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sábado, 14 de diciembre de 2019

Benito Pérez Galdós: Torquemada en la hoguera


Idioma original: Español 
Año de publicación: 1889
Valoración: Se deja leer


Torquemada en la hoguera es una novelita de apenas 140 páginas que inicia una tetralogía. Su protagonista, don Francisco, ya apareció en otra obra de Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta. Este hombre es un prestamista que se ha enriquecido ejerciendo la usura. Intentará ganar el favor divino cuando su hijo Valentín enferme. Para ello llevará a cabo actos de caridad impropios de alguien conocido por su avaricia. 

La instrumentalización de la piedad es, junto a la hipocresía de acudir a Dios solamente cuando te conviene, el tema principal de Torquemada en la hoguera. De dicho proceder deriva el falso arco de redención que experimenta don Francisco. 

Pese a que esta ficción tiene una premisa muy interesante, su ejecución es harto deficiente. Varios son los apartados que Galdós no acaba de desarrollar acertadamente. 

  • Los hechos se presentan, por lo general, desde un ángulo excesivamente melodramático. Eso sí, debo reconocer que, puntualmente, Galdós abandona ese registro afectado para obsequiarnos con pasajes irónicos cargados de mala leche. 
  • Los personajes son bastante planos. Incluso don Francisco «el Peor». Lo cual es imperdonable, teniendo en cuenta que esta novela es un estudio de personaje que versa sobre él, y que la extensión de la misma hubiera permitido una caracterización con muchas más dimensiones. 
  • Se desperdicia a Bailón y a la tía Roma. Ambos tienen potencial, pero se les impide brillar al relegarlos al limitado rol que el argumento les repara. 
  • Algunos diálogos se antojan pomposos. Entiendo que persiguen un efecto concreto (dotar de un patetismo tragicómico a don Francisco), pero no acaban de funcionar. 
  • Hay demasiadas escenas reiterativas que, para colmo, se alargan más de la cuenta. Especialmente esas que retratan los gestos de “piedad” del protagonista, o aquellas en que se ve a su hijo postrado en la cama por culpa de la enfermedad que le corroe.
  • El final carece de impacto porque el lector ya lo ve venir. A fin de cuentas, el verdadero carácter de don Francisco no nos es ajeno en ningún momento. Algo que podría haberse evitado, a mi humilde entender, empezando la narración en el momento en que Valentín cae enfermo y ciñéndose a la primera persona. 

Pero no creáis que he sido incapaz de encontrarle ningún aspecto positivo a Torquemada en la hoguera.

  • La prosa de Galdós es preciosa. Especialmente sus metáforas. 
  • Suelta buenas reflexiones sobre la avaricia y la espiritualidad. 
  • Las nada veladas burlas que hace a los usureros y a la Santa Inquisición (criticada alegóricamente) son hilarantes. 

Por todo lo dicho, Torquemada en la hoguera es, a mi juicio, una novela prescindible dentro de la producción de su autor. Aunque ha sido alabada por no pocos entendidos en esto de la literatura (César M. Arconada, Luis Buñuel o Sergio Pitol, por ejemplo), de modo que dadle una oportunidad. Quizás vosotros le sabéis encontrar virtudes que se me escapan. 


También de Benito Pérez Galdós en ULAD: Aquí

sábado, 4 de enero de 2020

Benito Pérez Galdós: La sombra

Idioma original: Español
Año de publicación por entregas: 1870
Año de publicación como libro: 1871
Valoración: Se deja leer < Está bien


La sombra es una novela breve que relata el sufrimiento del doctor Anselmo, individuo acosado por una imaginación desbordante y obsesionado con un pasado de celos. De planteamiento muy interesante, a esta obra la lastra su harto deficiente ejecución. Aun así, es una opción inmejorable para estrenarse con su autor, Benito Pérez Galdós. 

Empecemos destacando los aspectos positivos de La sombra

  • La prosa de Galdós. Es exuberante y sugestiva. Por momentos algo recargada, vale, pero siempre deliciosa. Sobre todo brilla en las descripciones, enérgicas y coloridas pese a su minuciosidad. 
  • El protagonista. Don Anselmo es fascinante en su extravagancia y peculiar psicología. Un personaje grotesco y, al mismo tiempo, digno de compasión. 
  • El elemento fantástico. Es decir, Paris. Locuaz, carismático, dionisiaco... Simplemente me encanta este tío, exista en realidad o no.
  • Su sentido del humor. A veces fino, otras sardónico. Ayuda a nivelar el tono, a que la cosa no sea excesivamente trágica. 
  • Su exploración de los celos desde una perspectiva filosófica y abstracta (en esto me recuerda a La mujer leopardo de Alberto Moravia). 
  • Su ambigüedad. Las dudas del doctor nunca se confirman ni desmienten, y esta decisión narrativa hace que el clímax de la historia sea estremecedoramente dramático, a la par que dota al protagonista de un alto grado de complejidad.  
  • Sus referencias eruditas a mitología y literatura. El doctor Anselmo, por ejemplo, es una parodia del Fausto de Goethe. Su nombre, asimismo, remite a El celoso extremeño de Cervantes. Paris es, bueno, el Paris de la cultura clásica. Etc, etc... 

A continuación, listemos los apartados menos conseguidos de La sombra:

  • Su origen de folletín es demasiado patente. A la novela le cuesta arrancar, y cuando por fin lo hace, tampoco parece tener muy claro qué dirección argumental debe seguir. 
  • Hay un personaje, interlocutor de don Anselmo, que resulta redundante. Se limita a señalar cosas insultantemente obvias que el lector ya puede deducir por su cuenta. O, en el peor de los casos, acota las posibilidades de éste. Cosa imperdonable en una ficción que se beneficia de una atmósfera ambigua.  
  • A mi juicio, el desenlace hubiera mejorado si fuese más abierto, si permitiera que nuestra imaginación (nunca mejor dicho en una trama como ésta) tuviese que discurrir lo relatado.

En definitiva, La sombra es una novela corta, que presenta buenas ideas y está redactada excelsamente. Sus defectillos no deben ser óbice para darle una oportunidad. Si la pluma de Galdós nos encandila, podremos saltar a otros trabajos suyos de mayor envergadura. 


También de Benito Pérez Galdós en ULAD: Aquí

domingo, 19 de marzo de 2017

Benito Pérez Galdós: Trafalgar

Idioma original: español
Año de publicación: 1.873
Valoración: Recomendable

Aulo Agerio: A veces me abruman un poco mis colegas del blog con su inmenso repertorio de narrativa contemporánea: DeLillo, Roth, Esquivias, Kadaré, Coetzee, Marías, Lemaitre… buf, a veces me pierdo con tanta modernez, la verdad.
Numerio Negidio:  Ya, es que, bueno… están un poquito más al día que tú. Es que tú eres muy clasicón. Y ahora vas y les cascas a Benito Pérez Galdós. Es que, tío, hasta el nombre suena viejuno. Creo que incluso los de la Generación del 98 echaban pestes de él.
AA: Pero bueno, es que algo tendrá que decir este señor si hablamos de literatura, no? Para eso escribió montones de libros, entre ellos los 46 tomos de los ‘Episodios nacionales’, que en más de una casa se tuvo como lectura familiar obligada. Quizá es que el reconocimiento popular que tuvo Benito no llegó a tenerlo ninguno de los del 98, y a lo mejor es eso lo que les fastidiaba.
NN: Puede. Pero, claro, a la gente le gustaba porque es fácil de leer y encima trata temas que molan. Fijate, lo que traes ahí es el primero de los ‘Episodios’, Historia novelada para mayor gloria de la patria. Lenguaje popular, relato fácil de masticar, y un toquecito al corazón carpetovetónico, antiinglés y, sobre todo, antigabacho. ¡La combinación perfecta!
AA: Bueno, voy a admitir que sí, que algo hay de todos esos ingredientes, que pueden parecer un producto de consumo fácil, mainstream de la época. Es una lectura sencilla, apta para casi todo tipo de lector, pero eso no implica que le falte calidad. Galdós es el rey del realismo, utiliza un lenguaje popular y su perspectiva diríamos que es la de la calle. Pero su prosa es ágil, fresca, tiene la dosis justa de humor y no satura al lector con descripciones o cultismos. Es algo bien escrito y a la gente le gusta, o le gustaba en su época ¿qué hay de malo en ello?
NN: Es un producto de su tiempo, como todos los ‘Episodios’. Son momentos históricos relativamente cercanos a cuando se publican los libros, acontecimientos que quedaron grabados en el imaginario popular y se transmitían de padres a hijos: batallas, sucesos políticos, revueltas… La gente los conoce o los recuerda, y Benito va y les larga una versión novelada, bien escrita, sí, pero directamente dirigida al sentimiento nacional. Y eso tiene trampa.
AA: Si el texto tiene valor por sí mismo, el hecho de acertar con un tema que a la gente le puede hacer tilín, no es un demérito, sino más bien habilidad para conectar con el gusto popular. Y valor literario no se le puede negar, todo lo contrario: échale un vistazo al capítulo IX, la partida de la Armada desde Cádiz, vista desde los ojos de un chavalito que embarca por primera vez. La imagen es impresionante, transmite toda la emoción del momento, y es a la vez de una gran belleza.
NN: Pues sí, pero fíjate en un detalle: ese capítulo se encuentra casi a la mitad del libro, y todo lo anterior son las andanzas del chaval y un cuadro más o menos cómico de su familia adoptiva. Así que la famosa batalla en sí se nos queda en más bien poca cosa. Bueno, no sé si es mejor o peor, porque tampoco me convence mucho el relato de las maniobras y los cañonazos . Creo que es algo confusa y se deleita demasiado en la sangre y por supuesto en el valor de los comandantes españoles.
AA: Es el problema que tiene la narración desde la perspectiva de un mozalbete. Es convincente cuando quiere deslumbrar con la parafernalia de las naves rumbo al combate o con algunas descripciones de la refriega pero, claro, se adecúa peor para contar otros hechos históricos en los que el personaje no podía estar presente. Pero de todas formas, yo creo que lo resuelve bien, con el truco de que el tal Gabriel se informó más tarde de todos los detalles, o por las noticias que recibe de otros participantes en la batalla.
NN: Lo que sí le reconozco es que tiene buena mano para dibujar los personajes: sin llegar a estar muy definidos, son reconocibles en arquetipos de la época: el marinero pata de palo, sabio y cascarrabias, la mujer mandona que no entiende el afán guerrero de su veterano marido y, sobre todo, esa historieta de fondo de la chica enamorada del joven oficial, mientras Gabrielillo rabia de envidia ante un rival invencible. Todo un folletín en un segundo plano, siempre para satisfacer el gusto popular.
AA: En todo caso, el libro se lee con agrado siglo y medio después de escrito. Ni peca de ingenuo ni se pasa de épico o patriótico. Tiene las dosis justas de grandiosidad y de literatura a ras de tierra.
NN: Bueno, y no sé si has reparado en ello pero, tratandose de un clásico nacional y de batallas navales, estoy pensando en un autor famosete que seguro que tiene el libro en un pedestal, jeje.
AA: Ya, no es difícil de adivinar. ¡Pero si incluso creo que también escribió otro libro sobre Trafalgar! En fin, que tampoco busquemos mucho la boca al personal, porque encima nadie ha reseñado aquí lo último que ha publicado.
NN: Bah, tampoco creo que le importe, seremos demasiado insignificantes para él.
AA: Seguramente. Pero, mmmmm... nunca se sabe.

Otras obras de Benito Pérez Galdós en ULADFortunata y JacintaNazarín, Torquemada en la hoguera, La sombraTristanaMarianela

viernes, 13 de noviembre de 2009

Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta

Idioma original: español
Año de publicación: 1886-7
Valoración: Imprescindible

Tengo que empezar diciendo que Galdós no era, hasta hace bien poco, un autor por el que tuviera especial predilección. De hecho, si me hubieran preguntado hace cosa de un mes, habría dicho que Clarín es muy superior (aunque su obra narrativa sea mucho más breve), y que nada de lo que escribió Galdós se acerca ni con mucho a La Regenta. Había leído varias novelas galdosianas -Doña Perfecta, La de Bringas, Misericordia, Marianela-, y ninguna de ellas me había terminado de convencer: no me terminaba de gustar la manía de Galdós de meterse en medio de la acción, en modos más o menos sutiles, ni su forma de dejar tan claras sus simpatías y antipatías por los distintos personajes.

Y entonces empecé a leer Fortunata y Jacinta, con algo de escepticismo y un poco de pereza -por el volumen, más que nada-. Y mi veredicto es: ¡vaya novelón! Novelón en todos los sentidos: por sus mil y pico páginas, por su argumento digno de un culebrón de sobremesa, pero sobre todo por el impresionante universo humano, social e histórico que contiene. El argumento, como digo, es folletinesco: se basa en un triángulo amoroso entre Juanito Santa Cruz (un burgués bon vivant de los que debían de abundar en el Madrid de la época), Jacinta (otra burguesa, algo ingenua y soñadora, tan buena que a veces es tonta) y Fortunata (perteneciente al "cuarto estado", huérfana sin oficio, beneficio ni apellido que se le conozca, apasionada, compleja, torturada). La novela cuenta entonces los ires y venires de Juanito ("el Delfín") entre la comodidad del lecho conyugal, y la seducción pecaminosa del adulterio. Y entre tanto hay maridos cornudos; hijos vivos, muertos y falsos; discusiones de café, cambios de régimen... Amar en tiempos revueltos, vaya.

Francisco Caudet, el autor de la introducción de Cátedra que estoy leyendo, propone una lectura interesante de la novela: una lectura alegórica según la cual Galdós está retratando, a través de los personajes principales, los vaivenes de la España de la época entre el progresismo -y el republicanismo- (Fortunata representaría al "pueblo", al proletariado, los sectores más progresistas de la sociedad) y la moderación liberal de la Restauración (Jacinta, ejemplo típico de burguesa, representaría esta opción). España, como Juanito Santa Cruz, tiene sus "fiebres de guerra y de paz".

A mí, personalmente, lo que más me ha gustado de la novela es cómo maneja Galdós los tiempos y las tensiones de la obra. Durante toda la primera parte, a Fortunata sólo la vemos una vez: en el rellano de una escalera, comiéndose un huevo crudo y enamorando perdidamente a Santa Cruz; pero aunque esté ausente, su figura condiciona toda la trama, y estamos deseando verla aparecer otra vez, seductora y vulgar a partes iguales. El resto de la novela gira en torno a Fortunata, pero sobre ella pesará siempre la sombra de Jacinta -modelo de una honradez a la que Fortunata aspira- y sobre todo de Santa Cruz -el amor invencible de Fortunata, porque «querer a quien se quiere no puede ser cosa mala».

Podría seguir hablando más de la novela: de la "galería de personajes" (todo un tópico) que aparecen en cafés, comercios y reuniones sociales de mayor o menor "tono" -algunos de ellos, personajes de otras novelas de Galdós, que creó todo un mundo ficticio a lo Balzac-; de la habilidad con que se entremezcla lo individual y lo social, lo anecdótico y lo histórico; o la gracia con la que se retrata la manera de hablar de los distintos personajes -los diálogos de enamorados cursis de Jacinta y Juanito son impagables-. O podría decir, por ejemplo, que por una vez no me han molestado las intrusiones del narrador, que de vez en cuando se dirige al lector o comenta la acción (no sé si porque estas intrusiones son más sutiles que en otras novelas, o porque se disimulan mejor en medio del conjunto...).

En fin, ¿se nota que me ha encantado?


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miércoles, 12 de enero de 2011

Benito Pérez Galdós: Nazarín


Idioma original: español
Año de publicación: 1895
Valoración: Recomendable

Este último año y medio ha sido el de mi reconciliación con Galdós, sobre todo gracias a Fortunata y Jacinta, ese culebrón magistral. Y hacía tiempo que tenía ganas de leer algo de su última etapa, la que llaman "espiritual(ista)", en la que renuncia a la exactitud del retrato psicológico, histórico y social para concentrarse en los problemas filosóficos, religiosos o éticos que afligen al hombre de cualquier época y condición. Nazarín es la más conocida de esta época (entre otras cosas, gracias a la adaptación de Buñuel) y bueno, me ha gustado, pero no tanto como Fortunata y Jacinta.

El protagonista de esta novela ha sido descrito como una mezcla de Don Quijote y Jesucristo. Del primero tiene su idealismo, su nomadismo y su incapacidad (o resistencia voluntaria) para adaptarse a la realidad; del segundo, su misticismo, su pacifismo, su entrega al prójimo e incluso un cierto mesianismo (una de las escenas más divertidas de la novela es aquella en que Pedro Belmonte cree ver en Nazarín al obispo armenio Esrou-Esdras redivivo). Además, en su vagar por las afueras de Madrid lo acompañan Ándara y Beatriz (que tienen con él una relación verdaderamente entrañable, muy bonita y muy bien construida por Galdós), que tanto pueden ser la Marta y María evangélicas, como nuevas Sancho-Panzas andrajosas y malhabladas.

La acción de la novela, bastante escasa, por cierto, es la típica de una novela de viaje, o mejor, de vagabundeo (como es, precisamente, el Quijote): los personajes andan por los caminos, se encuentran con gente, hablan, les pasan cosas. El hilo conductor es el protagonista, que con su actitud y su personalidad mística y desprendida provoca admiración, respeto, desprecio o burla en quienes lo conocen.

En fin, la novela es interesante por su contraste, precisamente, con los periodos anteriores del propio Galdós: qué diferente es el tono, el tema o el tratamiento de los personajes y la acción, si lo comparamos con su etapa más realista o, por ejemplo, con Doña Perfecta: la ambigüedad con la que se presenta a Nazarín (termina la obra y no sabemos si es un santo, un loco o una mezcla de las dos cosas) es, también, puramente cervantina. En todo caso, para mi gusto esta obra es menos perfecta que los mejores novelones realistas del mismo autor.

Ah, por cierto, no he visto la película de Buñuel, ¿qué tal está?


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viernes, 30 de agosto de 2024

Benito Pérez Galdós: Tristana

Idioma original:
español
Año de publicación: 1892
Valoración: Muy recomendable (aunque algo deprimente)
 
Las vacaciones siempre me han parecido un buen momento para (re)leer a los clásicos: con más tiempo para dedicar a la lectura, sin las habituales urgencias del día a día, sin la presión constante de las novedades literarias, es el momento ideal para desempolvar esos libros que dejamos en la balda o en la mesilla de cabecera "para más adelante". Hace unos años, durante unas vacaciones de verano me "tragué" Fortunata y Jacinta de Galdós, una novela que me pareció fascinante, impresionante, magnífica. Este año he escogido una obra más modesta, en extensión y ambición: la novela Tristana (famosamente adaptada, ochenta años más tarde, por Luis Buñuel), que me ha impactado menos que la gran novela galdosiana, pero que aun así muestra el dominio narrativo de un autor en plena madurez. 
 
(Aviso de que esta reseña, dado que Tristana es un clásico ampliamente conocido, será más spoilery de lo habitual. Quien no quiera leer detalles del argumento, hoy tendrá que conformarse con leer el Marca o la hoja parroquial)

Tristana es, en su estructura más esencial, la historia de un triángulo sentimental: el que componen el quijotesco y lazarinesco don Lope; la protagonista, la joven e inocente (al menos al comienzo) Tristana, y el pintor Horacio. Tristana, huérfana empujada por la vida a la casa y a los brazos (y a la cama) del rijoso don Lope, parece encontrar una vía de escape a sus opresivas circunstancias cuando, durante sus paseos dominicales, conoce a un joven igualmente huérfano y soñador, con quien inicia una relación inicialmente platónica, después carnal, y en cuya descripción Galdós no nos ahorra las cursilerías y la construcción de un lenguaje propio característicos de las parejas de enamorados, sobre todo en los primeros tiempos de fascinación e idealización. Este mundo de ensueño se rompe, infelizmente, cuando Horacio acepta acompañar a su tía a Alicante para una temporada de descanso, y cuando Tristana contrae una enfermedad que le provoca terribles dolores y que lleva a la amputación de una pierna. Desmejorada y recluida nuevamente en casa debido a su discapacidad, Tristana se resigna a perder el amor de Horacio y a casarse con un envejecido Lope. La frase final es un ejemplo de ironía y ambigüedad galdosiana: "¿Eran felices uno y otro? Tal vez".
 
Si creyésemos en la numerología podríamos decir que en esta novela el número fundamental es el tres: además del triángulo de personajes (al que volveré a continuación), la estructura de la novela también es claramente tripartita: unos primeros capítulos en los que Galdós muestra su absoluta maestría en la creación de situaciones y personajes; el núcleo central, compuesto por la relación amorosa entre Tristana y Horacio, en el que Tristana "sale de su capullo" y se convierte en una mujer culta, independiente y con una fuerte personalidad; y el tercer acto, antitético del segundo, que incluye la enfermedad de Tristana, su amputación, la desaparición del amor y ese final anticlimático con Tristana, la "mujer libre", casada con un vejestorio y cocinando dulces conventuales para él. 
 
Con esta estructura, es inevitable pensar que Galdós nos presenta una visión desencantada y escéptica del amor o de la liberación de la mujer. De hecho, una de las grandes cuestiones que plantea la lectura de esta novela es saber si estamos ante una ridiculización de la idea de mujer independiente y libre (esa Tristana que aprende idiomas, pinta, toca el piano, cita a los clásicos y sueña con vivir su vida sin ataduras ni convenciones), o si se trata, más bien, de una constatación de que esa "nueva mujer" todavía no tiene cabida en la España de finales del siglo XIX. Quizás sea relevante recordar que, aproximadamente en la misma época de composición de Tristana, Galdós mantenía una relación apasionada y epistolar con Emilia Pardo Bazán (de hecho Tristana está llena de cartas entre amantes que pueden reflejar las que ambos escritores se intercambiaban, algunas de ellas recientemente publicadas), quien era una de las principales defensoras, en aquel momento, de este modelo de mujer liberada, independiente y profesionalmente activa. 

También el personaje de don Lope resulta interesante (y es algo que Buñuel explotará en su adaptación cinematográfica, alejándose en cierto modo del original de Galdós): como la propia Tristana explica cuando habla de él con Horacio, no se trata de un personaje demoniaco o completamente repulsivo, sino una curiosa mezcla de hombre con un alto concepto del honor y de su propia valía (al estilo de Alonso Quijano o del escudero del Lazarillo), y de viejo verde libidinoso que no tiene reparos en aprovecharse de una jovencita inocente que ha quedado a su cargo. El tercer acto, cuando don Lope ha perdido ya todos sus encantos juveniles y también una buena parte de su hacienda, nos muestra a un hombre que se resiste a ser humillado pero que es capaz de tragarse su orgullo por Tristana (aunque lo haga, quizás, egoístamente, confiando en que ella acabe por resignarse a quedarse con él, lo que finalmente ocurre). 

En comparación con estos dos grandes personajes, el de Horacio parece bastante más desdibujado: podríamos identificarlo con el personaje del "falso aliado" feminista que aparece en otras novelas de la época, como Insolación de la propia Emilia Pardo Bazán (con la que Tristana me atrevería a decir que tiene ciertas conexiones) o Desgarrada de la escritora portuguesa Alice Pestana, que ya reseñé por aquí. Se trata de personajes masculinos que asumen de forma más o menos explícita el discurso y los planteamientos feministas de la llamada "primera ola", pero que acaban traicionándolos para refugiarse en el convencionalismo social.

Volviendo al inicio, no se puede decir que Tristana sea una obra maestra al nivel de ambición o de perfección de Fortunata y Jacinta, pero, dentro de su menor extensión y amplitud, sigue siendo una pequeña joya de la que cualquier escritor podrá aprender, en lo que se refiere a la construcción de personajes o a la estructuración de la trama. Puede ser ideológicamente problemática, por cuanto parece negar (o incluso ridiculizar) la posibilidad de emancipación de la mujer, pero es también, en cualquier caso, un estudio magistral de un triángulo amoroso entre personajes complejos e imperfectos, cada uno a su manera.

Otras obras de Benito Pérez Galdós reseñadas en ULADFortunata y JacintaTrafalgarLa sombraNazarínMarianelaTorquemada en la hoguera,

jueves, 4 de octubre de 2018

Benito Pérez Galdós: Marianela

Idioma original: español
Año de publicación: 1878
Valoración: Recomendable



Marianela forma parte de las primeras novelas de Galdós, consideradas novelas de tesis (aquellas que plantean alguna teoría sobre cuestiones sociales, políticas o morales y de las que se objeta que la argumentación suele ir en detrimento de la trama). Pero aunque resulta evidente la finalidad pedagógica y educadora —y de crítica social— en Marianela, la indudable habilidad narrativa de Galdós hace que la historia fluya sin contratiempos y que el conflicto humano alcance una enorme intensidad. 

Resumen resumido: Marianela (en adelante, la Nela) vive en la miserable población minera de Aldeacorba. Es huérfana, pobre y todos la consideran diferente. Su complexión menuda y débil la inhabilita para trabajar en la mina o en el campo, por lo que acaba como lazarillo de Pablo, el hijo invidente de un adinerado lugareño. El cariño y el inflamado idealismo de Pablo prenderán en la Nela una chispa de ilusión y esperanza que se verá truncada con la llegada de Teodoro Golfín, un reputado oftalmólogo dispuesto a devolverle la vista al joven. 

El tema del ser marginal desde la óptica de la niña «salvaje» es el pretexto para retratar el egoísmo y la hipocresía de la sociedad, y para denunciar su responsabilidad hacia esos individuos que mediante la educación y el trato digno podrían salir de su triste abandono. El mensaje está perfectamente integrado en la historia, la historia emociona y el retrato social es preciso e implacable. Sin embargo, para poder disfrutar al máximo la lectura hay que aceptar de antemano una serie de convenciones: 
  • Las incursiones de un narrador en tercera persona que no tiene objeción en irrumpir para dar su opinión (narrador editorial) y que utiliza a algunos personajes para exponer sus argumentaciones, como sucede en este caso con Teodoro Golfín. 
  • La reiteración del discurso a lo largo de la novela: que la educación, la religión y el trato digno iguala a los individuos. 
  • El lenguaje solemne, plagado de ayayáis o de referencias a la religión cristiana. Sorprenden esos diálogos tan poco verosímiles y más tratándose de literatura realista, no obstante, se trata de una convención literaria presente no solo en las obra de Galdós si no en todas las de esa época:
«¡Oh! ¡cuán lamentable cosa es no haber visto nunca la bóveda azul del cielo en pleno día! —exclamó el doctor con espontaneidad suma—. Dígame usted, ¿este conducto donde las ideas de usted se desarrollan magníficamente, no se acaba nunca?» 
Superadas dichas convenciones, son muchos los elementos que hacen de la lectura de esta novela una auténtica delicia: 
  • La ironía que subyace en toda la narración y que contribuye a aligerar el drama. El clímax y la confirmación de la mordacidad casi furibunda con la que el autor escribió Marianela se ve claramente en el epílogo final referido a la supuesta lectura de un artículo de The Times. 
  • El retrato minucioso de la sociedad rural de la época gracias a los distintos grupos humanos que aparecen en la obra como modelos contrapuestos: Los Centeno —la familia con la que malvive la Nela— son pobres y sin miras (a excepción de Celipín, del que hablaré más tarde). Los hermanos Golfín nacieron pobres pero su empeño y amplitud de miras les dio fortuna y una vida digna; no obstante, Carlos, el hermano menor, está casado con Sofía, una señorita de provincias que no ve más allá de sus narices. Y algo parecido sucede con la familia de Pablo, donde Florentina es la honrosa excepción. 
  • La fuerte presencia y simbología del lugar —un territorio agreste de grutas y acantilados y vestigios de una actividad minera en decadencia— gracias a unas descripciones precisas y poderosas: 
«(…) Hallábase en un lugar hondo, semejante al cráter de un volcán, de suelo irregular, de paredes más irregulares aún. En los bordes y en el centro de la enorme caldera, cuya magnitud era aumentada por el engañoso claro-oscuro de la noche, se elevaban figuras colosales, hombres disformes, monstruos volcados y patas arriba, brazos inmensos desperezándose, pies truncados, desparramadas figuras semejantes a las que forma el caprichoso andar de las nubes en el cielo; pero quietas, inmobles, endurecidas. Era su color el de las momias, un color terroso tirando a rojo; su actitud la del movimiento febril sorprendido y atajado por la muerte. Parecía la petrificación de una orgía de gigantescos demonios; y sus manotadas, los burlones movimientos de sus desproporcionadas cabezas habían quedado fijos como las inalterables actitudes de la escultura. El silencio que llenaba el ámbito del supuesto cráter era un silencio que daba miedo. Creeríase que mil voces y aullidos habían quedado también hechos piedra, y piedra eran desde siglos de siglos». 
Pero por encima de cualquier elemento que se quiera destacar está la Nela, un personaje único con unos conflictos que despiertan la empatía del lector. Su retrato, delicado y minucioso, rehúye las burdas etiquetas que han estigmatizado a todas las Nelas de la historia. ¿Qué aspecto tiene la Nela?, apenas algún dato suelto y poco concreto, dando Galdós amplia muestra de su astucia pues la Nela acaba siendo una construcción urdida en la mente de cada lector. Sabemos que tiene dieciséis años y sin embargo parece una niña, sabemos que no se la puede considerar bella pero ¿significa eso que es fea?, todo su entorno, incluso ella, parecen creer que sí (menos Pablo, por razones obvias) pero el recién llegado, Teodoro Golfín, hombre de ciencias y con mucho mundo resuelve que con la debida alimentación y cuidados podría ser como cualquier otra muchacha. Ese contrapunto hace que el lector no se interese por la belleza de la protagonista y sí por sus otras virtudes, satisfaciendo así uno de los mensajes que pretende inculcar Galdós: que la belleza externa se sobrevalora como consecuencia de la carencia de educación y otros valores. Porque, con todos sus defectos y faltas, la espontaneidad, bondad, sensibilidad o imaginación de la Nela resultan adorables: 
«¡Ay, ay con el doctorcillo de tres por un cuarto!... Ya… cuando has querido hacerme creer que el sol está quieto y que la tierra da vueltas a la redonda… ¡cómo se conoce que no lo ves! ¡Madre del Señor! Que me muera en este momento si la tierra no se está más quieta que un peñón y el sol va corre que corre. Señorito mío, no se la eche de tan sabio que yo he pasado muchas horas de noche y de día mirando el cielo, y sé cómo está gobernada toda esa máquina… (…)» 
Esta ingenuidad y frescura contrasta con su enorme autoconciencia en relación a su triste situación y al conflicto interior que alberga. En mi opinión, un personaje de primer orden que no ha recibido todo el reconocimiento que merece. 

El nivel de concreción que Galdós destina a la Nela o a los grupos humanos, se diluye en su mirada individualizada hacia cada personaje. Son simples y planos a consecuencia del hecho deliberado de estar únicamente al servicio del discurso y del conflicto; sin embargo, en el caso de Pablo esa indefinición en su evolución provoca que, para la inteligencia y sensibilidad que se le supone, al final quede retratado como un bobo. Como excepción, Teodoro Golfín sí está muy detallado, en su caso por ser la personificación del sentir humanista y progresista que Galdós defiende. También lo está Celipín (el menor de los Centeno) —cuyo temperamento queda perfectamente definido, para lo bueno y para lo malo—, que emprende su huida en pos de una vida mejor y cuyas cuitas quedan recogidas en otra novela de Galdós: El doctor Centeno, publicada cinco años más tarde. 

Por todo lo expuesto, Marianela me parece una obra recomendable que es, además, toda una declaración de amor y respeto hacia esas personas que al ser consideradas diferentes, acaban invisibilizadas bajo una etiqueta ramplona —el tonto del pueblo, el retrasado, el que «le falta un hervor»…—, humanizándolas y rompiendo una lanza por sus virtudes y sobre todo por su dignidad. 

Ya para acabar, Marianela tiene tres adaptaciones cinematográficas, dos españolas (1940 y 1972) y una argentina (1955), pero su mayor difusión fuera del ámbito literario se ha producido bajo los formatos de la radionovela y la serie televisiva. Hay que admitir que la historia (dramón con muchacha humilde) se presta a ello sin que eso deba considerarse un defecto. También existe una adaptación a novela gráfica publicada en 2013 de la que prometo hablar en otra ocasión.

Y en cuanto a la portada... también hablaré de ello próximamente.

Otras obras de Benito Pérez Galdós en ULAD: Fortunata y Jacinta, Torquemada en la hoguera, La sombraNazarín y Trafalgar.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Benito Pérez Galdós: Los vampiros de Marte

Idioma original: inglés
Título original: The Blood-Sucking Sons of Bitches from Mars
Año de publicación: 1917
Valoración: Imprescindible

Este es el libro que la crítica de nuestro país no ha sabido, no ha podido o no ha querido ver: el libro que puede cambiar la forma en que las futuras generaciones verán a nuestro admirado Don Benito, el Garbancero, como le llamaba Valle-Inclán: una novela de ciencia-ficción adelantada varios lustros a las mejores de su género, y que dejaría boquiabiertos a H. G. Wells, Isaac Asimov y Paulo Coelho. La novela que a Lucía Etxebarria le habría gustado escribir si supiera escribir.

La excusa que sin duda pondrá la crítica especializada para negarse a aceptar la evidencia, es que la autoría de Pérez Galdós es cuestionable. Y sí, reconozco que resulta sorprendente, por su tema y por haberse publicado originalmente en inglés en una minúscula revista londinense; pero para cualquiera que conozca el estilo y las técnicas galdosianas, su biografía viajera y sus contactos epistolares con Lord Peckinpocking, editor de la revista Horses & Aliens, no pueden existir ya muchas dudas. Que las protagonistas de la novela se llamen Fortunicia y Jacinela también es un indicio, aunque ciertamente no definitivo.

La novela cuenta una historia muy del gusto de Galdós: en 1868, poco después de la Gloriosa, Madrid es invadido por misteriosos seres de Marte, que solo se distinguen de los demás madrileños por el hecho de ser azules, esféricos y gelatinosos. Uno de estos seres, de nombre X98AG6Z, se enamora furibundamente de Fortunicia, pero como él pertenece a una clase social distinta (la de los seres azules, esféricos y gelatinosos), ésta no le deja que le chupe la sangre. Con la ayuda de Jacinela, y contrayendo enormes deudas con el usurero Torquemada (que a su vez le chupa la sangre a él, aunque en otro sentido), X98AG6Z consigue hacerse pasar por un digno señorito de provincias (aunque sigue siendo azul, esférico y gelatinoso), hasta lograr el amor de Fortunicia y el reconocimiento de la crema y nata de la sociedad madrileña. El desenlace, claramente simbólico, muestra a X98AG6Z chupando hasta el éxtasis la sangre... de Jacinela.

Algo que llamará la atención del lector es que toda la novela está contada desde el punto de vista de un besugo, que colgado en la cocina de Fortunicia observa y comenta la acción con una agudeza y una astucia nada desdeñables.

Existe una edición moderna, pero errónea, de esta obra, en la que los abundantes deslices del editor la hacen casi irreconocible. De hecho, hay serias dudas de que no se trate de la misma novela, porque se titula Guerra y Paz y su autor es un tal Tolstoi.

viernes, 4 de enero de 2019

Rayco Pulido Rodríguez: Nela

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: Recomendable





Nela es la adaptación para novela gráfica de Marianela, la conocida obra de Benito Pérez Galdós. Llegó a mis manos en forma de regalo inesperado y la leí de una sentada; pero el interés por reseñarla fue posterior porque, aunque Nela me pareció muy notable, fue la lectura de la obra original la que me hizo comprender y valorar debidamente el grandísimo trabajo de Rayco Pulido con su adaptación. 

Resumen resumido: Nela vive en la miserable población minera de Aldeacorba. Es huérfana, pobre y todos la consideran diferente. Su complexión menuda y débil la inhabilita para trabajar en la mina o en el campo, por lo que acaba como lazarillo de Pablo, el hijo invidente de un adinerado lugareño. El cariño y el inflamado idealismo de Pablo prenderán en Nela una chispa de ilusión y esperanza que se verá truncada con la llegada de Teodoro Golfín, un reputado oftalmólogo dispuesto a devolverle la vista al joven. 

Nela es absolutamente fiel a la obra original: la historia, los personajes, el lenguaje —e incluso la estructura por capítulos y el epílogo—, pero eso no significa que sea una adaptación mimética y mucho menos simplista; el profundo conocimiento y respeto hacia la novela de Galdós se hace patente en cómo se mantienen y adaptan aquellos elementos que le son esenciales y cómo se integran con gran acierto los que son propios de la novela gráfica. 

La narrativa en Nela es muy depurada y consigue que el lenguaje que tanto aturde al lector moderno en la obra original se convierta en un elemento enriquecedor por medio de la estricta selección de las frases precisas. El control narrativo es, en mi opinión, impecable gracias al dominio de los diálogos, los silencios y las elipsis: 
A ello hay que sumarle otras muchas perlas que emergen casi en cada página, retos que el autor se pone a sí mismo y que supera con ingenio y destreza: una escena que transcurre entre la luz y la oscuridad, las percepciones de alguien que ve por vez primera o una santa aparición que al final no lo es, por poner varios ejemplos. 

Como ya comenté en la reseña de Marianela, el lugar —ese territorio de fiera orografía y actividad minera en decadencia— juega un papel muy importante en la atmósfera de la historia; y en Nela adquiere la escala sobrehumana que Galdós ya apuntaba en sus páginas. Las imágenes de las grandes grietas y acantilados dominan algunas escenas, tragándose casi a los personajes como metáfora de la menudencia del ser humano: 

Otro elemento que se recoge con acierto de la obra original es la peliaguda cuestión del aspecto de la protagonista, cuestión que Galdós deja en manos del imaginario del lector y que en este caso, y por razones obvias, no puede eludirse. Me parece un asunto de primer orden ya que, tal como explicaba en una entrada anterior sobre las cubiertas de las diversas ediciones de Marianela, Nela no es fácil de retratar y cualquier intento que no se fundamente en una mínima reflexión sobre el personaje puede resultar ridículo y una fenomenal metedura de pata. Pero solo con ver la portada de Nela ya se observa que no es el caso. Rayco Pulido, manteniéndose fiel a su estilo, construye una Nela de aspecto ambiguo y difícil de catalogar logrando el mismo efecto que Galdós en Marianela: que la belleza (o no) de la protagonista adquiera un papel secundario para el lector y sin embargo sí nos fijemos en su frescura y su buen corazón, entre otras virtudes. 

La trama y el lenguaje de la obra hace que la asociemos inevitablemente a una estética concreta (películas en blanco y negro o tonos pastel, ilustraciones coloreadas y con aspiraciones realistas…) por ello el hecho de percibirla bajo el estilo minimalista y austero (casi espartano) de Rayco Pulido, es todo un choque: blanco y negro, trazos y texturas sin superficies homogéneas que no sean grandes manchas negras, el realismo desdibujado de algunos paisajes, la expresividad de los personajes frente al detalle. De la combinación surge una obra absolutamente genuina donde se logra algo maravilloso, que el conflicto de Nela se vea como lo que es: un conflicto universal y contemporáneo. Lo único que me ha decepcionado de la parte gráfica ha sido la caracterización de Teodoro Golfín del que en el texto original se destaca su aspecto rudo con una gran melena negra y del que se dice que es como un león o un perro salvaje.

Y por todo lo expuesto, Nela me parece una obra sólida, interesante y emocionante, y por tanto, recomendable aunque —y no estoy diciendo que la lectura de novela gráfica deba condicionarse a nada— al tratarse de una adaptación, resulta mucho más enriquecedor abordarla habiendo leído antes la novela en la que se basa. 

Otras obras de Rayco Pulido en ULAD: Lamia 

lunes, 12 de noviembre de 2018

Malditas cubiertas: «Marianela» de Benito Pérez Galdós

En muchas de las reseñas de ULAD se valoran puntualmente las cubiertas de las obras por cuestiones concretas, pero hay casos en los que reflexionar en torno a este asunto puede extenderse tanto como la propia reseña.

Por otra parte, cuando contemplamos la cubierta de un libro (nos parezca más o menos llamativa o bonita) esperamos que nos transmita algo de lo que vamos a encontrarnos en las páginas siguientes, ya sea una sensación, un lugar, un personaje, la atmósfera… y esa información bien conjugada con el título (otro gran temazo, damas y caballeros) influye mucho en el hecho de que ese libro sea finalmente abierto o no. Luego están las predilecciones personales: unos prefieren una imagen literal, otros se decantan por algo más simbólico o sensitivo, pero lo que desde luego no gusta es una cubierta que no tiene ABSOLUTAMENTE NADA QUE VER —ni por negación— con el contenido de la obra que precede.

Y por todo lo dicho, me llena de orgullo y satisfacción (¡je!) inaugurar esta serie sobre CUBIERTAS.

Marianela se publicó por primera vez en 1.878 y se considera un clásico de nuestra literatura, lo cual es motivo suficiente para que haya sido editada hasta la extenuación en diferentes momentos y bajo diferentes parámetros de mercado (no es lo mismo una edición escolar que una para un coleccionable de clásicos que una conmemorativa). No obstante, en mi ardua peregrinación me he encontrado tal variedad de cubiertas que me he visto obligada a su clasificación por estadios, partiendo de las que me parecen menos acertadas hasta llegar a aquellas en las que finalmente se percibe que sus creadores SÍ conocían esta obra de Galdós y a su entrañable protagonista, la Nela.

ESTADIO 1: WTF
Porque la contemplación de estos cuatro rostros femeninos con esos estilismos tan de su época (la que sea en cada caso) me sugiere cualquier cosa menos a la Nela que, de tan sencilla y montaraz, no llevaba ni zapatos. Y qué me sugiere, de izquierda a derecha:
  1. Biografía de María Antonieta.
  2. Lucy (natural de Nueva Jersey) mandó hacerse esta bonita fotografía para que su prometido Billy, alistado en la Guerra del Pacífico, la llevara siempre consigo y no la olvidara.
  3. Poetisa maldita que vivió —aunque muy poco— inmersa en la bohemia parisina de finales del siglo XIX.
  4. Una de las niñas de El sí de las niñas de Leandro Fernández de Moratín, le dijo «sí» a Jack Nicholson y hete aquí la terrible consecuencia.
ESTADIO 2: LA QUE SA LIAO 
Porque seguro que en el seno de todas las editoriales se cometen errores y, por qué no, se edita una novela con una cubierta que pertenece claramente a otra:
  1. Salomé de Oscar Wilde.
  2. La gitanilla de Juan Ramón Jiménez. Tiene a su favor ese aire de marginalidad del personaje de Galdós, pero hasta vista de perfil ya se percibe en esta gitanilla bastante más carácter del que se puede esperar de la dulce Nela.
  3. Jane Eyre de Charlotte Brontë o Agnes Grey de Anne Brontë o cualquier sensible dama envuelta en serias tribulaciones que amenazan su salud moral y física.
  4. Un hombre que camina en la oscuridad de un territorio inhóspito bajo la atenta mirada de una mujer fantasmal. Cumbres Borrascosas (y con esto ya cumplimos la cuota Brontë hasta el año que viene).
ESTADIO 3: PASTORCILLAS
A alguien se le ocurrió que tal vez la Nela fuera algo así como una virginal pastorcilla y eso desenterró todos los clichés del ideario ñoño. Valoremos al menos el conocimiento de que la historia transcurre en un entorno rural, que es un elemento determinante en Marianela. Así que nos vamos acercando:
  1. Pastorcilla full equip (canesú, flores en el pelo, etc) de las fábulas de Esopo y Lafontaine.
  2. Pastorcilla de pesebre en momento adoración del niño Jesús.
  3. Pastorcilla/doncella/ninfa de pintura renacentista.
  4. Primerísimo plano de pastorcilla (obsérvese qué serenidad y qué cutis, propio de la vida idílica de la que se pasa el día a la intemperie cuidando del ganado).
  5. Pastorcilla asilvestrada. Es menuda, prácticamente una niña, y está como engullida por la vegetación. Se acerca a la figura de la Nela algo más que las anteriores aunque el entorno parezca la verde Irlanda y no una población minera del norte de España.
ESTADIO 4: SI NON E VERO E BEN TROVATO
Y es que quien ha leído Marianela (o la reseña) sabe que se trata de un personaje de difícil catalogación, al que Galdós siquiera describe físicamente, y que pretender retratarla y captar además su mundo interior es meterse tontamente en un fenomenal aprieto. Por ello las cubiertas que desde mi punto de vista más se ajustan al espíritu de la novela, o bien se valen de una ilustración intencionada de la protagonista o bien buscan otro posible leitmotiv:
  1. Pablo y su lazarillo Marianela, una estampa característica de la novela en la que se percibe que Pablo está pero no ve y que Marianela ve pero no acaba de estar.
  2. Una niña/adolescente rodeada de oscuridad (simboliza la falta de cultura y de horizontes) que vive con un tormento interior (quizá demasiado a juzgar por su expresión pero me parece más acertado que la vacua serenidad de pastorcilla).
  3. La pequeña que se arropa con semblante triste transmite muy bien la soledad y la vulnerabilidad del personaje de Galdós (aunque estoy segura de que la pobre Nela nunca tuvo esos mofletes).
  4. El territorio agreste de la zona minera en el que transcurre la historia y que es casi un personaje más de la novela.
  5. Una flor silvestre arrancada y abandonada. A mi parecer, el modo más simbólico, emotivo e inteligente de captar la singularidad y el conflicto de la protagonista.
De todas maneras (y más allá de mis muy científicas elucubraciones) en asuntos así prima la sensibilidad de cada lector, a la que no deberíamos desoír porque, si bien se dice que no se debe juzgar al libro por la cubierta, no se ha dicho nada sobre juzgar a la cubierta por el libro.

sábado, 19 de octubre de 2019

Contrarreseña, Mi último suspiro de Luis Buñuel


Idioma original: Francés
Título original: Mon dernier soupir
Año de publicación: 1982
Traducción: Ana María de la Fuente
Valoración: Imprescindible

La memoria, vaya sustancia. Frágil, voluble, delicada. Deteriorada. Hace más de tres décadas leí estas memorias de Luís Buñuel y desde entonces vengo contando asiduamente la anécdota, sacada de este libro, del pueblo del Bajo Aragón que en un año de sequía sustituyó la escasa agua disponible por vino para elaborar el cemento. Vuelvo ahora a estas memorias y la anécdota no está, ausencia total. No existe. Me he pasado más de treinta años convencido de estar refiriendo un hecho cierto acontecido a principios del siglo XX que apenas ocurre en mi imaginación. Bien pensado, quizás a don Luis Buñuel, que nunca quiso renunciar a los desvaríos del credo surrealista, mi delirio continuado le pudiera resultar de lo más razonable y comprensible, pues el inicio de Mi último suspiro ya nos advierte que la memoria es invadida constantemente por la imaginación y el ensueño, y puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario, acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira.

Así pues, lo maravilloso de este libro se halla exactamente en el apasionado alegato que Luis Buñuel Pórtoles (Calanda, Teruel, 1900 – Ciudad de México, 1983) hace de la imaginación, como eje de una existencia, como medida de su propia vida, como flotador al que agarrase sin miedo, ni reparo, ni vergüenza. Buñuel desprecia la ciencia, a la que tilda de presuntuosa, analítica y superficial y a la religión y advierte que aunque le demostrasen la improbable existencia de un Dios creador, no puedo creer, y en cualquier caso, no acepto que pueda castigarme para toda la eternidad.

Buñuel se rebela igualmente frente a la tecnología y también, por supuesto, frente a las ideologías y, pese a su teórica afinidad anarquista, desprecia a sus militantes por su arbitrariedad, imprevisibilidad y fanatismo, para acabar definiéndose como un inofensivo nihilista. Y nos explica que no fue hasta que llegó a los sesenta y cinco años de edad que comprendió y aceptó plenamente la inocencia de la imaginación: Admitir que lo que sucedía en mi cabeza no concernía a nadie más que a mí (…) y que había que dejar ir a mi imaginación, aun cruenta y degenerada, adonde buenamente quisiera. La imaginación, deslizándose entre el azar y el misterio, es la libertad total del ser humano. Nuestro primer privilegio.

Los chirriantes límites de la realidad y la fantasía, debatiéndose en conflicto entre lo preceptivo y lo creativo, entre lo impuesto y lo mágico, entre el deber y el placer, son el territorio Buñuel, que afirmaba con frecuencia haber tenido el privilegio de llegar a este mundo y criarse aún en la época medieval. De sus recuerdos de infancia en Zaragoza me quedo con el cine como espectáculo circense, con pianista y explicador, personaje que contaba al respetable la acción que se proyectaba en pantalla… De su paso por el Madrid de los años veinte queda el recuerdo de su frágil aunque fructífera complicidad con Salvador Dalí y Federico García Lorca, compañeros en la Residencia de Estudiantes. Y después, el salto a París, a Los Ángeles, a México DF. El cineasta aragonés anduvo en tratos con Benito Pérez Galdós, con Charles Chaplin y Billy Wilder, con Tristán Tzara y André Breton, con Catherine Deneuve y Ángela Molina, y nos depara por supuesto una genuina y amplia mirada al siglo veinte.

En este juego buñueliano nada es lo que pareciera o debería. De hecho, la redacción de Mi último suspiro, no se debe al propio Buñuel, si no a uno de sus colaboradores y guionista habitual, Jean-Claude Carrière. Circunstancia que confiere un tratamiento más liviano y atractivo para el lector que el que podría haber deparado el propio cineasta, quien ya desde el inicio se reconoce como poco dotado para tal tarea pese a que su nombre es el único que aparece en portada, a mayor tamaño incluso que el título. Pero, como cualquier memoria mínimamente honrada, también tiene algo de balance de descalabros, fracasos y errores. La confesión de André Bretón en 1955 –es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis, pero el escándalo ya no existe-  así como la constatación trece años después, en mayo del 68, de que también la acción se había hecho imposible: al igual que nosotros, hablaron mucho e hicieron poco. Tampoco se censuran episodios truculentos, como sus agresiones a homosexuales que frecuentaban servicios públicos en el Madrid donde él estaba fascinado por la personalidad de García Lorca: La chulería es un comportamiento típicamente español, compuesto de agresividad, insolencia viril y autosuficiencia. Yo he incurrido en ella algunas veces… 

Aunque eligió su propio camino, libre, individual e indomable, Luis Buñuel perteneció a una familia muy rica -de esas que tenían a los hijos entre algodones, con criadas que le llevaban los libros a la escuela- lo que le facilitó en gran manera contactos, medios, posibilidades. Escogió lo que le resultaba más precioso, los sueños, el azar, la risa, el sentimiento, la contradicción y lo cultivó con ahínco, con cabezonería: Si fuéramos capaces de devolver nuestro destino al azar y aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia. En mi casa siempre nos han contado que mi abuela Victoria, cuando salió del pueblo, se fue de criada a Zaragoza, a casa de los Buñuel. Así que no puedo dejar de sentir su presencia por entre estas páginas, incierta o no, pero absolutamente real porque habita en ese precioso ámbito que es mi fantasía.

Mi percepción de este libro la puedo resumir con la calificación de Imprecindible, que en la jerga que usamos los inquilinos de este artefacto completamente irracional que es este blog es como ponerlo por los cielos. Se trata, por tanto, de una contrareseña de la que, en su momento, publicó Santi, quien le adjudicó un Muy Recomendable, que tampoco está nada mal. Puede que los motivos por los que le concedo a estas memorias más parabienes que mi colega reseñador y padre fundador de Un libro al día sean subjetivos o personales y aunque he intentado argumentarlos, no sé si resultarán convincentes. En todo caso, y tratándose de Luis Buñuel, viva la abuela que nos parió.

lunes, 30 de marzo de 2020

Malditas cubiertas: El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald

¿Qué tiene esta historia y sus protagonistas que resultan tan magnéticos y envolventes? Ese Jay y esa Daisy, fabricados de un precioso cristal líquido que se escurre entre los dedos del lector. Esos conflictos tan particulares y complejos, ese retrato de un momento tan crucial —y volátil— en el seno de la alta sociedad neoyorquina. El gran Gatsby es el claro ejemplo de cómo se narra algo absolutamente complejo para que parezca sencillo. Y si, como ya hemos visto, existen despropósitos de cubiertas para obras mucho más evidentes en su planteamiento ¿qué no nos encontraremos en este caso? Y, lo que es aún más interesante ¿cuál es el mensaje que hay detrás? 

«Hombre: esta es tu novela» 
Tan fácil como materializar las tres cosas que, por supuesto, rigen la vida de un hombre (que coinciden con las tres más recurrentes en cualquier vídeo de música trap): 
El POWER

Las PIBAS

El BUGA


«Mujer: esta también podría ser tu novela» 
Alguien cayó en la cuenta de que más de la mitad de los lectores son lectorAs y no les quedó otra que tratar de seducirlas con aquello a lo que jamás podría resistirse ninguna mujer como dios manda: 
ROMANTICISMO (la parejita)

TENSIÓN HETEROSEXUAL SIN COCHINADAS (los bailarines)

ESTAMPAS CUQUIS (costumbrismo evocador - todo bien)


«Aquí nos hemos leído la novela» 
Pero eso solo demuestra que poseer toda información no es, en absoluto, garantía de éxito. Y en este caso, el mensaje completo sería: «Aquí nos hemos leído la novela pero, sin saber muy bien por qué, vamos a disuadirte de que quieras leerla tú»

(1) Alcoholismo: diez pasos para salir a flote 
(2 y 3) NODO - Nueva York años 20 
(4, 5 y 6) Literatura pulp de género indefinido

«Aquí nos hemos visto LAS DOS películas» 
Conclusión: chulazo rubio y misterioso a las doce en punto. 


«Aquí hemos estado pensando un buen rato»
Efectivamente, lo más característico del personaje de Jay Gatsby es su misterio, lo desconocido que resulta para todos y su capacidad para reinventarse, así como su enorme soledad a pesar de estar continuamente rodeado de gente. Y tanto un hombre en la lejanía como un hombre de espaldas como un hombre sin rostro puede estar inmerso perfectamente en las disquisiciones más profundas sobre el yo en el universo como puede estar, simplemente, más borracho que una cuba. Así que, como suele decirse, si non e vero e ben trovato.















«Aquí somos muy del design»
Salimos de casa en chándal a tomar un café pero nos acabamos pidiendo unas cañas, luego unas pintas, luego unos gin-tonic y cuando abrimos los ojos, estábamos en Valencia y eran las Fallas.

«Aquí nos hemos hecho un lío pero no se nota apenas»

(1) El fantasma de la ópera se retira a su mansión de las afueras 
(2) Irma la dulce 
(3) El guardián entre el centeno II (más cínico, más apático y más proclive al suicidio) 
(4) El nuevo caso de Philip Marlowe 
(5) Memorias de Benito Pérez Galdós: jubilación en la sierra con mi gato. 

«El gran sueño americano solo puede salir de una gran cabeza americana» 
Aquí el estilo adoptado por Ignasi Blanch para la cuidada edición hecha por Nørdicalibros en 2013 me lo ha puesto fácil para el chiste. Bromas aparte, todo mi apoyo por los esfuerzos que hacen algunas pequeñas y medianas editoriales para reivindicar y reinventar las ediciones en papel de grandes clásicos como este. 

Y ya que estamos con cuestiones gráficas, acabamos con este bonito diagrama ilustrado sobre los vínculos entre los personajes de la novela. La composición y el estilo son muy elegantes, sin embargo no acabo de estar conforme con las relaciones que se establecen, especialmente con el hecho de que el coche de Gatsby tenga más peso en la trama que el propio narrador, Nick Carray. La única explicación posible sería que lo que aquí se esté valorando sea el carisma: el coche de Gatsby lo tiene (y mucho) mientras que el bueno de Nick Carraway es probablemente uno de los personajes más insulsos que nos ha dado la literatura.

jueves, 17 de marzo de 2022

VV.AA.: Zona de penumbra

Idioma original: Español
Año de publicación: 2022
Valoración: Recomendable (especialmente para interesados)

Zona de penumbra aglutina once cuentos. Todos ellos fueron escritos durante el periodo que comprende el Fin de Siglo y el Modernismo. Los hermanan su autoría española y el cariz fantástico que adquieren sus argumentos. 

Aunque en general me han gustado, mis preferidos serían:

  • El inacabado "¿Dónde está mi cabeza?" de Benito Pérez Galdós, que entremezcla el horror con humor grotesco y absurdo.
  • "Médium", de Pío Baroja, y "Los buitres", de Ángeles Vicente, que sorprenden por su contundencia e intensidad.
  • "El que se enterró" de Miguel de Unamuno, cuyas reflexiones metafísicas rozan la genialidad.

Por ponerle alguna pega a este volumen, diría que la mayoría de narraciones agrupadas adolecen de:

  • Una prosa algo recargada.
  • Cierta tendencia a la sobreexpliación.
  • Premisas que, si bien eran originales en su época, a día de hoy pueden estar muy vistas.

Sea como fuere, recomiendo encarecidamente la lectura de Zona de penumbra. Especialmente a aquéllos que quieran visitar clásicos en los que se entremezclan lo sobrenatural, el inconsciente, el espiritismo y la comedia con sumo acierto.

martes, 9 de agosto de 2011

Arturo Pérez Reverte: Cabo Trafalgar. Un relato naval

Idioma original: español
Año de publicación: 2004
Valoración: está bien

Aquí viene Arturito a poner las cosas en su sitio, que lo de Pérez Galdós estuvo bien, pero ya se ha quedado un poco viejo. Bien, Benito, bien, hiciste lo tuyo pero deja ya paso a las nuevas generaciones. Aunque también, Arturo, se te ve un poco aprovechado con esto de las conmemoraciones, ¿eh? ¿Que se van a cumplir doscientos años de Trafalgar? Toma: Cabo Trafalgar. Un relato naval. ¿Que si doscientos años del sitio de Cádiz? Pumba: El asedio. Que vale, está bien, son temas que te pegan, que te hinchan la vena patriótica, la irónica, la satírica y otras venas que no se pueden mencionar porque hay señoritas delante; pero no me negarás que algo de estrategia comercial también hay, ¿eh?

Una cosa te tengo que reconocer, Arturito, y es que te has documentado como un campeón para escribir esta novela. Que a veces leo tanto término náutico junto y pienso: ¿pero este tío ya sabrá lo que está diciendo? Porque yo, la verdad, ni pajolera idea. Pero me fío, además seguro que has tenido buenos asesores... Vamos, que esa parte se te reconoce. Y el estilo, pues también, aunque sea el mismo que usas en tus columnas y que ya te tiene que salir como el mear, o sea, sin esfuerzo. Pero bueno, es gracioso, por ejemplo cuando transcribes las palabras extranjeras como suenan, como "Yenesepá", "Les choses como son" o "Du yu spikin spanish", o cuando haces hablar a los marineros del siglo XIX como si fueran macarras del siglo XXI. Bien, Arturito, bien.

Alguna pega te voy a poner, Arturito, porque si no no sería yo, y porque la gente se va a pensar que somos compadres, que comemos juntos y nos damos palmadas en la espalda y nos vamos de putas juntos. Y no. Pues mira, que a veces me parece un poco repetitiva la novela, Arturo, la verdad. Coño, Arturo, que te pones muy pesao con lo de que los ingleses son eficaces y disciplinados; los españoles, torpes y trepas, pero con los cojones bien puestos; y los franceses, unos cobardes de cuidado. O con lo de que los que pelearon en Trafalgar no tenían ni pajolera idea de barcos, ni de guerra, ni de nada. Vale, sí ya lo has dicho. No hace falta que insistas tanto, que es peor. Que a estas alturas ya deberías saberlo, Arturo, que pareces nuevo.

Pero vamos, que sí, Arturo, que bien, que es una novela divertida, que te echas unas risas leyéndola aunque a veces te pierdas un poco entre tanto nombre de barco y de vela y de cuerda y de aparataje y de leches en vinagre. Bien, Arturito, bien. Esta vez te la pasamos con buena nota.

Otros libros de Arturo Pérez-Reverte en ULADLa sombra del águilaEl maestro de esgrimaLa reina del surHombres buenos