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lunes, 13 de mayo de 2019

Elisa Victoria: Vozdevieja


Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

Retratar la infancia y salir airoso del empeño tiene mucho mérito literario. Es el caso, desde luego, de Vozdevieja, el relato del verano del 93 que Marina Marrajo, nueve añitos, depara en primera persona a través de las doscientas cincuenta páginas de esta sorprendente novela. Marina está por supuesto desorientada, confundida y temerosa pero también es curiosa, atrevida y resulta tan divertida como inquietante y seductora. La gracia de todo esto radica –en mi opinión- en todos los ingredientes (claridad, mesura, desparpajo, verosimilitud) que Elisa Victoria (Sevilla, 1985) ha sabido aunar en su escritura para caracterizar sobre todo tres personajes que son los surcos por los que va rodando la novela; la propia protagonista además de su madre y su abuela.

Aunque pueda sonar a Perogrullo, un primer acierto radica en no caer en el error de querer construir el personaje de Marina poniéndose en la piel y expresándose  como se supone que lo haría alguien de esa edad; lo que siente y nos cuenta la protagonista tiene la dosis precisa de elaboración y sofisticación como para resultar interesante y atractivo. También su contexto. Ambientada un verano después de la celebración de la Expo en Sevilla, Marina nos va retratando a su madre, joven y soltera, enferma y luchadora, humilde y malhablada, con sus novios raros, sus vaivenes, sus recaídas y, sobre todo, su íntegra insolencia: “Me ha tocado nacer en un hogar frágil y cambiante. Lo único que permanece en mi vida es ella. Donde esté ella estará mi casa”. Quizás ese halo misterioso y ausente de la madre, con muy poca presencia directa en las páginas, sirva para proporcionarle una nueva capa de significado; ya no se trata sólo del propio personaje sino del personaje recreado con los ojos de la niña, con todos los matices que implica, como puede ser la relación que establece con sus novios.

Por su parte, la abuela de Marina tiene setenta y dos años y se nos informa que es bajita, barrigona y no se arrepiente de nada. Exhibe como no podría ser de otra manera, costumbres, hábitos y creencias firmes pero a la vez prodiga atención, cariño y complicidad en abundancia, lo que confiere a la relación con su nieta fluidez y densidad. Así se nos pinta el mundo de Marina Marrajo, frágil y entrañable, humilde pero vigoroso, lleno de estímulos y posibilidades Y decididamente femenino: “Mi herencia viene transmitida solo por mujeres, nadie más cuenta las historias familiares, nadie más toma las decisiones importantes”. Y probablemente la autora haya intuido que en definitiva los tres personajes bien podrían ser el mismo, la misma niña con diferentes edades.

En cualquier caso, Vozdevieja está envuelta en una atmósfera luminosa y sugerente. El personaje de Marina es enrevesado, tiene momentos tiernos y momentos afilados, tiene juegos con muñecas y juegos eróticos, destila ingenuidad y segrega mala baba y se sabe un angelito de Satán. Tiene, por supuesto, esa imperiosa necesidad de quemar etapas, de saltarse los obstáculos que le impiden tener a su disposición todo lo que intuye le gusta a los adultos, aunque por supuesto ya hace sus incursiones en ese territorio prohibido cuando, por ejemplo, logra agenciarse alguna revista de cómics o de contenido guarrillo. Pero lo que le confiere un ritmo, una cercanía y un atractivo tan potente, tan mágico, es, a mi entender, el sentido del humor, el humor corrosivo que desprende: “No tardes, Señor, en permitir que me apodere de la parte prohibida del diccionario. Consiente, querido Señor, que esta sierva se esté ensuciando pronto la boca”. En definitiva, una novela tan cautivadora como recomendable.

viernes, 24 de agosto de 2012

Estampas veraniegas: Leer en la cama Vs. Mosquitos

La masa de acoso se constituye teniendo como finalidad la consecución de una meta con toda rapidez. Le es conocida y está señalada con precisión; además se encuentra próxima. Sale a matar y BBBBBBZZZZZZZZZZ sabe a quién quiere matar. Con una decisión sin parangón avanza hacia la meta; es imposible privarla de ella. Basta dar a conocer tal meta, basta comunicar quién debe morir, BBBBBBBBBBZZZZZZZ para que la masa se forme. La concentración para matar es de índole particular y no hay ninguna que la supere en intensiBBBBBBBBZZZZZZZZZZ
Dejas el libro sobre tu pecho, abierto por la página en la que te encuentras. Lo haces así porque crees que no te llevará mucho tiempo y regresarás a la lectura en unos segundos. Sin apenas moverte escudriñas la habitación, iluminada por la leve luz de una lamparita. Nada, por supuesto. No hay nada. Ese molesto hijodeputa es INVISIBLE.

Cada cual quiere participar en ello, cada cual golpea. Para poder asestar su golpe cada cual se abre paso hasta las proximidades inmediatas de la víctima. Si no puede golpear BBBBBZZZZZZZZ

Cierras el libro rápidamente. Mueves la cabeza como un loco: ¡derecha!, ¡izquierda!, ¡arriba!, ¡a los pies! Te incorporas apoyando los codos en la almohada y miras de reojo hacia la lámpara. Te quedas quieto, mortalmente quieto, esperando que tu enemigo haga un movimiento en falso. Si alguien te viera ahora, así, pensaría que te estás haciendo el interesante, con esa posturita, en ropa interior, echado en la cama. Pero no, joder. Estás en guerra. En guerra. Y la guerra no tiene pudor, ni vergüenza.

Tienes que decidir. Es evidente que los aparatos antimosquitos no están haciendo su trabajo, o no de forma suficiente. Vale: tienes la ventana abierta de par en par y son las tres de la mañana. Posiblemente tu luz sea la única en esta fachada del edificio. Los mosquitos se sienten provocados. Tienes que decidir.

Si cierras la ventana: te cueces.
Si pones otro antimosquitos: te envenenas.
Si apagas la luz: no puedes leer.
Si sigues leyendo: bbbbbbzzzzzzzzz

Arriesgas, qué leches.

Todos los brazos salen como de una y la misma criatura. Pero los brazos que golpean, tienen más valor y más peso. La meta lo es todo. La víctima es la BBBBBZZZZZZ

A tomar por saco. Te levantas de un salto, como un ninja. Eres un ninja. Enciendes todas las luces: la del techo, la linterna, el móvil, cualquiera. Con el libro en la mano y los ojos inyectados en sangre te mueves por la habitación como un lobo, olisqueando las paredes, acercándote a cada minúscula mancha, golpeando los lienzos, las cortinas. Canturreas himnos de guerra: "Sal de tu escondrijo, pequeño monstruo". Prestas atención a los rincones menos iluminados. "No te haré daño, te lo prometo". Levantas las sábanas, las aireas con fuerza. "Ven, ven a chuparme la sangre, cabronazo". Y de repente.

Ahí. No es posible. Míralo. Está quieto, como haciéndose el loco. Como si estuviera en otra movida. Con un par. Así que te acercas, esta vez sí, como el sensei de todos los ninjas. De puntillas. Sobre la cama. Con el libro en las manos, abierto por la mitad. Tu venganza será terrible: ese soldado enemigo conocerá de primera mano tu lectura. Te acercas. No se mueve.
Ofreces el libro como un regalo.
Lo sitúas debajo del bicho.
Inspiras.
Aguantas el aire.
Expulsas el aire.
El bicho sigue ahí.
El libro tiembla en tus manos.
Y luego.

¡¡¡ZASCA!!!

Has cerrado el libro con tanta fuerza que te duelen las manos y el impulso te ha desplazado un metro. Sigues de pie en la cama, iluminado por mil bombillas. Miras a tu alrededor y no ves movimiento. Abres el libro: buscas la página 211. Si la Operación Justicia Poética ha tenido un resultado positivo, el cadáver debería estar ahí. 201. Empiezas a dar saltitos. 203. La cama hace ñic ñic ñic. 205. "Venga venga venga". 207. Tus saltos son más amplios. 209. Estás a punto. 211. Ahí está. El Cadáver. Aplastadito sobre un "cuando". Gritas de emoción, "bieeeeeeeeeeen", te regodeas en la pequeña mancha de sangre, "soy el puto amooooooo", decides que nunca limpiarás esa página, que perdurará en el libro como un símbolo de tu victoria, que siempre que lo leas recordarás con emoc

- ¡HOSTIAS YA! -tu mujer, flipando con la luz, con tus saltos, con tus gritos- ¡A LA PUTA CAMA!

Y así os quedáis, Canetti y tú, a oscuras, a medio camino entre la victoria y la vergüenza, sin saber qué deciros. Tú incapaz de seguir leyendo, acostándote con cuidado, sin levantar sospechas, incluso respirando en pequeño formato. Canetti a tu lado, cerradito, esperando que se haga de día, con un cadáver ensangrentado en sus tripas.

Inevitablemente, BBBBBBZZZZZZ.
Son sus compañeros. Que vienen buscando venganza. Como Chuck Norris.



lunes, 20 de agosto de 2012

Estampas veraniegas: Leer en el avión

Buenos días, Sras. y Sres. En nombre de Oceanic Airlines, el comandante y toda la tripulación, les damos la bienvenida a bordo de este vuelo con destino a Berlín, cuya duración estimada es de 3 horas y quince minutos...

Tres horas. Bueno. ¿Darán de comer? Voy a cruzar la pierna, a ver, así, aaaaaasí. Bueno, vamos a ello.

Pertenecía a esa clase de hombres vagamente anodinos...

Por favor, comprueben que su mesa está plegada, el respaldo de su asiento en posición vertical y su cinturón de seguridad abrochado. Les recordamos que no está permitido fumar a bordo.
..

Sé que no está permitido fumar a bordo, pero ¿estará permitido leer? ¡No se callarán estos condenados!

Hay seis salidas de emergencia: dos sobre las alas, dos en la parte trasera y dos...

Sí, sí. Ya.  

...Al margen de esos rumores poco generosos, en qué estado de gracia...

¿Es normal ese ruido? ¿Es normal ese ruido? Ese ruido no es normal. ¿Por qué a nadie más parece preocuparle ese ruido?

En el silencio de la habitación había más azoramiento que asombro.

Se me está durmiendo la pierna. Voy a cambiarla de lado... intentando no darle una patada al señor alemán que tengo al lado... ¡Uy! Perdón, señor. Sorry. Sorry.


Compró el billete y se instaló ante una mesa en el tren medio vacío.

En breves momentos comenzaremos a servir el almuerzo. Rogamos permanezcan en sus asientos y con el cinturón abrochado...

Pues ya empezaba a tener hambre. Pero ahora con la mesa a ver cómo leo... No huele mal. Ah, no, que esa es la comida de los de primera clase. Esta otra sí que huele mal. Gracias, gracias, obrigado, danke. Una coke, gracias.


No eran solo los hábitos antiguos lo que suscitó la impaciencia de Beard...

Sras. y sres., les habla el piloto. En estos momentos sobrevolamos España a una altura de 11.000 aproximadamente, con destino a Berlín...


¡Calla, que esto está interesante!
-Tonto. Te quiero. He dicho que estoy embarazada.
¡Toma!
El le rodeo el hombro con los brazos y los dos sortearon el revoltijo de las cosas de Beard...
Ya, ya, este Beard no sabe nada, el muy crápula...

Sras. y sres., en este momento comenzamos el descenso hacia Berlín...

¿Ya? ¡Pues todavía me quedan cincuenta páginas!

Les rogamos que regresen a sus asientos...

¡Eso ruégaselo a otros! ¡Que yo no me he movido de aquí! Venga que no me da tiempo...

Era una bendición que el bar fuese tan grande...

Y este avión tan pequeño...

Hammer se había levantado para pagar la cuenta...
Pues yo de aquí no me levanto hasta que no termine este libro.

Sres. y sras., bienvenidos a Berlín. En nombre de Oceanic Airlines...

¡Calla!

En medio de los aplausos y los vitores, Beard agarró la muñeca de Toby...
¿De verdad la gente está aplaudiendo al piloto por el aterrizaje, o esto está pasando solo en la novela?

Se señaló el hueco entre los dientes...
Pueden abandonar el avión por la puerta delantera...

¡Calla!

Beard estaba desplomándose en la silla...

¡Ya voy, ya voy, no hace falta empujar...!

Podía sostener que en Estados Unidos...
 Que sí, que sí, ¡qué prisas!

Buenos días, muchas gracias. Buenos días. Buenos días. Muchas gracias.

Gracias a vosotros, guapa. Y ahora...

...si intentaba que tomaran este impulso como un gesto de amor.

¡Ya! Justo a tiempo. Entonces, ¿qué deciáis que era esto? ¿Berlín?

martes, 14 de agosto de 2012

Estampas veraniegas: Leer en el parque

Primera fase : negociación.

Cinco de la tarde: dos cosas hierven en Barcelona, al menos que a mí me afecten.
Primera : el temperamento de mi hijo menor, 11 años, harto de estar en casa tras la comida. Inquieto, recibiendo mensajes de sus socios de juegos, con los que acuerda el que será el plan de la tarde. Scooter, skate, bicicleta o fútbol.
La segunda: la  propia ciudad, su aire, su suelo. Es abrir la puerta del rellano y recibir la bienvenida de, al menos, diez grados más que el clima artificialmente templado del hogar familiar, Pisar la calle; atravesar cien metros, como mucho, al sol, con Lorenzo, el implacable en su plenitud, es un tormento inacabable. Encontrar la sombra condiciona los itinerarios a pie.
Ahí entra lo de la negociación. Hora de salida de casa, cinco y media. O así. Antes, no es humano, simplemente.

Pero ese es el trato: todavía veo a mi hijo como un tierno muchacho expuesto a los mil y un peligros de la jungla del asfalto. Este es el parque de la Escola Industrial de Barcelona, esmirriado reducto en el que los sufridos y sudorosos habitantes de la zona no tenemos más remedio que coincidir: las zonas verdes en este barrio son una pura utopía. Aquí, al menos, hay algún rincón a la sombra. Y desde uno de esos rincones ejerzo mi cargo de responsable padre custodio.

Segunda fase : llegada e instalación.

Kit de supervivencia para unas tres horas en el parque: bebida fría (que dejará de serlo rápidamente), y una cantidad indeterminada de libros. Uno, si el que leo me gusta y queda suficiente para cubrir todo el tiempo estimado de estancia.  Dos, si me dispongo a empezar uno y quiero disponer de alguna opción por si no me gusta. Tres, si el que leo estoy a punto de acabarlo y quiero tener diversas opciones por si el siguiente no acaba de arrancar. Nunca he llevado tres libros: ya soy bastante "el rarito que se pasa todo el rato leyendo". Obviamente, no tengo Kindle ni cacharro parecido: vista la experiencia, debería. Pero, ay, el papel: aún me gusta acariciar el lomo y hojear adelante y atrás. Y que los demás vean lo que leo: uf, como me encanta cazar las miradas de quien echa un vistazo esperando encontrarse con algo conocido y comprueba que no tiene ni idea de lo que yo leo. El rarito. Tomad rarito.
Me ubico en algún banco situado en la sombra, y con buena visibilidad hacia el terreno de juego improvisado en que, en algún momento, mi hijo Gerard acabará echando un partido. Localizo un banco vacío, al que me dirijo con pose decidida y antipática, y cara de pocos amigos. Los bancos deben hacer cerca de dos metros de ancho. Extiendo los brazos ostensiblemente a uno y otro lado. Dejo la bolsa con la bebida a un lado, el libro "suplente" al otro, el teléfono algo más cerca y el vehículo de mi hijo (mientras no lo usa), alcanzando a ocupar el espacio restante. Todo orquestado para impedir que alguien me moleste. Sí. No quiero que nadie se siente a mi lado. Nadie. Ni quiero conversación ni distracción: ni charla banal sobre el calor o sobre la nube de felicidad en la que nos tiene sumidos el gobierno, ni charla profunda sobre el sentido de la vida o el número de goles que Messi marcará la próxima temporada. Solo quiero tranquilidad: explicádselo al padre de algún niño que juega con el mío, a la vecina que ha bajado también a sus hijas, a la anciana temblorosa que me mira con desaprobación por tenerlo todo ocupado (señora, eso es justo lo que pretendo). A los adolescentes con reggaeton en el móvil, a la mujer de mediana edad que acude con mi misma intención pero, horror, vade retro Satanás, con algo de Allende o Coelho o Bucay, al abuelo que espera el mínimo pretexto para explicar lo bien que su nieto le da a la pelota o los detalles del mapa entero de isobaras que el hombre del tiempo introdujo ayer noche en su cerebro. El calor que hace, y el último año que hizo algo parecido.
Soy un sociópata que lee celosamente a solas. Ya acabaré el libro, me levantaré y seré otra persona. Lo prometo. Dejadme tiempo.

La indumentaria: gracias, Alfonso Ussía. Menos esas horrorosas camisetas sin mangas, opto por ataviarme con toda la ropa que le provoca a Ussía tanto malestar. Chanclas, sí, de playa, de esas que se aguantan por un  dedo, de esas que Rufus Wainwright llama flip-flops en una canción. Bermudas cargo, como si fuese a Afganistán con los bolsillos repletos de tonterías. Camiseta de tonos sobrios, sin mensajes filosóficos. Encima, Alfonso, eso te jode de verdad: me dirijo a la gente, (me dirijo a la gente si no me queda otro remedio, véase párrafo anterior), en catalán.
Entonces todos los insectos deben ser agentes secretos comisionados por Ussía, para compensar. Vuelan y caen de los árboles y me regalan esas ronchas que acaban siendo como anillas en los troncos de los árboles. Tantas tardes, tantos habones en mis tobillos. Tantos parones de la lectura para ver si, ya, por fin, atrapo al cabrón que se está dando un festín de AB con RH positivo.

Tercera fase: conclusiones

Aquí, acomodando mi pose para evitar agarrotamiento, para refrescarme, para que no se me duerman las extremidades, para no dormirme yo mismo, en mi integridad, para rebuscar la botella que ha rodado, o la bolsa que ha volado (pues seré sociópata, pero de los civilizados, tiro los papeles en la papelera), para mirar el piloto rojo de la Blackberry que parpadea, aquí es donde me han pasado algunas cosas, que empiezo a detallar, pues ya va siendo hora de acabar.

Aquí no comprendí que se publicara una cosa tan cursi y sensiblera como El niño perdido de Thomas Wolfe.
Aquí comprendí que algo tan inconsistente como Noche de los enamorados de Félix Romeo se publicaba porque su autor había fallecido recientemente.
Aquí llegué a las 70 páginas de Body art de Don DeLillo y lo cerré enfadado. Ese día aprendí a llevar dos libros.
Aquí llegué a las 70 páginas de Pedro Páramo y lo cerré triste. Ese día aprendí que es mejor buscar ediciones comentadas de los grandes clásicos.
Aquí comprendí que Vila-Matas es mejor escritor que novelista.
Aquí no entendí tanto revuelo con Palahniuk.
Aquí me pareció absurda tanta repercusión de El extranjero de Camus.
Aquí Capote hizo que todo lo demás pareciera una pequeñez en comparación. No: casi todo lo demás.
Aquí despegaron los vuelos a todos los países a los que me llevó Kapuscinski, y volví asustado de muchos de ellos.

Aquí hice lo que no hay que hacer: subrayar y subrayar un libro de la biblioteca; frase tras frase de Roberto Bolaño.

Con lápiz, por eso.

sábado, 11 de agosto de 2012

Estampas veraniegas: Leer durmiendo

Hace quince días encontré un libro. Flotaba en el estanque de una de las plazas de este pueblo. Lo saqué con cuidado y lo dejé en el verdín, secándose, mientras leía mi propio libro en un banco cercano, a la sombra. Justo detrás, se encuentra la puerta de un pequeño hostal playero y enseguida me vi rodeada por un trasiego de maletas, perros y canarios, propiedad de una familia que se estaba bajando del coche. Era mediodía. En la tele habían dicho que las temperaturas de esta zona superarían los 40. Los que pasaban a mi lado se derramaban encima el agua de las botellas y antes de doblar la esquina ya habían acabado de secarse. Yo lo miraba todo sin dejar de leer. Era curioso, cuanto más me concentraba en la novela mejor registraba lo que ocurría a mi alrededor, pero a mí me parecía de lo más natural. No dejaba de beber, de leer, de pasarme el pañuelo por la frente. El surtidor del estanque y yo competíamos por ver quién derramaba más agua. Al rato me acerqué para echar un vistazo al libro. Estaba  seco. Sí.

Guarde el mío en el bolso, estaba cansada de él. Me hacía subir la fiebre y ya era suficiente con la temperatura que marcaba el barómetro. El nuevo, en cambio, irradiaba la frescura del agua que había absorbido y, como había sido tan cuidadosa al sacarlo del agua, se diría que acababa de salir de la tienda. En cuanto llegué a  la sombrilla lo examiné con atención. Había perdido las portadas y algunas hojas del principio pero el texto se conservaba entero, de la primera página a la última.

Me fui a nadar un par de horas y volví dispuesta a devorarlo. No hubo forma, la luz era ya escasa y en la playa no quedaba nadie. Eché a andar sujetándolo bajo el brazo con fuerza pues tenía miedo de perderlo. Supe así que narraba el peregrinaje emprendido hacía tiempo por un grupo de gente que mermaba sin cesar, pero evitarlo resultaba imposible. Caminaban a través del tiempo y del espacio, para descansar se instalaban en la mente de los que dormían, luego reanudaban la marcha por una pendiente cuya cima albergaba algún misterio. Cualquier lectura es un viaje, pensé, y arrojé el libro al asiento de atrás.

La puerta del coche aún ardía y, al sentarme, el plástico quemaba tanto como la placa de un horno, pero en cuanto el libro cayó noté un ambiente mucho más fresco. Aparqué frente a mi casa, abrí la puerta de atrás para recogerlo y vi que había desaparecido. Busqué en el suelo pero allí no había nada. No me sorprendí: desde el principio supe que se trataba de un libro volátil, tuve que leerlo por ósmosis pues intuía que no me iba a dar tiempo a más.

Encontré una caja cuadrada de algún metal brillante en el felpudo de la puerta cuando salí a apagar la luz del porche. Dentro había una masa oscura, una especie de carbonilla fina. Metí la mano y en la palma encontré cientos de letras que se fundieron en cuanto les tocó la luz. En el interior se formó una gelatina que fue solidificándose quedando convertida en una preciosa ágata negra. Comprendí que se trataba de la esencia narrativa, un tesoro inapreciable, y que, por la razón que fuese, me había elegido a mí. Se me había concedido un privilegio, con pasos ceremoniosos la llevé hasta mi mejor estantería y la coloqué en el lugar de honor. Si alguno no me cree puede venir a comprobarlo.

Al día siguiente decidí empezar otro libro. El que había quedado a medias no servía más que para dar calor.

martes, 7 de agosto de 2012

Estampas veraniegas: Leer caminando

Desde que amanece apetece, eso está claro. Leer, digo. De lo contrario, este blog no tendría razón de ser, ni dispondríamos nosotros de material suficiente para reseñar un libro al día desde hace más de tres años.

Y en la lectura, como en todo, cada cual tiene sus posturas favoritas (no se nota NADA que hace apenas seis días publicamos nuestra mundialmente aclamada entrada "caliente", ¿verdad?), así como sus manías, sus fobias y sus filias. Y de eso trata precisamente la serie de reseñas que inaugura la entrada de hoy: de esas manías, fobias y filias (costumbres, en suma) de las que hacemos gala los que redactamos este blog.

Y, como tampoco es lo mismo leer en el sofá un lluvioso domingo de enero que pelearse con la arena al pasar de página en una playa paradisiaca, hemos decidido limitarnos —por lo menos de momento, y dadas las fechas— a escribir sobre nuestras costumbres lectoras veraniegas. Comenzamos con una de alto riesgo, no apta para torpes ni para vergonzosos: leer caminando.


** LEER CAMINANDO **

Esta modalidad de lectura les permitirá combinar el placer de un buen libro con la vivificante experiencia de respirar un poco de aire fresco o de torrarse al sol (dependiendo de la ubicación geográfica de cada usuario). Extraordinariamente, algunos sujetos han llegado a acusar una metamorfosis completa, mutando de ratas de biblioteca a ratones de campo. Así, investigaciones uladianas han demostrado sobradamente que integrar esta práctica en la rutina diaria puede contribuir a mejorar sustancialmente la calidad de vida de los lectores, especialmente la de los más ávidos y paliduchos.

No obstante, quienes se animen a probar esta modalidad de lectura deberán atenerse a las siguientes instrucciones. Advertencia: las autoridades uladianas no se responsabilizarán de los posibles daños humanos y materiales derivados de la puesta en práctica de esta modalidad lectora y, dado el caso, negarán —hasta tres veces si es necesario— su presunta relación con la impulsora de tan insensata iniciativa (ella misma alegará enajenación lectora transitoria).

1. Requisitos imprescindibles:
  • Sentido del ridículo: nivel bajo o nulo.
2. Requisitos deseados:
  • Coordinación psicomotriz: nivel alto o bilingüe.
3. Antes de la lectura, el usuario
  • escogerá el calzado más adecuado para la actividad propuesta: por motivos fácilmente dilucidables, las autoridades uladianas desaconsejan cordones y tacones;
  • planificará el itinerario más propicio para sus fines: por razones igualmente obvias, las autoridades uladianas recomiendan superficies llanas y homogéneas.
4. Durante la lectura, el usuario
  • evitará colisionar con otros viandantes, caminando en línea recta y manteniendo la distancia de seguridad aconsejada por las autoridades uladianas (referencia: dos ancianos y medio), esforzándose en todo momento por no perder el hilo de la lectura (véase punto 2);
  • guiará la progresión lectora con la punta del dedo índice que mejor concuerde con su orientación política, de modo que los ojos puedan retomar fácilmente la lectura después de una mirada de reconocimiento para redirigir la trayectoria o para saludar al vecino del quinto (véase punto 1);
  • mantendrá dentro de su campo de visión el mayor número de elementos posibles para evitar pisar pies, perros o excrementos humanos o animales.
5. Tras la lectura, el usuario
  • subsanará cualquier posible desperfecto físico derivado de su torpeza (o bajo nivel de coordinación psicomotriz);
  • releerá cualquier pasaje cuya lectura se hubiera visto interrumpida por la conversación mundana o entorpecida por la intromisión en su campo de visión de algún espécimen humano llamativo.
  • se aplicará aftersun en el cogote.

Próximas estampas veraniegas: leer en el avión, leer en la playa, leer en el parque, leer durmiendo (¿¡leer durmiendo¡?), leer en la cama vs. mosquitos, leer a 50º a la sombra y con moscas…