lleva a plantearme una cuestión interesante pero resbaladiza: si esta línea de creación fantasiosa, imaginativa e irrealista ha sido abandonada definitivamente por Aramburu; y si ha sido así porque se le agotó la vena, o porque le obligó a ello su concepción del compromiso ético y político. Si abandonó la Antíbula de Los ojos vacíos por la Euskadi de Los peces de la amargura por decisión artística o ideológica. Me daría cierta pena que sea lo segundo, porque vendría a probar algo que ni yo ni Aramburu querríamos que pudiera probarse: que el compromiso a veces es perjudicial para la literatura.
Otras obras de Fernando Aramburu en ULAD: Años lentos, El vigilante del fiordo
jueves, 15 de marzo de 2012
miércoles, 14 de marzo de 2012
André Gorz: Carta a D. Historia de un amor

Idioma original: francés
Título original: Lettre à D. Histoire d'un amour
Año de publicación: 2006
Valoración: muy recomendable
Con motivo del día de San Valentín, el mes pasado varios miembros de ULAD escribieron una serie de reseñas sobre libros de amor. Yo no participé porque no recordaba haber leído ningún libro que versara sobre este tema y que no estuviera ya reseñado. Pero, hace unos días, al intentar (re)organizar mis libros, descubrí una obra que bien habría tenido un lugar merecido en aquella serie: Carta a D. Así que, aun siendo tarde para San Valentín, decidí releer este librito y escribir esta reseña.
Carta a D es, como he dicho, un librito, una obra corta (apenas 110 páginas en formato pequeño y letra grande) de prosa sencilla pero cuidada que se lee de una sentada, pero que no por eso es poco valioso. Todo lo contrario. Cuando Gorz escribió este libro (2006), su mujer, Dorine Keir, habría contraído una enfermedad incurable que sabía que la llevaría a la muerte. Aterrados ante la idea de separarse, ambos se suicidaron un año más tarde, y esta obra es el testimonio que él dejó explicando lo mucho que se querían y quizá anticipando la decisión que tomaron en 2007.
En Carta a D Gorz escribe en forma de carta dirigida a su mujer, Dorine Keir, todo lo que ella significó en su vida, y basta leer las primeras frases del libro para saber que nos encontramos ante un texto muy especial: Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, sólo pesas cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta años que vivimos juntos y te amo más que nunca.
Tras este bello comienzo, el autor intenta explicar, quizá con cierto remordimiento, por qué su mujer estuvo tan poco presente en su obra, a pesar de ser la persona más importante de su vida. Pero pronto deja de cuestionarse y continua su carta otorgándole el lugar que le corresponde, y reconoce que sin ella nunca habría llegado a nada. La caída de las ideologías, las guerras, los continuos cambios (pocas veces, a mejor) en el mundo, la enfermedad, la vejez... nada habría tenido sentido, si ella no hubiera estado a su lado.
Por eso escribió esta carta. Por eso cuenta que a ambos les aterraba la idea de enviudar, porque ninguno de los dos sería capaz de continuar viviendo sin el otro. Por eso merece la pena (y mucho) leer este libro. Porque habla del amor –del Amor– sin ñoñeces ni sensiblerías ni príncipes azules ni fueron felices y comieron perdices. Porque hubo momentos buenos y malos y a pesar de –o gracias a– todos ellos estuvieron juntos durante más de medio siglo. Para quitarse el sombrero.
martes, 13 de marzo de 2012
Cees Nooteboom: El día de todas las almas

Título original: Allerzielen?
Idioma original: holandés
Año de publicación: 1998
Valoración: Recomendable
Os diré que he leído esta curiosa novela – que consideraremos como tal en el más amplio sentido del término – de una forma un poco extraña: en lugar de leer, la mayor parte del tiempo me he dedicado a divagar. Porque, cuando se transita por Berlín en compañía de Arthur Daane, el reportero gráfico a quien apenas sucede nada pero a través de cuyos ojos (y cámara) atisbamos la realidad de una época, el texto funciona a modo de aspirador, extrayendo lo que cada uno lleva dentro. Eso a quien no se le caiga de las manos cuando compruebe que no hablamos de ningún relato al uso sino de seguir los pasos (reales y mentales) del narrador/protagonista.
El día de todas las almas, – del original holandés Allerzielen (All Souls Day) – también puede traducirse como Día de los Difuntos, pero figura en el ejemplar que yo tengo como Paradijs verloren, otra obra del autor publicada más tarde. Es un personalísimo documental escrito del Berlín de finales de los 90, su fisonomía, en especial la huella que ha dejado el Muro (tanto su existencia como su destrucción), su historia, la influencia que deja en sus habitantes, además de la indagación introspectiva y el buceo intelectual del viajero y cronista Nooteboom, por medio de su personaje, en todo aquello que le interesa, detesta, llama su atención o le conmueve. Entre todo ese amasijo de elementos, destaca – para el lector español – el conocimiento de este país, filtrado, naturalmente, por la mentalidad de un observador nacido en Holanda. Escrito entre 1996 y 1998, la violencia que se desencadenó aquí en el verano del 97 le sorprendió a media redacción y no pudo resistirse a constatarlo.
Pero su interés no se limita a la España de la época, ni siquiera a nuestro teatro clásico (utiliza la expresión “convidado de piedra” ¡¡dos veces!!) En sus pensamientos, o en su diálogo con esos amigos algo irreales (a medio camino entre puros arquetipos y seres de carne y hueso), se detiene a analizar el papel –decisivo para la configuración del panorama europeo – de los acontecimientos que, en la época medieval, tuvieron lugar en la península. “Estuve curioseando un poco en esa antigua historia española. Aún no existe ninguna España. Las fronteras van desplazándose continuamente de un lado a otro, es como para volverse loco. Musulmanes y cristianos, y esos, a su vez, divididos de nuevo en todo tipo de reinos grandes y pequeños, todo el mundo masacra a todo el mundo y luego otra vez amigos, y todo el mundo se llama Alfonso, lo que tampoco facilita las cosas.” “El mundo con el que nosotros tenemos que ver es la suma de todo lo que ocurrió alguna vez, aunque a menudo no sepamos qué ocurrió (…) Aquella época quizá no le importe a nadie un pimiento, pero en ese raro rincón de España se estaba decidiendo entonces el destino de Europa.”
España le sorprende tanto que no se resiste a compartir lo que para él constituye – para bien y para mal – todo un espectáculo. En cambio, en la nueva sociedad rusa, que parece conocer bastante mejor, apenas se detiene. Se limita a lanzar sobre ella una mirada rápida y volver la cabeza enseguida, encogiéndose teatralmente de hombros.
El invernal norte y el cálido sur observados desde Alemania por un espectador holandés. Centroeuropa se convierte así en el punto medio desde donde, de alguna forma, Noteboom dobla la manta para acercarnos a su particular visión de la historia pasada y presente. “Pero, ¿por qué demonios Alemania? Un poder económico que, parecía tirar de toda Europa, una moneda que era tan fuerte que el resto del mundo podía romperse los dientes al morderla, una posición geográfica que hacía que, si ese enorme cuerpo se girase un poco mientras dormía, se produjera algo así como un ligero terremoto en los países vecinos…”
Paralelamente a todo ello, encontramos una historia de amor, no sólo absurda (¿hay alguna que no lo sea?) sino increíble, acartonada, casi folletinesca. Lo que todavía choca más en un texto tan riguroso intelectualmente. Si lo que Nooteboom pretendía era añadir algo de vida en un artefacto demasiado árido, el intento resulta fallido. Elik (hasta su nombre y la justificación de su origen español no pasan de ser una elaboración mental del autor), su melodramático pasado, su personalidad (demasiado) enigmática y la desdibujada – aunque no por ello más creíble – relación con Arthur Daane podría eliminarse sin que nadie las echase de menos. Al contrario, el conjunto ganaría en credibilidad y coherencia.
Como digo, los personajes no son tales sino (como Erna, la amiga incondicional con la que suele dialogar mentalmente) una pared donde rebotan los soliloquios del protagonista. O máquinas de lanzar ideas. Por ejemplo, una de las reflexiones que su amigo filósofo, Arno Tieck, suelta, como todos, sin venir mucho a cuento: “No pararán hasta que el mundo entero coma lo mismo. (…) Comer lo mismo, oír lo mismo, ver lo mismo y luego, por supuesto, pensar también lo mismo, si es que se puede hablar todavía de pensar. Fin de la diversidad” Encontramos también una especie de coro – al modo de la tragedia griega clásica – de inmortales que situándose por encima del bien y del mal filosofan brevemente entre uno y otro capítulo: “La eternidad, Dios, la historia, todo son invenciones vuestras. Todo es al mismo tiempo real y una ilusión, y vivir con eso no es tarea fácil.”
Como decía, un libro para reflexionar más que para revivir sucesos inventados, a medio camino entre la narrativa y el ensayo, con abundantes diálogos y continuos cambios de enfoque, que hay que leer con la mente abierta y sin prejuicios si se quiere disfrutar de él.
También de Cees Nooteboom en ULAD: Luz por todas partes
Etiquetas:
escritores holandeses,
libros en holandés,
novela,
recomendable,
siglo XX
lunes, 12 de marzo de 2012
Kevin Canty: Todo

Idioma original: inglés
Título original: Everything
Año de publicación: 2010
Valoración: recomendable
RL tiene cincuenta años, es dueño de un negocio de pesca en una pequeña población estadounidense y lleva una vida tranquila. Todos los años se reúne con June, la viuda de su mejor amigo, para celebrar un cumpleaños que él ya no podrá cumplir. Es su manera de recordarlo y de hacer más llevadera su falta. Sin embargo, June ya no quiere seguir con la tradición, pues no le deja seguir adelante con su vida. Así que esta vez anuncia que será la última. Y no sólo eso, sino que además va a vender su casa y va a intentar empezar de cero. Por si esto no fuera suficiente, su hija Layla ha vuelto a casa después de su primer año en la universidad, convertida en un bicho raro al que él no sabe cómo tratar, y Betsy, un amor de juventud, le pide que la acoja mientras recibe sus sesiones de quimioterapia.
RL tendrá entonces que plantearse su vida (¿qué ha hecho hasta entonces? ¿Qué se supone que debe hacer ahora?), pero también tendrán las mujeres que lidiar con lo que a cada una se le viene encima. Pues, ¿acaso tener más años nos hace más sabios y nos ayuda a enfrentarnos a nuestros problemas? ¿O sólo nos volvemos más viejos, mientras aprendemos a fastidiarla de una forma diferente cada vez?
Lo que Canty plantea en esta novela (cuyas 272 páginas no deben llevaros a engaño, es bastante más profunda de lo que parece a simple vista) no es, como podríamos pensar, que llega un momento en la vida en el que aprendemos a hacer las cosas bien, sino que lo importante es que no dejemos de luchar nunca. Y para ello nos muestra un pueblo en el que apenas pasa nada, donde se abusa del alcohol y uno nunca dice lo que siente, ni tiene jamás la sensación de estar haciendo lo correcto.
Para ello nos presenta a una serie de personajes imperfectos pero increíblemente reales, que no siempre saben qué necesitan pero que sin duda están dispuestos a tomar las riendas de su vida y enfrentarse a lo que se les cruce en el camino. Y eso ya es mucho decir.
domingo, 11 de marzo de 2012
Régine Deforges: La bicicleta azul
Idioma original: francésTítulo original: La bicyclette bleue
Fecha de publicación: 1981
Valoración: Se deja leer
Me ha sucedido de nuevo: a la hora de calificar un libro con más puntos negativos que positivos en mi humilde opinión, considero que el adjetivo "Repugnante" es excesivo y acabo colocándole el tibio "Se deja leer". Pero que conste que pienso que La bicicleta azul es una obra que no se merece demasiados parabienes, principalmente, por un rotundo motivo: su argumento es una copia descarada de Lo que el viento se llevó, celebérrima obra de Margaret Mitchell gracias a esa adaptación cinematográfica que todos conocemos (y que a mí, qué demonios, me encanta).
Y es que Régine Deforges, famosa escritora gala conocida por sus obras de tintes eróticos, se pasó de la rayita... ¿O es que a nadie le suena lo que voy a escribir a continuación? Veamos... La heroína de la historia es Léa Delmas, una bella y feliz joven de diecisiete años de muy buena familia que tiene un par de hermanas mayores y muchos mimos y caprichos, y que está rodeada de pretendientes. Léa se dedica a pasar el tiempo frívolamente en Montillac, en la hacienda que posee su padre en la campiña bordelesa, cuando su idílico universo se viene abajo al estallar repentinamente la Segunda Guerra Mundial. Entonces se verá de pronto enfrentada a todos los horrores que trae consigo ese maldito jinete apocalíptico: la miseria, la derrota, la huída, la traición, la violencia y la muerte. Pero también descubrirá el amor y la pasión. Lo primero gracias a su vecino Laurent d'Argilat, al que se declarará, pero éste la rechazará para casarse con otra dama, por lo que Léa, despechada, se casará con otro hombre sin amor (que morirá al poco) y se hará amiga de la mujer que le ha quitado a su príncipe azul mientras éste esté en la guerra; y la segunda, en brazos de François Tavernier, un personaje lleno de claroscuros que despertará en Léa sentimientos opuestos de atracción y odio. Y bueno, también andará por ahí un amigo suyo desde la infancia, enamorado de ella hasta la médula pese al desdén de la joven, que aprovechará su amistad con "los malos" para forzarla...
En fin, que quitando lo del pérfido amigo de la infancia, suena bastante a Escarlata, Rhett Butler, Melania and company, ¿verdad?
Y a todo esto, que se me olvida lo más importante, Léa se unirá, de la mano de su tío Adrien (un monje dominico rebelde), a la causa de la Resistencia francesa, donde vivirá muchas peripecias... La joven servirá de correo llevando y trayendo mensajes a lomos de su bicicleta azul, la que da título a este libro, el primero de una trilogía de la que no conozco los otros dos volúmenes...
Conclusiones: el libro se lee rápido y bien y uno no se disgusta si sabe de antemano que ha escogido un folletín bélico-romanticón de manual (con escenitas erótico-festivas aquí y allá) y que en este mundo se puede plagiar burdamente y recibir premios y admiraciones a tutiplén por ello.
(Después de releer lo que acabo de escribir sigo preguntándome por qué no me he atrevido con el "Repugnante". Qué rareces tengo, hummm...).
PD: habemus serial para la TV. Con Laetitia Casta como prota y esas cosas...
sábado, 10 de marzo de 2012
Cómo publicar un libro. Basado en hechos reales.
Resulta que sí, que la semana que viene sale a la venta mi primera novela publicada. ¡En estos tiempos! Y consultado el Consejo ULADiano a propósito de escribir un post sobre el tema de publicar un libro de ficción, decidimos que tal vez podría ser interesante para algunos de nuestros lectores explicar un poco qué hice y cómo lo hice. Así pues, allá vamos.
Bien, lo primero que hice fue escribir una novela. Cuando la terminé, se la di a algunos amigos acostumbrados a leer (incluyendo algún sospechoso habitual de ULAD) y a otros no tan acostumbrados, para que la leyeran y me escribieran con sus impresiones: errores encontrados, sugerencias, opiniones sinceras, valoraciones de capítulos específicos y de la obra en conjunto... Esas cosas. Me pareció importante escuchar las voces de esos dos sectores, el lector habitual y el esporádico, porque ambos podían aportar visiones diferentes sobre un mismo texto.
Lo segundo que hice fue debatir/discutir/liarme a golpes con cada uno de ellos para llegar a conclusiones interesantes. Fueron dos o tres meses de emails y de cambios en el texto: algunos porque el razonamiento de mi interlocutor era impecable, otros porque su idea provocaba en mí la aparición de una nueva, e incluso hubo ciertos cambios que llegaron por arte de magia, como si hubiera partes del texto que yo no sabía que me disgustaban y, al hacerlas "públicas", mi "lector interior" me pusiera las cosas en orden. Por supuesto, cuando terminé la reeescritura de la novela y puse el punto final, ya estaba de ella hasta las narices.
Lo tercero que hice fue registrar la obra de forma oficial. En general, mi planteamiento sobre esto era que quién podría estar interesado en plagiarme un libro o una idea, sabiendo que a) ya está todo escrito, y b) hay como tropecientas mil novelas por todas partes. Pero luego, navegando por internet, lees casos realmente brutales de gente que, todavía hoy, copia alegremente una novela de otro y la publica con sus santos cojones, y hasta hace entrevistas y la hostia, y te quedas mosca. Así que la registré.
Lo cuarto que hice fue escribir una carta modelo para las editoriales. La carta tenía dos folios y constaba de los siguientes apartados: fórmula habitual de presentación ("les envío este manuscrito para que valoren...", etc.), características del texto (título, número de páginas, género), breve sinopsis argumental (como la que podría ir en la contraportada, caso de su publicación), argumentos de venta (público lector al que podría ir dirigida, competencia con libros del mismo estilo, posibilidades de promoción personales o estrictamente vinculadas al texto, etc.) y una breve biografía personal, apenas centrada en lo literario (qué coño iba a decir si nunca había publicado un libro). Para cerrar, una despedida elegante y mis datos de contacto.
Lo quinto que hice fue una selección de editoriales. ESTO ES IMPORTANTE. Hay que ser un poco espabilado y saber a qué puertas debes llamar, más o menos: si el libro es una novela histórica, por ejemplo (no fue mi caso), pues lo lógico es enviarlo a todas aquellas editoriales que suelen publicar libros así. Si tienes dudas, haz lo que yo hice: de librería en librería y apuntando nombres de editoriales como un loco. Luego, a través de internet, fui estudiando un poco cada una: dirección, novedades... Solía fijarme en si publicaban a autores españoles, y también en la parte de presentación: muchas editoriales explican en su "quiénes somos" qué tipo de libros les interesa publicar, y con esto te puedes hacer una idea de si tu obra puede "caber" en su catálogo o no. Al final, tenía unas 40 en la lista. La mitad de ellas decían claramente en su web que no aceptaban manuscritos no solicitados. La otra mitad eran receptivas.
Lo sexto que hice fue agrupar las editoriales por bloques: de más interesante (para mí) a menos; y con "interesante" quiero decir tanto "las que me gustan" como "las que pueden hacerme caso", no sé si me explico. Las últimas de la lista eran aquellas que decían no querer recibir manuscritos.
Lo séptimo que hice fue imprimir, encuadernar y comprar sobres grandes. Una pasta. Cada vez que me dejaban solo con una impresora sacaba el pen drive y la liaba parda, os lo juro. Iba siempre con mochila, por si podía imprimir alguna copia. Me gasté un montón de dinero, al final. No imprimí todas las copias a la vez, sino las que necesitaba para cada "bloque" de editoriales. Si el primer bloque eran 6, pues imprimía 6, con sus cartas de presentación.
Lo octavo que hice fue ir a Correos y rezar. Hacía un envío "masivo" (para varias editoriales a la vez, nunca muchas) cuando conseguía el dinero suficiente para las copias. Un envío cada tres o cuatro semanas, más o menos.
Lo noveno que hice fue esperar. Y esperar. Y esperar...
Lo décimo que hice fue empezar a recibir cartas, emails e incluso llamadas de rechazo. Lo normal, según pensaba. Lo de la llamada fue bastante inquietante, porque la hicieron desde una editorial "de las gordas" para decirme, atención, que les había gustado la novela pero que no me la iban a publicar. Ah, muy bien, la fiesta muy bien, la gente muy maja. En fin, cosas que pasan.
Mientras seguían llegando mensajes de rechazo y casi había terminado de enviar el manuscrito a las 40 editoriales de mi lista, ya había empezado a escribir la segunda novela. ESTO TAMBIÉN ES IMPORTANTE. Si hacemos caso de todas esas leyendas de escritores o artistas en general que fueron sistemáticamente rechazados hasta que, un buen día, alguien les abrió una puerta, en sus trayectorias tienen algo en común: a pesar de todo, siguieron trabajando. Por cada "no estamos interesados en publicar tu libro" ellos escribían otra página. A grandes rasgos, eso fue lo que yo hice: asumir que la cosa está muy mal, que no me conoce nadie, que se publican muchos libros al año, que la crisis está perjudicando a las editoriales y a las librerías, que hay gente que escribe mejor que yo, que hay gente más guapa y más chula que yo, que quizá ese día en que llegó mi manuscrito el lector estaba pasando un mal momento y le pilló a malas... Quién sabe. Lo único que tenía claro era que debía seguir trabajando.
Así que terminé la segunda novela. Y, como creía de veras que el proceso que había llevado a cabo con la novela anterior tenía sentido, empecé de nuevo: amigos, debates, listado de editoriales, etc. Todo el rollo. Otra vez a gastar pasta en copias. Otra vez a aprovecharme de cualquier impresora que tuviera a tiro.
Por suerte no tuve que gastar mucho: una mañana, a los tres días de realizar el envío al primer bloque de editoriales, me llamó un editor. Os juro que se me salía el corazón por la boca.
De eso hace unos seis meses. El 19 de marzo la novela estará en las librerías.
Supongo que el secreto de todo esto es trabajar mucho y tener suerte. Como con todo en la vida. Y una de esas dos cosas depende exclusivamente de nosotros.
EDITANDO:
Como varias personas han querido conocer el título de la novela, y como de todos modos uno de mis compañeros y Santo Padre Fundador de este blog ya se ha ido de la lengua en los comentarios, creo que mantener el secreto es una tontería. Y tampoco quiero que parezca que estoy haciéndome el interesante. El libro es Una comedia canalla y lo edita la estupendísima Libros del Silencio.
Por último, he pensado que tal vez podría hacer una segunda parte de este post, dentro de unas semanas, contando cómo fue el proceso de edición del texto; es decir, todo el trabajo que vino después de la llamada del editor. Me parece interesante porque demuestra que escribir no es, en realidad, un oficio tan solitario como parece. Al menos no del todo.
Bien, lo primero que hice fue escribir una novela. Cuando la terminé, se la di a algunos amigos acostumbrados a leer (incluyendo algún sospechoso habitual de ULAD) y a otros no tan acostumbrados, para que la leyeran y me escribieran con sus impresiones: errores encontrados, sugerencias, opiniones sinceras, valoraciones de capítulos específicos y de la obra en conjunto... Esas cosas. Me pareció importante escuchar las voces de esos dos sectores, el lector habitual y el esporádico, porque ambos podían aportar visiones diferentes sobre un mismo texto.
Lo segundo que hice fue debatir/discutir/liarme a golpes con cada uno de ellos para llegar a conclusiones interesantes. Fueron dos o tres meses de emails y de cambios en el texto: algunos porque el razonamiento de mi interlocutor era impecable, otros porque su idea provocaba en mí la aparición de una nueva, e incluso hubo ciertos cambios que llegaron por arte de magia, como si hubiera partes del texto que yo no sabía que me disgustaban y, al hacerlas "públicas", mi "lector interior" me pusiera las cosas en orden. Por supuesto, cuando terminé la reeescritura de la novela y puse el punto final, ya estaba de ella hasta las narices.
Lo tercero que hice fue registrar la obra de forma oficial. En general, mi planteamiento sobre esto era que quién podría estar interesado en plagiarme un libro o una idea, sabiendo que a) ya está todo escrito, y b) hay como tropecientas mil novelas por todas partes. Pero luego, navegando por internet, lees casos realmente brutales de gente que, todavía hoy, copia alegremente una novela de otro y la publica con sus santos cojones, y hasta hace entrevistas y la hostia, y te quedas mosca. Así que la registré.
Lo cuarto que hice fue escribir una carta modelo para las editoriales. La carta tenía dos folios y constaba de los siguientes apartados: fórmula habitual de presentación ("les envío este manuscrito para que valoren...", etc.), características del texto (título, número de páginas, género), breve sinopsis argumental (como la que podría ir en la contraportada, caso de su publicación), argumentos de venta (público lector al que podría ir dirigida, competencia con libros del mismo estilo, posibilidades de promoción personales o estrictamente vinculadas al texto, etc.) y una breve biografía personal, apenas centrada en lo literario (qué coño iba a decir si nunca había publicado un libro). Para cerrar, una despedida elegante y mis datos de contacto.
Lo quinto que hice fue una selección de editoriales. ESTO ES IMPORTANTE. Hay que ser un poco espabilado y saber a qué puertas debes llamar, más o menos: si el libro es una novela histórica, por ejemplo (no fue mi caso), pues lo lógico es enviarlo a todas aquellas editoriales que suelen publicar libros así. Si tienes dudas, haz lo que yo hice: de librería en librería y apuntando nombres de editoriales como un loco. Luego, a través de internet, fui estudiando un poco cada una: dirección, novedades... Solía fijarme en si publicaban a autores españoles, y también en la parte de presentación: muchas editoriales explican en su "quiénes somos" qué tipo de libros les interesa publicar, y con esto te puedes hacer una idea de si tu obra puede "caber" en su catálogo o no. Al final, tenía unas 40 en la lista. La mitad de ellas decían claramente en su web que no aceptaban manuscritos no solicitados. La otra mitad eran receptivas.
Lo sexto que hice fue agrupar las editoriales por bloques: de más interesante (para mí) a menos; y con "interesante" quiero decir tanto "las que me gustan" como "las que pueden hacerme caso", no sé si me explico. Las últimas de la lista eran aquellas que decían no querer recibir manuscritos.
Lo séptimo que hice fue imprimir, encuadernar y comprar sobres grandes. Una pasta. Cada vez que me dejaban solo con una impresora sacaba el pen drive y la liaba parda, os lo juro. Iba siempre con mochila, por si podía imprimir alguna copia. Me gasté un montón de dinero, al final. No imprimí todas las copias a la vez, sino las que necesitaba para cada "bloque" de editoriales. Si el primer bloque eran 6, pues imprimía 6, con sus cartas de presentación.
Lo octavo que hice fue ir a Correos y rezar. Hacía un envío "masivo" (para varias editoriales a la vez, nunca muchas) cuando conseguía el dinero suficiente para las copias. Un envío cada tres o cuatro semanas, más o menos.
Lo noveno que hice fue esperar. Y esperar. Y esperar...
Lo décimo que hice fue empezar a recibir cartas, emails e incluso llamadas de rechazo. Lo normal, según pensaba. Lo de la llamada fue bastante inquietante, porque la hicieron desde una editorial "de las gordas" para decirme, atención, que les había gustado la novela pero que no me la iban a publicar. Ah, muy bien, la fiesta muy bien, la gente muy maja. En fin, cosas que pasan.
Mientras seguían llegando mensajes de rechazo y casi había terminado de enviar el manuscrito a las 40 editoriales de mi lista, ya había empezado a escribir la segunda novela. ESTO TAMBIÉN ES IMPORTANTE. Si hacemos caso de todas esas leyendas de escritores o artistas en general que fueron sistemáticamente rechazados hasta que, un buen día, alguien les abrió una puerta, en sus trayectorias tienen algo en común: a pesar de todo, siguieron trabajando. Por cada "no estamos interesados en publicar tu libro" ellos escribían otra página. A grandes rasgos, eso fue lo que yo hice: asumir que la cosa está muy mal, que no me conoce nadie, que se publican muchos libros al año, que la crisis está perjudicando a las editoriales y a las librerías, que hay gente que escribe mejor que yo, que hay gente más guapa y más chula que yo, que quizá ese día en que llegó mi manuscrito el lector estaba pasando un mal momento y le pilló a malas... Quién sabe. Lo único que tenía claro era que debía seguir trabajando.
Así que terminé la segunda novela. Y, como creía de veras que el proceso que había llevado a cabo con la novela anterior tenía sentido, empecé de nuevo: amigos, debates, listado de editoriales, etc. Todo el rollo. Otra vez a gastar pasta en copias. Otra vez a aprovecharme de cualquier impresora que tuviera a tiro.
Por suerte no tuve que gastar mucho: una mañana, a los tres días de realizar el envío al primer bloque de editoriales, me llamó un editor. Os juro que se me salía el corazón por la boca.
De eso hace unos seis meses. El 19 de marzo la novela estará en las librerías.
Supongo que el secreto de todo esto es trabajar mucho y tener suerte. Como con todo en la vida. Y una de esas dos cosas depende exclusivamente de nosotros.
EDITANDO:
Como varias personas han querido conocer el título de la novela, y como de todos modos uno de mis compañeros y Santo Padre Fundador de este blog ya se ha ido de la lengua en los comentarios, creo que mantener el secreto es una tontería. Y tampoco quiero que parezca que estoy haciéndome el interesante. El libro es Una comedia canalla y lo edita la estupendísima Libros del Silencio.
Por último, he pensado que tal vez podría hacer una segunda parte de este post, dentro de unas semanas, contando cómo fue el proceso de edición del texto; es decir, todo el trabajo que vino después de la llamada del editor. Me parece interesante porque demuestra que escribir no es, en realidad, un oficio tan solitario como parece. Al menos no del todo.
viernes, 9 de marzo de 2012
Pedro Calderón de la Barca: El alcalde de Zalamea
Idioma original: español
Año de publicación: 1651
Valoración: Recomendable
Antes de empezar a leer El alcalde de Zalamea me propuse una pequeña ficción mental: leerlo como si yo fuera virgen (literariamente hablando, se entiende), como si no supiera quién es Calderón, ni cuándo se escribió la obra, ni que existe Peribáñez y el Comendador de Ocaña ni el Arte Nuevo de Hacer Comedias. O sea, leer el texto sin su contexto: leer la obra como si hubiera sido escrita ayer. Evidentemente, esto es imposible, pero es interesante porque permite abstraerse un poco (solo un poco) del peso de la tradición y juzgar, simplemente como lector, si la obra te gusta o no. Si seguimos siendo sensibles a su propuesta estética, o no.
Y bueno, como lector no ha sido una mala experiencia. El alcalde de Zalamea tiene diálogos ingeniosos; monólogos espléndidos desde el punto de vista retórico; escenas de esas destinadas a conmover (el llanto de Pedro Crespo, impotente por el rapto de su hija Isabel; el llanto de Isabel, violada por el Capitán). El tema de la honra, tan importante durante todo el Siglo de Oro (y aquí el contexto asoma ya su cabecita) aparece aquí en una forma que sigue siendo capaz de implicarnos: al fin y al cabo, es humanamente comprensible que un padre quiera vengarse de quien ha violado a su hija (no sucede así en otras obras del Siglo de Oro, en que la ofensa no es ni con mucho tan evidente ni tan grave).
Y ya que nos hemos puesto anacrónicos y provocadores, no sería imposible pensar en una versión actualizada (contemporaneizada) de El alcalde de Zalamea, trasladando su acción, por ejemplo, a Bagdag o a Afganistán. Allí siguen siendo actuales los temas de los abusos de la soldadesca contra la sociedad civil que los acoge; lo mismo se puede decir de una de las tensiones básicas de la obra: la de la jurisdicción civil (representada por Pedro Crespo) y la militar (representada por Lope de Figueroa), que vemos chocar también en casos y momentos concretos de la actualidad (el caso de la muerte del periodista José Couso; Guantánamo; el recluta Manning). Para encontrar un paralelo a la aparición del Rey como garante del equilibrio social no hace falta irse tan lejos: basta con leer el editorial de El País de este domingo.
Pero todo esto, claro, no son más que juegos de la imaginación: Calderón no escribe en nuestros días, sino en el siglo XVII; El alcalde de Zalamea no nace de la nada, sino que es una continuación y una culminación de la "Comedia villanesca" que inició, cómo no, Lope. Su lenguaje es el lenguaje del primer tercio del siglo XVII, que bebe también del teatro explosivo de Lope, aunque lo mezcla antes con unas gotas de Soledades de Góngora. Y su conclusión no es nada revolucionaria: es cierto que Pedro Crespo se arroga poderes que no le corresponden, pero su acto habría sido ilegal y sancionable de no haber sido por la mano majestuosa del Rey (rex ex machina, podríamos decir) que viene al final a salvarle los muebles, y la cabeza.
Año de publicación: 1651
Valoración: Recomendable
Antes de empezar a leer El alcalde de Zalamea me propuse una pequeña ficción mental: leerlo como si yo fuera virgen (literariamente hablando, se entiende), como si no supiera quién es Calderón, ni cuándo se escribió la obra, ni que existe Peribáñez y el Comendador de Ocaña ni el Arte Nuevo de Hacer Comedias. O sea, leer el texto sin su contexto: leer la obra como si hubiera sido escrita ayer. Evidentemente, esto es imposible, pero es interesante porque permite abstraerse un poco (solo un poco) del peso de la tradición y juzgar, simplemente como lector, si la obra te gusta o no. Si seguimos siendo sensibles a su propuesta estética, o no.
Y bueno, como lector no ha sido una mala experiencia. El alcalde de Zalamea tiene diálogos ingeniosos; monólogos espléndidos desde el punto de vista retórico; escenas de esas destinadas a conmover (el llanto de Pedro Crespo, impotente por el rapto de su hija Isabel; el llanto de Isabel, violada por el Capitán). El tema de la honra, tan importante durante todo el Siglo de Oro (y aquí el contexto asoma ya su cabecita) aparece aquí en una forma que sigue siendo capaz de implicarnos: al fin y al cabo, es humanamente comprensible que un padre quiera vengarse de quien ha violado a su hija (no sucede así en otras obras del Siglo de Oro, en que la ofensa no es ni con mucho tan evidente ni tan grave).
Y ya que nos hemos puesto anacrónicos y provocadores, no sería imposible pensar en una versión actualizada (contemporaneizada) de El alcalde de Zalamea, trasladando su acción, por ejemplo, a Bagdag o a Afganistán. Allí siguen siendo actuales los temas de los abusos de la soldadesca contra la sociedad civil que los acoge; lo mismo se puede decir de una de las tensiones básicas de la obra: la de la jurisdicción civil (representada por Pedro Crespo) y la militar (representada por Lope de Figueroa), que vemos chocar también en casos y momentos concretos de la actualidad (el caso de la muerte del periodista José Couso; Guantánamo; el recluta Manning). Para encontrar un paralelo a la aparición del Rey como garante del equilibrio social no hace falta irse tan lejos: basta con leer el editorial de El País de este domingo.
Pero todo esto, claro, no son más que juegos de la imaginación: Calderón no escribe en nuestros días, sino en el siglo XVII; El alcalde de Zalamea no nace de la nada, sino que es una continuación y una culminación de la "Comedia villanesca" que inició, cómo no, Lope. Su lenguaje es el lenguaje del primer tercio del siglo XVII, que bebe también del teatro explosivo de Lope, aunque lo mezcla antes con unas gotas de Soledades de Góngora. Y su conclusión no es nada revolucionaria: es cierto que Pedro Crespo se arroga poderes que no le corresponden, pero su acto habría sido ilegal y sancionable de no haber sido por la mano majestuosa del Rey (rex ex machina, podríamos decir) que viene al final a salvarle los muebles, y la cabeza.
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