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sábado, 15 de julio de 2023

Manuel Astur: La aurora cuando surge

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2022

Valoración: Está bien


Por una vez empezaré por esa parte que a tantos lectores (nos) incordia: la faja promocional. Tras un esperable halago al autor, dice Santos Sanz Villanueva (El cultural) que ‘si el riesgo literario fuera un mérito principal de los escritores, tendría [Astur] asegurado un puesto en el podium’. Sensu contrario viene a decir que el riesgo literario, claro está, no es un mérito principal de los escritores. ¿Cuáles son esos méritos principales entonces? ¿Entretener? ¿Agradar al lector? ¿Estimularle a base de recetas como las que hace muy poco nos ofrecía Palahniuk? Pues ya lo siento, don Santos, pero para este oscuro lector y reseñista el riesgo literario es, por supuesto, un mérito fundamental para valorar un libro. Un riesgo, claro está, con sentido, con proporción, que busca algo, y que se la juega a que mucha gente lo rechace simplemente por no encontrarse con lo que esperaba, con lo que es cómodo y conocido. Así que, señor Sanz, me temo que si volvemos a encontrarnos no vamos a coincidir en la mayoría de nuestras opiniones.

Pero es que además, aparte de que sospecho una doble lectura a eso que en principio parece un elogio, tampoco entiendo esa alusión al riesgo refiriéndose al libro de Manuel Astur, al que no encuentro por ninguna parte nada que se parezca a riesgo literario. La aurora cuando surge cuenta un viaje por Italia que el autor realiza un año después de la muerte de su padre. Es un viaje más o menos largo, de norte a sur, empezando por la Toscana y Génova, pasando por Pisa, Siena, Roma o Nápoles para terminar, creo, en Sicilia. Pero visitando también, y deteniéndose con cierto deleite, en pequeñas poblaciones menos conocidas, algunas ajenas al turismo. Astur es ecuánime, y dedica un tiempo semejante a los grandes monumentos y a aquellos pequeños pueblos donde parece encontrar un alma escondida de lo italiano, no necesariamente más auténtica, simplemente una especie de cara interior más difícil de detectar.

A lo largo del trayecto hay tiempo para todo, desde tomarse tranquilamente una cerveza o un spritz en una terraza hasta admirar un monumento, observar a los ancianos en una taberna o contemplar los distintos tonos del mar según las latitudes, abrir un espacio a la lectura o a la composición (Astur introduce unas cuantas poesías escritas sobre la marcha), recordar a grandes creadores que eligieron aquellas tierras para vivir o para morir, y naturalmente, dedicar reflexiones a su padre difunto, con la distancia que ponen los meses transcurridos y la herida todavía reciente pero en proceso de cicatrizar.

El tono es pausado, amable, a veces con algún tinte irónico, pero siempre templado. A Astur no le gustan las masas de turistas, pero no les insulta (como Barceló), ni saca conclusiones filosófico-políticas (como Escohotado) de las artimañas para sacar dinero a los extranjeros. Hay una atmósfera de observación relajada y generalmente abierta a la belleza que recuerda más bien a Josep Pla. Pero por encima de todo predomina una prosa poética muy marcada, encontrando a cada paso la metáfora, la imagen, el tropo, el aforismo, figuras que sin llegar a recargar demasiado el texto, le otorgan una esencia claramente lírica. Esto no es en absoluto riesgo literario, es simplemente un estilo particular del autor, que habrá a quien entusiasme y a quien suene a demasiado almibarado. Obviamente me encuentro entre estos últimos, me gusta bastante poco ese empeño en buscar la frase redonda, la imagen poética de cada cuerpo y cada sombra.

No deja de ser cierto que, con tal despliegue de recursos, alguna que otra vez da en el clavo, como cuando afirma que ‘la mayoría de los versos solo son verdaderos para el que los vivió –y, si son buenos, consiguen serlo también para el lector.’ Una reflexión que tiene algo de escalofriante para quien, como casi todo el mundo en algún momento, se haya arriesgado a escribir algo, sea poesía o prosa. Pero en general, ya digo, salvo que a uno le entusiasme mucho esta forma de expresarse, creo que Astur es mucho más interesante cuando se olvida un poco de los florilegios y se sitúa más a ras de suelo. Pongamos como ejemplos un pequeño pasaje sobre la estancia de Lord Byron en Génova, un párrafo dedicado a escudriñar en los sonidos de la naturaleza, o breves historias sobre ascensiones al Vesubio o al Etna. Se sale el autor de su propio carril y en mi opinión luce mucho más, aunque habrá quien guste más del tono general del libro, y en ese caso disfrutará desde luego mucho más que yo.

P.D: Es inevitable terminar sin meter una pequeña aguja. Muy pequeña, solo una palabra, pero que me ha sonado tan mal que no lo puedo pasar por alto. Creo que era refiriéndose a Taormina, cita Astur a varios artistas que se trasladaron allá a vivir. Entre ellos, el ‘fotógrafo homosexual Wilhelm von Gloeden’, que no tengo ni idea quién era, pero la pregunta es: ¿ser fotógrafo homosexual es una profesión algo diferente de ser fotógrafo a secas? Seguro que es un simple desliz, pero convendría cuidar un poco más los detalles, porque no hace falta lupa para detectar cosas así de feas.


martes, 20 de junio de 2023

Chuck Palahniuk: Plantéate esto

Idioma original: inglés
Título original: Consider This
Traducción: Javier Calvo
Año de publicación: 2022
Valoración: Decepcionante (por decir algo suave)

Siempre es interesante, o a mí me lo parece, leer sobre la experiencia de un escritor o conocer sus opiniones sobre lo que debe contener una obra. Es como asomarse al momento más íntimo del autor, qué le mueve o le inspira, cómo trabaja, verle frente a la página en blanco, conocer acerca del proceso creativo. Cuando Chuck Palahniuk lanza como primeras recomendaciones ‘si quieres hacer carrera en esto, tienes que sacar un libro cada año’ (pág. 22) o ‘escribe con frases cortas. A los lectores les gustan las frases cortas’ (id.), o aconseja montar la narrativa 'como si fuese una película' (pág. 26) ya estamos avisados de que todo lo que vendrá serán pautas para ser un escritor de éxito, norteamericano sobre todo, pero no necesariamente.

Así que en una galaxia muy diferente de aquella en la que Ortega o Unamuno exponían sus ideas sobre el teatro o la novela, y distante también de las reflexiones que como escritor filtraba Murakami entre entrenamientos y maratones, se prepara uno (cargado de prejuicios, cierto) para contemplar qué nos recomienda Palahniuk para ser un autor vendedor, siempre en el escaparate, que atrape a sus lectores ofreciéndoles lo que les gusta, o lo que les espanta, da igual, pero siempre que pasen por caja a comprar.

Como era de esperar, lo que viene después son métodos para hacer la lectura más atractiva, cautivar al lector y sacudirle las emociones. Lo que se llama efectismo: mezclar texturas (introducir listas de cosas, onomatopeyas), sorprender con un personaje anodino que de repente resulta ser experto en algo totalmente inesperado, cruzar historias aisladas para darle dinamismo, utilizar jerga que descoloque momentáneamente al lector, no matar nunca al protagonista, tirar con moderación de paralipsis y sembrar pistas falsas… Como se ve, todo un repertorio de truquitos que podría proponer algún director de cine sin muchas pretensiones intelectuales. 

Como creo que he pillado la idea, yo me atrevería a añadir algunos elementos más: que haya al menos un cadáver; que no falte, al menos en EEUU, un personaje afroamericano (los asiáticos venden claramente peor); que algún personaje arrastre un trauma (abuelo en Auschwitz, padre alcohólico, madre ludópata, abuela posesiva); imprescindible algunas escenas eróticas, más o menos explícitas según el público objetivo; una pizca de humor (algún sarcasmo que rompa en un momento de tensión), y especialmente mucha acción, no sea que el lector se nos duerma o, aún peor, que se ponga a pensar demasiado.

Y así podríamos seguir, siempre para ‘darle al público algo de lo que no pueda parar de hablar’. Lo de la creatividad, la osadía, la pausa, la reflexión, la innovación en el lenguaje, la belleza, la sutileza, lo dejamos para escritores aburridos que no se esfuerzan en cautivar al lector, en dar que hablar o en satisfacer a las editoriales. Así que acaban muchas veces muertos en la miseria. Palahniuk va por otro camino, el que siguen miles de autores que explotan estas fórmulas en busca del éxito. 

La influencia del cine es obvia e incuestionable, es natural que un arte de consumo masivo deje su huella, como la ha dejado en las artes plásticas. Pero hablando de libros, llegará el día en que alguien tenga la valentía de valorar el daño que el influjo del cine (el mal cine) está haciendo en la literatura a través de escritores mediocres que buscan como locos reproducir en la letra impresa los hallazgos de la imagen (y de rebote, que alguien les compre los derechos para trasladar sus textos a algún tipo de pantalla). No conozco ningún taller de escritura como los que alude Palahniuk, pero sospecho lo peor, porque estoy muy harto de novelas contemporáneas que huelen demasiado a cine o, en el peor de los casos, a telefilm de sobremesa, que también. 

Como cantaba Carlos Cano refiriéndose a la moda de aprender a bailar sevillanas,

acuden a la academia
queriendo sacar la grasia
lo mismito que se saca
el carné de conducir

No siquiera creo que a Chuck le importe mucho lo de la grasia. Donde falta talento, rellenamos con recetas para epatar, para ‘atrapar’ al lector, seducirle con lo que le puede gustar, impresionar o incluso desagradar, con tal de que agite la cadena y nos mantenga en el candelero. Añadimos algunos numeritos aparatosos en las giras promocionales, y ya está nuestro nombre (y foto, que también eso tiene su hueco en el libro) girando por los medios, que es lo que interesa. Todo esto lo asume y lo defiende con toda naturalidad Palahniuk, y no dudo de sus buenas intenciones: a juzgar por las numerosas citas de otros autores de referencia (y buah, menudas referencias), me temo que no conoce mucho más, casi nada de lo que algunos consideramos literatura de verdad. Hasta puedo admitir que algunos de esos consejos puedan ser útiles para según qué escritores en ciernes. Tampoco sé cómo escribe narrativa este señor, pero conociendo qué cosas le parecen importantes en un libro, no creo que llegue el día en que me decida a averiguarlo. Ni me lo planteo.

También de Chuck Palahniuk en ULADEl club de la luchaSnuff

miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.

viernes, 10 de enero de 2020

Michael Chabon: Moonglow

Idioma original: inglés
Título original: Moonglow
Traducción: Javier Calvo
Año de publicación: 2018
Valoración: Recomendable

Para irnos situando, Michael Chabon viene siendo presentado bajo esa peculiar etiqueta de la Next Generation, como tantas otras un invento editorial para referirnos a un grupo de autores estadounidenses, con Foster Wallace y Palahniuk como nombres más destacados, y que tienen en común –además de ser traducidos varios de ellos por Javier Calvo- poco más que una fecha de nacimiento cercana, cierto poso de cultura pop y alguna afición por la (auto)biografía y sus colindantes.

Sobre este último elemento, el biográfico, se levanta el armazón de esta voluminosa obra de quinientas y pico páginas: Chabon reconstruye la vida de su abuelo a partir de las largas conversaciones que tiene con él poco antes de su muerte, dejando claro que esto es una novela, y por tanto incorpora ficción, seguramente coherencia y algo de músculo en alguna medida que desconocemos, aunque algún indicio hay en las notas finales. El abuelo es un ingeniero judío de temperamento bastante explosivo cuya vida queda marcada por dos de las grandes fuerzas clásicas: el amor y la guerra.

Pese a ser un tipo duro casi de película (o precisamente por eso), se enamora hasta las trancas de una mujer (la abuela) que tiene algo de bruja y que cae progresivamente en el pozo de la locura. Y por otra parte, en el tramo final de la II Guerra mundial es destinado a una misión secreta para desactivar la amenaza tecnológica nazi (las V-2, especialmente), y de paso intentar apoderarse de sus avances científicos mirando ya a la inminente rivalidad con la Unión Soviética. Aquí es donde se presenta la tercera pata de la biografía del abuelo Chabon: su indomable afición a los cohetes y los viajes espaciales.

En el ámbito familiar, la enfermedad de la abuela se presenta en fragmentos aislados y no necesariamente con coherencia cronológica. Entre otras cosas, esa discontinuidad contribuye a transmitir al lector el desasosiego de lo que sabe que está presente pero no cómo se manifestará, una incertidumbre que resulta aún más dolorosa si consideramos la adoración (y atracción sexual) que el abuelo nunca deja de sentir por esa mujer, por mucho que esté internada en un manicomio, o que se deje entrever que hay algún secreto oculto en su trayectoria vital. Es el momento de decir que Chabon maneja con destreza los tiempos narrativos, y tiene habilidad para hacer que la tensión aumente mediante medidas maniobras de distracción y perífrasis que retardan la conclusión de la escena.

La biografía de la abuela viene marcada por la persecución nazi, y la guerra proporciona también material para pasajes interesantes y de cierta dureza. El abuelo es de los primeros aliados en entrar en Alemania, y asistimos al encuentro con los civiles, dominado por la sorpresa y la desconfianza mutuas. Las investigaciones llevan a instalaciones de misiles cuya mano de obra se nutre de trabajadores forzosos procedentes de campos de concentración, y el abuelo descubre con desesperación la implicación en los horrores del nazismo de su hasta entonces admirado Wernher Von Braun, máxima autoridad en materia de cohetes.  El genio tenía las manos manchadas de sangre, con lo que el ídolo se derrumba  y pasa a ser objeto de un odio ilimitado. Chabon exhibe toda su potencia narrativa en escenas oscuras y descarnadas, así como una agudeza notable al presentar los diálogos, donde examina con precisión cada gesto, cada actitud, depurando las situaciones como si de un guión cinematográfico se tratara. El dibujo de los personajes es de esta forma matizado, tan complejo como exacto, se describe sin juzgar, resultando figuras contenidas pero profundamente humanas. 

Puede decirse que al libro tal vez le sobran páginas, o que, no obstante estar muy bien escrito, quizá no llega a formar un cuerpo del todo sólido. Da la impresión de que la raíz biográfica ha podido pesar demasiado y que en definitiva Chabon no se ha atrevido a introducir la dosis de ficción que el relato necesitaba para resultar más potente. Dicho de otra forma, si uno se decide a escribir sobre la historia de su abuelo, quizá tienda a pensar que el material original tiene por sí mismo suficiente enjundia, y le parezca poco respetuoso introducir elementos extraños por mucho que eso beneficie a la novela. Esa servidumbre, junto con una morosidad quizá algo excesiva en los detalles, y una nómina tal vez demasiado grande de personajes poco relevantes (ay, esa afición norteamericana a los nombres propios, ya sea de personas o de marcas comerciales) pesa algo más de lo deseable y le resta vigor al relato.

Pero en cualquier caso me parece un libro valioso, que se lee con interés, tiene momentos brillantes y deja una sensación general de tiempo bien aprovechado.

También de Michael Chabon en ULAD: El sindicato de policía yiddish

miércoles, 27 de marzo de 2019

VV.AA.: Valores familiares


Idioma original de los relatos: Español e inglés 
Traductor del inglés al español: Hugo Camacho 
Año de publicación: 2019
Valoración: Está bien 

Orciny Press es una editorial que ha conseguido labrarse una identidad propia gracias a un catálogo diferente y una estética peculiar. Me suelen gustar sus publicaciones, y valoro el mimo que pone en cada uno de sus títulos. También aprecio esa iniciativa que dinamiza, llamada “Inner Circle”; creo que muchas editoriales independientes acabarán copiándole esta idea tan atractiva. 

¿Qué es el “Inner Circle”? Una comunidad por suscripción formada por seguidores de la editorial, a los que se granjea acceso a material exclusivo. Precisamente, los relatos compilados en Valores familiares son aquéllos que pudieron disfrutar en primicia los miembros del “Inner Circle” durante el año y pico de existencia del mismo. 

Trece relatos, todos relacionados de un modo u otro con la ficción fantástica y sus más pintorescas ramificaciones, escritos por un total de diez autores. Llegados a este punto, quiero señalar que esta antología es bastante irregular. Si bien es cierto que Valores familiares contiene propuestas genuinamente interesantes, como “¡Gas! ¡Gas! ¡Carnivore!”, de Sergi G. Oset, también aúna historias meramente disfrutables dentro de los estándares pulp, como “Esther, nuestra inmaculada genocida”, de Takeshi García-Ashirogi.

A estas últimas les falta, a mi juicio, mayor corrección formal, osadía iconoclasta y mala leche. Por ejemplo: “Toonland”, de Alfredo Álamo, recuerda a la transgresión de Chuck Palahniuk, pero naufraga al limitarse a repetir cansinamente su premisa. En cuanto a “Abraxas al vapor”, de Sergi Álvarez, uno se queda con la impresión de que este cúmulo de bizarradas hubiera llegado a mejor puerto de ser conducidas por los delirios de Yasutaka Tsutsui. En otras palabras: la afinidad temática y estilística de estas narraciones con obras que las superan no les hace ningún bien. 

De todas formas, recomiendo Valores familiares a aquellas personas que busquen ficción distinta plagada de ideas y conceptos creativos. Además, el humor, presente en casi todos los relatos del volumen de forma más o menos explícita, funciona prácticamente todo el tiempo. Respecto a la edición, debo decir que la cubierta me encanta. Asimismo, remarcaría que he encontrado algunos errores tipográficos en este libro: palabras sin tilde, repetidas, etc... Vamos, nada que no se le pueda perdonar al bueno de Hugo Camacho, editor de Orciny Press que ha ejercido todavía como editor, prologuista y traductor de esta antología.  

lunes, 25 de diciembre de 2017

Jair Domínguez: Segui vora el foc


Idioma original: Catalán  
Año de publicación: 2014
Valoración: Se deja leer (siendo muy tolerante)

 La portada de Segui vora el foc da vergüenza ajena. Lo siento, pero es así. Estuve a punto de no leer la novela sólo por esto. Yo no conocía al autor, ni me sonaba el título de la obra. Lo único que tenía frente a mí era esta horterada. Y las primeras impresiones tienen mucho peso. La portada no es seria. Ni siquiera deliberadamente ridícula. Por favor, ¡si tiene la tipografía, los colores y la maquetación propias de un pakaging de muffins destinado a una target muy hipster!

 Cuánta cursiva, diréis. No os enfadéis. Parece que hablar así es de cronistas posmodernos. En Segui vora el foc se explota mucho este recurso. Emo y selfie son sólo dos de las muchas palabras en cursiva que aparecen en este libro.

 Perdón, ya me he tomado las tilas. Prosigo. Intentaré controlarme; ya está bien de tanto despotricar. A estas alturas de la reseña, parece que la novela no me haya gustado nada. Y debo decir que, aunque no me ha parecido espectacular, tiene un aspecto positivo a destacar. La historia es algo anárquica y no está pulida ni en tono ni en ritmo, su protagonista apenas evoluciona, y, no obstante, el libro tiene frases interesantes. No brillantes, pero sí perspicaces. El libro, de hecho, es un cajón de sastre (o a veces un "cajón desastre") donde Jair Domínguez volcó todas estas frases y las interconectó como buenamente pudo. Es decir, el libro es una excusa, vale, pero si fingimos que no nos hemos percatado de lo endeble que es su razón de ser, puede funcionar a su manera. 

  Quedémonos con las frases, que son, cuanto menos, interesantes. Abordan temas como la corrupción institucional de las editoriales o la decadencia de la narrativa (¡qué ironía!). También señala el triunfo que la mediocridad ha logrado gracias a internet. La falta de moral en el sujeto contemporáneo. O la sociedad del cansancio, aunque expuesta desde una perspectiva muy distinta a la ya vaticinada por autores como Byung-Chul Han o Michele Serra. 

 El problema es que Jair Domínguez no denuncia críticamente estos aspectos de nuestro presente. Parece, más bien, señalarlos en un patético intento de ceñirse a un determinado modelo de literatura, un modelo irreverente y ácido. Ya sabéis, en plan Bret Easton Ellis o Chuck Palahniuk. Bueno, en los momentos en que ambos autores están en más baja forma. Ah, no olvidemos el aderezo a lo Hunter S. Thompson. Puro postureo, vamos. 

 Espontaneidad agradecida, pero sin contener mínimamente. Escándalo barato, (mal)entendido como fin, no como medio. ¿Absurdo y experimental a lo David Lynch, como pregonan algunos? ¡Ni de coña! ¡Ni de forma intencional ni sin querer! Pero las frases... Les falta honestidad y mala leche, y sin embargo las frases no están tan mal. Tenemos aquí a uno de esos escritores con la osadía de un acróbata a los que les falta la técnica necesaria para mantenerse en la cuerda. Jair Domínguez acaba por precipitarse al vacío. Al menos grita durante su caída, eso tengo que reconocérselo. Y las piruetas previas a la caída, aunque ahora sabemos que eran una fanfarronada, también han tenido su qué. 

sábado, 9 de diciembre de 2017

Bret Easton Ellis: Lunar Park


Idioma original: Inglés
Título original: Lunar Park  
Traducción: Juiz Rodríguez Cruz
Año de publicación: 2005
Valoración: Repugnante 

Me encanta American Psycho, de Bret Easton Ellis. Tengo veintidós años y ya he leído esta novela cuatro veces. Pienso que su factura es perfecta (aunque, ciertamente, algo inaccesible); es un libro con un inusual paralelismo entre lo que quiere comunicar y los aspectos formales. También he leído Menos que cero, la primera novela de Ellis. Ha envejecido mal, no lo niego, pero no es un auténtico despropósito. Lo tercero que he abordado del autor es Lunar Park, y me ha parecido un insulto. Mira que tenía todos los ingredientes para que me gustara: una mezcla de realidad y ficción, a Patrick Bateman (el protagonista de American Psycho) y sucesos de apariencia sobrenatural. ¿Cómo ha podido naufragar de tal manera una historia tan prometedora?

Creo que a Ellis le ocurre como a Palahniuk. Ambos autores lograban escandalizar al principio. Ahora, sin embargo, no lo consiguen con la misma efectividad. Pese a sus constantes esfuerzos. Y, para colmo, esta insistencia les vuelve machacones. La polémica no es ya un medio para ellos, sino un fin absurdo y gratuito. Ya cansa que recurran a ella una y otra vez, irreflexivamente. 

Lunar Park parecía haberse dado cuenta de esto. Al empezarla, pensé que Ellis se estaba redimiendo, que iba a cambiar de modus operandi; una lástima que no fuera así. El escritor vuelve al shock que en su momento le funcionó, y que ahora no es más que un recurso barato: sexo pornográfico, violencia extrema y drogas duras. Bret Easton Ellis cae de nuevo en la provocación. Lo peor es que no por inercia, sino que para vacilarnos, pero ya llegaremos a esto. 

La premisa de la novela no es muy original. Ellis es perseguido por una de sus creaciones. El adversario del escritor es una confusa mezcla entre Bateman y su padre ya difunto (quien fue, de hecho, su principal inspiración a la hora de concebir al asesino de American Psycho). Metaliteratura a punta pala, vamos. Ellis es el protagonista del duelo al que ya tantos otros se han enfrentado: pienso en Frankestein, de Shelley, o en Beaumont, de King. 

El protagonista de Lunar Park está lleno de defectos. Lo sabe y hasta lo reconoce. Esta es una buena decisión. Al fin y al cabo, ya no estamos frente a los desubicados adolescentes de Menos que cero, ya no hablamos del psicópata completamente ido de American Psycho. No, el protagonista no es otro que el propio Ellis, autor de los anteriormente citados libros. Este enfant terrible que escandalizó al panorama literario en el pasado parece haber madurado: se arrepiente de sus errores. ¿Pues por qué sigue cometiéndolos? No para. Drogas, alcohol, mujeres. Y no tengo ni idea de por qué narices le aguanta su cabreada esposa (añadido ficticio, por cierto). 

Ellis, en una entrevista, aseguró que escribiendo esta novela se estaba mofando de la visión que la gente se había formado sobre él. Pues bien, esto me parece una pataleta infantil. Al principio de su carrera, esa intención me hubiera parecido justificada. Ya sabes, por lo de indignar a un público hipócritamente remilgado, que se lo tiene bien merecido. Pero a estas alturas no lo veo necesario. Creo, incluso, que está fuera de lugar. Los lectores ya no son igual de impresionables que antaño. Ya no tienes que escandalizarlos para reírte de ellos. Por eso no veo por qué nos tiene que tomar el pelo. En Lunar Park no buscamos la redención de Ellis por morbo. Él nos la ofrece en bandeja de plata al iniciar este libro, y cuando nos ha dado una falsa impresión, nos la quita delante de nuestras narices. ¿Qué recibimos a cambio de nuestra credulidad? Que en su novela nos haga pensar que se está flagelando para después acabar riéndose en nuestra cara. 

Ellis también confirmó que el protagonista de la novela está basado un 60% en él. ¿Dónde empieza realmente, pues, esa versión que el lector se ha fabricado sobre Ellis si él mismo confiesa haberse inspirado mayoritariamente en sí mismo?

En definitiva: mientras que Lunar Park arranca con un agradable sabor a autocrítica (personal y literaria), acaba por recurrir a los tropos de siempre. Lo que parecía una especie de autobiografía no autorizada, la confesión avergonzada y a regañadientes de una persona que ha cambiado, da paso a una dispersa sucesión de momentos que buscan ser polémicos y que acaban contradiciendo el que se nos hizo creer (a traición) que era el mensaje inicial. Dichos momentos, por cierto, opacan la supuesta historia principal de la novela, aquélla en la que el escritor se ve inmerso en una persecución metaliteraria. 

Mejor paro, que sueno a ex pareja despechada, a moralista barato. ¿Soy un exagerado? ¿Soy injusto al reclamar algo a una obra, algo que creía que el autor me estaba ofreciendo? Al fin y al cabo, hay muchas reseñas celebrando aquello que yo critico. Ni idea. Va, Ellis, riéte de mí, si quieres; felicidades, has conseguido indignarme. Lo único que tengo claro es que es poco probable que relea tu Lunar Park. Para ver a Bateman ya tengo suficiente con American Psycho o la excepcional encarnación de Christian Bale. 


También de Bret Easton Ellis en ULAD: American PsychoMenos que cero, Suites Imperiales 

miércoles, 21 de junio de 2017

Libros sobre la pérdida de un ser querido

No es fácil tratar un tema tan doloroso como la muerte de un ser querido: un padre, una madre, una hija o un hijo, un compañero o compañera, un amigo. Hace falta una honestidad profunda y una gran capacidad de contención para adentrarse en el dolor absoluto de la pérdida sin recurrir al cliché ni al melodrama, para no falsear o embellecer los sentimientos o los recuerdos, o hacerlo lo menos posible. En esos momentos de dolor y de soledad, la escritura puede convertirse en una forma de curación o exorcismo, de rememoración gozosa o trágica, de perdón o de venganza. En esta entrada se recogen algunas obras (solo algunas, naturalmente) que se han esforzado por alcanzar ese límite casi absoluto que es escribir desde el desgarramiento por la pérdida.

La muerte del padre provoca, en muchos escritores, una reflexión sobre la propia vida, sobre la relación con el pasado y con el futuro, con la muerte y con la inmortalidad. Efectivamente, en este tema es inevitable recordar un clásico de las letras españolas: las "Coplas a la muerte de su padre" de Jorge Manrique: un poema en el que el elogio al padre se combina con una estoica reflexión sobre la fugacidad de la vida y la vanidad de nuestras ambiciones.

Ya en épocas más cercanas, y en prosa, autores como Karl Ove Knausgard (del que ya sabéis lo que pienso), Héctor Abad Faciolince en El olvido que seremos o Paul Auster, en La invención de la soledad, han reflexionado sobre la orfandad y sus vacíos a través de una profunda y dolorosa indagación en la memoria. En El comensal de Gabriela Ybarra o También esto pasará, de Milena Busquets, por su parte, es la muerte de la madre la que espolea el proceso de rememoración y escritura, aunque en el primer caso esta muerte se combina con otra: el secuestro y asesinato del abuelo de la escritora por parte de ETA. También se trata el tema en Te me moriste de José Luis Peixoto: un breve texto en que el autor se despide de su padre con un tono poético que por momentos puede resultar demasiado recargado.

Un caso diferente es el de Nana, de Chuck Palahniuk, una novela de terror escrita como consecuencia del brutal asesinato del padre del escritor y su nueva pareja a manos del ex-marido de esta. Mientras discurría el juicio y se decidía si se aplicaba la pena de muerte al asesino, quizás a modo de exorcismo o de venganza, Palahniuk escribió esta obra, en la que quien muere no es un padre, sino niños, muchos niños, como consecuencia de una canción de cuna contenido en un libro diabólico.

Si es difícil afrontar la muerte de los padres, la de un hijo es, dicen, una de las peores experiencias que la vida puede reservar; transformar esa experiencia en belleza, aunque sea una belleza oscura, es por lo tanto una labor admirable. Esto es lo que consigue, sin duda, Francisco Umbral en Mortal y rosa, un libro complejo y que consigue transmitir el dolor contenido a través de una prosa poética y muy personal.

Con un tono menos poético, pero con igual honestidad y contención, narró Sergio del Molino la enfermedad y muerte de su hijo en La hora violeta, un libro duro pero sin patetismo en el que acompañamos paso a paso el infructuoso tratamiento del pequeño. Isabel Allende, por su parte, adoptó la forma de la novela autobiográfica para exorcizar la pérdida de su hija en Paula, en coma irreversible a causa de la porfiria; la carta confesional a la hija se mezcla en este caso con los acontecimientos políticos del momento, y con la actualidad de la vida de la escritora.

Quizás uno de los libros más cerebrales y al mismo tiempo más conmovedores sobre el duelo sea Una pena en observación, de C.S. Lewis (el autor de las Crónicas de Narnia): tras el fallecimiento de su esposa, la también escritora Joy Gresham, Lewis realiza una disección de sus recuerdos, sus sentimientos y sus creencias, con una sinceridad que por momentos raya en la crueldad consigo mismo, al mismo tiempo que busca un Dios que dé consuelo o explicación al dolor. También son imprescindibles, por su hondura y su honestidad, las obras de dos escritoras estadounidenses, autoras de sendas obras sobre la muerte del marido: en fechas bastante próximas, Joan Didion publicó El año del pensamiento mágico y Joyce Carol Oates sus Memorias de una viuda, dos libros con un tema común, el duelo por el marido, y dos estilos bastante diversos: más clínica y exhaustiva Oates, más concisa Didion.

La lista no pretende, no puede pretender ser exhaustiva; los comentarios están abiertos para que añadáis otros títulos de duelo y superación de la pérdida. Pero la entrada no podría acabar sin recordar el gran poema de luto por la muerte de un amigo: la "Elegía a Ramón Sijé" de Miguel Hernández:

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
.
Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
.
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento. 
 [...]
A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero. 

sábado, 15 de octubre de 2016

Virginie Despentes: Vernon Subutex 1

Idioma original: francés
Título original: Vernon Subutex 1
Año de publicación: 2015
Traducción: Noemí Sobregues
Valoración: está bien

Hoy me dirijo a los redactores de los fajines. Concretamente al subconjunto dedicado a los libros franceses escritos por autores contemporáneos: cuidado con las menciones. Sobre todo de según qué autores sagrados. Porque a veces acudir a ese recurso necesario, la comparación. la referencia, supone un lastre para una novela. Un engorro o un inconveniente, una corriente contra la que remontar. Y 337 páginas son muchas, más cuando la de Despentes es una novela que tarda muy poco en mostrar sus bazas, que son básicamente cuatro. Crisis. Sexo. Drogas. Rock'n'roll. 
Ah. Os suenan las tres últimas. Y la primera. Oh la primera. Novelas de la crisis están saliendo y van a salir, y a medida que la crisis (uh, siento estar mencionándola tanto) se alargue, cuando la gente se dé cuenta de que no es una situación excepcional sino una nueva realidad, puede que llegue un día en que todas las novelas que se publiquen sean en la o sobre la... ya sabéis.
Planteamiento: Vernon Subutex, protagonista absoluto, afronta uno de esos momentos definitorios de la existencia. Ha tenido que cerrar su tienda de discos y desde entonces su vida ha ido hundiéndose. Alex Bleach, estrella de la música a la que le une suficiente amistad para que éste haya decidido costear el alquiler de su piso, acaba de morir, de una sobredosis. Bleach vivía de las rentas de su carrera musical, pero ya estaba en plena curva descendente también: últimamente dejó de componer y andaba hablando de no sé qué ondas: paranoias de creador. Y su muerte es un punto más en el declive de Subutex. Otros han ayudado: funcionarios capaces de esbozar una sonrisa de complicidad mientras redactan escritos que harán que pierda subsidios. La maquinaria administrativa no quiere nada con un cincuentón de buen ver que acumula experiencias vitales pero que ya no tiene emplazamiento en una sociedad corroída y competitiva. Las etapas se suceden de forma inexorable, y la próxima será el desahucio. Subutex activará sus amistades en redes sociales y, más o menos, se lo montará: va recibiendo invitaciones para pernoctar en casas de amigas y parece seguir adelante. Cuenta, piensa (fantasea) con una baza secreta: entre sus pertenencias hay unas cintas donde Bleach hace una serie de confesiones. Piensa que eso puede representar un salvavidas. Se equivoca. Las amistades van desfilando, pero Subutex cada vez está peor, en una situación más precaria. 
Despentes: escritora de estilo directo y procaz, sin contemplaciones para regodearse en la obscenidad si ello es necesario, o cuando sea. Fille terrible que intercala constantes referencias a la cultura contemporánea: discos (lógicamente, muchos), numeritos sexuales extraídos del porno on-line (unos cuantos) películas y libros (no tantos), deslenguada y desinhibida como corresponde al perfil urbano parisien: una auténtica esponja de influencias a la que no se le puede recriminar que no sea capaz de ponerse en la piel de su protagonista. El problema (y recordad el "1" al lado del título) es que Despentes se pasa el libro telegrafiando sus intenciones: cada escena parece anunciarse en la anterior. No digo que no pueda disfrutarse, pero en una novela de este tipo, basada en el exceso, el efecto sorpresa es bienvenido. Así que Despentes se queda demasiado a menudo en territorios ya muy conocidos: Auster, Welsh, Hornby, Palahniuk, Easton Ellis han estado ahí, hace décadas.
Despojada de todas esas circunstancias contemporáneas y coyunturales, la de Vernon Subutex es una sencilla historia de mala suerte, de decadencia empujada por las circunstancias y por lo injusto que es el mundo y bla bla bla. Y Subutex a veces parece el anti-héroe simpático al que todos acogeríamos y a veces un remedo del Lazarillo. Y esa desnudez deja una carcasa demasiado liviana: alguna reflexión sobre el conservadurismo de la juventud, sobre la compleja nueva realidad social y política de Francia, sobre el devastado panorama cultural, y poco más, aderezan una novela simplemente correcta que tanto puede entusiasmar a los acólitos de la resabida trilogía (sex'n'drugs'n'rock'n'roll, Ian Dury dixit) como repeler a los demás.

También de Virginie Despentes en ULAD: Teoría King Kong, Vernon Subutex 2

lunes, 9 de noviembre de 2015

Terry Southern: El cristiano mágico

Idioma original: inglés
Título original: The Magic Christian
Año de publicación: 1959
Traducción: Enrique Gil-Delgado
Valoración: recomendable (o no)


Ácido. Irónico. Insólito. Cínico. Sarcástico. Lunático. Metafórico. Excéntrico. Hiperbólico. Sardónico. Estentóreo. Vitriólico. Lúcido. Anárquico. Esperpéntico...

Bien, ya se me han acabado las esdrújulas; ahora pasemos a las llanas... nooo, tranquilos, es broma. Pero sí que es cierto que todos esos adjetivos le cuadran a este libro; novela (si es que se puede llamar así) cuando menos peculiar, escrita por un no menos peculiar Terry Southern, heterodoxo y underground escritor, periodista, guionista (de joyas como El coleccionista, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, Barbarella o Easy Rider y del televisivo Saturday Night Live), creador del "Nuevo Periodismo", según Tom Wolfew, autor del celebrado y y practicado (al menos por lo que respecta al título) A la rica marihuana, referente para beatniks y hippies, combatiente en la II G.M., frecuentador de los existencialistas franceses y de los Rolling Stones... un tipo que se bebió el siglo XX como hoy los modernos un gin-tonic, pero sin tantos perifollos y cosas dentro.

En esta novel... libro... lo que sea, Southern se dedica a sacarle los colores a la sociedad de su tiempo (tampoco tan diferentes de los nuestros como creemos) a través de las andanzas de un multimillonario, Guy Grand, que dedica buena parte de su fortuna a divertirse sembrando el caos, la estupefacción y la contradicción por doquier. Como un misántropo nihilista -incruento, eso sí-, un revolucionario anti-establishment -del que forma parte- o un Tyler Durden pre-Palahniuk , Grand concibe, financia y disfruta de una serie de acciones que muy bien podrían ser obra de los dadaístas o los situacionistas contemporáneos a este libro. Con ellas, dispara con bala hacia todo tipo de actividades y estamentos que componen la sociedad: la industria, el cine, la publicidad, el periodismo, la literatura (genial la idea del Shakespeare o Dickens-Hágalo-Usted-Mismo... que sin duda tendría hoy gran predicamento entre los letraheridos) y hasta la gastronomía... Acciones quizá de no muy buen gusto, en ocasiones, pero reveladoras en extremo y que parten, en general, de una simple premisa: todo el mundo tiene un precio. Aunque lo que Southern por medio de Grand denuncia, creo yo, no es tanto la indignidad a la que somos capaces de caer a cambio de dinero, sino que nuestra dignidad no tenga otra medida, precisamente, que la que señala el dinero.

Entre estas "acciones" -casi estoy tentado en denominarlas performances, sino fuera porque trascienden lo meramente artístico- está la que da título al libro: "El cristiano mágico" resulta ser un trasatlántico fletado por Grand (lo siento, amigos madridistas: no se refería a CR7), lujoso a más no poder, a cuyos pasajeros les aguarda una travesía plagada de sorpresas y que, sin duda, habría hecho las delicias de David Foster Wallace. Un viaje inolvidable como inolvidable resulta este libro: a buen seguro que nadie que lo lea volverá a mirar con los mismo ojos el mundo que nos rodea, la sociedad contemporánea en la que tan satisfechos nos encontramos... incluso de nuestra insatisfacción.

Recomendable... o no, según gustos. A más de un lector, me temo, se le puede atragantar el libro, de tanta hiel que rezuma, al fin y al cabo.


Otros libros de Terry Southern reseñados en Un Libro Al DíaA la rica marihuana y otras especias

jueves, 18 de septiembre de 2014

Craig Clevenger: Manual del contorsionista

Idioma original: inglés
Título original: The Contortionist's Handbook
Año de publicación: 2003
Valoración: recomendable

Daniel Fletcher es ingresado en urgencias debido a una sobredosis de analgésicos. Aunque él afirma que la sobredosis ha sido un accidente (tenía un dolor de cabeza terrible y ha tomado demasiadas pastillas intentando que se le pasara), hay que estar seguros de que no ha intentado suicidarse y no presenta un peligro para sí mismo, por lo que le asignan a un trabajador social que se sienta ante él y comienza a hacerle preguntas.

Lo que el trabajador social no sabe es que la persona que tiene delante no es Daniel Fletcher, sino John Dolan Vincent, un inteligente joven experto en falsificar documentos de todo tipo (permisos de conducir, certificados de nacimiento, documentos de la seguridad social...) que se dedica a cambiar de identidad cada cierto tiempo, que crea una historia y un pasado para cada uno de sus alias y que ha estado tantas veces en una situación similar (en un hospital, siendo evaluado por un trabajador social), que se sabe todos los trucos que harán que en pocas horas esté de nuevo en la calle. Sólo que esta vez puede que no sea tan buena idea que lo dejen suelto...

Éste es el argumento de Manual del contorsionista (ni idea de por qué le han quitado el artículo al título original, pero en fin), primera novela de Craig Clevenger, quien realizó todo tipo de trabajos que no le gustaban hasta que, en 2000, decidió dejarlo todo y concentrarse en escribir su primera novela. El resultado de este experimento es una novela no muy larga (200 páginas en la edición en inglés), pero sí intensa y muy, muy interesante.

De la mano de Vincent (o Fletcher o quien decida ser en cada momento), aprendemos a falsear documentos, a fijarnos en qué decir y cómo decirlo para que el resto del mundo crea que venimos de un lugar o de otro, a crear excusas, a buscar siempre una salida de emergencia (aunque parezca que no la necesitamos), a juzgar a los demás, a inventar historias imperfectas y verosímiles y, sobre todo, a ser cien personas diferentes sin dejar de ser uno mismo. También descubrimos quién es este hombre que no existe, quiénes son sus amores, sus amigos, con quién hace negocios... y por qué todo, desde la más inocente mentira a la más cruel verdad, tiene gran importancia, si quiere salir con vida de los líos en los que anda metido.

Si bien el duelo de preguntas y respuestas con el trabajador social (completado con los juicios y observaciones mentales del protagonista) es de quitarse el sombrero, es un gran acierto por parte de Clevenger no abusar de él y dejar que el lector conozca el pasado (o los pasados, mejor dicho) del personaje, con lo que logra ir poco a poco haciéndose una idea de quién es la persona sobre la que está leyendo. Si a eso añadimos un estilo rápido y directo, lo que tenemos entre manos es una muy buena novela (y una estupenda novela de debut) que sigue la estela de Chuck Palahniuk, sin por eso dejar de ser original y una recomendable lectura.

martes, 1 de abril de 2014

VV. AA.: Ominosus. Una recopilación lovecraftiana

Idioma original: inglés
Año de publicación: Como antología, 2014; como relatos independientes, 2008, 2003 y 2011
Valoración: En conjunto, está bien

Empecemos hablando de la editorial, Fata Libelli: una editorial nueva, que tiene su mérito en estos tiempos en que cierran más editoriales de las que abren, dedicada a la publicación solo de libros en formato digital, lo que es una apuesta interesante, y que se dedica a publicar relatos de terror, fantasía y ciencia ficción, lo que puede reducir su mercado potencial, o a lo mejor situarlos en un nicho con un público fiel. Sea como sea, ofrecieron enviarme algún libro de su catálogo y elegí este Ominosus, una recopilación de tres relatos para continuar mis lecturas Lovecraftianas de este pasado año.

Antes de hablar del contenido, un comentario sobre la edición: es, como decía, una edición hecha específicamente para eBook, y que aprovecha (algo tímidamente, por ahora, pero algo es algo) las posibilidades que ofrece el eBook, incluyendo enlaces a artículos y otros textos relacionados; una selección de música recomendada en iTunes para escuchar mientras se lee el libro; o una composición exclusiva de inspiración, supuestamente, lovecraftiana.

Ahora, en cuanto a los relatos en sí, tengo que diferenciar el primero de los otros dos.

"Shoggoths en flor", de Elizabeth Bear, es un relato sobre una de las muchas criaturas del universo lovecraftiano, los Shoggoths, unos seres gelatinosos y sin conciencia propia creados por los Antiguos para servirles como esclavos. Ahora, en 1938, poco antes de que estalle la Segunda Guerra Mundial, un biólogo negro, nieto de esclavos, se dispone a observar con espíritu científico un ejemplar (o varios, es difícil decirlo) de Shoggoth que descansa junto a la orilla. Su estudio, las dificultades con que se encuentra y los descubrimientos que hace en el camino lo enfrentan a la cuestión de la libertad, el racismo y la amenazadora guerra que aparece, inevitable, en el horizonte cercano.

Lo mejor de "Shoggoths en flor", como ella misma a dicho en algún artículo, es que supone un enfrentamiento con el propio Lovecraft, cuyo racismo era bien conocido y bastante evidente también en algunos de sus relatos. Se produce así una inversión de varias de las claves de los textos del original lovecraftiano: los shoggoths ya no son seres abisales y desconocidos, sino que son clasificados y estudiados como cualquier otra especie; y, por otro lado, ideológicamente, su existencia sirve para atacar algunos de los presupuestos más retrógrados del autor original, lo que no deja de ser una curiosa forma de usar el pastiche o fan-fiction.

En comparación, "Casas bajo el mar" y "El don de la oportunidad" aportan mucho menos al universo de los Mitos, con el que se conectan por contener criaturas, seres, dioses o algo semejante salidos de los confines del tiempo y del espacio. En realidad, sus argumentos se parecen a los de innumerables películas de terror: una persona, o un grupo de personas, que se encuentra con el horror supremo y tiene que enfrentarse a él. "Casas bajo el mar" tiene más de texto psicológico; "El don de la oportunidad" roza el gore o el terror puro con un toque de Stephen King. Ninguno de los dos supone una revisión, en ningún sentido relevante, de las propuestas originales de Lovecraft; si acaso, una actualización de su lenguaje, sobre todo en "Casas bajo el mar", para adecuarlo a un mundo en el que existen Chuck Palahniuk o Bret Easton Ellis.

En conjunto, Ominosus es una lectura curiosa, porque es interesante ver cómo algunos autores, hoy en día, consiguen conectar con un mundo ficcional creado casi cien años antes. Sin embargo, también resulta algo decepcionante, porque el pastiche solo es interesante como género cuando hace algo que el original no hacía, como en "Shoggoths en flor"; cuando se limita a repetir clichés y situaciones, como en los otros dos relatos, parece que se queda corto...

sábado, 27 de julio de 2013

Bret Easton Ellis: Menos que cero

Idioma de publicación: inglés
Título original: Less than zero
Año de publicación: 1985
Traducción: Mariano Antolín Rato
Valoración: seguramente en 1985, "muy recomendable", en 2013, dejémoslo en "está bien"

Lo que tiene lo contemporáneo: ciertos libros envejecen tan rápido como ciertos peinados, ciertos modelos de gafas de sol, ciertas gabardinas con hombreras ilustradas a la Warhol. Y los autores, claro. De la foto de mocoso rebelde y la sucinta biografía (no había más que decir, claro) del autor, seguramente Easton Ellis haya tenido que acabar admitiendo ante el público que seguir el ritmo de vida de sus personajes le hubiera llevado a la tumba. Menos que cero (llamada así por una canción de Elvis Costello, gracias Tuli Márquez por recordármelo inconsciente y casualmente esta mañana)  no ha envejecido bien: de hecho esos tiempos que describe ya no nos resultan ajenos solo por su lejanía temporal, apenas unas décadas, sino por su lejanía social. Es como ver series como Gossip Girl. Nada que ver con lo que nos rodea. Y aunque aún haya fiestas desmadradas y droga y jovenzuelos, todo el conjunto ya no da tanto el pego.
Ocurre que Easton Ellis tuvo la oportunidad de abanderar una generación con libros como este y, sobre todo, con American Psycho, su celebérrima segunda novela. Obras de un componente visual muy marcado, obras de un escritor acunado por la cultura del cine y el video clip, a la vez que declaraciones de principios de un estilo de vida marcado por el éxito desbordante y desmesurado, su correspondiente saturación, y la interpretación de esta saturación. Los Palahniuk, Leavitt, puede que hasta Welsh...
Las primeras páginas me resultan destacadas por dos detalles: una mención incrustada (sin demasiada justificación, supongo que para aportar coartada culta) de Mientras agonizo, obra de referencia de Faulkner, y esa sensación constante de ir y venir deslabazado del protagonista, que me recuerda (salvando muchísimo las distancias, por favor) a una especie de reverso de Holden Caufield, aunque también le reconozco, por ejemplo, en el John Self de Dinero de Martin Amis (libro de la misma época) . El problema es que ese itinerario de excesos nos resulta demasiado familiar y hoy nos cansa a las primeras de cambio. Tanto descontrol, ya se sabe. Se ve llegar el trastazo.
Ah, el argumento. Pues un estudiante de unos veinte años que pasa unos días en casa, gastándose un dineral (de su acaudalada familia) básicamente en cocaína, y viéndose con su círculo de amigos, todos de sus mismas aspiraciones. En medio, oyen música y van a conciertos y a bares y conducen coches carísimos. No es que siempre se enteren de que lo hacen. Parece.
El libro tarda mucho en estructurarse, en generar una escueta trama y, también como Dinero, parece convertir de ese flash continuo de situaciones excesivas (fiestas, droga, despilfarro) su hilo argumental. Lo que ya no alcanzo a comprender es si Easton Ellis usa esa dispersión como recurso narrativo o la cosa simplemente surgió así. El caso es que el desvarío y el exceso se nos antoja hoy bastante ajeno, algo impropio. A saber si esos tiempos y esas costumbres se repetirán, pero no lo parece. La trama solo se define algo hacia el final, un clásico final en espiral donde, de repente, se empotran un par de escenitas de snuff-movie que no alcanzan a aportar cohesión, que no llegan a conformar Menos que cero como esa novela generacional que, parece, en su día alguien se empeñó en reivindicar. De ahi a especular si los encendidos elogios en su momento están justificados o si Easton Ellis es sólo una pieza más en una cadena que ampararía cierto tipo de escritores del desmadre (Bukowsky, Welsh, Thompson, Selby) que se confunden con sus personajes... pues me limitaré a eso, a opinar que el tiempo le ha pasado una elevada factura.

También de Bret Easton Ellis en ULAD:  Suites ImperialesAmerican Psycho


jueves, 7 de marzo de 2013

Hunter S. Thompson: Miedo y asco en Las Vegas

Idioma original: Inglés
Título original: Fear and loathing in Las Vegas
Año de publicación: 1971
Traducción: J. M. Alvarez / Ángela Pérez
Valoración: recomendable

Cuidado con según qué clásicos y lo que digas de ellos. Cuidado con pisar los cenagales críticos cuando uno se refiere a según qué libros. Yo he leído este libro dos veces: cerca de la veintena, rodeado de muchos compañeros de estudios que simplemente alucinaban con que un libro pudiese llegar a relatar en primera persona hechos tan alucinados como los que aquí se relatan, y ahora, ejem,  pasados los cuarenta, con la pura intención de comprobar si esa imagen que conservaba de su lectura llega más allá de lo epatante de su historia.
Y sí, diría que no es para tanto, aunque seguiré diciendo que todo el mundo, sobre todo en ese rango de edades, debería leerlo alguna vez. Lo cual no es difícil: la lectura es rápida, casi frenética, el descontrol inherente a la acción y a su, entiendo, rigurosa experiencia en carne propia, no afecta al estilo, que es claro, accesible, no tan confuso como todo lo que pasa (y las circunstancias en que pasa) podría sugerir.
Hunter S. Thompson creó un estilo con este libro: el llamado periodismo Gonzo, en el que el escritor y narrador era el propio experimentador de la acción. Para ello se encargó de procurarse esa mítica maleta de drogas, continuamente inventariada, y la compañía de su abogado samoano. Poco consciente de que crearía esa corriente que recorrerían escritores de todo tipo, ya sea tomándose a pecho la premisa Gonzo, ya sea generando veloces historias de coches, drogas, alcohol, sexo y descontrol generalizado. El término Gonzo ha franqueado barreras y se ha instaurado en la cultura contemporánea: no te limites a crear, forma parte de tu creación. Si hasta hay porno Gonzo.
Entonces me debato entre asignarle o no un valor concreto: el literario es relativo, aquí no se trata de estilo, de estructura, de lírica (madre mía, ¡pobre del que busque lírica aquí!). Se trata de dar primero y dar dos veces, y de, al nivel que se pueda, escandalizar de alguna manera, por lo atrevido, por lo osado, por lo limítrofe con el delito o la apología del exceso. Si se encuentra un escenario delirante, ponerlo: si puede darse una vuelta de tuerca, darla. En eso este libro tiene un innegable valor, abrir esa brecha por la que muchos otros autores han discurrido, desde Welsh a Easton Ellis o Palahniuk, esa especie de literatura pop ligeramente acelerada y aderezada de experiencias tóxicas y extremas. Aunque puede que, por ello, no sea más que un subgénero de gran calado, y que, por esa misma influencia, muchos se hayan sentido empujados a poner sobre papel cualquier desvarío por descabellado que este sea, sin considerar si eso interesa o tiene algún valor por encima de la crónica de la experiencia.
Hace cuarenta años, este libro fue considerado una especie de apología de las adicciones. Su autor entró de bruces en el cajón de los malditos, que, si ello llegó a preocuparle en algún momento, podría ser que hasta fuera su intención. No hay mejor publicidad que esa: vuelvo a mencionar a Easton Ellis.
La novela fue adaptada al cine en 1998 por Terry Gilliam, con muy poca fortuna. Con la intervención en el papel principal de Johnny Depp, a la sazón amigo personal del escritor, que organizó su funeral cuando, muy coherentemente con la vida de excesos y descontrol del que este libro es testimonio necesario, se suicidó en 2005 pegándose un tiro en la cabeza. Dice su entrada en Wikipedia que sus restos mortales fueron disparados desde un cañón en lo alto de una torre. Vaya tela.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Donald Ray Pollock: El diablo a todas horas

Idioma original: inglés
Título original: The Devil All the Time
Año de publicación: 2011
Valoración: muy recomendable

Hace un par de años nadie tenía ni idea de quién era Donald Ray Pollock. En febrero de 2011 Libros del Silencio publicó su volumen de relatos Knockemstiff (reseñado en ULAD aquí). En marzo de 2011 nadie sabía pronunciar Knockemstiff. Unos meses después, mucha gente sabía quién era Pollock, mucha gente sabía pronunciar esa palabra de 12 letras y, además, mucha gente sabía que ese lugar existe y está en Ohio. Y "mucha gente" quizá se queda corto.

Efectivamente, Knockemstiff tuvo una importante repercusión en nuestro país y, lo que es más importante, exclusivamente por razones literarias: Donald Ray es un cabrón feroz, áspero, sarcástico y cruel, pero sobre todo es un escritor enorme, con un gran talento para contar historias, atrapar al lector y concebir personajes inolvidables. No he leído la versión original, pero seguro que la traducción de Javier Calvo también ayudó a que el libro fuese justamente valorado (nota mental: Calvo traduce a Pollock y también a Palahniuk; es de suponer que dentro de unos años termine escribiendo cartas desde Rodez...).

En todo caso, cuando la editorial anunció que publicaría la primera novela del autor la red empezó a arder y una pregunta inevitable circuló sin descanso en los corrillos literarios, en los blogs, en las iglesias y en los mataderos: "¿Estaría a la altura de su impresionante debut?" Desde luego que habrá opiniones para todos los gustos; en mi caso, leído y releído, no solo creo que está a la misma altura sino que es todavía mejor. Incluso mucho mejor: porque el seguimiento que Pollock realiza a lo largo de los años de sus personajes le permite profundizar en el hoyo que estos van cavando, sin darse cuenta, y que constituye una de las tesis fundamentales del texto: la tensión entre la esperanza y la desesperanza.

Superada la tremendísima portada que Alfonso Rodríguez Barrera ha realizado para la edición española, lo que nos encontramos es la sobrecogedora peripecia vital de una serie de personajes aturdidos, horrorizados, resignados, violentados, agredidos, prisioneros, excluidos. Puro Pollock, puro Knockemstiff. Hombres y mujeres que conviven con la putrefacción y el asesinato, con la ira, con la vergüenza, con Dios, con el miedo... Dios está muy presente, sí. Pero no es exactamente Dios: es la idea equivocada de Dios; el Dios deforme y sádico que los humanos son capaces de crear para justificarse, para enfrentar sus carencias, sus afectos mórbidos. Un monstruo que recorre silenciosamente las páginas de la novela y, sin embargo, pesa: sobre los protagonistas, sobre la tierra árida, sobre el lector.

A mitad del texto, más o menos, descubrí algo que me cambió completamente su lectura: cómo Pollock reserva, para cada uno de sus vástagos, para esos personajes alejados del orden, de la ética cotidiana, tan cercanos a cadáveres chapoteando, una idea peculiar de La Belleza. Las mayúsculas no son gratuitas. Quisiera contrastar este hecho con otros lectores... El niño Arvin, Carl el gordo, el guitarrista paralítico Theodore... ellos y otros son, digamos, conscientes de la inmundicia que los rodea, conscientes de una forma descarnada; y sin embargo, parte de su batalla diaria es hacer frente al dolor proponiendo un margen para la Belleza. Una belleza afectada por la misma enfermedad que Dios: belleza hedionda, belleza equivocada, belleza que viene de un lugar horrible y va hacia otro todavía peor. Esa belleza que se podía intuir en Knockemstiff y que, para mí, se hace mucho más evidente en esta novela espeluznante, imposible de dejar, dolorosa y magnética como un anzuelo enganchado en la boca que tira de ti hasta que la carne se abre.

Subrayé una frase que resume muy bien el tono que me transmitieron las primeras páginas:
Algunos de los huesos que colgaban de los alambres y los clavos traqueteaban suavemente al chocar entre sí, emitiendo un ruido que sonaba a música hueca y triste.
Donde "los huesos" pertenecen, entre otros, al perrito del niño Arvin, que su padre ha sacrificado y colgado para pedirle a Dios un milagro.

Así están las cosas por la hondonada. 

También de Donald Ray Pollock en ULADKnockemstiff