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viernes, 13 de noviembre de 2009

Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta

Idioma original: español
Año de publicación: 1886-7
Valoración: Imprescindible

Tengo que empezar diciendo que Galdós no era, hasta hace bien poco, un autor por el que tuviera especial predilección. De hecho, si me hubieran preguntado hace cosa de un mes, habría dicho que Clarín es muy superior (aunque su obra narrativa sea mucho más breve), y que nada de lo que escribió Galdós se acerca ni con mucho a La Regenta. Había leído varias novelas galdosianas -Doña Perfecta, La de Bringas, Misericordia, Marianela-, y ninguna de ellas me había terminado de convencer: no me terminaba de gustar la manía de Galdós de meterse en medio de la acción, en modos más o menos sutiles, ni su forma de dejar tan claras sus simpatías y antipatías por los distintos personajes.

Y entonces empecé a leer Fortunata y Jacinta, con algo de escepticismo y un poco de pereza -por el volumen, más que nada-. Y mi veredicto es: ¡vaya novelón! Novelón en todos los sentidos: por sus mil y pico páginas, por su argumento digno de un culebrón de sobremesa, pero sobre todo por el impresionante universo humano, social e histórico que contiene. El argumento, como digo, es folletinesco: se basa en un triángulo amoroso entre Juanito Santa Cruz (un burgués bon vivant de los que debían de abundar en el Madrid de la época), Jacinta (otra burguesa, algo ingenua y soñadora, tan buena que a veces es tonta) y Fortunata (perteneciente al "cuarto estado", huérfana sin oficio, beneficio ni apellido que se le conozca, apasionada, compleja, torturada). La novela cuenta entonces los ires y venires de Juanito ("el Delfín") entre la comodidad del lecho conyugal, y la seducción pecaminosa del adulterio. Y entre tanto hay maridos cornudos; hijos vivos, muertos y falsos; discusiones de café, cambios de régimen... Amar en tiempos revueltos, vaya.

Francisco Caudet, el autor de la introducción de Cátedra que estoy leyendo, propone una lectura interesante de la novela: una lectura alegórica según la cual Galdós está retratando, a través de los personajes principales, los vaivenes de la España de la época entre el progresismo -y el republicanismo- (Fortunata representaría al "pueblo", al proletariado, los sectores más progresistas de la sociedad) y la moderación liberal de la Restauración (Jacinta, ejemplo típico de burguesa, representaría esta opción). España, como Juanito Santa Cruz, tiene sus "fiebres de guerra y de paz".

A mí, personalmente, lo que más me ha gustado de la novela es cómo maneja Galdós los tiempos y las tensiones de la obra. Durante toda la primera parte, a Fortunata sólo la vemos una vez: en el rellano de una escalera, comiéndose un huevo crudo y enamorando perdidamente a Santa Cruz; pero aunque esté ausente, su figura condiciona toda la trama, y estamos deseando verla aparecer otra vez, seductora y vulgar a partes iguales. El resto de la novela gira en torno a Fortunata, pero sobre ella pesará siempre la sombra de Jacinta -modelo de una honradez a la que Fortunata aspira- y sobre todo de Santa Cruz -el amor invencible de Fortunata, porque «querer a quien se quiere no puede ser cosa mala».

Podría seguir hablando más de la novela: de la "galería de personajes" (todo un tópico) que aparecen en cafés, comercios y reuniones sociales de mayor o menor "tono" -algunos de ellos, personajes de otras novelas de Galdós, que creó todo un mundo ficticio a lo Balzac-; de la habilidad con que se entremezcla lo individual y lo social, lo anecdótico y lo histórico; o la gracia con la que se retrata la manera de hablar de los distintos personajes -los diálogos de enamorados cursis de Jacinta y Juanito son impagables-. O podría decir, por ejemplo, que por una vez no me han molestado las intrusiones del narrador, que de vez en cuando se dirige al lector o comenta la acción (no sé si porque estas intrusiones son más sutiles que en otras novelas, o porque se disimulan mejor en medio del conjunto...).

En fin, ¿se nota que me ha encantado?

Otros libros de Benito Pérez Galdós en ULADNazarínTrafalgar

miércoles, 12 de enero de 2011

Benito Pérez Galdós: Nazarín


Idioma original: español
Año de publicación: 1895
Valoración: Recomendable

Este último año y medio ha sido el de mi reconciliación con Galdós, sobre todo gracias a Fortunata y Jacinta, ese culebrón magistral. Y hacía tiempo que tenía ganas de leer algo de su última etapa, la que llaman "espiritual(ista)", en la que renuncia a la exactitud del retrato psicológico, histórico y social para concentrarse en los problemas filosóficos, religiosos o éticos que afligen al hombre de cualquier época y condición. Nazarín es la más conocida de esta época (entre otras cosas, gracias a la adaptación de Buñuel) y bueno, me ha gustado, pero no tanto como Fortunata y Jacinta.

El protagonista de esta novela ha sido descrito como una mezcla de Don Quijote y Jesucristo. Del primero tiene su idealismo, su nomadismo y su incapacidad (o resistencia voluntaria) para adaptarse a la realidad; del segundo, su misticismo, su pacifismo, su entrega al prójimo e incluso un cierto mesianismo (una de las escenas más divertidas de la novela es aquella en que Pedro Belmonte cree ver en Nazarín al obispo armenio Esrou-Esdras redivivo). Además, en su vagar por las afueras de Madrid lo acompañan Ándara y Beatriz (que tienen con él una relación verdaderamente entrañable, muy bonita y muy bien construida por Galdós), que tanto pueden ser la Marta y María evangélicas, como nuevas Sancho-Panzas andrajosas y malhabladas.

La acción de la novela, bastante escasa, por cierto, es la típica de una novela de viaje, o mejor, de vagabundeo (como es, precisamente, el Quijote): los personajes andan por los caminos, se encuentran con gente, hablan, les pasan cosas. El hilo conductor es el protagonista, que con su actitud y su personalidad mística y desprendida provoca admiración, respeto, desprecio o burla en quienes lo conocen.

En fin, la novela es interesante por su contraste, precisamente, con los periodos anteriores del propio Galdós: qué diferente es el tono, el tema o el tratamiento de los personajes y la acción, si lo comparamos con su etapa más realista o, por ejemplo, con Doña Perfecta: la ambigüedad con la que se presenta a Nazarín (termina la obra y no sabemos si es un santo, un loco o una mezcla de las dos cosas) es, también, puramente cervantina. En todo caso, para mi gusto esta obra es menos perfecta que los mejores novelones realistas del mismo autor.

Ah, por cierto, no he visto la película de Buñuel, ¿qué tal está?

Otros libros de Benito Pérez Galdós en ULADFortunata y JacintaTrafalgar

domingo, 15 de julio de 2012

Ford Madox Ford: El buen soldado

Idioma original: inglés
Título original: The Good Soldier
Año de publicación: 1915
Valoración: Muy recomendable

Muchas veces se habla del siglo XIX como "el siglo de la novela", lo cual es evidentemente reduccionista (hacia el siglo XIX y hacia el concepto de novela) pero refleja también un fondo de verdad: que durante el siglo XIX, en especial en su segunda mitad, la novela pasó de ser un género secundario en los cánones literarios nacionales (en los que la poesía lírica o el teatro ocupaban el centro indiscutible), a ser el motor del sistema literario, con la aparición de grandes maestros como Balzac, Flaubert o Zola, Tolstoi o Dostoievski; Galdós o Clarín; Eça de Queirós o Dickens. Por diversos caminos, estos escritores y muchos otros alcanzaron una maestría en el manejo de la descripción, de la creación de personajes, tramas y universos ficcionales. Y uno de los aspectos en los que destacaron más especialmente los novelistas del siglo XIX fue en la creación de grandes narradores: narradores (a veces testigos, a veces con voz y personalidad propia que condicionan radicalmente el modo en que el lector accede a la historia.

El buen soldado de Ford Madox Ford (aunque escrita ya a comienzos del siglo XX, que conste) podría servir de ejemplo perfecto para esta afirmación, al igual que muchas novelas de su "antecesor" Henry James. En efecto, el narrador, John Dowell, es un modelo de lo que Wayne Booth denominó unreliable narrator, "narrador no confiable": es un narrador desordenado, confuso, olvidadizo, parcial y a menudo manipulador, que nos da una visión determinada de los hechos o de los personajes en las primeras treinta páginas, para dedicar las otras doscientas a destrozar meticulosamente esa visión en las restantes doscientas.

La trama como tal es bastante convencional, y podría haber dado para algo así como Madame Bovary o Fortunata y Jacinta: cuenta la historia de dos matrimonios de "gente bien" (así llamados por el propio narrador): los Dowell -John y Florence, americanos- y los Ashburnham -Edward, inglés, y Leonora, irlandesa-. Al principio son presentados como dos matrimonios ideales, elegantes, felices; luego se verá que todo es apariencia, que todos se engañan a todos, que no hay en realidad apenas afecto entre ninguno de ellos, y que, queriendo o sin querer, se han destrozado la vida unos a otros.

El motivo por el que esta trama no se convierte en un Madame Bovary o Fortunata y Jacinta es precisamente por la voz de ese narrador-testigo, John Dowell, que cuenta la historia en forma de una larga confesión escrita durante varios años, con incoherencias, desorden, olvidos y manipulaciones: "...cuando se analizan unas relaciones amorosas", dice "tan pronto se avanza como se retrocede. [...] Tiene usted los hechos aunque haya de molestarse en buscarlos".

Hay otra característica del narrador que hace la lectura mucho más llevadera: su humor cínico y sarcástico, que disecciona al resto de personajes, a la alta sociedad y a sí mismo con una divertida crueldad. Algunos de sus latigazos tongue-in-cheek, que se dice en inglés, recuerdan a los aforismos de Ambrose Bierce. Por mucho que se esfuerce en decir que Edward y Leonora eran personas nobles y "gente bien", la imagen que queda de ellos es la de unos seres egoístas, torpes, hipócritas y traicioneros.

En fin, que esta novela de Ford Madox Ford no sirve para solucionar aquella discusión que tuve con un compañero de trabajo, sobre si es mejor la novela del XIX o la del XX; porque aunque su trama está cerca de la de muchos novelones del XIX, gran parte de sus técnicas (fragmentación, desorden, ironía, autoconsciencia) pertenecen más bien al "Modernismo" y lo acercan, salvando las distancias, a la narrativa de Virginia Woolf.

Sea como sea, es una gran novela: Un clásico.

jueves, 4 de octubre de 2018

Benito Pérez Galdós: Marianela

Idioma original: español
Año de publicación: 1878
Valoración: Recomendable



Marianela forma parte de las primeras novelas de Galdós, consideradas novelas de tesis (aquellas que plantean alguna teoría sobre cuestiones sociales, políticas o morales y de las que se objeta que la argumentación suele ir en detrimento de la trama). Pero aunque resulta evidente la finalidad pedagógica y educadora —y de crítica social— en Marianela, la indudable habilidad narrativa de Galdós hace que la historia fluya sin contratiempos y que el conflicto humano alcance una enorme intensidad. 

Resumen resumido: Marianela (en adelante, la Nela) vive en la miserable población minera de Aldeacorba. Es huérfana, pobre y todos la consideran diferente. Su complexión menuda y débil la inhabilita para trabajar en la mina o en el campo, por lo que acaba como lazarillo de Pablo, el hijo invidente de un adinerado lugareño. El cariño y el inflamado idealismo de Pablo prenderán en la Nela una chispa de ilusión y esperanza que se verá truncada con la llegada de Teodoro Golfín, un reputado oftalmólogo dispuesto a devolverle la vista al joven. 

El tema del ser marginal desde la óptica de la niña «salvaje» es el pretexto para retratar el egoísmo y la hipocresía de la sociedad, y para denunciar su responsabilidad hacia esos individuos que mediante la educación y el trato digno podrían salir de su triste abandono. El mensaje está perfectamente integrado en la historia, la historia emociona y el retrato social es preciso e implacable. Sin embargo, para poder disfrutar al máximo la lectura hay que aceptar de antemano una serie de convenciones: 
  • Las incursiones de un narrador en tercera persona que no tiene objeción en irrumpir para dar su opinión (narrador editorial) y que utiliza a algunos personajes para exponer sus argumentaciones, como sucede en este caso con Teodoro Golfín. 
  • La reiteración del discurso a lo largo de la novela: que la educación, la religión y el trato digno iguala a los individuos. 
  • El lenguaje solemne, plagado de ayayáis o de referencias a la religión cristiana. Sorprenden esos diálogos tan poco verosímiles y más tratándose de literatura realista, no obstante, se trata de una convención literaria presente no solo en las obra de Galdós si no en todas las de esa época:
«¡Oh! ¡cuán lamentable cosa es no haber visto nunca la bóveda azul del cielo en pleno día! —exclamó el doctor con espontaneidad suma—. Dígame usted, ¿este conducto donde las ideas de usted se desarrollan magníficamente, no se acaba nunca?» 
Superadas dichas convenciones, son muchos los elementos que hacen de la lectura de esta novela una auténtica delicia: 
  • La ironía que subyace en toda la narración y que contribuye a aligerar el drama. El clímax y la confirmación de la mordacidad casi furibunda con la que el autor escribió Marianela se ve claramente en el epílogo final referido a la supuesta lectura de un artículo de The Times. 
  • El retrato minucioso de la sociedad rural de la época gracias a los distintos grupos humanos que aparecen en la obra como modelos contrapuestos: Los Centeno —la familia con la que malvive la Nela— son pobres y sin miras (a excepción de Celipín, del que hablaré más tarde). Los hermanos Golfín nacieron pobres pero su empeño y amplitud de miras les dio fortuna y una vida digna; no obstante, Carlos, el hermano menor, está casado con Sofía, una señorita de provincias que no ve más allá de sus narices. Y algo parecido sucede con la familia de Pablo, donde Florentina es la honrosa excepción. 
  • La fuerte presencia y simbología del lugar —un territorio agreste de grutas y acantilados y vestigios de una actividad minera en decadencia— gracias a unas descripciones precisas y poderosas: 
«(…) Hallábase en un lugar hondo, semejante al cráter de un volcán, de suelo irregular, de paredes más irregulares aún. En los bordes y en el centro de la enorme caldera, cuya magnitud era aumentada por el engañoso claro-oscuro de la noche, se elevaban figuras colosales, hombres disformes, monstruos volcados y patas arriba, brazos inmensos desperezándose, pies truncados, desparramadas figuras semejantes a las que forma el caprichoso andar de las nubes en el cielo; pero quietas, inmobles, endurecidas. Era su color el de las momias, un color terroso tirando a rojo; su actitud la del movimiento febril sorprendido y atajado por la muerte. Parecía la petrificación de una orgía de gigantescos demonios; y sus manotadas, los burlones movimientos de sus desproporcionadas cabezas habían quedado fijos como las inalterables actitudes de la escultura. El silencio que llenaba el ámbito del supuesto cráter era un silencio que daba miedo. Creeríase que mil voces y aullidos habían quedado también hechos piedra, y piedra eran desde siglos de siglos». 
Pero por encima de cualquier elemento que se quiera destacar está la Nela, un personaje único con unos conflictos que despiertan la empatía del lector. Su retrato, delicado y minucioso, rehúye las burdas etiquetas que han estigmatizado a todas las Nelas de la historia. ¿Qué aspecto tiene la Nela?, apenas algún dato suelto y poco concreto, dando Galdós amplia muestra de su astucia pues la Nela acaba siendo una construcción urdida en la mente de cada lector. Sabemos que tiene dieciséis años y sin embargo parece una niña, sabemos que no se la puede considerar bella pero ¿significa eso que es fea?, todo su entorno, incluso ella, parecen creer que sí (menos Pablo, por razones obvias) pero el recién llegado, Teodoro Golfín, hombre de ciencias y con mucho mundo resuelve que con la debida alimentación y cuidados podría ser como cualquier otra muchacha. Ese contrapunto hace que el lector no se interese por la belleza de la protagonista y sí por sus otras virtudes, satisfaciendo así uno de los mensajes que pretende inculcar Galdós: que la belleza externa se sobrevalora como consecuencia de la carencia de educación y otros valores. Porque, con todos sus defectos y faltas, la espontaneidad, bondad, sensibilidad o imaginación de la Nela resultan adorables: 
«¡Ay, ay con el doctorcillo de tres por un cuarto!... Ya… cuando has querido hacerme creer que el sol está quieto y que la tierra da vueltas a la redonda… ¡cómo se conoce que no lo ves! ¡Madre del Señor! Que me muera en este momento si la tierra no se está más quieta que un peñón y el sol va corre que corre. Señorito mío, no se la eche de tan sabio que yo he pasado muchas horas de noche y de día mirando el cielo, y sé cómo está gobernada toda esa máquina… (…)» 
Esta ingenuidad y frescura contrasta con su enorme autoconciencia en relación a su triste situación y al conflicto interior que alberga. En mi opinión, un personaje de primer orden que no ha recibido todo el reconocimiento que merece. 

El nivel de concreción que Galdós destina a la Nela o a los grupos humanos, se diluye en su mirada individualizada hacia cada personaje. Son simples y planos a consecuencia del hecho deliberado de estar únicamente al servicio del discurso y del conflicto; sin embargo, en el caso de Pablo esa indefinición en su evolución provoca que, para la inteligencia y sensibilidad que se le supone, al final quede retratado como un bobo. Como excepción, Teodoro Golfín sí está muy detallado, en su caso por ser la personificación del sentir humanista y progresista que Galdós defiende. También lo está Celipín (el menor de los Centeno) —cuyo temperamento queda perfectamente definido, para lo bueno y para lo malo—, que emprende su huida en pos de una vida mejor y cuyas cuitas quedan recogidas en otra novela de Galdós: El doctor Centeno, publicada cinco años más tarde. 

Por todo lo expuesto, Marianela me parece una obra recomendable que es, además, toda una declaración de amor y respeto hacia esas personas que al ser consideradas diferentes, acaban invisibilizadas bajo una etiqueta ramplona —el tonto del pueblo, el retrasado, el que «le falta un hervor»…—, humanizándolas y rompiendo una lanza por sus virtudes y sobre todo por su dignidad. 

Ya para acabar, Marianela tiene tres adaptaciones cinematográficas, dos españolas (1940 y 1972) y una argentina (1955), pero su mayor difusión fuera del ámbito literario se ha producido bajo los formatos de la radionovela y la serie televisiva. Hay que admitir que la historia (dramón con muchacha humilde) se presta a ello sin que eso deba considerarse un defecto. También existe una adaptación a novela gráfica publicada en 2013 de la que prometo hablar en otra ocasión.

Y en cuanto a la portada... también hablaré de ello próximamente.

Otras obras de Benito Pérez Galdós en ULAD: Fortunata y Jacinta, Nazarín y Trafalgar.

domingo, 19 de marzo de 2017

Benito Pérez Galdós: Trafalgar

Idioma original: español
Año de publicación: 1.873
Valoración: Recomendable

Aulo Agerio: A veces me abruman un poco mis colegas del blog con su inmenso repertorio de narrativa contemporánea: DeLillo, Roth, Esquivias, Kadaré, Coetzee, Marías, Lemaitre… buf, a veces me pierdo con tanta modernez, la verdad.
Numerio Negidio:  Ya, es que, bueno… están un poquito más al día que tú. Es que tú eres muy clasicón. Y ahora vas y les cascas a Benito Pérez Galdós. Es que, tío, hasta el nombre suena viejuno. Creo que incluso los de la Generación del 98 echaban pestes de él.
AA: Pero bueno, es que algo tendrá que decir este señor si hablamos de literatura, no? Para eso escribió montones de libros, entre ellos los 46 tomos de los ‘Episodios nacionales’, que en más de una casa se tuvo como lectura familiar obligada. Quizá es que el reconocimiento popular que tuvo Benito no llegó a tenerlo ninguno de los del 98, y a lo mejor es eso lo que les fastidiaba.
NN: Puede. Pero, claro, a la gente le gustaba porque es fácil de leer y encima trata temas que molan. Fijate, lo que traes ahí es el primero de los ‘Episodios’, Historia novelada para mayor gloria de la patria. Lenguaje popular, relato fácil de masticar, y un toquecito al corazón carpetovetónico, antiinglés y, sobre todo, antigabacho. ¡La combinación perfecta!
AA: Bueno, voy a admitir que sí, que algo hay de todos esos ingredientes, que pueden parecer un producto de consumo fácil, mainstream de la época. Es una lectura sencilla, apta para casi todo tipo de lector, pero eso no implica que le falte calidad. Galdós es el rey del realismo, utiliza un lenguaje popular y su perspectiva diríamos que es la de la calle. Pero su prosa es ágil, fresca, tiene la dosis justa de humor y no satura al lector con descripciones o cultismos. Es algo bien escrito y a la gente le gusta, o le gustaba en su época ¿qué hay de malo en ello?
NN: Es un producto de su tiempo, como todos los ‘Episodios’. Son momentos históricos relativamente cercanos a cuando se publican los libros, acontecimientos que quedaron grabados en el imaginario popular y se transmitían de padres a hijos: batallas, sucesos políticos, revueltas… La gente los conoce o los recuerda, y Benito va y les larga una versión novelada, bien escrita, sí, pero directamente dirigida al sentimiento nacional. Y eso tiene trampa.
AA: Si el texto tiene valor por sí mismo, el hecho de acertar con un tema que a la gente le puede hacer tilín, no es un demérito, sino más bien habilidad para conectar con el gusto popular. Y valor literario no se le puede negar, todo lo contrario: échale un vistazo al capítulo IX, la partida de la Armada desde Cádiz, vista desde los ojos de un chavalito que embarca por primera vez. La imagen es impresionante, transmite toda la emoción del momento, y es a la vez de una gran belleza.
NN: Pues sí, pero fíjate en un detalle: ese capítulo se encuentra casi a la mitad del libro, y todo lo anterior son las andanzas del chaval y un cuadro más o menos cómico de su familia adoptiva. Así que la famosa batalla en sí se nos queda en más bien poca cosa. Bueno, no sé si es mejor o peor, porque tampoco me convence mucho el relato de las maniobras y los cañonazos . Creo que es algo confusa y se deleita demasiado en la sangre y por supuesto en el valor de los comandantes españoles.
AA: Es el problema que tiene la narración desde la perspectiva de un mozalbete. Es convincente cuando quiere deslumbrar con la parafernalia de las naves rumbo al combate o con algunas descripciones de la refriega pero, claro, se adecúa peor para contar otros hechos históricos en los que el personaje no podía estar presente. Pero de todas formas, yo creo que lo resuelve bien, con el truco de que el tal Gabriel se informó más tarde de todos los detalles, o por las noticias que recibe de otros participantes en la batalla.
NN: Lo que sí le reconozco es que tiene buena mano para dibujar los personajes: sin llegar a estar muy definidos, son reconocibles en arquetipos de la época: el marinero pata de palo, sabio y cascarrabias, la mujer mandona que no entiende el afán guerrero de su veterano marido y, sobre todo, esa historieta de fondo de la chica enamorada del joven oficial, mientras Gabrielillo rabia de envidia ante un rival invencible. Todo un folletín en un segundo plano, siempre para satisfacer el gusto popular.
AA: En todo caso, el libro se lee con agrado siglo y medio después de escrito. Ni peca de ingenuo ni se pasa de épico o patriótico. Tiene las dosis justas de grandiosidad y de literatura a ras de tierra.
NN: Bueno, y no sé si has reparado en ello pero, tratandose de un clásico nacional y de batallas navales, estoy pensando en un autor famosete que seguro que tiene el libro en un pedestal, jeje.
AA: Ya, no es difícil de adivinar. ¡Pero si incluso creo que también escribió otro libro sobre Trafalgar! En fin, que tampoco busquemos mucho la boca al personal, porque encima nadie ha reseñado aquí lo último que ha publicado.
NN: Bah, tampoco creo que le importe, seremos demasiado insignificantes para él.
AA: Seguramente. Pero, mmmmm... nunca se sabe.

Otras obras de Benito Pérez Galdós en ULAD: Fortunata y JacintaNazarín

domingo, 6 de febrero de 2011

José Emilio Pacheco: Las batallas en el desierto

Idioma original: español
Año de publicación: 1981
Valoración: Imprescindible

Qué cabrón, el José Emilio Pacheco este. Pero qué cabrón. Ha escrito la novela que a mí me gustaría escribir. O por lo menos, el tipo de novela que a mí me gustaría escribir. En apenas ochenta páginas (con letra grande) ha conseguido reunirlo todo: una historia de amor imposible; el retrato de un país cultural y económicamente invadido por otro; la hipocresía de la alta sociedad mexicana; la corrupción política que azota al país; el aprendizaje vital de un niño oprimido por los prejuicios de los adultos; y todo ello con un estilo que, sin dejar de ser poético, deslumbrante, es también claro y fluido, no interrumpiendo la narracíón sino enriqueciéndola.

Qué cabrón, el José Emilio este.

Y mira que la historia en sí no tiene casi nada: un chico, un chaval, mexicano, años 40, que se enamora perdidamente de la madre de un amigo (sí, el mismo material con el que El Canto del Loco hizo "La madre de José"); pero es que lo importante no es eso, sino todo el mundo que rodea a ese pequeño milagro amoroso, y que lo desbarata, lo vuelve sucio, lo reprime, lo culpabiliza, lo pudre. Un mundo obsceno en el que los poderosos pueden tener queridas y aceptar sobornos, enriquecerse ilícitamente y sobar a las criadas, siempre que mantengan una fachada de respetabilidad y se arrimen al árbol adecuado.

Y la historia de amor en sí, qué simple, qué bonita, qué lejos de otras idealizaciones o melodramas novelescos. "Querer a alguien no es pecado, el amor está bien, lo único demoniaco es el odio", dice el narrador, ya adulto, pero desde su conciencia y su consciencia infantil (que me recuerda a esa otra frase de Fortunata y Jacinta: "querer a quien se quiere no puede ser cosa mala"). Y las amistades, la política, los juegos, la economía, todo el México pos-revolucionario de la época de Miguel Alemán pasa por esa misma mirada, aturdida pero inteligente, del pequeño Carlos. "El pasado es un país extranjero", dice la cita de H.P. Hartley que encabeza el libro; y ese efecto de extrañeza íntima se refleja en todo el libro, hasta su final insinuantemente abierto.

Qué cabrón, el Pacheco este. ¿Y dices que encima es poeta, y de los buenos, y que ganó el Premio Cervantes en 2009? Qué cabrón. Pero qué cabrón.


También de Jose Emilio Pacheco en ULAD: Los trabajos del marEl principio del placer

jueves, 1 de julio de 2010

Libros para el verano: Novelones decimonónicos

Empezamos hoy otra de nuestras (aclamadas) "series de entradas", en este caso para recomendar, como corresponde a estas fechas, "libros para el verano". Y yo, ya que me ha tocado en suerte escribir la primera entrada de la serie, voy a hacer un poco de trampa y en vez de recomendar un solo libro voy a recomendar todo un género o subgénero de libros: los novelones decimonónicos, tales como Ana Karenina, Los hermanos Karamazov, La Regenta  o Fortunata y Jacinta.


Sí, ya sé, ya sé, esto no es lo que normalmente se entiende como "lecturas veraniegas" (libros ligeros, fáciles de digerir, que no exijan mucha atención y que no nos depriman ni nos hagan pensar en cosas serias); pero lo que digo es lo siguiente: durante el año, normalmente podemos dedicar a la lectura unos cuantos momentos escogidos (en el metro, en la cama antes de dormir o en -ejem- el váter...), así que resulta difícil que consigamos leernos uno de estos novelones de quinientas, seiscientas o mil y pico páginas; en cambio, durante el verano los tiempos de lectura son más largos y más abundantes: horas de playa o piscina, largos desplazamientos, horas de espera en los aeropuertos... ¿Por qué no aprovechar estas horas para sumergirse en un mundo novelesco como el de Galdós, Dostoievski, Stendhal o las Brönte?

Es verdad, claro, que estas novelas exigen un poco más de esfuerzo que lo que habitualmente se llaman "libros de verano"; pero en mi experiencia, este esfuerzo extra solo hay que hacerlo en las primeras cincuenta (¿cien?) páginas: después, una vez que nos hemos hecho con los personajes, los lugares y el argumento, estas novelas son tan fáciles de leer como cualquiera de las otras. Además, no nos engañemos, sus argumentos suelen ser bastante parecidos a un culebrón: amores, desamores, engaños, desengaños, celos, reencuentros, alguna que otra muerte...

Y no creáis que predico solo de puertas para afuera: un verano me leí La Regenta; otro, Los hermanos Karamazov, y el verano pasado, si no recuerdo mal, Vida y destino, de Grossman, que no es decimonónico pero sí un novelón. Y para este año ya tengo preparado, para agosto, Guerra y paz, un clásico al que tengo ganas de hincarle el diente. ¡Así que animaos y poned una novela realista en vuestro verano!