lunes, 21 de diciembre de 2015

Philip Larkin: Jill

Resultado de imagen de philip larkin jillIdioma original: inglés
Título original: Jill
Año de publicación: 1946
Valoración: Muy recomendable

Sin proponérmelo, y por culpa de las maquinaciones del azar, he acabado leyendo dos novelas de formación seguidas: Las tribulaciones del estudiante Törless y esta. Teniendo en cuenta que en este género podemos encontrar de todo, he tenido mucha suerte. Ambas coinciden en que son primeras novelas de sus respectivos autores y en los dos casos existe una base autobiográfica. Tal como el propio Larkin señala en el prólogo, donde aparecen nombres muy conocidos de compañeros suyos y detalles de su relación con ellos.
El carácter del protagonista, por sí mismo, aporta toda la sustancia a la novela, pues no se trata de un individuo en construcción como tantos otros: sus cimientos resultan tan endebles que se van diluyendo poco a poco, y este proceso se desarrolla con todo detalle ante los ojos del lector. Unos padres apegados a su ambiente y un profesor que intenta compensar su insatisfacción experimentando torpemente conciben un proyecto absurdo y no consiguen más que empujar a una personalidad reacia a abandonar su zona de confort a emprender una aventura que excede su capacidad adaptativa. De ahí que la aparente seguridad del John del comienzo, sus hábitos metódicos, no sean más que la cáscara vacía que comienza a desintegrarse en cuanto aparecen los primeros complejos. Lo que en realidad le perjudica, más que su procedencia humilde en comparación con sus colegas de internado, es su negativa a aceptarla y su completo desinterés por los otros becarios. De ahí viene el autoanálisis permanente, la conciencia de su propia torpeza que originan la obsesión por ser aceptado en un grupo que, ni por experiencias previas ni por disponibilidad económica, tiene nada que ver con él, que nunca podrá ponerse en su lugar, que en el fondo le ignora y, de fijarse alguna vez en su persona, es para despreciarla.
Larkin muestra con toda exactitud la evolución que sufre su personaje –que de alumno aplicado y sin excesivos conflictos pasa a convertirse en un ser torturado, asediado por fantasías que casi llega a creerse y que le van destruyendo poco a poco– así como el contraste de personalidades, principalmente entre John y Christopher pero también con los demás, el poder que emana del grupo como tal y de cada individuo debido a su posición y, contrastando con ello, la debilidad del protagonista, sus inseguridades, la constante lucha que sostiene consigo mismo, su progresiva decadencia que acaban generando una enorme bola de nieve que amenaza con aplastarlo.
Esa exactitud en el trazo de personajes y situaciones se completa con la empatía –nada fácil de conseguir– que surge entre personaje y lector. Sin ella, la novela habría perdido todo interés muy pronto, pero le acompañamos en sus andanzas porque le hemos tomado cariño y lo que pueda ocurrirle nos importa. Solo se me ha hecho algo pesada la parte en que se idealiza a Jill convirtiéndola en personaje de ficción: no la encuentro nada verosímil y, más que artefacto meta literario, casi me ha parecido un pegote.